Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Segunda parte » Capítulo VI

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Capítulo VI

¡Qué raros son los presentimientos! Se parecen a las afinidades y también a los signos de premonición. Cuando se dan los tres elementos combinados tejen un misterio cuya clave el ser humano aún no ha sido capaz de descifrar. Nunca en la vida me he burlado de los presentimientos, porque yo misma he tenido algunos muy curiosos. En cuanto a las afinidades, su existencia rebasa la capacidad de entendimiento del ser humano. Pero se dan incluso entre parientes que viven lejos, que apenas se han visto, totalmente extraños a nuestra vida, y que a pesar de ello nos resultan afines, como si no pudieran romperse del todo ciertas raíces comunes. Y los signos de premonición, por lo que sabemos, podrían ser simplemente las afinidades de la naturaleza con el hombre.

Cuando yo tenía unos seis años, oí cómo Bessie Leaven le contaba a Martha Abbot que había soñado con un niño pequeño, y que soñar con niños era un signo indudable de desgracia, o bien para uno mismo, o bien para sus allegados. Esta sentencia seguramente se habría borrado de mi memoria a no ser porque un incidente que sobrevino luego se encargó de fijarla de forma indeleble en mi recuerdo. Al día siguiente vinieron a buscar a Bessie porque su hermana pequeña se estaba muriendo.

Últimamente había recordado varias veces esto porque a lo largo de una semana rara era la noche que no soñaba con algún niño. Algunas veces lo tenía en brazos y me dedicaba a acunarlo, otras lo sentaba en mis rodillas y otras lo miraba arrancar margaritas de la pradera o meter las manos en el agua de un arroyo. Algunas noches aparecía risueño, otras llorando, y tan pronto se acurrucaba contra mi regazo como salía corriendo. Pero fuera cual fuese su aspecto o su forma de irrumpir en escena, a lo largo de siete noches no dejó de venir a encontrarse conmigo en el reino de los sueños.

No me gustan las repeticiones de una idea fija ni la recurrencia de imágenes, así que estaba inquieta cuando se acercaba la hora de acostarme por temor de aquella insistente aparición que se avecinaba. La noche de luna llena en que sonó aquel terrible alarido, poco antes de oírlo estaba soñando con ese fantasma infantil. Pues bien, al día siguiente por la tarde me mandaron recado de que alguien, que quería hablar conmigo, me estaba esperando en el cuarto de la señora Fairfax. Cuando bajé, me encontré con un hombre con aspecto de ser el criado de algún caballero. Iba vestido de luto y el sombrero que llevaba en la mano estaba rodeado por una cinta negra de seda.

—Creo que le será difícil acordarse de mí, señorita —dijo, levantándose al verme entrar—. Me llamo Leaven, y fui el cochero de la señora Reed cuando vivía usted en Gateshead hace ocho o nueve años. Y sigo viviendo allí.

—Claro, Robert, ¿cómo no voy a acordarme? ¡Me ha montado usted tantas veces en el caballito bayo de Georgiana! ¿Cómo está usted? ¿Y Bessie, cómo se encuentra? Porque se casó usted con Bessie, ¿verdad?

—Sí, señorita, mi mujer está muy bien, gracias; hace dos meses trajo al mundo otro niño, el tercero. Y lo mismo el niño que ella gozan de buena salud.

—¿Y la familia Reed cómo sigue, Robert?

—Siento no poderle traer buenas noticias, señorita. Llevan una mala racha, todo son disgustos.

—Espero que no se haya muerto nadie —dije fijándome en sus ropas de luto.

También él tenía los ojos fijos en la cinta negra de su sombrero. Por fin contestó:

—Ayer hizo una semana que el señorito John murió de repente en su despacho de Londres.

—¿Mi primo John?

—Sí.

—¿Y cómo lo está llevando su madre?

—Pues se lo puede imaginar, porque además, señorita Eyre, no se trata de una desgracia corriente. Llevaba una vida muy desenfrenada; los últimos tres años se había metido por caminos muy raros, y su muerte ha sido muy rara también.

—Me contó Bessie que no llevaba muy buen rumbo.

—¿Bueno? Peor imposible, créame. Había arruinado su salud y dilapidado su fortuna con hombres y mujeres de la más baja ralea. Llegaron a meterlo dos veces en la cárcel por deudas, y las dos lo sacó su madre, pero en cuanto se veía fuera reincidía en el vicio y en las malas compañías. Había perdido el juicio y los bellacos de que se rodeaba se aprovecharon de él hasta límites increíbles. Hace unas tres semanas se presentó en Gateshead con la pretensión de que la señora le diera todo cuanto tenía, pero ella se negó porque sus bienes han quedado reducidos a la mínima expresión, precisamente por culpa de los desvaríos del hijo. Así que se volvió a marchar por donde había venido, y la primera noticia que tuvimos de él después de aquello fue la de su muerte. A saber cómo moriría. Algunos dicen que se suicidó.

Me quedé sin palabras ante tan espantosas confidencias.

—La señora no ha vuelto a levantar cabeza desde entonces —continuó Robert Leaven—. Había engordado mucho pero no tenía fuerzas ni ánimos; la ruina y el miedo a pasar estrecheces la sumían en la mayor consternación. Pero el remate fue la noticia tan intempestiva de la muerte del hijo; cuando se enteró le sobrevino una embolia que la tuvo tres días sin poder articular palabra. Pero el martes pasado se encontró mejor y notamos que parecía querer decir algo. No hacía más que emitir confusos murmullos y hacerle señas a mi mujer. De todas maneras, hasta ayer por la mañana no entendió Bessie que lo que estaba pronunciando era el nombre de usted. Y por fin consiguió articular una frase. «Traedme a Jane Eyre, —dijo—, que vayan a buscar a Jane Eyre, tengo que hablar con ella». Bessie no sabe si está en sus cabales ni si esas palabras tienen algún sentido, pero por si acaso les dijo a las señoritas Eliza y Georgiana que había que llamarla a usted. Ellas al principio no se dieron por enteradas, pero en vista de que el desasosiego de su madre iba en aumento y no hacía más que decir «Jane Eyre», acabaron consintiendo. Salí ayer de Gateshead; y si está usted lista para acompañarme, a mí me gustaría, señorita, que emprendiéramos el viaje de vuelta mañana a primera hora.

—Sí, Robert, estoy lista. Creo que tengo el deber de ir.

—Yo también lo creo, señorita Jane. Bessie ya lo dijo, que estaba segura de que no iba usted a negarse. Pero me figuro que tendrá que pedir permiso para dejar esto, ¿no?

—Sí, y lo voy a hacer sin pérdida de tiempo.

Acompañé a Robert al cuarto de los criados y lo dejé allí con la mujer de John. Seguidamente salí en busca del señor Rochester.

No lo encontré en ninguna de las habitaciones de abajo, ni en el patio, ni en las caballerizas ni por el jardín. Entonces le pregunté a la señora Fairfax que si lo había visto y me dijo que sí, que le parecía que estaba jugando al billar con la señorita Ingram. Me dirigí, pues, decidida a la sala de juegos, de donde venía un rumor de conversación mezclado con el choque de las bolas. El señor Rochester, Blanche Ingram, las dos señoritas Eshton y sus respectivos admiradores estaban embebidos en el juego. Hice acopio de valor, porque era un atrevimiento interrumpir tan interesante partida. Pero mi asunto no admitía dilación, así que me acerqué al amo, que estaba de pie junto a Blanche Ingram. Ella se volvió y me fulminó con una mirada arrogante donde parecía leerse el pasmo, como si preguntase: «¿Qué querrá ahora este vil gusano?», y cuando yo pronuncié en voz baja el nombre del señor Rochester, hizo un gesto como para espantarme de allí. Me acuerdo muy bien de la impresión que me causó y de cómo iba vestida, tan atractiva, tan espectacular. Llevaba un traje de mañana de crespón azul celeste y un pañuelo de gasa azul entretejido con su peinado. El juego había animado su rostro, y la irritación que le produjo mi presencia no rebajó la expresión altanera de su fisonomía.

—¿Qué quiere de usted esta persona? —le preguntó al señor Rochester.

Él se volvió para ver quién era esa «persona» y una extraña mueca —uno de aquellos gestos suyos inesperados y ambiguos— asomó a su rostro. Dejó caer el taco de billar y me siguió fuera de la habitación.

—¿Qué pasa, Jane? —dijo, tras apoyarse contra la puerta del aula, que cerró.

—Con su permiso, señor, tengo que ausentarme de aquí por una o dos semanas.

—¿Para qué? ¿Para ir adónde?

—Para ir a visitar a una señora muy enferma que me llama a su lado.

—¿Qué señora enferma? ¿Dónde vive esa señora?

—En Gateshead, en el condado de…

—¿Qué dice? Ese condado está a cien millas de aquí. ¿Quién puede ser ella para exigir que alguien recorra tanto camino por ir a verla?

—Su apellido es Reed, se trata de la señora Reed.

—¿Los Reed de Gateshead? Hubo un Reed de Gateshead que era magistrado.

—Es su viuda, señor.

—¿Y qué tiene usted que ver con ella? ¿De qué la conoce?

—El señor Reed era mi tío, hermano de mi madre.

—¿Cómo diablos puede ser eso? No eran esas mis noticias, usted siempre me ha dicho que no tenía parientes.

—Es como si no los tuviera, porque no me quieren. Mi verdadero tío, el señor Reed, murió hace tiempo y luego su mujer me echó de casa.

—¿Por qué la echó?

—Era un estorbo para ella, era pobre y mi manera de ser no le gustaba.

—Pero Reed dejó hijos, ¿no? O sea que tiene usted primos. Ayer, hablando con sir George Lynn, salió a relucir un Reed de Gateshead que parece ser uno de los más conspicuos truhanes de la corte. Y el joven Ingram habló de una tal Georgiana Reed, famosa por su belleza y que hace dos años, según creo, hizo estragos en Londres.

—John Reed ha muerto, señor. Se arruinó y ha provocado la ruina casi total de su familia, dicen que se ha suicidado. Este accidente conmocionó tanto a su madre que le ha dado un ataque de apoplejía.

—¿Y usted qué va a pintar allí? Es un disparate, Jane. A mí no se me ocurriría recorrer a toda prisa cien millas para ver a una vieja señora que seguramente ya se habrá muerto cuando llegue usted y que, encima, la echó a usted de casa.

—Es verdad; pero de eso hace mucho. Las cosas eran distintas entonces. Ahora sería para mí un cargo de conciencia no acudir cuando me llama.

—¿Y cuánto tiempo piensa quedarse?

—Volveré lo más pronto que pueda, señor.

—Prométame que no tardará en volver más de una semana.

—Es mejor que no le prometa nada, por si no puedo cumplir mi palabra.

—Pero, pase lo que pase, usted vuelve, ¿verdad? No vaya a dejarse embaucar y quedarse a vivir allí para siempre.

—¡Que no! Seguro que vuelvo, en cuanto las cosas se arreglen.

—¿Y quién la acompaña? No pensará recorrer cien millas usted sola.

—No, señor. Mi tía me ha mandado a su cochero.

—¿Es de fiar?

—Por supuesto, lleva diez años en la casa.

El señor Rochester se quedó pensativo.

—¿Cuándo tiene intención de salir para Gateshead?

—Mañana a primera hora, señor.

—Pues necesitará dinero; no puede viajar sin dinero y seguro que no tiene mucho. Yo no le he pagado todavía su salario. ¿Cuánto tiene, Jane? —preguntó sonriendo.

Saqué el monedero, que, en efecto, estaba casi vacío.

—Cinco chelines, señor.

El señor Rochester cogió el monedero, lo vació en la palma de la mano y se rio bajito como si le hiciera gracia aquello. Luego sacó su cartera.

—Aquí tiene —dijo, alargándome un billete.

Era de cincuenta libras y solo me debía quince. Yo no tenía cambio.

—No quiero cambio, ya lo sabe. Tome su salario.

Me negué a aceptar una cantidad mayor de la que me debía. Al principio frunció el entrecejo con gesto contrariado, pero luego, como si lo hubiera pensado mejor, dijo:

—De acuerdo, está muy bien. Mejor que no lleve tanto dinero, porque, si dispone de cincuenta libras, es capaz de no volver en tres meses. Aquí tiene diez. ¿Le basta?

—Sí, señor. Pero ahora me debe usted cinco.

—Vuelva para buscarlas. Me convierto en su banquero, tiene abierta una cuenta de cuarenta libras.

—Señor Rochester, ahora que viene al caso, me gustaría hablarle de otra cosa.

—¿De qué cosa? Enciende usted mi curiosidad.

—De su boda. Me ha dado usted a entender que piensa casarse pronto.

—Sí, ¿y qué?

—Pues que cuando llegue ese día, señor, a Adèle hará falta mandarla a un colegio. Supongo que ya lo habrá pensado.

—Sí, claro, para quitársela de delante a mi mujer, que pretendería aplastarla con su soberbia. Es una sugerencia sensata, no cabe duda. Adèle, como usted bien dice, tendrá que ir a un colegio; y usted, claro, tendrá que irse… ¿adónde? ¿Al infierno?

—Espero que no, señor. Simplemente buscaré otro trabajo en algún sitio.

Su rostro se contrajo en un gesto entre caprichoso y sarcástico.

—Por supuesto —dijo en tono gangoso.

Y se me quedó mirando fijamente durante unos instantes.

—¿Y le va usted a pedir a la señora Reed y a sus hijas que le ayuden a buscar trabajo? ¿Es eso lo que va a hacer?

—No, señor. La relación que tengo con mis parientes no es como para pedirles ningún favor. Me las arreglaré sola. Pondré un anuncio.

—¡Y capaz sería de trepar a la cima de las pirámides de Egipto! —rezongó—. ¡Un anuncio por su cuenta y riesgo! Ojalá le hubiera dado un soberano en vez de diez libras. Devuélvame nueve, Jane, me hacen falta.

—A mí también, señor —respondí, escondiendo el monedero entre las manos y echándome estas a la espalda—. No puedo prescindir del dinero bajo ningún pretexto.

—¿Con que me niega un préstamo, tacañuela? —dijo—. Deme por lo menos cinco libras, Jane.

—Ni cinco chelines, ni cinco peniques, nada de nada, señor.

—Déjeme echar una mirada al monedero, solo eso.

—No, porque no me fío de usted.

—Jane.

—Diga.

—Prométame una cosa.

—Solamente le prometeré lo que me considere capaz de cumplir.

—Prométame que no va a poner ningún anuncio y que me va a dejar a mí ocuparme de ese asunto. Yo le encontraré un trabajo cuando llegue el momento.

—Le doy mi palabra con mucho gusto, si usted me promete, a su vez, que Adèle y yo saldremos de esta casa antes de que entre en ella su esposa.

—Muy bien, perfecto. Le doy mi palabra… ¿De manera que se va mañana?

—Sí, señor, mañana a primera hora.

—¿Bajará usted luego al comedor, después de la cena?

—No, lo siento. Tengo que preparar mi equipaje.

—Entonces, tengo que decirle adiós por unos cuantos días.

—Eso parece, señor.

—¿Y cómo se despide la gente? No soy muy ducho en estas ceremonias del adiós. Enséñeme usted, Jane.

—Basta con decir «adiós», «hasta la vista» o algo por el estilo.

—Pues dígamelo.

—Adiós, señor Rochester, por ahora.

—¿Y yo qué tengo que contestar?

—Pues lo mismo, si le parece bien.

—Adiós, señorita Eyre, por ahora. ¿Y con eso ya está?

—Pues sí.

—¡Qué poca cosa! A mí me gustaría algo más amistoso, menos seco, alguna propina sobre el ritual. Por ejemplo, un apretón de manos. Pero no, también eso sería insuficiente. ¿A usted le basta, Jane, con decir adiós como lo ha dicho?

—¿Por qué no? En una sola palabra surgida del corazón pueden congregarse tan buenos deseos como en muchas.

—Seguramente, ¡pero resulta tan soso y tan frío ese simple «adiós»!

«¿Cuánto tiempo pensará seguir con la espalda apoyada contra esa puerta? —me preguntaba yo para mis adentros—. Tengo que ponerme a hacer el equipaje…». Pero de pronto sonó la campana anunciando la hora de la cena, y desapareció bruscamente, sin añadir una palabra más. Ya no volví a verlo aquel día, y al siguiente salimos muy temprano, antes de que él se hubiera levantado de la cama.

Eran las cinco de la tarde del primero de mayo cuando me vi de nuevo ante la portería de Gateshead. Entré allí antes de acceder a la casa. Estaba todo muy limpio y ordenado. Había visillos blancos en las ventanas y el suelo estaba inmaculado. La parrilla y los hierros de la chimenea brillaban lustrosos y ardía un fuego alegre. Bessie estaba sentada junto a la lumbre dando de mamar a su nuevo hijo y Robert jugaba plácidamente con su hermanita en un rincón.

—¡Dios la bendiga! —exclamó al verme entrar—. Estaba segura de que iba a venir.

Nos besamos.

—Claro, Bessie, aquí estoy, y espero no haber llegado demasiado tarde. ¿Vive todavía la señora Reed? ¿Cómo está?

—Sí, vive aún, y la encuentro más sensata y menos intranquila que antes. El médico dice que puede durar hasta una semana o dos más, pero que no cree que se salve.

—¿Ha vuelto a hablar de mí?

—Esta mañana mismo la ha estado nombrando y decía que ojalá viniera. Pero ahora está durmiendo, por lo menos hace diez minutos, cuando entré a verla, dormía. Suele quedarse muy postrada toda la tarde, hasta eso de las seis o las siete, que es cuando se espabila un poco. ¿Quiere descansar un rato aquí con nosotros, señorita, y luego la acompaño a la casa?

En ese momento entró Robert y Bessie metió al niño en la cuna y salió a su encuentro. Luego insistió en que me quitase el sombrero y me pusiera cómoda para tomar una taza de té. Dijo que me encontraba pálida y con cara cansada. Acepté encantada su hospitalaria acogida y me dejé cuidar y quitar la ropa de viaje con la misma docilidad con que de niña me abandonaba en sus manos cuando venía a desnudarme por las noches.

El pasado estalló intempestivamente poblando mis recuerdos al ver a Bessie afanándose para preparar el té. Mientras ponía sobre la bandeja las mejores tazas de porcelana china de su vajilla y cortaba el pan en rebanadas, que untaba con mantequilla, o tostaba unos bollos, reñía a sus hijos al pasar o les daba un cachete, igual que en tiempos hacía conmigo. Bessie había conservado su temperamento vivo, como también sus andares ligeros y su buena planta.

Una vez que el té estuvo preparado, hice intención de levantarme para acercarme a la mesa, pero me mandó quedarme quieta, en su tono perentorio de siempre. Ella me serviría la merienda allí, junto a la chimenea —dijo—, me pondría delante una mesita con el té y las tostadas. Era exactamente lo mismo que hacía antaño, cuando sustraía alguna golosina sin que la viera nadie y me la traía al cuarto de jugar. Y también, como entonces, agradecí su cariño con una sonrisa.

Quiso saber si era feliz en Thornfield y cómo me trataba la señora. Le dije que no había ninguna señora, solo un señor, y entonces me preguntó si me gustaba, si era amable conmigo. Era más bien feo —le dije— pero todo un caballero, me trataba bien y estaba contenta. Luego le describí los recientes días de fiesta en Thornfield y cómo la casa se había llenado de invitados, un grupo de gente principal. Y noté que Bessie escuchaba los detalles de mi relato con especial deleite, porque las novedades de ese tipo le encantaban.

Cuando quisimos darnos cuenta, llevábamos una hora de charla, que había pasado sin sentir. Bessie me volvió a poner el sombrero y el abrigo y salimos juntas de la portería, camino de la casa. Nueve años atrás, y también en compañía de Bessie, había bajado por última vez esta cuesta que ahora subía de nuevo. Aquella mañana de enero oscura, neblinosa y gélida abandonaba un techo hostil con el corazón rebosante de incertidumbre y amargura, sintiéndome excluida y casi réproba, para buscar asilo en el desolado paraje de Lowood, una meta imprecisa y lejana. Ese mismo techo hostil se alzaba de nuevo ante mis ojos. Mi porvenir seguía siendo incierto y la pesadumbre anidaba todavía en mi corazón. Me sentía aún sin rumbo en mi peregrinaje por la tierra, pero la confianza en mí misma y en mi poder frente a la adversidad había aumentado con el mismo grado de firmeza con el que había disminuido el terror a ser avasallada. La herida profunda de los agravios estaba cerrada y consumida la llama del resentimiento.

—Pase usted primero al comedor —dijo Bessie—. Las señoritas creo que se encuentran allí.

Y de repente, ya estaba dentro de aquel cuarto. Todos los muebles los conocía y presentaban el mismo aspecto que la mañana que entré allí para ser presentada al señor Brocklehurst. Hasta la alfombra que se extendía ante la chimenea era la que estuvo pisando aquel hombre que me esperaba de pie. Al recorrer con la vista los estantes de la librería, me pareció distinguir en el tercero Los viajes de Gulliver y en el de encima Las mil y una noches, donde estuvieron siempre. Los objetos inanimados no habían sufrido variación, pero no se podía decir lo mismo de los seres vivos.

Vi ante mí a dos muchachas jóvenes. Una de ellas era casi tan alta como la señorita Ingram, delgadísima, de cutis oscuro y expresión seria. La austeridad casi ascética que sugería su aspecto se veía intensificada por el corte sobrio de su traje de paño negro liso y sin más adorno que un cuello de lino almidonado. El pelo lo llevaba recogido hacia atrás y tirante sobre las sienes; un collar de cuentas de ébano rematado por un crucifijo era el complemento adecuado a aquel atuendo monjil. Supe que era Eliza, a pesar de lo poco que se parecía a la niña de rostro alargado y pálido que yo recordaba.

La otra era Georgiana, sin duda. Pero tampoco la Georgiana que recordaba yo, aquella niña esbelta de once años que parecía salida de un cuento de hadas. Esta era una muchacha exuberante y robusta, de tez clara y unos ojos rasgados de mirada lánguida y azul, con el pelo rubio lleno de bucles. También iba de luto, pero su vestido, ceñido y a la moda, no llamaba la atención precisamente por su puritanismo como el de la hermana.

Cada una de ellas recordaba a la madre en una cosa distinta. La mayor, pálida y delgada, había heredado la mirada de los Cairngorm[72]. La pequeña, vistosa y exuberante, tenía la mandíbula y la barbilla de tía Reed, un poco menos abultadas, pero lo bastante para dotar a su rostro lozano y sensual de una dureza que lo ensombrecía.

Se levantaron las dos cuando entré y me saludaron llamándome «señorita Eyre». Eliza con voz seca, sin el menor asomo de sonrisa y como por cumplir; volvió a tomar asiento enseguida y se quedó contemplando el fuego, dando a entender que había olvidado mi presencia. Georgiana, después de saludarme, me hizo algunas preguntas convencionales sobre el viaje, el tiempo y otras banalidades por el estilo. Hablaba despacio y me miraba de reojo, recorriendo mi figura de pies a cabeza, como si no quisiera perder detalle del ala de mi sombrero rústico o del último pliegue de mi chaquetón de paño pardo. Las señoritas de buena familia tienen una manera muy curiosa de hacerte saber que te consideran una birria sin formular el juicio verbalmente. Un cierto desdén en la mirada, unos modales exentos de cordialidad y un tono displicente bastan para expresar con creces su opinión al respecto, sin caer nunca en la franca grosería por lo que dicen ni por lo que hacen.

Pero el desprecio ajeno, ya fuera manifiesto o disimulado, había dejado de ejercer sobre mí aquel poder de antaño para vulnerarme. Me sorprendió comprobar, sentada allí con mis primas, lo poco que me afectaba la indiferencia de una y las burlas solapadas de la otra cuando fingía atenderme. Ni Eliza conseguía mortificarme ni Georgiana que me sintiese incómoda. Y la explicación estaba en que tenía la cabeza ocupada en otros pensamientos. A lo largo de los últimos meses, habían bullido en mi interior sentimientos mucho más intensos de los que ellas en ningún caso serían capaces de despertarme. Había probado padecimientos y goces tan agudos y sublimes que nada tenían que ver con los que ellas conocían o podían provocar, por eso sus actitudes no me impresionaban ni para bien ni para mal.

—¿Cómo se encuentra la señora Reed? —pregunté al cabo de un rato, mirando tranquilamente a Georgiana.

Cuando comprendió que me estaba dirigiendo inequívocamente a ella, se dignó levantar la cabeza con cierto pasmo, como si mi familiaridad la hubiera cogido de sorpresa.

—¿La señora Reed? Ah, te refieres a mamá. Pues está muy mal. No creo que puedas verla esta noche.

—Si haces el favor de subir a decirle que he venido —contesté—, te lo agradecería mucho. —Georgiana se sobresaltó y abrió de par en par sus ojos azules—. Sé que tiene un interés muy particular en verme —añadí—, y no me gustaría aplazar mucho el cumplimiento de su deseo, a no ser que existieran motivos de peso para impedirlo.

—A mamá no le gusta que la molesten por las tardes —comentó Eliza.

Por toda respuesta yo al poco rato me levanté, me quité con toda naturalidad el sombrero y los guantes sin que nadie me hubiera invitado a hacerlo y dije que iba en busca de Bessie, que seguramente estaría en la cocina, para pedirle que se enterase de si la señora Reed quería recibirme esa tarde o no. Salí, encontré a Bessie y le di el recado. Luego me dispuse para llevar a cabo otro tipo de medidas. Hasta entonces, una arrogancia como la expresada en el recibimiento que acababan de dispensarme mis primas me hubiera aplastado. Si me llega a pasar un año antes, a la mañana siguiente ya habría abandonado Gateshead, pero ahora comprendía con total lucidez que hacer eso era absurdo. Había emprendido un viaje de cien millas para ver a mi tía y estaba dispuesta a quedarme allí hasta que se pusiera buena o se muriese. En cuanto a la altivez e insensibilidad de sus hijas, no tenía por qué rozarme siquiera, no pensaba tenerlo en consideración. Así que me dirigí al ama de llaves y le pedí que me preparara una habitación, porque iba a quedarme en la casa una semana o dos, y mandé que subieran el equipaje a mi dormitorio. Yo misma subía detrás de él, cuando me crucé con Bessie en el rellano de la escalera.

—La señora está despierta —me dijo—. Le he dicho que ha venido usted. Entre conmigo y veremos si la conoce.

No necesité que me guiase nadie hasta aquella habitación inolvidable donde tantas veces había sido convocada para recibir una reprimenda. Precedí a Bessie con paso ligero y abrí la puerta sin hacer ruido. Se estaba haciendo de noche y una luz atenuada alumbraba la mesa. Allí estaba, como siempre, la gran cama con sus cuatro columnas, resguardada por cortinas color ámbar, más allá el tocador, el butacón y el taburete sobre el que cientos de veces me obligaron a arrodillarme para pedir perdón por agravios que no había cometido. Miré hacia un determinado rincón, casi temiendo descubrir la aborrecida palmeta que solía dormir allí aguardando cualquier motivo para lanzarse de un salto contra mi nuca encogida o mis palmas abiertas. Me acerqué a la cama, aparté las cortinas y me incliné sobre aquella pila de almohadas.

Recordaba de sobra el rostro de la señora Reed y busqué ansiosa aquella imagen familiar. Es una suerte que el paso del tiempo aplaque los deseos de venganza y mitigue los arrebatos de ira y aborrecimiento. Cuando vi por última vez a aquella mujer me sentía tan amargada como rebosante de odio hacia ella; y ahora, al regresar a Gateshead, no experimentaba más emoción que una especie de lástima a la vista de tanta desgracia y un profundo anhelo de olvidar viejos agravios, de hacer las paces con ella y de estrecharle la mano.

Allí delante de mis ojos tenía aquel rostro tan conocido: severo e inexorable como siempre, con aquellos ojos incapaces de piedad bajo las cejas levemente enarcadas, imperiosas, tiránicas. ¡Cuántas veces habían descargado sobre mí su mirada malvada y amenazadora! ¡Y cómo ahora, al repasar sus duras líneas, revivía en mí el recuerdo de los terrores y angustias infantiles! A pesar de todo, me incliné a besarla; y ella me miró.

—¿Eres Jane Eyre? —dijo.

—Sí, tía Reed, ¿cómo se encuentra mi querida tía Reed?

En cierta ocasión había jurado que jamás volvería a llamarla tía, pero no me pareció ninguna traición quebrantar y olvidar tal juramento. Había tomado entre mis dedos sin vacilar una de sus manos que descansaba sobre la colcha. Si ella hubiera respondido a mi caricia con un apretón afectuoso, me habría sentido muy feliz. Pero los caracteres susceptibles no se ablandan fácilmente ni las antipatías arraigadas se extirpan así como así. La señora Reed retiró su mano, volvió la vista a otro lado y comentó que había quedado una tarde templada. Luego, cuando volvió a mirarme, lo hizo con una expresión tan gélida que enseguida me di cuenta de que su opinión y sus sentimientos con respecto a mí ni habían cambiado ni podrían cambiar ya nunca. Ante aquellos ojos pétreos, refractarios a la ternura e irreconciliables con las lágrimas, supe que hasta el fin de sus días la acompañaría su obcecación en considerarme maligna, porque aceptarme como buena no le reportaría el placer de la clemencia sino una especie de mortificación.

Sentí pena y un brote de ira. Pero enseguida se impuso mi decisión de dominar a aquella mujer, de subyugarla, a despecho de su carácter y aun en contra de su voluntad. Habían asomado a mis ojos unas lágrimas, como cuando era niña, pero las mandé retroceder sin dilación a su fuente de origen. Acerqué una silla a la cabecera de la cama y me senté.

—Usted me ha mandado llamar —dije, inclinándome sobre la almohada—; pues bien, aquí estoy. Y no pienso marcharme hasta que se ponga usted buena.

—Sí, sí, claro. ¿Has visto a mis hijas?

—Las he visto.

—Bueno, pues diles que yo quiero que te quedes, que tengo que discutir contigo algunos asuntos que me andan rondando por la cabeza. Esta noche ya no son horas, y además me cuesta hacer memoria… Pero te quería decir algo… ¿qué era?

La mirada perdida y el cambio de inflexión en su voz me hicieron comprender que su cuerpo, antes robusto, había sufrido cierto deterioro. Trató de darse la vuelta, presa de inquietud, arrugando el revoltijo de ropas. Mi codo, apoyado en una esquina de la colcha, le estorbaba los movimientos y se encolerizó.

—¡Siéntate bien! —exclamó—. Me tiras de la ropa y me molestas. ¿Eres Jane Eyre?

—Sí, soy Jane Eyre.

—Esa niña no me ha dado más que disgustos. ¡Qué carga tan pesada me eché encima! No había día ni hora que no me diera un quebradero de cabeza con aquel carácter enrevesado que tenía y los ataques de genio, y luego siempre fisgando los movimientos de los demás, no era normal. Una vez se me enfrentó como una loca, como una fiera, yo nunca he oído a un niño diciendo aquellas cosas, ni mirando de aquella manera. Fue un alivio que se marchara de casa. ¿Qué habrá sido de ella en Lowood? Hubo una epidemia y murieron muchas alumnas, creo. Pero ella no. No murió Jane Eyre, aunque yo dije que sí. Yo dije que se había muerto. ¡Ojalá se hubiera muerto!

—Un deseo bastante peregrino, señora Reed. ¿Se puede saber por qué la odia usted tanto?

—Nunca me gustó su madre. Era la única hermana de mi marido y él no veía más que por sus ojos. Se opuso a que la familia la desheredase por culpa de aquella boda tan desigual, y luego, cuando llegó la noticia de su muerte, lloró como un papanatas. No hubo quien le quitara de la cabeza que teníamos que traer a la niña a vivir con nosotros, a pesar de que yo insistí para que le buscara una ama y pagara su manutención. ¡Desde la primera vez que la vi le tomé ojeriza! Era una criatura endeble y quejicosa, toda la noche se la pasaba llorando en la cuna, pero no a gritos como los niños sanos, sino gimoteando sin cesar, un puro lamento. A Reed le daba pena, estaba pendiente de ella y la llenaba de mimos, como si fuera hija suya; bueno, más, le hacía más caso que a sus propios hijos. Y además se empeñaba en que ellos la quisieran, que hicieran buenas migas con aquella intrusa, pero no lo logró; no la tragaban. Y los reñía cuando le hacían algún desaire, se disgustaba muchísimo. Al final, cuando cayó tan enfermo, no dejaba de pedir que se la llevaran a la cama, y una hora antes de entregar su último suspiro me hizo jurar que Jane se quedaría en casa. Hubiera preferido cargar con un niño hospiciano, pero Reed… estaba tan débil. Bueno, era débil por naturaleza. John, afortunadamente, no se parece en nada a su padre, se parece a mí, y a mis hermanos, no puede negar que es un Gibson puro. ¡Ay! ¡Ojalá dejara de atormentarme! No para de escribirme cartas pidiéndome dinero. Y yo dinero ya no tengo, nos estamos arruinando. Tengo que despedir a la mitad del servicio y cerrar una parte de la casa, o alquilarla, no sé. No logro hacerme a la idea, pero ¿qué remedio queda? Dos tercios de las rentas se me van en pagar el interés de la hipoteca. John es un jugador impenitente, y además, el pobre, tiene mala suerte, no gana nunca. Le persiguen los truhanes, no le dan tregua, pobre John, se está hundiendo en la miseria, tiene un aspecto horrible, casi me da vergüenza verlo.

Se estaba excitando cada vez más.

—Creo que será mejor que me vaya —le dije a Bessie, que estaba en pie al otro lado de la cama.

—Sí, tal vez. Aunque ella por las tardes siempre se pone así. Las mañanas las pasa más tranquila.

Me levanté para marcharme.

—¡No te vayas! —dijo la señora Reed—. Hay otra cosa que deseo decir. Me amenaza, siempre me está amenazando, unas veces con que me va a matar y otras con que se va a matar él, muchas veces sueño que lo veo muerto con una herida en el cuello o con la cara amoratada que se le ha hinchado mucho. No puedo más, son demasiados conflictos. ¿Qué va a ser de nosotros? ¿De dónde voy a sacar el dinero?

Bessie trató de convencerla para que se tomase un jarabe sedante; se resistía pero al fin lo tomó. Al poco rato empezó a apaciguarse y cayó en una especie de modorra. En ese momento abandoné la habitación.

Transcurrieron más de diez días hasta que pude volver a hablar con ella, porque siempre estaba delirando o aletargada, y el médico había prohibido todo lo que pudiera alterarla en demasía. En el entretanto me llevaba lo mejor posible con mis primas. Al principio estuvieron frías como el hielo conmigo. Eliza se pasaba casi todo el día sentada, cosiendo, escribiendo o entregada a la lectura, y a su hermana y a mí casi no nos dirigía la palabra. Georgiana se dedicaba sin cesar a decirle ñoñerías a su canario y a mí no me hacía ni caso. Pero yo estaba decidida a no caer en el tedio ni en la inactividad. Había tenido la previsión de traer mis útiles de dibujo y lo pasaba muy bien pintando.

Solía sentarme lejos de ellas junto a la ventana con mis lápices y mis láminas de dibujo y me ponía a perfilar fantásticas viñetas que se me cruzaban momentáneamente configurándose en el caleidoscopio variable de mi imaginación: una visión del mar saltando entre dos rocas, la luna en cuarto creciente al fondo de un barco que irrumpía contra su disco blanco, un grupo de juncos y espadañas con una cabeza de ondina asomando entre ellos coronada de flores, un elfo sentado en un nido de gorriones con una orla de espinos.

Una mañana me puse a esbozar un rostro, sin pensar de antemano en qué tipo de rostro me iba a salir. No me importaba, cogí un lápiz negro blando, lo afilé bien y me puse a la tarea. Poco después había aparecido sobre el papel una frente ancha y algo abultada y bajo ella la silueta de una cara cuadrada; me gustó aquel contorno y mis dedos ágiles se afanaron por irlo llenando de los rasgos pertinentes. Hacían falta unas cejas bien trazadas limitando aquella frente, y debajo, como es natural, una nariz bien perfilada que resultó recta y rematada por anchas aletas; luego la boca flexible, de labios nada finos, y la barbilla enérgica con una hendidura bien marcada en medio. Faltaban, claro, unas patillas negras y el pelo de azabache ondulando las sienes y con algún mechón cayéndole sobre la frente. Y ahora los ojos. Los había dejado para lo último porque requerían un esmero especial. Los dibujé grandes y bien delineados de pupila reluciente, sombreados por pestañas largas y oscuras.

«¡Pero no acaban de estar bien! —me dije—. Les falta energía y alma». Y me afané en intensificar las sombras para que la luz de la mirada adquiriera, por contraste, mayor fulgor. Con un par de toques acertados lo logré. Ya estaba. Tenía delante de los ojos un rostro amigo. ¿Qué me podría importar que aquellas damiselas me volvieran la espalda? Contemplé el dibujo sonriendo, absorta y maravillada ante el parecido. Estaba muy contenta.

—¿Es el retrato de alguna persona a quien conoces? —me preguntó Eliza, que se había acercado sin que yo lo notase.

Le dije que no, que era una cabeza imaginada. Y me apresuré a meter el dibujo entre las otras láminas. Le había mentido, claro está, porque era una reproducción bastante fiel del rostro del señor Rochester. ¿Pero qué le importaba eso a ella ni a nadie? Era cosa exclusivamente mía. Georgiana también se acercó a fisgar. Le gustaron mucho los demás dibujos, pero aquella cara le pareció la de un hombre feo. A ambas hermanas las sorprendió mi destreza para el dibujo. Luego Georgiana me enseñó su álbum y yo me ofrecí a pintarle en él alguna acuarela, y le cambió tanto el humor que me propuso dar una vuelta por el jardín. A las dos horas ya estábamos metidas en una conversación confidencial. Me contó con todo detalle el invierno tan maravilloso que había pasado en Londres dos temporadas atrás, el éxito que había tenido, las atenciones de que había sido objeto, incluso me dio a entender que había conquistado a un aristócrata. Al principio solo me lo insinuó de pasada, pero a lo largo de la tarde la insinuación pasó a mayores y me describió escenas amorosas y dulces coloquios. Total, que acabó improvisando para mí una novela a la moda donde se escenificaba la vida de la corte. En los días que siguieron fue ampliando detalles e informes sobre aquel tema invariable: siempre se trataba de sí misma, de sus amoríos y sus pesares. Me extrañaba que ni una sola vez aludiera a la enfermedad de su madre o a la muerte de su hermano, así como tampoco a la sombría perspectiva abierta por la inminente ruina familiar. Su pensamiento parecía estar entregado por entero al repaso de alegrías ya vividas y a imaginar nuevas diversiones. Subía unos cinco minutos al día a visitar a su madre, y eso era todo.

Eliza seguía siendo parca en palabras. Se conoce que no le quedaba tiempo para hablar. Nunca en mi vida he visto a una persona más atareada de lo que ella aparentaba estar. Pero era difícil saber en qué se le iba el tiempo o descubrir los resultados concretos de su quehacer. El timbre de su despertador la avisaba muy temprano y enseguida saltaba de la cama. No sé en qué trajinaría antes del desayuno, pero luego repartía su tiempo en porciones exactas, a cada cual le asignaba un cometido. Tres veces al día se embebía en la lectura de un librito que resultó ser un devocionario vulgar y corriente. Una vez le pregunté que en qué residía el encanto de aquel tomo y me contestó que en «las normas». Otras tres horas las dedicaba a bordar en oro las extremidades de una pieza de tela carmesí, tan grande como una alfombra. Como respuesta a mi pregunta sobre la utilidad de aquella labor, me dijo que era para cubrir el altar de una iglesia nueva recién construida en las cercanías de Gateshead. A escribir su diario dedicaba dos horas, otras dos a trabajar en el huerto y una a poner al día sus cuentas. No parecía echar de menos ni la compañía ni la conversación y creo que era feliz a su manera, que aquella rutina colmaba sus aspiraciones; nada la perturbaba tanto como verse obligada a cambiar, a causa de algún incidente inesperado, la regularidad de sus horarios.

Una tarde, en que se mostró mejor dispuesta que de costumbre a comunicarse conmigo, me estuvo contando que la conducta de John y los amagos de ruina familiar la habían tenido algún tiempo sumida en la aflicción. Pero que ya se había hecho a la idea y había tomado —dijo— una firme determinación. En primer lugar se había preocupado de poner a buen recaudo la parte que a ella le correspondía. Y cuando muriese su madre, que no podía durar mucho —dijo— ni cabía esperar que se pusiera buena, pondría en práctica un proyecto acariciado desde hacía mucho: buscar un retiro donde sus costumbres regularizadas no corriesen peligro de ser alteradas por ninguna perturbación externa y alzar una barrera infranqueable entre ella y las vanidades del mundo. Le pregunté que si se iría allí con Georgiana.

Me respondió tajante que con Georgiana de ninguna manera, que no tenían nada en común ni lo habían tenido nunca y que ni por todo el oro del mundo se echaría encima el fardo de semejante compañía. Que Georgiana se abriese camino por su cuenta, y que ella, Eliza, seguiría sola el que se había marcado.

Georgiana, cuando no me tomaba por confidente para desahogarse, se pasaba las horas muertas tirada en un sofá, quejándose de lo aburrida que era aquella casa y ardiendo en ansias de que su tía Gibson la invitase a pasar unos días con ella a la ciudad, anhelo que expresaba reiteradamente. Sería mucho mejor —decía— quitarse de en medio por un mes o dos, hasta que todo hubiera pasado. No le quise ir tras la pregunta, pero supe que con aquel «cuando todo haya pasado» estaba aludiendo a la inminente muerte de su madre y a la correspondiente secuela de siniestros y funerales ritos. Eliza escuchaba las quejas de su apoltronada y gruñona hermana como quien oye llover. Ni la miraba siquiera.

Pero una tarde, de pronto, al acabar de revisar sus cuentas y mientras estaba preparando su labor de bordado, se dirigió a ella en los siguientes términos:

—Yo no creo, Georgiana, que haya existido nunca sobre la faz de la tierra un animal más inútil y absurdo que tú. No tenías derecho a haber nacido porque la vida no la usas para nada. En vez de vivir contigo, de ti y para ti misma, como hacen las personas sensatas, solo buscas ansiosamente unas espaldas fuertes para cargar sobre ellas tu flaqueza. Y si no encuentras a nadie dispuesto a llevar a cuestas un bulto tan gordo, tan lánguido, tan inservible y fofo, te quejas de que te tratan mal, pobrecita, y de que prescinden de ti. La vida para ti o es un escenario en mutación perpetua de decorados y emociones o la consideras un calabozo. Te tienes que sentir continuamente cortejada, rodeada de música, baile y gente que te cubra de lisonjas, porque si no te sientes morir como una flor marchita. ¿No eres capaz de aguzar el ingenio para inventar un método que te haga independiente de cualquier esfuerzo y determinación que no sean los tuyos? Toma un día, divídelo en porciones y asígnale una tarea distinta a cada una. No dejes ni un cuarto de hora ni diez minutos ni cinco sueltos en manos del ocio, inclúyelos todos. Cumple cada cometido a su tiempo con precisión metódica. El día habrá acabado antes de que llegues a darte cuenta de que empezó, y no tendrás que agradecerle a nadie que te ayudara a llenar un minuto; no necesitarás implorar la compañía de nadie, ni su charla, ni su simpatía ni su clemencia. Si sigues mis consejos, los primeros y los últimos que te pienso dar en mi vida, podrás prescindir de mí y de todo el mundo, te vayan las cosas como te vayan. Pero si no haces caso de ellos, seguirás toda la vida igual, holgazaneando, mendigando ayuda, quejándote de todo, y no tendrás más remedio que sufrir las consecuencias de tu insensatez por duras que sean. Te lo digo sin rodeos, y escúchame bien porque no te lo volveré a repetir: cuando muera mamá —y mi decisión es irrevocable— me desentenderé totalmente de ti; desde el momento en que metan su ataúd en la cripta de la iglesia de Gateshead, tú y yo nos convertiremos en dos desconocidas; para mí será como si nunca te hubiera visto. No te vayas a creer que por haber nacido de los mismos padres, voy a soportar que te agarres a mí haciéndote la víctima en nombre de los más fútiles pretextos. Te diré una cosa: si toda la humanidad fuese barrida de la tierra, dejándonos únicamente a salvo a nosotras dos, puedes estar segura de que te dejaría en el viejo mundo, y yo tomaría el camino del nuevo.

Estas fueron sus últimas palabras.

—Podrías haberte ahorrado toda esa retahíla —contestó Georgiana—. Todo el mundo sabe que eres la criatura más egoísta e inhumana del mundo, y me has dado pruebas del odio y el rencor que abrigas contra mí. Acuérdate de la faena que me hiciste cuando lo de lord Edwin Vere; no pudiste aguantar la idea de que adquiriera un título y accediera a un rango superior al tuyo, ni que fuera recibida en círculos donde tú ni te atreverías a asomar la cara. Por eso me espiaste y calumniaste y hasta que lograste desbaratar mis planes no te quedaste tranquila.

Georgiana sacó el pañuelo y se estuvo sonando durante un rato largo. Eliza se quedó sentada tranquila e impávida, tenazmente entregada a su labor.

Los sentimientos auténticos y generosos no suelen ser tomados en consideración, pero allí se me estaban presentando dos caracteres en pugna, el uno con todos sus sentimientos convertidos en pura hiel y el otro lamentablemente insípido por la carencia de sentimiento alguno. Las emociones desprovistas de sensatez se convierten en algo anodino, esa es la verdad, pero tampoco el sentido común a secas resulta un bocado dulce ni fácil de tragar para el paladar humano.

Era una tarde de lluvia y soplaba el viento. Georgiana se había quedado adormilada sobre un sofá leyendo una novela. Eliza había salido para asistir en la nueva iglesia a una novena celebrada en honor de no sé qué santo. Era implacable en el cumplimiento de sus deberes religiosos, y no había accidente meteorológico por adverso que fuera capaz de impedirle cumplir escrupulosamente con lo que ella consideraba su obligación. Hiciera el tiempo que hiciera, los domingos iba tres veces a la iglesia, y los días de diario siempre que había algún acto religioso.

Yo tenía pensado subir a ver cómo se encontraba la moribunda, a quien todos, incluso los criados, parecían haber olvidado por completo. Ni siquiera la enfermera contratada para cuidarla le hacía mucho caso y, en vista de que no la vigilaba nadie, se escurría de la habitación al menor descuido. Bessie, aunque seguía siendo muy fiel, no podía venir a casa siempre que quería porque tenía que atender a su propia familia.

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