Jane Eyre (ed. Alba)
Segunda parte » Capítulo IX
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Yo en presencia de los demás seguía mostrándome respetuosa y reservada como antes, porque cualquier otra conducta no venía a cuento. Solamente en nuestras reuniones de por la tarde le aguijoneaba y le hacía rabiar. Siguió mandándome a buscar en cuanto daban las siete, pero ya no me recibía empleando aquellas melosas expresiones de «amor mío» o «tesoro», sustituidas ahora por otras como «muñeca provocativa», «hada maligna», «espíritu» o «traidorzuela». En lugar de caricias me dedicaba muecas, en vez de apretarme contra sí, me pellizcaba un brazo, y los tirones de orejas habían venido a sustituir a los besos. Muy bien; de momento yo prefería decididamente su rudeza a sus tiernas efusiones. Me di cuenta de que la señora Fairfax aprobaba mi conducta, y que sus inquietudes con respecto a mí se desvanecían.
El señor Rochester, mientras tanto, me echaba en cara que lo estaba dejando en los huesos, y me amenazaba con terribles revanchas para el futuro. Yo me reía entre dientes de sus augurios. «Te tengo bajo control —pensaba—, y estoy segura de que me las sabré arreglar para seguir haciéndolo. Si alguno de mis recursos deja de hacer efecto, enseguida me inventaré otro».
Sin embargo, mi tarea no era tan fácil; y muchas veces me sentía más inclinada a darle gusto que a hacerle rabiar. Mi futuro marido estaba empezando a convertirse para mí en el centro del mundo, y aún más, casi en mi esperanza del edén. Entre mis convicciones religiosas y yo se interponía el señor Rochester, de la misma manera que se interpone un eclipse entre el ser humano y el inmenso sol. Por aquellos días era incapaz de ver a Dios por culpa de una de sus criaturas, a quien yo había convertido en mi ídolo.