Jane Eyre (ed. Alba)
Segunda parte » Capítulo XI
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Capítulo XI
A las siete vino Sophie para ayudar a vestirme; se entretuvo mucho tiempo en la tarea, tanto que el señor Rochester, cada vez más impaciente por mi retraso, supongo, mandó a preguntar que por qué no bajaba. Estaba acabando en ese momento de colocarme el velo (que al fin tuvo que ser aquel sencillo y cuadrado de blonda cortado por mí), me lo prendí al pelo con un broche y me liberé de las manos de Sophie a toda prisa.
—¡Un momento! —exclamó ella en francés—. Mírese en el espejo, no se ha echado ni un vistazo.
Me volví desde la puerta, y vi una figura ataviada con aquel traje y aquel velo, tan diferente de la que estaba acostumbrada a ver que casi me pareció la imagen de una extraña.
—¡Jane! —llamó una voz desde abajo.
Bajé corriendo y en el arranque de la escalera estaba esperándome el señor Rochester.
—¡Qué calma la tuya, Jane! —me dijo—. La cabeza me echa humo de impaciencia, ¡y tú desesperándome con tanta tardanza!
Me llevó al comedor, me supervisó atentamente de pies a cabeza y dijo:
—Pareces una azucena; no solo enorgulleces mi vida, sino que mis ojos te desean, preciosa.
Dichas estas palabras, no me concedió más que diez minutos de plazo para desayunar algo, y enseguida tocó la campanilla. Uno de sus lacayos, recién contratado, acudió a la llamada.
—¿Tiene John preparado el coche? —le preguntó.
—Sí, señor.
—¿Han bajado el equipaje?
—Lo están bajando ahora.
—Acércate a la iglesia para ver si el reverendo Wood y el sacristán han llegado ya. Y vuelves corriendo a decírmelo.
La iglesia, como ya he dicho, estaba junto a la verja de la entrada, así que el lacayo no tardó en volver.
—El reverendo Wood está ya en la sacristía, señor, poniéndose la sobrepelliz.
—¿Y el coche?
—Están acabando de enjaezar los caballos.
—No nos van a hacer falta para ir a la iglesia, pero tiene que estar listo para cuando volvamos, una vez acabada la ceremonia, con todos los baúles y los bultos bien colocados y sujetos, y el cochero al pescante.
—De acuerdo, señor.
—¿Estás dispuesta, Jane?
Me levanté. No había testigos, ni damas de honor, ni familiares a los que esperar o buscar acomodo, no éramos más que él y yo. Al pasar por el vestíbulo vi a la señora Fairfax, que estaba allí de pie. Me hubiera gustado acercarme y decirle algo, pero aquella mano férrea agarrada a la mía tiraba de mí tan enérgicamente que a duras penas podía adaptar mis pasos al ritmo de los de él. Y mirarle a la cara no hubiera servido más que para leer en ella su inflexibilidad ante un solo minuto de demora. Me pregunto si habrá existido nunca otro novio con tales muestras de impaciencia y determinación, tan reconcentrado en sus propósitos, con aquellos ojos que echaban fuego bajo las cejas impasibles.
No puedo decir si hacía mal tiempo o bueno. Cuando íbamos bajando por la cuesta no paraba mientes ni en el cielo ni en la tierra. Mi corazón siguió el rumbo de mis ojos, y ambos parecían haber emigrado hacia el cuerpo del señor Rochester. Ansiaba aquel algo invisible que, según avanzábamos, parecía captar la atención de su mirada desorbitada y terrible. Hubiera dado cualquier cosa por apresar los pensamientos contra los que parecía mantener encarnizada batalla.
Al llegar al portillo del cementerio que rodeaba la iglesia, se detuvo, y reparó en que yo estaba sin aliento.
—Soy muy cruel contigo, ¿verdad, mi vida? —dijo—. Tómate unos minutos de respiro, Jane, apóyate en mí.
Parece que estoy viendo aquella gris y vetusta fachada de la casa de Dios tal como surgió ante mis ojos en ese momento, bajo el rosicler de la mañana; solamente la imagen de un grajo que revoloteaba en torno al campanario venía a turbar su quietud. También recuerdo los montículos verdosos de las tumbas. Y sobre todo se me quedaron grabadas las figuras de dos desconocidos que vagabundeaban por entre los escasos sepulcros de piedra leyendo los epitafios de sus lápidas musgosas. Me fijé en ellos porque, cuando advirtieron nuestra presencia, se dirigieron hacia la parte trasera de la iglesia, y no puse en duda que entrarían por la puerta lateral para asistir a la ceremonia. El señor Rochester no los vio, embebido como estaba en la contemplación preocupada de mi rostro, aquejado probablemente de una súbita palidez, porque sentí la frente perlada de sudor y las mejillas y los labios fríos. Cuando me rehíce, que fue casi enseguida, enfiló de mi brazo a paso lento el repecho que subía hasta el porche.
Entramos en la iglesia humilde y silenciosa. El clérigo nos esperaba con su sobrepelliz blanca al pie del sencillo altar. Nada alteraba la quietud excepto dos sombras que bullían en un rincón del fondo. No me había equivocado en mi conjetura, los desconocidos se habían colado en la iglesia, antes de llegar nosotros, y se hallaban ahora de espaldas junto a la cripta de los Rochester. A través de las rejas, parecían estar examinando atentamente el viejo sepulcro de mármol manchado por el paso del tiempo, a cuya cabecera un ángel de rodillas vigilaba los restos de Damer de Rochester que halló la muerte en el páramo de Marsden durante las guerras civiles y de su esposa Elizabeth.
Ocupamos nuestro lugar en el comulgatorio. Al oír a mis espaldas un rumor cauteloso de pasos, miré de refilón por encima del hombro. Uno de los dos desconocidos, con evidente aspecto de caballero, avanzaba por el presbiterio. La ceremonia dio comienzo. Se expuso el motivo de nuestra presencia allí: la decisión de unirnos en santo matrimonio, y, tras aquel preámbulo, el reverendo Wood dio un paso al frente, e inclinándose luego ligeramente hacia el señor Rochester, prosiguió en estos términos:
—Os requiero, y solicito de ambos una respuesta tan veraz como la que os será demandada el terrible día del Juicio Final ante cuyo tribunal habréis de dar cuentas revelando los más íntimos secretos del corazón, que si conocéis algún impedimento que se oponga a que este santo sacramento del matrimonio tenga vigencia, lo confeséis ahora mismo. Porque habéis de saber que todos aquellos que se unieren traicionando la palabra de Dios, ni están casados a los ojos de Dios ni su matrimonio es válido ante la ley.
Tras aquella pregunta rutinaria, hizo una breve pausa, como para cumplir con el obligado expediente. ¿Alguna vez la pausa que sigue a la frase enunciada es rota por una réplica? Puede que una vez cada cien años. El clérigo, que no había levantado los ojos del libro donde la leyó y que apenas llevaría unos segundos conteniendo el aliento, extendió la mano hacia el señor Rochester y sus labios se entreabrían ya, sin duda para preguntar: «¿Quieres aceptar a esta mujer por legítima esposa?», cuando una voz alta y clara formuló a nuestras espaldas, muy cerca, la siguiente réplica:
—El matrimonio no puede celebrarse. Yo declaro que existe un impedimento.
Tanto el clérigo como el sacristán se quedaron mirando fijamente a la persona que había hablado, sin decir una palabra. El señor Rochester se tambaleó levemente, como si la tierra estuviera a punto de abrirse bajo sus pies, pero enseguida los afianzó con firmeza.
—Continúe usted —dijo, sin volver la cabeza ni la mirada hacia atrás.
Un silencio sepulcral siguió a este mandato, pronunciado en voz baja pero profunda.
—No puedo continuar —contestó el clérigo— sin averiguar antes si la alegación aportada es falsa o verdadera.
—La ceremonia tiene que suspenderse —añadió la misma voz a nuestras espaldas—. Tengo pruebas de mi alegato, y sostengo que hay un obstáculo insuperable para que pueda celebrarse el presente matrimonio.
El señor Rochester lo había oído, pero fue como si no. Se mantuvo impasible, terco y erguido, sin otra señal de vida que la que me transmitía al apretarme la mano. ¡Con qué avidez se había apoderado de ella la suya ardorosa y qué fuerte me la apretaba! Su frente ancha, pálida y maciza me pareció en aquel momento esculpida en mármol. ¡Y cómo le brillaban los ojos impasibles, salvajes, al acecho!
El reverendo Wood no sabía qué hacer.
—¿Cuál es la naturaleza de ese impedimento? —preguntó—. Puede tratarse de un malentendido que quepa aclarar.
—Lo veo difícil —fue la respuesta—. Cuando he afirmado que es insuperable, lo decía con conocimiento de causa.
La persona que había hablado por fin avanzó, se apoyó en la barandilla del altar y continuó su alegato sin levantar la voz, pero deteniéndose en la pronunciación de cada palabra con exactitud y tranquila firmeza.
—Se trata ni más ni menos que de la existencia de una boda anterior. El señor Rochester tiene una esposa que aún vive.
Estas palabras tan quedas sacudieron todo mi sistema nervioso más que cien truenos desatados. Mi sangre respondió a su vibración sutil pero agresiva como nunca había reaccionado ante el fuego o la helada. Pero sabía que no me iba a desmayar y eso me ayudó a no perder el control. Miré al señor Rochester y le obligué a que él me mirase también. Su rostro demudado parecía de roca incolora, pero sus ojos, aunque pétreos, echaban chispas. No negó nada, parecía dispuesto a desafiarlo todo. Sin sonreír ni dirigirme la palabra, como si no reconociera en mí a un ser humano, me rodeó el talle con el brazo y me afianzó a su lado.
—¿Quién es usted? —le preguntó al intruso.
—Me llamo Briggs, soy abogado, y tengo mi despacho en Londres.
A continuación especificó las señas de su bufete, con calle y número.
—¿Y me quiere usted colgar una esposa?
—Quiero recordarle que no es lo mismo la existencia de una esposa reconocida por la ley, aunque usted, señor, se empeñe en no desmentir su existencia.
—Tenga la bondad de aportar datos y de especificar su nombre, sus antecedentes familiares y su lugar de residencia.
—Con mucho gusto —contestó el señor Briggs.
Luego sacó un documento del bolsillo y en un tonillo nasal como de alguien que lo hace por cumplir comenzó a leer:
—Afirmo y estoy en disposición de demostrar que el veinte de octubre de 18… —y dio una fecha de quince años antes— el señor Edward Fairfax Rochester, de Thornfield Hall, del condado de…, y de Ferndean Manor, del condado de…, ambos de Inglaterra, contrajo matrimonio con mi hermana Bertha Antonieta Mason, hija de Thomas Mason, comerciante, y de su esposa Antonieta, de raza criolla, en la iglesia… de Puerto España, Jamaica. El certificado matrimonial está archivado en el registro de dicha iglesia y obra en mi poder una copia legal del mismo. Firmado: Richard Mason.
—Ese documento —argumentó Rochester—, caso de que sea auténtico, podrá probar, en todo caso, que yo tuve una esposa, pero no demuestra que la mujer mencionada en él como tal siga aún viva.
—Vivía hace tres meses —replicó el abogado.
—¿Y usted cómo lo sabe?
—Tengo un testigo de cargo, cuya declaración ni usted mismo será capaz de refutar.
—¡Pues tráigalo o váyase al diablo!
—Prefiero traerlo, está allí, en la sombra. Señor Mason, haga el favor de acercarse.
Al escuchar aquel nombre, el señor Rochester apretó los dientes, al tiempo que una especie de espasmo convulso estremecía su cuerpo. Yo, como estaba tan pegada a él, recibía la vibración de aquel ataque de desesperada furia. Mientras tanto, el segundo forastero, rezagado hasta entonces a un segundo término, ya había zanjado la distancia que lo separaba del altar y asomaba una cara pálida por encima del hombro de su abogado. Y sí: era Mason en persona. El señor Rochester, fuera de sí, se volvió a mirarlo. Sus ojos, que, como ya he dicho varias veces, son negros, despedían en aquel momento un fulgor entre leonado y sanguinolento que alteraba su negrura. Se le había subido la sangre a la cara y tanto sus mejillas morenas como su descolorida frente recibieron de pronto aquel rubor como de un surtidor de fuego. Se agitó y levantó su fuerte brazo con ademán agresivo; podía derribar a Mason y aplastarlo contra el suelo, cortarle la respiración de un golpe inmisericorde, pero Mason escurrió el bulto y exclamó achantado:
—¡Ay, Dios, ay, Dios mío!
El más helado desprecio vino a sustituir el arrebato pasional del señor Rochester, marchitándolo como bajo los efectos de una plaga.
—¿Tienes algo que decir tú? —se limitó a preguntar.
Una réplica imperceptible se escapó de los labios blanquecinos de Mason.
—Debes de estar poseído por el diablo cuando no consigues que se te oiga. Te vuelvo a interrogar: ¿qué tienes que decir tú?
—Señor, por lo que más quiera —intervino el clérigo—, no olvide que se encuentra usted en un lugar sagrado. —Y luego, dirigiéndose a Mason, le preguntó con delicadeza—: ¿Le consta a usted, señor, que la anterior esposa de este caballero sigue viva?
—¡Ánimo! —le metió prisa el abogado—. ¡No te amilanes y habla!
—Está viviendo actualmente en Thornfield Hall —dijo Mason en un tono menos confuso y mejor articulado—. La vi allí el pasado mes de abril. Yo soy su hermano.
—¿En Thornfield Hall? —se extrañó el reverendo Wood—. Eso es inverosímil. Yo vivo en esta zona desde hace muchos años y jamás he oído comentar a nadie que en Thornfield Hall viviera ninguna señora Rochester.
Vi cómo una tenebrosa sonrisa contraía los labios de mi señor.
—No, por Dios —murmuró—, ya me ocupé yo de que nadie oyera hablar de ella, al menos bajo ese título. —Se quedó reconcentrado durante un rato, como si estuviera consultando el caso consigo mismo. Y luego, de repente, enunció la resolución a que había llegado—: Se acabó, salgamos todos de aquí como alma que lleva el diablo. Cierre su libro, reverendo Wood, y quítese la sobrepelliz. Y usted, John Green —añadió dirigiéndose al sacristán—, hoy no se celebrará aquí ninguna boda, así que puede abandonar la iglesia.
El sacristán se apresuró a obedecerle, mientras el señor Rochester desafiante y atolondrado, iniciaba una larga perorata.
—¡Qué mal suena la palabra bigamia! Y sin embargo yo iba para bígamo. Pero el destino ha podido más que yo o, mejor dicho, me ha frenado. En estos momentos no soy mucho mejor que un diablo y merezco de sobra, como sin duda diría mi pastor, que caiga sobre mí el juicio implacable de Dios, que me consuma el fuego eterno y que haga presa en mis carnes el gusano inmortal. ¡Mi plan se ha ido al garete, señores! Lo que dicen este abogado y su cliente es la pura verdad: me casé, y la mujer con quien me casé vive todavía. Dice usted, reverendo Wood, que nunca ha oído hablar de la tal señora Rochester en la casa de allá arriba, pero seguro que había escuchado muchas veces ciertos chismorreos acerca de la loca misteriosa a quien se esconde y vigila en el piso alto. Algunos le habrán insinuado que es una hermanastra bastarda mía, otros que una vieja amante repudiada. Pues bien, yo le notifico ahora que es mi mujer y que me casé con ella hace quince años, Bertha Mason, hermana de este sujeto tan decidido, cuyo rostro demudado y tembloroso pone de manifiesto, sin embargo, de qué basto material están fabricados algunos hombres. ¡Ánimo, Dick! ¡No me tengas tanto miedo! Antes pegaría a una mujer que pegarte a ti. Bertha Mason está loca, y le viene de familia, pues la suya cuenta con tres generaciones de idiotas y dementes, su madre, la criolla, además de loca estaba alcoholizada, cosa que descubrí después de mi boda, porque era un secreto guardado celosamente. Bertha, como buena hija, imitaba a su progenitora en ambas inclinaciones. Pueden imaginarse lo feliz que fui con tan encantadora, sensata y modesta compañera. Si hubieran visto las escenas que hubo entre nosotros, no dudarían en calificarlas de paradisíacas. Pero sobran las explicaciones, y voy a sustituirlas por una invitación a casa para que conozcan a mi esposa, la paciente de Grace Poole. Allí verán ustedes, Briggs, Mason y Wood, con qué clase de ser me estafaron, y juzgarán al verlo si tengo derecho o no a romper el pacto y buscar afinidades con alguien perteneciente, al menos, a la raza humana. Esta muchacha —prosiguió, mirándome— no sabía más que usted o el reverendo Wood acerca del repugnante secreto; ella creía que todo era legal y transparente, y nunca se le pasó por la cabeza que iban a atraparla en las redes de una boda fraudulenta con un miserable, víctima de una estafa, y ya unido a una pobre loca embrutecida con ramalazos de maldad. ¡Vengan todos conmigo, síganme!
Sin dejar de sujetarme con fuerza, se precipitó fuera de la iglesia, y los tres hombres nos siguieron. Ante la fachada de la casa, encontramos el coche.
—Vuélvelo a meter en la cochera, John —dijo el señor Rochester, tajante y frío—. Hoy no va a hacer falta.
En el vestíbulo estaban la señora Fairfax, Adèle, Sophie y Leah, que se adelantaron para darnos la enhorabuena.
—¡Todo el mundo arriba, de frente, señores! —gritó el amo—. ¡Y huelgan las enhorabuenas! ¿Quién las necesita? Llegan con quince años de retraso.
Pasó de largo y empezó a subir las escaleras, siempre llevándome fuertemente agarrada de la mano, y haciendo gestos a los tres testigos de lo ocurrido para que nos siguieran, como efectivamente hicieron. Subimos al segundo piso, recorrimos el pasillo e iniciamos el ascenso hacia el tercero. La puerta baja y negra fue abierta por la llave que sacó el señor Rochester y entramos al cuarto de paredes tapizadas con su gran cama y su gabinete con puerta-vitrina de colores.
—Tú ya conoces este sitio, Mason —comentó nuestro guía—. Aquí es donde ella te mordió y te clavó el cuchillo.
Alzó los tapices de una de las paredes y apareció una segunda puerta, que estaba oculta. También abrió esta. En la habitación sin ventanas que se ofreció ante nuestros ojos, ardía una fogata, protegida del exterior por un guardafuegos alto y sólido. Una lámpara, colgada de una gruesa cadena, pendía del techo. Grace Poole, inclinada sobre la chimenea, parecía estar calentando un guiso en una cazuela. En la sombra, al fondo de la habitación, vimos correr de un lado a otro a una figura indistinta. A primera vista no podía percibirse si era humana o animal. Serpenteaba a cuatro patas echando mano a todo y gruñendo como una fiera; pero iba vestida, y una abundante melena como de león, pero de pelo negro y alborotado, le cubría el rostro.
—Buenos días, señora Poole —saludó el señor Rochester—. ¿Cómo está usted? ¿Y que tal día lleva su paciente?
—Vamos tirando, señor, muchas gracias —respondió Grace, mientras colocaba aquel guisote hirviendo sobre la repisa de la chimenea—. Un poco protestona está, pero no agresiva.
Un espantoso chillido vino a dar un mentís a tan benigno informe. Se incorporó la hiena vestida y se puso de pie sobre sus patas traseras.
—¡Cuidado, señor, le ha visto a usted! —advirtió Grace—. Yo creo que no debe quedarse aquí.
—Son solo unos momentos, Grace, permítame que me quede unos momentos.
—¡Pero no la pierda de vista, por amor de Dios! Todas las precauciones son pocas.
La loca se apartó de la cara, bramando, los mechones enmarañados de su cabellera, y contempló con ferocidad a los recién llegados. Inmediatamente reconocí aquel rostro lívido y aquellos rasgos tumefactos. La señora Poole se puso delante de ella.
—¡Quítese de en medio! —dijo el señor Rochester, empujándola para que se apartara—. No lleva cuchillo, creo, y yo estoy alerta.
—Nunca se sabe lo que lleva y lo que no, señor. Es tan artera que no hay ser mortal, por avisado que sea, capaz de imaginar sus tretas.
—Será mejor que nos vayamos —susurró Mason.
—¡Vete tú, pero al infierno! —le increpó su cuñado.
—¡Cuidado! —gritó Grace Poole.
Los tres visitantes se echaron atrás inmediatamente. El señor Rochester cubrió mi cuerpo con el suyo y luego me apartó. La loca le saltó al cuello, le clavó los dientes en la mejilla y se entabló una lucha entre ellos. Era una mujer corpulenta y musculosa, casi tan alta como su marido, y a lo largo de la contienda hizo gala de una fortaleza más viril que femenina. Más de una vez dio la impresión de que iba a estrangularlo, aunque él era un hombre atlético. Creo que, si quisiera, hubiera podido tirarla al suelo de un puñetazo, pero evidentemente no quiso, y se limitó a forcejear con ella. Al final, consiguió sujetarle los brazos, y atárselos a la espalda con una cuerda que le trajo Grace Poole. Con otra cuerda que encontró él, la dejó amarrada a una silla. Esta operación se llevó a cabo entre feroces aullidos y espasmos. El señor Rochester se volvió luego hacia sus espectadores y los miró con una sonrisa entre mordaz y desolada.
—Esta es mi mujer —dijo—. ¡De esa clase son los únicos abrazos conyugales con que consuela mis ratos de asueto! Y esta es la que yo había elegido —añadió, poniéndome una mano en el hombro—, esta joven seria, que se mantiene impasible incluso ante la boca misma del infierno, contemplando sin alterarse los vaivenes de un demonio. A ella es a quien quería y quiero. Véanla, señores, y miren luego a la feroz alimaña. Comparen esta mirada limpia y franca con aquellos ojos fuera de las órbitas, este rostro con aquella careta, esta figura con aquella masa informe y luego júzguenme ustedes dos, ministro de las Sagradas Escrituras y mandatario de la ley, pero antes de emitir su veredicto recuerden que, tal como juzguen, así serán juzgados. Y ahora váyanse. Tengo que encerrar a mi trofeo.
Nos fuimos todos. El señor Rochester se quedó allí para impartir sus órdenes a Grace Poole.
Cuando bajábamos la escalera, el abogado me dijo:
—Usted, señora, está libre de toda culpa. Y su tío se alegrará de saberlo, si es que aún vive cuando el señor Mason regrese a Madeira.
—¿Mi tío? ¿Qué noticias puede darme de él? ¿Es que lo conoce?
—Lo conoce el señor Mason. El señor Eyre es el representante en Funchal[86] de los negocios de Mason. Cuando su tío recibió la carta que le escribió usted participándole su boda, dio la casualidad de que Mason estaba con él, porque se recuperaba en Madeira antes de seguir viaje a Jamaica. Como el señor Eyre sabía que Mason conocía a un caballero apellidado Rochester, le comunicó la noticia. Se puede imaginar la angustia y el pasmo de Mason, quien se vio obligado a revelarle a su amigo la verdad. Antes de nada, siento informarle de que el señor Eyre padece una cruel enfermedad, ya muy avanzada, de la que es probable que no salga. Esa es la razón de que no viniera él personalmente a Inglaterra, para quitarle a usted la venda de los ojos y avisarla de la trampa en que iba a caer; así que le rogó al señor Mason que le suplantara en este cometido, y le dio mis señas para que yo le asesorase. Me di prisa en hacerlo y me alegra mucho haber podido llegar a tiempo, supongo que usted también se alegrará. Si no estuviera casi seguro de que a su tío le quedan escasos días de vida, la aconsejaría que acompañase hasta Madeira al señor Mason, pero, tal como están las cosas, creo que es mejor que se quede en Inglaterra en espera de noticias sobre el caso. ¿Tiene usted que atender a algo más? —le preguntó al señor Mason.
—No, no, vámonos cuanto antes —respondió el otro, muy nervioso.
Y sin esperar siquiera a despedirse del señor Rochester, se dirigieron a la puerta principal y salieron por ella. El reverendo Wood se quedó un poco más para suministrar algún consejo o reproche a su altanero feligrés. Una vez cumplida esta obligación, se marchó él también.
Le oí salir cuando estaba junto a la puerta entreabierta de mi habitación, donde había buscado retiro. En cuanto comprendí que se habían ausentado todos, me encerré en ella, corrí el cerrojo para evitar el asalto de cualquier intruso y, como estaba aún serena, descarté la entrega al llanto o la lamentación, me despojé del traje de novia y lo sustituí por el de paño que había usado siempre y que la noche anterior creí estarme quitando por última vez. Luego me senté, porque me notaba floja y cansadísima, apoyé los brazos sobre la mesa y escondí la cara entre ellos. Y me puse a pensar. Hasta ese momento no había hecho más que moverme, ver, oír, ir de arriba abajo siguiendo a otro que me guiaba o tiraba de mí, ser espectadora de los acontecimientos y revelaciones que se sucedían en cadena. Pero ahora me había puesto a pensar.
La mañana había transcurrido más bien tranquila, si se exceptúa la breve escena con la loca del ático; lo que ocurrió en la iglesia no fue estruendoso, no hubo estallidos pasionales ni altercados a gritos, ni desafíos, ni querellas, ni lágrimas, ni sollozos. Se intercambiaron unas palabras, se formularon con toda serenidad unos reparos al matrimonio que estaba a punto de celebrarse, el señor Rochester opuso unas preguntas sucintas y severas, y tras las respuestas, aclaraciones y testimonios pertinentes, mi señor confesó abiertamente la verdad y nos invitó a contemplar en vivo la prueba de su confesión. Luego se marcharon los intrusos, y se acabó. Eso fue todo, y ya había pasado.
Ahora volvía a estar, como siempre, en mi cuarto; era yo misma, en torno a mí no percibía cambios visibles, ni mutilación en mi ser; conmigo nadie se había metido ni había recibido daño directo. Y sin embargo, ¿dónde estaba la Jane Eyre de ayer? ¿Qué había sido de su vida y de sus proyectos?
Aquella Jane Eyre ardiente y esperanzada, disfrazada de novia, volvía a ser una muchacha solitaria y encogida, su vida era desvaída, su porvenir desolador. Una helada navideña había sobrevenido en la plenitud del verano, sobre el mes de junio cayeron las ventiscas y nieves de diciembre; el hielo congeló las manzanas en sazón y aplastó los rosales, los campos de heno y maíz estaban cubiertos por una blanca mortaja, a las vereditas que la noche anterior hacían gala de un derroche de flores les había cerrado el paso una manta de nieve por nadie hollada aún y los bosques, que doce horas antes se mostraban frondosos y fragantes a manera de arboledas tropicales, ahora se extendían encanecidos y salvajes a modo de pinares de Noruega en pleno invierno. Mis esperanzas se habían esfumado, heridas mortalmente bajo el golpe del destino igual que fueron castigados una noche de antaño todos los recién nacidos de Egipto. Consideré los anhelos que nutrí, en plena floración y exuberancia hasta ayer mismo, ateridos y pálidos hoy como cadáveres a quienes nadie podría resucitar. Consideré mi amor, un sentimiento atizado por mi amo y que a él solo pertenecía, y noté que se estremecía dentro de mí, como un niño enfermo, que llora presa de angustia acurrucado en su fría cuna. Ya no podía buscar refugio en los brazos del señor Rochester, aquel calor que me daba su pecho me estaba vedado para siempre. ¡Ya no acudiría a él nunca jamás, pobre de mí! Se marchitó mi fe y mi confianza se hizo pedazos. El señor Rochester ya no era el de antes, no podía ver en él a quien yo había idealizado. No es que intentara juzgarle por sus faltas ni reconocer que me había engañado, pero aquella impresión de veracidad insobornable que me producía se había desvanecido, y no me quedaba más remedio que huir de su lado; de eso no me cabía duda. Todavía no podía imaginar cuándo, cómo ni adónde iría, pero estaba segura de que él mismo me echaría de Thornfield. Estaba claro que un afecto sólido no lo podía sentir por mí; se había tratado únicamente de un apasionado antojo y, ahora que se había malogrado, ¿para qué iba a continuar queriendo tenerme allí? Y me daba miedo la sola idea de cruzarme con él en tales circunstancias, porque mi vista le resultaría odiosa. ¡Qué ciegos habían sido mis ojos, y yo qué débil!
Se me cerraban los párpados, torbellinos de oscuridad parecían flotar a mi alrededor, sincronizados con la confusa y negra marea de mis pensamientos. Abandonada a mis propias fuerzas, desalentada y exhausta, me sentía como si estuviera tumbada en el cauce seco de un gran río. Oía a lo lejos la crecida de las aguas que bajaban de la montaña y sentía la inminencia del torrente. Pero no tenía ganas de levantarme ni fuerzas para escapar. Me quedé tendida presa de un desfallecimiento que entrañaba el deseo de morir. Una sola idea palpitaba dentro de mí como motor de vida: el recuerdo de Dios. Y ese recuerdo arrancó una muda plegaria, cuyas palabras vagaban por las tinieblas de mi mente, pugnando por ser entendidas. Pero no hallaba en mí el aliento preciso para expresarlas.
«No te alejes de mí, porque se acerca el tiempo de la tribulación, y no hay nadie que pueda venir en mi ayuda».
Tenía la oración en la punta de la lengua, pero mientras no formulase aquella petición al cielo, la catástrofe no se ahuyentaría. Por eso llegó porque no había juntado las manos, ni había caído de rodillas, ni mis labios se habían movido: vino el torrente vigoroso, pleno, y me arrastró con su oleada. Toda la conciencia de mi vida solitaria, de mi amor perdido, del naufragio de mi esperanza, de mi fe agonizante se abatió sobre mí de lleno, como un macizo de sombras. No es posible describir la amargura de aquella hora; las aguas anegaron mi alma, me hundí en un cenagal sin fondo, donde no se hacía pie, hasta lo más profundo de las aguas. La riada se había apoderado de mí.