Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Segunda parte » Capítulo X

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Capítulo X

Los últimos momentos del plazo convenido tocaban a su fin; no se podía detener el día que ya estaba llegando: el día de la boda, y no faltaba detalle en los preparativos para recibirlo. Por lo menos a mí no me quedaba ya nada por hacer. Mis baúles cerrados y atados con cuerdas se apoyaban contra la pared de mi pequeño dormitorio; al día siguiente a estas mismas horas ya estarían camino de Londres y yo también, Dios mediante. Mejor dicho, yo no, sino una tal Jane Rochester, personaje al que aún no conocía. Las etiquetas del equipaje solo faltaba pegarlas, eran cuatro cartulinas cuadradas y las tenía metidas en un cajón. El propio señor Rochester había escrito la dirección de su puño y letra en cada una: «Señora Rochester. Hotel… Londres», pero todavía no me atrevía a ponerlas en el equipaje ni quería que lo hiciera nadie. ¡La señora Rochester! No existía; no nacería hasta el día siguiente a las ocho de la mañana, y tenía que esperar a ver si nacía viva antes de asignarle todas aquellas pertenencias. Ya era bastante con que dentro de aquel armario, frente al tocador, algunas prendas de vestir presuntamente suyas hubieran venido a sustituir un traje de paño negro y el sombrero de paja que traje puestos cuando vine de Lowood. Los atuendos de boda, aquel vestido gris perla y el velo vaporoso colgados de una percha, no tenían nada que ver conmigo, aunque la percha me la habían usurpado. Cerré el armario para esconder aquella indumentaria fantasma que a esa hora de la noche —eran las nueve— difundía una reverberación espectral a través del dormitorio ensombrecido.

«Te dejo, blanco sueño, allá te las compongas —musité—. Tengo fiebre, y oigo soplar el viento. Voy a salir al jardín para sentir su caricia».

No era solo el agobio de los preparativos ni la expectativa ante la gran mudanza que se iniciaba en mi vida al día siguiente lo que me había hecho subir la fiebre. Esos dos motivos contribuían, sin duda, a la inquietud y la excitabilidad de un humor que me arrastraba a aquellas horas al jardín envuelto en sombras. Pero había un tercer motivo de mucho más peso.

Una fantasía extravagante, a causa de un suceso reciente que no alcanzaba a comprender. Había tenido lugar la noche anterior y yo era el único testigo, nadie más lo vio. Aquella noche el señor Rochester la pasó fuera de casa, y aún no había regresado. Una serie de negocios que tenía que resolver personalmente antes de salir de Inglaterra le habían obligado a visitar tres granjas que se hallaban a treinta millas de distancia. Ya al día siguiente le esperábamos, y mi espera era particularmente ansiosa, porque necesitaba desahogarme con él, liberar mi angustia y pedirle explicaciones sobre aquel enigma que me tenía completamente desconcertada. Quédate conmigo, lector, hasta que él llegue, y cuando le cuente mi incidente secreto, podrás participar de tal confidencia.

Me dirigí hacia la huerta buscando refugio del viento, que había soplado impetuoso durante todo el día, aunque sin acarrear ni una gota de lluvia. A medida que avanzaba la noche, incrementaba su furia en vez de amainarla, y su bramido era más recio. Venía del Sur y azotaba las ramas de los árboles, incapaces de enderezarse porque no les daba tregua. Se doblaban bajo su impulso, inclinando hacia el norte sus frondosas copas. Las nubes viajaban a toda prisa de un extremo a otro del cielo, como amalgamas que se persiguen. Ni un solo retal de color azul se había colado entre ellas a lo largo de aquel día de julio.

No dejaba de sentir una especie de placer salvaje al correr encabezando el viento, y disolver en aquel estruendoso e inconmensurable torrente que se adueñaba del espacio las tribulaciones de mi alma. Al bajar por el camino de los laureles, descubrí los escombros del castaño. Aún parecía mantenerse en pie, calcinado y herido. El tronco, partido en dos, fingía respirar por aquella brecha horrible. Las dos mitades no estaban completamente desgajadas una de otra, sino sostenidas en la base por poderosas raíces comunes que todavía hacían del árbol un solo cuerpo, aunque ya sin vida ni riego de savia. Los dos macizos laterales estaban, pues, muertos y, dentro de poco, los temporales del próximo invierno echarían abajo uno de ellos o ambos. Y sin embargo, de momento daba la impresión de que constituían un solo árbol, una ruina de árbol, pero entera.

—Hicisteis bien en agarraros fuertemente la una a la otra —dije, como si las gigantescas astillas fueran seres vivos capaces de escuchar mis palabras—. Creo que por destrozadas y calcinadas que os mostréis, aún debe de embargaros una sensación de vida, gracias al abrazo con vuestras raíces infalibles y leales. Nunca volveréis a echar hoja verde, ni veréis anidar en vuestro follaje a los pájaros que entonan dulces melodías. Se acabó para vosotras el tiempo del gozo y del amor, pero no os hundáis en el desconsuelo, porque cada una comparte al unísono con su compañera la decadencia de ambas.

De pronto, cuando las estaba mirando, salió la luna. Apareció justo en la parte del cielo que se veía a través de la brecha, medio escondida entre nubes y con la faz color sangre. Me miró entre perpleja y asustada y volvió a enterrarse enseguida en la densa amalgama de las nubes. El viento había amainado un poco en los alrededores de Thornfield. Pero a lo lejos, a través de bosques y ríos, llegó de pronto un aullido salvaje y melancólico. Me puse triste y di la vuelta a toda prisa.

Seguí paseando por el huerto de acá para allá, recogiendo manzanas caídas en el césped, junto a las raíces de los frutales, y me entretenía separando las maduras de las verdes. Las llevé a casa y las guardé en la despensa. Luego me llegué a la biblioteca para ver si estaba encendida la chimenea, porque sabía que el señor Rochester, aunque era verano, vendría con frío después de cabalgar en una noche tan lúgubre, y le gustaría encontrar un fuego acogedor. Efectivamente, la chimenea estaba encendida y ardían bien los leños. Arrastré su butaca junto al fuego, le acerqué la mesa, corrí las cortinas y dispuse las velas para poder encenderlas en cuanto llegara. Pero después de hacer todo eso, estaba más nerviosa que nunca, no podía parar quieta en ningún sitio ni aguantaba seguir encerrada en casa. Dieron las diez al mismo tiempo en el reloj antiguo del vestíbulo y en el de la biblioteca.

«¡Qué tarde se está haciendo! —me dije—. Me voy a llegar hasta la verja de abajo. A ratos sale la luna y podré ver un trecho de carretera. Debe de estar al llegar y, si le salgo al encuentro, el tiempo se me hará más corto y menos angustioso».

El viento rugía, meneando las copas de los árboles grandes cercanos a la verja; pero el trozo de carretera que se atisbaba desde allí se mostraba a derecha e izquierda silencioso y desierto: una cinta larga y blanca a la luz de la luna, sin una sola mancha movediza, a excepción de la sombra que proyectaban de vez en cuando las nubes al cruzar aceleradas por delante de la luna.

Una lágrima infantil asomó a mis ojos, mientras acechaba el camino. Lágrima de contrariedad e impaciencia. Me la sequé, avergonzada, y me quedé a la expectativa. La luna se encerró por completo en su camarín y corrió el pesado cortinaje de las nubes. La noche estaba oscura como boca de lobo y el viento no tardó en correr al encuentro de la lluvia.

—¡Ojalá venga! ¡Que venga, que venga pronto! —exclamé, asaltada por presagios sombríos.

Había estado esperándolo ya para el té y se había echado encima la noche. ¿Qué le podía haber pasado? ¿Habría sufrido algún accidente? El incidente de la noche anterior resucitó de nuevo mi memoria, y lo interpreté como un heraldo de desgracia. Me entró miedo. Mis esperanzas habían sido demasiado luminosas para convertirse en realidad, y había disfrutado últimamente de demasiadas alegrías; tal vez la suerte había sobrepasado ya su cima —pensé— y estaba llegándole el turno al declive. «Pero no soy capaz de volverme a meter en casa —seguí pensando—. No puedo quedarme sentada tranquilamente junto al fuego, mientras él está a la intemperie con este tiempo tan infernal. Prefiero fatigar mis costillas que desgarrar mi corazón. Echaré a andar por el camino hasta que lo encuentre».

Empujé la verja y emprendí la ruta a paso ligero, aunque no llegué muy lejos. No llevaría andado ni un cuarto de milla, cuando oí resonar los cascos de un caballo que llegaba al galope; un perro venía corriendo detrás. ¡Abajo los presentimientos endemoniados! Era él, llegaba él en persona cabalgando a lomos de Mesrour y seguido de Pilot. Me vio, porque la luna había conquistado una parcela azul y la recorría con húmedo esplendor, se quitó el sombrero y lo agitó a modo de saludo. Yo corrí a su encuentro y él se inclinó en la silla para tenderme la mano.

—¡Vaya! —exclamó—. Ya veo que no puedes vivir sin mí. Pon el pie en mi espuela, dame las manos y sube.

Obedecí con presteza porque la alegría me había dotado de agilidad, y quedé montada delante de él. Recibí un beso apasionado como bienvenida y una exhibición jactanciosa del triunfo que aguanté como pude. Él mismo controló su euforia para preguntarme:

—Oye, Janet, pero ¿qué te ha pasado para salir a buscarme a estas horas? ¿Hay algo que va mal?

—No, pero creí que no iba usted a llegar nunca, y no podía aguantar esperarlo encerrada en casa, sobre todo con este vendaval y ahora encima lloviendo.

—¡Lluvia y viento, ya lo creo! Estás empapada como una sirena, ponte mi capa, Jane, me parece que tienes fiebre. Te arden las mejillas y las manos. ¿Ha pasado algo? Te lo vuelvo a preguntar.

—Ya nada. Ya no estoy asustada ni triste.

—Lo cual quiere decir que antes lo estabas.

—Sí, más bien. Pero ya se lo contaré luego todo cosa por cosa, señor. Y hasta puede que se ría de mis temores.

—Me reiré incluso a carcajadas. Pero cuando pase el día de mañana; antes no me atrevo. Recuerda que aún no tengo mi galardón asegurado. ¿Eres tú de verdad? ¿Eres la misma que te has escurrido de mí durante un mes como una anguila, con más espinas que una rosa silvestre? No podía ni tocarte sin sufrir un pinchazo, y ahora me parece tener entre los brazos a una oveja descarriada. ¿Es que te escapaste del redil y ahora vuelves a refugiarte en tu pastor? ¿Es eso, Jane?

—He salido a buscarle, sí, pero no cante victoria. Ya estamos en Thornfield. Permítame desmontar.

Me puso en el suelo. Mientras John se hacía cargo del caballo, él me siguió al vestíbulo y me dijo que me cambiara enseguida de ropa y bajase, que me esperaba en la biblioteca. Cuando ya estaba subiendo las escaleras, me detuvo para hacerme prometer que no tardaría.

No tardé, me reuní con él al cabo de cinco minutos, y lo encontré cenando.

—Siéntate y hazme compañía, Jane. Dios quiera que esta sea nuestra última comida en Thornfield por mucho tiempo.

Me senté cerca de él, pero le dije que no tenía ganas de comer.

—¿Estás nerviosa pensando en el viaje que te espera, Jane? ¿Es la idea de ir a Londres lo que te quita el apetito?

—Esta noche, señor, no tengo muy claro el porvenir, y ni siquiera entiendo lo que me pasa por la cabeza. ¡Me parece tan irreal todo!

—Todo menos yo. Yo no soy gaseoso, me puedes tocar.

—Usted, señor, es lo más fantasmal de todo, no es más que un sueño.

Se echó a reír y extendió su mano hacia mí.

—¿Esto es un sueño? —preguntó manteniendo el puño cerrado ante mis ojos.

Tenía una mano firme y vigorosa, rematando un brazo largo, musculoso y fuerte.

—Ya, aunque pueda tocarla, es un sueño —dije apartando los ojos de ella—. ¿Ha terminado de cenar, señor?

—Sí, Jane.

Toqué la campanilla y mandé que se llevaran la bandeja. Cuando estuvimos de nuevo solos, aticé el fuego de la chimenea y me senté en un taburete bajo a los pies de su butaca.

—Es casi medianoche —dije.

—Sí, pero acuérdate, Jane, de que me prometiste pasar en vela conmigo la víspera de mi boda.

—Me acuerdo y estoy manteniendo mi promesa, al menos durante una hora o dos. De momento no tengo sueño.

—¿Lo tienes ya todo preparado?

—Absolutamente todo.

—Yo también —contestó—. Ya tengo hecho todo el equipaje y mañana nos iremos de Thornfield, como una hora y media después de la boda.

—Conforme, señor.

—¡Con qué sonrisa tan rara has dicho que estás conforme, Jane! ¿Y qué manchas rojas son esas que arrebolan tus mejillas? Los ojos te brillan como nunca. ¿Te encuentras bien?

—Creo que sí.

—¿Cómo que crees? Algo te está pasando. Dime lo que sientes.

—No podría, señor. No hay palabras capaces de expresar lo que siento. Ojalá este momento no se acabara nunca. ¿Quién sabe con qué fardos nos cargará el destino?

—Son obsesiones morbosas, Jane. Estás muy alterada, cansada, nerviosa.

—¿Y usted se encuentra tranquilo y feliz?

—Tranquilo no, pero feliz, muy feliz, la dicha me rebosa el corazón.

Le miré para descubrir aquellas señales de felicidad en su rostro, y lo tenía arrebolado y ardiente.

—Confía en mí, Jane —dijo—. Desahoga la angustia que te oprime, compartiéndola conmigo. ¿Qué temes? ¿Que no te dé buen resultado como marido?

—Eso ni se me pasa por la cabeza.

—Entonces ¿es que sientes recelo ante el nuevo ambiente que vas a inaugurar, ante la vida nueva que te espera?

—No.

—Me desconciertas, Jane, tu aspecto y el tono de tu voz, al mismo tiempo audaz y desalentado, me pasman y me hieren. Necesito que me des una explicación.

—Entonces, escúcheme. Usted anoche estuvo ausente.

—Sí, ya lo sé. Y antes has insinuado que sucedió algo durante mi ausencia, probablemente algo insignificante, pero en fin, a ti te ha alterado. Cuéntamelo. ¿Te ha dicho algo la señora Fairfax? ¿O es que has oído chismorrear a los criados? ¡Dime quién ha herido tu amor propio!

—Nadie, señor.

Dieron las doce y esperé hasta que los dos relojes, uno más cantarín y otro más ronco, dejaran caer la última campanada. Luego proseguí:

—Ayer estuve todo el día muy ocupada y me sentía muy contenta en medio del incesante bullicio, porque, al contrario de lo que usted parece creer, ni me agobia ni me asusta pensar en mi nueva vida. Considero una gloria la esperanza de vivir con usted, porque le amo. No, por favor, no se ponga a acariciarme ahora, necesito hablar sin que me interrumpa. Ayer yo confiaba en la Providencia y estaba convencida de que todo se confabulaba en nuestro favor, creía que todos los acontecimientos se habían puesto de acuerdo para trabajar en beneficio nuestro. Hizo un día hermoso, ya lo vería usted. La serenidad del aire y del cielo disipaban cualquier aprensión con respecto a su breve ausencia o a nuestro futuro viaje. Después de tomar el té salí a pasear. Pensaba en usted y me parecía tenerlo tan cerca de mi imaginación, que casi no echaba de menos su presencia. Pensaba en la vida que me espera, y también en la de usted, una existencia mucho más colmada y emocionante que la mía. Hay tanta diferencia entre nuestras vidas como entre las profundidades del océano y las aguas tranquilas de un arroyo que corre hacia el mar. Me preguntaba que por qué dirán los teólogos que este mundo es un valle de lágrimas, cuando yo lo veía como un vergel lleno de rosas. Cuando se puso el sol, el cielo se encapotó y empezó a hacer frío. Me metí en casa. Sophie me estaba llamando desde lo alto de la escalera para que viera mi traje de novia, que acababan de traer. Y en el fondo de la caja encontré su regalo, señor, el velo que, con extravagancia principesca, se empeñó en encargar a Londres, decidido a toda costa, supongo, en vista de que joyas no quería, a imponerme la aceptación de algo igualmente valioso. Sonreí al desdoblarlo, mientras se me ocurrían bromas imaginarias para hacerle rabiar, echándole en cara sus ínfulas aristocráticas y sus manejos para disfrazar a su novia plebeya bajo atributos dignos de la nobleza. Se me ocurrió la idea de enseñarle el simple rectángulo de blonda sin bordado alguno que yo misma había preparado como cobertura para mi modesta cabeza y decirle que si no le parecía más que suficiente para una mujer que no aporta al matrimonio dinero, belleza ni relaciones sociales. Me imaginé con toda nitidez la cara que usted pondría al oírlo, me pareció oír su respuesta liberal y destemplada, exhibiendo un altivo rechazo a incrementar su fortuna o ascender de posición por medio de una boda; no lo necesitaba.

—¡Qué bien lees en el fondo de mi alma, bruja! —interrumpió el señor Rochester—. Pero, dime, ¿qué encontraste en el velo londinense, además de sus ricos bordados? ¿Escondía un puñal o algún veneno para que pongas esa cara de funeral?

—No, señor, nada. Además del primor y el lujo del tejido, solo encontré un orgullo de la marca Fairfax-Rochester; pero no me inmuté, porque ya estoy habituada a mirar frente a frente a ese demonio. Pues bien, cuando empezó a caer la noche, se levantó ventisca. No soplaba el aire de forma tan salvaje como ahora, pero su sonido en cambio era lúgubre y quejumbroso, mucho más fantasmal. Eché de menos la presencia de usted en casa, y al entrar en esta habitación y ver su butaca vacía y la chimenea apagada, me recorrió un estremecimiento. Luego, ya en la cama, no me podía dormir y estuve mucho rato con los ojos abiertos, presa de una excitación y un ansia que me desazonaban. La galerna, al ir en aumento, pareció amortiguar un ruido de fondo, sordo y triste, que no supe localizar dentro de la casa ni tampoco fuera, pero que reaparecía vacilante y lastimero en las pausas que se concedía el viento. Acabé por pensar que sería el ladrido de algún perro que llegaba a través de la distancia. Pero de todas maneras fue un alivio notar que remitía. Cuando al fin me dormí, la noción de una noche negra y borrascosa continuó presidiendo mis sueños. Y tampoco desaparecería la añoranza de usted, ansiaba verlo de nuevo a mi lado, pero al mismo tiempo sentía que una barrera nos estaba separando. Durante un primer tramo de mi sueño yo iba andando por un camino desconocido y lleno de revueltas, rodeada de una oscuridad total y azotada por la lluvia. Llevaba en brazos la carga de un niño pequeño, demasiado pequeño y endeble como para andar solo, cuyo llanto quejumbroso hería mis oídos, y que temblaba entre mis brazos, incapaces de darle calor. Creía que usted estaba más adelante, en el mismo camino, y apretaba el paso obligando a todas las fibras de mi ser a que dieran de sí todo lo posible, al tiempo que me esforzaba desesperadamente por llamarle para decirle que me esperara, pero tenía trabados los movimientos y la voz se me esfumaba antes de conseguir pronunciar su nombre. Y usted, mientras tanto, se alejaba cada vez más.

—¿Y sigues abrumada por esas fantasías, Jane, ahora que ya me tienes a tu lado? ¡Qué excitable es mi niña! Olvida las visiones quiméricas y atente solo a la felicidad tangible. Has dicho que me quieres, Jane, ni tú puedes negarlo ni yo lo voy a olvidar nunca. Aquella llamada no se desvaneció inarticulada en tus labios, ha llegado a mis oídos con toda claridad, como un murmullo, y las palabras que he escuchado, aunque algo solemnes, me suenan a dulce melodía: «Para mí es una gloria vivir contigo, Edward, porque te amo». Eso has dicho. Repítelo. ¿Me amas?

—Con toda mi alma, señor.

—Bien —dijo él tras una breve pausa—. No lo entiendo, pero el caso es que tus palabras se me han clavado dolorosamente. ¿Por qué será? Tal vez por la intensidad y la solemnidad casi religiosa de tu voz al decirlas, y porque la mirada que me estás dirigiendo ahora es la quintaesencia de la fe, de la sinceridad y de la entrega; es demasiado intenso tener al lado a un espíritu. Pon cara de mala, Jane, que te sale muy bien, forja una de esas sonrisas tuyas salvajes, impenetrables o provocativas, dime que me odias, hazme rabiar, métete conmigo. Haz cualquier cosa menos conmoverme. Prefiero que me saques de quicio a que me entristezcas.

—Le sacaré de quicio todo lo que usted quiera, cuando haya acabado con mi relato. Pero tiene que escucharlo hasta el final.

—¿Cómo? ¿Queda algo por contar? Creía que la causa de tu abatimiento había sido el sueño.

Negué con la cabeza.

—¿Quieres decir que te pasaron otras cosas? Pues sigue. Pero te advierto de antemano que soy bastante escéptico, y me inclino a creer que no se trata de nada importante.

Me llamó la atención su actitud aprensiva así como el nerviosismo e impaciencia de que daba repentinas muestras.

—Tuve otro sueño —continué—. Soñé que Thornfield Hall se había convertido en una ruina, desolador imperio de murciélagos y lechuzas. De su magnífica fachada solamente quedaba en pie una pared, frágil como una cáscara. Estuve andando de un lado para otro a la luz de la luna, pisando la hierba que crecía en el antiguo suelo de las habitaciones, tropezando tan pronto con un trozo despegado de la cornisa como con una chimenea de mármol. Seguía llevando al niño desconocido en brazos, lo arropaba con mi chal; por cansada que estuviera de aquella carga y por mucho que dificultara mis andares, sabía que no podía dejarlo en ningún sitio, que mi obligación era no separarme de él. A lo lejos, por el camino, resonaron los cascos de un caballo que se alejaba al galope. Supe seguro que era usted y que se marchaba para muchos años a un país lejano. Trepé por la pared apresurada, frenética y temeraria, ansiosa de verlo desde lo alto por última vez. Las piedras del muro se desprendían bajo mis pies, la hiedra a la que trataba de agarrarme no tenía consistencia y el niño se colgaba de mi cuello muerto de miedo, tan fuerte que a poco me estrangula. Por fin llegué a lo alto y le distinguí a usted a lo lejos como una manchita cada vez más pequeña sobre el camino blanco. El viento arreciaba hasta tal punto que me fue imposible continuar de pie y tuve que sentarme en el estrecho remate de la pared, mientras trataba de calmar al niño, que seguía llorando asustado en mi regazo. Usted dobló la última curva del camino. Me incliné hacia afuera para verlo desaparecer, el muro se desmoronó y comprobé sobresaltada que había perdido el equilibrio. El niño se escapó de mis rodillas, caí al vacío y me desperté.

—Está bien, Jane, olvida eso. Ya pasó.

—Pasó el prólogo, señor; aún le queda por oír la historia. Al despertar, un resplandor deslumbró mis ojos. «¡Ya es de día!», pensé en un primer momento. Pero estaba equivocada: se trataba simplemente de la luz de una vela. Supuse que sería Sophie, que había entrado a buscar algo. Había una vela encendida sobre el tocador, y la puerta del armario donde había colgado mis atavíos de boda y que cerré antes de acostarme estaba abierta. Escuché un crujido procedente de allí. «¿Qué estás haciendo, Sophie?», pregunté. No obtuve respuesta, pero sí vi que una silueta surgía del armario, cogía la vela, la sujetaba en alto y se acercaba a examinar el vestido de novia y el velo que colgaban de la percha. «¡Sophie, Sophie!», volví a gritar. Y siguió respondiéndome el silencio. Me había incorporado en la cama y me incliné a mirar en aquella dirección. Primero me quedé estupefacta, pero enseguida el pasmo se convirtió en una perturbación que hizo presa en mí y me heló la sangre. No era Sophie, señor Rochester, ni tampoco Leah, ni la señora Fairfax, no, no lo eran, estoy segura, y ni siquiera esa misteriosa Grace Poole, tampoco ella.

—Pues alguna de ellas tendría que ser —me interrumpió el señor Rochester.

—No, señor, le juro por lo más sagrado que no. La figura que tenía ante mis ojos jamás había sido atisbada antes por ellos dentro de los límites de Thornfield Hall. Su altura y los contornos de su cuerpo no la asemejaban a nadie que yo conociera.

—Descríbemela, Jane.

—Era una mujer alta y fornida, con una cabellera negra muy espesa que le colgaba suelta por la espalda. No sé qué clase de vestimenta llevaba, aunque sí que le caía en pliegues rectos y blancos; pero no puedo decirle si era un camisón, una sábana o una mortaja.

—¿Le viste la cara?

—Al principio no. Pero de repente sacó mi velo de novia del armario, lo levantó y se quedó mirándolo un rato fijamente. Después se lo puso en la cabeza y se dio la vuelta para contemplarse en el espejo. En ese momento vi reflejado su rostro con bastante detalle en la luna oval y oscurecida del armario, y se me quedaron grabadas sus facciones.

—¿Y cómo eran?

—Me parecieron, señor, espantosas y cadavéricas. ¡Nunca había visto un rostro semejante! Era un rostro lívido, salvaje. ¡Ojalá pudiera borrar de mi memoria sus ojos que giraban como inyectados en sangre, y la hinchazón amoratada y terrible de sus facciones!

—Los fantasmas, Jane, suelen ser pálidos.

—Pues este era más bien morado, señor. Tenía los labios abultados y oscuros, la frente fruncida y las cejas negras fieramente alzadas sobre los ojos enrojecidos. ¿Puedo decirle a quién me recordaba?

—Debes decírmelo.

—Pues al espectro de las leyendas alemanas, al vampiro.

—¿Ah, sí? ¿Y qué hizo?

—Se quitó el velo de su evanescente cabeza, lo desgarró en dos mitades, las tiró al suelo y las pisoteó.

—¿Y luego?

—Luego se acercó a la ventana, corrió la cortina y miró afuera, tal vez al acecho de la aurora inminente, porque de repente retrocedió, volvió a coger la vela y se encaminó a la puerta. Se paró al pasar junto a mi cama, me lanzó una mirada terrible, acercó la llama a mi cara y luego la sopló ante mis propios ojos y quedamos a oscuras. Yo sabía que aquel rostro espectral estaba alentando sobre el mío y el terror me hizo desvanecerme. A lo largo de toda mi vida solamente otra vez, además de esta, he perdido el conocimiento, porque soy bastante difícil de aterrorizar.

—¿Quién estaba contigo cuando recobraste el conocimiento?

—Nadie, señor, solo la luz, porque ya era de día. Me levanté, me mojé bien la cara y la cabeza y bebí un largo trago de agua. Me di cuenta de que, aunque debilitada, no me encontraba enferma, y decidí que no le contaría a nadie más que a usted lo que había visto. Ahora, señor, le toca a usted decirme quién era esa mujer.

—Una creación de tu mente sobreexcitada, eso es lo que era. Te tienes que cuidar, tesoro mío, una sensibilidad como la tuya requiere un trato especial.

—Por favor, créame, ni mi sensibilidad ni mis nervios me hicieron ver visiones. Lo que vi era algo real, y el suceso tuvo lugar de verdad.

—¿Y también eran reales tus sueños anteriores? ¿Está Thornfield Hall en ruinas, y yo separado de ti por insuperables obstáculos? ¿Me ves dispuesto a abandonarte sin una lágrima, sin una palabra o un beso de despedida?

—Todavía no.

—¿Ah, te parece que voy a hacerlo? Mira, va a comenzar el día señalado para que se lleve a cabo nuestra unión indisoluble. Y yo te garantizo que, una vez casados, no volverán a asaltarte esos terrores imaginarios.

—¿Terrores imaginarios, dice? Ojalá pudiera creer que no fueron más que eso. Necesitaría creerlo ahora más que nunca, al ver que ni siquiera usted es capaz de aclararme el misterio de la terrorífica visitante.

—Y si no puedo aclarártelo, quiere decir que viste visiones.

—Pero olvida usted una cosa, señor. Cuando esta mañana al levantarme me dije yo eso mismo, que habría visto visiones, y miré a mi alrededor, como si quisiera extraer ánimos y consuelo del aspecto familiar de los objetos a plena luz del día, allí mismo, sobre la alfombra mis ojos se toparon con algo que desmintió mi conjetura: ¡el velo de novia rasgado de arriba abajo en dos mitades!

El señor Rochester se sobresaltó, vino rápidamente a rodearme con sus brazos y noté que temblaba.

—¡Gracias a Dios —exclamó— que solo resultó dañado el velo! Si algún ser maligno se acercó a tu cuarto anoche, pudo haberte atacado también a ti. ¡No quiero ni pensar de lo que te has librado!

Suspiró profundamente y su abrazo se hizo tan estrecho que casi no me dejaba respirar. Después de un rato de silencio, continuó, en tono animoso:

—Mira, Jane, te voy a explicar lo que creo que pasó. Hay parte de realidad y parte de sueño en lo que me has contado. Indudablemente una mujer entró en tu cuarto y era (supongo que sería) Grace Poole. Tú misma me has llamado muchas veces la atención sobre su misteriosa identidad, sobre su anormal conducta. Y con toda razón, Jane. Acuérdate de lo que me hizo a mí, de cómo atacó a Mason. Pues bien, anoche, en tu duermevela, la viste entrar y hacer lo que hizo. Pero como estabas febril y casi en trance de delirio, a causa de los sueños anteriores, le atribuiste un aspecto fantasmal, distinto al suyo, una melena larga y enmarañada, mejillas amoratadas y tumefactas, altura desmesurada, todo eso fue producto de tu imaginación, secuela de las pesadillas padecidas. El velo lo rompería deliberadamente, es algo típico de su maldad. Comprendo que quieras saber por qué mantengo a mi servicio a una mujer de semejantes características. Cuando llevemos casados un año y un día te lo contaré, pero ahora no. ¿Te basta con eso, Jane? ¿Aceptas mi explicación del enigma?

Me quedé pensando, y en realidad me parecía la única explicación posible, aunque insatisfactoria. Por supuesto que no me quedaba conforme, pero me esforcé por aparentar lo contrario porque no quería verlo enfadado. Bastante mejor sí me sentía, y por eso le sonreí aliviada. Y como ya era más de la una, me dispuse a retirarme.

—¿No duerme Sophie con Adèle en el cuarto de la niña? —preguntó él, mientras me encendía la vela.

—Sí, señor.

—¿Y no hay sitio en la cama de Adèle para que tú puedas dormir hoy con ella? Por una noche, debes hacerlo, Jane. Es natural que un incidente como el que me has referido te haya sobreexcitado, y me quedaría más tranquilo si no durmieras sola. Prométeme que dormirás con la niña.

—Me encantará hacerlo, señor.

—Y cierra con llave por dentro. Despierta a Sophie cuando entre, y le pones como excusa que prefieres dormir allí para que ella te despierte mañana temprano, porque antes de las ocho tienes que vestirte y desayunar. Y por favor, Janet, espanta los presagios sombríos, ¡se acabaron las penas! ¿No oyes cuán dulcemente llegan a tus oídos los susurros del viento? La lluvia, por fin, ha dejado de azotar los cristales. ¡Mira! —añadió descorriendo la cortina—. ¡Mira qué noche tan hermosa se ha quedado!

Así era, en efecto. La mitad del cielo estaba limpia de nubes y estas, barridas por el viento, que soplaba del oeste, desfilaban aprisa hacia el este en alargadas hileras de plata. La luna resplandecía pacífica.

—Bueno —dijo él, buscando inquisitivo mi mirada—. ¿Cómo se encuentra ahora mi Janet, algo mejor?

—La noche se ha despejado, señor. Y yo también.

—Pues no vuelvas a soñar esta noche con separaciones ni desgracias, solo con el amor, y con nuestra bendita boda.

Este augurio no se cumplió más que a medias. No porque soñara con catástrofes sino porque, como no pegué ojo, tampoco pude soñar con la felicidad. Abrazada a la pequeña Adèle, la miré dormir confiada y segura en su inocencia, mientras yo esperaba con los ojos abiertos el alba del nuevo día. Toda mi vida estaba al acecho, llenándome el cuerpo de expectativas. Y tan pronto como el sol se levantó, yo lo imité. Recuerdo que Adèle se abrazó fuertemente a mí, cuando estaba a punto de abandonar la cama, y cómo, al separar sus manitas de mi cuello, la besé y se me saltaron las lágrimas, presa de una rara emoción. Me desprendí de ella porque no quería que mi llanto turbara su reposo. Ella era como el emblema de mi pasado. Y él, para quien inmediatamente iba a ataviarme y a cuyo encuentro me encaminaba, el inquietante aunque adorado índice de mi ignoto futuro.

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