Jane Eyre (ed. Alba)
Segunda parte » Capítulo VIII
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Capítulo VIII
Un espléndido verano iluminaba Inglaterra. Cielos tan puros y sol tan radiante pocas veces, por no decir ninguna, conceden asiduamente sus favores a nuestro país azotado por las olas. Era como si una bandada de días italianos, a manera de gloriosas aves migratorias, se hubiera escapado del Sur para venir a posarse en los acantilados de Albión. Ya se había recogido todo el heno y los campos de los alrededores verdeaban tras la siega; los caminos estaban blancos y secos, los árboles daban su mejor sombra y el intenso verdor de bosques y setos frondosos contrastaba con el matiz más claro de las praderas intercaladas, tendidas al sol.
La víspera de San Juan, Adèle se acostó a la puesta de sol, cansada de haber estado casi todo el día fuera, recogiendo fresas por la zona de Hay Lane. Me quedé con ella hasta que cayó dormida y luego salí al jardín.
Era la hora más agradable de todas, cuando la ferviente hoguera del día se ha consumido y el rocío cae sobre las llanuras jadeantes y las abrasadas cumbres. Tras la discreta desaparición del sol, sin pomposa alharaca de nubes, un sobrio matiz cárdeno se extendía por doquier, aunque inflamado en el ápice de una cumbre con fulgor de rubí y llamarada de caldera. Era desde allí desde donde se derramaba luego silenciosa la claridad, difuminándose hasta abarcar la mitad del cielo. También el Este exhibía el encanto de su fina capa azul marino adornada con una joya modesta: el solitario lucero de la tarde, al que pronto subiría a acompañar la luna, aún agazapada tras el horizonte.
Estuve paseando un rato por el empedrado, hasta que un aroma sutil pero perfectamente reconocible —el de un cigarro encendido— me llegó del interior de la casa. Vi que la ventana de la biblioteca estaba entreabierta, y la sospecha de estar siendo vigilada desde allí me impulsó a alejarme y a internarme en el huerto. No había en todo el jardín refugio más seguro ni más paradisíaco, con su profusión de árboles y su estallido de flores. Un alto muro lo separaba del patio por un lado, mientras que por el otro era una hilera de hayas la que hacía las veces de frontera con el gran prado. Al fondo había una valla de poca altitud, la única línea de separación con la solitaria campiña; y un sendero flanqueado por laureles serpenteaba, huerto abajo, hasta allí. Al final, ya cerca de la valla, se erguía un gran castaño centenario rodeado por un banco circular. Era el lugar idóneo para pasear a escondidas de todo el mundo. A medida que iba cayendo el dulce rocío, se espesaba el silencio y se avecinaba la noche, me daba cuenta de que me gustaría quedarme para siempre al abrigo de aquellas sombras.
Y de pronto, cuando, sorteando macizos de flores y árboles frutales, me dirijo a una zona más alta, atraída por la luz de la luna que ha brotado en cuarto creciente, mis pasos se detienen. No es un sonido lo que los alerta, ni el atisbo de ninguna visión, sino aquella fragancia sospechosa de antes. El brezo, el jazmín, los claveles y las rosas llevan ya un buen rato dedicados al ritual vespertino de incensar el aire; pero este súbito aroma no brota de arbusto ni de flor, sino del cigarro encendido del señor Rochester, lo conozco muy bien. Miro a mi alrededor y aguzo el oído. Veo los árboles desbordantes de fruta, me llega el canto de un ruiseñor desde el bosque, a media milla de distancia; no se divisa ninguna silueta en movimiento ni se percibe rumor de pasos, pero el olor aumenta, tengo que huir. Me dirijo hacia una portezuela escondida en la espesura y veo que el señor Rochester está entrando por ella. Vuelvo sobre mis pasos y me escondo en un hueco tapizado de yedra. Seguramente no se quedará mucho rato, se marchará por donde ha venido, y si no me muevo no me descubrirá.
Pero no se va. Sin duda está disfrutando igual que yo del anochecer y le atrae el huerto tanto como a mí. Sigue paseando al azar, unas veces apartando las ramas de un grosellero y contemplando sus frutos del tamaño de las ciruelas que también aquí abundan, otras veces cogiendo una cereza en sazón del árbol que crece junto al muro, o inclinándose sobre un macizo de flores tan pronto para olerlas como para escudriñar las gotas que el rocío dejó sobre sus pétalos. Una gran mariposa nocturna, que estaba revoloteando en torno a mí, se ha posado ahora en una planta a los pies del señor Rochester. La ha visto y se agacha para examinarla.
«Ahora me está dando la espalda, y además distraído. Si me voy de puntillas, seguro que ni se entera».
Eso fue lo que pensé y decidí también escabullirme pisando sobre trozos de turba para que el crujido de las piedrecitas del camino no me delatase. Él estaba de pie entre los parterres, a una o dos yardas de distancia del sitio por donde yo iba a pasar y aparentemente embebido en la contemplación de la mariposa; estaba segura de lograr mi intento. Pero al cruzarme con la alargada sombra que se proyectaba a sus espaldas, contorneada por la luz de la luna en lento ascenso, dijo sin volverse y en voz queda:
—Jane, venga a ver a esta compañera.
No había hecho ruido ni él tenía ojos en la nuca. ¿Entonces es que su sombra era capaz de sentir? Al principio me quedé sobrecogida, pero luego me acerqué.
—Fíjese en sus alas —dijo—, me recuerdan las de ciertos insectos de las Indias Occidentales. No suele verse aquí en Inglaterra un ejemplar nocturno tan grande y llamativo. ¡Vaya por Dios, se ha espantado!
La mariposa, efectivamente, se alejaba volando en espiral, y yo también había iniciado una tímida retirada, pero noté que el señor Rochester me venía siguiendo.
—¿Por qué no vuelve? —me preguntó cuando estaba alcanzando la portezuela—. Es una pena meterse en casa con esta noche tan preciosa. ¿Y quién va a tener ganas de acostarse justo ahora en que el sol al ponerse se cruza con el amanecer de la luna?
Aunque mi lengua suele encontrar casi siempre la respuesta inmediata, otras veces se me paraliza, incapaz de articular una excusa, y ese fallo traicionero se produce además en ocasiones culminantes, cuando más falta harían la palabra y el pretexto adecuados para esquivar una situación de conflicto. No quería quedarme paseando sola a aquellas horas con el señor Rochester por entre las sombras del huerto, pero no se me ocurrió ninguna razón plausible para negarme. Le seguí, pues, rezagando el paso, mientras le daba vueltas a la cabeza obsesionada con la idea de irme. Pero era tan serio y tranquilizador su aspecto que me avergoncé de mi turbación. El mal, si lo había o amenazaba con surgir, parecía tener más que ver con mi imaginación que con las muestras de serenidad y abstracción ofrecidas por la conducta del señor Rochester. Nos metimos por el camino flanqueado de laureles y, cuando estábamos llegando a la valla de abajo, él volvió a romper el silencio.
—¿Verdad, Jane, que ahora en verano se está muy a gusto aquí, en Thornfield?
—Verdad, señor.
—Usted que sabe apreciar con tan buen criterio los encantos de la naturaleza, y que tiene tan vivo el sentido de la adherencia, seguro que le ha tomado ya algo de cariño a esta casa, ¿no?
—Muchísimo cariño, desde luego.
—Y aunque me cuesta trabajo entenderlo, noto que se ha aficionado a tratar con la cabeza de chorlito de Adèle e incluso con la simplona señora Fairfax.
—Sí, señor, las quiero a las dos, a cada cual de una manera.
—¿Y le daría pena separarse de ellas?
—Sí.
—¡Qué le vamos a hacer! —dijo. Luego suspiró y siguió una pausa—. Es ley de vida, Jane —continuó al cabo—. Siempre que ha encontrado uno el lugar que se le antoja ideal para el descanso y el retiro, alguna voz le avisa de que ya ha llegado la hora de ponerse en pie y reemprender camino hacia otra parte, ¡y entonces, adiós paz!
—¿Tengo que reemprender camino hacia otra parte, señor? —pregunté—. ¿Tengo que abandonar Thornfield?
—Me temo que sí, Jane. Siento decírselo, Janet, pero es lo que realmente creo.
Era un golpe muy duro; traté de no sucumbir a él.
—De acuerdo, señor. Estaré lista para cuando llegue la orden de partir.
—Ha llegado. Se la tengo que dar esta misma noche.
—¿Quiere decir que va a casarse, señor?
—E-xac-ta-men-te, jus-ta-men-te —deletreó—. Con su agudeza de siempre, ha dado usted en el clavo.
—¿Pronto?
—Muy pronto, mi…, quiero decir, señorita Eyre. Acuérdese de la primera vez que por mí o por ciertos rumores le llegó la noticia de que pensaba echar en torno a mi cuello de solterón la soga sagrada, ingresar en el bendito recinto del matrimonio y, en una palabra, apretar contra mi pecho a quien, por cierto, no resulta tan fácil de abarcar por su abundancia…, pero eso no hace al caso, uno no puede hartarse de lo bueno, y mi hermosa Blanche derrama tantas excelencias…, pues, bueno, como iba diciendo… Pero, Jane, ¿no me escucha? Supongo que no estará volviendo la cabeza porque piensa encontrar una mariposa como la de antes, ¿o sí?, esa es simplemente una mariquita, «alza el manto y vuela a casa», ¿no lo ve, niña? Intentaba recordarle que fue usted la primera persona en decirme, con la discreción admirable que la caracteriza, con la agudeza, prudencia y modestia propias de quien sabe estar en su lugar de asalariada… pues me dijo que si me casaba con la señorita Ingram, usted y Adèle tenían que marcharse de aquí. Paso por alto la velada difamación que tal sugerencia arroja sobre el carácter de mi amada; es más, cuando esté usted lejos, Janet, procuraré olvidarlo. Me fijaré solamente en la sabiduría que contiene para extraer de ella mi línea de conducta. Adèle será internada en un colegio, y usted, señorita Eyre, no tiene más remedio que buscar otro empleo.
—Sí, señor, pondré un anuncio enseguida, pero en el entretanto supongo que…
Iba a decir «supongo que podré quedarme aquí hasta que encuentre otra guarida», pero me paré en seco. Me di cuenta de que no controlaba la voz y de que sería arriesgado pronunciar una frase tan larga.
—En el plazo aproximado de un mes espero haberme casado —continuó el señor Rochester— y, mientras tanto, yo mismo me ocuparé de buscarle un nuevo empleo y el hospedaje consiguiente.
—Gracias, señor, siento tenerle que ocasionar…
—¡Por favor, no tiene que disculparse de nada! Creo que cuando un empleado ha cumplido con su deber tan bien como usted lo ha hecho, tiene derecho a reclamar de su patrón cualquier ayuda que este le pueda ofrecer, por pequeña que sea. De hecho, ya me he enterado, a través de mi futura suegra, de un trabajo muy adecuado para usted. Se trata de un puesto en Connaught, Irlanda, para encargarse de la educación de cinco niñas, hijas de la señora Dionysius O’Gall de Bitternutt Lodge. Creo que le gustará Irlanda, he oído decir que allí la gente es muy acogedora.
—Ya…, pero está tan lejos, señor.
—Y eso qué más da. ¿Una chica tan sensata como usted va a acobardarse ante un viaje largo?
—No lo digo por el viaje, pero la distancia… ¡tanto mar por medio como una barrera!
—¿Una barrera? ¿Entre qué?
—Entre Irlanda y esto: Inglaterra, Thornfield, y…
—¿Y qué?
—Y usted, señor.
Se me escapó aquello casi sin querer y, como otro pequeño castigo a mi libre albedrío, las lágrimas se escaparon al unísono de mis ojos. Era un llanto callado, capaz aún de disimular el sollozo. La alusión a aquella señora O’Gall y aquel remoto Bitternutt Lodge me heló el corazón. Pero más todavía me lo helaba pensar en todas las mareas, oleajes y montañas de espuma destinadas, al parecer, a agolparse entre mi persona y aquella junto a la cual estaba paseando ahora. Y se intensificaba mi frío al calibrar un océano mucho más violento y tormentoso aún: la fortuna, el rango y los usos sociales que me separaban de alguien a quien amaba irremediablemente y hacia el que toda mi naturaleza tendía.
—Está muy lejos —repetí.
—Es verdad. Y también, Jane, que en cuanto llegue usted a Bitternutt Lodge, en Connaught, no volveremos a vernos, de eso no cabe duda. Yo a Irlanda no voy nunca, me atrae poco ese país. En fin, Jane, hemos sido buenos amigos, ¿verdad?
—Sí, señor.
—Y a los amigos, cuando están a punto de separarse, les gusta pasar juntos el poco tiempo que les queda. Venga, Jane, vamos a hablar media hora tranquilamente de su viaje y de su partida, mientras las estrellas se entregan a su refulgente vida allá en lo alto. Aquí tenemos el gran castaño, con el banco que abarca sus viejas raíces, venga a sentarse aquí. Gocemos esta noche de tan grata quietud, porque es probable que nunca más volvamos a sentarnos juntos aquí. —Se sentó y yo lo hice a su lado—. Es largo, efectivamente, el viaje a Irlanda, Jane, y me da pena tener que someter a mi dulce amiga a tales fatigas, pero si no aparece nada mejor, qué le vamos a hacer. ¿Siente usted que estamos ligados por algo, Jane?
No me atreví a contestar; en aquel momento el corazón se me desbordaba.
—Porque yo sí —continuó—. A mí a veces me embarga una sensación extraña, sobre todo cuando la tengo a usted cerca, como ahora. Me parece como si debajo de la costilla izquierda llevara una cuerda enlazada estrechamente con otra igual situada en la misma zona de su pequeño cuerpo. Y si las turbulentas aguas del canal añadidas a unas doscientas millas de tierra vienen a interponerse entre nosotros, mucho me temo que se rompa esa cuerda que nos une, y en ese caso tengo la exaltada aprensión de que sufriré una hemorragia interna. En cuanto a usted se refiere, seguramente me olvidará.
—Nunca podría, jamás, señor, y usted sabe…
No logré seguir, era imposible.
—¡Escuche, Jane! —dijo él—. ¿No oye a un ruiseñor que está cantando en el bosque? Escuche.
Agucé el oído y mi llanto se hizo convulso, porque ya no podía más. No tuve más remedio que darme por vencida: una congoja penetrante me estremecía de pies a cabeza. Cuando al fin conseguí hablar fue para expresar acaloradamente mi deseo de no haber nacido o de no haber pisado nunca Thornfield.
—¿Tanta pena le da irse de aquí? —preguntó él.
La vehemencia de la emoción, espoleada por el mal de amores, empezó a adueñarse de mí, clamaba por tomar las riendas, reivindicaba su derecho a rebelarse, a imponer al fin su señorío, su derecho a la vida. Sí, necesitaba estallar en palabras.
—Me da pena, sí, dejar Thornfield, amo este lugar —exclamé—, y lo amo porque me ha deparado una vida plena y maravillosa, aunque haya sido provisional. No me he sentido avasallada. Nadie me ha convertido en una piedra. No he sido confinada al encierro entre inteligencias inferiores ni excluida de todo atisbo de comunicación con aquello que brilla, anima y eleva. He hablado de tú a tú con quien admiro y me deleita, con una inteligencia enérgica, original y desarrollada. Le he conocido a usted, señor Rochester, y el pánico y la angustia me estremecen cuando pienso que tengo que despedirme de usted para siempre. Comprendo que no tengo más remedio que partir, pero para mí es como verme obligada a aceptar la muerte.
—¿Y quién la obliga? —preguntó él de improviso.
—¿Cómo que quién me obliga? ¡Usted, señor! Me ha puesto esa necesidad ante los ojos.
—¿En forma de qué?
—En forma de Blanche Ingram, una mujer hermosa y de alta cuna, su esposa, señor.
—¿Mi esposa? ¿Qué esposa? Yo no estoy casado.
—Pero lo estará.
—Sí, lo estaré… ¡lo estaré!
Y al afirmar esto, apretó los dientes.
—Por lo tanto, tengo que irme. Usted mismo lo acaba de decir.
—Pues no, lo que tiene que hacer es quedarse. Le juro que se quedará aquí, y ya verá cómo mantengo mi juramento.
—¡Y yo le digo que me iré! —le contradije, arrebatada por una extraña pasión—. ¿Cree usted que puedo quedarme, sabiendo que no significo nada para usted? ¿Me toma por una autómata, por una máquina que ni siente ni padece, por alguien capaz de soportar sin más ni más que le arranquen de la boca su pedazo de pan, y le birlen del vaso unas gotas de agua vivificadora? ¿Cree que por ser pobre, insignificante, vulgar y pequeña carezco de alma y de corazón? Pues se equivoca. Tengo un alma y un corazón tan grandes como los suyos; y si Dios hubiera tenido a bien dotarme de belleza y fortuna, le aseguro que le habría puesto tan difícil separarse de mí como lo es para mí dejar Thornfield. Y mis palabras no surgen dictadas, créame, por la rutina o por las convenciones sociales, ni siquiera brotan de mi carne mortal. La que oye es la voz de mi alma que se dirige a la suya, voz de ultratumba como si los dos hubiéramos muerto y estuviéramos arrodillados a los pies de Dios, almas gemelas, porque lo somos.
—¡Almas gemelas! —repitió el señor Rochester—. ¡Así, Jane!
Se había acercado a mí y me abrazaba estrechamente, mientras buscaba mi boca con la suya.
—¡Así! —susurraba—. ¡Así!
—Sí, señor, así; pero tampoco del todo así —reaccioné—; porque usted es un hombre casado, y casado además con una mujer que no le llega ni a la suela del zapato, que no tiene nada en común con usted y a la que no creo que profese verdadero amor, porque he visto y oído cómo se burla usted de ella. Me considero superior a usted, porque esa unión es abominable. Y ahora, ¡deje que me vaya!
—¿Adónde vas, Jane? ¿A Irlanda?
—Sí, a Irlanda, me da igual. Ahora que he soltado lo que me estaba ahogando, ya todo me da igual.
—Ven acá, Jane, para un poco, deja de debatirte de esa manera tan frenética, que pareces un pájaro salvaje y desesperado arrancándose sus propias plumas.
—No soy ningún pájaro, ni nadie me ha echado la red. Soy un ser humano libre, con voluntad independiente, y esa voluntad, que no necesita de permisos, la estoy ejerciendo ahora: me voy de su lado porque quiero.
Hice un esfuerzo para librarme de sus brazos, me levanté del banco, y me quedé de pie frente a él.
—Y tu voluntad —dijo— decidirá tu destino. Te ofrezco, Jane, mi mano y mi corazón, y te pido que compartas conmigo todo cuanto poseo.
—Está usted representando una comedia que solamente consigue mover a risa.
—Te estoy pidiendo que tu vida transcurra junto a la mía, que seas mi otro yo y la mejor compañera del mundo.
—Para ese cometido ya ha elegido usted a otra, y debe mantenerse fiel a su elección.
—Por favor, Jane, cálmate unos instantes, que estás agitadísima. Yo también me calmaré.
Una racha imprevista de viento vino a barrer el camino de los laureles y sacudió las ramas del castaño al colarse entre ellas. Luego se alejó bruscamente hasta morir lejos, a una distancia incalculable. No se oía más voz que la del ruiseñor entonando su melodía. Al escucharla, rompí a llorar de nuevo. El señor Rochester seguía sentado y me miraba dulcemente, serio y tranquilo. Pasó un rato antes de que volviera a tomar la palabra.
—Ven a sentarte a mi lado, Jane —dijo—. Tratemos de entendernos uno a otro, necesitamos hablar.
—Ya no, nunca volveré a sentarme a su lado. Ahora que he conseguido separarme, no puedo volver sobre mis pasos.
—Pero, Jane, te estoy pidiendo que seas mi mujer. No pienso casarme con nadie más que contigo.
Me quedé callada. Seguía pensando que se burlaba de mí.
—Por favor, Jane, ven, acércate.
—Su esposa se interpone entre nosotros.
Se levantó y se puso a mi lado en una zancada.
—Aquí está mi esposa —dijo, abrazándome de nuevo—, porque mi alma gemela y mi otro yo están aquí, donde tú estás. Jane, ¿te quieres casar conmigo?
Seguí sin contestarle, y me desasí de sus brazos, porque aún no había vencido mi incredulidad.
—¿No te fías de mí, Jane?
—Nada en absoluto.
—¿No me crees?
—Ni lo más mínimo.
—¿Entonces te parezco un mentiroso? —preguntó apasionadamente—. Pues te voy a convencer de lo contrario, ya lo verás, mi pequeña infiel. ¿Qué amor he sentido yo por Blanche Ingram? Ninguno, y tú lo sabes. ¿Y ella por mí? Menos todavía, y tengo pruebas, aunque me ha costado. Hice llegar a sus oídos el rumor de que mi fortuna no alcanzaba ni a un tercio de lo que ella creía, y tras la maniobra me presenté en su casa para recoger los resultados: recibimiento glacial por su parte y por la de su madre. Nunca me casaré con la señorita Ingram, no podría hacerlo. A ti, criatura rara, casi como de otro mundo, a ti, pobre e insignificante y pequeña y feúcha como eres, a ti es a quien estoy rogando que me aceptes por esposo.
—¿Pero cómo? ¿A mí? —exclamé.
Y me di cuenta de que empezaba a creer que lo decía en serio, y que era sincero, aunque su franqueza rayase con la mala educación.
—¿A mí —seguí preguntando—, que no tengo en el mundo más amistad que la suya, si es que la tengo, ni un solo chelín que no me haya llegado a través de sus manos?
—A ti, Jane, a ti te pido que me pertenezcas por entero. Tienes que ser mía, ¿quieres?, dime que sí, pero dímelo pronto.
—Déjeme que le vea la cara, señor Rochester; vuélvase para que le dé en ella la luz de la luna.
—¿Por qué razón?
—Porque quiero leer en su rostro. ¡Vuélvase!
—Bien, aquí lo tienes. No creo que lo entiendas mejor que entenderías una página arrugada y llena de tachaduras. Pero lee lo que sea, con tal de que sea pronto, no me hagas sufrir. —Su rostro se mostraba agitado, en efecto, con las facciones violentamente contraídas, los ojos le relucían de un modo inusual y el rubor cubría sus mejillas—. ¡Por favor, Jane, no me tortures! —exclamó—. No sabes cómo me perturba esa mirada tuya, leal y generosa, pero ¡tan inquisitiva! No me hagas sufrir más.
—¿Y por qué sufre? Si ha sido sincero y su proposición no encierra ninguna trampa los únicos sentimientos que me embargan son la gratitud y el fervor, y eso ¿a quién puede atormentar?
—¡Gratitud! —se exaltó. Y añadió luego, casi gritando—: ¡Jane, dime inmediatamente que sí! Di: «Edward…», llamándome así, por mi nombre…, «Edward, me quiero casar contigo», y ya.
—¿Pero lo dice en serio? ¿Está enamorado de mí? ¿De verdad quiere que sea su mujer?
—Sí, y si hace falta un juramento para que te quedes tranquila de una vez, ¡te lo juro!
—Entonces, señor, sí quiero.
—Di Edward, eres mi mujer…
—¡Edward!, ¡querido Edward!
—Ven acá, y ahora del todo, sin recelos.
Me acerqué, apretó su mejilla contra la mía y me susurró al oído con la voz más intensa que jamás le escuché:
—Hazme feliz, que de tu felicidad ya me encargo yo.
—Al cabo de un rato añadió—: ¡Que Dios me perdone! La tengo, es mía y me la quedaré. ¡Que ningún ser humano se entrometa!
—No hay nadie que pueda entrometerse, señor. No tengo familiares a quien dar explicaciones ni que pudieran objetar algo.
—No, y eso salimos ganando —dijo.
De haberle amado menos, tanto su tono como su mirada de triunfo me habrían asustado por salvajes. Pero sentada allí a su lado, aventada la pesadilla del viaje, y abierto ante mis ojos el éxtasis de una vida en común, solo pensaba en la bienaventuranza de beber sin tasa en aquel abundante arroyo.
No dejaba de preguntarme sin tregua que si era feliz, a lo que yo asentía una y otra vez. Luego de pronto dijo entre dientes:
—Purgaré mis culpas, será como una expiación. ¿No me la encontré al raso, sin amigos ni consuelo? ¿Cómo no protegerla, amarla y servirle de alivio? ¿Es que acaso no queda amor en mi corazón y constancia en mis determinaciones? Seré absuelto ante el Tribunal divino. Sé que Dios aprueba lo que voy a hacer. Y en cuanto al juicio de los hombres, me lavo las manos y me desentiendo. Desafío la opinión del mundo.
¿Pero qué clase de trastorno había sufrido la noche? Estábamos totalmente a oscuras, aunque la luna aún no se había ocultado; a pesar de lo cerca que tenía al señor Rochester, casi no distinguía sus facciones a través de la densa penumbra. ¿Y qué le estaba pasando al castaño? Se estremecía entre gemidos, mientras el viento bajaba rugiendo por la senda de los laureles y parecía querer barrernos a nosotros.
—Tenemos que meternos en casa enseguida —dijo él—. El tiempo está de muda. Me hubiera quedado aquí contigo, Jane, hasta el amanecer sin darme cuenta.
«Y yo lo mismo», pensé. Y tal vez hubiera llegado a decirlo, si no fuera porque de la nube hacia donde alzaba mis ojos saltó una chispa lívida y resplandeciente, seguida de un estallido y un cerrado e impetuoso redoble. Y lo único que se me ocurrió fue esconder mis ojos deslumbrados en el hombro del señor Rochester.
La lluvia arreciaba y caía a cántaros. Él me llevó a toda prisa camino arriba, a través del jardín, hacia la casa. Pero cuando llegamos, antes de trasponer el umbral, ya estábamos empapados. Me estaba ayudando a despojarme del chal en el vestíbulo y sacudiéndome el agua del pelo destrenzado, cuando la señora Fairfax salió de su habitación. Al principio ni él ni yo nos dimos cuenta. La lámpara estaba encendida y el reloj a punto de dar las campanadas de medianoche.
—¡Quítate lo antes posible la ropa! Vienes calada —dijo él—. Pero antes de irte, querida mía, buenas noches, que duermas bien.
Me besó varias veces. Cuando alcé los ojos, al desprenderme de sus brazos, me encontré con la silueta grave de la señora Fairfax que nos miraba pálida y atónita. Me limité a sonreírle y eché a correr escaleras arriba. «Ya habrá tiempo mañana para las explicaciones», iba pensando. Y sin embargo, cuando llegué a mi cuarto, sentí como una punzada dolorosa al pensar que hubiera podido interpretar torcidamente lo que había visto. Pero la felicidad que me embriagaba no tardó en borrar el rastro de cualquier otro sentimiento. Y a despecho del viento bravío que no dejaba de silbar, del fragor de los truenos, de los rayos que a cada momento cabrilleaban feroces y de la lluvia torrencial que estuvo azotando el campo sin parar durante dos horas, no tenía miedo ni me sentía amenazada. El señor Rochester se acercó por tres veces a mi puerta, mientras la tormenta duró, para saber si estaba tranquila y me encontraba bien. Me bastaba y me sobraba con aquello para saberme al abrigo de cualquier eventualidad, para comunicarme ánimos y energía.
Antes de levantarme de la cama a la mañana siguiente, entró corriendo Adèle para decirme que un rayo había partido en dos el castaño grande que había al final del huerto. La mitad del tronco estaba caída en el suelo.