Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Segunda parte » Capítulo IV

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Capítulo IV

La biblioteca ofrecía, al entrar en ella, un ambiente apaciguador, y la sibila, si es que se trataba de una sibila, estaba arrellanada en una butaca junto a la chimenea. Llevaba una capa roja y un tocado negro, consistente en un sombrero de ala ancha anudado a la barbilla con un pañuelo a rayas. Sobre la mesa se veía una vela apagada, de tal manera que, al inclinarse hacia la chimenea, parecía estar buscando el resplandor de las llamas para leer un librito negro que tenía abierto entre las manos. Parecía un devocionario y, mientras pasaba los ojos por él, murmuraba algo entre dientes, como suelen hacer las viejas. No interrumpió la lectura al oírme entrar, como si quisiera acabar un párrafo.

Me quedé de pie sobre la alfombra y extendí las manos para calentármelas, porque, de haber pasado tanto rato lejos de la chimenea del salón, las traía frías. Notaba de repente una serenidad insólita, no había nada en el aspecto de la gitana que viniera a turbar esa calma que sentía, todo lo contrario. Cerró el libro y levantó pausadamente la vista. El ala del sombrero tapaba parcialmente su rostro, pero me di cuenta de que era un rostro poco común. Unas greñas como de duende escapadas de la banda blanca atada a la barbilla enmarcaban y ensombrecían las mejillas —o mejor sería decir quijadas— de aquel rostro semioculto más negro que moreno. Sus ojos se enfrentaron inmediatamente con los míos y en su mirada leí cierta insolencia.

—Está bien, ¿quiere, entonces, que le lea el porvenir? —dijo con una voz tan determinante como su mirada y tan ruda como sus facciones.

—Me da igual, abuela. Hágalo si quiere. Pero le advierto de antemano que no tengo fe.

—Es propio de su descaro decir una cosa así; lo esperaba. Lo he percibido en sus andares, en la forma que ha tenido de entrar en la habitación.

—¿De verdad? Pues qué oído tan agudo tiene.

—Desde luego. Y también soy aguda de vista y de ingenio.

—Pues para su oficio le vendrán bien esas dotes.

—Ya lo creo, sobre todo cuando tengo que enfrentarme con clientes como usted. ¿Por qué no está temblando?

—Porque no tengo frío.

—¿Por qué no se ha puesto pálida?

—Porque no estoy enferma.

—¿Por qué no me consulta algo que mis artes puedan esclarecer?

—Porque no soy tonta.

La vieja bruja ahogó una risa bajo su sombrero y aquella especie de venda. Luego sacó una pipa pequeña de color negro, la encendió y se puso a fumar. Tras esta pausa sedante, enderezó su cuerpo encorvado, retiró la pipa de sus labios y, sin dejar de mirar fijamente el fuego de la chimenea, dijo silabeando con énfasis sus palabras:

—Tiene usted frío, está enferma y es tonta.

—Ofrézcame argumentos —repliqué.

—Lo voy a hacer, en pocas palabras. Tiene frío porque está muy sola, ningún contacto enciende el fuego que lleva en su interior. Está enferma, porque los más altos y dulces sentimientos que un ser humano puede probar usted no los alcanza. Y es tonta porque, a pesar de que sufre mucho, no llama a nadie para que venga en su ayuda, ni da un paso hacia el lugar donde ese socorro la espera.

Volvió a poner la pipa entre sus labios y a aspirar el tabaco con renovado afán.

—Podría decirle eso mismo —repliqué— a cualquiera de quien usted supiera que vive solo y está empleado en una casa grande.

—Podría decírselo casi a cualquiera, sí, pero ¿sería cierto aplicado a cualquiera?

—A cualquiera que se hallara en mis circunstancias.

—Justamente, a eso iba, en sus circunstancias. Pero encuéntreme a alguien que se vea en un caso como el suyo.

—Podría encontrárselos a miles.

—No podría encontrar ni uno. Por si quiere saberlo, está usted muy cerca de la felicidad, a un paso, bastaría con alargar la mano. Todos los ingredientes están listos y un solo movimiento podría cambiarlos. El azar los ha colocado un poco dispersos entre sí, y en cuanto se junten, la bendición descenderá sobre el resultado.

—No entiendo los enigmas. No he sido capaz de resolver una charada en toda mi vida, lo siento.

—Si quiere que le hable con más claridad, enséñeme la palma de su mano.

—Y habrá que aderezarla con plata, supongo.

—Por supuesto.

Le di un chelín, que se apresuró a guardar en un calcetín viejo que sacó del bolsillo. Luego, cuando lo volvió a guardar, me pidió que extendiera la palma de la mano, cosa que hice. Acercó su rostro a ella y la husmeó sin tocarla.

—Es demasiado suave —dijo—. Poco se puede sacar en consecuencia de una mano como la suya, casi sin líneas. Por otra parte, ¿qué puede encerrar la palma de una mano? El destino no está escrito ahí.

—En eso le doy la razón —dije.

—No —continuó—. Está en la cara. En la frente, en el contorno de los ojos, en los ojos mismos, en el dibujo de la boca. Arrodíllese y levante la cabeza.

—Ahora se está acercando a la realidad —dije, mientras me arrodillaba—. Voy a empezar a creer en usted.

Me había arrodillado a media yarda de ella. Atizó el fuego y brotó una llamarada del carbón removido. El resplandor, sin embargo, cuando se sentó, arrojó aún más sombras sobre su rostro, mientras el mío quedaba a plena luz.

—Me pregunto qué sentimientos agitarían su pecho cuando ha entrado a verme —dijo la gitana, tras contemplarme un rato—. Me pregunto también en qué pensará a lo largo de tantas horas como pasa usted sentada en el salón entre esa gente importante que revolotea a su alrededor como figuras de una linterna mágica. Existe tan poca conexión entre ellos y usted que realmente podrían tomarse por sombras con forma humana más que por seres de carne y hueso.

—Pues a menudo me siento cansada, y otras veces me entra sueño. Pero casi nunca estoy triste.

—Eso será porque abriga alguna esperanza secreta que la alienta y le sugiere placenteros episodios para el futuro, ¿no?

—Pues no. Mi mayor esperanza es ahorrar el dinero suficiente para poner algún día una escuela en una casita propia.

—¿No le parece un alimento precario para nutrir un espíritu como el suyo? Cuando está usted allí sentada en el alféizar de la ventana del salón… Bueno, se dará cuenta de que conozco sus costumbres…

—Eso es fácil. Se lo habrá sonsacado a las personas del servicio.

—Se cree muy lista, ¿verdad? Pero en fin, algo de razón tiene. Para decir verdad soy amiga de una de las criadas, de Grace Poole…

Al oír aquel nombre me puse de pie, presa de sobresalto.

«Hay algo de brujería en todo esto —pensé—, no cabe duda».

—No se alarme, mujer —continuó aquella extravagante criatura—; Grace Poole es de fiar, es discreta, silenciosa, se le puede confiar cualquier secreto… Pero volviendo a lo de antes, cuando está usted sentada allí en el alféizar, ¿no piensa en nada más que en esa escuela que quiere abrir? ¿No hay ninguna persona que le interese especialmente dentro del grupo que ocupa los sillones y sofás del salón, y que tiene usted delante de los ojos? ¿Ningún rostro le parece digno de estudio? ¿No hay alguna figura cuyos movimientos siga usted, cuando menos, con un poco de curiosidad?

—Me gusta observar los rostros y las figuras en su conjunto.

—¿Y nunca dedica especial atención a una de ellas… o tal vez a dos?

—Sí, a veces. Cuando tras los gestos y las miradas de una pareja creo adivinar una historia interesante, entonces me divierte espiarlos.

—¿Y qué historias le gustan más?

—Bueno, no ofrecen gran variedad. Suelen tener siempre el mismo argumento: cortejos y galanteos que prometen desembocar todos en el mismo naufragio: el matrimonio.

—¿Y le divierte un tema tan monótono?

—La verdad es que no, ni me importa ni significa nada para mí.

—¿Nada de nada? ¿Seguro? Cuando una damisela de alto rango joven, animada, saludable y tan dotada de fascinante belleza como de bienes de fortuna, se sienta sonriente junto al caballero que usted…

—¿Que yo qué? —interrumpí.

—Que usted conoce y tal vez aprecia.

—Yo no conozco a ningún caballero de los que hay aquí. Apenas he cruzado dos palabras con alguno y, en cuanto a apreciarlos, unos me parecen respetables, de buena apariencia y de mediana edad, otros jóvenes, ocurrentes, guapos y amables; pero lo que le aseguro es que pueden ser destinatarios de cuantas sonrisas femeninas tengan a bien recibir, sin que yo me considere en ningún caso implicada en tal relación.

—Dice que no conoce a los caballeros que hay aquí ni ha cruzado la palabra con ninguno. ¿Podría asegurar lo mismo con respecto al dueño de la casa?

—Hoy está fuera.

—¡Profunda observación! ¡Y qué ingenioso quiebro para escurrir el bulto! Se ha ido a Millcote esta mañana y volverá tal vez esta noche. O puede que mañana. ¿Y esa circunstancia le parece suficiente para excluirlo de la lista de sus conocidos, borrarlo como si no hubiera existido nunca?

—No, pero no acierto a comprender qué tiene que ver el señor Rochester con el asunto al que se estaba usted refiriendo.

—Me estaba refiriendo a las damiselas que sonríen mirando a los ojos de un caballero, y últimamente en los del señor Rochester se han colado tantas sonrisas que ya desbordan su superficie, como una taza llena hasta los topes. ¿No se ha fijado nunca en eso?

—El señor Rochester está en su perfecto derecho de disfrutar y hacer disfrutar a sus huéspedes.

—Nadie cuestiona tal derecho. Solo le pregunto si ha notado que, entre todas las historias de matrimonio que se cuecen aquí, el señor Rochester parece ser el más agraciado por una de ellas.

—El ansia del que escucha estimula la lengua del que narra —dije más para mis adentros que para ser escuchada por la gitana, cuyas palabras, acento y modales me empezaban a envolver en una especie de ensoñación.

Brotaban de sus labios una tras otra las más insólitas sentencias e iban tejiendo en torno a mí una telaraña de ambigüedad. Y yo me preguntaba si algún espíritu invisible habría venido a aposentarse junto a mi corazón, desde hacía varias semanas, para vigilar puntualmente su marcha y tomar nota de cada uno de sus latidos.

—¡El ansia del que escucha! —repitió la gitana—. Exactamente. Y habrá visto el ansia con que el señor Rochester ha bebido durante horas las palabras surgidas de unos labios encantadores, volcados en la tarea de contarle cosas, que él recibía con oído atento y signos inequívocos de gratitud ante tan deleitoso pasatiempo. ¿No se ha fijado en eso?

—¿Gratitud? —pregunté—. Pues no, no recuerdo haber detectado gratitud en su rostro.

—¡Detectado, eh! Entonces lo estaba usted sometiendo a pesquisa. ¿Y qué detectó, si no fue gratitud?

Guardé silencio.

—¡Amor! —dijo ella—. ¿Descubrió usted amor, no es cierto? Y, anticipándose a los acontecimientos, se lo ha imaginado ya ante el altar, y a la novia estallando de gozo.

—No exactamente. Su agudeza de bruja le falla algunas veces, créame.

—¿Qué diablos ha visto usted, entonces?

—Y a usted qué le importa. Yo he venido aquí a preguntar, no a someterme a un interrogatorio. A ver. ¿Puede saberse si el señor Rochester va a casarse?

—Sí, con la hermosa señorita Ingram.

—¿En breve?

—Las apariencias podrían apuntar hacia esa conclusión. Y seguramente, aunque usted con audacia reprobable parece ponerlo en duda, será una pareja de lo más feliz. Él no tiene más remedio que amar a una señorita tan guapa, noble, lista y bien dotada. Es probable que ella también lo ame, si no por sí mismo, al menos por su fortuna. Sé que las propiedades de los Rochester le parecen altamente apetecibles, aunque cuando le he hablado de eso antes (¡Dios me perdone!) le ha gustado poco oírlo. Se puso asombrosamente seria y cualquier rastro de dulzura se borró definitivamente del contorno de sus labios. Yo le aconsejaría a su desprevenido pretendiente que mire por dónde pisa. Si se cruza en el camino de la señorita Ingram otro con rentas más sustanciosas o más esclarecidas, irá a la caza de él.

—Pero, abuela, yo no he venido aquí para enterarme del porvenir del señor Rochester, sino del mío. Y de ese no me ha dicho usted ni una palabra.

—Su futuro aparece todavía algo dudoso. Cuando examiné su rostro lo encontré plagado de rasgos contradictorios. La Providencia ha reservado para usted cierta porción de felicidad, eso lo sé. Y lo sabía antes de venir aquí esta tarde; la suerte apartó cuidadosamente ese montoncito para usted y la está esperando. Yo vi cómo lo hacía. De usted depende alargar la mano y coger el tesoro. El hecho de que vaya a hacerlo o no, es lo que trato de analizar. Arrodíllese otra vez en la alfombra.

—No me tenga mucho rato en esa postura. El fuego me abrasa.

Me arrodillé. No se inclinó hacia mí. Se limitó a mirarme fijamente, arrellanada en su asiento. Y empezó así, entre dientes, su retahíla:

—La llama chisporrotea en el ojo; el ojo resplandece cual rocío; se muestra dulce y pletórico de sentimientos; sonríe a mi monserga. Cuando se borra en ellos la sonrisa, ¡qué tristeza! Una inconsciente apatía pesa entonces sobre los párpados, esto indica melancolía derivada de la soledad. Se apartan de mí, no soportan más escrutinio, y parecen negar con furtiva ironía la verdad de los descubrimientos que acabo de hacer, desmintiendo ambas acusaciones: la de sensibilidad y la de abatimiento; pero esta actitud de amor propio y reserva solo consigue reafirmarme en mi opinión. Los ojos están de mi parte.

»En cuanto a la boca, algunas veces se deleita en la risa. Está dispuesta a compartir todo lo que elabora su cerebro, aunque me atrevo a suponer que calla mucho de lo que el corazón experimenta. Movediza y flexible, no nació para verse reducida al perenne silencio de la soledad. Es boca hecha para mucho decir, aunque no mucho menos que para sonreír y expresar los lazos afectivos que la unen con su interlocutor. También la boca me es favorable.

»No encuentro más obstáculo para un final feliz que el que ofrece la frente. Es una frente que se empeña en proclamar: «Puedo vivir sola si el amor propio y las circunstancias así me lo requieren. No necesito vender mi alma para comprar la dicha. Cuento con un tesoro interior que nació conmigo y que lograría mantenerme viva, aunque todos los deleites del entorno se me hurtaran o me fueran ofrecidos a un precio que yo no pudiera pagar». Y sigue declarando la frente: «El raciocinio se mantiene firme y sujeta las riendas, y no permitirá que los sentimientos se desboquen para precipitarlo en salvajes despeñaderos. Las pasiones, como auténticas paganas que son, pueden bramar con furia, igual que el deseo puede concebir toda suerte de vanas imágenes. Pero el raciocinio tendrá la última palabra en cada caso y el voto definitivo en cada dictamen. Por muchas borrascas, terremotos e incendios que se sucedan, yo seguiré atendiendo siempre el mandato de la tenue voz que habla al dictado de mi conciencia».

»¡Así se habla, oh, frente! Tus declaraciones serán respetadas. He formulado mis planes, que considero acertados, teniendo en cuenta las reclamaciones de la conciencia y los consejos de la razón. No ignoro cuán pronto se marchitará la juventud y decaerá la frescura si una sola gota de remordimiento o un leve poso de vergüenza se detectan en la copa de la felicidad. No busco el sacrificio, la pesadumbre ni la desintegración, mis gustos no van por ahí. Deseo dar alientos, no contribuir a la podredumbre, merecer gratitud, no hacer brotar lágrimas de sangre, no, ni tampoco de salmuera. Mi cosecha aspira a ser de sonrisas, caricias y ternura. Con eso me conformo… Pero creo que empiezo a caer en trance de exquisito delirio. Bien me gustaría alargar esta situación ad infinitum, pero no me atrevo. Hasta ahora me había controlado correctamente, y mi comportamiento se ha venido ateniendo a las pautas que para mis adentros juré respetar. Dar un paso más sería sobrepasar el límite de mis fuerzas. Levántese del suelo, señorita Eyre, «la comedia ha terminado».

¿Dónde me encontraba? ¿Estaba dormida o despierta? ¿Había soñado todo aquello? ¿Seguía dentro del sueño aún? La voz de la anciana había sufrido una mutación. No solo su acento, sino también sus gestos me resultaban ahora tan familiares como mi propia voz o mi imagen reflejada en un espejo. Me levanté, pero no podía irme, seguía mirando a aquella persona. Aticé el fuego y la volví a mirar, aunque ella trataba de esconder aún más su rostro tras el ala del sombrero y la venda cada vez más pegada a sus mejillas. Además me hacía señas como para echarme de allí. Las llamas iluminaron aquella mano extendida que ahora se alzaba; y mi mirada alerta a cualquier nueva pista se fijó inmediatamente en ella. Distaba tanto como la mía de ser la mano descarnada de una vieja, era ágil y nada huesuda, de dedos bien torneados. De repente en el meñique brilló un anillo que, al inclinarme, reconocí como una joya que ya había visto antes muchas veces. Entonces volví a mirar aquel rostro que ya había dejado de hurtarse al mío. Al contrario, se había despojado de la venda y el sombrero y la cabeza se volvía hacia mí.

—Bueno, Jane, ¿me conoce? —preguntó una voz que me era bien familiar.

—Bastará con que se quite la capa roja, señor, y entonces…

—Se me han enredado las cintas, ayúdeme a deshacer el nudo.

—Rómpalas, señor.

—¡Ya está! ¡Fuera entorpecimientos!

Y el señor Rochester reapareció, surgiendo de su disfraz.

—¡Qué ocurrencias tan raras tiene usted, señor!

—Pero bien urdidas, ¿no le parece?

—Con las damiselas le habrán dado buen resultado.

—¿Y con usted no?

—Conmigo no estaba ateniéndose usted al papel de gitana.

—¿Qué papel cree que representaba? ¿El mío?

—No; uno incomprensible. En fin, lo que creo es que ha intentado sonsacarme algo, no sé, o tal vez meterme en algo. Ha estado usted diciendo insensateces para hacérmelas decir a mí. Y eso no está bien, señor.

—¿Me perdona, Jane?

—No sé, tengo que pensarlo. Si, al repasar lo ocurrido, no me veo haciendo demasiado el ridículo, procuraré perdonarle. Pero no ha estado bien, señor.

—¡Pero si no ha hecho el ridículo! Ha sido usted un ejemplo de discreción y sensatez.

Me puse a pensar y me di cuenta de que, en conjunto, tenía razón. Casi desde el principio de la entrevista había estado en guardia. La sospecha del enmascaramiento no estuvo ausente a veces. Sabía que las gitanas y las adivinas no suelen expresarse en los términos que lo hacía aquella presunta vieja. Además me había dado cuenta de que fingía la voz y de que era excesivo su afán por ocultar el rostro. Pero a lo que mi cabeza daba vueltas era sobre todo a la mención que hizo de Grace Poole, aquel enigma viviente, el quid de todos los misterios, como yo la consideraba. Ni por un momento se me ocurrió pensar que pudiera estar hablando con el señor Rochester.

—¿Qué está usted rumiando? —me preguntó—. ¿Qué significa esa seriedad sonriente?

—Asombro y satisfacción interna, señor. Y ahora supongo que me dará permiso para retirarme.

—No, no se vaya todavía. Cuénteme qué diablos está haciendo la gente en el salón.

—Hablar de la gitana, me figuro.

—¡Pero siéntese! Quiero que me cuente lo que han dicho de mí.

—No puedo quedarme mucho rato, señor. Son cerca de las once. Por cierto, ¿le han dicho que en su ausencia ha venido un forastero?

—¿Cómo que un forastero? No sé nada, ni esperaba a nadie. ¿Quién puede ser? ¿Se ha marchado ya?

—No, dijo que se conocen ustedes desde hace mucho tiempo y que podía tomarse la libertad de quedarse aquí hasta que usted volviera.

—Pues maldita la gracia que me hace. ¿No dijo su nombre?

—Sí, señor, se llama Mason y viene de las Antillas, de Puerto España, he creído entender, en Jamaica.

El señor Rochester, que estaba de pie junto a mí, había cogido mi mano como una invitación a sentarme con él. Cuando dije la última frase me apretó la muñeca y la sonrisa se le heló en los labios. Parecía tener dificultades para respirar, como si le hubiera dado un espasmo.

—¡Mason! ¡Las Antillas! —dijo al cabo en un tono parecido al que imaginariamente se atribuye a los autómatas.

Repitió hasta tres veces aquellos nombres: Mason y las Antillas, silabeando las palabras de un modo raro, y en las pausas aumentaba su palidez casi mortal. Daba la impresión de no saber lo que estaba diciendo.

—¿Se encuentra mal, señor? —le pregunté.

—Jane, ha sido un golpe duro…, ¡es un golpe muy duro, Jane!

Se tambaleaba.

—Por favor, señor, apóyese en mí.

—Ya en una ocasión, Jane, me ofreció usted su hombro a modo de bastón; vuelvo a necesitarlo ahora. ¿Puedo?

—Sí, señor, naturalmente. Y el brazo también.

Se sentó y yo lo hice a su lado. Tomó mi mano entre las suyas y la acarició, sin dejar de mirarme con ojos de perturbación y susto.

—Mi dulce amiga —dijo—, ojalá pudiera encontrarme en una isla desierta teniéndola a usted por única compañía, escapando de peligros, trastornos y horribles recuerdos.

—¿En qué puedo ayudarle, señor? Daría mi vida por servirle de algo.

—Jane, le prometo que si me veo en un apuro grave acudiré a usted para pedirle socorro.

—Gracias, señor, basta con que me diga lo que tengo que hacer, y esté seguro de que por lo menos lo intentaré.

—De momento, tráigame un vaso de vino del comedor, Jane. Deben de estar cenando ahora. Y de paso me cuenta si Mason está con ellos y lo que hace.

Obedecí su mandato. En el comedor, como él había supuesto, me encontré a los invitados cenando. Pero no sentados a la mesa. Habían colocado las viandas encima del aparador y cada cual se iba sirviendo lo que le daba la gana. Se los veía circular por la habitación y agruparse en corrillos con los platos y los vasos en la mano. Todos parecían eufóricos y se entremezclaban las risas y las animadas conversaciones. El señor Mason estaba de pie junto a la chimenea hablando con el coronel Dent y su esposa, y compartía la alegría general. Cuando estaba escanciando un vaso de vino, me di cuenta de que la señorita Ingram me observaba con ceño de reprobación, supongo que desaprobando en su fuero interno la libertad que osaba tomarme. Salí de la biblioteca con mi vaso lleno.

La exagerada palidez había desaparecido del rostro del señor Rochester, que presentaba ahora un aspecto más tranquilo y seguro. Le alargué el vaso de vino.

—¡A su salud, espíritu benéfico! —dijo, y se bebió de un trago el contenido del vaso.

Luego, volviendo los ojos hacia mí preguntó:

—¿Qué hacen los del comedor, Jane?

—Están hablando unos con otros, señor, y se ríen.

—¿No se les nota taciturnos y suspicaces, como si se hubieran enterado de algo rarísimo?

—En absoluto. Están rebosantes de alegría, y con ganas de broma.

—¿Y Mason?

—Él también se ríe.

—Si todas esas personas, Jane, se me echaran encima y empezaran a escupirme, ¿usted qué haría?

—¿Yo? Intentaría echarlos de la habitación, señor.

Se dibujó en sus labios una media sonrisa.

—Pero vamos a ver: si yo me acercase a ellos y me mirasen de reojo con total frialdad y se pusieran a cuchichear a mis espaldas, y luego desfilaran uno por uno de la habitación dejándome solo, ¿entonces qué? ¿Se marcharía usted con ellos?

—Creo que no, señor. Me gustaría más quedarme con usted.

—¿Para consolarme?

—Pues sí, para intentarlo, lo mejor que pudiera.

—¿Y si ellos la criticaran por ponerse de mi parte?

—Probablemente yo ni me enteraría de sus críticas, y caso de enterarme me traerían sin cuidado.

—¿Afrontaría usted, entonces, una censura por mi culpa?

—Por un amigo digno de mi solidaridad, como usted lo es, afrontaría cualquier cosa. Estoy completamente segura.

—Pues vuelva al comedor, Jane. Se acerca usted discretamente a Mason y le dice al oído que ha llegado el señor Rochester y que quiere hablar con él. Luego lo trae aquí y nos deja solos.

—De acuerdo, señor.

Obedecí sus órdenes, y todos los invitados me miraron cuando me abrí camino entre sus grupos. Busqué al señor Mason, le di el recado y salí de la habitación, precediéndolo. Una vez que le hube acompañado hasta la biblioteca, me subí a mi cuarto.

Pasada la medianoche, cuando ya llevaba yo mucho rato acostada, oí cómo los invitados iban retirándose a descansar a sus habitaciones. Distinguí, entre las demás, la voz del señor Rochester, que decía:

—Por aquí, Mason. Este es tu cuarto.

Era una voz jovial. Oírla alivió mi corazón oprimido; y no tardó en vencerme el sueño.

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