Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Segunda parte » Capítulo I

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Capítulo I

Tras aquella noche en vela, al día siguiente estaba deseando volver a ver al señor Rochester, aunque también me daba algo de aprensión. Ardía en ansias de oír su voz, pero temía encontrarme con sus ojos. Durante la primera parte de la mañana, cuando estaba dándole clase a Adèle, a cada momento me parecía que iba a entrar en el aula; no es que lo tuviera por costumbre, aunque a veces había aparecido por allí unos minutos, pero aquel día daba por seguro que iba a venir.

Y sin embargo la clase transcurrió como siempre, y nada de particular interrumpió su tranquilo discurrir, excepto un pequeño alboroto que se oyó después del desayuno, en torno a la habitación del señor Rochester. Reconocí las voces de la señora Fairfax, de Leah, de la mujer de John, que se ocupaba de la cocina, y de John mismo con su timbre más ronco. Comentaban lo sucedido.

—Le ha faltado poco para quemarse vivo, ha sido un milagro.

—Nunca se debe dejar una vela encendida por la noche; es muy peligroso.

—Y menos mal que tuvo la presencia de ánimo suficiente como para ir a buscar una jarra de agua; lo ha tenido de su mano la Divina Providencia.

—Lo que no entiendo es por qué no avisó a nadie.

—Ojalá no haya cogido frío al dormir en el sofá de la biblioteca.

Aquella tertulia fue seguida por un arrastrar de objetos, como si estuvieran tratando de arreglar los estropicios. Cuando, más tarde, pasé por delante de la habitación antes de bajar a comer, vi que ya estaba casi todo en su sitio, a la cama solo le faltaban los cortinajes, y vi a Leah subida al alféizar de la ventana frotando los cristales ennegrecidos de humo. Estaba a punto de dirigirme a ella, para enterarme de la versión que el señor Rochester había dado del incidente, cuando al entrar advertí que había otra persona en la habitación. Estaba sentada en una silla junto a la cabecera de la cama, ocupada en coserle las anillas a unos cortinajes nuevos. Aquella mujer era Grace Poole.

Allí estaba, con su aire taciturno y antipático, su vestido de paño marrón, su delantal a cuadros, su pañuelo blanco y su consabido gorro, entregada a una tarea que parecía acaparar todos sus pensamientos. Ni en su frente tosca ni en sus rasgos vulgares se atisbaba el menor indicio de la palidez o turbación que cabía imaginar pintados en el rostro de una mujer sospechosa de asesinato frustrado. Su presunta víctima —o al menos eso creía yo— había salido en pos de ella la noche anterior para alcanzarla en su guarida y acusarla del crimen que intentó perpetrar. Me quedé atónita, hecha un lío, no podía dejar de mirarla. Ella también levantó los ojos hacia mí sin dar muestras de sobresalto, palidez o sonrojo que dejaran traslucir de improviso su mala conciencia o su miedo a ser descubierta como culpable.

—Buenos días, señorita —se limitó a decir, en su tono de siempre.

Y tras este conciso y flemático saludo, cogió otra anilla, enhebró la aguja y siguió cosiendo.

«La voy a someter a una prueba —pensé—, porque ese hermetismo suyo no lo puedo entender».

—Buenos días, Grace —dije—. ¿Qué ha pasado aquí? Hace un rato me ha parecido oír hablar a todo el servicio, como si estuvieran muy excitados.

—Ha pasado que el amo se quedó anoche leyendo en la cama, se durmió con la vela encendida y ardieron las cortinas. Menos mal que se despertó antes de que las llamas llegaran a las sábanas o a la madera, y consiguió apagar el incendio echándole encima jarras de agua.

—¡Qué raro! —dije en voz baja, sin dejar de mirarla fijamente—. ¿Y el señor Rochester no despertó a nadie? ¿Nadie le oyó moverse?

Grace Poole volvió a clavar en mí sus ojos; y esta vez latía en su expresión algo así como un sobreentendido. Me sentí cautelosamente examinada. Al fin dijo:

—Bueno, señorita, ya sabe usted que los criados dormimos lejos, no es de extrañar que nadie oyera ruidos. En cambio su habitación y la de la señora Fairfax están muy cerca de esta, ¿no? Ella dice que no oyó nada; la gente mayor tiene el sueño profundo, claro. —Hizo una pausa, tras la cual añadió, fingiendo indiferencia pero con significativo retintín—: Pero usted es joven, señorita, y es de suponer que tendrá el sueño ligero. ¿No oiría algún ruido por casualidad?

—Sí, lo oí —dije, bajando la voz para que Leah, que seguía limpiando la ventana, no pudiera enterarse—, y al principio pensé que sería Pilot. Pero Pilot no creo que se ría, y lo que yo escuché fue una risa, una carcajada muy rara, por cierto.

Cortó otra hebra de hilo, la enceró y la enfiló en la aguja sin que el pulso le temblara.

—Pues parece imposible —dijo tranquilamente— que el amo tuviera ganas de reírse, señorita, en un trance de tanto peligro, vamos, según mi opinión. Seguro que lo soñó usted.

—No lo soñé —aseguré, con todo el calor que me producía su frío descaro.

Pero los ojos que continuaban su escrutinio sobre mí no eran los de una ignorante.

—¿Le ha contado al amo —preguntó— que oyó usted esa risa?

—No he tenido ocasión de hablar con él esta mañana.

—Ya. ¿Y no se le ocurrió a usted abrir la puerta y asomarse al pasillo? —siguió interrogando.

Me di cuenta de que intentaba sonsacarme, arrancarme información sin que me diera cuenta, y la idea me turbó. Si sacaba en limpio que yo conocía o sospechaba su culpa, en adelante me haría objeto de alguna de sus macabras jugarretas. Así que me pareció prudente andar con pies de plomo.

—Todo lo contrario —contesté—. Eché el cerrojo de la puerta.

—¡Ah! ¿Es que no suele echarlo todas las noches antes de meterse en la cama?

«La muy arpía —pensé— quiere tomar nota de mis costumbres para elaborar sus planes y obrar en consecuencia». Y contesté destemplada, porque la indignación estaba prevaleciendo sobre la prudencia:

—Hasta ahora me olvidaba a veces de echar el cerrojo, porque no creía que hiciera falta; pero ya veo que en Thornfield acechan más peligros de los que imaginaba. Así que de hoy en adelante —recalqué despacio— tendré buen cuidado de cerrarlo todo antes de meterme irresponsablemente en la cama.

—Sería una medida muy prudente —contestó—, este vecindario es tan tranquilo como cualquiera de los que conocemos y nunca he oído decir que entraran a robar en esta casa, aunque su existencia es de todos conocida y también que en el armario donde se guarda la plata hay objetos que valen cientos de libras. Y además para ser una casa tan grande, usted misma ve que los criados son pocos, porque el amo pasa aquí temporadas cortas y como es soltero tampoco da mucho trabajo cuando viene. Pero yo siempre he pensado que es mejor prevenir que curar. No cuesta nada atrancar una puerta y mejor todavía poner entre el que duerme y el que pueda entrar a robarle un candado con llave. Hay mucha gente que confía en la Providencia, pero yo no, señorita. A mí me parece que la Providencia no nos proporciona los medios, se limita a bendecir los que previsoramente le facilitamos nosotros.

Y con estas sentencias dio por finalizada su retahíla, más larga de lo que cabría esperar de ella, y pronunciada en un tono sectario.

Yo seguía sin salir de mi asombro ante tan incomprensible desfachatez y prodigiosa sangre fría, cuando entró la cocinera.

—Señora Poole —le dijo—, la comida de los criados ya está casi a punto. ¿Quiere usted bajar?

—No. Póngame una jarra de cerveza y un trozo de pudín en la bandeja, que yo me lo llevaré arriba.

—¿Va a tomar carne?

—Un pedacito, y otro de queso nada más.

—¿Y el sago[44]?

—Ahora no, no se preocupe. Bajaré antes de la hora del té y ya me lo prepararé yo misma.

En ese momento la cocinera se dirigió a mí y me dijo que la señora Fairfax me estaba esperando, así que abandoné la habitación.

Casi no pude atender durante la comida a lo que la señora Fairfax estuvo contando sobre el incendio de las cortinas, porque no paraba de devanarme los sesos sobre la enigmática personalidad de Grace Poole y más todavía sobre su posición en Thornfield; me preguntaba por qué no la habían entregado a la justicia aquella misma mañana o despedido de la casa por lo menos. El señor Rochester la noche anterior se había mostrado casi convencido de su culpabilidad. ¿Por qué me había pedido a mí que guardara también silencio? Era rarísimo que un caballero atrevido, cruel y altanero estuviera —o tal parecía— en poder de la más abyecta de sus criadas, hasta el punto de no atreverse a inculparla abiertamente aunque atentase contra su vida, y mucho menos a darle su merecido.

Si Grace hubiera sido joven y atractiva, me habría rondado la sospecha de que pudieran imponerse en el ánimo del señor Rochester emociones más tiernas que la prudencia o el temor, pero como era madura y poco agraciada aquella idea no tenía cabida en mi cabeza. «Y sin embargo —pensé— un día fue joven, su primera juventud y la del amo pudieron coincidir, la señora Fairfax me dijo una vez que Grace llevaba muchos años en la casa. No creo que haya sido guapa nunca, pero por lo visto su carácter enérgico y original puede contrarrestar la carencia de otros atractivos. Al señor Rochester lo temerario y lo excéntrico le gusta, y a Grace se le puede negar cualquier cosa menos la excentricidad. Pero ¿y si un antiguo amorío, un antojo —probable en un carácter tan testarudo y caprichoso como el suyo— le ha atado secretamente a ella y ya no se atreve ni a renegar de su imprudencia ni a librarse de tales lazos?». Pero cuando llegué a este punto de mis conjeturas se me reprodujo tan claramente en la imaginación el cuerpo cuadrado y sin gracia de la señora Poole rematado por un rostro vulgar, hostil y seco, que pensé que era imposible, que mi suposición no tenía sentido. Y sin embargo, esa voz secreta que a veces nos habla desde el corazón me sugería: «Bueno, tú tampoco eres guapa y quizá le gustes al señor Rochester; o por lo menos en algún momento has tenido esa impresión; acuérdate de anoche, cómo te miraba».

Lo recordaba de sobra, en aquel mismo momento volvía a escuchar con toda claridad sus frases y el acento con que las pronunció, volvía a sentir sus ojos fijos en mí. Estábamos otra vez en el aula y, mientras Adèle dibujaba, yo me inclinaba sobre ella para guiarle un poco el lapicero. Ella levantó la vista algo extrañada:

Qu’avez vous, mademoiselle? —dijo—. Vos doigts tremblent comme la feuille, et vos joues sont rouges: mais rouges comme des cerises![45]

—Estoy sofocada, Adèle; es de mirar para abajo.

Ella continuó con su dibujo y yo con mis cavilaciones.

Me apresuré a desterrar de mi pensamiento la odiosa idea que había concebido sobre los posibles atractivos de Grace Poole, porque me desagradaba demasiado. Al compararme mentalmente con ella, comprendí que éramos muy distintas. Bessie Leaven había dicho que yo parecía una señora, y era verdad, lo era. Y además ahora tenía mucho mejor aspecto que cuando Bessie me visitó. No estaba tan desmejorada, tenía mejor color, más animación, más vida, porque otros placeres y esperanzas intensos anidaban en mí.

«Se está haciendo de noche —pensé, mirando a través de la ventana—. Hoy todavía no he oído la voz del señor Rochester ni sus pasos por la casa. Pero seguramente antes de acostarme lo veré. Esta mañana temía volverme a encontrar con él, pero ahora lo deseo vivamente, porque la demora ha multiplicado mi impaciencia».

Cuando se puso el sol y Adèle se fue con Sophie al cuarto de jugar, aquel deseo se hizo aún más intenso, estaba pendiente del ruido de la campana y de la aparición de Leah anunciándome una invitación para bajar. De vez en cuando me parecía oír en el pasillo los pasos del señor Rochester en persona y miraba a la puerta esperando que pidiera permiso para entrar. Pero la puerta siguió cerrada y lo único que entró en la habitación fue la oscuridad que se colaba por la ventana. Sin embargo, no era tarde todavía; a veces me mandaba llamar a las siete o a las ocho y eran solo las seis. No iba a fallarme esta noche, cuando tenía tantas cosas que decirle. Necesitaba sacar a relucir de nuevo el asunto de Grace Poole y esperar a ver qué explicación daba. Pensaba preguntarle directamente si creía que fue ella en realidad la autora del espantoso incidente de la noche anterior y, caso de ser así, por qué se empeñaba en mantener en secreto su perfidia. No me importaba que mi curiosidad le irritase; ya iba conociendo el placer de hostigarlo y aplacarlo alternativamente. Era uno de mis mayores placeres y una especie de quinto sentido me ayudaba siempre de forma certera a no propasarme. Nunca me había aventurado más allá de los límites de la provocación, pero dentro de ellos me gustaba ensayar mi destreza. Sin dejar de guardar las formas ni faltarle al respeto, como requería mi puesto, podía enfrentar mi criterio al suyo sin miedo ni incómodos circunloquios; y tanto a él como a mí nos gustaba practicar ese deporte.

Al fin se oyeron unos pasos que crujían por la escalera y apareció Leah. Pero solamente venía a decirme que el té estaba servido en el gabinete de la señora Fairfax. Me dirigí hacia allí, sintiendo que era un alivio bajar al otro piso, donde por lo menos iba a estar más cerca del señor Rochester, o tal imaginaba.

—Supongo que le apetecerá un té —me saludó la señora Fairfax—, porque a la hora de comer tenía usted poco apetito. ¿Es que no se encuentra bien? La veo sofocada y con aspecto febril.

—No, no, estoy muy bien, mejor que nunca.

—Pues demuéstrelo merendando con ganas. ¿Quiere llenar la tetera, por favor, mientras yo termino esta vuelta de aguja?

Cuando remató su tarea, se levantó para bajar la persiana, cosa que aún no había hecho, seguramente para aprovechar hasta sus últimos resplandores la luz de un día que ya resbalaba rápidamente hacia la total oscuridad.

—Hace una noche hermosa —comentó, con los ojos fijos en la ventana—, aunque no se ven estrellas. Después de todo, al señor Rochester le ha hecho buen tiempo para el viaje.

—¿Viaje? ¿Es que el señor Rochester se ha ido de viaje? No lo sabía.

—Sí, se marchó nada más desayunar. Ha ido a Leas, a casa del señor Eshton, a unas diez millas pasado Millcote. Dan una fiesta allí y hay mucha gente invitada: lord Ingram, sir George Lynn, el coronel Dent y otros amigos.

—¿Cree que volverá esta noche?

—No, ni mañana tampoco. Por lo menos estará fuera una semana. Cuando se reúnen personas tan distinguidas, en un ambiente elegante y alegre, rodeados de comodidades y entretenimientos, se divierten tanto que no ven el momento de despedirse. A los caballeros, sobre todo, se los rifan en ese tipo de reuniones, y el señor Rochester es tan ingenioso y encantador en sociedad que, según tengo entendido, es objeto de predilección por parte de las damas. A todas les gusta, aunque pueda usted pensar que su aspecto no es el más adecuado como carta de presentación; pero ya ve usted, se conoce que su inteligencia y sus gracias, unidas al linaje y las saneadas rentas, prevalecen para compensar otros pequeños fallos de apariencia.

—¿Y habrá señoras en Leas?

—Claro, estará la señora Eshton y sus hijas, unas jóvenes muy elegantes. Y no faltarán tampoco las honorables hermanas Blanche y Mary Ingram, famosas por su belleza. Yo a Blanche la conocí hace seis o siete años, cuando ella tendría dieciocho. Vino a un baile y una cena que ofreció a sus amigos el señor Rochester. Me habría gustado que viera cómo se engalanó nuestro comedor aquel día, resplandeciente de adornos y de luz. Yo calculo que entre damas y caballeros serían cincuenta los invitados, de las mejores familias del condado, y desde luego la señorita Ingram destacó por guapa.

—¿Cómo era? ¿La vio usted?

—Claro que la vi. Las puertas del comedor estaban abiertas de par en par, y como eran Navidades se nos permitió reunirnos en el vestíbulo para escuchar cómo tocaban y cantaban algunas señoras. El señor Rochester quiso que entrara y me senté en un rincón retirado desde el cual estuve observándolos a todos. Nunca había visto una escena tan magnífica, llamaban la atención los ricos atavíos de las señoras y la belleza de algunas. Pero ya le digo que la señorita Ingram se llevaba la palma.

—¿Qué aspecto tiene?

—Es alta, con los hombros y el busto bien torneados, un cuello largo y grácil, la piel de un moreno claro, facciones delicadas y unos ojos grandes y negros que brillan como joyas. Se parecen algo a los del señor Rochester. Y luego el pelo, negro como ala de cuervo, tan bien peinado; llevaba una corona de trenzas por detrás y por delante le caían los tirabuzones más largos y brillantes que he visto en mi vida. Iba de blanco, con un chal de color ámbar por los hombros, que luego se anudaba sobre su pecho y le llegaba hasta las rodillas rematado por flecos. También era de color ámbar la flor que llevaba en el pelo, contrastando con el negro azabache de aquella mata de rizos.

—Supongo que tendría muchos admiradores, ¿no?

—Sí, y no solamente por su belleza, sino por sus habilidades. Fue una de las señoras que cantaron, acompañadas al piano por un caballero. El señor Rochester y ella entonaron una pieza a dúo.

—¿De verdad? No sabía que el señor Rochester supiera cantar.

—Ya lo creo que sabe, y tiene una voz de bajo muy bonita, por cierto. Además de unos gustos musicales muy refinados.

—¿Y la señorita Ingram, qué tal canta?

—Tiene una voz potente y bien matizada, a mí me encantó escucharla; y luego también tocó el piano. Yo no soy ninguna entendida en música, pero el señor Rochester sí, y él dijo que había tocado admirablemente.

—Lo que no entiendo es cómo una joven tan guapa y con tan notables dotes no se ha casado todavía.

—Bueno, ni ella ni su hermana son ricas herederas, según creo. Casi todas las tierras del viejo señor Ingram estaban indivisas y han ido a parar al hijo mayor.

—Pero algún caballero rico o noble se podría enamorar de ella, el señor Rochester, pongo por caso. Porque él dispone de una notable fortuna, ¿verdad?

—Sí, desde luego. Pero hay que contar con la diferencia de edad. El señor Rochester está rondando los cuarenta años y Blanche Ingram tiene veinticinco.

—Tampoco es para tanto. Bodas más desiguales se ven todos los días.

—Eso es verdad. Y sin embargo, yo no lo veo a él inclinado a ese proyecto. ¡Pero no come nada, señorita Eyre! Casi no ha probado bocado desde que se sentó.

—Tengo más sed que hambre. ¿Me permite servirme otra taza de té?

Estaba a punto de proseguir con el tema del posible noviazgo entre el señor Rochester y la hermosa Blanche, pero en aquel momento irrumpió Adèle en la habitación, y la charla se desvió por otros cauces.

Cuando me encontré de nuevo a solas, me puse a repasar los informes recibidos, me asomé al fondo de mi corazón para atisbar mis sentimientos y mis conjeturas, e intenté devolver con pulso firme al seguro redil del sentido común aquellos que se habían extraviado en demasía hacia el territorio sin caminos ni vallas de la imaginación.

Convocada ante mi propio tribunal, en primer lugar declaró la Memoria sobre los evidentes anhelos y esperanzas abrigados por mí la noche anterior y sobre el estado de ánimo que me embargaba desde hacía dos semanas; avanzó después la Razón, que prestó testimonio en el estilo sereno que le era habitual. Tras haberla escuchado narrar llanamente y sin aderezos cómo yo había huido de lo real para meterme en la boca del lobo de lo soñado, dicté sentencia en los siguientes términos:

Que nunca había llenado sus pulmones de aire una loca más rematada que Jane Eyre, ni idiota alguno, por fantasioso que fuera, se había llegado a atiborrar hasta tal punto de dulces quimeras, bebiéndose el veneno como si fuera néctar.

«¿Tú? —me dije—. ¿Tú, predilecta del señor Rochester y dotada de poderes para seducirlo, para que se preocupe por ti siquiera? Vamos, por favor, tu insensatez me produce náuseas. Te has dejado embaucar con deleite por ciertas ocasionales muestras de preferencia, y te has equivocado; eran simples atenciones propias de un hombre de mundo, de un caballero bien nacido cuando trata con una subordinada suya, inexperta además. ¿Cómo te has atrevido a imaginar otra cosa, pobre de ti, tonta inocente? ¿Ni el amor propio es capaz de espabilarte? Debía caérsete la cara de vergüenza al recordar cómo repasabas esta mañana las escenas de anoche y alguna frase de alabanza que él dedicó a tus ojos. No seas ciega, niña, alza los párpados perezosos y repara en tu malhadada necedad. A ninguna mujer le conviene ser adulada por un superior suyo, quien nunca, por supuesto, va a acariciar el propósito de casarse con ella. Y es locura por parte de las mujeres dar pábulo en su interior a amores secretos y encerrados, que, al no hallar correspondencia ni poder expresarse, pueden llegar a devorar la vida de quien los alimenta. Pero aún peor si se declaran y encuentran eco, porque pueden arrastrar a la enamorada, a modo de ignis favus[46], a lugares pantanosos de donde no podrás salir.

»Así pues, Jane Eyre, presta oídos a tu penitencia: mañana ponte ante el espejo y dibuja tu autorretrato con tiza, lo más fielmente que sepas, sin ahorrar ningún defecto ni disimular ninguna irregularidad, y escribe debajo: “Retrato de una institutriz huérfana, pobre y vulgar”. Después coge un pedazo de marfil pulido (en tu caja de dibujo tienes uno) y mezcla en tu paleta los colores más puros y delicados que puedas hallar, selecciona tus pinceles de pelo de camello y dibuja el rostro más divino que acuda a tu imaginación. Coloréalo en tonos suaves y sombréalo exquisitamente siguiendo la descripción que la señora Fairfax hizo de Blanche Ingram, sin olvidar los tirabuzones negrísimos y los ojos rasgados. ¿Qué se te está pasando por la cabeza? ¿Tomar por modelo los del señor Rochester? ¡Alto! Prohibidos los sentimentalismos, las quejas y las añoranzas. Lo único que se permite es la determinación y la sensatez. Piensa en el perfil armonioso, en el busto y la garganta griegos, que se vean bien el deslumbrante brazo torneado y la delicada mano sin olvidar el anillo de brillantes y la pulsera de oro; retrata fielmente sus ropas, encajes de espuma y reflejos satinados, un chal favorecedor y una rosa de oro. Titúlalo: Blanche, una destacada señorita de la aristocracia. Y cuando de ahora en adelante se te ocurra imaginar que al señor Rochester le has producido muy buena impresión, vete a buscar estos dos cuadros, ponlos uno junto al otro, compáralos y piensa: “Dando por supuesto que el señor Rochester podría conquistar el corazón de esta noble joven si se lo propusiera, ¿cómo va a malgastar su tiempo pensando en esa otra chica pobre, plebeya e insignificante?”».

—Así lo pienso hacer —resolví.

Mantuve mi palabra. Una hora o dos me bastaron para dibujar al carboncillo mi propio retrato, y al cabo de quince días había rematado una miniatura en marfil representando a la imaginaria Blanche Ingram.

Me había salido un rostro realmente hermoso y, cuando lo comparé con mi cabeza verdadera, el contraste resultó tan llamativo como convenía al control de mis sentimientos. Me vino muy bien aquella tarea, sirvió para mantener mi cabeza y mis manos ocupadas y reafirmó con solidez y fijeza las nuevas impresiones que quería marcar indeleblemente en mi corazón.

Poco tiempo después tuve ocasión de congratularme por la atareada disciplina a que sometí mis emociones. Gracias a eso estuve en condiciones para hacer frente a los sucesos posteriores con un equilibrio que ni siquiera hubiera sido capaz de fingir, si hubieran llegado a pillarme de nuevas.

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