Jane Eyre (ed. Alba)
Segunda parte » Capítulo II
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—¡Estoy harta de los jóvenes de ahora! —exclamó, sin dejar de acariciar las teclas del piano—. ¡Qué encogidos son los pobres!; parecen niños incapaces de dar un solo paso más allá de las verjas de la casa de papá, ni de llegar siquiera a ellas como no sea pidiéndole de antemano permiso a mamá e invocando su protección. No se dedican más los infelices que a cuidar de su linda cara, sus blancas manos y sus delicados pies, como si el hombre y la belleza no fueran conceptos opuestos. La belleza es prerrogativa femenina, su feudo y su cárcel, y reconozco que una mujer fea supone una mancha en la hermosa fisonomía de la creación, pero en lo tocante a los caballeros, de lo que se tienen que preocupar es de atesorar fuerza y valentía. Cazar y luchar, ese ha de ser su lema, y yo me atendría a él si fuera un hombre. Lo demás son fruslerías. —Hizo una pausa, que nadie interrumpió, y prosiguió luego—: Yo, cuando me case, tengo decidido que mi marido no sea mi rival sino mi eco. No toleraré un competidor cerca de mi trono y exigiré de él una dedicación no compartida, no consentiré que su veneración por mí abarque también la imagen que le devuelve el espejo.
Ya puede cantar, señor Rochester, que yo le acompañaré al piano.
—Estoy totalmente a sus órdenes —dijo él.
—Entonces, vamos a empezar por una canción pirata. Ya sabe usted que me enloquecen los piratas, así que procure cantar con spirito[62].
—Las órdenes que proceden de labios de Blanche Ingram inspirarían a una taza de leche aguada.
—Pues entonces ponga atención. Si no me complace, le avergonzaré enseñándole cómo se deben hacer este tipo de cosas.
—Eso es ofrecer un premio a la incompetencia, así que haré todo lo posible por quedar mal.
—Gardez vous-en bien![63] Si lo hace mal adrede, ya se me ocurrirá el castigo pertinente.
—Debería ser usted más piadosa, señorita Ingram, ya que tiene poderes para infligir castigos que van más allá de lo humanamente soportable.
—¡Explíquese! —ordenó ella.
—Me va a perdonar, pero no hace falta explicar nada. Su propia agudeza le hará entender que el más leve mohín de disgusto en su rostro equivale con creces a la pena capital.
—¡Bueno, cante! —exclamó ella, atacando la melodía con brillantez.
«Ha llegado el momento de escurrirme de aquí», pensé yo. Pero me detuvieron los arpegios que cortaban el aire. La señora Fairfax había dicho que el señor Rochester tenía buena voz, y era verdad. Una voz de bajo melodiosa y profunda, traspasada por toda la fuerza de su propio sentir. Se abría camino desde el oído al corazón y penetraba en él despertando insólitas emociones.
Esperé hasta que se hubo apagado el eco de la última vibración pletórica, cuando la marea de charlas interrumpidas empezó a fluir de nuevo. En ese momento abandoné mi rincón escondido y salí por una puerta lateral que, afortunadamente, quedaba cerca. Desde allí un estrecho corredor desembocaba en el vestíbulo. Al atravesarlo, me di cuenta de que una de mis sandalias se me escurría del pie y me incliné para abrochármela. Estaba arrodillada en el primer peldaño alfombrado de la gran escalera, cuando oí abrirse la puerta del comedor. Me incorporé a toda prisa; un caballero había salido y ahora estábamos cara a cara: era el señor Rochester.
—¿Qué tal se encuentra? —preguntó.
—Muy bien, señor.
—¿Por qué no se ha acercado a hablar conmigo en el salón?
Era más bien yo quien podría haberle hecho semejante pregunta, pero no me tomé la libertad de intentarlo.
—No he querido molestarle —contesté—. Me pareció, señor, que estaba muy ocupado.
—¿A qué se ha dedicado durante mi ausencia?
—A nada en particular. A darle clase a Adèle, como siempre.
—Y a ponerse bastante más pálida; ya me di cuenta nada más verla. ¿Qué le pasa?
—A mí nada, señor.
—¿No se enfriaría usted la noche aquella en que por poco me ahoga?
—No, no, en absoluto.
—Vuelva al salón, lo ha abandonado demasiado pronto.
—Estoy cansada, señor.
Se me quedó mirando unos instantes.
—Y un poco baja de moral —dijo—. ¿Por qué? Cuéntemelo.
—Por nada. No estoy deprimida.
—Pues yo le digo que sí. Tanto que, si seguimos hablando, no podrá contener las lágrimas. Ya las adivino brillando y nadando en sus ojos, una gota se le ha escurrido por entre las pestañas y debe de haber caído en la alfombra. Si tuviéramos tiempo y yo no tuviera un miedo cerval a que pase algún criado cotilla, me acabaría enterando de lo que le pasa a toda costa. Bueno, por esta noche, la disculpo. Pero sepa que, mientras mis invitados permanezcan aquí en Thornfield, quiero verla aparecer en el salón todas las noches. Es una orden, no lo olvide. Y ahora váyase y llame a Sophie para que venga a llevarse a Adèle. Buenas noches, mi…
Se detuvo en seco, se mordió el labio inferior y desapareció bruscamente.