Jane Eyre (ed. Alba)
Segunda parte » Capítulo III
Página 25 de 53
Capítulo III
Fueron aquellos unos días alegres en Thornfield, y también atareadísimos, bien diferentes de los primeros meses de rutina, quietud y soledad que pasé bajo su techo. Todas las tristezas parecían haberse escapado de la casa, disipando cualquier recuerdo sombrío. Por todas partes y a lo largo de todo el día había animación y ajetreo. No se podía pasar por el pasillo, antes tan callado, ni entrar en las habitaciones delanteras, antes tan desiertas, sin tropezar con alguna criada pizpireta o algún ayuda de cámara remilgado.
La cocina, la despensa, el cuarto de estar de los criados, el vestíbulo, eran también un hormigueo de actividad. Y en cuanto a los salones, solamente se vaciaban y quedaban en silencio cuando el azul del cielo o el fulgor de Alcyón[64] llamaban a los ocupantes de la casa para que salieran al jardín a disfrutar del clima primaveral. Y ni siquiera cuando el tiempo se estropeó y una lluvia persistente nos visitó durante varios días seguidos, consiguió la humedad desterrar el deseo de divertirse. Los entretenimientos dentro de la casa se hicieron más frecuentes y variados, para compensar la falta de ejercicio al aire libre.
Yo me preguntaba que qué habrían inventado para aquella primera noche en que se propuso un cambio de diversión. Dijeron que iban a jugar a las charadas, pero yo nunca había oído hablar de aquello ni sabía qué quería decir. Llamaron a los criados para que retiraran las mesas del comedor, cambiaran las luces de sitio y colocaran los asientos delante del arco formando un semicírculo. Mientras el señor Rochester y los otros señores dirigían aquellas mutaciones, las señoras subían y bajaban por las escaleras llamando a sus doncellas. A la señora Fairfax se le pidieron informes acerca de las reservas de chales, trajes y tapicerías de cualquier tipo que pudieran conservarse en la casa, y algunos armarios del tercer piso fueron saqueados. Su contenido se volcó en brazos de las doncellas, un mar de enaguas almidonadas, rasos, brocados, mantillas de encaje y trajes negros. Luego se hizo un expurgo y lo que se elegía se iba llevando al salón.
El señor Rochester volvió a reunir a las señoras en torno a él y seleccionó entre ellas a algunas para que formaran parte de su equipo.
—A la señorita Ingram la elijo, desde luego —dijo.
Y nombró también a las dos señoritas Esthon y a la señora Dent. De pronto me miró, porque dio la casualidad de que estaba allí, abrochándole a la señora Dent una pulsera cuyo cierre se le había abierto.
—¿Quiere usted jugar? —me preguntó.
Negué con la cabeza y afortunadamente no insistió, como en un principio yo había temido. Así que con su permiso volví a ocupar tranquilamente mi asiento habitual.
Él y sus colaboradoras desaparecieron detrás de la cortina, y el otro grupo, encabezado por el coronel Dent, fue acomodándose en el círculo de sillas. Uno de los caballeros, el señor Esthon, que me estaba mirando atentamente, debió de preguntar que por qué no me invitaban a unirme a ellos, pero la señora Ingram desaprobó inmediatamente la sugerencia.
—No —la oí decir—. Me parece demasiado lerda para juegos de este tipo.
Al poco rato, se oyó el repiqueteo de una campanilla y se levantó la cortina. Enmarcada por el arco apareció, envuelta en una sábana blanca, la maciza figura de sir George Lynn, otro de los seleccionados por el señor Rochester. Ante él había una mesa con un gran libro abierto, y de pie a su lado, con otro libro en la mano, aparecía Amy Esthon envuelta en la capa del señor Rochester. Alguien, a quien no se veía, tocó alegremente la campanilla y Adèle —que había insistido en intervenir— avanzó saltando y tirando flores sacadas de una cesta que llevaba colgada al brazo. Luego apareció la espléndida figura de la señorita Ingram vestida de blanco. Llevaba un largo velo en la cabeza y una diadema de rosas le ceñía la frente. Junto a ella caminaba el señor Rochester. Llegaron juntos a la mesa, se arrodillaron y la señora Dent y Luisa Esthon, también vestidas de blanco, se colocaron detrás de ellos. Siguió una especie de ceremonia, tras cuya representación muda no era difícil de adivinar la pantomima de una boda. Cuando acabó, el coronel Dent y su grupo cambiaron impresiones en voz baja, como si conspiraran, y a los dos minutos emitieron un veredicto.
—¡Boda! —gritó el coronel Dent.
El señor Rochester hizo un gesto de asentimiento y la cortina volvió a caer.
Siguió una larga pausa hasta que se levantó nuevamente; y en esta segunda ocasión el cuadro que se ofreció a nuestros ojos estaba más elaborado. Ya he dicho que al salón se accedía desde el comedor subiendo dos escalones. Sobre el último, a unas dos yardas del borde había una pila de mármol que reconocí por haberla visto en el invernadero. Allí servía de ornamento y en su interior había plantas exóticas y peces de colores, así que, teniendo en cuenta además el tamaño y el peso, pensé que no había sido demasiado fácil de trasladar.
Sentado en la alfombra, junto a ella, estaba el señor Rochester envuelto en chales y tocado con un turbante. Sus ojos oscuros, su piel atezada y sus rasgos románticos[65] encajaban a la perfección con el atuendo: era el tipo clavado de un emir oriental, de un verdugo o reo de tortura. En aquel momento entraba también en escena la señorita Ingram, igualmente ataviada al estilo asiático, con una faja carmesí ciñéndole la cintura, un pañuelo bordado anudado a las sienes y los torneados brazos al aire, uno de ellos levantado graciosamente para sostener un cántaro que llevaba a la cabeza. Tanto su vestimenta como su porte y sus facciones le daban el aire de una princesa israelita del tiempo de los patriarcas, que era sin duda el personaje que quería encarnar.
Se acercó a la pila y se inclinó sobre ella para llenar el cántaro, que enseguida volvió a colocar sobre su cabeza. El personaje que estaba junto al brocal hizo ademán de acercarse a ella y fingió que le estaba pidiendo algo. «Ella se apresuró a bajar el cántaro y le dio de beber»[66]. Él extrajo un joyero de entre las ropas, lo abrió y quedaron al descubierto magníficas pulseras y ajorcas que ella contempló admirada y atónita, mientras le veía arrodillarse y poner aquella riqueza a sus pies. La incredulidad y el júbilo resplandecían en sus miradas y gestos, especialmente cuando el extranjero le abrochó aquellas pulseras y le puso aquellas ajorcas en los brazos y en las orejas respectivamente. Eran Eleazar y Rebeca; solo se echaban de menos los camellos.
El grupo de los acertantes volvió a hacer conjeturas, juntando sus cabezas. Al parecer no se ponían de acuerdo sobre la palabra o sílaba adecuada para ilustrar la escena. El coronel Dent, su portavoz, pidió «el cuadro del final», y se volvió a bajar la cortina.
Cuando se levantó la tercera vez, solamente quedaba visible una parte del salón, pues la otra estaba tapada por un biombo del que colgaban unas telas toscas y oscuras a modo de cortinajes. La pila de mármol había sido desplazada y en su lugar se veían ahora una mesa de pino y una silla de cocina desdibujadas a la tenue luz de una linterna de asta, porque las velas se habían apagado.
En el centro de tan sórdido escenario se veía a un hombre sentado con los ojos fijos en el suelo y los puños cerrados apoyados en las rodillas. Reconocí al señor Rochester, aunque su rostro embadurnado y sus ropas en desorden lo camuflaban, igual que el gesto de desesperación y el pelo desgreñado y revuelto. Llevaba por los hombros una chaqueta a la que le faltaba una manga, como si se la hubieran arrancado en una refriega. Al moverse se oyó un ruido de cadenas. Tenía las muñecas sujetas por grilletes.
—¡Cárcel![67] —exclamó el coronel Dent.
Y la charada quedó resuelta.
Después de un intervalo lo bastante largo para que los actores volvieran a vestirse con sus ropas normales, entraron todos de nuevo en el comedor. La señorita Ingram venía felicitando por su actuación al señor Rochester, que se había emparejado con ella.
—¿Sabe usted cuál de los tres papeles creo yo que le iba mejor? —preguntó—. ¡Pues el último! Si hubiera nacido unos años antes, habría sido usted el arquetipo ideal del bandido generoso y galante.
—¿Me he quitado bien todo el hollín de la cara? —preguntó él, mirándola.
—Sí, y es una pena. No hay cosa que le siente mejor que el disfraz de rufián.
—¿Entonces los salteadores de caminos son sus héroes predilectos?
—Un salteador de caminos inglés es casi tan romántico como un bandido italiano. Solamente un pirata levantino podría aventajarlos.
—Bueno, sea como sea, usted lo que tiene que recordar es que es mi esposa. Hace una hora que nos hemos casado, y ahí están los testigos.
Ella soltó una risita sofocada y el rubor subió a sus mejillas.
—Y ahora, Dent —añadió el señor Rochester—, les toca a ustedes.
Y tanto él como los de su grupo fueron ocupando los asientos que los nuevos actores abandonaban. La señorita Ingram se sentó a la derecha de su director escénico, y los demás miembros del grupo, a la izquierda o a la derecha de ellos dos.
Dejé de atender a la función. Ya no esperaba ansiosamente ver levantarse la cortina; ahora mi atención estaba volcada en los espectadores, y mis ojos, antes fijos en el arco que separaba el salón del comedor, se habían vuelto ahora al semicírculo de sillas, que los atraía irresistiblemente. Ya no me acuerdo de la charada que propusieron el coronel Dent y los suyos, ni de cuál era la palabra elegida para adivinarla ni de si actuaron bien o mal, pero aún me parece que estoy viendo las deliberaciones que tuvieron lugar después de cada escena representada. Veo al señor Rochester volviéndose hacia la señorita Ingram, y a ella lo mismo; la veo inclinar la cabeza hacia él hasta que sus rizos negros casi le rozan el hombro y acarician su mejilla, oigo sus cuchicheos, recuerdo las miradas que se intercambiaron y también a veces me vuelve a la memoria los sentimientos que removió en mí aquella visión.
Ya te he dicho, lector, que había aprendido a amar al señor Rochester. No iba a dejar de amarlo ahora solo porque notase que no me hacía caso, porque no hubiese vuelto a mirarme aunque lleváramos horas en la misma habitación, o porque dedicase todas sus atenciones a una señora que no se dignaba ni a rozarme con el borde de su falda al pasar, y que si alguna vez sus ojos negros e imperiosos tropezaban por azar con mi persona, los retiraba al instante como de un objeto demasiado miserable para merecer atención. No podía dejar de amarlo por saber con certeza que se iba a casar con esa señora, certeza alimentada día tras día al leer en ella la altiva convicción de sus intenciones, y observar en él un estilo de galanteo que, aunque indolente en su apariencia y más proclive a dejarse buscar que a llevar la batuta de la búsqueda, era subyugante por su misma indolencia y, por su misma altivez, irresistible.
No había nada que enfriara mi amor o lo desterrase, pero sí muchas de aquellas circunstancias se aliaban para desesperarme. Muchas también imaginarás tú, lector, que debieron de provocarme celos, caso de que una mujer en mi situación pudiera permitirse estar celosa de alguien como la señorita Ingram. Pero no, no sentía celos, o muy raras veces; tal palabra no abarca el significado del dolor que padecía. La señorita Ingram no daba la talla para despertarme celos, era demasiado poca cosa. Pido perdón por esta aparente paradoja, pero yo bien sé lo que me digo. Era espectacular, pero no genuina; tenía un cuerpo espléndido y muy brillantes recursos de ingenio, pero su inteligencia era mediocre y su corazón baldío por naturaleza. Nada brotaba espontáneamente en terreno tan yermo, ningún fruto silvestre y natural mostraba su deleitosa frescura. No era buena, no era original, solo hacía que echar mano de citas altisonantes, pero nunca aventuraba una opinión propia, no la tenía. Se pronunciaba por los altos y nobles sentimientos, pero a ella no se le veía ningún atisbo de compasión o clemencia; la dulzura y la sinceridad no eran su fuerte. Dejaba traslucir estas carencias muy a menudo, por ejemplo cuando daba alas a la rencorosa antipatía que desde el primer día sintió por Adèle. Le dedicaba epítetos injuriosos que hacían retroceder a la niña cuando trataba de acercarse, la trataba con frialdad y acritud e incluso alguna vez llegó a echarla del cuarto.
No eran solamente mis ojos los que estaban pendientes de los altibajos de aquel carácter, había otros que también seguían de cerca, con agudeza y perspicacia, tales manifestaciones. Sí, me estoy refiriendo al futuro esposo. Era el señor Rochester en persona quien más vigilaba a su pretendida, quien la tenía perpetuamente bajo observación. Y precisamente su sagacidad, su recelo, su clara penetración de los defectos de Blanche Ingram, la evidente ausencia de pasión que mostraba en su trato con ella, eran los motivos de mi creciente tortura. Comprendí que se iba a casar con ella por razones familiares y tal vez políticas, porque su rango y sus relaciones le parecían convenientes. Pero supe que no le había entregado su amor, y que del temperamento de ella mal podía esperarse que fuera el adecuado para luchar por aquel tesoro y llegar a obtenerlo. Ahí estaba el quid de la cuestión, y era eso lo que me desesperaba y atacaba los nervios, de ese foco de infección nacía y se alimentaba la fiebre: ella no era capaz de enamorarlo.
Si Blanche Ingram hubiera conseguido un triunfo inmediato y él hubiera depositado de veras el corazón a sus pies, yo me habría tapado el rostro, lo habría vuelto contra la pared y —metafóricamente hablando— habría muerto para ellos. Si ella hubiera sido una mujer noble y bondadosa, dotada de energía, pasión, dulzura y sensatez, yo habría entablado una lucha cuerpo a cuerpo con dos tigres: los celos y la desesperación. Después de que le hubieran arrancado el corazón para devorarlo, habría admirado a aquella mujer, habría reconocido sus excelencias y luego habría guardado silencio para el resto de mi vida. Cuanto mayor fuera su superioridad, más profundamente la admiraría y más sincera y serena sería mi resignación. Pero tal como iba el asunto, ver los esfuerzos que hacía la señorita Ingram por encandilar al señor Rochester, ser testigo de sus reincidentes fallos y de su torpeza para darse cuenta, imaginando erróneamente que cada flecha disparada daba en el blanco, cuyo éxito la envanecía caprichosamente ante sí misma, mientras yo veía que su engreimiento y egocentrismo repelían más y más al propio objeto de su deseo, ser testigo de todo aquello suponía para mí estar atrapada en una mezcla de incesante nerviosismo e implacable coacción.
Porque cuando ella fallaba, yo veía cómo habría tenido que comportarse para acertar. Las flechas que sin cesar rebotaban en el pecho del señor Rochester y caían a sus pies sin haberle herido, de haber sido disparadas por una mano más diestra, yo sabía que habrían hecho bajar el amor a sus ojos serios y la ternura a su rostro irónico. Y mejor todavía sin armas, una conquista silenciosa, esa hubiera alcanzado la verdadera victoria.
«¿Por qué no acierta a influir más en él, contando con el privilegio de tenerlo tan cerca? —me preguntaba—. No es posible que se sienta atraída por él, o al menos con ese tipo de deseo que nace del verdadero amor. Si lo quisiera así no necesitaría colmarlo de sonrisas incontinentes ni lanzarle miradas sin parar, ni adoptar un aire tan rebuscado ni alardear del ingenio. Creo que bastaría con sentarse a su lado pacíficamente, sin decir gran cosa ni casi mirarle, así podría llegarse con menos trabajo a las puertas de su corazón. Yo he visto en su rostro una expresión bien diferente de la que lo endurece ahora, cuando ella lo acosa sin tregua; pero esa expresión brotó por sí misma, no arrancada por medio de artificios vicarios ni manipulaciones amañadas. Y lo único que hubo que hacer fue aceptarla, contestar sin doblez a lo que preguntó, dirigirle la palabra cuando fue preciso sin aspavientos, y de esa manera su dulce expresión se hacía más confiada y afable y calentaba como un rayo de sol. ¿Cómo se las va a arreglar para darle gusto cuando se casen? No creo que lo consiga. Y sin embargo podría conseguirse, y la esposa del señor Rochester, lo creo firmemente, podría ser la mujer más feliz bajo el sol».
Aún no he hecho ninguna crítica de la pretensión del señor Rochester de llevar a cabo un matrimonio por razones de interés o influencia social. La primera vez que caí en la cuenta de que esa podía ser su intención, me quedé muy sorprendida. No me había parecido un hombre fácil de doblegarse ante consideraciones tan vulgares a la hora de elegir esposa. Pero cuanto más sopesaba en uno y otra la posición social, la educación y otras afinidades de ese tipo, con menos derecho me sentía para juzgarlos ni a él ni a la señorita Ingram por actuar al dictado de normas y principios que les habían venido siendo inculcados desde la infancia. Toda su clase mantenía aquellos principios, y tal vez tenían para ello razones cuyo peso —supuse— yo era incapaz de imaginar. A mí me parecía que, si fuera un hombre como él, solamente tomaría por esposa a una mujer a quien pudiera amar. Pero precisamente por lo obvias que me parecían para la felicidad del marido las ventajas de mi punto de vista, comprendí que debía de haber otros motivos de peso para no seguirlo, aunque yo los ignorase. De no ser así, todo el mundo —estaba convencida— se casaría por amor.
Pero en otros asuntos —no solo en este— me estaba volviendo demasiado indulgente con mi amo y me estaba olvidando de los defectos sobre los que antes montaba guardia con implacable agudeza. Solía analizar, en ese tiempo, todos los aspectos de su carácter y su conducta, sin descartar ni lo malo ni lo bueno y echándolo todo a la balanza para conseguir un juicio imparcial. Ahora lo malo no lo veía. El sarcasmo que tanto me había desagradado, la brusquedad que solía sobresaltarme, ahora no eran más que condimentos picantes en un plato selecto; su presencia sazonaba un guiso que de otra manera resultaría insípido. Y en cuanto a aquel «no sé qué», aquella expresión de sus ojos que podía ser siniestra o desconsolada, desconfiada o insidiosa, y que de vez en cuando se descorría ante el atento observador para volver a encubrirse enseguida, antes de que pudiera sondearse la rara profundidad entrevista, aquel «no sé qué» —digo— que me hacía temblar de miedo, como si hubiera estado vagando entre montañas volcánicas y de pronto hubiera notado que el suelo se estremecía bajo mis pies y hubiera visto abrirse una grieta; pues bien, ahora aunque a veces seguía percibiendo ese «no sé qué» y se me aceleraba algo el corazón, mis nervios se habían apaciguado. En vez de intentar rehuirlo, deseaba atreverme a adivinarlo. Y pensaba que la señorita Ingram tenía mucha suerte porque algún día podría inclinarse a mirar sin cortapisas aquel abismo para explorar sus misterios y analizar su naturaleza.
A todo esto, aunque yo no pensaba más que en mi amo y en su futura esposa, solo los veía a ellos y no atendía más que a sus conversaciones ni concedía importancia a otros movimientos que no fueran los suyos, lo cierto es que el resto de la pandilla también lo pasaba bien y seguía cultivando cada cual sus aficiones. Lady Lynn y lady Ingram no paraban de secretear solemnemente, mientras movían sus respectivos turbantes como asintiendo una a lo que decía la otra y alzaban sus cuatro manos en gestos coordinados de asombro, misterio o espanto, según el tema sobre el que discurriera su chismorreo. Parecían un par de magníficas marionetas. La dulce señora Dent y la simpática señora Eshton, que solían estar juntas, interrumpían alguna vez su charla para dedicarme una amable sonrisa o una palabra cortés. Sir George Lynn, el coronel Dent y el señor Eshton hablaban de política, de negocios del condado o de asuntos de justicia. El joven Ingram coqueteaba con Amy Eshton, Luisa tocaba el piano y cantaba a dúo con uno de los jóvenes Lynn, mientras Mary Ingram prestaba atención a los galanteos del otro con un gesto lánguido. A veces, como si se hubieran puesto de acuerdo, todos ellos suspendían sus representaciones secundarias para observar y escuchar a los actores principales. Porque, a fin de cuentas, el señor Rochester y la señorita Ingram (por su intimidad con él) eran el alma de la reunión. Si él abandonaba la habitación durante una hora, una perceptible somnolencia parecía apoderarse del ánimo de sus invitados, y su regreso siempre aseguraba un nuevo impulso a las conversaciones desmayadas, inyectándoles vida.
La falta de su animoso estímulo quedó patente de forma especial un día en que lo requirieron en Millcote para despachar allí unos asuntos, y no era probable que volviera hasta la noche. La tarde lluviosa hizo que se pospusiera para otro día un paseo que estaba programado para visitar, más allá de Hay, un campamento de gitanos instalado en un prado comunal. Algunos señores fueron un rato a los establos, y los más jóvenes se quedaron jugando al billar con las chicas. Las viudas Ingram y Lynn buscaron pacífico entretenimiento en los naipes. Blanche Ingram, tras haber rechazado con taciturna altivez ciertos intentos de las señoras Dent y Eshton para hacerla partícipe de la conversación que mantenían, primero se puso a canturrear algo mientras acariciaba las cuerdas del piano y luego, tras alcanzarse una novela de la biblioteca, acabó tumbada con soberana apatía en un sofá, dispuesta a distraer, con el hechizo de la ficción, las tediosas horas de ausencia. La habitación estaba silenciosa, como toda la casa; solo de vez en cuando llegaba de arriba el alboroto de los que estaban jugando al billar.
Estaba a punto de ponerse el sol y el reloj ya había señalado la hora en que habitualmente los invitados se arreglaban para bajar a cenar, cuando la pequeña Adèle, que estaba arrodillada junto a mí en el alféizar de la ventana del salón, exclamó:
—Voilà, monsieur Rochester, qui revient![68]
Yo me volví y la señorita Ingram se levantó inmediatamente de su asiento. También los demás levantaron la vista de sus respectivas ocupaciones, porque, coincidiendo con el comentario de Adèle, se oyó un crujir de ruedas y el ruido sobre la grava mojada de unos cascos de caballo salpicando agua al pasar. Se acercaba una silla de posta.
—¿A quién se le ocurre volver a casa de esa manera? —dijo la señorita Ingram—. Salió montando a Mesrour, el caballo negro, ¿verdad?, y Pilot iba con ellos. ¿Qué ha sido de esos dos animales?
Al decir estas palabras, había acercado tanto a la ventana su poderoso cuerpo y sus anchurosos atavíos que me vi obligada a echarme hacia atrás con riesgo de quebrarme el espinazo. Al principio, poseída como estaba por la impaciencia, no había reparado en mí, pero cuando me vio se mudó a otra ventana con una mueca desdeñosa en los labios. Se detuvo la silla de posta y se bajó un caballero con atuendo de viaje. No era el señor Rochester. Era un hombre alto y bien parecido, un extranjero.
—¡Qué ganas de enredar! —exclamó la señorita Ingram dirigiéndose a Adèle—. ¿Quién te manda asomarte a la ventana, mico fastidioso, para darnos pistas falsas?
Y me traspasó con una mirada iracunda, como si yo hubiera sido la culpable.
Se oyó un murmullo de conversación en el vestíbulo y acto seguido el recién llegado entró en la habitación. Se inclinó ante lady Ingram, posiblemente por haberle parecido que era la mayor de las señoras allí presentes.
—Me da la impresión, señora, de que no vengo en un momento muy oportuno —dijo—, ya que mi amigo el señor Rochester no está en casa; pero como llego de un viaje muy largo, me parece que podré esperar aquí a que regrese, libertad que me tomo en nombre de la antigua y estrecha amistad que nos une.
Sus modales eran de persona bien educada, y me llamó la atención su acento un tanto peculiar.
No era la voz de un extranjero exactamente, pero tampoco parecía la de un inglés nativo. Le calculé la misma edad de Rochester, entre treinta y cuarenta años y, aunque de cutis demasiado cetrino, era un hombre atractivo, por lo menos a primera vista. Una segunda inspección más detallada revelaba en su rostro algo desagradable o, mejor dicho, que fallaba al querer agradar. Sus rasgos eran correctos, pero demasiado relajados, tenía unos ojos grandes y bien dibujados, pero la vida que se asomaba a ellos era monótona y hueca, o eso me pareció adivinar.
El sonido de la campana avisando de que era la hora de arreglarse para la cena disolvió la reunión, y hasta después de cenar no volví a ver a aquel hombre. Parecía encontrarse muy a gusto. Pero su fisonomía me desagradó todavía más que antes y me chocó por la mezcla de quietud y acidia que se reflejaba en ella. Sus ojos vagaban sin rumbo ni designio y eso le daba un aspecto rarísimo, yo no había visto a nadie mirar así. Me repugnaba demasiado para ser un hombre guapo y nada hostil. No encontraba vigor en aquel rostro ovalado y de piel suave, ni firmeza en la nariz aguileña o en la boquita de cereza; bajo la frente plana no anidaban pensamientos, ni autoridad en los ojos marrones y desorientados.
Sentada en mi rincón de siempre, lo observaba desde allí. La luz de los candelabros colocados en la repisa de la chimenea le daba de lleno en la cara, porque se había ido acercando al fuego cada vez más como si tuviera frío y, al mirarlo ocupando uno de aquellos sillones, lo comparé con el señor Rochester. Con los debidos respetos, creo que entre una oca lustrosa y un fiero halcón no podría encontrarse tanta diferencia como la que había entre ellos. Ni siquiera entre una oveja mansa y su guardián, un perro de mirada aguda y desordenada pelambrera, por poner otro ejemplo.
Se había referido al señor Rochester como a un viejo amigo. Curiosa amistad debía de haber sido aquella, una ilustración certera en verdad del viejo refrán «los extremos se tocan».
Dos o tres de los caballeros invitados a Thornfield estaban sentados cerca de él y pude pescar, a través de la distancia, retazos aislados de la charla que tenían. Al principio se me escapaba su significado, porque lo que estaban diciendo Luisa Eshton y Mary Ingram, mucho más cerca de mí, interfería las otras frases fragmentarias que llegaban a rachas. Luisa y Mary también estaban hablando del recién llegado. Las dos lo encontraban guapo: Luisa dijo que era un amor de criatura y que le parecía adorable, mientras que Mary alababa su boca menuda y su graciosa nariz, declarándolas el colmo del encanto.
—¡Y qué frente tan serena! —exclamó Luisa—, tan suave, sin esos frunces y protuberancias que tanto me disgustan. Y los ojos, y la sonrisa, todo es placidez en él.
En aquel momento, para alivio mío, Henry Lynn vino a buscarlas y se las llevó al otro lado de la habitación para discutir con ellas algún detalle de la aplazada excursión al campamento gitano de Hay.
A partir de entonces, logré concentrar toda mi atención en el grupo de la chimenea, y me enteré de que el forastero se apellidaba Mason, que acababa de llegar a Inglaterra y que venía de otro país más cálido, por cuya razón, sin duda, tenía la tez tan morena, no se quitaba el abrigo dentro de casa y buscaba con afán la cercanía del fuego. Poco después los nombres geográficos de Jamaica, Kingston y Puerto España me dieron a entender que residía en las Antillas. Un poco más tarde le oí decir —y eso me produjo un gran asombro— que era allí donde vio por primera vez al señor Rochester y donde habían trabado amistad. Habló de lo poco que le gustaban a su amigo los calores tórridos, los huracanes y las estaciones lluviosas de aquella región. Yo ya sabía, por alusiones de la señora Fairfax, que el señor Rochester había sido un viajero contumaz, pero pensé que sus excursiones no habían sobrepasado los límites del continente europeo. Hasta ahora nunca había oído decir a nadie que aquellos vagabundeos le hubieran llevado hasta costas tan lejanas.
Estaba sumida en ese tipo de cavilaciones, cuando un extraño incidente vino a quebrarlas. El señor Mason, que tiritaba siempre que alguien abría la puerta, pidió que trajeran más carbón para la chimenea, cuyas llamas iban decreciendo, aunque las abundantes brasas todavía despidiesen calor. El criado que trajo el carbón se paró, al salir, junto al asiento del señor Eshton y le dijo algo en voz baja. Solamente pude pillar tres palabras: «anciana» y «bastante pesada».
—¡Dígale que la encerraré en un calabozo si no se marcha! —respondió el magistrado.
—¡No, un momento! —intervino el coronel Dent—. No la eche todavía, Eshton, puede venirnos bien. Creo que lo mejor será consultar con las señoras.
Y dirigiéndose a ellas, continuó en voz alta:
—Señoras, hablaban ustedes de llegar mañana hasta el prado comunal de Hay para visitar el campamento gitano, ¿no? Pues Sam, aquí presente, dice que un ejemplar de esa raza, una hechicera vieja, se halla ahora mismo en el cuarto de estar de los criados e insiste en que la traigan ante esta concurrencia tan selecta para adivinarles a ustedes el porvenir. ¿Quieren verla?
—No me diga, coronel —se exaltó lady Ingram— que va a darle alas a semejante impostora. ¡Que la echen inmediatamente, a la fuerza si hace falta!
—Pero no hay quien la convenza para que se marche, señora —dijo el criado—, entre todos no somos capaces. Ahora mismo la señora Fairfax está con ella suplicándole que se vaya; pero ha tomado asiento en una silla junto a la chimenea y asegura que no habrá quien la arranque de ese sitio hasta lograr lo que pide.
—¿Y qué pide? —preguntó la señora Eshton.
—Predecirle el porvenir a la nobleza. Es lo que quiere, señora, lo dice, lo repite y jura que lo hará.
—¿Qué aspecto tiene? —preguntaron a la vez las señoritas Eshton.
—Es horrible, muy vieja y negra como un tizón, señorita, impresiona de puro fea.
—Entonces debe de tratarse de una verdadera bruja —exclamó Frederick Lynn—. Déjela entrar, desde luego.
—Claro que sí —añadió su hermano—, sería mil veces lamentable desaprovechar una ocasión tan propicia para divertirnos.
—¿Qué se os está ocurriendo, queridos? —gritó lady Lynn.
—No concibo que nadie pueda aprobar un proyecto tan descabellado —remachó la viuda Ingram.
—Y sin embargo, mamá, vas a aprobarlo, tienes que aprobarlo.
La voz arrogante que había emitido este veredicto era la de Blanche, quien hasta entonces se había mantenido silenciosa sentada al piano y fingiendo que examinaba diversas partituras. Ahora se volvía hacia la concurrencia.
—Tengo mucha curiosidad por mi porvenir, y quiero que me lo adivinen —añadió—. Sam, dígale a la vieja hechicera que pase.
—Pero querida Blanche, acuérdate de…
—Me acuerdo, madre, me acuerdo de todo lo que puedas sugerirme. Pero quiero que se cumpla mi voluntad. ¡Date prisa, Sam!
—Sí, sí, que venga —gritaron chicas y chicos—. ¡Será un juego muy divertido!
El criado seguía sin decidirse.
—¡Vaya a buscarla! —exclamó la señorita Ingram.
Toda la concurrencia era presa de gran excitación y se cruzaron bromas e indirectas como disparos hasta que Sam volvió a aparecer.
—Ahora dice que no quiere venir —manifestó—. Dice que su propósito no es el de presentarse ante el «vulgar rebaño», esas han sido sus palabras, sino recibirlos a ustedes por separado. Quiere que la lleve a un cuarto donde esté ella sola y que entren a consultarle uno por uno los que quieran hacerlo.
—¿Lo estás viendo, Blanche, cielo? —empezó lady Ingram—. ¿Te das cuenta de cómo abusa? Sigue mi consejo, reina mía, y…
—Llévela a la biblioteca, Sam, naturalmente —interrumpió la «reina»—. Tampoco mi propósito es el de escucharla en presencia del «rebaño vulgar». ¿Está encendida la chimenea de la biblioteca?
—Sí, señorita. ¡Pero ella tiene una pinta tan mala!
—¡Se acabó la discusión, cabezota! ¡Obedece!
Sam volvió a desaparecer y de nuevo una ola de expectación y misterio se alzó, animando a todo el grupo aún más que antes.
—Ya está lista —dijo Sam, cuando reapareció—. Quiere saber quién va a ser la primera persona que entre a visitarla.
—A mí me parece —dijo el coronel Dent— que no vendrá mal que vaya yo a echar un vistazo, antes de que reciba a ninguna señora. Avísela, Sam, de que en primer lugar entrará un caballero.
Sam se fue y al momento volvió a venir.
—Dice, señor, que no recibirá a ningún caballero, que no se molesten en acercarse a ella. Ni tampoco —añadió Sam, reprimiendo una risita— a las señoras, solo quiere ver a las jóvenes solteras.
—¡Por Júpiter que tiene buen gusto! —exclamó Henry Lynn.
La señorita Ingram se puso en pie solemnemente.
—Yo seré la primera en entrar —dijo en un tono propio del caudillo de un ejército en retirada, al abrir brecha en la vanguardia de sus hombres.
—¡Niña mía querida! —gritó su madre—. ¡Mira bien lo que haces, reflexiona!
Pero Blanche pasó de largo envuelta en un majestuoso silencio y se dirigió hacia la puerta que el coronel Dent la ayudó a abrir. Luego la oímos entrar en la biblioteca.
A continuación se produjo un relativo silencio. Lady Ingram debió de considerar que venía al caso[69] retorcerse las manos, y se aplicó a ello. La señorita Mary, por su parte, declaró que ella no creía que se atreviese a ir, mientras que las risitas entre dientes de Amy y Luisa Eshton dejaban patente su recelo ante tal posibilidad.
Los minutos se fueron deslizando muy despacio, y pasaron quince antes de que volviera a abrirse la puerta de la biblioteca y luego apareciera la figura de Blanche Ingram cruzando el arco.
¿Vendría riéndose? ¿Lo habría tomado a broma? Todos los ojos estaban fijos en ella con descarada curiosidad, pero Blanche respondió a aquellas miradas con otra de hielo que rechazaba; no denotaba perturbación ni alegría. Avanzó muy tiesa hacia su asiento y se acomodó en él sin decir una palabra.
—¿Qué tal, Blanche? —le preguntó el joven Ingram.
—¿Qué te ha dicho, hermana? —añadió Mary.
Y las señoritas Eshton, a dúo, se atropellaban para informarse de qué le había parecido la gitana, de cómo se sentía ella ahora, de si creía que era una adivina de verdad o una embaucadora.
—¡Dejadme en paz, buena gente! —replicó ella—. No me agobiéis. La verdad es que vuestra capacidad de asombro y credulidad se deja arrebatar al menor estímulo. Por la importancia que le dais al caso parece que todos (y mi querida madre incluida) os inclináis a creer que se alberga bajo este techo una auténtica bruja, aliada con el viejo caballero de los infiernos. Yo he visto simplemente a una gitana vagabunda, que ha intentado desplegar ante mí, por medio de los consabidos trucos, unas artes de quiromancia sin fuste, y me ha dicho… pues nada, lo que siempre suele decir esta gente. He satisfecho mi capricho, y ahora creo que el señor Eshton haría bien en mandar encerrar a esa arpía, como sugirió al principio.
La señorita Ingram cogió un libro, se puso cómoda y con aquel conato de lectura daba a entender su deseo de aislarse y su renuncia a continuar aquella conversación. La estuve observando casi durante media hora y me di cuenta de que ni una vez volvía la página del libro, mientras que su semblante, en cambio, se iba ensombreciendo progresivamente, dejando traslucir insatisfacción y amargura. Era evidente que lo que había oído no le había gustado. Y saqué en consecuencia que, a pesar de su fingido desdén, ella misma era quien daba una importancia desmedida a las revelaciones de la gitana.
Entretanto Mary Ingram y las señoritas Eshton hablaban de su turno y declaraban que ellas solas no se atrevían a entrar, pero se notaba que las tres lo estaban deseando. Se iniciaron las negociaciones por medio de Sam, que actuó de embajador, y tras muchas idas y venidas —tantas que al pobre debían de dolerle ya las pantorrillas—, la sibila consintió, al parecer, aunque a regañadientes, en que entraran las tres juntas.
Su visita no fue tan silenciosa como la de Blanche Ingram. Desde el salón se oían los grititos y risas histéricas que procedían de la biblioteca, y al cabo de unos veinte minutos se oyó la puerta que se cerraba, carreras por el vestíbulo, y al fin las tres amigas irrumpieron bulliciosamente en el salón, entre asustadas y fuera de sí.
—Estoy segura de que hay en ella algo anormal —exclamaban—. ¡Qué cosas nos ha dicho! Lo sabe todo de nosotras.
Y cayeron sin aliento en los asientos que los caballeros se apresuraron a ofrecerles.
Apremiadas por los presentes para que se explicaran mejor, acabaron declarando que la gitana había adivinado con todo detalle cosas que hicieron y dijeron en la infancia, que había descrito libros y objetos que tenían en sus respectivos cuartos, regalos que recibieron de diferentes amigos. Aseguraron que había acertado a penetrar incluso sus más recónditos pensamientos, y que le había susurrado a cada una al oído el nombre de la persona que más le gustaba de cuantas conocían, y cuál era su más ferviente deseo.
Al llegar a este punto, los caballeros intervinieron ansiosos para pedir más detalles sobre las dos cuestiones últimamente mencionadas; pero solo hallaron como respuesta a su indiscreción exclamaciones, sonrojos, estremecimientos y risitas. Las señoras respetables, a todo esto, ofrecían a las recién llegadas frasquitos de sales, abrían abanicos para darles aire y reiteraban su preocupación por algo que no habría ocurrido si las jóvenes hubieran hecho caso a tiempo de sus advertencias. Los señores mayores se reían, mientras los más jóvenes ofrecían sus servicios a aquellas tres agitadas y bellas muchachas.
En el seno de aquel bullicio, mientras yo estaba embebida en la contemplación de la escena que se desarrollaba ante mis ojos, una tosecilla a mi lado vino a sacarme de aquella abstracción. Me volví y era Sam.
—Con su permiso, señorita. La gitana dice que hay otra joven soltera en la habitación, y que esa no ha pasado a visitarla. Jura que no se marchará sin verlas a todas. Creo que debe de referirse a usted, porque no queda otra. ¿Qué le digo?
—Dígale que iré con mucho gusto —contesté, feliz de poder aprovechar aquella coyuntura y saciar mi curiosidad ferviente.
Me escurrí de la habitación sin que nadie reparara en ello, porque todos estaban congregados en torno al trío de las recién llegadas. Al salir, cerré silenciosamente la puerta a mis espaldas.
—Si quiere usted, señorita —dijo Sam—, puedo quedarme esperando en el vestíbulo. Y si tiene miedo, me llama.
—No, Sam, gracias. Puede volverse a la cocina. No tengo ningún miedo.
Y no lo tenía. Pero estaba excitadísima y muerta de curiosidad.