Jane Eyre (ed. Alba)
Segunda parte » Capítulo VI
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No había nadie con la enferma cuando entré en su dormitorio. La enfermera, como ya me había imaginado, brillaba por su ausencia y la señora Reed estaba hundida entre las almohadas, quieta, con el rostro lívido y, al parecer dormida. El fuego se estaba consumiendo en la chimenea.
Eché más carbón, estiré las ropas de la cama, me quedé un rato contemplando a quien no podía contemplarme a mí y luego me acerqué a mirar por la ventana. La lluvia batía fuertemente contra los cristales y el viento soplaba tempestuoso. «Ahí yace una criatura —pensé— que no tardará en estar por encima de la guerra desencadenada por los elementos terrenales. ¿Hacia dónde volará su alma, que se debate encerrada en esta morada provisional, cuando al fin se haya liberado de sus barrotes?».
Al pensar en tan profundo misterio, se me vino a las mientes Helen Burns y me acordé de sus palabras finales, de su fe y de su teoría sobre las almas desenfundadas del cuerpo. Volví a oír dentro de mí su voz todavía familiar y me parecía estarla viendo con su aspecto evanescente, su rostro pálido y demacrado y aquella mirada sublime cuando me susurraba, en su lecho de muerte, las ansias por ser devuelta al seno de su Padre eterno. En ese momento, una voz débil que llegaba de la cama preguntó a mis espaldas:
—¿Quién está ahí?
Me habían dicho que la señora Reed llevaba varios días sin pronunciar palabra. ¿Sería que estaba empezando a recuperarse? Me acerqué a ella.
—Soy yo, tía Reed.
Me miró con asombro y algo de susto, pero no parecía estar en trance de delirio.
—¿Cómo «yo»? —dijo—. ¿Usted quién es? ¿Dónde está Bessie? Usted es una extraña para mí.
—Bessie está en la portería, tía Reed.
—¿Tía? ¿Quién me llama así? No eres una Gibson, pero creo conocerte. Me suena tu cara, esos ojos, esa frente… Me recuerdas a… sí, sí, ¡a Jane Eyre! —No dije nada. Temía que si confirmaba mi identidad, su excitación pudiera ir en aumento—. Pero no —dijo—. Creo que me confundo, que me engaña el deseo. Tenía ganas de ver a Jane Eyre y encuentro parecidos donde no los hay. Además han pasado ocho años, ella tiene que estar muy cambiada.
Le aseguré en tono dulce y amable que no se equivocaba, que yo era quien había supuesto, la misma persona por cuya presencia suspiraba. Y como me di cuenta de que lo había entendido y de que no tenía la cabeza perdida, le conté que Bessie había mandado a su marido a buscarme a Thornfield.
—Sé muy bien lo enferma que estoy —dijo al cabo de un rato—, hace un momento traté de darme la vuelta y no fui capaz de mover ningún miembro de mi cuerpo. Tengo que descargar mi conciencia antes de morir. Hay asuntos pendientes que vamos dejando a un lado mientras hay salud, pero que nos agobian cuando llega este trance. ¿Está ahí la enfermera, o no hay nadie en el cuarto más que tú?
Le aseguré que estábamos las dos solas.
—Bueno, pues me he portado mal contigo en dos ocasiones, y de las dos me arrepiento. La primera al romper la promesa que le hice a mi marido de que te trataría como a una hija más, y la otra… —Se detuvo en seco y musitó en voz baja, como para sí—: Tampoco es para tanto, después de todo. Igual me pongo buena. ¡Me cuesta tanto humillarme ante ella!…
Hizo un esfuerzo por cambiar de postura, y no podía. La expresión de su rostro se alteró. Parecía presa de alguna turbación interna, tal vez heraldo de su agonía.
—Tengo que hacerlo —siguió murmurando—, se lo tengo que decir. Le estoy viendo la cara a la Eternidad…
Y luego, dirigiéndose a mí:
—Vete a mi tocador, lo abres y sacas una carta que encontrarás allí.
Obedecí sus consignas.
—Lee la carta —me ordenó luego.
Era corta y decía así:
Señora, ¿tendría usted la amabilidad de enviarme las señas de mi sobrina Jane Eyre y de decirme cómo se encuentra? Tengo intención de ponerme en contacto con ella lo antes posible y pedirle que se venga a vivir conmigo a Madeira. El cielo ha atendido mis preces de alcanzar por fin una situación desahogada y, como estoy soltero y no tengo hijos, he decidido adoptar a Jane durante el resto de mis días y declararla mi única heredera cuando llegue la hora de la muerte.
Queda de usted afmo., seguro servidor
JOHN EYRE, Madeira
La carta estaba fechada hacía tres años.
—¿Por qué no he tenido hasta hoy noticia de esto? —pregunté.
—Porque te tenía una aversión tan arraigada e intensa que me negué a mover un solo dedo para ayudarte a hallar la prosperidad. Nunca he podido olvidar tu conducta, ni el tono en que una vez me dijiste que me odiabas más que a nadie en este mundo, mirándome a la cara, afirmando con una voz impropia de una niña que te había tratado de forma miserable y que solo de pensar en mí te ponías enferma. Tampoco he olvidado mis propias sensaciones al recibir el veneno que atiborraba tu cabeza y echabas por la boca. Me hiciste sentir miedo, como ante un animal maltratado que se revolviera y estuviera maldiciendo con voz y mirada humanas. ¡Tráeme agua, aprisa, me ahogo!
—No piense más en eso, querida señora Reed —le dije, mientras acercaba a sus labios la bebida—, aléjelo de su pensamiento. Le pido perdón por aquel brote de genio, era una niña, han pasado ocho o nueve años desde aquel día.
No atendía a mis palabras. Una vez que, tras beber el agua, hubo recuperado el aliento, prosiguió hablando así:
—No he podido olvidarlo, te lo digo, y también te confieso que me vengué de ti. No podía soportar la idea de que te adoptara tu tío y te ofreciera una situación de desahogo y bienestar. Le contesté y le dije que sentía darle un disgusto, pero que Jane Eyre, su sobrina, había muerto en Lowood víctima de una epidemia de tifus. A partir de ahora, puedes actuar como te plazca, eres libre de escribirle para desautorizar mis palabras y para dejarme por mentirosa. Mañana mismo, si quieres. Naciste, Jane, para ser mi tormento, estoy convencida, y hasta mi última hora está envenenada por el remordimiento de una falta que nunca me habría visto obligada a cometer si tú no hubieras existido.
—Pero, tía, olvídelo. Si yo pudiera lograr que me mirase ahora con clemencia y buena voluntad…
—Eres muy retorcida, Jane —dijo ella—, nunca he podido entenderte. Te pasaste nueve años sumida y sin asomos de rebeldía, ¿a qué vino de pronto aquel estallido de fuego y violencia?, no me entra en la cabeza.
—No soy tan retorcida ni tan mala como usted cree; soy apasionada, pero no rencorosa. Muchas veces, cuando era niña, me habría hecho feliz poder quererla, pero usted no se dejaba. Y también ahora, estoy deseando con toda mi alma que hagamos las paces. Deme un beso, tía.
Acerqué mi mejilla a sus labios, pero se negó a rozarla siquiera. Dijo que la estaba aplastando al inclinarme tanto encima de ella, y me volvió a pedir agua. La sujeté por detrás mientras bebía, y al devolverla luego a su posición supina, puse mi mano sobre la suya viscosa y helada. Los dedos casi inertes rehuyeron, no obstante, mi contacto, y los ojos vidriosos esquivaron los míos.
—Quiérame, o aborrézcame, a su gusto lo dejo —dije por fin—. Pero sepa que yo la he perdonado de todo corazón y sin reservas; pídale a Dios que Él haga lo mismo, y descanse en paz.
¡Pobre desgraciada! Era demasiado tarde para que pudiera cambiar radicalmente sus prejuicios, era inútil pedirle ese esfuerzo. Me había odiado en vida y moría odiándome.
La enfermera entró, seguida por Bessie. Me demoré en el cuarto aún media hora con la esperanza de vislumbrar alguna señal de reconciliación, que no se produjo. De manera fulminante cayó en un estado de inconsciencia del que ya no volvió a salir.
Murió aquella misma noche a las doce. No estaba yo allí para cerrarle los ojos, ni tampoco ninguna de sus hijas. A la mañana siguiente nos enteramos de que todo se había terminado. Ya estaba amortajada cuando Eliza y yo entramos a verla. Georgiana, que había estallado en lágrimas y sonoros sollozos, manifestó que no se sentía con fuerzas para subir. Allí estaba tendido, tieso e inmóvil, el cuerpo antaño robusto y activo de Sarah Reed. Sus ojos de pedernal estaban cubiertos por los fríos párpados. La frente y los acusados rasgos del rostro conservaban aún la huella de su espíritu implacable. Aquel cadáver se ofrecía ante mis ojos como un objeto anormal y solemne. Lo contemplé con pena. No inspiraba ningún sentimiento dulce, misericordioso o esperanzador, no emanaba quietud. Ante semejante imagen, solamente una sombría congoja que no movía a llanto me hacía pensar en su desventurado paso por la vida, pero aquella terrible muerte yo no la sentía como una pérdida.
Eliza miraba sin alterarse el cuerpo inerte de su madre. Tras un breve silencio, comentó:
—Con una salud y una naturaleza como las suyas, podría haber vivido muchos años más. La mataron los disgustos.
Le dio una especie de calambre y durante unos instantes se le torció la boca, pero se le pasó enseguida. Luego dio media vuelta y abandonó la alcoba mortuoria. Yo la seguí. Ninguna de las dos habíamos derramado una sola lágrima.