Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Segunda parte » Capítulo V

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Capítulo V

Me había olvidado de correr las cortinas, como habitualmente hacía, y también de bajar la persiana. Así que cuando la luna llena y resplandeciente que surcaba la apacible noche vino a ocupar, en el curso de su viaje, el trozo de cielo frente a mi ventana y se asomó a través de los cristales desnudos, su gloriosa mirada me despertó. Interrumpido mi sueño a altas horas de la noche, fijé los ojos desasosegados en aquel disco de plata y cristal cuya hermosura entrañaba un exceso de solemnidad. Me incorporé y alargué el brazo con intención de correr la cortina.

¡Dios mío de mi vida! ¡Qué grito!

El silencio y quietud de la noche acababan de ser desgarrados por un ruido estridente, agudo y bestial que recorrió Thornfield de cabo a rabo.

Se me paró el pulso, el corazón se me heló y el brazo extendido no lo podía mover. Al grito, cuando se apagó, no le siguió otro. Desde luego difícilmente podría repetirlo enseguida la criatura que lo hubiera emitido con tan aterradora intensidad. Ni el más inmenso cóndor de los Andes podría lanzar desde su nido envuelto en nubes dos lamentos seguidos como aquel. Quien lo hubiera despedido de su garganta tenía que tomar aliento antes de intentar repetir semejante esfuerzo.

Procedía del tercer piso, porque yo lo había oído justo encima de mi cabeza. Y también encima de mí —o sea en la habitación que estaba exactamente sobre la mía— se estaba desarrollando ahora una lucha que, a juzgar por el escándalo, debía de ser feroz. En medio de aquel tumulto, pude oír una voz apagada que pedía ayuda.

—¡Socorro, socorro, socorro! ¿Es que no va a venir nadie? —gritaba.

Y luego, tras sucesivos golpes y salvajes pataleos, me llegó a través de las vigas de escayola una frase más clara:

—¡Rochester! ¡Venga, Rochester, por el amor de Dios!

Se abrió la puerta de un dormitorio y alguien salió corriendo a toda prisa por el pasillo. Luego, sobre mi cabeza, se oyeron otros pasos y de repente algo cayó al suelo. Después se produjo el silencio.

Me vestí, a pesar de que estaba temblando de pies a cabeza, y salí al pasillo. Todos los huéspedes se habían despertado y cada una de las habitaciones era un vivero de exclamaciones y murmullos de alarma. Poco a poco se fueron abriendo las puertas, uno tras otro asomaron los invitados y al poco rato el pasillo estaba lleno. Tanto los hombres como las mujeres se habían echado fuera de la cama y estaban sumidos en la mayor confusión. Las preguntas se sucedían.

—¿Qué ha sido?

—¿Han herido a alguien?

—¿Qué está ocurriendo?

—¡Que traigan luz!

—¿Se habrá declarado un incendio?

—¡Ladrones! Habrán entrado ladrones.

—¿Adónde huir?

De no haber sido por la luna llena, la oscuridad reinante sería total. Aquellas gentes corrían desorientadas, se apiñaban unos junto a otros, algunos lloraban, otros andaban dando tumbos, una verdadera maraña.

—¿Dónde está Rochester? —preguntó el coronel Dent—. No lo encuentro en su cuarto.

—¡Aquí estoy! —fue la respuesta en voz alta—. Aquí, tranquilícense todos, ya vengo.

Se abrió la puerta del fondo del pasillo y el señor Rochester, con una vela en la mano, avanzó hacia nosotros. Era evidente que venía del piso de arriba. Una de las señoras corrió a su encuentro y le agarró un brazo. Era Blanche Ingram.

—¿Qué horror ha sido este? —le preguntó—. ¡Hable! No nos oculte la verdad por dura que sea.

—¡Pero por favor, dejen de zarandearme y de echárseme encima! —contestó.

Porque en aquel momento las dos señoritas Eshton estaban colgadas de él y las dos viudas, envueltas en vaporosas batas blancas, navegaban hacia él a toda vela.

—¡No ha sido nada, ya está todo en orden! —exclamó—. La cosa no ha pasado de un simple ensayo de Mucho ruido y pocas nueces[70]. Les ruego, señoras, que se aparten de mí o me convertiré en un ser peligroso. —Y en realidad su aspecto daba miedo, y de aquellos ojos oscuros salían chispas. Se notó que hacía un esfuerzo para apaciguarse—. Una criada ha tenido una pesadilla, eso es todo. Es una persona sumamente excitable. Por lo visto ha creído que lo que vio en sueños era una aparición o algo por el estilo y ha sufrido un ataque de nervios. Y ahora, por favor, quiero verlos a ustedes volver a sus cuartos, porque hasta que la casa no vuelva a entrar en fase de normalidad, a esa mujer no podemos atenderla en condiciones. Señores, tengan la amabilidad de servir de ejemplo a las damas. Usted, señorita Ingram, estoy seguro de que no me fallará en dominar un terror de tan poco fundamento; Amy y Luisa, volverán cual palomitas a sus nidos, ¿verdad?, y en cuanto a ustedes, mesdames —añadió, dirigiéndose a las viudas—, no deben exponerse al constipado que las amenaza si se quedan un minuto más en esta helada galería.

Y de esa manera, halagando a unos y usando de su autoridad con otros, consiguió que todos fueran reincorporándose a sus respectivos dormitorios. Yo no esperé a que me ordenase volver al mío, volví a entrar en él tan silenciosamente como había salido.

Y sin embargo, no para acostarme; todo lo contrario, acabé de vestirme, pues solo lo había hecho a medias. Los ruidos que había oído después de que cesó el grito y las frases que habían llegado a mis oídos es posible que no los hubiera escuchado más que yo, ya que procedían del cuarto que tenía justamente encima de mi techo. Y estaba completamente convencida de que no era la pesadilla de una criada lo que había sacudido tan espantosamente la quietud de la casa, como también sabía que la explicación ofrecida por el señor Rochester era una invención de emergencia para sosegar el ánimo de sus invitados. Me vestí, pues, y permanecí a la expectativa, lista para cualquier requerimiento. Estuve un rato sentada junto a la ventana, contemplando el silencioso jardín y los campos plateados, y la verdad era que no sabía qué ni a quién estaba esperando. Pero me parecía que algo tenía que pasar después de aquel insólito chillido, de aquella lucha, de aquella petición de socorro.

El silencio, sin embargo, había vuelto a reinar y tanto los murmullos como los pasos se extinguieron poco a poco. Una hora más tarde Thornfield era comparable a un desierto, y daba la impresión de que el sueño y la noche se habían aliado para recuperar su imperio. Mientras tanto, la luna iba declinando y ya no tardaría mucho en ocultarse. Empezaba a cansarme de pasar frío allí sentada a oscuras, y decidí acostarme vestida. Abandoné la ventana y avancé de puntillas sobre la alfombra. Cuando me estaba inclinando para quitarme los zapatos, una mano cautelosa golpeó la puerta desde fuera con los nudillos. Un ruido que apenas se oía.

—¿Soy requerida para algo? —pregunté.

Y la voz que más anhelaba oír en aquel momento, la de mi señor, preguntó a su vez, desde fuera:

—¿Está usted levantada?

—Lo estoy, señor.

—¿Y vestida?

—También.

—Pues entonces salga, sin hacer ruido.

Obedecí. El señor Rochester estaba en el pasillo con una vela encendida.

—La necesito —dijo—. Sígame por aquí, no hay prisa, lo importante es no hacer ruido.

Mis zapatillas eran tan ligeras que podía deslizarme por la alfombra a paso de felino. Él me precedió hasta el fondo de la galería y después escaleras arriba hasta llegar al oscuro pasillo de techo bajo del malhadado tercer piso. Se detuvo y yo, que había seguido sus pasos, lo hice también. Estábamos uno al lado del otro.

—¿Tiene una esponja en su cuarto? —preguntó en un susurro.

—Sí, señor.

—¿Y algún frasco de sales?

—También.

—Pues vuelva y traiga ambas cosas.

Volví a bajar, cogí la esponja del lavabo, saqué el frasquito de sales de un cajón y recorrí de nuevo lo andado. Él me seguía esperando y ahora tenía una llave en la mano. Se acercó a una de las puertas pequeñas pintadas de negro y metió la llave en la cerradura. Pero antes de abrir, hizo una pausa y volvió a mirarme.

—¿Resiste bien la vista de la sangre?

—Supongo que sí, señor, aunque nunca me he encontrado en ese trance.

Al contestarle me había recorrido el cuerpo un estremecimiento, aunque no de miedo. Ni tampoco me sentía mareada.

—Deme la mano —dijo—. No podemos correr el riesgo de que se desmaye.

Entrelacé mis dedos con los suyos.

—Cálidos y firmes —comentó él.

Luego dio la vuelta a la llave y abrió la puerta.

La habitación que apareció ante mis ojos ya la había visto antes. Me acordé de que el día en que la señora Fairfax me enseñó toda la casa, habíamos entrado también aquí. Estaba enteramente cubierta por cortinajes; pero la diferencia es que ahora uno de ellos se había descorrido y dejaba ver al fondo una pequeña puerta que aquel día estaba oculta. La puerta estaba abierta y de dentro salía luz. Pero no solo luz; también un rumor de gruñidos y forcejeos, como de dos perros peleándose. El señor Rochester depositó la vela y se dirigió hacia aquel punto.

—Espere aquí un momento —me dijo.

Seguidamente se metió en la habitación del fondo. Su entrada fue saludada con una sonora carcajada, que fue amortiguando su estridencia hasta acabar en aquel quejido diabólico característico de Grace Poole. O sea que ella estaba allí dentro. El señor Rochester, aunque no dijo nada, es evidente que estaba dando algunas órdenes, las cuales hallaron réplica en un cuchicheo dirigido a él. Volvió a salir al poco rato y cerró la puerta con llave.

—Por aquí, Jane —dijo.

En la habitación donde estábamos había una cama enorme, cuyas cortinas corridas casi la hurtaban a la vista. El señor Rochester llegó hasta ella y la abordó por el otro lado; yo le seguí. Había una butaca a la cabecera y en ella estaba sentado un hombre vestido, aunque despojado del abrigo. Estaba inmóvil. Tenía la cabeza echada para atrás y los ojos cerrados. El señor Rochester acercó la vela para iluminarlo y en aquel rostro pálido e inexpresivo reconocí el del señor Mason, el extranjero que llegó por la tarde.

—Sosténgame la vela —dijo el señor Rochester.

Lo hice, y mientras tanto él se acercó al lavabo y trajo una palangana llena de agua.

—Ahora sujete esto —añadió.

Obedecí, y él, tras humedecer la esponja, frotó con ella el rostro cadavérico del señor Mason. Luego me pidió el frasco de sales y se lo acercó a los orificios de la nariz. Casi enseguida el herido abrió los ojos y emitió una especie de gemido. El señor Rochester le desabrochó la camisa. El brazo y el hombro los tenía vendados. Limpió con la esponja la sangre que se escapaba abundante por el borde de la venda.

—¿Es grave? —murmuró Mason.

—Nada, hombre, un rasguño sin importancia. Levanta esos ánimos. Ahora mismo voy a salir a buscar al médico y espero que cuando sea de día estés en condiciones de irte. Ojalá… Escuche, Jane…

—Diga, señor.

—La tengo que dejar sola en esta habitación con el caballero. No sé lo que tardaré en volver, una hora, o tal vez dos. Le va usted limpiando la sangre que le brote con la esponja como yo he hecho. Si ve que desfallece le da a beber un poco de agua y le aplica las sales a la nariz. No le dirigirá usted la palabra bajo ningún pretexto; y en cuanto a ti, Richard, tu vida peligra si le dices una sola palabra. Como abras la boca o te atrevas a moverte, no respondo, ¿has oído?

El pobre hombre volvió a gemir; parecía tener miedo de moverse, o tal vez de la muerte o de alguna otra cosa, el caso es que estaba paralizado. El señor Rochester me alargó la esponja ensangrentada y yo empecé a usarla copiando lo que le había visto hacer a él. Me estuvo observando durante unos segundos y luego dijo:

—No lo olvide. ¡Nada de conversación!

Experimenté una turbación indescriptible cuando le oí salir, cerrar la puerta con llave y alejarse cada vez más hasta que sus pasos dejaron de percibirse.

Total, que me encontraba en aquel tercer piso fantasma, encerrada en una de sus dos misteriosas celdas, con la noche en torno, ante mis ojos un espectáculo sangriento del que me debía ocupar y apenas separada por una triste puerta de las garras de una asesina. Eso era lo realmente espantoso, todo lo demás podía soportarse; pero ante la sola idea de que Grace Poole irrumpiera para echárseme encima me echaba a temblar.

Me mantuve, no obstante, en mi puesto, porque era mi deber. Tenía que vigilar aquel rostro espectral, aquellos labios amoratados sellados por un mandato, aquellos ojos vidriados por el espanto que vagaban por la habitación, a veces entrecerrados, otras abiertos y otras clavándose en los míos. Tenía que meter la mano una vez tras otra en aquella palangana de agua sanguinolenta y enjugar con la esponja la sangre que rezumaba de la venda, condenada a ver cómo la vela sin despabilar que iluminaba mi tarea iba debilitando su luz. Las sombras, adensándose sobre las ricas tapicerías antiguas, crecían en torno a mí, ponían una orla negra rematando las colgaduras de la enorme y anticuada cama, y se proyectaban temblorosas y extravagantes en las puertecitas de un gran bargueño cuyo frente, dividido en dos paneles, ostentaba torvos relieves: se veían las cabezas de los doce apóstoles cada una en su correspondiente puertecita y arriba del todo un crucifijo de ébano representando la agonía de Cristo.

Según que las sombras movedizas o el intermitente fulgor se trasladaran acá o allá, parecía inclinarse la frente de Lucas, ondear la melena de Juan o agrandarse de repente la diabólica faz de Judas, como si fuera a salirse de la madera, y entonces era ver cobrar vida una amenazadora revelación del mismísimo Satanás bajo la forma de su subordinado.

Por si todo esto fuera poco, además de vigilar al herido, tenía que estar atenta a los posibles rumores procedentes del cubil del fondo, por si a la fiera o al diablo que tal vez la acompañaban les daba por rebullir. Pero desde que el señor Rochester entró allí parecía estar hechizada; a lo largo de todo aquel rato solo oí tres ruidos, muy espaciados además: una pisada que crujía, la repetición momentánea de aquella especie de gruñido canino y un hondo quejido humano.

También atendía a la rumia de mis propios dilemas. ¿Qué clase de crimen era este, arraigado y vivo en la apartada mansión, y por qué el dueño de ella se mostraba impotente para extirparlo o dominarlo? ¿Cuál era la naturaleza de un misterio que irrumpía a sangre y fuego a altas horas de la noche? ¿Y qué índole de criatura era aquella que, enmascarada bajo la apariencia de una mujer vulgar, podía cambiar de acento y transformarse en cínico diablo o en ave carroñera?

Y en cuanto a este hombre sobre el que me inclinaba, un forastero mediocre e inofensivo, ¿por qué se había visto enredado en semejante telaraña de horrores? ¿Por qué lo había atacado la Furia? ¿Qué le condujo a esta ala del edificio a horas tan desusadas, en vez de quedarse durmiendo en su cama tan tranquilo? Yo oí cómo el señor Rochester le asignaba una habitación en el piso de abajo, ¿qué había venido a buscar en este? ¿Y por qué se mostraba tan manso tras la violencia y la maldad padecidas? ¿Por qué se sometía sin rechistar al obligatorio silencio prescrito por el señor Rochester? ¿Por qué Rochester le obligaba a callar? Habían agraviado a su huésped, en otra ocasión un plan abominable estuvo a punto de acabar con su propia vida, y en ambos atentados su actitud había sido la del encubrimiento, se había empeñado en echar tierra sobre el asunto. Saqué en consecuencia, por otra parte, que el indolente señor Mason estaba sometido al señor Rochester, cuya voluntad imperiosa le gobernaba por completo. Las pocas palabras que mediaron entre ambos daban cumplida fe de ello. Era evidente que en su relación anterior la inerte y pasiva naturaleza del uno se había habituado a sufrir el influjo del otro y plegarse a su enérgica actividad. Pero entonces, ¿cómo se explicaba la desazón del señor Rochester cuando supo que el señor Mason había venido a visitarlo? ¿Por qué la simple mención de aquel individuo irresoluto, que le obedecía como un niño con solo abrir él la boca, le había tambaleado de tal manera pocas horas antes, partido por la mitad cual roble herido por un rayo?

No podía borrar de mi pensamiento la expresión de sus ojos ni su repentina palidez, cuando musitó: «Jane, ha sido un golpe duro. ¡Es un golpe muy duro, Jane!». Tampoco podía olvidar el temblor de su brazo cuando mi hombro le sirvió de apoyo. No podía ser un asunto baladí el que de aquella manera hacía presa en el decidido ánimo de un Fairfax Rochester y era capaz de estremecer su cuerpo recio.

«¿Cuándo vendrá? ¿Tardará mucho?», exclamaba para mis adentros. A medida que transcurría lentamente la noche, el herido seguía sangrando, quejándose y encontrándose peor. Pero no llegaban ni el amanecer ni el auxilio. Ya no sé las veces que había acercado el vaso de agua a los labios exánimes de Mason, ni cuántas le había hecho oler el frasco de sales. Todos mis esfuerzos eran inútiles, las fuerzas le iban abandonando sin demora ya fuera a causa de su padecimiento físico, de su angustia, de la pérdida de sangre o de las tres cosas juntas. Daba tal impresión de debilidad, nerviosismo y extravío, y eran tan quejumbrosos sus lamentos, que llegué a tener miedo de que se muriera. ¡Y ni siquiera me estaba permitido dirigirle la palabra!

La vela acabó consumiéndose y sobrevino la oscuridad. Fue entonces cuando percibí unas rachas de luz grisácea bordeando las cortinas de la ventana, y supe que se estaba acercando el alba. Casi enseguida oí allá abajo los ladridos de Pilot, en la perrera del patio. Menos mal, renacía la esperanza. Y no se vio defraudada, porque a los cinco minutos el chirrido de la llave en la cerradura me avisó del final de aquellas horas de guardia. Tal vez no fueran más de dos, pero muchas semanas se me han hecho más cortas.

Entró el señor Rochester precediendo al cirujano que había ido a buscar.

—Escúcheme atentamente, Carter —le dijo enseguida—. Tiene media hora exacta para practicarle la cura, vendar la herida y ayudarme a bajar al paciente.

—¿Pero cree que está en condiciones de desplazarse, señor?

—Claro que sí. No tiene nada importante. Está nervioso, lo que necesita es animarse. Vamos, póngase manos a la obra.

El señor Rochester corrió la pesada cortina y subió la persiana para dejar entrar la mayor claridad posible. Me quedé asombrada de ver lo avanzado que iba el día y se me alegró el alma al columbrar las ráfagas rosáceas que empezaban a apuntar por Naciente. El cirujano ya había comenzado su tarea.

—¿Qué tal, amigo? —preguntó Rochester, acercándose—. ¿Cómo te encuentras?

—Ella ha acabado conmigo, mucho me lo temo —contestó el otro desmayadamente.

—¡Nada de eso! Ánimo es lo que tú necesitas. En quince días ya ni te acuerdas del incidente. Has perdido un poco de sangre y eso es todo. Carter, asegúrele que no corre peligro.

—Puedo asegurárselo con toda convicción —dijo Carter, que ya le había cambiado el vendaje—. Pero tenían que haberme llamado antes, no habría perdido tanta sangre… ¿Y esto qué es? La carne del hombro, además de un corte, ha sufrido un desgarrón. No es herida de cuchillo, es dentellada.

—Me mordió —murmuraba Mason—. Se me echó encima como una tigresa cuando Rochester le quitó el cuchillo de las manos.

—No tenías que haberlo permitido, tenías que haber forcejeado con ella desde el primer momento —dijo Rochester.

—Ya. Pero ¿qué iba a hacer alguien en mi caso? —respondió Mason. Y añadió, presa de un escalofrío—: ¡Fue espantoso! Y no lo esperaba, al principio parecía tan tranquila.

—Te lo advertí —le dijo su amigo—. Te dije: «Cuidado con acercarte». Además podías haber esperado hasta mañana para que entrara yo contigo, ¿no? Ha sido una locura intentar hablar con ella ya tan tarde y más yendo solo.

—Creí que la beneficiaría a ella.

—¡Creíste, creíste! Me desespera oírte. Pero allá tú, estás pagando las consecuencias de no hacerme caso, y más que te queda por sufrir todavía. En fin, no quiero seguir hablando de esto. ¡Por favor, Carter, dese prisa! El sol está a punto de salir y quiero verme libre de este hombre.

—Ya falta poco, señor. El hombro lo tiene vendado. Voy a mirarle la otra herida del brazo. Creo que ahí le mordieron también.

—Me chupó la sangre —murmuraba Mason—, decía que quería arrancarme el corazón.

Vi estremecerse al señor Rochester. Una mezcla de horror, odio y asco marcó su expresión hasta hacer casi irreconocible su rostro. Pero se limitó a decir:

—Mejor que te calles, Richard. No insistas en tus delirios, estás delirando. Olvídalo.

—Ojalá fueran delirios y pudiera olvidarlos —contestó él.

—Te olvidarás de todo en cuanto salgas del país y regreses a Puerto España. Desde allí puedes pensar en ella como en alguien muerto y enterrado. O, mejor todavía, no vuelvas a pensar en ella para nada.

—La noche de hoy me será imposible olvidarla.

—No hay nada imposible. Échale valor a la vida, hombre. Hace dos horas te creías muerto sin remisión y, ya ves, ahora has resucitado y estás hablando conmigo. ¿Pues entonces? Carter ya está a punto de acabar y yo voy a rematar su obra, ya lo verás. Jane —añadió, dirigiéndose a mí por primera vez desde que había vuelto—, tome esta llave, haga el favor de bajar a mi dormitorio y entre en el vestidor. Allí, en el cajón de arriba del armario, encontrará una camisa limpia y una bufanda de seda. Los trae lo más pronto posible.

Me dirigí hacia allí, encontré en el armario lo que me había pedido y, una vez cumplido el recado, volví a subir.

—Ahora, Jane, váyase al otro lado de la cama, que voy a vestir y a arreglar a mi amigo. Pero no abandone el cuarto todavía, puedo volver a necesitarla.

Hice lo que me había indicado.

—¿Había alguien levantado cuando bajó, Jane? —me preguntó luego.

—No, señor, nadie. Reinaba el silencio.

—Ya verás cómo te puedes ir sin que nadie se entere, Dick. Por tu bien y por el de esa pobre criatura de ahí dentro, será lo mejor. Me ha costado mucho guardar el secreto y no vamos a echarlo a perder todo ahora. Venga, Carter, ayúdeme a ponerle el chaleco. ¿Dónde dejaste tu abrigo de piel? Ya sé que no puedes viajar ni una milla sin llevarlo encima, condenado frío, ¿verdad? Ah, que lo tienes en tu cuarto. Pues lo siento, Jane, tendrá que ir corriendo a buscar el abrigo del señor Mason.

Es el cuarto contiguo al mío.

Volví a salir corriendo y al volver lo mismo. Ahora traía al brazo un abrigo grande forrado y ribeteado de piel.

—Tiene que hacerme todavía otro favor —dijo mi inagotable amo—, necesito que vuelva a mi cuarto. Gracias a que tiene usted los pies de terciopelo, Jane, porque un mensajero dado al taconeo lo estropearía todo en un caso así. Abre usted el cajón de en medio de mi tocador y verá allí un frasquito y un vaso. Los saca y me los trae. ¡Pero dese prisa, por favor!

Fui y volví en un vuelo, con los recipientes requeridos.

—¡Estupendo! Ahora, doctor, bajo mi propia responsabilidad voy a permitirme administrar al herido una dosis de esta droga que le compré en Roma a un charlatán callejero, un tipo que a usted le habría parecido abominable, Carter. No se puede usar indiscriminadamente, pero en ciertas ocasiones, como por ejemplo la presente, es muy eficaz. Jane, traiga un poco de agua.

Me tendió el vaso y se lo llené hasta la mitad con la jarra del lavabo.

—Basta. Ahora desenrolle el tapón del frasco.

Lo hice y él dejó caer en el vaso once gotas de un líquido rojo. Luego se lo ofreció a Mason.

—Bebe, Richard, esto te devolverá la euforia durante un par de horas.

—¿Pero no me perjudicará? ¿Es inflamatorio?

—Anda, bebe, bebe de una vez.

El señor Mason, tal vez consciente de que era inútil oponerse, obedeció a su amigo. Ya estaba completamente vestido y aún se le veía muy pálido, aunque ya no quedaban rastros de sangre ni de su desaliñado aspecto. El señor Rochester le dio tres minutos para que descansara después de tragar el líquido, pasados los cuales le cogió del brazo.

—Vamos, estoy seguro de que ya puedes tenerte en pie —dijo—. Intenta levantarte.

El herido se levantó.

—Carter, cójale usted del otro brazo. Vamos, Richard, ánimo. Adelante, ¿ves cómo puedes?

—Sí, me encuentro mejor —comentó Mason.

—Pues claro, hombre. Ahora usted, Jane, ábranos camino hasta la escalera de atrás, corra el cerrojo de la puerta lateral que da al pasillo y salga. En el patio, verá una silla de postas o si no en la parte de afuera, porque he advertido que no quería ruido en el empedrado. Se acerca usted al cochero y le avisa de que ya estamos bajando. Ah, Jane, y si se encuentra con alguien por el camino, retroceda usted hasta el arranque de la escalera y tosa, ¿entendido?

Eran ya las cinco y media y al sol le faltaba poco para asomar, pero la cocina seguía a oscuras y en silencio. Estaba atrancada la puerta lateral y le quité el cerrojo haciendo el menor ruido posible. En el patio reinaba la quietud, pero las verjas estaban abiertas de par en par y al otro lado de ellas vi la silla de postas con los caballos enganchados y el cochero al pescante. Me acerqué a él, le dije que los caballeros ya venían y asintió con la cabeza. Miré en torno y me mantuve a la escucha por si oía algún ruido sospechoso. Todo estaba adormilado aún, incluso el día a punto de nacer, y el silencio era general. Las persianas de los dormitorios del servicio seguían cerradas. Algunos pajarillos gorjeaban en los árboles frutales del huerto, cuyas ramas asomaban como blancas guirnaldas sobre el muro que cerraba aquella zona del patio. Los caballos de tiro, encerrados en el establo, pataleaban de vez en cuando, y no había más ruidos.

Aparecieron los tres hombres, Mason en medio y Rochester y Carter a los lados, sujetándole. Parecía andar con bastante soltura. Lo ayudaron a meterse en el coche y Carter subió tras él.

—Cuídelo —le dijo el señor Rochester— y albérguelo en su casa hasta que se encuentre totalmente recuperado; yo iré dentro de un par de días para ver cómo sigue. ¿Te encuentras mejor, Richard?

—Sí, Fairfax, el aire me ha reanimado.

—Déjele abierta la ventanilla de ese lado, Carter. Adiós, Dick.

—Oye, Fairfax…

—¿Qué pasa ahora?

—Por favor, que la cuiden, que la traten con cariño, que…

Se le quebró la voz y se echó a llorar.

—Estoy haciendo todo lo posible, y lo seguiré haciendo, ¿qué más quieres? —Y una vez dichas estas palabras, Rochester cerró la puerta del coche y este se alejó—. Ojalá quisiera Dios poner fin de una vez a todo esto —añadió, mientras volvía a atrancar las pesadas puertas del patio.

Luego, con paso cansino y aire ausente echó a andar hacia una puerta practicada en el muro que rodeaba el huerto. Como supuse que ya no precisaba para nada de mis servicios, me separé de él y me dirigí hacia la casa. Pero oí que me llamaba por mi nombre y me volví. Estaba junto a la puerta, que acababa de empujar, y la mantenía abierta, como si me estuviera esperando.

—Venga conmigo un ratito a un lugar donde corre el aire —dijo—. Esta casa es un auténtico calabozo, ¿no la siente usted como un calabozo?

—A mí me parece una mansión espléndida, señor.

—El fulgor de la inexperiencia deslumbra sus ojos —contestó—, le hace ver las cosas como a través de un hechizo y la incapacita para entender que el oropel es fango, el mármol vil pizarra y las bruñidas maderas leña y viruta. En cambio aquí —añadió, señalando el umbroso retiro donde acabábamos de entrar— todo es real, acogedor y puro.

Avanzó por un sendero bordeado de boj. A un lado se veían perales, manzanos y cerezos, y al otro una variada profusión de flores: los alhelíes, pensamientos y escaramujos alternaban con la albahaca, el abrótano y otras hierbas aromáticas. Se mostraban frescas y en plena lozanía, tras las pasadas lluvias de abril, a las que sucedía este brillante amanecer primaveral. El sol estaba empezando a surgir entre las nubes empedradas de Naciente, y su luz arrancaba destellos de las gotas de rocío aposentadas en los árboles, al tiempo que iba iluminando los recoletos senderos.

—¿Quiere una flor, Jane?

Cogió un capullo de rosa, el primero que se estaba abriendo, y me lo ofreció.

—Gracias, señor.

—¿Le gusta este amanecer, Jane? ¿No es hermoso ese cielo surcado de nubes altas y ligeras, que se irán fundiendo al calor del sol? ¿No le parece un placer respirar este aire tan sereno y balsámico?

—Un gran placer, en efecto.

—Ha pasado usted una noche anormal, Jane.

—Pues sí, señor.

—Se ha quedado muy pálida. ¿Tuvo miedo cuando la dejé sola con Mason?

—No me daba miedo él, sino que pudiera salir alguien del cuarto del fondo.

—Había cerrado la puerta con llave, y me llevé la llave en el bolsillo. ¿Cómo se le puede pasar por la cabeza que fuera a dejar a la mejor oveja de mi rebaño desvalida y a merced del lobo, cuya guarida estaba tan cerca? Estaba usted a salvo.

—Pero, señor, ¿va a seguir viviendo ahí Grace Poole?

—Sí, sí, pero no le dé vueltas a eso ahora. Descarte a esa persona de sus pensamientos.

—No sé, yo creo, señor, que su vida está amenazada mientras ella continúe viviendo ahí.

—No se preocupe, yo sé cuidar de mí mismo.

—El peligro del que me habló usted la pasada noche, ¿cree que ya se ha alejado, señor?

—No puedo responder de ello hasta que Mason salga de Inglaterra, y ni siquiera entonces. Vivir para mí, Jane, es como estar de pie junto al cráter de un volcán que puede entrar en erupción en el momento menos pensado y empezar a vomitar fuego.

—Pero el señor Mason parece un hombre dócil. Es evidente, señor, que usted influye decisivamente en él y es capaz de manejarlo. Nunca se enfrentará a usted ni creo que quiera perjudicarle deliberadamente.

—Por supuesto, Mason nunca se opondrá a mí ni me perjudicará adrede. Pero en algún momento y sin querer puede hacer alguna declaración imprudente que hunda mi vida o mi felicidad.

—Pues pídale que sea discreto, señor; expóngale sus temores y explíquele lo que tiene que hacer para evitar el peligro.

Se echó a reír con sarcasmo, y me cogió una mano tan de improviso como rápidamente la soltó.

—Si pudiera hacer eso, inocentona, ¿dónde residiría el peligro? Se desvanecería al instante. Desde que conozco a Mason siempre me ha bastado con decir «haz tal cosa» para que me obedezca. Pero en este asunto no puedo darle órdenes ni advertirle: «Cuidado con hacerme daño, Richard», porque es imprescindible que siga ignorando el daño que me puede llegar a hacer. Ahora tiene usted cara de desconcierto y voy a desconcertarla un poco más todavía. ¿Es usted amiga mía, Jane, o no lo es?

—Me gusta serle útil, señor, y obedecerle en todo lo que sea razonable.

—Justamente, y me ha dado pruebas de ello. He visto que su rostro y su actitud reflejan contento cuando me ayuda en algo y que se complace en trabajar para mí y obedecerme «en todo lo que sea razonable» como dice con frase muy característica de usted. Porque sé que si le pidiera algo que no considerase razonable se acabarían los ires y venires furtivos, la presteza certera, la mirada vivaz y el animado color de las mejillas. Mi amiga, con rostro pálido y sereno, se volvería hacia mí y diría: «Eso no lo hago, señor, no me lo pida porque está mal». Y se quedaría inmutable como una estrella clavada en el firmamento. Porque usted, Jane, también tiene poder sobre mí y capacidad de herirme. Por eso no me atrevo a descubrirle mis puntos vulnerables, por miedo de que, a pesar de su lealtad y buena disposición para conmigo, pueda traspasarme con su dardo en el momento menos pensado.

—Si no tiene usted, señor, más motivos para temer al señor Mason de los que tiene para temerme a mí, puede dormir tranquilo.

—¡Ojalá fuera así! Venga, Jane, vamos a sentarnos un momento aquí.

Me señalaba un banco rústico bajo un arco excavado en el muro y coronado de hiedra. El señor Rochester se sentó y me hizo sitio a su lado, pero yo seguía de pie.

—Siéntese —me dijo—, hay espacio suficiente para los dos. ¿No tendrá inconveniente en sentarse a mi lado, verdad, Jane?

Mi respuesta consistió en tomar asiento. No me pareció bien rehusar su invitación.

—Ahora, amiga mía, mientras el sol acaba de beberse el rocío, mientras todas las flores de este jardín se despiertan y esponjan, mientras los pájaros van a buscar el desayuno para sus crías en los alrededores de Thornfield y las abejas inician sus tempranas labores, voy a exponerle un caso que debe intentar imaginar como algo que le pasa a usted. Pero antes míreme, Jane, dígame que está a gusto y que no hago mal en retenerla ni usted en quedarse.

—No, señor, me encuentro muy a gusto.

—Entonces, Jane, llame en su ayuda a la imaginación. Suponga que ha dejado de ser la joven bien educada y rigurosa que conozco y que se convierte en un muchacho rebelde y mimado desde la cuna. Figúrese que vive en tierras remotas y que, durante su estancia allí, comete un error gravísimo, no importa de qué índole ni por qué motivos, un error cuyas secuelas está condenado a arrastrar fatalmente y han de envenenar el resto de su vida. Fíjese en que no he dicho un delito, que no he hablado de derramamiento de sangre ni de crimen punible ante la ley, he dicho error, esa ha sido la palabra. Las consecuencias de esa equivocación se le van haciendo insoportables con el correr de los años; toma medidas para aliviar su situación —algo insólitas pero no ilegales ni delictivas—, y sin embargo sigue sintiéndose desgraciada porque la esperanza la ha abandonado a usted en los umbrales de la vida. El sol se ha eclipsado al alba, y tiene usted la sensación de que todo seguirá a oscuras hasta el ocaso. Su memoria se alimenta exclusivamente de pensamientos amargos y mezquinos, vagabundea de acá para allá buscando consuelo en el destierro y felicidad en el placer sensual, ese placer que no llega al corazón, embota la inteligencia y esteriliza los sentimientos. Imagínese en la piel de ese hombre que con el corazón insensible y el alma marchita vuelve a casa tras años de voluntario exilio y conoce a alguien —no importa cómo ni de quién se trate— que reúne para su gusto todas las dotes de bondad e inteligencia que ha añorado en vano a lo largo de veinte años: espontaneidad, pureza, salud sin mácula. Esta compañía le hace resucitar, lo regenera y lo devuelve a la flor de la edad aquella en que los deseos eran nobles y las emociones limpias. Tiene ganas de reiniciar su vida y consumirla hasta el fin de modo más digno. Para alcanzar ese propósito, ¿estaría justificado, Jane, pasar por encima de un escollo solo mantenido por la costumbre, un impedimento convencional que ni su conciencia respeta ni su inteligencia aprueba?

Hizo una pausa esperando mi respuesta, pero yo ¿qué le podía contestar? En vano invocaba a algún espíritu benéfico capaz de dictarme las palabras certeras y convenientes. Pero aunque el viento de levante murmuraba por entre la hiedra, ningún amable Ariel[71] vino a poner su aliento al servicio de mis aspiraciones. Los pájaros trinaban en la copa de los árboles, pero sus trinos, aunque hermosos, no conseguían articular palabras.

El señor Rochester repitió su pregunta:

—Si el vagabundo y pecador, ahora sereno y arrepentido, se atreviese a desafiar el qué dirán al unir su vida para siempre a la de esa persona gentil, inteligente y amable, ¿tendría derecho a hacerlo en nombre de su propia regeneración?

—Señor —contesté—, no creo que el reposo de un errabundo y la regeneración de un pecador tengan que depender de otro ser humano. Los hombres y las mujeres mueren, los filósofos yerran en su sabiduría y los cristianos en su bondad. Si alguien que usted conoce ha sufrido y se ha equivocado, que busque en zonas más altas la fuerza para enderezar sus errores y reposo para recuperar su salud.

—Pero el instrumento, ¡yo hablo del instrumento! Dios, que impone la tarea, proporciona el instrumento. Yo mismo (y se lo digo sin paliativos), que he sido un hombre mundano, disoluto e inconstante, creo haber encontrado el instrumento para mi regeneración, y lo he encontrado en…

Hizo una pausa. Los pájaros seguían cantando y las hojas de los árboles susurrando levemente. Casi me extrañó que no interrumpieran sus trinos y susurros para oír la revelación aplazada; pero hubieran tenido que esperar mucho, porque el silencio se prolongaba. Por fin me atreví a alzar los ojos ante mi indeciso interlocutor, al que también sorprendí mirándome ansioso. Pero de pronto su actitud cambió, de acuerdo con la nueva expresión que se pintó en su rostro.

—Amiga mía —dijo en un tono donde la ternura había sido sustituida por la brusquedad y el cinismo—, se habrá dado cuenta usted de mi inclinación amorosa hacia la señorita Ingram. ¿No le parece que si me casara con ella lograría con creces mi regeneración? —Se levantó de pronto, se apartó hasta el otro extremo del sendero y cuando volvió a acercarse a mí venía canturreando una melodía—. Jane —dijo parándose ante mí—, está usted palidísima. Es de no dormir. ¿No me maldice por haberla tenido toda la noche en vela?

—¿Maldecirle a usted? No, señor.

—Pues demuéstremelo dándome la mano. ¡Qué dedos tan fríos tiene! Los tenía usted más calientes anoche, cuando los rocé a la puerta del cuarto misterioso. Jane, ¿cuándo volveremos a pasar una noche en vela?

—Cuando pueda servirle de algo, señor.

—Por ejemplo la víspera de mi boda, ¿qué le parece? Estoy seguro de que no podré dormir. ¿Me promete quedarse conmigo para hacerme compañía? Con usted puedo hablar de mi enamorada, porque usted la conoce.

—Sí, señor.

—Es una perla rara, ¿verdad, Jane?

—Pues sí, señor.

—Una mujer espléndida, realmente espléndida, alta, morena, jovial y con ese pelo que me recuerda al que debieron de tener las mujeres de Cartago… ¡Caramba! Allí están Dent y Lynn en las cuadras. Usted diríjase a la casa escondiéndose entre los arbustos, que yo ya voy por este postigo.

Mientras yo tomé un camino él se fue por el otro y le oí decir alegremente cuando estaba llegando al patio:

—Mason les ha tomado a ustedes la delantera esta mañana. Se ha ido antes de despuntar el alba. Yo me he levantado a las cuatro para despedirle.

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