Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Tercera parte » Capítulo IV

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Capítulo IV

Cuanto más conocía a los moradores de Moor House, más me iba aficionando a su trato. En pocos días me restablecí lo bastante para dejar la cama definitivamente y hasta para salir a dar un paseo de vez en cuando. Compartía todas las ocupaciones de Diana y Mary, charlaba con ellas siempre que les apetecía hacerlo y las ayudaba cuando y hasta donde me lo permitían. En aquella relación hallaba un placer vivificante, que brota del intercambio de gustos, sentimientos y principios afines, un tipo de placer desconocido para mí hasta entonces.

Me gustaba leer los mismos libros que a ellas, disfrutábamos con las mismas cosas, y todo lo que ellas daban por bueno era sagrado para mí. Amaban el retiro de su casa escondida, y yo también empezaba a sentirme hechizada por el arraigado encanto de aquella vieja edificación pequeña y gris con sus techos bajos, sus ventanas enrejadas, sus paredes deterioradas, su avenida de viejos abetos azotados por el viento de la montaña, su jardín con oscuras manchas de tejos y acebos, donde solo crecían las flores de especie resistente. Diana y Mary amaban los páramos amoratados por el brezo que rodeaban su casa y la hondonada del valle al que conducía, traspasada la verja, aquel sendero en cuesta lleno de guijarros. Un valle herido entre bancos de helechos y algún pasto pequeño de los más agrestes que jamás bordearon un páramo salvaje ni ofrecieron alimento a un rebaño como aquel de ovejas grises con sus crías con el morro manchado de musgo. Sentían un apego entusiasta por aquel lugar, ya digo, y yo compartía la fuerza y la legitimidad de su sentimiento, también a mí me fascinaba el paisaje, consagrado por su misma soledad. Era una fiesta para mis ojos contemplar los perfiles ondulantes que se extendían ante ellos, regodearse en los colores bravíos que iban propagando por riscos y cañadas el musgo, las campánulas, la turba florecida, los helechos brillantes y las peñas. Eran detalles que captaba tan placenteramente como ellas y también como ellas me dejaba embriagar al unísono por el viento enfurecido y la dulce brisa, por los días borrascosos y los apacibles, por la aurora y el ocaso, por las noches de luna y las tupidas de nubarrones. Accidentes de la naturaleza que, en aquel paraje, herían mis potencias mentales, cautivándome con su hechizo, como a Diana y Mary les ocurría.

También dentro de casa estábamos muy a gusto juntas. Ellas eran más cultas que yo y habían leído mucho más; pero me dejé encauzar, entusiasmada por el camino hacia el saber que ellas ya habían recorrido. Devoraba los libros que me prestaban y que luego me encantaba comentar con ellas por la noche. Sus opiniones y sus gustos respaldaban los míos, coincidíamos en casi todo.

Si alguien destacaba como capitán del trío, esa era Diana. En el aspecto físico me aventajaba con creces por belleza y vigor y, en cuanto a ánimos, era un chorro de energía y su vitalidad me admiraba, al tiempo que rebosaba los límites de mi comprensión. Yo era capaz de hablar un buen rato al principio de la tarde, pero luego aquellos primeros conatos de elocuencia y vivacidad se agotaban, me bastaba con sentarme en una banqueta a los pies de Diana, apoyar mi frente en sus rodillas y escucharlas hablar por turno a Mary y a ella, cuando se ponían a profundizar en temas que yo apenas había rozado. Diana se ofreció a darme clases de alemán y me gustó dejarme enseñar por ella, a quien el papel de profesora cuadraba y gustaba tanto como a mí el de alumna. Nuestras naturalezas se complementaban y aquella experiencia dio por resultado un cariño mutuo de los más sólidos. Ambas hermanas descubrieron mis dotes para la pintura y enseguida pusieron a mi disposición lápices y cajas de acuarela. Mi destreza en aquel campo —el único en que las aventajaba— causó en ellas asombro y deleite. Mary solía sentarse a mi lado y se pasaba las horas muertas mirándome trabajar. Luego quiso que le diera clase y se convirtió en una discípula inteligente, dócil y asidua. Entregadas a tales entretenimientos y tareas compartidos, los días pasaban como horas y las semanas como días.

En cuanto a mi trato con St. John, nunca se contagió de la intimidad que había brotado tan espontáneamente entre sus hermanas y yo. Una de las razones de la distancia que siguió manteniendo para conmigo podría encontrarse en lo poco que aparecía por la casa. La mayor parte de su tiempo lo consagraba, al parecer, a visitar a los feligreses pobres y enfermos dispersos por los diferentes lugares que abarcaba su parroquia.

Ningún cambio de clima lograba disuadirle de estas excursiones pastorales; en cuanto acababa con sus estudios de por la mañana, aunque lloviera o amenazara tormenta, se ponía el sombrero y, escoltado por Carlo, el viejo perro perdiguero de su padre, emprendía su misión. Si lo hacía por amor o por obligación, no pude aclararlo. A veces, cuando el tiempo era demasiado inclemente, sus hermanas le sermoneaban. Y entonces asomaba a su rostro una sonrisa rara, más solemne que cordial, y decía:

—Si permitiera que una racha de viento o un chaparrón dieran al traste con el cumplimiento de mis elementales tareas, ¿cómo queréis que esa abulia me ejercitase en los propósitos que me he marcado para el futuro?

Diana y Mary solían contestar con un suspiro, seguido por unos instantes de apesadumbrada meditación.

Pero, además de sus habituales ausencias, existía otra barrera que dificultaba su amistad conmigo: su carácter reservado y dado al ensimismamiento, en el que me pareció adivinar incluso atisbos de obsesión. Tan celoso para el desempeño de su cometido como intachable en su conducta y hábitos, no daba la impresión, sin embargo, de un ser capacitado para gozar de esa serenidad mental e íntimo contento que se atribuyen como recompensa a los leales cristianos y practicantes de la filantropía. Muchas veces, cuando estaba sentado por las tardes en su escritorio junto a la ventana, apartaba la vista de los papeles que tenía ante sí, dejaba de escribir y, con la barbilla apoyada en las manos, se abandonaba a cavilaciones cuya índole desconozco pero que, a juzgar por el fulgor y dilatación de sus pupilas, parecían excitarle de manera turbadora.

Creo, a pesar de todo, que la naturaleza no le deparaba aquel tesoro de delicias que tanto disfrute proporcionaba a sus hermanas. Solamente una vez manifestó delante de mí la intensa sensación de tosco encanto que le producía la vista de las colinas y el innato apego que tenía a las paredes encaladas y el oscuro tejado de lo que llamó su hogar. Pero había más tristeza que placer en el tono de las palabras con que expresó tal sentimiento. Y nunca vagaba por los páramos en busca de sosiego y silencio, nunca los buscó para disfrutar de sus apacibles delicias.

Como era tan poco comunicativo, pasó bastante tiempo antes de que me diera ocasión para calibrar su inteligencia. Capté el primer indicio de su calidad la primera vez que le oí predicar en la iglesia de Morton, que él regentaba. Me gustaría poder describir aquel sermón, pero está por encima de mis capacidades; ni siquiera acertaría a transmitir fielmente el efecto que me produjo oírlo.

Empezó en un tono apaciguado que se mantuvo hasta el final en cuanto a exposición y acento se refiere. Pero un profundo fervor, aunque reprimido escrupulosamente, alentó pronto en su pronunciación nítida y acarreó un lenguaje más apasionado. Fue creciendo con vigor contenido pero con un poder que zarandeaba el corazón y estimulaba la mente atónita; y, sin embargo, no conmovía. Una peculiar amargura, una ausencia total de consuelo, fluía por aquel discurso plagado de severas alusiones a la doctrina calvinista, a la predestinación, a la elección y al castigo. Y cada referencia a estos temas sonaba a sentencia de condena eterna. Cuando acabó de hablar, en lugar de sentirme mejor, alentada y reconfortada por su discurso, experimenté una tristeza indescriptible. Porque me pareció (no sé si a los demás les parecería lo mismo) que aquella elocuencia había brotado de un pozo donde yacían turbios residuos de descontento, donde serpenteaban turbadores impulsos de anhelos insaciados y aspiraciones inquietantes. Estaba segura de que St. John, a despecho de su intachable conducta, de sus escrúpulos y de su celo, aún no había encontrado esa paz espiritual que sobrepasa todo entendimiento; que no estaba más cerca de hallarla que yo con todas mis escondidas penas a cuestas, con toda mi añoranza por el paraíso perdido y el ídolo roto que seguía atormentándome implacable y tirana, aunque últimamente haya evitado referirme a ella.

A todo esto, había pasado ya un mes. Diana y Mary estaban a punto de dejar Moor House, para reincorporarse al trabajo como institutrices en una gran ciudad de moda al sur de Inglaterra. Desempeñarían su cometido en sendas familias, cuyos acaudalados y altivos moradores las considerarían como humildes asalariadas, ignorando su innato talento, y sin tener mayor aprecio por sus tareas que el que despierta el guiso de una cocinera o el buen gusto de una doncella. St. John seguía sin decirme nada acerca de aquel empleo que había prometido buscarme, y sin embargo estaba claro que yo necesitaba un empleo y cada día me urgía más buscarlo.

Una mañana, en que me había quedado a solas con él en el gabinete durante unos minutos, me atreví a acercarme a aquel rincón de la ventana donde su escritorio, su silla y su mesa formaban un conjunto a modo de despacho. Iba con la intención de hablarle, aunque sin saber en qué términos formular lo que quería pedirle, porque siempre resulta difícil romper el hielo con gente de naturaleza tan reservada como era la suya. Pero me ahorró la molestia, al ser él mismo quien inició la conversación cuando me vio llegar.

—¿Quiere preguntarme algo? —dijo alzando la vista.

—Sí. Quiero saber si ha hecho gestiones para buscarme empleo, si sabe ya de alguno que pudiera desempeñar.

—Encontré o se me ocurrió algo hace tres semanas, pero, como la he visto contenta y ocupada aquí, y me ha parecido que a mis hermanas les gustaba su compañía y le han tomado afecto, no creí oportuno interrumpir su mutuo bienestar hasta que la fecha ya cercana de la partida de Diana y Mary hiciera necesario que dejara Marsh End.

—Se marchan dentro de tres días, ¿verdad?

—Sí. Y cuando se vayan yo volveré a la rectoría de Morton, me llevaré a Hannah conmigo, y cerraremos esta casa.

Esperé unos instantes, confiando en que volviera a reanudar el tema que había insinuado, pero el hilo de sus reflexiones había tomado otro rumbo, al parecer; su rostro abstraído denotaba un absoluto olvido de mi asunto. Y yo no tenía más remedio que recordárselo, era demasiado importante para mí.

—¿Cuál es el empleo que se le había ocurrido para mí, señor Rivers? Espero que la demora no haya aumentado las dificultades que puedan existir para conseguirlo.

—Oh, por eso no se preocupe. Se trata de un empleo que solo depende de que yo se lo ofrezca y de que usted lo acepte.

Volvió a guardar silencio, como si ahora le costara trabajo continuar. Empezaba a impacientarme. Un movimiento o dos de inquietud y una mirada ansiosa y perentoria dirigida a su rostro le transmitieron mi nerviosismo con mayor eficacia y menos rodeos que hubieran podido acertar a hacerlo mis palabras.

—No hace falta que tenga tanta prisa por saberlo —dijo—; le diré de antemano y con toda sinceridad que no se trata de una proposición demasiado adecuada ni provechosa para usted. Pero antes de exponérsela recuerde, por favor, lo que ya le advertí claramente: que mi ayuda, de dársela, sería parecida a la que un ciego puede brindar a un cojo. Soy pobre; cuando acabe de pagar las deudas de mi padre, por todo patrimonio me quedará esta finca ruinosa, con la hilera de abetos y los campos yermos detrás y en la parte de delante unos cuantos tejos y arbustos. Soy insignificante: Rivers es un apellido antiguo, pero de los tres descendientes de esa rama dos se ganan la vida trabajando para extraños, y el tercero se tiene a sí mismo por un extraño en su propia tierra, no solo en vida sino también cuando muera. Se considera afortunado, a pesar de todo, y tiene a gala considerarse así, porque anhela el día en que la disolución de la carne desate de sus hombros la cruz de vivir y el capitán de la iglesia militante, a la cual pertenece como humilde miembro, le curse el mandato: «¡Levántate y sígueme!». —St. John había pronunciado este párrafo igual que cuando predicaba, con voz profunda y serena, pálidas las mejillas y una mirada resplandeciente—. Y como soy pobre e insignificante —prosiguió luego—, solamente puedo ofrecerle una prestación precaria y modesta. Incluso podrá parecerle degradante, porque me he dado cuenta de que ha cultivado sus costumbres en el seno de lo que el mundo llama refinamiento. Sus gustos se orientan hacia un ideal y se ha criado entre gente educada; pero yo no considero una degradación ninguna tarea que pueda mejorar nuestra raza. Creo que cuanto más árido y desatendido sea el suelo donde mete el arado el labrador cristiano, cuanto menos recompensada vea su labor, más honrado debe sentirse. Tales circunstancias son las que marcan el destino del pionero, y los primeros pioneros del Evangelio fueron los apóstoles, los cuales tuvieron por capitán nada menos que a Jesús Redentor.

—Bueno —dije, en vista de que hacía otra pausa—. Continúe.

Me miró antes de obedecerme, como si en realidad las líneas de mi rostro fueran las escritas en un libro y él se gozara en leerlas. Las consecuencias que sacó de su escrutinio vino a expresarlas parcialmente en la frase que pronunció a continuación.

—Creo que aceptará el puesto que voy a ofrecerle —dijo—, es provisional y no perpetuo. Yo tampoco podría desempeñar perpetuamente el cometido estrecho y empobrecedor de regentar la parroquia de una aldea perdida en la campiña inglesa. En su naturaleza se trasluce un elemento tan reñido con el reposo como en la mía, aunque de otra clase.

—Explíquese mejor —le insté impaciente, al ver que se detenía de nuevo.

—Lo voy a hacer, y cuando escuche mi propuesta comprenderá lo trivial y limitada que es. No pienso quedarme mucho tiempo más en Morton, ahora que mi padre ha muerto, y soy dueño de mi destino. Seguramente dejaré este lugar en el plazo de un año, pero mientras permanezca aquí, pondré de mi parte todo lo posible por mejorarlo. Morton, cuando llegué aquí hace dos años, no tenía escuela; los hijos de la gente pobre no tenían la más leve esperanza de progreso. Yo inauguré una escuela para niños y ahora me propongo abrir otra para niñas. He alquilado un local con dos habitaciones anejas para que viva en ellas la maestra, la cual percibirá un salario de treinta libras anuales. Ya están amuebladas esas habitaciones, con toda sencillez pero con la decencia suficiente. La señorita Oliver ha tenido la gentileza de contribuir económicamente; es hija del único feligrés rico de Morton, dueño de una fábrica de agujas y de una fundición situadas en el valle. La señorita Oliver paga también la educación y el vestido de una huérfana del asilo, a condición de que esta ayude a la maestra en el desempeño de las tareas domésticas y escolares, porque ella, ocupada en las clases, no tendrá tiempo libre para hacerlo todo. ¿Quiere usted ser esa maestra?

Me lo preguntó con cierta precipitación, como si temiera un rechazo iracundo o al menos desdeñoso por mi parte. Como no conocía a fondo mis pensamientos, aunque algunos pudiera adivinarlos, era incapaz de calibrar bajo qué prisma enfocaría yo aquella proposición. Realmente era muy poca cosa, pero brindaba un asilo seguro, algo que yo necesitaba. Y aunque el trabajo era arduo, se me antojaba también independiente en comparación con el de institutriz en una casa de ricos, sometida al temible trato con desconocidos, una idea que se infiltraba en mi alma como hierro candente. No era indigno, no atentaba contra la decencia, ni me degradaba. Formulé mi decisión.

—Muchas gracias por su ofrecimiento, señor Rivers; lo acepto de todo corazón.

—No sé si me ha entendido —dijo él—. Se trata de una escuela rural, y las alumnas que van a entrar a su cargo son chicas pobres, hijas de jornaleros o, todo lo más, de agricultores. Tendrá que enseñarles a hacer punto, a coser, a leer y escribir, y unas nociones elementales de aritmética. A eso se reducirá todo. ¿De qué le van a servir sus conocimientos? ¿En qué va a ocupar la parte más importante de su cerebro, de su sensibilidad, de sus aficiones?

—Los guardaré para cuando hagan falta. Se conservarán íntegros.

—Entonces, ¿sabe con lo que va a enfrentarse?

—Lo sé.

Sonrió. Y esta vez su sonrisa no era amarga ni triste, sino complacida.

—¿Y cuándo empezará a desempeñar su cometido?

—Mañana iré a ocupar mi nueva casa y a la semana que viene, si le parece bien, abriremos la escuela.

—Muy bien. Ojalá.

Se levantó y se puso a pasear por la habitación. Luego se detuvo y volvió a mirarme fijamente, al tiempo que movía la cabeza.

—¿Puedo saber qué es lo que no aprueba usted, señor Rivers? —pregunté.

—No se quedará mucho tiempo en Morton, ya lo verá.

—¿Por qué? ¿En qué se funda para decir eso?

—Lo leo en sus ojos. Lo que ellos expresan no asegura fidelidad a un solo propósito al que atenerse para siempre en la vida.

—Yo no soy ambiciosa —dije.

Y aquella palabra pareció sobresaltarle.

—¿Quién ha hablado de ambición? ¿A quién se refiere? Yo sí me tengo por ambicioso, pero ¿cómo lo ha adivinado usted?

—Yo estaba refiriéndome a mí.

—Bueno; pues si no es ambiciosa, es…

Hizo una pausa.

—¿Qué soy?

—Iba a decir que apasionada, pero tal vez lo interpretase usted mal y pudiera ofenderse. Quiero decir que las simpatías y los afectos hermanos ejercen un dominio preponderante en su alma. Estoy seguro de que no soportará con gusto durante mucho tiempo pasar en soledad tantas horas de ocio, dedicando las de trabajo a una labor tan monótona y poco estimulante. Tampoco crea usted que a mí me gusta —añadió con énfasis— vivir confinado aquí en los páramos, encarcelado entre montañas, contraviniendo la naturaleza que Dios me dio y desperdiciando los dones que recibí del cielo. Se dará cuenta de que me contradigo. Yo, que predico la conformidad con la vida humilde y justifico la vocación de servicio incluso en los leñadores del bosque y los que acarrean el agua, a mayor gloria de Dios; aquí me tiene usted consagrado al sacerdocio y casi rabiando de impaciencia. En fin, de alguna manera hay que reconciliar los principios con las apetencias.

Salió de la habitación. En aquella breve conversación con él había aprendido más sobre su carácter que a lo largo de todo el mes anterior. Pero, a pesar de todo, me seguía desconcertando.

Diana y Mary Rivers se iban poniendo cada vez más tristes y silenciosas a medida que se acercaba el día en que tendrían que abandonar a su hermano y dejar aquella casa. Trataban de fingir normalidad, pero no podían dominar la pesadumbre contra la que estaban luchando ni lograban esconderla del todo. Diana insinuó que esta separación iba a ser distinta a todas porque en el caso de St. John el viaje que proyectaba duraría probablemente muchos años, tal vez incluso toda la vida.

—Lo sacrificará todo en nombre de la determinación que tomó hace mucho tiempo —comentó Diana—, incluso prescindirá de sus sentimientos y ataduras más fuertes. Mi hermano parece tranquilo, Jane, pero esconde fuego en sus entrañas. Puede parecerle a usted apacible, pero en algunos aspectos es tan inexorable como la muerte. Y lo peor de todo es que en conciencia yo no puedo disuadirle de su rígida decisión. La verdad es que no se me ocurre ni por un momento reprochársela porque es recta y cristiana. Y, sin embargo, se me parte el corazón.

Sus hermosos ojos se llenaron de lágrimas, mientras Mary inclinaba la cabeza sobre su labor de costura.

—Nos hemos quedado sin padre —murmuró—. Pronto perderemos también nuestra casa y a nuestro hermano.

En ese momento sobrevino un pequeño incidente, al parecer decretado por el destino para confirmar la verdad de aquel refrán que dice: «Las desgracias nunca vienen solas», y para añadir un poso que apurar en la copa de la amargura. Vimos pasar a St. John a través de la ventana. Venía leyendo una carta. Entró.

—Nuestro tío John acaba de morir —dijo.

Las dos hermanas se quedaron paralizadas, pero no me pareció que se afligieran mucho. La noticia, creo, les causó más sorpresa que emoción.

—¿Que se ha muerto? —repitió Diana.

—Sí.

Dirigió una mirada escrutadora hacia el rostro de su hermano.

—¿Y ahora qué? —preguntó en voz baja.

—¿Ahora, Diana? —replicó él con semblante impasible—. Pues nada, ahora nada. Lee…

Le tiró la carta al regazo. Diana la leyó y luego se la pasó a Mary, quien asimismo la leyó en silencio. Luego se la devolvieron a su hermano. Se miraron los tres e intercambiaron una sonrisa pensativa y melancólica.

—Que sea lo que Dios quiera —dijo Diana por fin—. A pesar de todo saldremos adelante.

—Por lo menos —dijo Mary—, no nos quedamos más pobres de lo que estábamos.

—De todas maneras, es algo que trae al entendimiento con mucha fuerza el cuadro de lo que pudo haber sido, en vivo contraste con lo que es —dijo el señor Rivers.

Plegó la carta, la guardó en su escritorio y volvió a salir.

Durante algunos momentos nadie dijo nada. Luego Diana se volvió hacia mí:

—Te extrañarán nuestros misterios, Jane, y tal vez nos juzgues duros de corazón, al ver que no nos conmueve demasiado la muerte de un pariente tan cercano. Pero es que a nuestro tío nunca lo hemos visto ni lo hemos conocido. Era hermano de mi madre, y mi padre y él rompieron sus relaciones hace muchos años; por culpa de sus consejos mi padre arriesgó la mayor parte de su patrimonio en especulaciones que le llevaron a la ruina. Se produjeron recriminaciones mutuas, acabaron querellándose seriamente y jamás se volvieron a reconciliar. Luego mi tío se embarcó en empresas más rentables y según parece llegó a reunir una fortuna de veinte mil libras. No se casó nunca ni tenía parientes más cercanos que nosotros, excepto otro familiar que también lleva su apellido. Mi padre siempre acarició la esperanza de que reparase su equivocación legándonos su fortuna. Pero esta carta nos informa de que se lo ha dejado todo, hasta el último penique, al otro pariente, excepto treinta guineas para repartir entre nosotros tres y dedicadas a comprar tres anillos de luto. Estaba en su perfecto derecho, por supuesto, de hacer lo que le diera la gana. Pero de momento la noticia nos ha desilusionado. Con mil libras para cada una, Mary y yo nos hubiéramos considerado ricas y St. John, con semejante suma, hubiera podido hacer mucho bien.

Después de esta explicación, pasaron a otro tema y ni el señor Rivers ni ellas volvieron a mencionarlo. Al día siguiente, abandoné Marsh End y pasé a Morton. Al otro, Diana y Mary partieron hacia la lejana ciudad de B. Una semana más tarde el señor Rivers y Hannah se dirigieron a la rectoría, y la vieja granja quedó cerrada.

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