Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Tercera parte » Capítulo III

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Capítulo III

El recuerdo de los primeros días y noches —serían unos tres— que siguieron a aquello es una noción muy borrosa. Puedo revivir alguna de las sensaciones experimentadas en ese plazo, pero de lo que hice o de lo que pensé no quedan rastros. Sabía que estaba en un cuarto pequeño y acostada en una cama estrecha, donde yacía cual piedra en pozo; parecía formar parte de aquella cama hasta el punto de que arrancarme de allí hubiera sido casi como matarme. No me daba cuenta del transcurso del tiempo ni de cuando las tardes sucedían a las mañanas o las noches a las tardes. Cuando alguien entraba o salía del cuarto, lo percibía, e incluso distinguía una de otra a las personas y me enteraba de lo que decían, si hablaban cerca de mí, pero no podía moverme ni despegar los labios. Hannah, la criada, era quien más venía, y a mí me molestaban sus visitas. Me parecía que estaba deseando que me fuera de la casa, que estaba predispuesta en contra mía y que no tenía en cuenta mis circunstancias ni mostraba interés por entenderme. Diana y Mary entraban una o dos veces al día, y a veces captaba algo de lo que decían susurrando.

—Hicimos bien en darle albergue.

—Ya lo creo. Si se llega a quedar toda la noche a la intemperie, a la mañana siguiente nos la habríamos encontrado muerta ahí en el quicio. ¿Qué le podrá haber pasado?

—Sabe Dios cuántas calamidades, antes de llegar aquí, la pobre, pálida, errabunda y al límite de sus fuerzas.

—Su manera de expresarse y su acento parecen los de una persona educada, y tampoco la ropa que traía, aunque empapada y llena de arrugas, era la de una mendiga.

—Tiene una cara muy original, a pesar de lo demacrada que está; a mí me gusta. Creo que en cuanto descanse y recupere la salud, no tendrá un aspecto nada desagradable.

En ningún momento les oí pronunciar una sola palabra de arrepentimiento por haberme dado hospedaje, como tampoco de recelo o aversión hacia mi persona. Y yo recibía de ello mucho consuelo.

El señor St. John no vino más que una vez. Me miró y dijo que aquel estado de letargo era una reacción del organismo a consecuencia del exceso de fatiga. Opinó que no hacía falta llamar al médico porque la naturaleza se abriría camino mejor por sí misma, estaba seguro. Todos mis nervios —dijo— habían sufrido una sobrecarga y mi organismo clamaba por una cura de sueño. Enfermedad no había. Y mi recuperación, una vez iniciada, suponía que sería rápida. Dio esas opiniones con voz queda y tranquila y en pocas palabras. Luego, tras una pausa, y en el tono de alguien poco acostumbrado a comentarios expansivos, añadió:

—Realmente tiene una fisonomía poco común. No presenta ningún atisbo de vulgaridad o degradación.

—Todo lo contrario —dijo Diana—. Si quieres que te diga la verdad, St. John, a mí esta pobre chica me produce ternura. Ojalá pudiéramos ayudarla para siempre.

—Eso es poco probable —replicó él—. Acabaremos por enterarnos de que ha reñido con sus parientes y de que los ha abandonado en un rapto de irreflexión. Quizá consigamos que vuelva con ellos, si no es muy terca. Pero su fisonomía revela obstinación y no creo que sea de las que ceden. En fin —añadió tras una pausa—, parece sensata, pero de guapa no tiene nada.

—Está muy enferma, St. John.

—Enferma o no, siempre será fea. La gracia y la armonía de la belleza brillan por su ausencia en esos rasgos.

Al tercer día, me encontraba mejor, al cuarto ya podía hablar, moverme, incorporarme y darme la vuelta en la cama. Hannah, a una hora que supongo sería la del desayuno, me trajo un plato de sopa y unas tostadas. Lo comí con gusto, por el apetito que tenía y porque no estaba contaminado por aquel sabor a fiebre que tenía todo lo que intenté tragar hasta aquel momento. Cuando quedé sola, me encontré bastante restablecida, y al poco rato el hartazgo de reposo desaguó en una especie de hormiguillo que no me dejaba parar. Estaba deseando levantarme, pero ¿qué ropa me iba a poner? Solo tenía aquella indumentaria sucia y empapada de dormir en el suelo y haberme caído al pantano. Me daba vergüenza presentarme ante mis bienhechores de semejante guisa. Pero ellos mismos me habían ahorrado tal humillación.

Dobladas sobre una silla que tenía cerca vi todas mis prendas lavadas y planchadas. El vestido de seda negra colgaba de la pared, limpio de toda huella de barro y de las arrugas ocasionadas por la lluvia, tan adecentado como los zapatos y las medias. Encontré en el cuarto todo lo necesario para lavarme, peinarme y cepillarme. Tras un esforzado proceso, porque tenía que pararme a cada momento para descansar, logré vestirme. La ropa se me había quedado grande, a causa de mi desmejoramiento, pero traté de disimularlo echándome un chal por encima, y una vez que di el visto bueno a mi aspecto, sin trazas del desorden o suciedad que tanto aborrecía, salí del cuarto y me deslicé, bien agarrada al pasamanos, por una escalera de piedra. Luego, tras recorrer un pasillo estrecho y de techo bajo, fui a parar a la cocina.

Allí me cogió el calor de un fuego generoso y un aroma a pan reciente. Era Hannah quien lo estaba sacando del horno. Ya se sabe que los prejuicios son muy difíciles de arrancar de algunos corazones cuyo suelo no ha sido abonado por la educación, crecen y arraigan allí como la mala hierba entre las piedras. Pero Hannah, que al principio se había mostrado declaradamente rígida y fría conmigo y luego un poco menos, cuando me vio entrar en la cocina bien aseada y vestida con pulcritud, incluso me dedicó una sonrisa.

—¿Ya levantada? —dijo—. Pues eso es que se encuentra mejor. Siéntese aquí junto a la chimenea, si quiere; suele ser mi sitio.

Señaló una mecedora, y me senté. Hannah se afanaba de acá para allá, y de vez en cuando me observaba de reojo. De repente, cuando estaba sacando unos bollos del horno, se volvió hacia mí y me preguntó sin más rodeos:

—¿Había pedido limosna otras veces, antes de llegar a la puerta de esta casa?

En un primer momento me sulfuró aquella pregunta, pero luego, considerando que la indignación estaba fuera de lugar, ya que efectivamente me presenté ante aquellas puertas con trazas de mendiga, le contesté serenamente, pero acentuando el tono de firmeza.

—Se equivoca al tomarme por una mendiga. Soy tan pordiosera como usted o sus señoritas.

—No entiendo —dijo tras una pausa—. Por lo que se ve no tiene usted casa, ni una lata, ¿no?

—No tener casa ni una lata (supongo que quiere usted decir dinero) no convierten a una persona en mendigo, tal como usted entiende esa palabra.

—¿Es usted instruida? —preguntó.

—Lo soy, y mucho.

—Pero no habrá estado interna en un colegio.

—Pues sí. Pasé ocho años en un internado.

Abrió los ojos de par en par.

—¿Y entonces, cómo no es capaz de ganarse el sustento?

—Me lo he ganado, y espero poder volver a hacerlo pronto. ¿Qué va a hacer con esas grosellas? —le pregunté al ver que sacaba una cesta llena.

—Prepararlas para hacer una tarta.

—Déjeme que se las limpie.

—No, usted no tiene que hacer nada.

—Pues yo creo, al revés, que tengo que hacer algo. Démelas, por favor.

Consintió en ello, y hasta me trajo un paño limpio para que lo extendiera sobre mi regazo.

—Para que no se ensucie la falda —dijo—, porque se nota, por sus manos, que no tiene costumbre de trabajar como criada. ¿Es modista, por casualidad?

—No, no ha acertado. ¡Pero qué más da lo que sea o haya sido! No se devane más los sesos por mi culpa. Mejor será que me diga el nombre de la casa donde estamos.

—Algunos la llaman Marsh End y otros Moor House.

—¿Y ese señor St. John vive aquí?

—No, está pasando solo unos días. Vive en la parroquia de Morton.

—¿Morton? ¿Esa aldea que hay a pocas millas de aquí?

—Esa misma.

—¿Y qué hace él allí?

—Es el párroco.

Recordé la respuesta del ama de llaves, cuando llegué a la rectoría preguntando por el párroco y me dijo que estaba fuera a causa de la muerte de su padre.

—Entonces ¿esta casa era la de su padre?

—Sí, aquí vivía el viejo señor Rivers, y antes su padre, y antes su abuelo y su bisabuelo, es la casa de la familia.

—O sea, que él se llama St. John Rivers.

—Exactamente, St. John es su nombre de pila.

—¿Y Diana y Mary son sus hermanas? ¿Se apellidan también Rivers?

—También.

—Ya. Y el padre ha muerto.

—Sí, hace tres semanas, le dio una embolia, pobre.

—¿Y la madre?

—Murió hace muchos años. Son huérfanos.

—Veo que lleva usted muchos años en la casa.

—Treinta, ya ve, a los tres los he criado yo.

—Por algo será, habrá sido fiel y honrada, y eso dice mucho a su favor. Pero a mí, en cambio, me ha llamado pordiosera.

Volvió a mirarme con ojos de asombro.

—La he juzgado mal, perdone mi error —dijo—, pero es que anda por ahí suelto mucho maleante… ¿me perdona?

—Sí, aunque —continué, más bien seria— quiso echarme a la calle en una noche tan mala que hasta a un perro se le abriría la puerta.

—Fui muy dura, lo reconozco, pero ¿qué iba a hacer? Era más en las niñas que en mí en lo que pensaba. Las pobres no tienen a nadie que vele por ellas más que a su Hannah. A veces me pongo de uñas, exagero.

Me quedé callada y seria durante unos instantes.

—No debe pensar mal de mí —insistió.

—Pues mire, un poco mal sí pienso. Y le voy a explicar por qué. No tanto porque se negara a brindarme hospitalidad o porque me creyera una impostora, como por el reproche que acaba de hacerme de no tener yo ni techo que me albergue ni una «lata». Algunas de las personas más excelentes que han habitado este mundo fueron tan pobres como yo. Y, si es cristiana, debe aprender a no mirar como un delito la ausencia de bienes materiales.

—No lo volveré a hacer —contestó—. Es lo mismo que me dice el señor St. John; pero sepa que ahora ya la conozco a usted bien y me parece una gran persona, de lo más decente.

—Procuro serlo. Y queda usted perdonada. Aquí está mi mano.

Puso en la mía la suya áspera y pringada de harina, mientras una sonrisa abierta iluminaba su cara de rasgos toscos. A partir de ese momento, nos hicimos amigas.

Quedó de manifiesto que a Hannah le encantaba darle a la lengua. Mientras yo limpiaba la fruta, no paró de contarme con todo detalle la historia de sus difuntos amos y de lo que ella llamaba «su camada», para referirse a los tres jóvenes.

Según sus informes, el viejo señor Rivers era un hombre sencillo, aunque de una familia bien ilustre, un caballero de pies a cabeza. Marsh End pertenecía a los Rivers desde hacía doscientos años, una casa de solera, aunque pareciera humilde y pequeña comparada con la mansión que se había construido el señor Oliver en el valle de Morton. Pero ella se acordaba perfectamente del padre de Bill Oliver, un simple jornalero en la fábrica de agujas. En cambio, los Rivers ya eran caballeros en tiempos del rey Enrique, como constaba en los archivos de la iglesia de Morton, que podía consultar cualquiera. Reconoció también que el viejo señor Rivers no era, sin embargo, nada del otro mundo, un granjero normal apasionado por la caza y amante de sus tierras. La señora ya era otra cosa, muy estudiosa, una lectora impenitente. Y los chicos habían salido a ella, les gustaba aprender cosas casi desde que aprendieron a hablar, muy peculiares los tres, muy «suyos»; por toda aquella zona no había nadie que se les pudiera comparar. El señor St. John desde pequeño dijo que quería estudiar para párroco; y las chicas, en cuanto dejaron el colegio, pensaban buscar empleo como institutrices. Muchos años atrás el viejo Rivers había perdido una gran fortuna, arrastrado por la quiebra de un hombre en quien había confiado ciegamente. Dejó de ser, pues, lo bastante rico para legar a sus hijas una herencia desahogada, así que ellas tuvieron que ganarse la vida por su cuenta. Ya ni ellas ni su hermano vivían en la casa, aunque ahora habían venido a pasar una temporada a raíz de la muerte del padre. Pero tanto a ellas como a su hermano les encantaba Marsh End, y Morton, y todos los páramos y colinas que rodeaban aquel lugar. Habían vivido en Londres y en otras grandes ciudades, pero decían siempre que no había nada como la casa propia. Se llevaban muy bien y no reñían nunca, a ver dónde se encontraba una familia mejor avenida que aquella.

Cuando terminé de limpiar las grosellas, le pregunté a Hannah que dónde estaban ahora los tres hermanos.

—Se han ido a Morton de paseo. Pero estarán de vuelta para la hora del té.

Regresaron, en efecto, a la hora indicada por Hannah, y entraron directamente a la cocina. El señor St. John, al verme, se limitó a hacer una inclinación de cabeza y pasó de largo. En cambio, sus hermanas se detuvieron. Mary expresó en pocas palabras, aunque cariñosas y serenas, su contento por la mejoría que me había permitido levantarme y bajar. Diana me cogió una mano y movió la cabeza, reprobadora.

—Tenía que haber esperado a que yo le diera permiso de bajar —dijo—. Está muy pálida todavía, ¡y tan desmejorada! ¡Pobrecita mía!

La voz de Diana me sonó a arrullo de paloma. Tenía unos ojos que me encantaba mirar, cuando se cruzaban con los míos, y todo su semblante emanaba atractivo. También el rostro de Mary traslucía inteligencia, y era muy guapa; pero su expresión era más contenida y sus modales, aunque amables, más distantes. Tanto su aspecto como su manera de hablar evidenciaban determinación y una cierta autoridad. Yo siempre, por tendencia natural, me he plegado gustosa a la voluntad de personas como ella, cuando esa obediencia no va en contra de mis principios ni daña mi amor propio.

—¿Y qué se le ha perdido a usted aquí? —preguntó—. Este no es el lugar que le corresponde. A veces Mary y yo bajamos a sentarnos un rato en la cocina, porque nos gusta sentirnos libres y nos permitimos cualquier informalidad. Pero usted es nuestra invitada, y donde tiene que estar es en el salón.

—Yo me encuentro aquí muy a gusto.

—¿Cómo va a estar a gusto, con Hannah dando vueltas todo el rato y salpicándola de harina?

—Además el fuego es demasiado vivo para usted —intervino Mary.

—Tienes razón —remachó su hermana—. Ande, sea obediente y venga con nosotras.

Me ayudó a levantarme, y sin soltarme de la mano, me condujo a una habitación del interior, que tenía un sofá.

—Siéntese ahí —dijo, indicándomelo y acomodándome en él—, mientras nosotras nos quitamos la ropa de calle y preparamos el té. Es otro privilegio del que disfrutamos en esta casita del páramo, prepararnos la comida cuando nos apetece o cuando Hannah está ocupada en otras tareas de repostería, de lavado o de plancha.

Cerró la puerta tras ella y me quedé a solas con el señor St. John, que estaba sentado enfrente de mí leyendo un libro o un periódico. Primero pasé revista a la habitación y luego me fijé en su ocupante.

Era un saloncito amueblado con sencillez, pero muy acogedor, donde reinaba el orden y la pulcritud. Las sillas, de estilo algo anticuado, estaban tapizadas de colores alegres y la mesa de nogal relucía como un espejo. Las paredes descoloridas estaban cubiertas por viejos y anacrónicos retratos de hombres y mujeres ya no pertenecientes a este mundo. Había una vitrina con libros y un antiguo juego de té de porcelana. Adornos superfluos no se veían, ni tampoco ningún mueble moderno, a excepción de dos costureros y una escribanía de señora en palisandro, sobre una mesa lateral. Todo lo demás, incluidos cortinajes y alfombras, acusaban simultáneamente el deterioro del uso y la esmerada conservación.

El señor St. John, tan inmóvil como los sombríos retratos de la pared, con los ojos fijos en la página que estaba leyendo y los labios sellados por el silencio, se prestó fácilmente a mi examen. Si se hubiera tratado de una estatua y no de un hombre, no me lo habría puesto más fácil. Era joven —le calculé entre veintiocho y treinta años—, alto y esbelto. Su rostro llamaba la atención porque recordaba el de las esculturas griegas: perfil puro, nariz recta y clásica, la barbilla y la boca parecían las de un ateniense. Pocas veces un rostro inglés se habrá acercado tanto a los patrones clásicos como aquel. No me extrañó que hubiese comentado con disgusto la irregularidad de mis facciones, si las estaba comparando con la armonía de las suyas. Sus ojos grandes y azules estaban sombreados por pestañas oscuras y sobre la frente, amplia y pálida, como tallada en marfil, le caía de vez en cuando algún mechón de su pelo rubio.

Una descripción estimulante, ¿no te parece, lector? Y sin embargo, la persona a quien describo no lo era, no evocaba nociones de dulzura o complacencia, y ni siquiera un temperamento sosegado. Aunque no se movía, había algo en las aletas de su nariz, en la frente y en el rictus de la boca que interpreté como señal de algún desarreglo interior, cierta amalgama de inquietud, intransigencia y nerviosismo. No me dirigió la palabra ni siquiera tampoco una mirada furtiva hasta que volvieron sus hermanas. Diana, en una de sus idas y venidas, mientras preparaba la merienda, me trajo un pastelito recién sacado del horno.

—Vaya comiéndolo —dijo—. Debe de tener hambre. Hannah me ha dicho que desde que se despertó no ha tomado más que un plato de sopa y unas tostadas.

No se lo rechacé porque se me había despertado, efectivamente, un hambre canina. En ese momento, el señor Rivers cerró su libro, se acercó a la mesa y fijó en mí la mirada de aquellos ojos azules que parecían pintados. Había cierto descaro en la falta de disimulo con que me escrutaban esos ojos ahora, inquisidores y determinantes, como queriendo decir que si no me había prestado atención hasta entonces no era porque le hubiera pasado inadvertida mi presencia.

—Tiene usted mucho apetito —dijo.

—Sí, señor, mucho.

Es mi estilo, y lo ha sido siempre por instinto, contestar escuetamente a las formulaciones escuetas, salir sin rodeos al encuentro con la franqueza.

—Le ha venido bien verse obligada a comer poco estos días por culpa de la fiebre; hubiera sido peligroso, en el estado en que llegó, que saciara por completo su hambre atrasada. Ahora, en cambio, ya puede comer de todo, aunque con moderación.

—Espero no tener que alimentarme a sus expensas durante mucho tiempo, señor —fue mi respuesta tan repentina y burda como maleducada.

—Yo también —dijo fríamente—. En cuanto nos indique dónde viven sus amigos o parientes, les escribiremos para que pueda volver usted a su casa.

—Eso no cabe dentro de lo posible, señor, y prefiero dejarlo claro de antemano. Ni tengo casa, ni tengo amigos ni tengo parientes.

Los tres hermanos me miraron de hito en hito, pero sin manifestar desconfianza. Había más curiosidad que recelo en sus ojos, especialmente en los de ellas. Los de St. John, aunque muy claros en el sentido literal del término, metafóricamente hablando eran bastante turbios y difíciles de interpretar. Parecía utilizarlos como instrumento de disección sobre los pensamientos ajenos más que para desvelar los suyos propios. Y esa confabulación de avidez y cautela contribuía más a reprimir que a envalentonar.

—¿Quiere usted decir que vive aislada? —preguntó—. ¿Que no tiene relación con nadie?

—Con nadie. No estoy vinculada a ningún ser vivo, ni me asiste el derecho para reclamar asilo bajo ningún techo de Inglaterra.

—¡Qué situación tan rara a su edad!

En aquel momento, noté que dirigía la mirada hacia mis manos, cruzadas sobre la mesa. Al principio no entendí qué podía buscar en ellas, pero sus palabras aclararon inmediatamente la cuestión.

—¿Ha estado casada alguna vez? ¿O es usted soltera?

Diana se echó a reír y dijo:

—Pero St. John, ¿no te das cuenta de que tendrá diecisiete o dieciocho a lo sumo?

—Voy a cumplir diecinueve —dije—, pero no, no estoy casada.

Noté que una ola de rubor se me subía a la cara, porque aquella alusión al matrimonio había removido en mí recuerdos inquietantes y amargos. Todos debieron de darse cuenta de mi turbación. Pero mientras Diana y Mary me concedían un alivio al desviar la vista de mi encendido rostro, su hermano, imperturbable, persistió en taladrarme con su fría mirada, hasta que la emoción que me había arrebolado hizo brotar también algunas lágrimas.

—¿Dónde vivía usted antes de llegar aquí? —siguió indagando.

—No la agobies, St. John, con tantas preguntas —le susurró Mary casi al oído.

Pero él se inclinó hacia adelante, sin dejar de acecharme, como si exigiera, a través de la mesa, una respuesta pronta.

—Los nombres del sitio donde vivía y de la persona con quien vivía constituyen mi secreto —repliqué, concisa.

—Un secreto que, en mi opinión —comentó Diana—, tiene usted todo el derecho del mundo a ocultarle a St. John y a cualquiera que le venga con preguntas.

—Pero, si no conozco su historia —intervino él—, me va a ser imposible ayudarla. Y usted necesita ayuda, no lo niegue.

—No lo niego, ni tampoco que la estoy buscando. Lo que necesito, señor, es algún filántropo que me ayude a encontrar trabajo remunerado. Me basta con un salario para atender a mi manutención y cubrir mis necesidades más elementales.

—Yo no sé si seré o no un verdadero filántropo, pero estoy dispuesto a ayudarla en todo lo posible a alcanzar tan noble objetivo. Siempre y cuando usted me diga antes, claro, qué es lo que está acostumbrada a hacer y sobre todo qué sabe hacer.

Habíamos terminado de tomar el té, y aquella bebida me había estimulado como el vino a un gigante. Se me tonificaron los nervios alterados, y noté que era capaz de contestar correctamente a mi joven e insobornable juez.

—Señor Rivers —dije, mirándole de plano y sin doblez a la cara como él lo había hecho—, tanto usted como sus hermanas me han prestado una ayuda impagable, la mayor que se puede brindar a un semejante, puesto que con su generosa hospitalidad me han rescatado de la muerte. Ese beneficio al que solo puedo corresponder con mi ilimitada gratitud les da derecho a exigir cierta confianza por mi parte. Les contaré, pues, algo de la historia de esta vagabunda a quien han dado albergue, llegando hasta donde me sea posible sin poner en juego mi tranquilidad de espíritu ni atentar contra la salud moral y física tanto mía como de otras personas.

»Soy huérfana, hija de un clérigo. Mis padres murieron tan pronto que no tengo memoria de ellos. Fui recogida y criada por unos familiares y luego enviada a un asilo benéfico. Incluso puedo decirles el nombre de aquella institución, donde pasé seis años como alumna y dos como profesora.

El orfanato Lowood, se llamaba, en el condado de… No sé si habrá oído hablar de él, señor Rivers. La tesorería corría a cargo del reverendo Robert Brocklehurst.

—Sí, he oído hablar del señor Brocklehurst, y conozco esa institución.

—Bien. Salí de Lowood aproximadamente hace un año para entrar de institutriz en una casa particular. Me pagaban bien y estaba muy a gusto. Me vi obligada a abandonar este puesto cuatro días antes de llegar aquí. Los motivos de mi marcha ni puedo ni debo revelarlos. No solo sería inútil y arriesgado, sino que además les sonarían a cuento urdido por mi fantasía. No soy culpable de ningún delito, y estoy tan limpia de responsabilidades como cualquiera de ustedes tres. Desgraciada sí lo soy, y seguiré siéndolo por mucho tiempo, porque la calamidad que me arrancó de una casa donde creí haber encontrado el paraíso tuvo extraños visos de terror. Mi huida solo obedeció a dos propósitos: la velocidad y el sigilo. Para cumplirlos, tuve que dejar a mis espaldas cuanto tenía, excepto un pequeño paquete que, con las prisas y la perturbación de mi ánimo, olvidé en la diligencia que me trajo hasta Whitcross. Llegué, pues, a este lugar absolutamente desvalida. Dormí dos noches a la intemperie, y anduve deambulando por el día de acá para allá, sin trasponer ningún umbral. Solamente dos veces a lo largo de ese tiempo conseguí llevarme algo a la boca. En ese estado de extenuación y desesperanza, cuando estaba a punto de entregar mi último aliento, llegué a sus puertas, señor Rivers, y usted me impidió morir fuera de ellas y me acogió bajo su techo. Estos días pasados, aunque aparentemente sumida en el sopor, me he enterado de cuanto han hecho por mí sus hermanas, con cuya espontánea y genuina compasión tengo una deuda solo comparable a la contraída con la evangélica caridad de usted.

—Por favor, St. John, no dejes que siga hablando —exclamó Diana cuando hice una pausa—. Es evidente que no le conviene excitarse, aún está muy débil. Venga aquí, señorita Elliot, y siéntese a mi lado en el sofá.

Me sobrecogí involuntariamente al oír aquel apellido ficticio; me había olvidado de su invención. Pero el señor Rivers, a quien no se le escapaba ni una, se dio cuenta enseguida.

—Dijo usted que se llama Jane Elliot, ¿verdad? —preguntó.

—Sí, fue lo que dije. Y conviene que siga respondiendo a ese nombre por ahora. Pero no es mi nombre verdadero, por eso me suena raro cuando lo oigo.

—¿No piensa decirnos su auténtico nombre?

—No. Tengo miedo, por encima de todo, a que se conozca mi paradero, así que evito cualquier pista que pueda contribuir a que alguien me descubra.

—Seguramente hace usted muy bien —dijo Diana—. Y ahora, hermano, ¿la quieres dejar un rato en paz?

Pero St. John, tras unos minutos de silencio, reemprendió impasible su interrogatorio con el mismo ahínco de antes.

—No le gustaría, por lo que veo, depender de nosotros mucho tiempo, querría prescindir de la compasión de mis hermanas y de mi «caridad»; no crea que he sido insensible a esa diferencia de matiz, y no me ofende porque es justo. En fin, ¿desea usted independizarse?

—Así es, ya se lo he dicho. Búsqueme un empleo o dígame dónde puedo encontrarlo; es todo lo que pido. Luego me iré, aunque sea a la más miserable casucha. Pero hasta entonces, si me lo permiten, seguiré abusando de su hospitalidad. Me horroriza un nuevo ensayo de vida a la intemperie.

—Claro que se quedará aquí —dijo Diana acariciando mi cabeza con su blanca mano.

—Se quedará —repitió Mary en el tono de sinceridad, sin alharacas, que era consustancial a su manera de ser.

—Ya ve que a mis hermanas les complace que se albergue aquí —dijo St. John—, igual que les gustaría albergar y cuidar a un pájaro aterido de frío que el viento invernal trajese a su ventana. Yo me siento más inclinado a proporcionarle los medios para que se mantenga por sí misma, y es lo que voy a intentar, pero debe tener en cuenta que mi radio de acción es limitado. No soy más que el encargado de una humilde parroquia rural, así que mi ayuda tendrá que ser igualmente modesta. Y si tiende usted a despreciar lo cotidiano, el valor de las cosas pequeñas, mejor será que se busque algún socorro más eficaz que el mío.

—Pero ¿no te ha dicho ya que está dispuesta a aceptar cualquier trabajo honrado que sepa desempeñar? —contestó Diana por mí—. Y bien sabes, St. John, que no puede elegir entre varios protectores, así que tendrá que aguantar a uno tan arisco como tú.

—No me importa ser costurera, obrera de una fábrica, ponerme a servir o a cuidar niños, si no aparece nada mejor —contesté.

—De acuerdo —dijo fríamente el señor Rivers—. Si se conforma con cualquier cosa, prometo ayudarla cuando pueda, y a mi modo.

Volvió a enfrascarse en la lectura que había interrumpido para tomar el té. Yo me retiré enseguida, porque había hablado tanto y había aguantado levantada tanto tiempo, que ya empezaban a fallarme las fuerzas.

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