Jane Eyre (ed. Alba)
Segunda parte » Capítulo IX
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Capítulo IX
Al levantarme, y mientras me vestía, le daba vueltas a lo que me había pasado y me preguntaba si no habría sido un sueño. Hasta que viera al señor Rochester y volviera a escuchar sus promesas de amor, no podía creerme que fuera verdad.
Cuando empecé a peinarme delante del espejo, el rostro que vi reflejado en él ya no me pareció feo. Tenía luz de esperanza y color de vida, y los ojos parecían haber estado contemplando la fuente del placer y haber robado reflejos de su esplendoroso caudal. A veces había evitado mirar al señor Rochester por miedo a que mi aspecto le resultara desagradable, pero ahora estaba segura de poder levantar la cara hacia la suya sin recelo ante la idea de que mi expresión enfriase su estima. Me puse un traje de verano que saqué del cajón; era de tela ligera, limpio y sencillo, y me pareció, al mirarme, que jamás ningún traje me había favorecido tanto, porque tampoco nunca había iniciado la tarea de vestirme con un humor tan radiante como el que tenía aquella mañana.
Cuando bajé corriendo al vestíbulo, no me extrañó ver que un día espléndido de junio había reemplazado a la tormenta de la noche anterior, ni sentir, a través del ventanal abierto, la caricia fresca y fragante de la brisa. La naturaleza debía de estar contenta de verme a mí tan feliz. Una mendiga y su niño, que venían por el camino, me incitaron a salir afuera al encuentro de sus figuras pálidas y andrajosas. Les di todo el dinero que llevaba en el monedero, unos pocos chelines; necesitaba que compartieran mi júbilo de algún modo. Graznaban los grajos y también entonaban su melodía otros pájaros más joviales, pero ningún regocijo podía compararse con el de mi alborotado y sonoro corazón.
Me chocó ver a la señora Fairfax espiándome desde la ventana de la cocina con un rostro apesadumbrado y serio.
—Señorita Eyre, ¿quiere usted entrar a desayunar? —me preguntó en tono grave.
Y luego, durante el desayuno, se mostró fría y apenas me dirigió la palabra. Pero yo no podía aclarar nada hasta que el señor Rochester le diera explicaciones y ella también dijese algo. Comí de mala manera, y en cuanto pude me precipité escaleras arriba. Me crucé con Adèle, que salía del cuarto de estudio.
—¿Adónde vas? —le pregunté—. Es hora de dar clase.
—El señor Rochester me ha mandado al cuarto de jugar.
—¿Y él dónde está?
—Ahí dentro —contestó, señalando hacia la puerta que acababa de traspasar.
Entré y, efectivamente, lo encontré allí.
—Ven a darme los buenos días —me dijo.
Me acerqué a él de buen grado, y su acogida no se limitó ya a unas palabras afectuosas o a un simple apretón de manos. Me abrazó y me besó, y el caso es que a mí me parecía natural, ¡me confortaba tanto sentirme querida y acariciada por él!
—Jane —dijo—, tienes un aspecto radiante esta mañana, tan sonriente, tan guapa. Guapa, sí, de verdad. ¿Es este mi duendecillo pálido? ¿Es este mi grano de mostaza[74]? No puedo reconocer a esos seres en esta chica luminosa como el sol, con hoyuelos en las mejillas y labios de raso, sedoso pelo castaño y resplandecientes ojos color avellana.
(Yo tengo los ojos grises, pero se ve que él los había teñido, hay que perdonarle).
—Soy Jane Eyre, señor.
—Y pronto serás Jane Rochester —añadió él—. Dentro de cuatro semanas, Janet, ¿lo estás oyendo?, ni un día más de plazo.
Lo estaba oyendo, pero no me entraba en la cabeza, todo me daba vueltas. La sensación que me produjeron aquellas palabras era algo que sobrepasaba el júbilo, algo más fuerte que me emocionaba y me aturdía, una sensación que casi lindaba, creo, con el miedo.
—Primero te has ruborizado y ahora estás pálida. ¿Qué te pasa, Jane?
—No sé, es por el nombre. Me resulta postizo el nuevo nombre que me aplica.
—Pues eres la señora Rochester, para que lo sepas —dijo—, la joven señora Rochester, esposa-niña de Edward Fairfax Rochester.
—No, nunca podrá ser. ¡Parece tan improbable! Los seres humanos jamás disfrutamos de una dicha completa en este mundo. Y yo no he nacido para ser una excepción de la especie. Imaginar que puedo correr un destino tan diferente al de ellos es como una ensoñación, como leer un cuento de hadas.
—Un cuento que yo puedo y quiero convertir en realidad. Y voy a empezar hoy mismo. Esta mañana le he escrito una carta a mi banquero de Londres pidiéndole que me mande algunas joyas de las que tiene en depósito; pertenecieron a las mujeres de Thornfield y yo las he heredado. Dentro de un par de días espero poder volcarlas en tu regazo. Porque todos los privilegios y regalos que pudiera esperar la hija de un conde, si fuera mi prometida, quiero que los disfrutes tú.
—¡Por favor, señor! A mí no me importan las joyas, no quiero ni oír hablar de eso, olvídelo. Joyas para Jane Eyre, suena como un contrasentido, no las quiero, de verdad.
—Yo mismo pondré en tu cuello el collar de brillantes y en tu frente la diadema que te sentará como hecha para ti, porque en tus sienes, Jane, la naturaleza imprimió la marca de la nobleza; abrocharé las pulseras en tus delicadas muñecas y llenaré de anillos estos dedos tuyos de hada.
—¡No, señor, no! Cambie de tema y hábleme de otras cosas, y en otro tono. No se dirija a mí como si yo fuera una belleza, soy una vulgar y sobria institutriz.
—A mis ojos eres una belleza, cortada además a la medida de mis dedos, una belleza etérea y sutil.
—Debilucha e insignificante, querrá decir. Está usted viendo visiones, señor, o se ríe de mí. ¡Por Dios bendito, no me gaste esa clase de bromas!
—Y además conseguiré que todo el mundo te reconozca como una belleza —prosiguió—. Vestiré a mi Jane de raso y encaje, adornaré con rosas su cabello y cubriré la cabeza que más amo con un velo de valor inapreciable.
Me incomodaban sus palabras y el tono en que las pronunciaba, me daba cuenta con desazón de que o bien se estaba engañando o bien intentaba engañarme a mí.
—Si hace eso, señor, dejará de conocerme, y ya no volveré a ser Jane Eyre, sino un mono vestido con casaca de arlequín, un pájaro ataviado con plumas ajenas. Preferiría verlo a usted disfrazado de payaso que a mí de cortesana. Y a pesar de lo mucho que le quiero, o tal vez por eso mismo, evito la lisonja, y no se me ocurre llamarle guapo. ¡No me adule tampoco usted a mí!
Pero él seguía adelante con su retahíla, como si no me hubiera escuchado.
—Hoy mismo te llevaré a Millcote en el coche para que elijas algunos vestidos. Ya sabes (te lo he dicho) que nos vamos a casar dentro de cuatro semanas. Será una boda sencilla, se celebrará en la iglesia de abajo. Pero inmediatamente te raptaré para llevarte a la ciudad, donde estaremos algunos días; y desde allí llevaré a mi tesoro a lugares bañados por el sol: conocerás los viñedos franceses y las vegas italianas. Todo aquello que ha sido ensalzado por la historia antigua o el moderno progreso será objeto de tu contemplación, podrás saborear la vida de las grandes ciudades y aprenderás a valorarte a ti misma, cuando te compares imparcialmente con los demás.
—¿Quiere decir, señor, que viajaremos los dos juntos?
—Claro, recorreremos París, Roma, Nápoles, Florencia, Viena… Todos aquellos lugares que yo he visitado, los visitarás conmigo, en todos los países donde planté mi pezuña pondrás ahora tu pie de sílfide. Hace diez años recorrí Europa medio enloquecido, con el asco, la rabia y la abominación por compañeros de viaje. Ahora, redimido y curado, repetiré la travesía llevando a mi lado a un ángel guardián.
Me eché a reír.
—Ni soy un ángel —dije—, ni lo seré hasta que me muera. Seré yo misma, señor Rochester, tendrá que conformarse y no esperar de mí (porque no lo conseguirá) ningún comportamiento angelical, de la misma manera que yo tampoco espero ni intento hallarlo en usted.
—¿Pues qué esperas de mí?
—Durante un lapso de tiempo no muy largo, más bien corto, puede que se porte usted como lo está haciendo ahora. Pero luego se enfriará su ardor, se volverá antojadizo y esquivo y me será difícil darle gusto. No obstante, cuando se acostumbre a mí, seguramente volverá a encontrarme agradable. Digo «encontrarme agradable», no «amarme», porque su ferviente amor se desvanecerá en seis meses, como mucho. He aprendido, a través de los libros escritos por hombres, que ese es el plazo de duración más largo atribuido a la pasión marital. No obstante, como amiga y cómplice, espero no ser nunca aburrida para mi querido señor.
—¿Aburrida? ¿Volver a encontrarte agradable? Volveré a amarte una y otra vez, Jane, estoy seguro, y vendrás a confesarme tú misma que te sientes amada, no «estimada» con la constancia inalterable de las verdaderas pasiones.
—¿Pero no es usted veleidoso, señor?
—Lo soy con las mujeres que solo me atraen por su cara bonita. Puedo convertirme en el mismo diablo cuando me doy cuenta de que no tienen alma ni corazón, cuando descubro en ellas, por todo panorama, la insulsez y la frivolidad cuando no la grosería, la estupidez y el mal genio. Pero ante los ojos de mirada limpia, las almas de fuego y las lenguas elocuentes, ante los temperamentos capaces de inclinarse pero no de romperse, a la vez ligeros y estables, tan flexibles como consistentes, brotará perennemente mi fidelidad y mi ternura.
—¿Ha encontrado alguna vez a alguien que tuviera ese tipo de carácter, señor? ¿Amó en algún momento a una mujer así?
—La estoy amando ahora.
—Pero digo antes de aparecer yo…, si es que llego a alcanzar las cotas de esa marca tan difícil.
—Nunca he conocido a nadie como tú, Jane, a nadie. Me gustas y me dominas. Da la impresión de que te doblegas y me complace esa aparente sumisión, pero de repente, cuando estoy enroscando en mis dedos un suave y sedoso mechón de tu pelo, este despide una corriente eléctrica que me recorre el brazo y me llega al corazón. Me has conquistado, estoy entregado a tu influjo, tan dulce que no puede expresarse con palabras. Me rindo, porque tu conquista entraña un hechizo muy superior a cualquier hazaña en la que yo saliera victorioso. ¿Por qué sonríes de ese modo, Jane? ¿Qué significa esa inefable y perturbadora mudanza en tu expresión?
—Me estaba viniendo al recuerdo, señor (y perdone la asociación de ideas, porque es involuntaria), lo que hicieron con Hércules y Sansón sus respectivas hechiceras[75].
—¿Ah, conque pensabas eso? ¡Cuando yo digo que eres como un duende!…
—Calle, señor. Deje de decir insensateces y no imite a aquellos caballeros, que tampoco dieron muestras de sensatez. Y sin embargo, si hubieran llegado a casarse, estoy segura de que su rigor de maridos habría dado al traste con su debilidad como enamorados. Y mucho me temo que a usted le pase igual. Me pregunto cómo responderá usted dentro de un año si le pido un favor que no le convenga concederme, o simplemente no le apetezca.
—Pídeme lo que sea ahora, Jane, cualquier cosa. Estoy deseando escuchar un ruego tuyo.
—De acuerdo, señor. Tengo mi petición ya preparada.
—¡Di lo que sea! Pero si sigues mirándome y sonriéndome con esa cara, te juro que diré que sí antes de saber a qué, y acabaré convirtiéndome en un imbécil.
—De ninguna manera, señor. Solo voy a pedirle una cosa: que no mande traer joya alguna ni me corone de rosas. Sería tan absurdo como recamar con encaje de oro ese sencillo pañuelo que usa usted.
—Sí, sería como «sobredorar el oro de ley», tienes razón. Te concedo el deseo…, por el momento. Daré contraorden a mi banquero. Pero todavía no me has pedido nada, te has limitado a rechazar un regalo. Prueba otra vez.
—Está bien. Pues entonces, señor, tenga la bondad de satisfacer mi curiosidad acerca de cierto asunto.
Aquello pareció perturbarle mucho.
—¿Qué asunto, de qué se trata? —preguntó compulsivamente—. La curiosidad es mala consejera y peligrosa. Menos mal que no he jurado complacer todos tus requerimientos.
—Pero complacer este no entraña ningún peligro, señor.
—Adelante, suéltalo, Jane. Pero preferiría que, en lugar de meter acaso las narices en un secreto mío, me pidieras la mitad de mi patrimonio.
—¿Y para qué quiero yo la mitad de su patrimonio, rey Asnero[76]? ¿Me toma por un judío usurero en busca de una provechosa inversión? Prefiero su entera confianza a la mitad de sus riquezas. No me niegue su confianza, ya que ha tomado mi corazón.
—Te concedo gustoso la confianza que merezca la pena, Jane. ¡Pero por amor de Dios, no me pidas que te cargue con un fardo inútil! No apetezcas el veneno, no te conviertas en una Eva mezquina.
—¿Por qué no, señor? Hace un momento me decía que le gusta sentirse conquistado por mí y cómo disfruta cuando insisto para convencerle de algo. ¿No cree que esa confesión me da permiso para tener un capricho y suplicar que me lo conceda hasta con lloros y pataleos, solo para tantear si ejerzo o no sobre usted tanto poder?
—Te desafío a que tantees el terreno. Abusa de mí y jáctate de ello, pero luego se acabó el juego.
—¿Se acabó el juego? ¡Qué pronto se da por vencido! ¡Y qué serio se ha puesto! Las cejas se las veo tan gruesas como mi dedo pulgar, y su frente parece «un almacén azul de truenos», lo leí una vez en una poesía muy rara… ¿Debo de suponer que es esa la cara que va a tener de marido?
—Pues si esa, Jane, va a ser su cara de esposa, yo inmediatamente renuncio, como cristiano, a la idea de casarme con un espíritu, con una salamandra. En fin, bicho, pregunta de una vez, ¿qué es lo que quieres? ¡Acabemos!
—Ya le salió su parte peor educada, menos mal. Prefiero mil veces la rudeza a la lisonja, y que me llame bicho a que me llame ángel. Lo que quiero preguntar es lo siguiente: ¿por qué puso tanto empeño en hacerme creer que estaba enamorado de la señorita Ingram?
—¡Bendito sea Dios! ¿Solo era eso? Me temía algo peor. —De repente, su ceño sombrío se había desfruncido, me miraba tranquilo y sonriente, y se puso a acariciarme el pelo, como alguien que acaba de librarse de un peligro inminente y suspira con alivio—. Creo que puedo confesarte toda la verdad —continuó—, aunque tal vez te enfades un poco, Jane. Y sé que cuando te enfadas puedes ser un puro incendio, acuérdate de anoche cuando a la luz fría de la luna empezaste a rebelarte contra el destino y a exigir ser tratada como un alma gemela, echabas chispas… Por cierto, Jane, quien se declaró a mí fuiste tú.
—No lo niego, señor. Pero volvamos a nuestro asunto. ¿Qué pasó con la señorita Ingram?
—Bueno, a Blanche fingí cortejarla porque quería que te volvieras tan loca por mí como yo lo estaba por ti, y sé que no hay mejor aliado que los celos para llevar a cabo un propósito de ese tipo.
—¡Qué bonito! Pues en este momento es usted a mis ojos más pequeño que la punta de mi dedo meñique. A mí se me caería la cara de vergüenza, ¿no le parece una infamia haberse comportado así? ¿Cómo no se le ocurrió tener en cuenta los sentimientos de la señorita Ingram, pensar que estaba jugando con ellos?
—Sus sentimientos se encierran en el orgullo. Y el orgullo requiere ser humillado. ¿Tuviste celos, Jane?
—Eso no viene al caso, señor Rochester, ni es de su incumbencia. Contésteme a otra cosa con el corazón en la mano. ¿No cree que la señorita Ingram puede haber sufrido a causa de su fingido devaneo? ¿No se sentirá ofendida y despreciada?
—¡Todo lo contrario! Eso es impensable. Ya te dije que fue ella quien me dejó a mí. Ante la sospecha de mi insolvencia, su ardor se enfrió o, mejor dicho, desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
—Tiene usted una mente demasiado calculadora, señor Rochester. Y sus principios sobre algunos asuntos me chocan por su extravagancia.
—Nadie encauzó nunca mis principios, Jane. Quizá se extraviaran y crecieran a su aire por eso, por falta de cuidados.
—Por última vez, y ahora completamente en serio: ¿Puedo gozar en paz de la dicha que me brinda, sin miedo a que nadie esté sufriendo por culpa de ello las amargas cuitas que yo también he padecido hasta hace poco?
—Sí que puedes, mi dulce niña. No existe nadie en el mundo que me quiera como me quieres tú, con un amor tan puro. Ya ves, Jane, que mi alma recibe sin reservas la placentera bendición de creer en tu cariño.
Puse los labios sobre su mano, que descansaba sobre mi hombro. Era verdad que le quería muchísimo, más de lo que yo misma me atrevía a creer, mucho más de lo que hubieran podido expresar mis palabras.
—Pídeme alguna otra cosa —dijo él luego—. Me encanta ceder a tus ruegos.
Enseguida tuve preparada otra petición.
—Por favor, no deje de comunicar sus planes a la señora Fairfax. Nos vio juntos anoche en el vestíbulo, y creo que se escandalizó. Antes de que yo vuelva a verla, le ruego que le dé una explicación. Me duele sentirme juzgada equivocadamente por una persona tan bondadosa conmigo.
—Anda, sube a tu cuarto y ponte el sombrero —replicó—. Quiero que vengas conmigo a Millcote esta mañana. Y mientras te arreglas, yo aclararé el malentendido con tan respetable señora. ¿Qué crees que pensaría? ¿Que habías cambiado tu mundo por el amor, y que lo dabas por bien perdido?
—Lo que debió de pensar, me parece, es que me había salido de mi lugar y había olvidado, señor, cuál es el suyo.
—¡Qué lugar ni qué niño muerto! Tu lugar está en mi corazón y muy por encima de los que intenten pensar mal de ti ni ahora ni nunca. ¡Anda, sube a arreglarte!
Me arreglé enseguida y, en cuanto oí que el señor Rochester salía del gabinete de la señora Fairfax, encaminé mis pasos hacia allí. La vieja señora estaba paladeando su ración matutina de la Biblia, era un ejercicio cotidiano para ella. Pero la tarea, interrumpida por la noticia que acababa de darle el señor Rochester, había pasado a segundo plano. El libro reposaba abierto ante ella, con las gafas encima. Sus ojos, fijos en la pared de enfrente, reflejaban el desconcierto y la conmoción que despiertan en las almas simples los acontecimientos inesperados. Al verme, pareció espabilarse, hizo un esfuerzo por sonreír y por elaborar unas palabras de enhorabuena. Pero la sonrisa se apagó pronto y la frase quedó sin acabar. Se puso las gafas, cerró la Biblia y apartó un poco la silla hacia atrás.
—Me he llevado una sorpresa tan grande, señorita Eyre —empezó—, que realmente no sé qué decir. ¿No habré estado soñando? A veces me quedo un poco traspuesta, cuando estoy sola, y me imagino como verdaderas, cosas que no han ocurrido. Por ejemplo, más de una vez me ha parecido durante esas ensoñaciones que mi pobre marido que en gloria esté venía a sentarse a mi lado, y hasta le he oído llamarme por mi nombre, Alice, como siempre, aunque hace quince años que murió. Pues bien, a lo que voy, ¿puede usted confirmarme, como algo verdadero, que el señor Rochester la ha pedido en matrimonio? No se ría de mí. Pero es que creo que ha entrado aquí hace cinco minutos, en esta misma habitación, y me ha dicho que antes de un mes se habrá usted convertido en su esposa.
—A mí me ha dicho lo mismo —repliqué.
—¿De verdad? ¿Y le ha hecho caso? ¿Le ha dicho usted que sí?
—Sí, lo he aceptado.
Me miraba como trastornada.
—Nunca se me hubiera podido pasar por la cabeza semejante idea. Es un hombre altivo, todos los Rochester lo fueron, orgullosos de su posición. Y el padre, por lo menos, apegado al dinero. Al hijo también se le ha tenido siempre por prudente administrador. ¿Y de verdad quiere casarse con usted?
—Eso me ha dicho.
Me escudriñaba de pies a cabeza y en su mirada leí que no encontraba en mi persona atractivos que le dieran pie para descifrar aquel enigma.
—¡No me cabe en la cabeza! —continuó—. Pero si usted lo dice, será verdad. Lo que no me atrevo a predecir es cómo va a salir todo esto; en serio, no tengo ni idea. La diferencia de posición y de fortuna suelen ser inconvenientes que generalmente se desaconsejan. Y además, señorita Eyre, él le lleva veinte años. ¡Podría ser su padre!
—¡No, eso desde luego no, señora Fairfax! —salté irritada—. ¡No parece en absoluto mi padre! Nadie que nos viera juntos sospecharía tal cosa ni por un momento. El señor Rochester aparenta ser tan joven, y de hecho lo es, como muchos hombres de veinticinco años.
—¿Y de verdad se casa con usted por amor?
Me sentí tan herida por su frialdad y desconfianza que se me saltaron las lágrimas.
—Siento haberla ofendido —continuó ella—. Pero creo mi deber ponerla en guardia, teniendo en cuenta su juventud y su escaso trato con los hombres. Hay un refrán que dice: «No es oro todo lo que reluce», y en este caso viene a cuento. Porque me temo que pueda salir a relucir algo distinto del oro y también de lo que usted o yo podamos esperar.
—¿Tan monstruosa le parezco? —pregunté—. ¿Tanto como considerar un disparate que el señor Rochester se haya enamorado de mí?
—No he querido decir eso, está usted bien, y además últimamente su aspecto ha mejorado mucho. Y no me extraña que el señor Rochester le haya tomado cariño, es más, nunca me ha pasado inadvertido el hecho de que mostraba predilección por usted. Y a veces me ha inquietado esa preferencia, se lo digo por su bien, y hasta he pensado que debería ponerla a usted sobre aviso, pero no me atrevía a sugerirle siquiera que estaba rozando zonas peligrosas. Sabía que semejante idea podía resultarle hiriente y ofensiva, y se ha portado usted en todo momento de forma tan discreta, ha dado tales muestras de modestia y sensatez, que confiaba plenamente en que usted sabría defenderse sin necesitar consejos de nadie. No sabe lo mal que lo pasé anoche cuando la busqué por toda la casa y comprobé que ni usted ni el amo aparecían, y luego ya no le digo cuando los vi entrar juntos a medianoche.
—Bueno, olvídese de eso ya —corté impaciente—. Lo que importa es que sepa que ahora todo está como Dios manda.
—Ojalá siga como Dios manda hasta el final —dijo ella—, pero, créame, todas las precauciones son pocas. Procure mantener al señor Rochester a respetable distancia, no tenga tanta confianza en sí misma, y menos en él. Los caballeros de su posición no suelen casarse con las institutrices.
Me estaba empezando a indignar en serio. Menos mal que en aquel momento entró Adèle corriendo.
—¡Yo también quiero ir a Millcote! —gritó—. ¡Déjeme ir! El señor Rochester no quiere, pero en el coche nuevo hay sitio de sobra para los tres. ¡Pídale que me deje ir, mademoiselle!
—Ahora mismo se lo pido, Adèle —contesté.
Y salí con ella a toda prisa de la habitación, feliz de poder alejarme de mi agorera protectora. El coche ya estaba dispuesto y se desplazaba en aquel momento hacia la fachada principal de la casa, mientras el dueño de ella paseaba de arriba abajo sobre el empedrado, seguido de Pilot.
—¿Verdad, señor, que Adèle puede venir con nosotros? —le pregunté.
—Ya le he dicho que no. No quiero arrapiezos. Quiero ir solo con usted.
—Déjela venir, por favor, señor Rochester, será mejor.
—¡Qué va a ser mejor! Será un estorbo.
Tanto su talante como su voz eran perentorios. El jarro de agua fría que habían supuesto para mí los consejos y la desconfianza de la señora Fairfax volvió a echárseme encima de repente, y un amago de incertidumbre y provisionalidad socavó mis esperanzas. Estaba perdiendo a medias mi sensación de poder sobre él, y a punto de obedecerle ciegamente sin poner condiciones. Pero cuando se disponía a ayudarme a subir al coche, me miró cara a cara.
—¿Qué te pasa? —preguntó—. Toda la luz del sol se ha nublado. ¿De verdad quieres que venga con nosotros la cría? ¿Te disgusta que la dejemos aquí?
—Preferiría que viniera, señor.
—¡Pues hala! —le gritó a Adèle—. Vete volando a por tu sombrero, ¡y vuelve como un rayo!
Ella cumplió aquella orden con la mayor celeridad que pudo.
—Después de todo, ¡qué importa que nos roben una mañana a solas! —dijo—. Dentro de poco te tendré enteramente para mí, serán míos tus pensamientos, tus palabras, tu compañía, solo míos y para siempre.
Cuando auparon a Adèle para que subiera al coche, estaba tan contenta que se lanzó a besarme para darme las gracias por mi intercesión. Él inmediatamente la arrinconó en el asiento de enfrente, a su lado, y Adèle me miraba a hurtadillas desde allí, como si quisiera decirme que la seriedad de su vecino la cohibía. Su humor atrabiliario era, en efecto, una barrera para quien quisiera hacer preguntas o comentarios.
—Déjela que se siente aquí conmigo —le rogué—; a usted tal vez le moleste, y en este lado sobra sitio.
La cogió en brazos y me la alargó como si fuera un perrito faldero.
—La voy a tener que mandar interna a un colegio —dijo.
Pero ahora sonreía. Adèle, al oírlo, preguntó que si iba a tener que estar en un colegio sin su mademoiselle.
—Desde luego —contestó él—, sin rastros de tu mademoiselle. Porque tu mademoiselle es mía, me la voy a llevar de viaje a la luna, buscaré una gruta en uno de los valles blancos que separan los volcanes uno de otro, y vivirá allí conmigo, sola conmigo.
—No tendrá qué comer, la va usted a matar de hambre —observó Adèle.
—Recogeré maná de la mañana a la noche, porque no sé si sabes, Adèle, que las llanuras y los montículos de la luna están plagados de maná.
—Pero querrá calentarse, ¿con qué sustituirá el fuego?
—En los montes de la luna hay fuego; cuando tenga frío, subirá conmigo a una cima, y la tumbaré al borde de un cráter.
—Oh, qu’elle y sera mal… peu confortable![77] Y se le estropearán los vestidos. ¿Dónde irá a buscar ropa nueva?
El señor Rochester confesó su perplejidad ante el caso, con una especie de «¡Humm!».
—¿Tú qué harías, Adèle? —preguntó a su vez—. Rebusca en tu cerebro a ver si aparece alguna solución. ¿Qué te parece una nube blanca o de color de rosa a modo de falda? Y luego como chal podíamos arrancar un trozo de arco iris; quedaría bonito.
—Yo creo que está mucho mejor tal como está ahora —resumió Adèle después de pensarlo un rato—; además se acabaría cansando de vivir sola con usted en la luna. Yo que mademoiselle nunca le diría que sí a un viaje como ese.
—Pues me ha dicho que sí. Me ha dado su palabra.
—Pero ¿cómo va a llevarla hasta allí? No puede. No hay carretera a la luna. Todo es aire. Y ni usted ni ella saben volar.
—Mira ese prado, Adèle, ¿lo ves? —dijo el señor Rochester.
Ya habíamos dejado atrás las verjas de Thornfield, y rodábamos ahora por el suave camino de Millcote, donde no había rastros de polvo tras la tormenta de la noche anterior, y a cuyas orillas los bajos setos y los encumbrados árboles verdeaban relucientes y frescos de lluvia.
—Pues por ese prado, Adèle —prosiguió—, estaba yo paseando una tarde hace dos semanas, el día que me ayudaste tú a recoger el heno, y como me había cansado de rastrillar, me senté a descansar en un portillo. Saqué un lápiz y un cuaderno y me puse a escribir cosas de una desgracia que me pasó hace mucho y de las ganas que tenía de ser feliz en el futuro, escribía muy deprisa porque la luz estaba yéndose y casi no veía la página, cuando en esto noto que algo llega por el camino y se para a pocas yardas. Miré y era una cosa pequeña que se movía, con un velo en la cabeza como de telaraña. Le hice señas de que se acercara, y cayó de rodillas ante mí. No nos dijimos nada con palabras, pero nos leímos mutuamente la mirada y de nuestro diálogo mudo saqué en consecuencia que era un hada. Me dijo, aunque sin hablar, que venía del país de los Elfos y que su cometido era el de hacerme feliz. Tenía que viajar con ella fuera del mundo consabido hasta un lugar solitario, como la luna, por ejemplo, y la señaló con un gesto de la cabeza, porque en aquel momento estaba apareciendo detrás de la colina de Hay. Me habló de la gruta de alabastro y del valle de plata donde podíamos quedarnos a vivir. Yo le dije que bueno, que me gustaría, pero que tuviera en cuenta que yo, como tú misma acabas de recordarme, no tengo alas para poder volar.
«Eso no importa. Aquí tienes un talismán que resolverá todas las dificultades». Y sacó un anillo de oro precioso. «Pónmelo —dijo— en el cuarto dedo de mi mano izquierda y te perteneceré para siempre y tú a mí. Y dejaremos la tierra para construir nuestro cielo particular allá arriba». Entonces volvió a señalar la luna. El anillo está en el bolsillo de mi pantalón, Adèle, disfrazado de soberano[78]. Pero enseguida lo pienso volver a convertir en anillo.
—Pero todo eso ¿qué tiene que ver con mademoiselle? —preguntó Adèle—. A mí del hada me da igual. Usted dijo que era a mademoiselle a quien iba a llevar a la luna.
—Mademoiselle es un hada —susurró el señor Rochester con aire misterioso.
Yo le dije a Adèle que no hiciera caso, que era una broma, y ella por su parte hizo gala de un arraigado escepticismo, muy francés, llamó a su tutor un vrai menteur[79], y aseguró que no creía una palabra de sus contes de fées[80], porque además il n’y avait pas de fées, et quand même il y en avait[81], estaba segura de que nunca se le aparecerían a él ni le regalarían anillos o le invitarían a ir a vivir a la luna.
La hora que pasamos en Millcote me resultó bastante agobiante. El señor Rochester me llevó contra mi voluntad a una tienda de telas y me mandó elegir media docena de cortes de vestido. Yo aborrecía aquel asunto y le rogué que lo dejáramos para más adelante, pero no hubo manera, tenía que ser ahora. A fuerza de enérgicas súplicas, formuladas entre dientes, logré que redujera a dos la media docena; pero se empeñó en ser él en persona quien los eligiera. Yo le vigilaba ansiosa mientras él pasaba la mirada por aquella variedad de llamativas telas. Se prendó de una espléndida seda de color amatista tornasolado, y de un raso soberbio color de rosa. Intensifiqué mis suplicantes murmullos para darle a entender que era como comprarme un traje de plata y un sombrero de oro, o sea que no me pensaba poner lo que había elegido, nunca me atrevería.
Tras interminables dificultades —porque era terco como una mula— conseguí convencerle de que los cambiase por un sobrio raso negro y una seda gris perla.
—Por hoy, pase —dijo—. Pero acabaré viéndote brillar como un arriate de flores.
Fue un alivio para mí verme al fin fuera de la tienda de telas y luego de una joyería. Cuantas más cosas me compraba más se me arrebolaban las mejillas con una sensación de agobio y bochorno. Cuando volvimos a subir al coche, y me apoyé en el asiento, febril y exhausta, me acordé repentinamente de algo que el remolino de sucesos sombríos y luminosos había borrado de mi memoria: la carta que mi tío John Eyre escribió a la señora Reed, donde expresaba su intención de adoptarme y legarme sus bienes. «La verdad es que sería un consuelo —pensé— contar con alguna independencia económica, por poca que fuera. No creo que llegue a aguantar nunca que el señor Rochester me vista como a una muñeca, ni estoy dispuesta a convertirme en una segunda Dánae[82], esperando sentada a que todos los días me llueva el oro. En cuanto llegue a casa escribiré a Madeira para notificarle al tío John que me voy a casar y con quién. Si tuviera la perspectiva de corresponder algún día con una pequeña dote a las larguezas del señor Rochester, soportaría con más paciencia ser ahora mantenida por él». Y algo aliviada por esta idea —que no dejé de poner en práctica aquel mismo día—, me aventuré de nuevo a levantar los ojos buscando los de quien me había estado acechando pertinaz mientras yo le rehuía. Sonrió y su sonrisa me pareció la de un sultán, extasiado ante la visión de la sierva a quien ha cubierto de oro y piedras preciosas. Estreché su mano, que siempre estaba rondando la mía, y se la devolví enrojecida tras aquel apasionado y vigoroso apretón.
—No me mire usted de ese modo —le dije—: si me sigue mirando así no volveré a usar hasta el final de este capítulo más que la vieja indumentaria que traje de Lowood. Me casaré con este vestidillo de percal lila que llevo y usted se podrá hacer una buena colección de chalecos con el satén negro y la seda gris perla.
Se echó a reír bajito; se frotaba las manos.
—Me encanta verte, Jane, y oír lo que dices —exclamó—. ¿Puede haber mujer más original y provocativa? No cambiaría a esta inglesita por todas las sultanas del Gran Turco con sus ojos de gacela, sus cuerpos de hurí y demás encantos.
Esta alusión a un serrallo oriental me soliviantó de nuevo.
—No hable de eso ni en broma, no viene a cuento semejante comparación —dije—. Si le apetece algo de este estilo, tiene el camino libre para correr sin demora a un bazar de Estambul; allí encontrará usted un surtido de esclavas tan abundante como para gastarse a gusto todo el dinero que está desperdiciando conmigo.
—¿Y qué harías tú, Jane, mientras yo elegía entre tantos matices de piel y una variedad tan rica de ojos negros?
—Me prepararía para irme de misionera a predicar la libertad para todos aquellos que padecen esclavitud, incluidas sus compañeras de harén. Me introduciría allí como agitadora y las amotinaría. Y usted, señor, por muy pachá de las tres colas[83] que fuera, caería en nuestro poder en un abrir y cerrar de ojos, y de ninguna manera consentiría yo que cortaran sus ligaduras hasta que hubiera firmado la constitución más liberal que déspota alguno haya otorgado.
—Yo apelaría a su clemencia, Jane.
—No habría clemencia para usted, señor, si apelara a ella mirándome como lo sigue haciendo. Mientras no cambiase su forma de mirarme, estaría segura de que su primer acto, tras otorgar a la fuerza la constitución, sería el de violar sus cláusulas en cuanto se viera libre.
—Pero, Jane, ¿qué es lo que quieres? Tengo miedo a que después de pasar por el altar, me obligues a otra ceremonia privada. Y me someterás, por lo que voy viendo, a aprobar una serie de requisitos. ¿Cuáles van a ser?
—Solo pido tranquilidad de espíritu, señor; no sentirme agobiada por un cúmulo de obligaciones. ¿Se acuerda de lo que me contó un día sobre Céline Varens? ¿De los diamantes y las sedas de cachemira con que la cubría? Pues yo no quiero ser su Céline inglesa. Seguiré siendo la institutriz de Adèle y recibiendo a cambio albergue, manutención y treinta libras anuales. Con los ahorros de mi sueldo renovaré mi guardarropa, y usted no tiene que darme nada más que…
—¿Más que qué?
—Su respeto, al que corresponderé con el mío; es una deuda libremente contraída.
—Está bien. Desde luego, Jane, en frialdad, insolencia y orgullo innato no hay quien te iguale —dijo él.
Estábamos acercándonos a Thornfield y de pronto añadió:
—¿Te apetece cenar conmigo esta noche?
—No, señor, muchas gracias.
—¿Y se puede saber, si no es indiscreción, por qué «no, señor, muchas gracias»?
—Nunca he cenado con usted, señor, y no encuentro motivo para cambiar de costumbre hasta que…
—¿Hasta qué? ¡Te encanta dejar las frases a medias!
—Hasta que no haya más remedio.
—¿Me consideras un ogro o un vampiro en cuya compañía sería una temeridad sentarse a la mesa?
—No he hecho ninguna suposición al respecto, señor. Pero prefiero que durante otro mes las cosas sigan estando exactamente como estaban.
—Pero tu trabajo de institutriz lo dejarás inmediatamente.
—Eso sí que no, lo siento, pero no. Seguiré dando clase a Adèle como de costumbre y no estaré disponible para usted en todo el día. Igual que antes. Puede mandarme a buscar por las tardes, cuando tenga ganas de verme, y bajaré encantada. Pero a otras horas, no.
—Necesito un cigarro, Jane, o una pizca de rapé para soportar todo esto, pour me donner une contenance[84], como diría Adèle, pero desgraciadamente he olvidado el tabaco y tampoco he traído la cajita de rapé. Escucha de todas maneras, tiranuela —añadió en un susurro—, ahora te toca a ti el turno, pero ya verás cuando llegue el mío. En cuanto te eche la mano encima (bueno, es una forma de hablar) te ataré a una cadena como esta —dijo señalando la de su reloj—, y entonces, minúscula criatura, te llevaré siempre sujeta a mí, como llevo esta joya.
Dijo aquellas palabras mientras me ayudaba a bajar del coche; y luego, cuando cogió en volandas a Adèle, aproveché para salir corriendo, subir las escaleras y meterme en mi cuarto.
Más tarde, cuando a la hora de siempre requirió mi presencia por medio de la consabida invitación, yo ya llevaba ideado un entretenimiento, porque no estaba dispuesta a pasarme toda la noche enfrascada en una conversación íntima. Me acordaba de que tenía buena voz y suponía que le gustaría lucirla, porque a todos los que cantan bien les suele gustar. Yo no cantaba ni, según su desapacible opinión, tocaba bien el piano. Pero en cambio era una buena aficionada y sabía disfrutar de una velada musical cuando merecía la pena. Así que, en cuanto el crepúsculo, esa hora tan romántica, empezó a desplegar su bandera azul y estrellada al otro lado del ventanal, me levanté, abrí el piano y le pedí, en nombre del cielo, que me regalara los oídos con una canción. Dijo que era una bruja caprichosa, y que preferiría cantar en otro momento, pero yo insistí en que no podíamos encontrar momento mejor que aquel.
—¿Regalaré tus oídos con mi voz? —preguntó.
—Profundamente —dije.
No tenía por costumbre halagar vanidades tan susceptibles a la lisonja como la suya, pero por una vez, y teniendo en cuenta las circunstancias, quise estimularlo.
—Pero, Jane, tienes que acompañarme tú al piano.
—De acuerdo, señor. Lo intentaré.
Lo intenté, en efecto, pero enseguida me desplazó del taburete llamándome «chapucera». No sabía él que, al mandarme sin miramientos a un rincón y usurpar mi sitio, me estaba dando lo que yo quería. Así pues, se sentó y empezó a acompañarse a sí mismo, porque tocaba el piano con tanto primor como cantaba. Me retiré hacia la ventana y mientras miraba desde allí los árboles quietos y el césped difuminado por las sombras, llegó a mis oídos dulcemente aquella tenue melodía:
La verdadera pasión
que por dentro nos inflama
acelera el corazón
y quema como una llama.
Soy feliz cuando has venido
y al irte empiezan mis penas.
No tardes, pues el Olvido
hiela la sangre en las venas.
Que me amaras cual yo a ti
era audaz y loco empeño
que en secreto perseguí.
Mas al fin hoy soy tu dueño.
Ancha y sin caminos era
la distancia entre tú y yo,
con abismos por frontera
y olas que nadie surcó.
Cual salteador de caminos
por los montes me interné,
ninguna ley del destino
mi osadía dejó en pie.
Mil peligros he arrostrado
y he mirado con desdén
a cuantos me han avisado
de que iba al mal, yendo al bien.
Perseguía yo el fulgor
de aquella luz vespertina,
arcos iris del amor
que mis pasos encamina.
Aún ofuscan mi contento
nubes densas del ayer,
mas ahora a salvo me siento
de tropezar y caer.
¡Qué me importan las fatigas
que me han traído hasta aquí!
Por mucho que me persigan
ya nunca harán mella en mí.
Que ni el Odio me machaque
ni me aísle la Razón
ni el Poder, terco en su ataque,
me envenene el corazón.
Confiada, entre las mías,
mi amada puso su mano
al altar en pocos días
juro llevarla, y no en vano.
Con un beso ella ha jurado
que llegará hasta la muerte
acompañando a su amado.
¡Quién no envidiará tal suerte![85]
Se levantó, se acercó a mí y noté que la cara le ardía y que echaban chispas aquellos ojos de halcón, rebosantes de la misma pasión y ternura que impregnaba todas sus facciones. Me estremecí fugazmente, pero enseguida me rehíce. Tanto las escenas de amor como los peligrosos accesos de ternura me los había prohibido y estaba al borde de caer en ambas efusiones. Tenía que preparar mis armas defensivas y espoleé mi lengua. Cuando él estaba llegando a mi lado, le pregunté con brusquedad que con quién pensaba casarse.
—Es una pregunta extravagante en boca de mi amada Jane.
—Pues yo, en cambio, la encuentro lógica y necesaria. Porque ha dicho que «ella le acompañará hasta la muerte», y supongo que se refiere a su futura esposa. ¿A qué viene una noción tan pagana? Yo desde luego no tengo la menor intención de morir con mi marido, eso que quede claro.
—Lo único que ansío, Jane, y se lo pido a Dios, es que vivas con él. La muerte no está hecha para alguien como tú.
—Sí que lo está. Tengo tanto derecho como usted a morirme cuando llegue mi hora, pero aguardaré a que llegue, no la pienso anticipar arrojándome a una pira funeraria.
—Perdona mi egoísmo, y dame un beso de reconciliación.
—Preferiría no hacerlo.
Al llegar a este punto me tachó de «criatura inflexible».
—Cualquier mujer —añadió luego— se habría derretido hasta la médula al oír esas estrofas entonadas en su honor.
Le confirmé que sí, que era inflexible y empedernida por naturaleza y que ya tendría ocasión de comprobarlo. Había decidido mostrar ante él —le dije— distintas facetas de la dureza de mi carácter antes de que se consumiera el plazo de las cuatro semanas; y así podría conocer el alcance de la ganga que se llevaba, ahora que todavía estaba a tiempo de rescindir el trato.
—¿Quieres callarte y no decir más disparates?
—Callarme, me callaré, si me lo pide. Pero en lo tocante a decir disparates, me jacto de no haber dicho ninguno.
Se enfadó y se quedó refunfuñando. «Bueno —pensé—, por mí puedes protestar y refunfuñar lo que quieras, pero ya voy viendo claro que no hay mejor táctica para tratar contigo que esta. Me gustas mucho más de lo que te imaginas pero no pienso caer en sensiblerías. Con la aguja de la réplica ingeniosa te mantendré alejado también a ti del borde del abismo y con tan punzante ayuda la distancia entre ambos será ventajosa para los dos».
Intensificando aquel sistema, conseguí irritarlo cada vez más y cuando vi que se había retirado al otro extremo de la habitación, completamente enfurruñado, me levanté.
—Le deseo buenas noches, señor —dije con mis buenos modales de siempre.
Tras lo cual, me dirigí sin hacer ruido a la puerta lateral del salón y me esfumé.
El plan urdido siguió teniendo éxito, y durante todo aquel periodo de prueba comprobé que daba resultados. A él se le notaba, por supuesto, fastidiado y de mal humor, pero en el fondo también me pareció que se divertía, y que una sumisión de ovejita y una sensiblería de tórtola en arrullo, aunque hubieran dado pasto a su talante despótico, no habrían sido gratas a su inteligencia, satisfecho su sentido común ni siquiera saciado su gusto.