Jane Eyre (ed. Alba)
Segunda parte » Capítulo VII
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Capítulo VII
El señor Rochester me había concedido solamente una semana de permiso, pero entre unas cosas y otras me pasé un mes en Gateshead. Yo quería haberme marchado inmediatamente después del funeral, pero Georgiana me suplicó, por favor, que me quedara hasta que pudiera salir para Londres. Por fin el señor Gibson, un hermano de su madre que vino al entierro y a aclarar algunos papeleos de familia, la había invitado, y ella tenía que preparar la marcha. Pero me dijo que le horrorizaba la idea de quedarse aquellos días sola con Eliza, de quien no recibía ni compasión ni ánimos y mucho menos podía esperar que la ayudase a organizar su viaje. Fui todo lo comprensiva que pude con su insustancial desaliento y egoístas quejumbres, procuré remediar sus desperfectos de costura y darle consejos con relación al equipaje. Bien es verdad que a veces, mirándola haraganear mientras yo trabajaba, pensaba para mí: «Desde luego, prima, como nos viéramos forzadas a convivir siempre, las cosas no iban a ser así. No creas que iba a aguantar con santa paciencia un perpetuo papel de víctima, a ti te tocaría una parte del trabajo y tendrías que desempeñarla por las buenas o se quedaría sin hacer. Tampoco te consentiría esa exhibición constante de lloriqueos de pacotilla; si ahora me ves sumisa y complaciente es por respeto al luto reciente y porque se trata de un favor provisional».
Por fin se marchó Georgiana, pero quedaba Eliza. Y entonces fue ella quien me pidió que me quedara una semana más. Me dijo que sus proyectos iban a absorberle todo su tiempo y requerir una especial concentración, porque se trataba del viaje hacia una meta desconocida. Se pasaba todo el día encerrada con llave en su cuarto sin hablar con nadie, revisando cajones y quemando papeles. A mí me necesitaba para ocuparme de la casa, contestar a las cartas de pésame y recibir a las visitas.
Por fin una mañana me comunicó que ya podía irme donde quisiera.
—Y te estoy muy agradecida —añadió— por tu valiosa ayuda y por tu gran discreción. ¡Qué distinto es vivir con Georgiana a vivir con una persona como tú! Tú cumples con tu cometido en la vida y no supones una carga para nadie. Mañana salgo para el continente. He buscado refugio en una especie de convento cerca de Lisle, donde espero encontrar la paz y no ser molestada por nadie. Pienso dedicarme durante un largo periodo al estudio de los dogmas católicos y a la puesta en práctica de sus reglas. Si saco en consecuencia, como espero, que se trata de la religión más adecuada para que el mundo se encauce hacia la honradez y el orden, abrazaré el credo de Roma y seguramente tomaré el hábito.
No manifesté el menor asombro ante aquella determinación de mi prima, ni se me ocurrió disuadirla de sus propósitos. «¡Que te aproveche! —pensé—. La vocación te va como anillo al dedo».
Al despedirnos, me dijo:
—Adiós, prima Jane, te deseo lo mejor. Eres una persona con sentido común.
—Tampoco a ti te falta, Eliza —contesté—, pero, según parece, de aquí a un año vas a emparedarlo vivo entre los muros de un convento francés. Claro que no es asunto mío, y si crees que te conviene, allá tú. Cada cual lo que le guste.
—Tienes razón —dijo.
Y tras aquellas palabras, cada una siguió su camino. Como no tendré ocasión de volver a referirme ni a ella ni a su hermana, diré ahora para terminar que Georgiana hizo una buena boda con un señor rico y de buen ver, aunque ya algo maduro, y que Eliza llegó a tomar el hábito y hoy está de madre superiora en el convento donde entró como novicia y al que legó todos sus bienes.
No sabía, porque era una sensación que nunca había experimentado, qué emociones nos depara el volver a casa después de una ausencia larga o corta. Conocía lo que era volver después de un paseo a Gateshead, siendo niña, y exponerme a que me riñeran por haber cogido frío o por estar triste. Y también aquellos regresos a Lowood añorando una comida abundante y un buen fuego, aunque con pocas probabilidades de conseguir ni una cosa ni otra. Ninguna de estas vueltas a casa habían dejado una huella grata en mi recuerdo; el lugar concreto no me atraía como un imán, aumentando su querencia cuanto más me aproximaba. Y es que nunca había probado lo que era regresar a Thornfield.
El viaje se me hizo tedioso, insoportablemente tedioso: cincuenta millas el primer día, una noche de albergue en una posada, y otras cincuenta millas al día siguiente. Durante las primeras horas la imagen de la señora Reed ocupó por completo mis pensamientos; volvía a ver su rostro descolorido e irreconocible y a oír su voz, tan extrañamente desfigurada. Revivía el momento del entierro, el ataúd, la carroza fúnebre, aquella oscura comitiva de colonos y criados —porque familiares pocos vinieron—, la tumba abierta y los solemnes oficios religiosos en la iglesia presidida por el silencio. También me acordaba de Eliza y de Georgiana, me parecía ver a la segunda brillando como una estrella en un salón de baile, y a la primera retirada en la celda de un convento; pensaba en sus temperamentos tan opuestos y analizaba la forma diferente que tenía cada una de enfrentarse a la vida.
Pero la llegada por la tarde a la ciudad de… aventó estos pensamientos y la noche les hizo tomar un derrotero muy distinto. Tumbada en la cama de aquella posada, que constituyó un alto en el camino de mi viaje, olvidé el pasado para pensar en el futuro. Volvía a Thornfield, pero ¿por cuánto tiempo iba a seguir viviendo allí? No mucho, eso era evidente. Durante mi ausencia había tenido una carta de la señora Fairfax y me contaba que ya se habían ido los invitados, que el señor Rochester llevaba en Londres varias semanas, pero que se esperaba su regreso al cabo de quince días. La señora Fairfax suponía que aquel viaje guardaba relación con los preparativos de su boda, porque había hablado de comprar un carruaje nuevo. Decía también que ella todavía no se había acostumbrado a la idea de ver como señora Rochester a la señorita Ingram, pero que por lo que todo el mundo comentaba y por lo que ella misma había visto, era probable que no tardaran mucho en casarse. Y yo, cuando leí aquello, pensé para mis adentros: «Muy incrédula tiene que ser usted para dudarlo. Yo no lo pongo en duda».
La cuestión que se me presentaba ahora era la de qué iba a ser de mi vida. Me pasé toda la noche soñando con la señorita Ingram. Ya por la madrugada la vi claramente cerrándome en la cara las puertas de Thornfield y señalando a lo lejos con el dedo, mientras el señor Rochester nos miraba con los brazos cruzados y una sonrisa sarcástica que tanto podía estar dedicada a ella como a mí.
No había avisado a la señora Fairfax de la fecha de mi regreso, porque no quería que se molestaran en mandarme un coche ni a nadie a buscarme a Millcote. Tenía decidido hacer el camino yo sola dándome un paseo, así que dejé el equipaje al cuidado de un mozo de la posada George Inn y a las seis de una tarde de junio emprendí el camino a Thornfield por aquella vieja carretera que discurría durante casi todo el trayecto entre campos y que a aquellas horas estaba poco transitada.
Hacía buen tiempo, aunque no era una tarde de esas brillantes y espléndidas que nos regala el verano. El cielo, a pesar de que estaba nublado, auguraba buenos pronósticos. Los trozos azules que se veían eran de un tono claro entreverado por hebras delgadas de nubes en lo más alto. Había gente en el campo amontonando heno, por Poniente no amenazaba lluvia sino calor; era como si tras una mampara de vapor marmóreo se escondiese un altar de fuego encendido cuyos fulgores dorados y rojizos se colasen a través de sus rendijas.
Notaba el corazón rebosante de contento a medida que avanzaba por el camino, tanto que me extrañó y me paré a preguntarme por el motivo de mi alegría y para recordarme a mí misma que no estaba dirigiéndome a mi casa ni a un refugio permanente, ni siquiera a un lugar donde estuviese segura que se esperara con ansia mi vuelta. «La señora Fairfax —me dije— te va a recibir desde luego con una sonrisa cariñosa, y Adèle pegará brincos y batirá palmas cuando te vea llegar; pero sabes muy bien que no estás pensando en ellas, como tampoco está pensando en ti esa otra persona».
Pero ¿hay algo más testarudo que la juventud, ni más ciego que la inconsciencia? Y tanto la una como la otra me aseguraban que el placer de volver a encontrarme con el señor Rochester ya era bastante alegría de por sí, incluso aunque no me mirase ni me dirigiese la palabra. «¡Venga, date prisa! ¡Aprovecha para estar con él todo el tiempo que puedas, porque son pocos los días o semanas que os quedan de convivencia, y luego tendréis que separaros para siempre!». Al pensar esto tuve que estrangular un brote de angustia, algo informe que no podía permitirme el lujo de aceptar, algo a lo que no quería dar pábulo. Aceleré el paso y seguí mi camino.
En las praderas de Thornfield también están recogiendo la hierba; mejor dicho, los jornaleros han dado de mano y justo cuando yo llego se disponen a volver a casa cada cual con su hatillo al hombro. Me quedan solo una o dos parcelas por atravesar, luego cruzaré el camino y estaré ante la verja. ¡Qué cargados de rosas están los arbustos! Pero no tengo tiempo de pararme a cortar alguna, porque quiero llegar pronto. Paso bajo un alto zarzal en flor como bajo una bóveda frondosa moteada de blanco en mitad del sendero, ya veo el angosto portillo con sus escalones de piedra y ¿qué más veo?… Veo al señor Rochester sentado ahí con un libro y un lápiz. Está escribiendo.
No, no es un fantasma. Y sin embargo los nervios se me han desbocado de repente y no soy capaz de sujetarlos por las riendas. ¿Qué me está pasando? No creí que iba a temblar así cuando volviera a verlo, ni a quedarme muda y paralizada ante su mera presencia. Me daré la vuelta en cuanto pueda moverme, no quiero hacer el ridículo. Hay otro camino para entrar en la casa, y yo lo conozco. Pero daría igual que conociera veinte, porque él ya me ha visto.
—¡Hola! —exclama apartando el libro y soltando el lápiz—. ¡Así que ya está de vuelta! Pase, pase, por favor.
Creo que avanzo hacia él, aunque no sé cómo, porque casi no soy dueña de lo que hago, y lo único que me importa es que no se note; aparentar normalidad y sobre todo controlar mis gestos, que siento rebelarse indómitos a mi voluntad y luchando por dejar traslucir lo que yo me esfuerzo por disimular. Pero tengo un velo, lo he bajado, a ver cómo me las arreglo para comportarme como es debido.
—¡De manera que aquí tenemos de nuevo a Jane Eyre! ¿Y viene a pie desde Millcote…? Pero bueno, ¡qué pregunta! Una de sus especialidades es no pedir ningún coche para poder llegar taconeando por campos y caminos como cualquier mortal, aunque no lo es, sino una aparición que se nos mete en casa a la puesta de sol; así cae, igual que un sueño o una sombra. ¿Y se puede saber qué diablos ha estado haciendo usted durante un mes entero?
—He estado acompañando a mi tía, señor, a mi tía que en paz descanse.
—¡Una respuesta muy «a lo Jane», como era de esperar! ¡Guardadme, oh, ángeles, porque ella es de otro mundo, del más allá donde moran los muertos que descansan en paz! ¿Y tienen el valor de saludarme así, viéndome solo y con la noche a punto de caer? Si me atreviera, alargaría la mano para comprobar si es usted de carne y hueso o la sombra de un hada. Pero antes me atrevería a palpar un fuego fatuo azul de los que se ven en el pantano. ¡La muy truhana! ¡Mira que dejarme aquí solo un mes! Capaz será de haberme olvidado.
Ya sabía que me iba a gustar mucho volver a ver a mi amo, aunque amenguado ese placer por la amenaza de perderlo pronto y por el recuerdo de lo poco que suponía yo para él. Pero anidaban siempre en el señor Rochester —o a mí me lo parecía— tantos recursos y tan poderosos para regalar felicidad que solo probar las migas que les echaba a los pájaros intrusos como yo ya era asistir a un festín incomparable. Sus últimas palabras habían sido balsámicas, parecían sugerir que no le daba del todo igual que le olvidara o dejara de hacerlo. Y había hablado de Thornfield como si fuera mi casa. ¡Ojalá!
Seguía sentado junto al portillo y no me atrevía a pedirle que me dejara pasar. Le pregunté que si había estado en Londres.
—Sí. Supongo que lo habrá adivinado usted gracias a su sexto sentido.
—No, me lo dijo la señora Fairfax en una carta.
—¿Y le contó lo que había ido a hacer allí?
—Sí, para nadie son un secreto sus propósitos.
—Pues tengo que enseñarle el nuevo carruaje, Jane, para saber si lo encuentra digno de la señora Rochester, y si cree (como yo) que reclinada en esos almohadones de color púrpura puede parecerse a la reina Boadicea. ¡Ojalá hiciéramos mejor pareja, porque yo desmerezco! Y ya que es usted una especie de maga, dígame, ¿no podría inventar un conjuro, suministrarme un bebedizo o hacer algo, en fin, para transformarme en un hombre guapo?
—Eso sobrepasa el poder de cualquier magia, señor.
Y mientras le decía esto, pensaba para mis adentros que el único hechizo que se necesita es el de un ojo enamorado y que él era guapo de sobra, o por lo menos su seriedad destacaba por encima de cualquier tipo de belleza.
No era la primera vez que el señor Rochester, con una penetración incomprensible para mí, leía mis pensamientos ocultos. En aquella ocasión, pareció no haber escuchado mi abrupta respuesta y se me quedó mirando fijamente con aquella sonrisa suya tan peculiar que solo exhibía en momentos también muy especiales. Tal vez la consideraba demasiado preciosa para usarla a diario. Era como el cenit de sus sentimientos, como la luz del sol. Y me la estaba regalando a mí.
—Adelante, Jane —dijo luego, dejándome paso para que atravesara el portillo—. Bienvenida. Suba y descanse sus errabundos y pequeños pies en el hogar de un amigo.
No podía hacer más que lo que hice: obedecerle mansamente, no cabía otro remate a nuestra conversación. Subí los escalones sin pronunciar palabra, y así, en silenciosa calma, había decidido separarme de él. Pero un impulso repentino se apoderó de mí y algo se me trastocó por dentro. Me escuché diciendo algo que surgía de mis labios en contra de mi voluntad, desligado de ella:
—Gracias, señor Rochester, por ser tan bueno conmigo. Me encanta haber vuelto, me parece mentira. Donde esté usted está mi hogar, mi único hogar.
Y eché a andar tan deprisa que ni siquiera él hubiera podido alcanzarme, caso de habérselo propuesto.
Adèle se puso loca de contenta al verme y la señora Fairfax me recibió con su franca amabilidad de siempre. Leah me sonrió y hasta Sophie me deseó bon soir en tono alegre. Daba gusto; no hay en el mundo dicha semejante a la de sentirse bien recibido y arropado por los amigos, notar que te estaban echando de menos y que tu presencia les ha servido de consuelo.
Aquella noche decidí cerrar herméticamente mis ojos al futuro y mis oídos a la voz que me ponía en aviso sobre nuestra inminente despedida y las penas consiguientes. Después de tomar el té, la señora Fairfax cogió su labor de punto, yo tomé asiento en un taburete a su lado y Adèle, de rodillas en la alfombra, se acurrucó contra mí. Una oleada de mutuo cariño parecía cercarnos como un anillo de áurea serenidad; y me puse a rezar para que aquello durase, para que el destino no me llevara nunca muy lejos de allí. En aquel momento, entró en la habitación inesperadamente el señor Rochester y se quedó contemplando con evidente satisfacción aquella escena tan armoniosa. Y cuando le dijo a la señora Fairfax: «Estará usted contenta, porque ya ha recuperado a su hija adoptiva», y añadió que Adèle le parecía «a punto de apabullar a su mamaíta inglesa»[73], me atreví a alimentar la esperanza de que, incluso después de casarse, no quisiera separarnos a la niña y a mí y tal vez nos buscase un refugio donde pudiera venir a visitarnos, para no dejarnos huérfanas de su calor.
Dos semanas de inquietante calma se sucedieron tras mi regreso a Thornfield. Nadie decía una palabra acerca de la boda del amo ni yo atisbaba por parte alguna preparativos para semejante acontecimiento. Casi todos los días le preguntaba a la señora Fairfax que si se había enterado de algo nuevo y siempre me decía que no. Me contó que una vez le había preguntado al señor Rochester que cuándo pensaba contraer matrimonio y que él le había contestado con una broma y la había mirado de esa forma enigmática que ella no sabía cómo interpretar.
A mí lo que más me extrañaba de todo es que nunca fuera a Ingram Park a visitar a su novia. Bien es verdad que estaba a veinte millas de Thornfield, dentro de los límites de otro condado, pero ¿qué podía significar una distancia así para un enamorado fogoso? Y menos tratándose de un jinete consumado e infatigable como el señor Rochester, que con una mañana al galope tenía de sobra para plantarse allí. Empecé a acariciar esperanzas que no tenía derecho a permitirme. ¿Y si hubieran roto? Los rumores que corrieron sobre su compromiso tal vez tuvieran poco fundamento, y también era posible que una de las partes o ambas hubieran cambiado de parecer. Solía acechar atentamente posibles mutaciones en el rostro del señor Rochester, por si descubría en él huellas de ira o pesadumbre. Pero nunca recordaba haber visto su expresión tan despejada de nubes y de rencor, tan uniforme, tan serena. Y durante los ratos que pasábamos los dos con Adèle, cuando él me notaba desanimada o pensativa, intensificaba su buen humor. Jamás había requerido con tanta asiduidad mi presencia, nunca me había tratado con tanto afecto.
Y yo, ¡pobre de mí!, nunca le había amado tanto.