Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Tercera parte » Capítulo I

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»A pesar de todo, como recordarás, durante bastante tiempo te traté con frialdad, te mantuve a distancia y en contadas ocasiones busqué tu compañía. Soy un redomado epicúreo y ansiaba prolongar el deleite de ir manipulando aquella relación tan nueva como estimulante para mí. Además la idea perturbadora de coger la flor antes de que brotase por completo, acarreaba el temor a que pudiera marchitarse por falta de sazón, con lo cual perdería su dulce y encantadora pureza. No sabía entonces que no se trataba de la lozanía perecedera de las flores normales, sino de otra tallada a imagen y semejanza de aquellas en una gema indestructible. Por otra parte, quería ponerte a prueba, ver si me buscabas cuando te rehuía yo, pero no lo hiciste nunca. Te quedabas encerrada en el aula, tan inmóvil como el pupitre o el caballete, y cuando nos cruzábamos por casualidad pasabas de largo sin dedicarme más atención que la compatible con el respeto. Solías tener aquellos días un aire pensativo, Jane, no propiamente desalentado, porque tu aspecto no era enfermizo, pero tampoco animoso; denotabas la ausencia de euforia propia de quien carece de esperanzas y disfruta poco de la vida. Me preguntaba qué pensarías de mí, si es que alguna vez mi recuerdo pasaba por tu cabeza, cosa que no sabía. Y para averiguarlo, decidí hacerte caso de nuevo. Afloraba una cierta alegría en tu mirar y te volvías cordial y expresiva, a medida que hablábamos.

Comprendí que eras una persona sociable y que lo que apagaba tu luz era la rutina de la vida y la soledad silente del aula. Empecé a permitirme el placer de ser amable contigo, y la amabilidad no tardó en tirar de la emoción. La expresión de tu rostro se fue dulcificando al unísono con el tono de tu voz, me encantaba oír de tus labios la palabra «señor», con aquel acento tan grato y placentero. En esa época, Jane, disfrutaba mucho de los encuentros que nos proporcionaba el azar; había en tu actitud una especie de rara vacilación, una turbación en la mirada, como si te mostrases recelosa o dubitativa, a la expectativa de mi caprichoso comportamiento, pues no sabías si iba a dirigirme a ti con la reserva de un patrón o con la afabilidad de un amigo. Ya por entonces me había encariñado contigo lo bastante para tratarte como un amo, y cuando te extendía cordialmente la mano, los rasgos de tu rostro joven y anhelante se coloreaban con tal luminosidad que muchas veces tuve que hacer un esfuerzo para no estrecharte allí mismo contra mi pecho.

—Por favor, señor, no siga hablando de aquellos tiempos —le interrumpí, mientras me secaba furtivamente las lágrimas.

Sus palabras empezaban a convertirse en un tormento, porque estaba segura de la conducta a seguir lo antes posible, y todas aquellas declaraciones y recuerdos, hacían mi decisión cada vez más difícil.

—Tienes razón, Jane —contestó—. No viene a cuento rememorar el pasado cuando tenemos asegurado el presente y nos espera un porvenir aún más luminoso.

Me estremecí al escuchar un aserto tan ilusorio.

—Ya te has dado cuenta de cuál es la situación, ¿verdad? —prosiguió—. Después de pasar los mejores años de mi juventud zozobrando entre la desdicha más indescriptible y la soledad a palo seco, encuentro por primera vez a alguien digno de ser amado y a quien soy capaz de amar realmente, te encuentro a ti, Jane, mi alma gemela, mi ángel, la parte mejor de mi ser, y se crían los lazos que nos han unido estrechamente. Eres buena, inteligente, adorable y despiertas en mi alma una pasión ardiente y única, que te convierte en fuente de vida, en el centro a cuyo alrededor gira toda mi existencia y más tarde en llama poderosa y de ardiente pureza que nos funde en un solo ser.

»Al descubrir esto es cuando decidí casarme contigo. Echarme en cara que ya tengo una esposa es una burla macabra, porque sabes que se trata de un demonio monstruoso. Hice mal en intentar engañarte, pero tenía miedo de tu carácter inflexible y de que tus juicios pudieran ser precipitados; antes de atreverme a confesarte la verdad, necesitaba tenerte segura. Ya sé que es una actitud propia de cobardes, tenía que haber empezado por apelar a tu magnanimidad y nobleza, como lo estoy haciendo ahora, debí narrarte sin paliativos todos los sufrimientos padecidos, exponerte mi hambre y mi sed de una vida más digna y alta de miras, demostrarte no mi decisión (que es palabra endeble) sino mi inclinación irrebatible al verdadero amor y lealtad por quien también sabe amarme y serme fiel del mismo modo. Después de eso es cuando debí pedirte que aceptaras mi juramento de fidelidad y me devolvieras el tuyo a cambio. Hazlo ahora, Jane, te lo ruego.

Hubo una pausa.

—¿Por qué guardas silencio, Jane? —preguntó.

Me estaba sometiendo a una prueba durísima. Era como si una mano de hierro al rojo vivo me apretara las entrañas. ¡Qué instantes tan crueles de lucha interior entre el fuego y las tinieblas! No creo que exista un ser humano más ansioso que yo en aquel momento de verse amado así por la persona a quien idolatra. Y sin embargo debía renunciar al amor y al ídolo. Mi implacable deber se resumía en una palabra espantosa: «¡Márchate!».

—¿Comprendes lo que estoy esperando de ti, Jane? Simplemente una promesa formulada en estos términos: «Seré suya, señor Rochester».

—Señor Rochester, no seré suya.

Se hizo otro largo silencio.

—¡Jane! —exclamó, antes de reanudar su súplica.

Y en su voz se mezclaban una ternura que partía el alma y una especie de jadeo de león irritado que helaba de terror.

—Jane —continuó—, ¿es que pretendes seguir un camino que te aparte del mío?

—Sí, es lo que voy a hacer.

Se inclinó hacia mí y me rodeó con sus brazos.

—Jane —susurró—. ¿Y ahora dices lo mismo?

—Lo mismo.

—¿Y ahora? —repitió, mientras empezaba a besarme la frente y las mejillas.

Me desprendí totalmente de su abrazo.

—Lo mismo —dije.

—¡Oh, Jane, no puedes decirme nada más cruel! Eres mala. ¿Crees que es algo malo amarme?

—No, pero sí obedecerle.

Una mirada enloquecida se encendió bajo sus cejas furibundas, contrayendo los rasgos de su rostro. Se incorporó, pero logró dominarse. Yo apoyé la mano en el respaldo de una silla para no caer. Estaba espantada, temblando, pero no por ello menos firme en mi determinación.

—Un momento, Jane —dijo—; imagínate solo por un momento lo que va a ser de mí sin ti, qué vida tan horrible. Cuando te vayas, te llevarás contigo toda mi posibilidad de dicha. ¿Qué me queda? La loca de ahí arriba, que es como si me otorgaras por esposa a una momia del cementerio. ¿Qué será de mí, Jane? ¿Dónde voy a ir a buscar un poco de compañía o un rayo de esperanza?

—Haga como yo, señor. Confíe en Dios y en usted mismo. Piense en el cielo, y alimente la esperanza de que allí nos volveremos a encontrar.

—O sea, que no estás dispuesta a ceder.

—No.

—… Y que me condenas a vivir cual alma en pena y a morir empecatado.

—Le aconsejo que huya del pecado, y le deseo que muera en paz consigo mismo.

—Pero ¿cómo, si me privas del amor y me arrancas la buena fe? ¿No comprendes que me estás destinando por toda salida a la promiscuidad y al vicio?

—Señor Rochester, ni le condeno a tal destino, ni lo deseo tampoco para mí. Tanto usted como yo hemos nacido para luchar y para resistir; y hagámoslo. Me olvidará antes que yo a usted.

—Al decir eso, Jane, me dejas por embustero y me llenas de oprobio. Te juré que no cambiaría y tú me echas en cara que no tardaré en cambiar. El error y perversidad de tus juicios se refleja en tu propia conducta. ¿Es que te parece más beneficioso empujar a la desesperación a un semejante que transgredir una convención simplemente humana, que a nadie perjudica? Tú no tienes amigos ni parientes a quienes pueda ofender que te vengas a vivir conmigo.

Eso era verdad. Mientras le escuchaba, la conciencia y la razón se me encabritaban, acusándome de resistirme a él como de un crimen. Gritaban casi tan alto como el sentimiento que clamaba: «¡Obedécele! Piensa en su desdicha y considera los peligros a que lo dejas expuesto. Mira a qué extremos llega cuando se queda solo, recuerda que es temerario por naturaleza y que muchos disparates son consecuencia de la desesperación. Tu dulzura puede salvarlo, dile que le amas y que le perteneces. ¿A quién en este mundo le importas más que a él? ¿Quién va a sentirse ofendido por lo que hagas?».

Pero la respuesta fue inflexible: «¡A mí me importa lo que hago, a mí! Cuanto más sola me vea, sin amigos ni apoyo, más respeto me debo a mí misma. Obedeceré la ley de Dios, que posteriormente los hombres sancionaron. Seguiré fiel a los principios que me sostuvieron cuando estaba en mis cabales y no loca como ahora. Observar leyes y principios cuando no hay asomo de tentación ¿qué mérito tiene? Lo que cuenta es respetarlos en momentos como este, cuando alma y cuerpo se amotinan contra su rigor. Cuanto más estrictos me parezcan, más inviolables los consideraré. Si los rompiera, a favor de mi gusto, ¿de qué valdrían entonces? Siguen teniendo el mismo valor que siempre les atribuí, y si me parece lo contrario ahora es solamente porque estoy loca, loca de remate, porque me corre fuego por las venas y el corazón me galopa tan aprisa que soy incapaz de contar sus latidos. En este momento no tengo más asidero que las opiniones preconcebidas y mi arraigada fuerza de voluntad. En ese terreno afianzaré mis plantas».

Y así lo hice. El señor Rochester, tan capaz de leer en mi rostro, al darse cuenta de mi inquebrantable decisión, montó en cólera. No tenía más remedio que plegarse a la ira, a reserva de lo que pudiera pasar después. Cruzó la habitación, me cogió por un brazo y oprimió mi cintura, con ojos centelleantes que parecían quererme devorar. En ese momento sentí mi cuerpo tan indefenso como una brizna de paja expuesta al calor sofocante de un horno. Pero aún era dueña de mi alma y ella me insuflaba fe en la salvación. El alma, afortunadamente, cuenta con un intérprete a veces inconsciente, pero siempre infalible: los ojos. Alcé los míos hacia su rostro arrebatado y se me escapó un suspiro involuntario. Me estaba haciendo daño al apretarme tanto y yo estaba extenuada tras aquella resistencia agotadora.

El señor Rochester me sacudió con fuerza entre sus brazos.

—¡Nunca —exclamó entre dientes—, nunca jamás se ha visto una cosa tan frágil e indómita al mismo tiempo! Parece un junco entre mis manos, podría aplastarla entre el índice y el pulgar. ¿Pero de qué me serviría doblegarla, machacarla, hacerla trizas? Fíjate en esos ojos, Edward, en el ser decidido, salvaje y libre que alienta a través de ellos, y que te desafía con algo más que coraje: con la seguridad de la victoria. Haga lo que haga con la jaula, nunca podré aprisionar a la hermosa e indomable criatura que está dentro. Si rompo la frágil prisión, mi cólera solo conseguirá haber dejado en libertad a la prisionera. Podría allanar la morada, pero su inquilina se escaparía al cielo antes de que yo pusiera el pie en esa vivienda asentada sobre el barro. Y es a ti, espíritu puro, enérgico y terco, es tu voluntad y fortaleza lo que ansío conquistar, y no tu cuerpo quebradizo. Solo por voluntad propia podrías acudir volando a refugiarte en el nido de mi corazón. Tomada a la fuerza, tergiversando tu deseo, te escaparías de mis brazos como un aroma, esfumado antes de que pudiera gozar de su fragancia. ¡Oh, Jane, te lo ruego, ven!

Al decir estas palabras, me soltó y se quedó contemplándome. La mirada aquella fue más difícil de resistir que un puñetazo frenético. Y sin embargo, solamente un idiota se habría dado por vencido en tal punto. Había soportado y burlado su furia, ahora me tocaba esquivar su pesadumbre. Me encaminé hacia la puerta.

—¿Te vas, Jane?

—Sí, señor, me marcho.

—¿Me abandonas?

—Sí.

—¿No aceptas venir conmigo para hacerme compañía y ser mi ancla de salvación? ¿No significan nada para ti el amor profundo, los salvajes sufrimientos ni los ruegos desesperados?

Había una tristeza indescriptible en aquella voz, como indescriptible es el esfuerzo que me costó repetir firmemente:

—Adiós, me voy.

—Jane —dijo él.

—Diga, señor Rochester.

—Pues vete, tienes mi permiso. Pero recuerda que me dejas sumido en la angustia. Sube a tu cuarto, piensa en todo lo que hemos hablado, y especialmente, Jane, piensa en mí, en lo que sufro.

Me volvió la espalda y se tumbó boca abajo en el sofá.

—¡Oh, Jane, mi esperanza, mi vida, amor mío! —exclamó ahogadamente.

Y a aquellas siguió un profundo sollozo. Yo ya había alcanzado la puerta, lector, pero volví sobre mis pasos y me arrodillé junto al sofá. Volví su rostro hacia el mío y le acaricié el pelo.

—Que Dios le bendiga, mi querido dueño —dije, mientras besaba furtivamente su mejilla—. Que Él le proteja de todo mal, le sirva de guía y de consuelo, y le pague asimismo todo el bien que me ha hecho.

—El único pago que podría valerme para algo sería el amor de mi pequeña Jane —contestó—. Sin eso, mi corazón seguirá hecho pedazos. Pero aún tengo fe en que ella sabrá recomponerlos con paciencia y generosidad, con amor.

La sangre había vuelto a subírsele al rostro y se levantó de un salto con los ojos llameantes. Avanzaba hacia mí con los brazos abiertos, pero los eludí y salí precipitadamente de la habitación.

«Adiós», iba gritando mi corazón. Y la desesperanza añadía: «¡Adiós para siempre!».

Ni se me pasó por la cabeza que pudiera dormir aquella noche, pero me quedé traspuesta en cuanto me tumbé en la cama. Y me vi viajando en sueños hacia escenas de mi infancia, tendida de noche en el cuarto rojo de Gateshead y poblada mi mente de extraños terrores. Aquella luz que tiempo atrás me produjo un síncope, revivida en esta visión, reptaba temblorosa por la pared hasta detenerse en el centro del techo oscurecido. Alcé la cabeza para mirar y el techo se desvaneció en nubes altas y sombrías; se veía un resplandor como el que reparte la luna entre los jirones de bruma cuando está a punto de penetrarlos. La vi abrirse camino con una especie de premonición, como si supiera que en su disco iban a venir escritas palabras de sentencia. Irrumpió al fin, como jamás ha roto las nubes ninguna luna del mundo, porque una mano apartó previamente los vaporosos pliegues oscuros; y de repente ya no era la luna, sino una blanca silueta humana destacando sobre un fondo azul e inclinando hacia la tierra su faz gloriosa. No hacía más que mirarme y volverme a mirar. Y le habló a mi alma en un tono que venía desde una distancia inconmensurable pero que yo oía como un susurro cercano que se me metía en el corazón.

—¡Huye de la tentación, hija mía!

—Sí, madre, lo haré.

Esta respuesta la formulé en voz alta, recién despierta de aquel trance hipnótico. Aún no había amanecido, pero en julio las noches son cortas y la aurora no tarda en llegar. «A quien madruga Dios le ayuda, si madruga con buen fin —pensé—, y es larga mi tarea». Me levanté. Ya estaba vestida y no me había quitado más que los zapatos. Busqué en los cajones un poco de ropa blanca, mi broche y mi sortija, y al hacerlo mis dedos tropezaron con el collar de perlas que el señor Rochester me había obligado a aceptar unos días antes. Lo aparté porque no era mío, sino de la novia fantasma, que se había diluido en el aire. Con lo demás hice un paquete, y me guardé en el bolsillo el monedero con los veinte chelines que componían todo mi caudal. Me puse el sombrero de paja, me envolví en mi chal, y con el paquete y los zapatos en la mano salí del cuarto de puntillas.

«Adiós, mi buena señora Fairfax», murmuré al pasar sigilosamente ante su puerta.

Y luego, ante la de la niña: «¡Adiós, queridísima Adèle!». Pero no se podía ni soñar con entrar a darle un beso. Había que burlar la vigilancia de un oído muy fino que podía estar alerta, y yo lo sabía.

Por delante del dormitorio del señor Rochester lo lógico era pasar de largo, pero como mi corazón se paró momentáneamente al llegar a ese umbral, mis pies no tuvieron más remedio que imitarle. Allí dentro el sueño no imperaba, los pasos inquietos del insomne recorrían la estancia y me llegó su eco, como también el de algún suspiro. El paraíso, un paraíso provisional me aguardaba en aquella estancia, simplemente con haberlo querido, con empujar la puerta y decir: «Señor Rochester, le quiero y viviré a su lado hasta que la muerte nos separe». E imaginé la fuente de éxtasis que me brotaría del corazón hasta los labios.

Aquel adorable dueño de quien estaba haciendo presa el insomnio esperaba ansioso la llegada del día. Me mandaría llamar a primera hora, y se encontraría con que me había ido. Me buscaría en vano. Se sentiría rechazado, abandonado, a sus propias fuerzas, y su sufrimiento podía alcanzar cotas de desesperación. También esto lo imaginé, y mi mano se alargó hacia el picaporte. Pero contuve aquel movimiento y apresuré mis pasos furtivos.

Bajé la escalera, sumida en la mayor tristeza. Sabía lo que tenía que hacer, y lo hacía como un autómata. Busqué la llave de la puerta lateral que había en la cocina, y la engrasé con una pluma de ave mojada en aceite, al igual que la cerradura. Pensando en que me esperaba una larga jornada y que mis fuerzas, ya tan mermadas, no podían decaer, cogí pan y agua. Todo sin hacer el menor ruido, como también en silencio abrí, por fin, la puerta y salí al patio, donde empezaba a infiltrarse un débil amago de aurora. Las puertas grandes de fuera tenían corrido el cerrojo, pero en una de ellas había un portillo que cedía simplemente empujando el pestillo. Lo traspasé y lo volví a cerrar a mis espaldas. Estaba fuera de Thornfield.

Más allá, a una milla de distancia, había una carretera que discurría en dirección contraria a Millcote. Nunca la había recorrido ni sabía adónde llevaba, pero eché a andar en su busca a campo través, sin permitirme pensar en nada ni mirar para atrás. Tampoco hacia adelante. No tenía que pensar ni en el pasado ni en el futuro. El primero equivalía a una página tan celestial pero tan desgarradoramente triste que pasar los ojos por una sola de sus líneas destruiría mi energía y esfumaría mi coraje. En cuanto al porvenir, era una página en blanco: algo semejante al mundo que sobrevino tras el diluvio.

Fui bordeando campos, saltando setos y atajando por senderos hasta bien entrada el alba. Creo recordar que era una espléndida mañana de verano, y noté que los zapatos, que me puse nada más salir fuera de la casa, enseguida se me empapaban de rocío. Pero no atendí al sol que se alzaba, ni al cielo sonriente, ni al despertar de la naturaleza. Quien recorre un paisaje, por maravilloso que sea, camino del patíbulo, no piensa en las flores que le salen al paso, sino en el filo del hacha destinada a quebrar sus huesos y el fluir de su sangre, y en la tumba abierta a la espera de su cuerpo. Y yo pensaba en mi infinito deambular sin meta ni hogar, en el desarraigo que acarreaba mi fuga, y añoré dolorosamente, sin poder evitarlo, todo lo que dejaba a mis espaldas. Me lo imaginé a él en aquel mismo momento, mirando levantarse el sol a través de la ventana de su cuarto, esperando tal vez que acudiera a decirle que no me iba, que me quedaba con él para siempre. Y sentí el anhelo de volver para decírselo; aún estaba a tiempo, podía apartar de él aquel cáliz. Estaba segura de que todavía no me había echado nadie de menos, de que mi fuga no había sido descubierta. Podía dar la vuelta y ser su bálsamo, redimirlo de la desdicha y quién sabe si también de la perdición. Más que mi propio abandono me atormentaba pensar en los peligros a que le dejaba expuesto. Era como la punta de una flecha clavada en mi pecho; al intentar sacarla desgarraba la herida, pero me hacía más daño aún dejar que la memoria me la metiese cada vez más hondo.

Los pájaros empezaron a cantar en la enramada, un canto de fidelidad a sus parejas; los pájaros simbolizaban el amor. ¿Y yo qué estaba haciendo? Desgarrada entre mi pena y la compulsiva lucha por mantener mis principios, me odiaba a mí misma. No encontraba consuelo en la aprobación de mi conducta, basada en el amor propio, a costa de abandonar a mi dueño y hacer de él un desgraciado. Me consideraba un ser odioso; y sin embargo no fui capaz de dar la vuelta y volver sobre mis pasos; no sé si sería un designio divino el que me empujaba hacia adelante, porque en cuanto a mi voluntad y mi conciencia el dolor había pisoteado despiadadamente la primera y agarrotado la segunda. Caminaba llorando a mares y cada vez más aprisa, como presa del delirio, hasta que un repentino desfallecimiento interior empezó a propagarse a todos mis miembros y caí de bruces al suelo. Me quedé allí tendida e inmóvil durante unos minutos, con la cara hundida en el césped mojado, mientras me acosaba el temor, o quién sabe si la esperanza de que hubiera llegado la hora de mi muerte. Pero pronto reaccioné: me puse primero a cuatro patas y luego de rodillas hasta que pude enderezarme del todo, más decidida que nunca a alcanzar la carretera.

Cuando lo conseguí, me vi obligada a sentarme en la cuneta para tomar aliento, y a poco de estar allí descansando oí acercarse un rumor de ruedas y vi una diligencia que venía. Me puse de pie, alcé la mano y se paró. Le pregunté al cochero que en qué dirección viajaba y él mencionó un lugar muy distante, donde estaba casi segura de que el señor Rochester no conocía a nadie ni nadie le conocía a él. Pregunté que cuánto costaba el viaje y me dijo que treinta chelines. Yo no tenía más que veinte, y se lo dije, a lo cual contestó que no tendría más remedio que conformarse. Me dejó entrar en el coche, que iba vacío, subí, cerró la portezuela y nos pusimos en marcha.

Espero, mi querido lector, que no tengas que pasar nunca por un trance como aquel, ni que tus sentimientos desencadenen el tumultuoso y abrasador caudal de lágrimas que brotó de los míos. Que nunca te veas clamando al cielo con tanta desesperanza como la que traspasaba mis agónicas plegarias. Ojalá nunca te apesadumbre el recelo de haber sido elegido como instrumento del diablo para dañar al ser a quien más amas.

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