Jane Eyre (ed. Alba)
Segunda parte » Capítulo II
Página 23 de 53
Capítulo II
Pasó una semana sin que tuviera noticias del señor Rochester; pasaron diez días y seguía sin volver. La señora Fairfax insinuó que podría haber viajado a Londres desde Leas y de allí al continente, y que no sería de extrañar que tardara un año en aparecer de nuevo por Thornfield; no era la primera vez, según dijo, que abandonaba sus propiedades de forma tan rara e intempestiva. Cuando escuché aquellas palabras, sentí una especie de escalofrío y me di cuenta de que mi corazón empezaba a desfallecer. Era evidente que me estaba dejando invadir por una oleada morbosa de desánimo, así que, haciendo acopio de agudeza y apelando a mis principios, no vacilé en imponer el orden en aquellas sensaciones, y es asombroso lo pronto que logré enderezar mi pasajera flaqueza y hasta qué punto aventé el error de suponer que lo que hiciera o dejase de hacer el señor Rochester era asunto de importancia vital para mí. No hizo falta que me humillara fomentando una noción servil de inferioridad. Todo lo contrario, me limité a decir para mis adentros: «Tú no tienes nada que ver con el amo de Thornfield, exceptuando el salario que te paga por educar a su ahijada y la gratitud por el trato amable que, caso de cumplir con tu deber, te dispense, como cabe esperar. Métete en la cabeza que estos son los únicos lazos que él admite en serio entre su persona y la tuya; así que no le hagas objeto de tus refinados sentimientos, entusiasmos o tribulaciones. No es de tu rango, no saques las cosas de quicio y conserva el amor propio necesario para no desperdiciar alma, corazón y energías en un lugar donde esas dádivas ni te las han pedido ni se sabrían apreciar».
Seguí, pues, desempeñando con la serenidad habitual mis cotidianas tareas. Pero de vez en cuando, me vagabundeaban por la cabeza ciertas confusas sugerencias que me aconsejaban abandonar Thornfield; y sin querer imaginaba anuncios en el periódico y conjeturaba los pros y contras de un nuevo trabajo. Aquellos pensamientos no juzgué necesario controlarlos, los dejé que brotaran a su aire y dieran fruto si les daba la gana.
Ya hacía más de dos semanas que no sabíamos nada del señor Rochester, cuando llegó una carta para la señora Fairfax.
—Es del amo —dijo ella, mirando las señas—. Por fin vamos a saber si vuelve o no.
Era la hora del desayuno y, mientras ella rompía el lacre y sacaba la misiva para leerla, yo seguí tomando mi café. Estaba muy caliente y atribuí a eso el vivo rubor que repentinamente me subió a las mejillas. El hecho de que me temblara la mano y se derramara en el plato parte del contenido de la taza no quise tomarlo en consideración.
—Bueno —dijo la señora Fairfax, que aún tenía desplegada la carta ante sus gafas—, a veces nos quejamos de tranquilidad, pero lo que es ahora nos amenaza el peligro contrario. Durante unos días no vamos a parar.
Antes de permitirme pedir aclaraciones, anudé las cintas del delantal de Adèle, que se le acababan de desatar, volví a llenarle la taza de leche y le serví otro bollo. Luego dije, afectando indiferencia:
—Supongo que el señor Rochester no volverá por ahora, ¿verdad?
—Al contrario, hija, dentro de tres días. Eso es lo que dice, el jueves que viene. Y además no llega solo. Ni sé cuántas personas de la buena sociedad de Leas le acompañan en este viaje, pero dice que muchas. Da instrucciones para que se tengan dispuestos los mejores dormitorios, se haga limpieza a fondo en la biblioteca y los salones y se contrate a personal de la fonda de Millcote o de donde sea para que echen una mano en la cocina. Porque además las señoras traerán a sus doncellas y los caballeros a sus ayudas de cámara, y a toda esa gente hay que alojarla. Vamos a tener la casa llena.
La señora Fairfax acabó a toda prisa su desayuno y salió rápidamente de la habitación para dar comienzo a tantos preparativos.
Los tres días que siguieron fueron de mucho ajetreo, como ella había predicho. A mí me había parecido que todas las habitaciones de Thornfield estaban muy limpias y en perfecto orden, pero quedó claro que me equivocaba. Vinieron tres mujeres para ayudar a las de casa y en mi vida había visto ni he vuelto a ver tanto fregoteo, tanto barrer, sacudir alfombras, colgar y descolgar cuadros, sacarles brillo a espejos y lámparas, orear sábanas y colchones y encender chimeneas. Adèle no se perdía detalle y siempre estaba por el medio. Los preparativos para recibir a tanta gente y la expectativa de su llegada la tenían en ascuas. No paraba de requerir a Sophie para que revisara sus toilettes, como llamaba ella a sus trajes, arrinconara las que estaban passées[47] y tuviera preparadas las nuevas. Ella no ayudó en nada, lo único que hacía era corretear por las habitaciones de delante, saltar encima de las camas y tirarse sobre los colchones y almohadas que se apilaban ante las chimeneas encendidas. Las tareas de clase se le perdonaron, porque la señora Fairfax había requerido mi ayuda y me pasaba el día en la despensa con ella y la cocinera, unas veces sirviendo de algo y otras estorbando, mientras aprendía a hacer flanes, tarta de queso y repostería francesa, preparar la caza y adornar las fuentes de postre.
A los invitados se los esperaba el jueves por la tarde, a tiempo de tomar el té de las seis. A lo largo de aquellos días no había tenido tiempo de dar pábulo a ninguna quimera, y creo que me mostré tan activa y de buen humor como cualquiera de los demás, exceptuando a Adèle. Pero de vez en cuando una ráfaga de niebla venía a ensombrecer mi animación y era arrastrada, aun a mi pesar, a una región de dudas, presentimientos y sombrías conjeturas. Solía ocurrir cuando la escalera que llevaba al tercer piso (últimamente cerrada con llave) se abría sigilosamente para dar paso a la figura de Grace Poole con su gorro almidonado, su delantal blanco y su pañuelo. Yo la miraba deslizarse por el pasillo, amortiguado el ruido de sus pasos por las zapatillas de paño, la veía asomarse a los dormitorios revueltos y bulliciosos y le oía decir alguna palabra suelta, tal vez simplemente una advertencia a las mujeres de la limpieza sobre la mejor manera de abrillantar una parrilla, limpiar el mármol de una repisa o quitar las manchas del empapelado de una pared. Eso era todo, y luego seguía su camino hacia la cocina. Bajaba allí diariamente, comía, se fumaba su buena pipa junto al fuego y regresaba, llevándose consigo una jarra de cerveza al privado retiro de su tenebrosa y alta guarida.
De las veinticuatro horas del día, tan solo pasaba una en la cocina con los demás criados, el resto de su tiempo lo consumía encerrada en el tercer piso, dentro de un cuarto con techo bajo y paredes de madera. Allí se sentaba a coser, y tal vez a reírse espantosamente para sus adentros, tan aislada cual preso en el calabozo.
Lo más raro de todo era que, exceptuándome a mí, no hubiera nadie en la casa que pareciera reparar en sus costumbres o considerarlas chocantes. Nadie discutía las peculiaridades de su empleo, nadie la compadecía por su retiro. En una ocasión pesqué fragmentos de un diálogo entre Leah y una de las nuevas asistentas, a propósito de Grace. Leah estaba diciendo algo que no capté bien, y la asistenta comentó:
—Supongo que el sueldo será bueno, ¿no?
—Ya lo creo —dijo Leah—, ya lo quisiera para mí. No es que me queje, la tacañería brilla por su ausencia en Thornfield, pero a mí no me pagan ni la quinta parte que a la señora Poole. Está haciendo ahorros; todos los trimestres ingresa una suma en el banco de Millcote. No me extrañaría que hubiera reunido ya lo bastante para independizarse, si se quisiera ir, pero digo yo que se habrá acostumbrado a este sitio. Además todavía no ha cumplido los cuarenta, está fuerte y sirve para todo. Debe de pensar que es pronto para jubilarse.
—Me imagino que cumplirá bien con su cometido —dijo la asistenta.
—¡Y tanto! Se ha dado cuenta de lo que tiene que hacer y nadie lo podría hacer como ella —replicó Leah en un tono cómplice—. No habría otra que fuera capaz, ni pagándole eso.
—Seguramente no —fue la respuesta—. Y lo que yo me pregunto, oye, es si el amo…
La asistenta iba a seguir hablando pero la interrumpió un codazo de Leah, que acababa de volver la cabeza y me había visto.
—¿Es que ella no sabe nada? —oí susurrar a la otra mujer.
Leah movió negativamente la cabeza y dejaron de hablar. Todo lo que pude sacar en consecuencia es que había un misterio en Thornfield, de cuya participación yo estaba deliberadamente excluida.
Llegó el jueves y ya desde la tarde anterior estaba todo dispuesto: se habían desenrollado las alfombras, recamado las cortinas de los lechos, extendido sobre ellos colchas inmaculadas, ordenado los tocadores, barnizado los muebles y puesto flores en los floreros. Tanto los dormitorios como los salones eran un primor. También el vestíbulo, con su gran reloj de madera tallada, presentaba un aspecto deslumbrante: los peldaños y la barandilla de la escalera parecían de cristal. En el comedor, la plata contagiaba su fulgor a los aparadores, y en el salón y en el gabinete las flores exóticas dejaban su toque por doquier.
Llegó la tarde. La señora Fairfax se puso su mejor vestido de raso, sus guantes y su reloj de oro, porque era ella la encargada de recibir a los huéspedes y de acompañar a las señoras a sus respectivas habitaciones. Adèle también se emperifolló, aunque no me pareció a mí que tuviera muchas opciones de ser presentada a la concurrencia, por lo menos aquel día. A pesar de todo, para darle gusto, permití a Sophie que la vistiera con uno de sus trajecitos cortos de muselina y falda de vuelo. En cuanto a mí, no consideré preciso cambiarme; nadie me iba a pedir que abandonara mi santuario del aula, porque en un santuario había llegado a convertirse para mí, «un refugio placentero en tiempos de calamidad»[48].
Había hecho un día sereno y templado de primavera; uno de esos días entre finales de marzo y principios de abril que amanecen radiantes como heraldos del verano en la tierra. Ahora ya estaba tocando a su fin, pero todavía hacía muy bueno, y me senté en el aula a trabajar con la ventana abierta.
—Se están retrasando —dijo la señora Fairfax, que entraba ya vestida de pontifical—. Menos mal que se me ocurrió disponer la cena para una hora más tarde de la que marcó el señor Rochester, porque ya son más de las seis. He mandado a John a la verja de abajo por si ve llegar a alguien por la carretera. Desde allí se divisa todo lo que viene de Millcote, aunque esté a mucha distancia. —Se acercó a la ventana y se asomó—: ¡Ahí lo tenemos! —dijo—. ¿Qué hay, John? —añadió mirando hacia abajo—. ¿Alguna novedad?
—Ya vienen, señora —contestó él—. Estarán aquí dentro de unos diez minutos.
Adèle se precipitó a la ventana. Yo la seguí, poniendo mucho cuidado en orillarme para quedar oculta por la cortina, y de esa manera poder ver sin ser vista[49].
Los diez minutos que había previsto John se hicieron muy largos, pero al fin se oyó un rumor de ruedas y aparecieron dos carruajes abiertos precedidos de cuatro jinetes al galope. En los vehículos había un revuelo de plumas y velos que ondeaban aglomeradamente. Dos de los jinetes eran hombres jóvenes y bien parecidos. El tercero era el señor Rochester montado sobre Mesrour, su caballo negro, y acompañado por Pilot, que venía brincando delante de ellos. El cuarto jinete, emparejado con Rochester, era una señora, y ellos dos abrían camino. La miré. La falda morada de su traje de amazona le llegaba al suelo, el velo del sombrero se agitaba a impulsos de la brisa, y tras sus pliegues transparentes brillaban unos tirabuzones negros como el ébano.
—¡La señorita Ingram! —exclamó la señora Fairfax.
Y salió disparada para recibir abajo a los huéspedes.
La comitiva, siguiendo la curva que marcaba el camino, dio la vuelta al llegar a la esquina de la casa y la perdimos de vista. Adèle insistía en que la dejara bajar, pero la senté en mis rodillas y procuré hacerle entender que de ninguna manera podía aventurarse a aparecer ante las visitas hasta que la mandaran llamar expresamente, que el señor Rochester se enfadaría mucho si lo hiciera y otros argumentos por el estilo. Le costó algunas lágrimas oírlo pero, como se dio cuenta de lo seria que estaba yo, acabó por secárselas.
Del vestíbulo subía un rumor de voces bulliciosas y entrelazadas. El tono más grave de los caballeros servía de contrapunto armonioso al acento argentino de las señoras y, sobreponiéndose a aquella mezcla, aunque no de forma estentórea, se distinguía claramente la voz del dueño de Thornfield dando la bienvenida bajo su techo a tan elegantes huéspedes. Luego se oyeron pasos ligeros por la escalera y cierto alboroto en el pasillo, risas alegres y tenues, un continuo abrir y cerrar de puertas y por fin, durante un rato, reinó el silencio.
—Elles changent de toilettes —dijo Adèle, que había prestado oído atento a todos aquellos movimientos—. Chez maman —continuó tras un suspiro—, quand il y avait du monde, je les suivais partout, au salon et à leurs chambres; souvent je regardais les femmes de chambre coiffer et habiller les dames, et c’était si amusant: comme cela on apprend[50].
—¿No tienes apetito, Adèle?
—Mais oui, mademoiselle: voilà cinq ou six heures que nous n’avons pas mangé[51].
—Pues bueno, aprovechando que las señoras están en sus cuartos, voy a hacer una incursión abajo para traerte algo de cena.
Y así, abandonando mi asilo con toda precaución, me metí por una escalera de servicio que llevaba directamente a la cocina. En aquella parte de la casa todo era fuego y alboroto. La sopa y el pescado estaban en su última fase de elaboración, y la cocinera se inclinaba hacia los hornillos en una disposición de cuerpo y de ánimo que hacían temer por su combustión general. En el cuarto de estar de la servidumbre se veía a dos cocheros y a tres ayudas de cámara, unos de pie y otros sentados alrededor del fuego. Me imaginé que las doncellas estarían atareadas arriba, ayudando a sus señoras; y en cuanto a las nuevas asistentas contratadas en Millcote, no paraban de moverse de un lado para otro. Sorteando aquel caos, conseguí llegar a la despensa, de donde cogí una ración de pollo frío, un panecillo, unos pasteles, dos platos y cubiertos, tras lo cual inicié una rápida retirada en posesión de mi botín.
Ya había llegado al pasillo y estaba cerrando a mis espaldas la puerta de servicio, cuando una creciente barahúnda me hizo comprender que las señoras estaban saliendo de sus habitaciones. No podía llegar al aula sin pasar por delante de alguna de sus puertas, corriendo el riesgo de ser sorprendida con mi carga de vituallas. Así que me quedé quieta en aquel rincón del final que, como no tenía ventana, estaba oscuro; y más ahora que el sol se había puesto ya y se acercaba la noche.
Las habitaciones fueron dando paso a sus alegres y frívolas ocupantes, cuyos atuendos fulguraban en el seno de aquella penumbra. Se quedaron agrupadas durante unos instantes al otro extremo del pasillo, charlando con animación, aunque en un tono susurrante. Luego bajaron la escalera casi tan silenciosamente como la niebla cuando desciende de las cumbres. La impresión de conjunto que me dejó aquella escena fue la de una elegancia mundana totalmente nueva para mis ojos.
Me encontré a Adèle fisgando por la rendija de la puerta del aula.
—¡Qué señoras tan guapas! —exclamó—. Ojalá pudiera verlas de cerca. ¿Cree usted que el señor Rochester nos mandará bajar luego, cuando acaben de cenar?
—No lo creo en absoluto. Me parece que el señor Rochester tiene otras cosas en qué pensar ahora. Olvídate de las señoras por esta noche, ¿quieres?, mañana será otro día. Toma, aquí tienes tu cena.
Adèle tenía mucha hambre, así que el pollo y los pasteles la tuvieron un rato entretenida. Menos mal que se me había ocurrido visitar la despensa, porque si no, tanto ella como yo y Sophie, a la que dejamos compartir nuestro refrigerio, nos habríamos ido a la cama sin probar bocado. La gente de abajo andaba demasiado atareada para pensar en nosotras.
Hasta pasadas las nueve no acabaron de retirar los postres, y a las diez todavía se oían pasos de criados que iban de acá para allá con bandejas de café. Dejé a Adèle que se quedara despierta hasta más tarde de lo habitual, porque insistió en que le iba a ser imposible dormirse con tanto ruido de puertas abriéndose y cerrándose abajo y el bullicio de la gente. Además, si llegaba un mensaje del señor Rochester cuando ella ya se hubiera desnudado y metido en la cama, alors, quel dommage![52]
Le estuve contando cuentos mientras tuvo gana de oírlos y luego, para que se entretuviera con otra cosa, salimos al pasillo. La lámpara del vestíbulo estaba encendida y desde la barandilla alta de la escalera le parecía muy divertido observar el ir y venir de los criados. Ya entrada la noche, empezó a oírse una música que llegaba del salón, donde se había instalado el piano. Adèle y yo nos sentamos en el rellano de la escalera para escuchar aquel concierto, que pronto se vio enriquecido por una voz de mujer en dulce acorde con las delicadas notas del instrumento. Aquel solo fue seguido por un dueto, y de nuevo destacó la voz de antes; en las pausas se oía un runrún animado de conversaciones, a las que yo prestaba oído atento. Me di cuenta súbitamente de que mis capacidades auditivas estaban concentradas en analizar aquella amalgama de sonidos solo para ver si en el seno de ellos distinguía la voz del señor Rochester. Y cuando lo logré, que fue pronto, me propuse otro cometido más difícil: el de convertir aquellos acentos, desvaídos por la distancia, en palabras articuladas.
Cuando dieron las once, Adèle ya tenía la cabeza apoyada sobre mi hombro y se le caían los párpados de sueño. La cogí en brazos y la llevé a la cama. Era casi la una cuando los invitados se retiraron a sus habitaciones a descansar.
El día siguiente fue tan divertido como el anterior. Lo dedicaron a hacer una excursión a no sé qué sitio de los alrededores. Salieron temprano, algunos a caballo y otros en carruaje, y yo presencié tanto su partida como su regreso. Igual que la tarde anterior, la señorita Ingram era la única amazona, y también era el mismo su acompañante: el señor Rochester. Galopaban juntos y un poco apartados del resto de los invitados. Lo comenté con la señora Fairfax, que estaba asomada a la ventana conmigo.
—Decía usted que no veía al señor Rochester muy inclinado a casarse —le dije—, pero está claro que su preferida es esa señorita, no tiene ojos para ninguna otra.
—Sí, puede ser. No cabe duda de que la admira.
—Y ella a él —añadí—. Mire cómo inclina su cabeza hacia la del amo en este momento, como si le estuviera hablando confidencialmente. Me gustaría ver su rostro, aún no lo he atisbado.
—Esta noche la conocerá usted —contestó la señora Fairfax—. Se me ocurrió hablarle al señor Rochester de las ganas que tenía Adèle de ser presentada a las señoras y él me contestó: «Que baje al salón esta noche después de cenar, y dígale a la señorita Eyre que la acompañe».
—Lo diría por simple educación —repuse yo—. Estoy segura de que no hace ninguna falta que baje yo.
—Bueno, yo le advertí que, poco acostumbrada como está usted a las reuniones sociales, era probable que no le apeteciera formar parte de esta, donde va a encontrarse con extraños, pero me cortó en ese tono suyo un poco brusco: «¡Tonterías! Si pone alguna objeción, le dice usted que es mi deseo expreso, y que si se resiste con tenacidad, yo mismo subiré a buscarla».
—No pienso acarrearle tal molestia —contesté—. Si no hay más remedio, bajaré, pero no me apetece nada. ¿Estará usted allí, señora Fairfax?
—No, le puse un pretexto y a mí me lo admitió. Le diré cómo tiene que hacer para evitar la violencia de una entrada ceremoniosa, que es lo más incómodo del asunto. Cuando esté vacío el salón, y antes de que las señoras se hayan levantado de la mesa, entra usted y se acomoda en un rincón tranquilo. No hace falta que se quede mucho rato, a no ser que le guste; en cuanto entren los caballeros se puede ir. Justo el tiempo preciso para que el señor Rochester se dé cuenta de que le ha obedecido; luego ya se escurre, en cuanto vea la ocasión, y nadie se dará cuenta.
—¿Cree usted que estas personas se quedarán mucho tiempo en Thornfield?
—Puede que dos o tres semanas, más no creo. En cuanto pasen las vacaciones de Semana Santa, sir George Lynn, que acaba de ser elegido parlamentario por Millcote, tiene que ir a tomar posesión de su cargo, y es muy probable que el señor Rochester le acompañe. Me extraña mucho que se esté quedando tanto tiempo este año en Thornfield.
A medida que se iba acercando la hora de bajar con Adèle al salón, aumentaba mi sobresalto. La niña se había pasado el día fuera de sí, desde que supo que por la noche iba a conocer a los invitados, y hasta que Sophie empezó a hacer los preparativos para vestirla no se apaciguaron sus nervios. La seriedad de aquel proceso la devolvió a sus cabales, y una vez que se vio peinada con tirabuzones cuidadosamente dispuestos en grupos, vestida de raso color de rosa, con su ancha banda anudada a la cintura y sus guantes de encaje puestos, adoptó una seriedad que parecía la de un juez. No hizo falta decirle que no se arrugara el vestido o estropeara el peinado. Se sentó en una silla con aire modoso, cuidando de levantarse antes la falda de raso para que se mantuviera bien planchada, y me aseguró que no se pensaba mover hasta que yo estuviera lista. A mí eso no me llevó tiempo; me puse el único traje bueno que tenía, uno gris perla que compré para la boda de la señorita Temple y que no había vuelto a usar, me peiné en un periquete y me puse el broche de perlas, no tenía otra joya. Y bajamos.
Afortunadamente, al salón se podía entrar sin pasar por el comedor, donde aún estaban todos cenando. Y el salón estaba vacío. Un generoso fuego chisporroteaba en la chimenea de mármol y entre los exquisitos ramos de flores que adornaban las mesas, dos velas encendidas despedían su solitario fulgor. La cortina carmesí que ocultaba a medias el arco servía de frontera, aunque sutil, con la estancia contigua, de donde llegaba un murmullo apagado de conversación, porque los comensales hablaban en voz baja.
Adèle, que se mostraba muy emocionada ante la solemnidad de la ocasión, se sentó sin pronunciar una palabra en la banqueta que le indiqué. Yo me retiré al poyo de la ventana, cogí al pasar un libro que había sobre la mesa e intenté concentrarme en la lectura. Adèle acercó su banqueta hasta mis pies y al cabo de un rato me dio un toque en la rodilla.
—¿Qué pasa, Adèle?
—Est-ce que je ne puis pas prendre une seule de ces fleurs magnifiques, mademoiselle? Seulement pour completer ma toilette.[53]
Cogí una rosa de uno de los floreros y se la puse en la cintura. Ella suspiró con inefable alivio, como si la copa de su dicha acabara de llenarse hasta los bordes. Yo volví la cabeza hacia otro lado para disimular una sonrisa que no había podido reprimir. Había algo de ridículo pero también de penoso en la solemne e innata devoción por los trapos que mostraba la pequeña parisina.
Empezó a percibirse un ligero rumor de gente que se levantaba, la cortina del arco se descorrió y quedó ante nuestros ojos la imagen fulgurante del comedor con la gran mesa llena de piezas de plata y cristal despidiendo destellos a la luz de la araña encendida.
Un grupo de señoras acababa de asomar por el arco. Se detuvieron unos instantes allí y luego accedieron al salón, dejando caer la cortina a sus espaldas.
Eran ocho en total, pero parecían más cuando entraron. Algunas eran muy altas y predominaba el color blanco en sus vestidos, de faldas tan amplias que las figuras quedaban agrandadas, como se engrandece la luna cuando la rodea la niebla. Yo me puse de pie y esbocé una reverencia, a la que solamente una o dos cabezas contestaron. Las demás se limitaron a mirarme fijamente.
Se dispersaron enseguida por el salón y a mí me recordaban a una bandada de pájaros blancos, por la ligereza y fluctuación de sus andares. Algunas se reclinaron en los sofás y otomanas, mientras otras curioseaban las flores y los libros que había sobre la mesa o se acercaban a la chimenea. Todas hablaban bajo, aunque arrastrando muy claramente las sílabas en un tono que parecía serles habitual. Sus nombres los conocí más tarde, pero prefiero decirlos ahora.
Primero estaban la señora Eshton y sus dos hijas. Ella debía de haber sido muy guapa y conservaba evidentes señales de ello. En cuanto a las hijas, la mayor, Amy, era pequeñita, ingenua y aniñada de cara y de talante, pero tenía un cuerpo provocativo realzado por el traje de muselina blanca con ancho cinturón de seda azul; la segunda, Luisa, era más alta y elegante, con una cara expresiva de las que los franceses llaman minois chiffonné[54]. Las dos hermanas tenían un cutis blanco como de azucena.
Lady Lynn era un personaje sólido y robusto. Muy tiesa y arrogante, iba vestida de raso tornasolado y representaba unos cuarenta años. El pelo, muy oscuro, le brillaba bajo un aderezo de plumas azules y una diadema de piedras preciosas.
La señora del coronel Dent era menos llamativa, pero me pareció más señora. Tenía una cara pálida de expresión afable, era rubia y su figura esbelta se veía realzada por un vestido negro de raso, un rico chal de encaje español y un collar de perlas. Me gustó mucho más su atuendo que el de la aristócrata con fulgor de arco iris.
Pero las más distinguidas —tal vez porque eran las más altas del grupo— me parecieron la viuda lady Ingram y sus dos hijas Blanche y Mary. Eran las tres de una talla muy superior a la común. La madre podría tener entre cuarenta y cincuenta años, conservaba aún una hermosa figura, no tenía canas (o al menos bajo la luz de las velas no se le apreciaban) y exhibía una dentadura perfecta. Muchos podrían definirla como una mujer espléndida para su edad, y lo era efectivamente en lo que al aspecto físico se refiere. Pero tanto su porte como la expresión de su rostro denotaban una altanería casi insoportable, para mi gusto. Su perfil romano de carnosa barbilla desembocaba en una garganta a modo de columna. Todos sus rasgos me parecieron no solo infatuados y ensombrecidos sino traspasados por el orgullo, y destacaba especialmente el gesto casi sobrenatural de mantener alzada la barbilla. También me disgustó su mirada severa e implacable, que me trajo al recuerdo la de la señora Reed; tenía una voz grave y engolada, y masticaba las palabras al hablar como si quisiera sentar cátedra; en una palabra, un ser insoportable. Un vestido de terciopelo carmesí y un turbante tipo indio confeccionado en lamé de oro dotaban a su figura de un aspecto que ella sin duda consideraría de una dignidad francamente imperial.
Blanche y Mary habían heredado su estatura y se erguían altas como álamos, Mary demasiado delgada pero Blanche, en cambio, escultural como una Diana. Me fijé en ella, por supuesto, con particular atención. En primer lugar porque quería ver si su aspecto se adecuaba a la descripción suministrada por la señora Fairfax y, por consiguiente, si se parecía en algo a la miniatura que yo pinté. Pero sobre todo, tengo que confesarlo, para darle o no mi visto bueno como posible elegida del señor Rochester.
En lo referente a su aspecto físico, respondía ce por be tanto a mi retrato como al que hizo verbalmente la señora Fairfax. Un busto generoso, hombros bien torneados, cuello grácil, ojos oscuros y rizos negros, todo coincidía… Pero ¿y el rostro? El rostro era una versión juvenil y sin arrugas del de su madre: la misma frente estrecha, los mismos rasgos altivos, la misma expresión de superioridad. No era, sin embargo, tan plomiza su altivez, se reía continuamente con una risa displicente, a juego con la del rictus habitual que curvaba sus labios orgullosos.
Se dice que el talento va unido a la autosuficiencia. Yo no sé si la señora Ingram tenía talento, pero de autosuficiencia estaba cargada. Se puso a discutir sobre botánica con la gentil señora Dent, que, al parecer, no había estudiado esta ciencia y se limitó a manifestar que le gustaban las flores, «sobre todo las silvestres». Blanche, en cambio, sí había estudiado y no perdía ocasión de soltar términos técnicos y de darse tono, como si quisiera —o eso me pareció— dejar en ridículo a la señora Dent. Puede que sus burlas fueran ingeniosas, pero desde luego bienintencionadas no. Se puso a tocar el piano y lo hizo con toda brillantez, cantó y tenía una voz preciosa y, cuando a veces hablaba aparte con su madre en francés, tenía buen acento y se notaba que dominaba el idioma.
Mary tenía un aspecto más dulce y acogedor que su hermana; sus facciones eran más suaves y su piel más clara, porque Blanche tenía un cutis moreno de española; sin embargo Mary carecía de vitalidad; sus ojos no brillaban ni era expresiva; daba la impresión de no tener nada que decir. Una vez sentada, se quedó allí quieta como una estatua en su hornacina. Las dos hermanas iban vestidas de blanco.
Y una vez comentado esto, ¿puedo decir que la señorita Ingram me parecía la pareja ideal para el señor Rochester? No conocía sus gustos sobre belleza femenina, así que no podía opinar con seguridad. Si le gustaba lo majestuoso, Blanche era la majestad en persona, además de distinguida e ingeniosa. Debía de tener muchos admiradores masculinos, y era evidente que el señor Rochester se contaba entre ellos. Para despejar mis últimas dudas, solo me quedaba la prueba de verlos juntos.
A todas estas, no vayas a creer, lector, que Adèle se había quedado quieta sentada a mis pies en su banqueta durante tanto rato. No, en cuanto entraron las señoras, se levantó, salió a su encuentro, hizo una ceremoniosa reverencia y dijo muy seria:
—Bonjour, mesdames.
—¡Vaya, miren qué muñequita!
—Supongo que es la ahijada del señor Rochester, la francesita de quien nos habló —intervino lady Lynn.
La señora Dent estrechó amablemente su mano y se inclinó a darle un beso, mientras Amy y Luisa Esthon exclamaban al unísono:
—¡Qué encanto de niña!
Se la llevaron con ellas a su sofá, y allí seguía estando todavía cómodamente sentada entre las dos y sin parar de hablar tan pronto en francés como en su inglés chapurreado. No solo era objeto de atención por parte de las señoritas Esthon sino también de su madre y de lady Lynn, y entre todas le reían las gracias y la colmaban de mimos.
Por fin han traído el café y los caballeros hacen acto de presencia. Yo me he quedado en la sombra, si es que puede haber alguna en una estancia tan brillantemente iluminada. Pero al menos el cortinaje de la ventana me oculta a medias. Nuevamente cruje el arco: están entrando ellos. La irrupción colectiva de los caballeros —como antes de las señoras— es bastante espectacular. Van todos vestidos de negro, algunos son jóvenes y casi todos de considerable estatura. Henry y Frederick Lynn son petimetres a la moda, y el coronel Dent un elegante militar. El señor Esthon, magistrado del distrito, tiene un aspecto francamente señorial, con el pelo bastante canoso, aunque conserva negras las cejas y las patillas, lo cual le da un aire de père noble de théatre[55]. Lord Ingram es tan guapo como sus dos hermanas, aunque se parece más a Mary en la mirada apática y desganada. Parece ser más largo de extremidades que agudo de cerebro o ardiente de sangre.
¿Y el señor Rochester, dónde está?
Es el último en entrar, y aunque no estoy mirando al arco, percibo su presencia. Procuro concentrar toda mi atención en las agujas de punto y en las mallas del bolso que estoy haciendo. Ojalá pudiera pensar solo en la labor que me traigo entre manos, no atender más que a los hilos de seda y los abalorios plateados que descansan en mi regazo, pero no puedo dejar de ver con toda nitidez su figura, la cual arrastra inevitablemente el recuerdo de la última noche que hablé con él. Tras haberle prestado lo que él consideró una ayuda fundamental, había mantenido mi mano entre las suyas, se había inclinado para mirarme y en sus ojos se leía una emoción a punto de desbordarse, de la que yo participaba. ¡Qué cerca habíamos estado el uno del otro en aquel momento! ¿Qué había ocurrido luego para dar un vuelco a nuestras respectivas actitudes? Ahora mismo, éramos como dos extraños, ¡qué distante lo sentía! Tanto que ni siquiera me atrevía a esperar que se acercara a saludarme. No me sorprendió, pues, que sin tan siquiera mirarme pasara de largo, tomara asiento en el otro extremo de la habitación y se pusiera a conversar con un grupo de señoras.
En cuanto noté que ellas acaparaban su atención y que no había miedo de que me pillara fisgando, mis ojos volaron espontáneamente en aquella dirección para posarse en su rostro. No pude controlar mis párpados, que se alzaron para dejar libres a las pupilas deseosas de contemplarlo. Le miré, en efecto, con una mezcla de placer y sobresalto, como oro puro veteado por aceradas agujas de agonía. Un placer similar al que debe de sentir un hombre medio muerto de sed cuando sabe que el pozo hasta cuyo brocal se ha arrastrado está rebosante de agua envenenada, y a pesar de todo se inclina a beberla a tragos gloriosos.
Es bien verdad que «la belleza está en los ojos de aquel que mira». Y lo digo porque, aunque ni el rostro cetrino de mi amo, su frente cuadrada, sus espesas cejas, sus ojos hundidos ni ninguno de sus rasgos demasiado marcados (por ejemplo la boca seria y enérgica, de donde emanaba todo el poder de sus voluntariosas decisiones) fueran correctos con arreglo a los cánones estrictos de la belleza masculina, para mí eran mucho más que hermosos. Estaban llenos de un interés a cuyo influjo era incapaz de sustraerme, hechizaban mis sentimientos para arrancarlos de mi dominio y encadenarlos al suyo. No quería amarlo. El lector sabe de sobra lo intensamente que había luchado para extirpar de mi alma los gérmenes de amor que adiviné agazapados en ella; y he aquí que ahora, en cuanto volvía a verlo, brotaban por su cuenta, reverdecidos y con redoblado vigor. Me obligaba a amarlo sin mirarme siquiera.
Lo comparé mentalmente con el resto de sus invitados. ¿Qué significaban la gracia cortesana de los Lynn, la lánguida elegancia de lord Ingram, ni siquiera la distinción militar del coronel Dent, en contraste con la energía innata de él, con su genuino poderío? No me atraía la apariencia de ninguno de ellos ni su modo de conducirse, aunque mucha gente sin duda los encontraría guapos y cautivadores, mientras tal vez juzgasen al señor Rochester rudo y taciturno. Los veía sonreír, los oía reírse y no sentía nada. La luz de las velas tenía tanta alma como sus sonrisas y el tintineo de una campanilla la misma significación que sus risotadas. Pero vi sonreír al señor Rochester y su grave fisonomía se dulcificó y sus ojos se agrandaron, brillantes y mansos, despidiendo una luz al mismo tiempo amable e inquisitiva. Estaba hablando con Luisa y Amy Esthon, y yo me asombraba de que pudieran recibir sin sobresalto aquella mirada tan penetrante. Esperé que dejaran caer los párpados, que se ruborizaran, y en el fondo me alegré al comprobar que eran inmunes a su encanto.
«Para ellas no significa lo que para mí —pensé—, no es de su raza. Creo que es de la mía, mejor dicho, estoy segura, lo siento totalmente afín a mí, entiendo el idioma de sus gestos y sus movimientos. Aunque sea tan profundo el foso que la alcurnia y el dinero han excavado para separarnos, en mi cabeza y en mi corazón, en mi sangre y en todo mi sistema nervioso hay algo que me hermana con él. Hace pocos días me estuve contando a mí misma que no tengo nada que ver con el señor Rochester a excepción del salario que me paga. ¿Dije eso? ¿Me prohibí pensar en él bajo otra luz que la de un patrón? ¡Qué blasfemia contra la naturaleza! Todo lo que albergo de noble, verdadero y sólido en mi sentir se entrelaza en torno a él. Sé que debo disimular mis sentimientos, sofocar mi esperanza, tener presente que no puede ocuparse de mí. Cuando digo que soy de su raza, no quiero decir que tenga su capacidad de influencia ni su poder de hechizo. Digo simplemente que tenemos muchos gustos y emociones en común. Tengo que repetirme sin cesar, por lo tanto, que estamos separados para siempre. Pero yo, mientras tenga aliento y capacidad de discernir, no tengo más remedio que seguirlo amando».
Se ha servido el café. Las señoras, desde que entraron los caballeros, parecen alondras y su conversación se ha vuelto brillante y animada. El coronel Dent y el señor Eshton hablan de política y sus esposas los escuchan. Las dos altivas viudas lady Lynn y lady Ingram conspiran confidencialmente. Me había olvidado de describir a sir George: es un caballero rural, grandote, de piel curtida y rubicunda y en este momento se halla de pie delante de uno de los sofás con su taza de café en la mano y deja caer alguna palabra de tarde en tarde. Frederick Lynn se ha sentado junto a Mary Ingram y le está enseñando los grabados de un magnífico libro; ella de vez en cuando le sonríe, pero no parece tener nada que decir. El joven Ingram, larguirucho y flemático, se apoya con los brazos cruzados en el respaldo del sillón que ocupa la pequeña y vivaz Amy Esthon, ella levanta la cabeza y gorjea como un chorlito; da la impresión de que este le gusta más que el señor Rochester. Henry Lynn, a los pies de Luisa, comparte asiento con Adèle, que está esforzándose en hablar inglés con ellos. A Luisa le hacen mucha gracia sus chapurreos y se ríe. ¿Y Blanche con quién se irá a emparejar? Está sola de pie junto a la mesa, inclinada graciosamente sobre un álbum. Parece esperar a que alguien venga a buscarla, pero no tiene paciencia y es ella misma quien decide elegir a su interlocutor.
El señor Rochester, que acaba de dejar a los Eshton, se acerca a la chimenea y se apoya allí, tan solitario como ella lo está apoyada en la mesa. Blanche va a reunirse con él y se coloca en el extremo opuesto de la chimenea.
—Tenía entendido, señor Rochester, que no le gustaban a usted los niños.
—Y no me gustan.
Ella señaló a Adèle.
—Y entonces, ¿cómo le convencieron para que adoptara a esa muñequita? —preguntó—. ¿De dónde la ha sacado?
—No la he sacado de ningún sitio, la dejaron a mi cargo.
—¿Y cómo no la mandó a un colegio?
—No me lo puedo permitir. Salen muy caros los colegios.
—Entonces, supongo que le habrá puesto una institutriz. Antes vi por ahí a una persona… Por cierto, ¿se ha ido? Ah, no, sigue allí, detrás de la cortina de la ventana. Pues le tendrá que pagar, ¿no?, y sale casi tan caro o más, porque son dos bocas que alimentar.
Yo temí, o mejor dicho, esperé, que aquella alusión a mí obligara al señor Rochester a echar una ojeada en aquella dirección, e instintivamente me encogí todavía más en la zona de sombra. Pero sus ojos permanecieron impasibles.
—No se me ha ocurrido pensar en eso —dijo en tono indiferente, mirando fijamente el fuego.
—Ya. A ustedes, los hombres, nunca se les ocurre usar el sentido común ni echar cuentas. A mamá tendría que oírla usted hablar de las institutrices. Cuando Mary y yo éramos pequeñas, pasaron por casa lo menos doce, la mitad inaguantables, las otras grotescas, y en general una pesadilla, ¿verdad, mamá?
—¿Decías algo, mi vida?
La joven aludida por tan dulce nombre repitió su pregunta y la argumentó más.
—No me nombres a las institutrices, querida —dijo su madre—, solo con oír hablar de ellas ya me altero. Aguantar su incompetencia y sus veleidades supuso para mí una cruz, pero gracias al cielo ya no las necesito, ¡Dios vaya con ellas!
En aquel momento, la señora Dent se inclinó hacia la virtuosa viuda y le susurró algo al oído. A juzgar por la respuesta que recibió, supuse que le había hecho notar que había en la habitación un componente de aquella raza vilipendiada.
—Tant pis![56] —dijo—. ¡A ver si aprende! —Y luego, en un tono más bajo, pero no tanto como para que yo dejara de captar sus palabras, añadió—: Ya me había fijado en ella. Yo entiendo mucho de fisonomías, y en la suya, créame, he leído todos los vicios inherentes a las de su clase.
—¿Y qué vicios son esos, señora? —preguntó el señor Rochester en voz alta.
—Se lo diré en privado —replicó la señora Ingram, moviendo significativamente su turbante.
—Sí, pero para entonces el apetito de mi curiosidad tal vez se haya atenuado. Es ahora cuando pide comida.
—Pregúnteselo a Blanche, que la tiene usted más cerca.
—Mira, mamá, no me pases a mí el problema. Solo tengo un comentario que hacer sobre toda esa tribu: son un engorro. Y no lo digo porque a mí me hicieran sufrir mucho, que ya me las arreglaba yo para quedar encima. ¡Las bromas que les gastábamos Theodore y yo a la señorita Wilson, a la señora Grey y a madame Joubert! Mary siempre tenía sueño y no quería colaborar en nuestros planes. Las jugadas mejores se las hicimos a madame Joubert, la pobre señorita Wilson estaba siempre pachucha, desanimada y a punto de llorar, no valía la pena hacerla rabiar, en una palabra. Y en cuanto a la señora Grey, era tan tosca e insensible que nada le hacía mella. ¡Pero la pobre madame Joubert pagó por todas juntas! Parece que la estoy viendo cuando se enfurecía porque la sacábamos de quicio con nuestras travesuras; derramábamos el té, hacíamos bolitas de pan untado con mantequilla, tirábamos los libros al techo y armábamos la gran charanga golpeando el pupitre con la regla, la parrilla y las tenazas de la chimenea. ¿Te acuerdas, Theodore? Eran tiempos felices.
—Ya lo creo que me acuerdo —contestó el joven Ingram, arrastrando las sílabas—. Y la muy estúpida solo hacía que gritar: «¡Qué niños tan malos!». Y nos daba pie para echar una bronca por presumir de estarle enseñando algo, con lo ignorante que era, a unos niños listísimos como nosotros.
—Eso le decíamos, sí. ¿Y te acuerdas, Tedo, de cuando nos aliamos para acosar a tu preceptor, aquel señor Vining de la cara de palo, el alevín de cura, como le llamábamos? Tuvo la desfachatez de enamorarse de la señora Wilson, que además le correspondía, o eso nos pareció a nosotros. Los habíamos pillado intercambiando dulces miradas y tiernos suspiros, indicativos de una belle passion[57], y nos apresuramos a propagar nuestro descubrimiento; lo empleamos como una especie de palanca para quitarnos de encima a aquellos dos pesos muertos. Mi querida madre, aquí presente, en cuanto tuvo barruntos de aquella historia la encontró bastante inmoral, ¿verdad, señora madre?
—Naturalmente, cielo. Y con razón, créanme. Hay mil razones para que en una casa como Dios manda no se pueda tolerar nunca una relación estrecha entre institutrices y preceptores. La primera de todas…
—¡Por favor, mamá, ahórranos el recuento! Au reste[58], todos conocemos esas razones: el peligro de dar mal ejemplo a los inocentes niños, la distracción y consiguiente negligencia de sus respectivos deberes por parte de los enamorados, la complicidad y mutua dependencia, las confianzas que se creen con derecho a tomar, rayanas en la insolencia a veces, la rebelión, en fin, y el desastre general. ¿Digo bien, baronesa Ingram Park?
—Sí, mi lirio del valle, dices bien, como siempre.
—Pues no hay nada que añadir. Cambiemos de tema.
Amy Eshton, que no había oído aquel dictamen o no quiso hacer caso de él, agregó con su vocecita tenue e infantil:
—Pues Luisa y yo también intentamos alguna vez hacer rabiar a nuestra institutriz, pero era tan buena que lo aguantaba todo, y no había manera de sacarla de sus casillas. Nunca se enfadaba con nosotras, ¿verdad, Luisa?
—No, nunca. Nos dejaba hacer todo lo que queríamos, fisgar en su mesa y su costurero, volcar el contenido de sus cajones, todo. Tenía tan buen carácter que era incapaz de negarnos nada.
—Por lo visto —dijo la señorita Ingram frunciendo los labios en un rictus burlón—, ahora toca escuchar un memorándum sobre todas las institutrices habidas y por haber. Yo, para librarnos de semejante registro, sugiero que cambiemos de tema. ¿Apoya usted mi sugerencia, señor Rochester?
—La apoyo en eso, señorita, como en cualquier otra cosa.
—Entonces, a mí me toca elegir el tema. Veamos, signore Eduardo[59], ¿qué tal anda de voz esta noche?
—Donna Bianca, si ese es su gusto, mi voz estará a la altura.
—En tal caso, signore, le impongo mi soberano mandato de preparar en condiciones sus pulmones y garganta pues son requeridos para mi real servicio.
—¿Quién se negaría a ser Rizzio para una Mary tan divina[60]?
—¡Ni hablar de Rizzio! —exclamó ella sacudiendo sus rizos, a medida que avanzaba hacia el piano—. El tal David debía de ser un soso de muerte. Prefiero mil veces a Bothwell[61], tan sombrío; para mi gusto los hombres no son nada si no tienen cierto aroma diabólico. La Historia puede juzgar como le dé la gana a James Hepburn, pero yo me lo imagino salvaje y valiente, justo el típico bandido heroico a quien no me habría importado conceder mis favores.
—¡Presten atención, caballeros! —exclamó el señor Rochester—. ¿Quién de ustedes se parece más a Bothwell?
—A mí me parece —replicó el coronel Dent— que usted es el candidato con más ventajas.
—No sé cómo agradecérselo, palabra de honor —respondió el señor Rochester.
La señorita Ingram, ya colocada ante el piano en actitud arrogante, extendió sobre el asiento los vuelos majestuosos de su amplia falda blanca, e inició un brillante preludio, sin dejar de hablar. Aquella noche se sentía como un pavo real. Tanto lo que decía como su forma de decirlo y de moverse destilaban la intención de encandilar al auditorio y sorprenderlo. Se le notaba que quería llamar la atención, ser atrevida y original.