Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Tercera parte » Capítulo II

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Capítulo II

Han pasado dos días. Es una tarde de verano y el conductor de la diligencia me ha dejado en un lugar llamado Whitcross. No podía llevarme más allá por el precio que le pagué, que era todo lo que tenía, así que estoy sin un chelín. La diligencia ahora ya debe de estar a una milla de distancia y me encuentro completamente sola. Acabo de darme cuenta además de que se me ha olvidado recoger mi paquete de la rejilla del coche donde lo puse para mayor seguridad. Allí se ha quedado para siempre y yo me siento desamparada.

Whitcross no es un pueblo, ni siquiera una aldea, sino simplemente un cruce de cuatro caminos señalado por un hito de piedra pintada de blanco, supongo que para facilitar la visibilidad desde lejos cuando está oscuro. Del remate de esta piedra surgen cuatro letreros a modo de ramas. Según sus inscripciones, el pueblo más cercano se encuentra a diez millas y el más lejano a veintitantas. Por los nombres de estos pueblos —que me son conocidos— me entero del condado donde he venido a parar, y que ahora estoy pisando. Se trata de una región situada al norte de la zona central, oscurecida por páramos y rematada por una cordillera. Lo estoy viendo con mis propios ojos. Los inmensos páramos se extienden a mi espalda y a ambos lados de mi cuerpo, mientras las onduladas crestas montañosas se divisan allá al fondo, una vez cruzado el valle que duerme a mis pies. Debe de tratarse de una zona más bien despoblada, y por los caminos anchos y blancos que se dispersan en todas direcciones no veo transitar a nadie; parecen tallados en el páramo, y los tupidos brezales silvestres bajan hasta su cuneta. Pero, a pesar de tanta soledad, puede darse que aparezca algún transeúnte y yo no querría por nada del mundo que alguien me encuentre. Si se me acercara un viajero, podría preguntarme que qué hago aquí dando vueltas alrededor de este hito de la encrucijada, evidentemente extraviada y sin saber qué rumbo tomar. Muchas cosas podría preguntarme y yo a ninguna sabría dar respuesta que no pareciera inverosímil o no despertara sospechas. No tengo en este momento una sola atadura con los seres humanos, ningún aliciente esperanzador me llama al encuentro de mis semejantes y nadie que me viese me dedicaría un poco de atención o un buen deseo. No tengo más familiares que nuestra madre universal: la Naturaleza. Buscaré reposo contra su regazo.

Me dirigí hacia los brezales; me interné en ellos y vadeé, entre la espesura cenagosa, una hondonada que surcaba el páramo oscuro. Hundida en él hasta las rodillas, seguí remontando sus vericuetos hasta encontrarme en un lugar recóndito junto a una roca cubierta de musgo. Me senté debajo de ella. Las altas lomas de la paramera se extendían en torno a mí, la roca me protegía la cabeza y por encima de todo ello se desplegaba el cielo.

Incluso allí, transcurrió un buen rato hasta lograr sentirme tranquila y a salvo. Experimentaba una vaga inquietud, ante el temor de que pastasen por allí cerca reses salvajes o de que algún cazador furtivo o algún pastor pudieran descubrirme. Si una ráfaga de viento barría el erial, me sobresaltaba y alzaba la vista pensando que era un toro que me venía a embestir; si escuchaba el sonido de una avefría, pensaba que era el de un hombre. Pero poco a poco, al comprobar que mis recelos no tenían fundamento y apaciguada por el profundo silencio que acompaña a la caída de la tarde, empecé a recobrar la confianza. Todavía no había tenido tiempo de ponerme a pensar; no había hecho más que escuchar, temer los peligros y estar al acecho. Ahora, por fin, recuperaba mi capacidad de reflexión.

¿Qué iba a hacer? ¿Adónde podía dirigirme? Eran, ay, preguntas angustiosas, porque nada podía hacer ni sabía adónde ir. Ante mi cuerpo fatigado y desfallecido se extendía un ignorado y largo camino que habría de recorrer antes de llegar a algún lugar habitado por seres humanos. Y allí, para encontrar albergue me vería precisada a implorar fría caridad o recelosa compasión, exponiéndome a un probable rechazo aun antes de que expusiera mi necesidad o fuera escuchada mi historia.

Acaricié el brezo: estaba seco y tibio aún tras el calor de la mañana estival. Miré al cielo; estaba despejado y temblaba en medio de él una preciosa estrella asomando sobre el borde de la roca. Empezaba a caer el rocío, aunque lento y suave; no soplaba la brisa. La naturaleza me pareció benigna y clemente; me dio la impresión de que me quería, a pesar de mi desvalimiento, y yo, escarmentada de los hombres, me abracé a ella como a una madre. Esa noche por lo menos sería su huésped, además de ser su hija; ella me daría posada sin cobrarme un penique. Me quedaba todavía un trozo de pan, restos de un bollo que compré a mediodía al pasar por un pueblo, gastando la última moneda que me quedaba. Los arándanos maduraban por todas partes, esmaltando el brezal como cuentas de azabache. Cogí un puñado y me lo comí con el pan. El hambre que me acuciaba se aplacó un poco, aunque aquella colación de ermitaño no era para saciar a nadie. Cuando la acabé, recé mis oraciones y me puse a buscar un sitio para dormir.

El brezo que crecía junto a la roca era muy tupido. Cuando me acosté encima me tapó los pies y me resguardó los costados dejando solamente una rendija para que pudiera entrar el aire de la noche. Doblé el chal y me lo puse encima a manera de colcha; un montoncito de musgo hizo las veces de almohada. Guarecida allí no sentía frío, o por lo menos no lo sentí al inicio de la noche.

Mi descanso podría haber sido casi una bendición si la pesadumbre que anidaba en mi pecho no hubiera obstaculizado mi sueño. El corazón gemía a borbotones, un lamento que fluía por sus heridas abiertas y sus fibras rotas; se estremecía pensando en la suerte que pudiera correr el señor Rochester. Lo echaba de menos con amargura y nostalgia infinitas y temblaba, pobre corazón indefenso, como una avecilla a quien quebraron las alas, esforzándose en vano por alzar el vuelo y salir en su busca.

Atormentada por tan agobiantes pensamientos, me puse de rodillas. Ya había entrado la noche cuajada de astros; una noche serena, demasiado serena para ir aliada con el miedo. Ya sabemos que Dios está en todas partes, pero advertimos más su presencia en aquellos lugares donde más resplandece ante nuestros ojos la Grandiosidad de sus obras, y es precisamente en las noches despejadas cuando los astros, como pequeños mundos, ruedan en silencio donde se trasluce más claramente su infinitud divina, su huella omnipresente. Me había arrodillado para rezar por el señor Rochester, y al alzar la vista, vi brillar la Vía Láctea, desdibujada a través de mis lágrimas. Recapacitando sobre las incontables constelaciones que la componían y barrían el espacio con su débil huella de luz, sentí interiormente el poder y la fuerza de Dios. Estaba segura de su capacidad para velar por lo que había creado y acabé persuadida de que ni una sola de las almas que constituyen su tesoro podría ser perecedera. De esta manera mi plegaria se convirtió en un himno de gratitud a la fuente de la vida que, al mismo tiempo, velaba por la conservación del espíritu. El señor Rochester estaba a salvo porque era criatura de Dios y Él lo protegería. Me volví a acurrucar en el regazo de la colina, y a partir de ese momento mis penas se las tragó el sueño.

Pero a la mañana siguiente la Necesidad me estaba acechando, pálida y en cueros. Mucho después de que los pajarillos hubieran abandonado el nido y de que las abejas hubieran venido a libar la miel del brezo, aún húmeda de rocío, cuando el sol ya iba alto y las largas sombras matutinas empezaran a recortarse, me incorporé y miré a un lado y otro.

Era un día templado y sereno, maravilloso. Y el páramo extendido parecía un desierto de oro, a la luz ubicua del sol. Deseé vivir en él, formar parte de él. Vi un lagarto correteando sobre la roca, vi una abeja afanosa posada entre los dulces arándanos y hubiera querido ser lagarto y abeja, que por doquier encuentran sustento y albergue. Pero era un ser humano con su secuela de necesidades y no debía quedarme rezagada si quería atenderlas. Me levanté y dediqué una mirada al lecho que acababa de abandonar. Sin esperanza alguna de futuro, no podía añorar más que una cosa: que mi Creador hubiese tenido la bendita ocurrencia de arrebatarme el alma mientras dormía, para evitar a mi agotado cuerpo que prolongase su lucha contra el destino y permitirle, una vez liberada el alma, que se disolviera en paz, viniese a mezclarse con la tierra de aquel desierto, a formar parte de ella. Pero aún seguía en poder de la vida y sujeta a sus exigencias, duelos y responsabilidades. Tenía que llevar a cuestas mi fardo, subvenir a mis necesidades, soportar mis penas y cumplir con mi obligación. Me puse en marcha.

Cuando llegué a Whitcross, tomé un camino que discurría en dirección opuesta a la del sol, ahora ardiente y en su cenit. Ese fue el sustento de mi azarosa elección, huir del calor, mi voluntad no alcanzaba a más. Anduve mucho rato, y cuando me pareció que ya había sido demasiado, que podía conceder una tregua a la fatiga, que me vencía y relajar el ritmo de mi esfuerzo, me senté a descansar en una piedra. Inmediatamente se apoderó de mí una apatía que me entumecía el corazón y los miembros. En ese momento fue cuando escuché el tañido de una campana de iglesia.

Al darme la vuelta para localizar el sitio de donde procedía, entre las románticas colinas a cuyos cambiantes perfiles había dejado de prestar atención, divisé una aldehuela con su campanario. A mi derecha, todo el valle estaba lleno de pastizales, campos de centeno y bosques. Un arroyuelo centelleante recorría en zigzag todas aquellas tonalidades de verde, las mieses en sazón, los bosquecillos sombríos y el prado soleado. Un crujir de ruedas me hizo volver la vista hacia el camino que tenía enfrente, y vi un carro de labor cargado hasta los topes que ascendía trabajosamente hacia la colina, tirado por dos bueyes y seguido por el vaquero. Me estaba aproximando a la vida y al trabajo de los seres humanos que luchan para ganársela. Yo también tenía que luchar; abrirme camino en la vida y plegarme a sus exigencias, como todo el mundo.

Serían las dos de la tarde cuando entré en la aldea. Al final de su única calle había una pequeña tienda que exhibía en el escaparate pan y pasteles. Me moría de ganas de comer un pedazo de pan o un pastel; con ese refrigerio tal vez pudiera recuperar un poco de energía, sin él me sería casi imposible seguir. Había recobrado el deseo de tener vigor y fuerza en cuanto me vi rodeada de mis semejantes. Me di cuenta de que sería vergonzoso desmayarme de hambre en la acera de una aldea desconocida. No llevaba dinero encima, nada que poder ofrecer a cambio de un bollo. Me puse a pensar. Tenía un pañuelo de seda anudado a la garganta, y luego mis guantes. No tenía ni idea de cómo se las arreglan los hombres y mujeres cuando han llegado a tales extremos de indigencia. No sabía tampoco si a alguien le interesaría darme algo por aquellas prendas; probablemente no, pero tenía que hacer la prueba.

Entré en la tienda y me dirigí a la mujer que despachaba. Cuando vio a una persona decentemente vestida, y que sin duda tomaría por una señora, me preguntó cortésmente que en qué podía servirme. La vergüenza paralizó mi lengua, incapaz de formular la petición que había proyectado. No me atrevía a ofrecerle aquel par de guantes bastante usado y un pañuelo mal planchado. Además me pareció completamente absurdo. Me limité a pedirle permiso para sentarme un momento, porque estaba muy cansada. Noté que no le hacía gracia no ver en mí a una cliente, pero, aunque fríamente, accedió a mi petición, y me señaló una silla donde me dejé caer. Sentía unas ganas vehementes de llorar, y sin embargo me contuve, consciente de lo inoportuno de tal efusión.

—¿Hay alguna modista en este pueblo?

—Sí, dos o tres. Para el trabajo que hay aquí sobran.

Me quedé pensando. Habíamos llegado al punto álgido de la cuestión. Me encontraba cara a cara con la Necesidad. No tenía recursos, ni amigos, ni un chelín, y había que hacer algo. Pero ¿qué? ¿Y a quién dirigirme?

—¿Sabe usted de alguien en este pueblo que necesite una criada?

—No le puedo decir.

—¿En qué trabaja la gente aquí? ¿Cuál es su fuente principal de ingresos?

—Algunos son granjeros, muchos están empleados en la fábrica de agujas del señor Oliver, otros en la fundición.

—¿Y el señor Oliver da trabajo a mujeres?

—No, solo admite hombres.

—¿Y qué hacen las mujeres aquí?

—Pues según, unas una cosa y otras otra, pobrecillas. Cada cual se las arregla como puede.

Parecía aburrida de mi interrogatorio; y en realidad, ¿qué derecho tenía yo a estarla molestando? Entraron una o dos personas en la tienda. Mi asiento evidentemente tenía que dejarlo libre. Me despedí.

Seguí recorriendo la calle, y mirando al pasar todas sus casas a derecha e izquierda, pero no se me ocurrió ningún pretexto ni descubrí aliciente para entrar en ninguna. Deambulé por toda la aldea, durante más de una hora; a veces llegaba a una cierta distancia y volvía sobre mis pasos, cada vez más exhausta y notando de forma ya perentoria un hambre voraz. En un determinado momento me senté al borde de un camino, junto a un seto, y me quedé allí unos instantes sin hacer nada. Pero no podía permitírmelo, tenía que buscar a alguien que me proporcionara ayuda o al menos información; así que me puse de pie nuevamente. Vi una casa bastante bonita al final del camino, con su jardín delante muy cuidado y lleno de flores. Me detuve ante la casa. ¿Con qué pretexto podía acercarme a aquella puerta pintada de blanco y hacer sonar la brillante aldaba? ¿Qué interés podrían tener en ayudarme los habitantes de aquella morada? Pero de todas maneras me acerqué y llamé a la puerta. Una mujer joven todavía de aspecto agradable y pulcramente vestida me abrió.

—¿Necesitan ustedes criada? —pregunté desesperanzada, en voz queda y titubeante.

—No —dijo—; no necesitamos criada.

—¿Y no podría decirme si sabe de algún trabajo para mí? —continué—. Soy de fuera, no conozco a nadie en este sitio, y necesito un empleo, el que sea, me da igual.

Pero no era asunto suyo preocuparse por mí, ni ponerse a buscarme una colocación. Además descubrí en su mirada que tanto mi historia como mi situación, y también mi forma de presentarme, debían de parecerle sospechosas.

—Lo siento, pero no sé de nada —dijo sacudiendo negativamente la cabeza.

Y la puerta blanca se cerró. Sin un portazo ni malos modos, pero se cerró. Y yo estaba otra vez en la calle. Si hubiera tardado un poco más en cerrarla, creo que le habría pedido un trozo de pan, porque estaba desfallecida.

No podía resistir la idea de volver a aquel pueblo tan deprimente donde además no vislumbraba ningún rayo de esperanza. Me hubiera gustado mucho más adentrarme en un bosque que no se veía muy lejos de allí y que parecía brindarme acogida entre sus sombras. Pero me encontraba tan débil, tan enferma y desgastada por la penuria, que el instinto me aconsejó no alejarme mucho de aquel lugar habitado donde la suerte pudiera depararme algo de comida. No podría sacarle gusto a la soledad ni al descanso mientras el buitre del hambre me siguiera clavando el pico y las garras.

Me acerqué a la zona más poblada, pasé de largo, volví sobre mis pasos y nuevamente me acosó la idea de que no tenía derecho a pedir ni a esperar que nadie se interesara por mi desvalimiento. A todo esto, la tarde iba avanzando mientras yo seguía errante de acá para allá como un perro extraviado y famélico. Al cruzar un prado, vi ante mí la torre de la iglesia y me encaminé hacia ella. Cerca del cementerio, en medio de un jardín, había una casa pequeña pero bien construida que no puse en duda que sería la vivienda del párroco. Recordé que los forasteros que llegan en busca de empleo a un lugar donde no conocen a nadie, suelen acudir al párroco para pedirle orientación y ayuda. La misión de un sacerdote es socorrer, aunque solo sea con un consejo, a quienes intentan valerse por sí mismos. Sentí que me asistía una especie de derecho a buscar amparo allí. Así que, haciendo acopio de valor y recolectando los residuos de mis flacas fuerzas, seguí avanzando, llegué a la casa y llamé a la puerta de la cocina. Me abrió una mujer mayor, y le pregunté que si vivía allí el párroco.

—Sí, aquí vive.

—¿Y está en casa?

—No.

—¿Tardará en volver?

—Sí. Está de viaje.

—¿Ha ido muy lejos?

—No mucho; a unas tres millas de aquí, en March End. Le avisaron porque murió su padre repentinamente, y lo más probable es que se quede en March End quince días más.

—¿No hay alguna señora en esta casa?

—No, nadie más que yo. Yo soy el ama de llaves.

Y a ella no me atreví, lector, a pedirle un socorro para la penuria en que me estaba hundiendo. Aún no era capaz de mendigar, así que una vez más mis pies me arrastraron en otra dirección.

Una vez más me quité el pañuelo y me puse a pensar en los panecillos que había visto en la tienda. ¡Lo que yo daría por un simple mendrugo para aplacar el dolor de estómago! Instintivamente los pasos me encaminaron otra vez a la aldea, encontré la tienda y volví a entrar en ella. Y, a pesar de que, además de la vendedora, había otras personas, me atreví a formular mi petición.

—¿Me cambiaría usted este pañuelo por un panecillo?

Me miró con evidente recelo.

—No, no me dedico a ese tipo de cambalaches.

Insistí, al borde de la desesperación.

—Medio panecillo, por lo menos.

—¿Y cómo voy a saber yo de dónde ha sacado ese pañuelo? —dijo.

—¿Quiere los guantes? —pregunté.

—No. ¿Para qué quiero yo esos guantes?

Es bastante desagradable, lector, entrar en detalles. Hay gente que se complace en revivir experiencias dolorosas del pasado, pero a mí todavía hoy me resulta difícil de soportar pasar revista a aquellos días. La combinación de deterioro moral y sufrimiento físico es demasiado turbadora para detenerse deliberadamente en su evocación. No le reproché nada a quienes me cerraron sus puertas. Me di cuenta de que era lo que cabía esperar, algo irremediable. Cualquier mendigo despierta recelos en general, pero ya no digamos si va bien vestido. Claro que lo que yo mendigaba era un empleo, pero ¿quién se iba a identificar con un problema que no era de su incumbencia, tratándose de gente que me veía, además, por primera vez y no sabía nada de mí? En cuanto a la mujer que no quiso cambiarme el pañuelo por un panecillo, estaba en su derecho de considerar chocante la oferta y desventajoso el trueque. Pero voy a resumir, porque me harta este tema.

Poco antes de oscurecer pasé por una granja, a cuyas puertas estaba sentado el dueño cenando pan y queso. Me paré.

—¿Podría darme un trozo de pan? —le pregunté—. Tengo mucha hambre.

Me miró con asombro. Pero cortó en silencio una gruesa rebanada de su hogaza y me la dio. Supongo que se dio cuenta de que no era una mendiga y que me tomaría por una señorita extravagante, asaltada por el capricho de probar su pan moreno. Tan pronto como me encontré a cierta distancia, me senté y me lo comí.

No podía soñar con dormir bajo techado, de manera que busqué refugio en el bosque del que ya he hablado. Pero pasé una noche malísima sin poder descansar apenas. El suelo estaba húmedo y el aire frío. Además en varias ocasiones oí pasar a gente por allí cerca, y eso me obligaba a desplazarme sucesivamente en busca de un lugar más seguro y tranquilo, que no conseguía hallar. Antes del alba empezó a llover y siguió cayendo agua durante todo el día. No me pidas, lector, más detalles de esa jornada; me la pasé, como la anterior, buscando trabajo, sintiéndome rechazada y desfallecida de hambre. No probé bocado más que una vez. Fue al pasar por delante de una casita, donde vi a una niña a punto de echar un potaje frío de avena a una artesa para los cerdos.

—¿Me lo das? —le pregunté.

Se me quedó mirando fijamente.

—¡Madre! —gritó luego—. Que aquí hay una mujer que me pide el potaje.

—Bueno, si es una mendiga, dáselo —contestó una voz desde dentro—. El cerdo no lo quiere.

La niña volcó en mis manos aquella mezcla espesa, que yo engullí vorazmente.

Al final de aquel húmedo crepúsculo, me paré al borde de un sendero solitario por el que llevaba andando más de una hora.

«Me empiezan a abandonar las fuerzas —me confesé a mí misma—. Me doy cuenta de que no podré llegar mucho más allá. ¿Tendré que padecer otra noche al raso, con el suelo empapado por fría almohada, mientras la lluvia sigue cayendo? Me temo que no habrá otro remedio, ¿quién me va a abrir sus puertas? Pero me espanta, me muero de hambre, estoy helada y desfallecida, sumida en el abatimiento y la desesperanza. Es probable que sucumba antes de ver la luz del nuevo día. ¿Y por qué no soy capaz de aceptar la idea de la muerte? ¿Por qué me aferro aún denodadamente a una vida inútil? Pues porque sé, o creo saber, que el señor Rochester todavía vive, y morir de necesidad o de frío sería ceder a un destino al que no me resigno sin luchar contra él. ¡Oh, Providencia, sostenme un poco más! ¡Sírveme de socorro y de guía!».

Dejé vagar la mirada por el paisaje difuso entre la niebla y comprendí que había ido a parar bastante lejos del pueblo, porque lo había perdido de vista, así como las tierras cultivadas de sus alrededores. A fuerza de patear senderos y de andar campo a través, de nuevo me estaba acercando a la zona de los páramos; y solamente unos pocos prados tan áridos y silvestres como los escasos matorrales que los rodeaban, me separaban de la oscurecida colina.

«Al fin y al cabo, mejor es caer muerta aquí que en medio de una calle o de un camino transitado —me dije—. Y prefiero que los cuervos, si los hay por esta zona, devoren mi carne, arrancándola del hueso, que dar con mis restos en un ataúd de caridad arrojado al fondo de una fosa común».

Me dirigí, pues, hacia la colina; y al llegar a su falda, ya no me faltaba más que encontrar una hondonada, más como escondite que como lugar seguro, para poder tumbarme; pero todo el suelo era una vasta superficie llana y uniforme. No presentaba variación más que en sus tonalidades: verde donde los juncos y el musgo crecían junto a la ciénaga, negro por los sitios donde solo el brezo cubría el duro suelo. Era ya tan de noche que apenas lograba distinguir esta variación de matices, ofrecida a mis ojos como una mera alternancia de claridad y sombras, desvanecidos progresivamente los colores con la luz del día.

Y sin embargo, mi mirada seguía errando por las tenebrosas ondulaciones que bordeaban el páramo, desdibujándose en aquel panorama silvestre. Y de repente, en un punto lejano, entre los pantanos y las crestas de la colina vi surgir una luz.

«Debe de ser un fuego fatuo[89]» fue lo primero que se me ocurrió pensar.

Imaginé que se iba a desvanecer enseguida, pero siguió brillando de forma persistente y fija sin acercarse ni perderse en la distancia. ¿Podría tratarse de una hoguera encendida? Pero no, la estuve acechando por ver si se hacía mayor, y ni aumentaba ni disminuía.

«Tal vez corresponda a la luz de una vela en el interior de una casa —conjeturé—; no obstante, si fuera así, no podría alcanzarla; está demasiado lejos. Pero la verdad es que tampoco me serviría de nada, aunque nos separara solamente una yarda de distancia. ¿Qué adelantaría llamando a una puerta que me cerrarían en las narices?».

Así que me dejé caer donde estaba, con la cara pegada al suelo, y me mantuve inmóvil durante un rato. El viento de la noche soplaba sobre las colinas y sobre mi cuerpo, para acabar muriendo a lo lejos entre gemidos; la lluvia caía sin tregua y me calaba hasta los huesos. Si la muda escarcha me hubiera aterido por completo entregándome al dulce aturdimiento de la muerte, me habría sido indiferente que siguiera lloviendo porque estaría insensible, pero no lo estaba y mi carne aún viva era presa de escalofríos. No tardé mucho en incorporarme.

Seguía allí la luz aquella brillando débil pero constante, a través de la lluvia. Intenté echar a andar de nuevo, y lo hice en aquella dirección, arrastrando trabajosamente mi cuerpo agotado. Los pasos me llevaron hacia la colina, atravesando en diagonal una ciénaga. En invierno hubiera sido imposible, pero también ahora me resultó difícil; llegué a caerme dos veces, y otras dos me levanté, sacando fuerzas de flaqueza. Aquella lucecita era mi última esperanza y tenía que llegar a alcanzarla.

Una vez concluida la travesía, atisbé una franja blanquecina en el páramo, y descubrí, al aproximarme, que era camino o vericueto que llevaba directamente a aquel punto de luz, localizado ahora en una especie de otero rodeado de árboles. Me parecieron pinos por su perfil y follaje, aunque no se distinguían del todo en el seno de la oscuridad. Mi estrellita se desvaneció cuando me iba acercando, tapada acaso por algún obstáculo que se había interpuesto entre ella y yo. Eché las manos hacia adelante para tantear aquella masa oscura, palpé las piedras rugosas de un muro bajo, coronado por una especie de empalizada, y me di cuenta de que al otro lado había un seto alto y espinoso. Avancé a tientas, hasta toparme ante mí con algo blanquecino que brillaba. Era una verja que cedió al empujarla. A cada lado de ella había un arbusto, me parecieron acebos.

Cuando traspasé la verja, se reveló ante mis ojos la silueta oscura de una casa baja y más bien alargada, pero la luz ya no se veía por ninguna parte. Estaba todo en penumbra. ¿Se habrían acostado ya sus moradores? Era de temer que sí. Pero al palpar la pared buscando la puerta, doblé una esquina y volvió a hacerse visible el resplandor amigo, colándose al exterior a través de los rombos de una minúscula ventana emplomada, casi a ras del suelo. Parecía aún más pequeña, oculta a medias por la yedra o alguna otra planta trepadora que crecía abundante en aquella zona de la pared. El hueco de la ventana era tan angosto que no precisaba de persianas ni visillos, así que solo con acercarme y apartar unas ramas pude fisgar aquel interior. Y lo que vi fue una habitación con el suelo bien lijado, fregado y limpio. Distinguí claramente un aparador de nogal, con una hilera de platos de estaño que reflejaban el resplandor rojizo de un fuego de turba, una mesa clara de madera de pino, un reloj, varias sillas. La vela cuyos destellos me habían servido de faro ardía sobre la mesa, y a su luz estaba haciendo calceta una mujer mayor, de aspecto algo tosco pero tan escrupulosamente limpia como todo su entorno.

Eché un vistazo rápido a todo aquello que no tenía nada de extraordinario. Pero sí lo tenía un grupo más interesante que descubrí cerca de la chimenea. Dos jóvenes y agraciadas señoritas (porque enseguida se notaba que eran señoritas) estaban apaciblemente sentadas al calor del fuego, una de ellas en una mecedora y otra en un taburete bajo. Las dos iban vestidas de luto riguroso, con trajes de crespón cuya negrura ponía de relieve sus delicados rostros y gargantas. Un viejo perro perdiguero dejaba descansar su cabeza maciza en las rodillas de una de ellas, mientras que en el regazo de la otra se acurrucaba un gato negro.

Llamaba la atención que una cocina tan humilde como aquella albergara a tales ocupantes. ¿Quiénes podrían ser? Desde luego, no las hijas de la señora mayor, con cuyo aspecto rústico contrastaba el de ellas, mucho más fino. No había visto nunca unos rostros como aquellos; y sin embargo, mientras los iba detallando, sus rasgos me parecían familiares. No puede decirse que fueran dos bellezas, calificativo que podría chocar con la palidez de sus rostros demasiado serios. En efecto, embebidas como estaban en la lectura de sendos libros, su aire pensativo rayaba con la severidad. Un atril colocado entre ambas servía de soporte a una segunda vela y a dos gruesos volúmenes, que consultaban a menudo, cotejando su contenido, al parecer, con los libros más pequeños que tenían en la mano, como se hace al consultar un diccionario cuando se está realizando una traducción. Toda la escena era tan silenciosa como si las figuras fueran sombras y un cuadro la estancia a la luz del fuego. Reinaba tal silencio que se oían chisporrotear las brasas de la chimenea y el tictac del reloj en su oscuro rincón. Incluso llegué a imaginarme que escuchaba el clic-clic de las agujas de hacer calceta que manejaba la mujer mayor. De pronto, una voz vino a romper por fin aquel extraño silencio, lo bastante alta para que yo pudiera percibirla.

—Escucha, Diana —dijo una de aquellas absortas estudiantes—: Franz y el viejo Daniel están juntos durmiendo una noche, y Franz le cuenta a su compañero un sueño del cual acaba de despertarse sobresaltado. ¡Escucha!

Y se puso a leer en voz baja un trozo de prosa del que no entendí una sola palabra, porque se trataba de un idioma desconocido para mí, ni francés ni latín. Me pregunté si sería griego o alemán.

—Tiene fuerza, ¿verdad? —dijo cuando acabó de leerlo—. A mí me encanta.

La otra joven que había levantado la cabeza para atender a su hermana repitió una frase de lo que había oído, con los ojos fijos en el fuego. Más tarde supe de qué idioma y de qué libro se trataba; por eso cito aquí esa frase, aunque al oírla me sonó a repiqueteo metálico y sin sentido alguno:

Da trat hervor Einer, anzusehen wie die Sternen Nacht[90]. ¡Precioso! —exclamó con una luz de entusiasmo en sus ojos negros—. Es como estar viendo ahí parado a un arcángel desdibujado pero potente. Es una frase que vale por cien de hojarasca. Ich wäge die Gedanken in der Schale meines Zornes und die Werke mit dem Gewichte meines Grimms[91]. ¡Qué bonito!

Ambas volvieron a guardar silencio.

—¿De verdad hay algún país donde hablen así? —preguntó la mujer mayor, levantando los ojos de su labor de calceta.

—Claro, Hannah, un país mucho mayor que Inglaterra, y ese es su idioma, no tienen otro.

—Pues no me explico cómo se entienden unos con otros. Aunque si ustedes van por allí alguna vez, seguro que pescan lo que ellos hablan.

—Puede que entendiéramos algo, Hannah, pero no todo, porque no somos tan listas como nos imaginas tú. No hablamos alemán ni lo leemos bien sin diccionario.

—¿Y para qué les vale?

—Para dar clase algún día, aunque sean clases elementales, pero ya con eso ganaríamos más que ahora.

—De acuerdo. Pero déjenlo ahora, por esta noche yo creo que ya tienen bastante, ¿no?

—Es verdad. Yo por lo menos estoy cansada, ¿y tú, Mary?

—Igual. Me muero de cansancio. Es duro hacerse con un idioma sin más ayuda que la del diccionario.

—Y tan duro, sobre todo si se trata de este enmarañado y bendito alemán —dijo Diana—. ¿Tardará mucho en volver St. John?

—No creo, ya son las diez —contestó la hermana, consultando un relojito de oro que sacó de la cintura—. Hannah, está lloviendo muchísimo. ¿Quieres mirar, por favor, cómo sigue el fuego en el gabinete?

La mujer se levantó, abrió una puerta y a través de ella atisbé un trozo de pasillo. Oí cómo removía el fuego en un cuarto contiguo. Enseguida la vi volver.

—¡Qué pena me da, niñas, entrar ahora en el gabinete! —dijo—. ¡Tan vacío, con la butaca suya en el rincón!

Se secó una lágrima con el mandil, y la tristeza se pintó en los rostros graves de las jóvenes.

—Claro que ha pasado a mejor vida —continuó Hannah—. ¿Por qué vamos a desearle que vuelva a esta? No cabe imaginar una muerte más dulce que la que él tuvo.

—¿De verdad no nos llamó? —preguntó una de las jóvenes.

—No le dio tiempo, niña. Fue visto y no visto. Se había encontrado un poco mal el día antes, pero cuando le preguntó St. John que si quería que vinierais, se echó a reír. Al día siguiente (hoy hace quince) tenía cargazón de cabeza, se acostó y ya no volvió a despertarse. Vuestro hermano lo encontró rígido cuando vino a verlo. En fin, con él se acabó la vieja cepa, porque tanto ustedes como St. John se parecen más a la señora que esté en gloria; a ella también le gustaba estudiar. Y usted, Mary, es su viva imagen, Diana recuerda algo más al señor.

Yo las encontraba tan parecidas una a otra que me pregunté dónde estarían aquellas diferencias que percibía la criada. Porque ya no cabía duda de que era la criada. Ambas eran esbeltas, de tez clara, distinguidas y con la misma expresión viva e inteligente. Bueno, una tenía el pelo más oscuro, Diana, y lo llevaba peinado en tirabuzones que le caían sobre el cuello. Mary llevaba raya en medio y trenzas. Se oyeron sonar las diez en el reloj.

—Digo yo que querrán cenar —comentó Hannah—. Y también el señor St. John, cuando vuelva.

Se puso a preparar la cena, mientras las señoritas se levantaban y desaparecían, camino del gabinete, supongo. Hasta aquel momento, había estado tan embebida observándolas, sus palabras y su aspecto habían requerido tan intensamente mi atención, que llegué a olvidarme de mi propia desgracia. Y de repente volvía a acuciarme más aún —por contraste— lo desolado de mi situación sin esperanza. ¡Y qué imposible me parecía encender el interés por mi caso en las moradoras de aquella casa, y hacerles creer en la verdad de mi penuria para inducirlas a ofrecer un reposo a mi periplo errabundo! Tanteé la puerta y, mientras llamaba a ella titubeando, consideraba mi propósito como una simple quimera. Me abrió Hannah.

—¿Qué es lo que quiere? —preguntó sorprendida, escudriñándome a la luz de la vela que sostenía en la mano.

—¿Puedo hablar con sus señoritas? —pregunté.

—Mejor será que me diga a mí lo que quiere. ¿De dónde viene usted?

—Soy forastera.

—¿Y qué la trae por aquí a estas horas?

—Solo pido que me dejen guarecerme en algún cobertizo o en cualquier sitio, y un pedazo de pan.

La desconfianza, precisamente el sentimiento que yo más temía, asomó al rostro de Hannah.

—Le daré un poco de pan —dijo después de una pausa—, pero no damos albergue a vagabundos. Eso no.

—Déjeme hablar con sus señoritas.

—No, no la dejo. ¿Qué pueden hacer ellas por usted? Y no debía estar dando vueltas por ahí a estas horas y con el mal tiempo que hace.

—¿Pero dónde voy a ir si usted me echa? No sé qué va a ser de mí.

—Seguro que sabe adónde ir y lo que hacer. Solo le aconsejo que no tome el mal camino. Aquí tiene un penique y váyase.

—Con un penique no puedo comer, y para seguir camino no me quedan fuerzas. ¡No me cierre la puerta, por Dios se lo pido!

—Tengo que cerrarla. Está entrando la lluvia.

—Dígale a las señoritas… ¡Déjeme entrar a verlas!

—De ninguna manera. Si fuera usted una persona como Dios manda, no armaría tanto escándalo. ¡Fuera!

—Pero es que me voy a morir si no me deja entrar.

—No lo creo. Algo estará tramando para merodear por estas casas entre la maleza a estas horas de la noche. Si andan por ahí cerca algunos compinches suyos, rateros o cosas por el estilo, ya les puede decir que en esta casa no estamos solas, tenemos un hombre, y perros y escopetas.

Y, diciendo estas palabras, aquella servidora fiel pero inflexible me cerró la puerta en las narices y echó el cerrojo.

Aquello ya fue el colmo. Una punzada de refinado sufrimiento me invadió el corazón, a modo de desesperada agonía. Ahora sí que estaba realmente agotada, ni un solo paso más podía dar. Me dejé caer en el umbral gimiendo y retorciéndome las manos, presa de mortal angustia. Veía aproximarse con espanto el espectro de la muerte, aislada y desterrada de mis semejantes ante aquel trance final. No solo había perdido el ancla de un hogar sino el sostén de mi propia fortaleza. Pero al menos este sostén tenía que luchar por recuperarlo.

«No tengo más remedio que morir —me dije—, pero creo en Dios. Intentaré acatar su voluntad sin quejarme».

No me había limitado a pensar estas palabras, sino que las pronuncié en alta voz, confinando así mis penas al fondo del corazón, donde permanecieron mudas e inmóviles.

—Todos los hombres tenemos que morir —dijo una voz muy cerca de mí—; pero no todos estamos condenados a encontrar una lenta y prematura agonía, como sería la suya si sucumbiera aquí a la necesidad.

—¿Quién o qué cosa me está hablando? —pregunté aterrada ante aquel inesperado sonido, y ya incapaz de vislumbrar esperanza o ayuda en nada de lo que me ocurriera.

Había cerca de mí una sombra, pero ni mis ojos fatigados ni la oscuridad de la noche me permitían distinguir a quién podría corresponder. Una llamada insistente y perentoria a la puerta me reveló al recién llegado.

—¿Es usted, señor St. John? —gritó Hannah desde dentro.

—Sí, yo soy, abre, date prisa.

—¡Qué mojado viene y qué frío traerá, con la noche que hace! Entre, sus hermanas ya empezaban a estar intranquilas, y además me parece que anda merodeando por aquí mala gente. Acaba de venir una mendiga… ¡Pero cómo! Si está todavía ahí tirada. Levántese. ¡Le he dicho que se vaya!

—¡Cállate, Hannah! Tengo que hablar con esta mujer. Tú has cumplido con tu deber no admitiéndola, pero deja que yo cumpla con el mío haciendo lo contrario. He estado cerca y os he oído hablar a ti y a ella. Creo que no se trata de un caso corriente, o por lo menos lo quiero investigar. Levántese del suelo, muchacha, y pase delante de mí a casa.

Le obedecí, aunque con dificultad. Ya estaba de pie dentro de aquella cocina limpia y alegre, junto al fuego, temblando de frío, enferma. Y era consciente del extremo desaliño que dejó en mí la intemperie, de mi aspecto fantasmal. Sentía fijas sobre mí las miradas de las dos jóvenes y de su hermano y la de la vieja criada.

—¿Quién es, St. John? —oí que preguntaba una de ellas.

—No te lo puedo decir. Me la he encontrado en la puerta.

—Está palidísima —dijo Hannah.

—Sí, blanca como la nieve o la muerte —le contestó alguien—. Que se siente, se va a desmayar.

Y efectivamente, la cabeza me daba vueltas, me caí y una silla recogió mi cuerpo. Todavía no había perdido totalmente el conocimiento pero era incapaz de pronunciar palabra.

—Un poco de agua la reanimará; tráele agua, Hannah. Pero si no puede con su alma, la pobre, qué demacrada está y qué pálida.

—Parece un espectro.

—¿Estará enferma o solo hambrienta?

—Hambrienta desde luego. ¿Es esto leche, Hannah? Trae, y dame también un trozo de pan.

Unos largos rizos se interpusieron entre el fuego y yo y supe que era Diana quien se estaba agachando para acercar a mis labios un pedazo de pan que había partido y mojado en leche. Tenía su cara muy cerca de la mía y vi compasión en ella. Tanto su respiración entrecortada como sus escuetas palabras: «Trate de comer», me transmitieron una emoción balsámica.

—Sí, haga un esfuerzo —corroboró amablemente Mary.

Noté que la mano de Mary me quitaba el sombrero empapado y me sostenía la cabeza. Probé lo que me ofrecían, primero desganadamente y enseguida con ansia.

—No le deis mucho al principio, poco a poco —intervino el hermano—. Por ahora ya es bastante —añadió, mientras apartaba el plato de pan y la taza de leche.

—¡Un poco más, St. John! ¿No ves la avidez con que los mira?

—De momento basta, hermana. Mira a ver ahora si puede hablar, pregúntale cómo se llama.

Me di cuenta de que ya era capaz de articular palabras y contesté:

—Me llamo Jane Elliott.

Había decidido adoptar un seudónimo, empeñada, como estaba, en ocultar mi verdadera identidad.

—¿Y dónde vive? ¿Dónde están sus amigos?

Guardé silencio.

—¿Podemos avisar a algún conocido suyo?

Negué tajantemente con la cabeza.

—¿Y qué explicación puede darnos acerca de sí misma?

En cierto modo, una vez cruzado el umbral de aquella casa y hallándome frente a sus dueños, sentí que había abandonado mi condición de vagabunda, paria y repudiada por el mundo entero. Me atreví a echar de mí a aquella mendiga y a recuperar mis modales y carácter de siempre. Empecé a tomar las riendas de mi ser una vez más, y tras una breve pausa, consciente de que estaba demasiado débil aún para rendir las cuentas que St. John acababa de pedirme, le contesté:

—Señor, esta noche no le puedo dar detalles.

—Pues entonces —dijo— ¿qué es lo que pretende que haga por usted?

—Nada —contesté.

No me alcanzaban las fuerzas más que para respuestas muy breves. Diana tomó la palabra.

—¿Nada? ¿Quiere decir —preguntó— que ya ha recibido de nosotros toda la ayuda que precisaba? ¿Pretende que la echemos de nuevo al páramo en esta noche de lluvia?

La miré. Tenía un rostro extraordinario, que rezumaba fuerza y bondad. Me dio ánimos para contestar con una inmediata sonrisa a su clemente mirada.

—Me pongo en sus manos —contesté—. Aunque fuera un perro extraviado y sin dueño, sé que no me echarían de su casa esta noche, así que nada temo. Hagan conmigo lo que quieran. Solo les pido que me ahorren los discursos largos, porque apenas me quedan alientos y siento náuseas al hablar.

Los tres me contemplaban y guardaron silencio.

—¡Hannah! —dijo por fin St. John—. Deja que se quede sentada ahí, y no le preguntes nada. Dentro de diez minutos, dale lo que queda de pan y leche. Mary, Diana y yo vamos al gabinete a discutir este asunto.

Se fueron. Al cabo de un rato, vino una de las hermanas, no sé cuál. Una especie de dulce estupor me embargaba, sentada allí, ante el fuego. En voz baja, ella le dio ciertas instrucciones a Hannah. Poco después, esta me ayudó a subir unas escaleras y a quitarme la ropa empapada. Luego una cama cálida me recibió entre sus sábanas secas. Le di gracias a Dios, encendida de gozo en medio de mi inaudito agotamiento, y caí dormida.

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