Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Tercera parte » Capítulo I

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Capítulo I

No sé en qué momento, a lo largo de la tarde, levanté la cabeza y me quedé mirando a mi alrededor. El sol poniente dejaba la marca dorada de su declive sobre la pared de la habitación. «¿Qué voy a hacer, Dios mío?», me pregunté.

Pero la respuesta inmediata que surgió en mi pensamiento: «¡Salir de Thornfield sin pérdida de tiempo!», sonó tan súbita e inflexible que me tapé los oídos, me di cuenta de que no era capaz de soportar en aquel trance tan duro consejo.

«Haber perdido la posibilidad de casarme con Edward Rochester —aduje— es lo que menos me importa; y despertar de un sueño que parecía maravilloso y solo alberga vacío supone una tribulación a la que puedo enfrentarme y sabré resistir. Pero tener que abandonarlo a él sin paliativos, inmediatamente y para siempre, eso me resulta insoportable. No soy capaz de hacerlo».

Pero en ese momento, una voz dentro de mí me llevó la contraria, me aseguró que podía hacerlo y me predijo que lo haría. Me debatí contra mi propia firmeza; ansiaba ser débil para esquivar el pavoroso camino de abrojos que veía abrirse ante mí. Mi conciencia, transformada en déspota, había acogotado a la pasión y la amenazaba diciéndole que aún no había hecho más que meter en el fango la punta delicada del pie, pero que su brazo de hierro lograría hundirla en abismos insondables de agonía.

«¡Que me saquen de aquí, entonces! —grité—. ¡Que sea otro quien venga a ayudarme!».

«No, tú sola has de desprenderte de todo esto. No implores ayuda, pues no la hallarás. Tú misma te arrancarás el ojo derecho y te mutilarás la mano. Tu corazón será la víctima y tú el sacerdote que lo sacrifique»[87].

Me levanté de un salto, horrorizada ante la soledad a que me confinaba aquel juez tan despiadado, y ante el silencio que su formidable voz vino a conturbar. Al ponerme de pie, la cabeza empezó a darme vueltas, y me di cuenta de que los nervios habían llegado al límite de su aguante y de que me encontraba exhausta. Llevaba todo el día sin probar bocado ni ingerir líquido alguno, porque ni siquiera desayuné. Y de repente, me di cuenta también de otra cosa que me produjo una rara desazón: durante todas aquellas horas que pasé encerrada, nadie había llamado a mi puerta para preguntar cómo me encontraba o para invitarme a bajar, ni siquiera la pequeña Adèle o la señora Fairfax me echaban de menos. «Los amigos suelen olvidarnos cuando la suerte nos desdeña», murmuré, al tiempo que descorría el cerrojo para salir.

Mis pies tropezaron con un obstáculo. Seguía sintiendo mareo, todo lo veía borroso y las piernas me sostenían con dificultad. No me dio tiempo a sortear el escollo y me caí. Pero no llegué al suelo. Unos brazos fuertes se alargaron para sostenerme. Alcé la vista. El señor Rochester, que estaba sentado en una silla en el umbral de mi habitación, era quien me había recogido.

—Menos mal —dijo—, por fin sales. Llevo no sé cuánto rato aquí esperándote y con el oído alerta. Pero nada, ni un cambio de postura, ni un sollozo. Te juro que si llegas a mantener cinco minutos más ese silencio de tumba, fuerzo la cerradura como un ladrón. Así que huyes de mí, ¿no? ¡Te encierras para lamentarte a solas! Hubiera preferido que me echaras a la cara tus vehementes insultos. Una escena de ese tipo es lo que esperaba, porque sé lo apasionada que eres, Jane, y un raudal de ardientes lágrimas tuyas no me hubiera pillado desprevenido, con tal de que vinieras a derramarlas contra mi pecho. Pero se las has dedicado al suelo insensible o han ido a empapar tu pañuelo. Aunque creo que me equivoco, tienes la cara pálida y los ojos cargados de fatiga, pero no has llorado, Jane, no hay rastro de lágrimas en tu rostro. ¿Quiere decir esto, entonces, que es tu corazón el que ha llorado sangre?

»Ya veo que callas, Jane. ¿Es que no tienes nada que decirme? ¿Ni una palabra de reproche, algo punzante, amargo, lanzado cual dardo contra mis sentimientos a modo de cebo para espolear mi pasión? Te quedas ahí quieta, donde te he dejado, y me miras con ojos cansados, apáticos.

»Créeme, Jane, que nunca quise herirte de este modo. Si el pastor de una sola oveja a quien quería tiernamente, que comió su pan, bebió en su escudilla y se acurrucó entre sus brazos, la hubiera sacrificado por error en el matadero, no lamentaría su sangrienta equivocación tanto como yo ahora lamento la mía. ¿Podrás llegar a perdonarme alguna vez?

Le perdoné al instante y allí mismo, lector. Rezumaban sus ojos tan profundo arrepentimiento, tan sincera congoja su tono y una energía tan varonil su porte, que todo se lo perdoné en nombre del amor inalterable que me demostraba. Sin embargo no manifesté verbalmente mi perdón, lo escondí en el fondo de mi alma, y guardé silencio.

—¿Sabes, Jane, que soy un canalla? —preguntó al cabo con voz ansiosa, asombrado, supongo, de mi largo silencio y mi actitud apaciguada, más motivados por la debilidad que obedientes a un deliberado propósito.

—Sí, señor.

—Entonces dímelo a la cara sin contemplaciones, no te lo guardes, insúltame.

—No puedo… Estoy agotada. Estoy enferma. Agua. Quiero un poco de agua.

Emitió un extraño suspiro que estremeció su cuerpo. Enseguida me cogió en brazos y me llevó al piso de abajo. Al principio no reconocí la habitación en que habíamos entrado, pues a través de mis ojos vidriosos todo lo veía como entre niebla. Luego noté el calor de un fuego que me confortaba, porque, aunque era verano, me había quedado helada en mi cuarto. Me puso una copa de vino en los labios, me sentí revivir en cuanto lo probé, y acabé de recuperarme al comer algo que me ofreció. Estábamos en la biblioteca, yo sentada en su butaca y él muy cerca. «Si pudiera dejar la vida ahora —pensé— sin sentir un dolor demasiado agudo, no habría cosa mejor. No tendría que pasar por la prueba de desgarrarme las entretelas del corazón al dejar al señor Rochester. Y tengo que hacerlo, al parecer. No quiero, no puedo, ¿cómo voy a dejarlo?».

—¿Qué tal te vas encontrando, Jane?

—Mucho mejor, enseguida estaré bien del todo, señor.

—Bebe otro poco de vino.

Le obedecí. Después puso el vaso encima de la mesa y se quedó ante mí, examinándome atentamente. De repente, se dio la vuelta, y riendo una exclamación apasionada pero confusa, cuyas palabras inarticuladas entrañaban una peculiar emoción, cruzó a paso vivo la estancia. Vino de nuevo hacia mí, se detuvo a mi lado y se inclinó, como si quisiera besarme. Pero yo me acordé de que las caricias ahora ya estaban prohibidas y aparté mi rostro, esquivando el suyo.

—¿Qué pasa? ¿A qué viene esto? —preguntó con rudeza—. ¡Ah, claro, ya lo entiendo! No quieres besar al marido de Bertha Mason. ¿Piensas que mis brazos no están disponibles y que mis caricias ya tienen propietaria?

—Da igual lo que piense, lo único evidente es que yo aquí no pinto nada.

—Pero ¿por qué, Jane? Te voy a ahorrar el esfuerzo de hablar mucho, contestaré por ti. Porque ya tengo otra mujer. ¿Es eso lo que ibas a decir, verdad?

—Sí.

—Pues si piensas eso, debes de tener una opinión sobre mí bastante rara, me considerarás un libertino tramposo, un villano de la peor ralea que ha venido fingiendo un amor desinteresado con la mezquina intención de hacerte caer en sus redes para deshonrar y ultrajar tu amor propio. ¿Qué dices a esto? Bueno, no dices nada, ya lo veo, primero porque estás exhausta y bastante tienes con recuperar el resuello, y en segundo lugar porque aún no te has hecho a la idea de cubrirme de oprobio. Además la compuerta de tus lágrimas se está abriendo, saldrán a raudales si hablas de más, y no eres amiga tú de amonestaciones y reproches, ni de hacer escenas. Estás pensando cómo actuar, y consideras que las palabras en este caso no sirven de nada; te conozco, y estoy a la defensiva.

—No quiero actuar en perjuicio suyo, señor —dije.

Y la inestabilidad de mis palabras me avisó de que debía abreviar la frase.

—Y sin embargo —dijo él—, no tal como tú ves las cosas, pero sí como yo las veo, lo que estás urdiendo es mi destrucción. Quieres dar a entender que soy un hombre casado, y que como tal evitarás mi contacto; acabas de rechazarme un beso, ¿no? Pretendes convertirte en una total extraña para mí, vivir bajo mi mismo techo reducida a tu papel de institutriz de Adèle. Si se me ocurre dirigirte una frase cariñosa o en algún momento te sientes atraída tú por mí, te dirás inmediatamente: «Este hombre estuvo a punto de convertirme en su amante. Tengo que ser para él de hielo y de roca». Y te volverás de hielo y de roca.

Traté de afirmar y aclarar mi voz antes de contestar:

—Mi situación, señor, ha cambiado de arriba abajo. Y yo también tengo que cambiar, de eso no cabe la menor duda. Así que para evitar fluctuaciones de ánimo y una continua lucha contra los recuerdos e ideas inoportunos, no veo más solución que una: buscar una nueva institutriz para Adèle, señor.

—Claro, a Adèle la mandaré interna a un colegio, eso ya está decidido. Y en cuanto a ti, nada más lejos de mi propósito que atormentarte con los recuerdos e ideas abominables que te sugiera Thornfield Hall, este lugar maldito, esta tienda de Acán[88], esta cripta insolente que escupe al cielo el fantasma de una muerta en vida, este angosto infierno de roca, con su demonio de verdad, más terrible que una legión de los imaginarios. No, Jane, no te quedarás aquí, ni yo tampoco. Fue un crimen traerte a Thornfield sabiendo que estaba embrujado. Recomendé a todos que te lo ocultaran, incluso antes de conocerte, que nadie te hablara de la maldición que pesa sobre este lugar. Sencillamente porque temía que ninguna institutriz accediera a quedarse si supiera con qué clase de compañera compartiría posada. Y no entraba en mis planes trasladar a la loca a otro sitio, aunque tengo una vieja mansión en Ferndean Manor, incluso más retirada y escondida que esta, donde pude haberla alojado con toda garantía. Pero se encuentra en el corazón de un espeso bosque, es un lugar insalubre, y mi conciencia sintió escrúpulos y lo rechazó. Probablemente la humedad de aquellos muros hubiera contribuido a liberarme pronto de mi carga, pero cada villano tiene su vicio, y dentro de los míos no halla acomodo la tendencia a asesinar a nadie, aunque se trate del ser al que más odio.

»Esconderte la existencia de tu vecina la loca podría compararse, sin embargo, con la decisión de cubrir con un manto a un niño tras abandonarlo junto a un árbol venenoso. La vecindad de esa endemoniada despide veneno y siempre ha sido así. Pero mandaré cerrar Thornfield Hall a piedra y lodo. Clavetearé la puerta de entrada y atrancaré las ventanas de abajo. Le daré doscientas libras al año a la señora Poole para que viva aquí con «mi esposa», como llamaste tú a esa espantosa bruja. Grace por dinero es capaz de todo, dejaré que traiga a su hijo, que es celador en el asilo de Grimsby, para que le haga compañía y pueda echarle una mano cuando le sobrevenga un ataque a «mi esposa» y le dé por quemar a la gente cuando duerme tan tranquila, acuchillarla, clavarle los dientes en el cuello o cosas por el estilo.

—Señor —le interrumpí—, es usted inexorable con esa desgraciada señora, sus palabras están cargadas de odio, antipatía y afanes de venganza. Es cruel; ella, la pobre, no tiene la culpa de estar loca.

—Jane, amor mío (déjame llamarte así porque es lo que eres), no sabes de lo que estás hablando, y por eso vuelves a juzgarme mal. Yo no la odio porque esté loca. Si tú te volvieras loca, ¿crees que te odiaría?

—Desde luego que lo creo.

—Pues te equivocas, no me conoces en absoluto y no tienes ni idea de mi capacidad de amor. Cada átomo de tu carne es como si fuera mío, y seguiría amándolo aunque enfermara o se viera traspasado por el dolor. Considero la clarividencia de tu mente como el mayor tesoro, pero si se quebrara no dejaría de ser un tesoro para mí. Si te pusieras a delirar furiosamente, no te sujetaría con una camisa de fuerza, sino con mis brazos, que te agarraras a mí me encantaría, aunque fuera en trance de desvarío; si te tiraras a mi cuerpo tan salvajemente como esa mujer hizo esta mañana, recibiría tu ataque no solo para contenerlo sino para transmitirte mi amor en ese abrazo. No me apartaría de ti con repugnancia, y en tus ratos de calma no consentiría que tuvieras otro enfermero más que yo, y te cuidaría con incansable paciencia; aunque no recibiera a cambio ni una sonrisa, jamás me cansaría de mirar en el fondo de esos ojos, aunque ya hubieran dejado de reconocerme. Pero ¿por qué seguir con esa retahíla? Estaba hablando de sacarte de Thornfield. Todo está dispuesto para tu marcha, ya lo sabes; mañana te irás de aquí. Lo único que te pido, Jane, es que aguantes una noche más bajo este techo, y luego ¡se acabó! ¡Adiós para siempre a las congojas y terrores! Tengo un lugar idóneo de retiro, un santuario seguro, donde aislarse de odiosos recuerdos y visitas indeseables, a salvo incluso de la falsedad y la calumnia.

—Llévese a Adèle con usted allí, señor —le interrumpí—. Ella le hará compañía.

—Pero ¿qué estás diciendo, Jane? ¿Qué tiene que ver Adèle? ¿No te he dicho que la voy a mandar a un colegio? ¿Y para qué quiero yo conmigo a una niña que ni siquiera es hija mía, sino la bastarda de una bailarina francesa? No entiendo por qué me importunas sacándola ahora a relucir y asignándomela como compañera.

—Lo decía porque ha hablado usted de retiro, señor. Y el retiro y la soledad pueden ser duros de aguantar, a usted se le harán pesados.

—¡Soledad, soledad! —repitió con acento irritado—. Por lo visto no me he explicado bien, en caso contrario no reflejaría tu semblante ese incomprensible gesto de esfinge. Mi soledad vas a ser tú quien la comparta. ¡Tú! ¿Lo entiendes ahora?

Hice un movimiento negativo con la cabeza. Incluso aquel signo mudo de disidencia resultaba arriesgado, teniendo en cuenta su creciente excitación. Había estado recorriendo la habitación de arriba abajo con pasos veloces, y de pronto se detuvo ante mí, como si le hubieran salido raíces. Se quedó un rato largo mirándome con intensidad; yo aparté mis ojos de los suyos y los fijé en el fuego de la chimenea, procurando adoptar un aire sereno y recoleto, y perseverar en esa actitud.

—¡Ya tuvo que salir el carácter de Jane a poner su objeción! —exclamó él por fin, mucho más sosegado de lo que cabía esperar—. Hasta ahora todo iba bien, el carrete de seda se desenrollaba con bastante suavidad, pero ya sabía yo que encontraríamos algún nudo, algún tropiezo, y aquí está. Ahora empezarán los sinsabores, las querellas y los problemas de nunca acabar. ¡Vaya, por Dios! Ojalá tuviera una partícula de la fuerza de Sansón para romper el enredo como si fuera estopa. —Reanudó sus paseos por la habitación, pero esta vez no duraron mucho—. ¡Jane! —exclamó, volviendo a detenerse ante mí, e inclinándose para acercar sus labios a mi oído—. ¿Quieres, por favor, atender a razones? ¡Si no, acudiré a la violencia!

Tenía la voz ronca y la mirada de quien está a punto de perder los estribos y abandonar la mesura para lanzarse al desenfreno. Me di cuenta de que si dejaba pasar un minuto más y su furia aumentaba, estaba perdida. El momento presente, aquel minuto que estaba pasando lo tenía que aprovechar para poner freno a la situación; un instante de repulsa, de duda o de miedo por mi parte sería fatal para ambos. Pero no estaba asustada en absoluto. Sentía un poder interior y una capacidad de dominio que me daban fuerzas. Era una encrucijada peligrosa, pero no dejaba de tener su aliciente; tal vez algo parecido sienta un indio cuando su canoa está a punto de deslizarse por una torrentera. Puse mi mano sobre su puño cerrado, le fui soltando uno por uno los dedos rígidos y le dije dulcemente:

—Siéntese. Hablaremos todo el rato que quiera, de lo que quiera. Y prestaré atención a todo lo que tenga que decirme, tanto si es sensato como si no.

Se sentó. Pero todavía no le di ocasión para entrar en materia. Llevaba yo un buen rato entablando una lucha con las lágrimas que tanto me costaba mantener a raya. Sabía que no le gustaba verme llorar, pero ahora consideré que había llegado la hora de dar rienda suelta al llanto. Si le molestaba, mejor. Así que me abandoné a las lágrimas y me puse a sollozar de todo corazón.

Al poco rato oí cómo me suplicaba que me calmase, a lo cual le contesté que me era imposible mientras lo viera a él tan fuera de sí.

—Pero no creas que estoy enfadado contigo, Jane —dijo—. Lo que pasa es que te quiero de tal manera que me saca de quicio ver un gesto tan duro en una carita pálida y adorable como la tuya, no soporto que me mires con esa frialdad, con esa resolución. Vamos, por favor, sécate las lágrimas.

Su voz aplacada me anunció que se estaba serenando, así que yo también me empecé a calmar. De todas maneras, cuando hizo amago de apoyar su cabeza en mi hombro, no se lo permití, como poco después rechacé también su abrazo.

—¡Pero Jane, por favor, Jane! —exclamó con un tono de tan amarga consternación que me llegó al alma—. ¿Es que ya no me quieres, entonces? ¿Era solamente mi rango lo que apreciaste al aceptarme como esposo? Ahora que me has descalificado, y no vas a casarte conmigo, ya me apartas de ti como se aparta a un sapo o a un simio.

Aquellas palabras me hirieron, pero ¿qué podía yo hacer o decir? Seguramente tendría que haber hecho o dicho algo, pero me torturaba tanto herir sus sentimientos, me daba tanta pena que no pude controlar el deseo de dejar caer alguna gota de bálsamo sobre aquella herida.

—Sí que le quiero —afirmé—, más que nunca, pero no está bien que lo demuestre ni que me deje arrastrar por mis sentimientos. Esta es la última vez que los expreso.

—¡La última vez, Jane! ¿Es que crees que puedes vivir a mi lado, viéndome todos los días, y seguir manteniendo una actitud fría y distante, a despecho de tu amor?

—No, señor. Estoy segura de que no podría. Por consiguiente solo veo un camino, aunque sé que se va a poner furioso cuando le diga cuál es.

—¡Dilo de una vez! Si monto en cólera, cuentas con el artificio de tus lágrimas.

—Señor Rochester, tengo que dejarle.

—¿Por cuánto tiempo, Jane? ¿Por unos minutos para alisarte el pelo, porque lo tienes despeinado, o para lavarte la cara, que presenta un aspecto tan febril?

—No. Dejar a Adèle, dejar Thornfield Hall, y separarme de usted para toda la vida. Tengo que emprender una vida nueva, entre gentes desconocidas y en un escenario desconocido.

—Claro, ya te lo he dicho. No voy a tomar en cuenta esa locura de separarte de mí. Lo que quieres decir es que tienes que convertirte en una parte de mí. En cuanto a emprender una vida nueva, estamos de acuerdo, porque sigues siendo mi mujer. Yo no estoy casado, Jane, la señora Rochester de hecho y por derecho lo serás tú. No existirá otra mujer para mí mientras tenga aliento. Irás a vivir a una finca que tengo al sur de Francia, una villa pintada de blanco a orillas del Mediterráneo. Allí vivirás, a resguardo de todo peligro, una vida feliz y libre de culpas. No temas que intente corromperte o engañarte para convertirte en una querida. ¿Por qué dices que no con la cabeza? Por favor, Jane, atente a razones o te aseguro que volveré a montar en cólera.

Le temblaban las manos y la voz, le llameaban los ojos y tenía dilatadas las aletas de la nariz. A pesar de todo, me atreví a decirle:

—Señor, su esposa vive, usted mismo lo ha reconocido espontáneamente esta mañana como un hecho evidente. Si me fuera a vivir con usted, tal como propone, ¿qué otra cosa sería sino su amante? Sostener lo contrario supone un sofisma y entraña mala fe.

—Jane —dijo él—, te estás olvidando de que no me caracterizo por la mansedumbre, de que ni soy frío ni insensible. Apiádate de ti misma y de mí. Si pones un dedo sobre mi pulso podrás darte cuenta de lo atropelladamente que late. ¡Ándate con ojo!

Dejó al descubierto su muñeca y me la alargó. La sangre parecía haber huido de su rostro y de sus labios, que aparecían exangües. Me entró mucha angustia. Era una crueldad ponerlo a prueba de aquella manera, someterle a un rechazo que le resultaba tan odioso, pero claudicar ni se me pasaba por la cabeza.

Recurrí instintivamente, como todos los seres humanos cuando se hallan en una situación límite, a solicitar ayuda de quien tiene más poder que los hombres: recurrí a Dios.

—¡Que Dios me ayude! —fueron las palabras que se me escaparon de los labios.

Y el señor Rochester, de repente, exclamó:

—¡Soy imbécil! Llevo un rato diciéndole que no estoy casado, y no se me ha ocurrido explicarle por qué. No me doy cuenta de que ella lo ignora todo acerca del carácter de esa mujer y de las circunstancias que concurrieron en su diabólica unión conmigo. Estoy seguro de que Jane, cuando se entere de estos detalles, se aliará conmigo. Solamente te pido, Jane, que pongas tu mano en la mía para que el tacto (añadido a la vista) me asegure tu presencia a mi lado, y te resumiré la historia en pocas palabras. ¿Quieres escucharme un momento?

—Sí, señor, le escucharé todo el tiempo que haga falta, aunque sean horas.

—Basta con unos minutos, Jane. ¿Te ha dicho alguien o lo has oído decir que yo no fui el primogénito de mi familia, que tuve un hermano mayor?

—Recuerdo habérselo oído mencionar una vez a la señora Fairfax.

—¿Y sabías que mi padre fue un hombre avariento y tacaño?

—Algo de eso he oído.

—Pues bueno, Jane, no quiso repartir sus bienes, la idea de dividirlos se le hacía insoportable, así que me privó de la herencia a que tenía derecho y pasó todo a manos de mi hermano Rowland. Pero tampoco soportaba tener un hijo pobre, de manera que decidió buscarme una novia rica y se puso a ello. Se enteró de que el señor Manson, un antiguo conocido suyo, comerciante y dueño de una plantación en las Antillas, tenía un hijo y una hija, y que a la hija pensaba dotarla con treinta mil libras; a mi padre le pareció suficiente. Y cuando me sacó del colegio, me envió a Jamaica para que conociera a la novia que había elegido para mí. No me dijo nada de si era rica o pobre pero comentó que todo Puerto España se hacía lenguas de su belleza. Y era verdad. Me pareció una mujer espléndida, cuando la conocí, un poco al estilo de Blanche Ingram, morena, alta, con un aire majestuoso. Su familia, de apellido ilustre como la mía, me la metió por los ojos; la exhibían en fiestas, a las que me invitaban, ataviada como una reina. Pocas veces nos vimos a solas ni tuvimos ocasión de conversar. A mí me halagaba que desplegara sus encantos para encandilarme, ya que todos los hombres de su entorno parecían desearla y envidiarme a mí. Estaba deslumbrado, eufórico; ella había conseguido excitar mis sentidos y, en mi inexperiencia, confundí aquello con el amor. No hay despropósito ni estupidez que no sea capaz de cometer un hombre acuciado por la lujuria, las inconsistentes rivalidades, los arrebatos y la ceguera de la juventud. Su familia me dio alas, sus pretendientes me espolearon y ella me sedujo; total, que, cuando quise darme cuenta, ya estábamos casados. ¡Cómo me menosprecio al acordarme! Una angustiosa sensación interna de odio se apodera de mí. Nunca la quise ni la aprecié, ni siquiera había tenido ocasión de conocerla. No había observado en su naturaleza particularidad virtuosa de ningún tipo, ni el menor rastro de modestia, buena voluntad, candor, sutileza de mente o maneras refinadas, y sin embargo me había casado con ella, torpe y burro de mí.

Más me hubiera valido…; pero, en fin, no quiero olvidarme de con quién estoy hablando.

»A la madre de mi novia nunca la había visto y creí que se habría muerto. Pero, tras la luna de miel, descubrí que no. Lo que pasaba es que estaba loca, encerrada en un manicomio. También había un hermano pequeño completamente idiotizado. El mayor, al que tú conoces, Jane, puede que acabe igual algún día; pero a este soy incapaz de odiarlo, a pesar de mi aborrecimiento hacia toda la familia, porque al menos alberga en su mente débil una cierta capacidad de afecto manifestada en el cariño perruno que en tiempos me profesó y en el interés inalterable por la suerte de su desgraciada hermana. Mi padre y mi hermano Rowland conocían las lacras de esta familia, pero no pensaron más que en las treinta mil libras, y urdieron su plan a mis espaldas.

»Fueron descubrimientos de baja estofa; pero exceptuando la traición de habérmelo ocultado todo, no se me ocurrió hacer a mi mujer objeto de reproche alguno, a pesar de que su manera de ser fue revelándose cada vez más opuesta a la mía; sus inclinaciones eran abominables, su mentalidad estrecha y grosera, totalmente incapaz de aspiraciones más altas o de añorar otra amplitud de horizonte, y me di cuenta de que no podía pasar ni una tarde a gusto con ella, ni una hora, de que no había manera de entablar una conversación medianamente placentera, porque cualquier tema sugerido por mí ella lo transformaba inmediatamente en algo chabacano, depravado, burdo y necio. Comprendí que nunca podría tener un hogar tranquilo y estable, porque no había criado que le durase ni estuviera dispuesto a aguantar sus irracionales arrebatos de mal genio y de furia, ni el vejamen autoritario de sus exigencias absurdas y contradictorias. Pero seguí, a pesar de todo, reprimiéndome y evitando querellas, tratando de tragarme yo solo aquel malestar, paliando la profunda aversión que su compañía empezaba a inspirarme.

»No quisiera importunarte, Jane, con el recuento sórdido de los detalles; solamente unas cuantas palabras gruesas resumirán lo ocurrido. Viví con esa mujer del ático durante cuatro años, y ya mucho antes de cumplirse ese plazo, me había hartado hasta más no poder. El deterioro de su carácter evolucionaba vertiginosamente y sus vicios infectos se multiplicaban y arraigaban de tal suerte que solamente hubieran podido plegarse al látigo. Pero yo no opté por la crueldad. Tenía una inteligencia de pigmeo y unos apetitos de gigante, que me cubrían de oprobio, como una maldición. Bertha Manson, digna hija de una madre degenerada, me arrastró por las sendas más agónicas e infames que esperan al hombre casado con una mujer desenfrenada y viciosa.

»En el entretanto, mi hermano había muerto, y al final de aquellos cuatro años, también mi padre pasó a mejor vida. Me convertí, pues, en un hombre bastante rico, aunque mi pobreza rayaba en la indigencia, a causa de la alianza con aquella naturaleza inusitadamente grosera y depravada que la sociedad y las leyes me condenaban a compartir. Y no podía librarme de semejante condena por ningún procedimiento legal, ya que los médicos acababan de dictaminar la locura de «mi esposa». Sus excesos habían desarrollado en ella los gérmenes de una demencia prematura… Pero veo, Jane, que mi historia te está repugnando, que pareces casi enferma, ¿prefieres que siga otro día?

—No, señor, acabe de contarlo ya todo. Me da mucha pena de usted, se lo digo en serio, me mueve a compasión.

—La compasión, Jane, puede ser ofensiva según de quién proceda. En algunos casos, dan ganas de tirársela a la cara a los que te la ofrecen. Me refiero a la lástima típica de almas encallecidas y egoístas, a ese dolor híbrido, con su punto de desdén, ante la noticia de penas que no les atañen y de cuyos pacientes todo lo ignoran. Pero esa compasión, Jane, no tiene nada que ver con la que tú sientes, y todo tu rostro declara en este momento la que desborda tus ojos, colma tu corazón y hace temblar tu mano dentro de la mía. Tu compasión, tesoro, es la madre dolorida del amor, sus angustias son comparables a la pasión divina.

—Pero siga, señor, ¿qué hizo usted cuando se enteró de que había enloquecido?

—Llegué al límite de la desesperación, como quien se halla al borde de un precipicio, y solamente unos residuos de amor propio se interponían entre el abismo y yo. A los ojos del mundo estaba irremediablemente cubierto de negra ignominia, pero rechacé ese dictamen y me empeñé hasta el final en mantenerme limpio ante mis propios ojos, incontaminado por sus vicios y sus taras mentales, a pesar de que la gente asociara a ellos mi nombre y mi persona. Aún seguía viviendo con ella, viéndola y oyéndola a diario, consciente de que algunas briznas de su aliento (¡qué asco!) formaban parte del aire que yo respiraba, incapaz de olvidar que fui su marido; y ese recuerdo se me volvía y se me sigue volviendo insoportablemente odioso. Porque sabía, a mayor abundamiento, que mientras ella siguiera con vida, yo nunca podría casarme con otra que me deparase mejor suerte. Y aunque me llevaba cinco años (detalle que tanto su familia como la mía me habían ocultado), era improbable que muriese antes que yo, pues todo lo que tenía su mente de enferma lo tenía de vigoroso su cuerpo. Total, que yo acababa de cumplir veintiséis años, y no vislumbraba ni un solo rayo de esperanza.

»Como puedes suponer, estaba encerrada en una habitación desde que los médicos pronosticaron su locura, y recuerdo una noche en que me despertaron sus aullidos. Era una de esas noches borrascosas típicas del clima antillano, precursora de huracán. Como no conseguía dormirme, me levanté a abrir la ventana, pero el aire traía ráfagas de vaho sulfurosos y no aportaba frescor alguno. El cuarto se llenó de mosquitos que entraron zumbando en sombrío remolino, y el mar resonaba a lo lejos como un terremoto. Sobre él se cernían negros nubarrones y una lona ancha y roja se hundía en su oleaje cual ardiente bala de cañón, tras echar una última mirada sangrienta al mundo estremecido por el germen de la tormenta. La atmósfera y el escenario, que tan fuerte influjo físico me provocaban, recogían al unísono las imprecaciones a voz en cuello de la demente que me taladraban los oídos. En un determinado momento, emitió mi nombre, con acentos de odio infernal y acompañado de un lenguaje que superaba en abyección al que pudiera usar la más consumada ramera. Aunque nos separaban dos habitaciones, cada uno de sus insultos se oía con absoluta nitidez, porque los finos tabiques de una casa antillana no están pensados para ofrecer resistencia a aullidos de lobo.

»“¡Esta vida que llevo es un infierno!”, me dije. “Estos ecos y este aire irrespirable son los de un pozo sin fondo. Tengo derecho a hacer todo lo posible para escapar de aquí. Los sufrimientos de esta situación agónica no me abandonarán hasta que se me caiga a pedazos la carne que ahora recubre mi alma. No tengo miedo al fuego fanático del más allá, porque ningún infierno podrá ser peor que el de ahora. ¡Cortaré, pues, mis ataduras terrenales e iré al encuentro con Dios!”.

»Pronuncié aquellas palabras arrodillado ante un baúl donde guardaba un par de pistolas cargadas, porque durante unos instantes pensé en pegarme un tiro. Duró poco aquel propósito, porque no estaba loco y remitió la crisis de acendrada desesperación que había provocado en mí aquel deseo de quitarme de en medio.

»Un viento fresco que venía de Europa sopló sobre el océano y entró por la ventana, al tiempo que estallaba entre relámpagos, truenos y lluvia, una tormenta purificadora. En ese momento tomé una decisión inquebrantable. Paseando luego entre los naranjos de mi jardín empapado de lluvia, los granados y los ananás, mientras la aurora brillante del trópico empezaba a alborear en torno a mí, la razón se abrió camino. Escucha, Jane, de qué manera se enhebraron sus argumentos, porque puedo asegurarte que fue la sabiduría en persona quien vino a consolarme en aquel trance para señalarme el camino a seguir.

»El dulce viento de Europa susurraba aún sobre las refrescadas frondas y seguía tronando el Atlántico en gloriosa libertad cuando mi corazón, embotado y estéril durante tan largo tiempo, se ensanchó armoniosamente, inyectó sangre a todo mi ser ansioso de renovación y dio de beber a mi alma sedienta. Revivió la Esperanza y sentí que era posible la Regeneración. Desde un arco florido que remataba el jardín miré el mar a lo lejos, más azul que el mismo cielo; el viejo mundo quedaba atrás y otras perspectivas se formulaban nítidamente:

»“Vuelve a Europa”, dijo la Esperanza, “y quédate a vivir allí donde nadie sabe si tu apellido está mancillado o no, ni tiene noticias de tu deshonrosa carga. Puedes llevarte a la demente contigo a Inglaterra y encerrarla en Thornfield, bajo la adecuada vigilancia, mientras tú viajas adonde te dé la gana y entablas las relaciones que quieras. Esa mujer que tanto ha puesto a prueba tu paciencia, que ha degradado tu nombre, ultrajado tu honor y agostado tu juventud no es tu esposa ni tú su marido. Procura que la cuiden con arreglo a su condición y con eso habrás cumplido con Dios y con los hombres; oculta su identidad y los lazos que la vinculan contigo. No estás obligado a desvelárselos a nadie. Ponla a salvo, atiende a su comodidad, cubre su degradación con el silencio y déjala”.

»Seguí a pies juntillas este consejo. Ni mi padre ni mi hermano habían divulgado mi matrimonio entre sus conocidos, obedeciendo una recomendación epistolar mía después de la boda, cuyas nefastas consecuencias ya empezaba a padecer. Así que, dadas las circunstancias de mi familia y previendo el horrible porvenir que me esperaba, insistí en que mantuvieran el secreto. Muy pronto la incalificable conducta de la mujer que mi padre me había adjudicado llegó a tales extremos que él mismo se avergonzaba de considerarla su nuera. No solo no deseaba hacer público tal parentesco sino que ansiaba ocultarlo tan celosamente como yo mismo.

»La llevé, pues, a Inglaterra, y no puedes imaginar el viaje tan horroroso que me dio aquel monstruo a bordo de un buque. Fue un alivio verla, al fin, sana y salva, aposentada en el ático de Thornfield, en ese cuarto de atrás secreto que ha servido durante diez años de guarida para la bestia salvaje, su endemoniada celda. No me resultó demasiado fácil encontrar un celador que la atendiese, porque necesitaba alguien en cuya capacidad de servicio pudiera confiar, teniendo en cuenta que los arrebatos de la demente delatarían su presencia y que, por otra parte, durante sus ratos de lucidez, que a veces pueden durar semanas, se dedicaría a difamarme. Por fin contraté a Grace Poole, empleada del asilo de Grimsby. Solamente ella y Carter, el cirujano que curó las heridas de Mason aquella noche, conocen mi secreto. Es probable que la señora Fairfax sospeche también algo, pero no creo que esté al tanto de todos los detalles. Grace, en general, ha demostrado eficacia, aunque alguna vez, y por culpa de un vicio particular, comprensible e inherente a su agotador cometido, ha aflojado su vigilancia, ocasiones que su paciente acecha para burlarla. La demente es tan astuta como perversa, y siempre ha aprovechado estos descuidos accidentales de Grace, como cuando le arrebató el cuchillo con que atacó a su hermano o le robó las llaves de la celda para escaparse abajo de noche. En la primera de las ocasiones planeó el intento de prender fuego a mi cama, mientras dormía; la segunda tuvo por consecuencia aquella visita fantasmal que te hizo a ti. Doy gracias a Dios por haberle permitido solamente desahogar su furia contra el velo nupcial, que tal vez le recordara su propia boda; no quiero pensar en lo que pudo haber pasado si se le ocurre ir más allá. Cuando pienso en la fiera que se ha abalanzado esta mañana contra mi garganta con su rostro arrebolado y oscuro, y me la imagino sobrevolando el nido de mi paloma, se me hiela la sangre en las venas…

—¿Y qué hizo usted, señor —le interrumpí—, una vez que la dejó aquí instalada? ¿Adónde se fue usted?

—¿Que qué hice? Me transformé en una especie de judío errante, Jane. ¿Que adónde fui? Deambulé de acá para allá, errabundo como el espíritu de los pantanos. Viajé por el Continente, desperdigándome por todos los países. Mi obsesión era la de buscar y hallar una mujer buena e inteligente de quien poder enamorarme, el polo opuesto a la hiena que había dejado en Thornfield.

—Pero olvida que usted, señor, no podía casarse.

—Había decidido convencerme a mí mismo de que no solo podía sino también debía. No entraba en mis planes engañar a nadie, como te he engañado a ti. Pensaba contar abiertamente mi historia y hacer mis proposiciones sin doblez. Y me llegó a parecer absolutamente razonable mi aspiración a ser considerado libre para dar y recibir amor. No me cabía duda de que acabaría encontrando a alguna mujer dispuesta a comprenderme y a aceptarme, a despecho de la maldición que pesaba como un fardo sobre mí.

—¿Y entonces, señor?

—Cuando logro encender tu curiosidad, Jane, se me ríe el alma. Abres los ojos como una avecilla ansiosa y de vez en cuando te mueves inquieta, como si no te parecieran lo bastante rápidas mis respuestas y quisieras leer directamente en el libro de mi corazón. Pero antes de continuar con mi relato, dime qué significan esos «¿Y entonces, señor?» tan tuyos que dejas caer de vez en cuando y que me incitan sin saber por qué a una inagotable verborrea.

—Pues quiero decir qué pasó luego, cómo sigue la historia y dónde acaba.

—Entendido. ¿Y eso es lo que quieres saber ahora?

—Sí, exactamente eso, si encontró usted a alguien que le gustara, si le pidió que le aceptara por esposo y lo que contestó ella.

—A lo de si encontré a alguien de mi gusto y le pedí que se casara conmigo sí te puedo contestar. Pero la respuesta de ella aún no está registrada en el libro del Destino. Durante diez largos años rodé de una ciudad a otra, tan pronto estaba en San Petersburgo como en Roma, Nápoles, Florencia o París, en esta última sobre todo. Bien provisto de dinero y amparado por el ilustre apellido que exhibía en mi pasaporte, ningún círculo me cerraba sus puertas y podía elegir cualquier compañía. Busqué a mi alma gemela entre damas inglesas, aristócratas francesas, signoras italianas y Gräfinnen alemanas. No la encontré. A veces, en ráfagas fugaces, creía atisbar una mirada, percibir un tono de voz o vislumbrar una forma que parecía el heraldo de mi sueño. Pero siempre acababa en desengaño. No vayas a creer, Jane, que anhelaba la perfección ni intelectual ni física. Lo único que pedía era una afinidad conmigo que la colocara en las antípodas de mi esposa criolla, pero era vano anhelo. Entre tantas como conocí, no encontré a ninguna a la que hubiera apetecido como esposa, incluso en el caso de haber sido soltero, tan escarmentado estaba de los atolladeros, horrores y problemas que acarrea una boda incongruente. La decepción me convirtió en un hombre de costumbres disolutas, pero nunca caí en el libertinaje, que odiaba entonces tanto como ahora, por ser este el atributo más arraigado en mi Mesalina criolla. La repugnancia que me causaba su mero recuerdo me servía de control, incluso cuando me entregaba al placer. Cualquier diversión fronteriza con el desenfreno era como un recuerdo de los vicios que más aborrecía, y huía de ese límite.

»No obstante, como me resultaba muy dura la soledad, hice la prueba de convivir con alguna de mis amantes. La primera elegida fue Céline Varens, de quien ya te he hablado y sabes cómo acabó nuestra historia, otro de esos pasos en falso que ocasionan el menosprecio de uno mismo al ser recordados. Céline tuvo dos sucesoras, italiana la primera, de nombre Giacinta, y la segunda Clara, de origen alemán, ambas famosas por su belleza. Pero ¿qué significaba para mí aquella belleza, en cuanto habían transcurrido unas semanas? Giacinta era inmoral y agresiva, y a los tres meses estaba harto de ella. Clara era pasiva y silenciosa, mejor persona, pero tan pesada, insensible y carente de agudeza mental que no logré congeniar con ella. Fue un alivio que aceptara una suma de dinero suficiente para montar un negocio, a cambio de deshacerme de ella sin remordimientos. En fin, Jane, ya veo por la cara que pones que no te estoy mereciendo en estos momentos una opinión nada favorable. Me tomas por un libertino sin escrúpulos, ¿a que sí?

—No es, desde luego, un aspecto suyo que me guste tanto como otros. ¿No le parecía una forma de vida equivocada? ¿No se reprochaba ir sustituyendo sucesivamente a una amante por otra? Habla de ello como de un asunto sin la menor importancia.

—Para mí no la tenía. Pero tampoco era feliz viviendo así. Fue un concepto envilecedor de la existencia, y no quiero volver a llevarlo a la práctica nunca jamás. Contratar a una amante es casi como comprar a una esclava; tanto en un caso como en otro suele tratarse de seres inferiores por naturaleza y que siempre lo son en cuanto a posición social. Y es degradante convivir con personas a las cuales te sientes superior. Para mí ahora el recuerdo de aquella intimidad con Céline, Giacinta y Clara se me clava como un error aborrecible.

Sentí que estaba hablando con total sinceridad. Y saqué mis consecuencias. Caso de que algún día, olvidando mis principios, cediera bajo cualquier pretexto a la tentación de convertirme en amante del señor Rochester, y suceder a aquellas desgraciadas jóvenes, estaba claro que él acabaría mirándome con un desagrado similar al que ahora demostraba profanando su memoria. No expresé esta convicción por medio de palabras, me bastó con sentirla intensamente. Y la grabé en mi corazón para venir a pedirle ayuda en momentos de turbación o desfallecimiento.

—Veo, Jane, que ahora no preguntas «¿Y entonces, señor?», a pesar de que aún no he terminado mi relato. ¿Por qué? Te veo muy seria, como si siguieras reprochando mi conducta. Pero estamos llegando al meollo del argumento, así que atiende. El pasado mes de enero, libre ya de amantes y sus enredos, amargado, con el corazón endurecido a consecuencia de una vida tan estéril y errante, corroído por el desengaño y harto de la compañía de hombres y mujeres, regresé a Inglaterra por cuestión de negocios; la idea de encontrar a una esposa inteligente, afectuosa y leal había empezado a desterrarla de mi pensamiento como una quimera.

»Cuando tomé, aquella tarde helada de invierno, la senda que trae a Thornfield Hall, lugar para mí tan aborrecible, no tenía el menor asomo de esperanza de encontrar entre estos muros nada parecido a la paz, cuanto menos al placer. Pues bien, sentada en una valla del camino de Hay, vislumbré una figura pequeña y solitaria. Pasé de largo, prestándole tan poca atención como al sauce que había al otro lado, sin sentir el más leve presentimiento de lo que aquel encuentro iba a significar para mí, ni de que, disfrazado bajo apariencias anodinas, el árbitro de mi vida y mi destino, mi genio del mal y del bien, acababa de aparecérseme. Ni tampoco lo sospeché cuando tras el accidente sufrido por Mesrour se me acercó con aspecto serio y se ofreció para prestarme ayuda. Aquella muchacha delgadita y de aire candoroso fue, sin embargo, como un jilguero posado en mi pie, capaz de abrir las alas y llevarme en volandas. La traté con rudeza, pero no se marchó; se mantuvo allí con inesperada pertinacia, sin dejar de mirarme y dirigirme la palabra, imbuida de una rara autoridad. Estaba escrito que había de llegarme el socorro por su cauce, y me llegó.

»En cuanto me apoyé en ese frágil hombro, fue como si a través de su contacto una savia nueva se infiltrara en mi cuerpo. Afortunadamente ya me había enterado de que iba a volver a encontrarme con aquel duendecillo, porque vivía en mi propia casa de allá abajo; de lo contrario, nunca hubiera permitido tan tranquilo que se me escurriera de las manos, evaporándose entre las sombras del seto. Te oí regresar aquella misma tarde, Jane, aunque estuvieras lejos de suponer que te estaba esperando y no dejaba de pensar en ti. Al día siguiente, te vigilé a escondidas, mientras entretenías a Adèle en el pasillo. Recuerdo que había nevado y que no pudisteis salir al jardín. Yo estaba en mi cuarto con la puerta entornada, y desde dentro podía escuchar lo que hablabais y miraros por la rendija. Adèle ocupó tu atención durante un largo rato, pero a mí me dio por fantasear y se me antojaba que estabas distraída, pensando en otra cosa. A pesar de todo, hiciste gala de paciencia, mi dulce Jane, jugaste con Adèle y atendías a todas sus preguntas. Cuando ella, por fin, se marchó, te entregaste a una especie de ensoñación, mientras paseabas sola a lo largo del pasillo. De vez en cuando, te detenías ante la ventana, mirabas caer la espesa nieve, y escuchabas el quejido del viento, tras lo cual reanudabas tu paseo, silenciosa y ensimismada. Creo que tus ensoñaciones de aquella mañana no debieron de ser sombrías, porque tus ojos estaban transidos de un placentero fulgor, y la dulce ansiedad que teñía tu rostro no delataba amargura ni obsesivas cavilaciones. Tu aspecto reflejaba más bien la frescura de esos ensueños juveniles, cuando el espíritu abre las alas para perseguir los revoloteos de la Esperanza hacia un paraíso ideal. Te hizo volver a la realidad la voz de la señora Fairfax, que estaba hablando con un criado en el vestíbulo, y ¡si vieras, Jane, la sonrisa tan especial que entonces se dibujó en tus labios! Era como si te dijeras a ti misma: «Es muy agradable soñar, de acuerdo, pero no debo olvidar que la irrealidad es un lujo. Dentro de mi cabeza puedo albergar un cielo sonrosado y un paradisiaco jardín lleno de flores, pero también sé perfectamente que el camino que se abre ante mí en el mundo real es escarpado y que en torno a mí se cierne la amenaza de oscuras tormentas». Bajaste corriendo al vestíbulo para pedirle a la señora Fairfax que te asignara alguna ocupación, un repaso de las cuentas de la semana o algo por el estilo, supongo. Y yo me enfadé contigo por haberme privado de tu cercanía.

»Esperé impaciente la caída de la tarde, hora que me pareció adecuada para requerir tu presencia. Había intuido en ti una personalidad original, un carácter distinto a cuantos yo conocía, y necesitaba hacer indagaciones para intentar comprenderlo mejor. Entraste en la habitación con un aire tímido pero independiente. Bajabas vestida más o menos como ahora, pero ese atuendo entonces me pareció extravagante. En cuanto entablamos conversación me fui dando cuenta de que la tuya estaba llena de raros contrastes. Tu estilo y tus modales se atenían a reglas estrictas, parecías prudente y exquisitamente educada, aunque poco acostumbrada a la vida social y bastante recelosa, como asustada ante la idea de quedar en evidencia con alguna salida de tono. Y sin embargo, cuando te hablaban, mirabas a la cara de tu interlocutor con ojos penetrantes y audaces: había tanto poderío y agudeza en aquella forma de mirar, como certeras y rotundas eran tus respuestas a cualquier cuestión. Enseguida me pareció que congeniabas conmigo y entendías mi manera de ser; creo que percibiste cierta corriente de simpatía entre tú y el arisco amo que te había tocado en suerte, porque fue sorprendente, Jane, comprobar lo poco que tardabas en serenarte y acoplarte a mis humores. Por mucho que desafinara en ellos, no mostrabas asombro, fastidio o temor, como si no te disgustara mi aspereza. Me observabas y sonreías de vez en cuando con una sagacidad y una gracia indescriptibles. Inmediatamente me sentí estimulado y complacido, me gustaba lo que estaba viendo, pero quería ver más.

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