Jane Eyre (ed. Alba)
Tercera parte » Capítulo V
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Capítulo V
Mi casa, ya que al fin tengo una casa mía, es pequeña y rústica. Tiene un cuartito de paredes encaladas y piso de tierra, cuyo mobiliario lo constituyen cuatro sillas pintadas, una mesa, un reloj y una alacena donde se guardan unos pocos platos y fuentes y un juego de té. Arriba hay un dormitorio del mismo tamaño que la cocina, con una cama de pino y una cómoda chica, aunque más que suficiente para guardar mis escasas prendas de ropa. Y eso que ahora mis amables y generosas amigas han aumentado este ajuar con la modesta aportación de todo lo necesario.
Es por la tarde y acabo de despedir, con la propina de una naranja, a la huerfanita que viene a ayudarme en las tareas domésticas. Estoy sentada yo sola ante la chimenea. Esta mañana se inauguró la escuela y vinieron veinte alumnas, de las cuales solamente tres saben leer, pero ninguna escribir ni hacer cuentas. Varias han aprendido a hacer punto y pocas a coser. Se expresan con el acento rudo de esta región, así que de momento no me resulta fácil entenderme con ellas. Algunas son maleducadas, toscas y tan hurañas como ignorantes, pero hay otras más dóciles que muestran una voluntad de aprender y una buena disposición que me gusta. No debo olvidar que estas burdas aldeanitas son tan de carne y hueso como los vástagos de las mejores familias, y que pueden albergar en su corazón los mismos gérmenes de innata bondad, inteligencia y buen gusto que los nacidos en mejor cuna. No espero grandes satisfacciones de la vida que se abre ante mí, pero seguramente, si controlo mis pensamientos y administro bien mis capacidades, me bastará para sentirme conforme un día tras otro.
¿Me he notado contenta, centrada y a gusto durante las horas pasadas esta mañana y esta tarde en la humilde y desnuda escuela de ahí abajo? Si no quiero hacerme trampas a mí misma, tengo que contestar que no. Me he sentido desolada y también —aunque comprendo que es estúpido— como degradada. Al considerar el paso que he dado, sospechaba que me estaba hundiendo en la escala social de valores, en vez de elevarme. Mis ánimos flaqueaban ante la vulgaridad, la ignorancia y la miseria de todo cuanto estaba viendo y oyendo. Pero no debo despreciarme a mí misma por haber sentido eso, sé que no tengo razón y ya es un paso adelante superarlo. Seguiré intentando salir de mi error. Confío en que mañana dominaré parcialmente esas emociones y dentro de unas semanas tal vez haya logrado desterrarlas. Y hasta es posible que, dentro de pocos meses, la satisfacción de ver progresar y mejorar a mis alumnas convierta en gratificación mi rechazo.
Pero mientras llega ese día, me pregunto qué es mejor: ¿ceder a la tentación y abandonar la lucha, siguiendo los dictados de la pasión y renegando de dolorosos esfuerzos, o caer, por el contrario, en una trampa de seda y echarme a dormir sobre las flores que la recubren para despertar en un país meridional rodeada de lujo? Podría estar viviendo en una villa de recreo del sur de Francia, como amante del señor Rochester, entregada a delirios de pasión, porque él me habría amado, sí, durante algún tiempo me habría amado. De hecho me quiso, me ha querido como nadie volverá a hacerlo. No volveré a conocer nunca ese tributo que se ofrece a la belleza, a la juventud y a la gracia, ni yo, que carezco de tales encantos, puedo esperar tenerlos a los ojos de nadie más. Me quería y estaba orgulloso de mí, no encontraré a otro hombre igual. Pero estoy desvariando, no sé lo que digo y menos aún lo que siento. ¿Preferiría —me pregunto— ser esclava de un paraíso ficticio en Marsella, cediendo al éxtasis de una hora para ahogarme de vergüenza a la siguiente, o vivir retirada como maestra rural, honrada y libre, en el corazón de Inglaterra entre saludables y oreadas montañas?
Ahora me doy cuenta de que hice bien al obedecer los principios y las leyes y rechazar los morbosos impulsos de un súbito frenesí. Dios me indicó el camino acertado y le doy las gracias por haberme guiado en él.
Al llegar a este punto de mis reflexiones vespertinas, me levanté, abrí la puerta y me puse a contemplar los campos silenciosos que se extendían ante mí bajo el crepúsculo. Mi casa y la escuela estaban a media milla del pueblo. Y los pájaros entonaban sus últimos trinos.
El aire era sereno y el rocío balsámico.[92]
Me sentía feliz ante aquel paisaje y de pronto me di cuenta con sorpresa de que estaba llorando. ¿Por qué? Por la condena que significaba verme apartada de mi señor; porque nunca iba a volver a verlo; por la desesperación y la furia que, como consecuencia de mi partida, hubieran podido desencadenarse en él y desviarlo tanto del recto camino que se dieran por perdidas las esperanzas de salvación. Al pensar esto, aparté la vista del maravilloso cielo crepuscular y del solitario valle de Morton. Lo llamo solitario porque en toda la extensión que mis ojos abarcaban no se veían más edificios que la iglesia y la rectoría, medio escondidas entre los árboles, y al otro extremo, el tejado de Vale Hall, la finca donde vivían el rico señor Oliver y su hija. Apoyé la cabeza contra el quicio de piedra de la puerta, con los ojos cerrados; pero enseguida volví a abrirlos alertada por un tenue ruido en la valla que separaba mi jardincito del prado. Carlo, el viejo perro perdiguero del señor Rivers, estaba empujando el portillo con el hocico, y su amo en persona apareció tras él con los brazos cruzados y aquella mirada seria, casi airada, clavada en mí bajo el entrecejo fruncido. Le invité a pasar.
—No, no puedo quedarme. Solo venía a traerle este paquete que mis hermanas han dejado para usted. Creo que contiene lápices, papel y una caja de acuarelas.
Me acerqué para cogerlo, era un regalo que me hacía mucha ilusión. Cuando llegué a su lado examinó mi rostro con cierta severidad. Tal vez aún eran visibles en él las huellas del llanto reciente.
—¿Qué tal el primer día de trabajo? —preguntó—. ¿Ha sido más duro de lo que se imaginaba?
—No, no, ni mucho menos. Creo que acabaré llevándome muy bien con mis alumnas.
—¿Entonces no siente ningún tipo de decepción por la casa ni por los muebles? Comprendo que son poca cosa, pero…
—Es una casa muy limpia —le interrumpí—. Y me protege de las inclemencias del tiempo. En cuanto a los muebles, son cómodos y me basta con los que hay. Todo lo que veo a mi alrededor me anima en vez de desalentarme. No soy tan vana ni tan sibarita como para echar de menos una alfombra, un sofá y cubiertos de plata. Además, hace cinco semanas no tenía absolutamente nada, era una desheredada de la fortuna, una vagabunda obligada a mendigar, y ahora tengo amigos, un hogar y un trabajo. Me maravilla la bondad de Dios, la generosidad de mis amigos y mi buena suerte. ¿Cómo me voy a quejar?
—¿Pero no se siente abrumada por la soledad? ¿No le parece vacía y oscura su casa?
—Mire, casi no he tenido tiempo ni para disfrutar de mi tranquilidad, conque menos todavía para dejarme invadir por la sensación de que estoy sola.
—Está bien. Confío en que se sienta tan a gusto como dice. De todas maneras, su sentido común le hará comprender que es muy pronto todavía para ceder a las dudas y miedos que perdieron a la mujer de Lot. Claro que yo no sé lo que dejó usted atrás, antes de llegar aquí, pero le aconsejo que resista firmemente a la tentación de volver la cabeza. Persevere sin desmayo en su trabajo, al menos durante algunos meses.
—Es lo que pienso hacer —contesté.
—Es un ejercicio muy duro el de controlar el embate de las propias inclinaciones y doblegar a la naturaleza, pero tenemos que hacerlo, lo sé por experiencia. Dios nos ha concedido, en alguna medida, el poder de forjar nuestro propio destino. Si alguna vez nuestras energías son incapaces de alcanzar el alimento que exigen y nuestra voluntad pugna por seguir un camino inconveniente, no por eso vamos a desfallecer ni a morirnos de hambre sin remedio. Busquemos otro alimento para la mente, tan fuerte como las viandas prohibidas que añorábamos, quizá más puro, y labremos para los pies aventureros una ruta tan ancha y recta, aunque más escabrosa, como aquella que la Fortuna nos bloqueó.
»Hace un año, yo mismo me hallaba sumido en la miseria, porque creía haberme equivocado al entrar en la religión. Las obligaciones del sacerdocio me parecían monótonas y me aburrían mortalmente. Ardía en ansias de iniciar una vida más activa, entregarme al desempeño más estimulante de una carrera de escritor, de artista, de orador, de autor teatral; cualquier cosa antes que párroco. Bajo mis ropas talares latía el corazón de un político, un soldado, un ser ansioso de gloria, un amante de leyenda, un escalador del poder. Esta vida mía tan mezquina (pensaba) tiene que dar un vuelco, o moriré. Tras un periodo de combate interior y oscuridad, estalló la luz y sobrevino el consuelo. Mi existencia amurallada se derramó de pronto por ilimitadas llanuras, todas mis potencias escucharon una llamada del cielo pidiéndome que me levantara, que hiciera acopio de fuerzas, desplegara las alas y alzara el vuelo por encima de lo conocido. Dios me tenía reservada una misión y para llevarla a cabo necesitaba destreza, energía, valor y elocuencia, dotes imprescindibles para un soldado, un político o un orador, las mismas que se requerían para llegar a ser un buen misionero.
»Decidí hacerme misionero. Desde ese momento cambió mi estado de ánimo; se rompieron los grilletes que atenazaban todas mis facultades y las dejaron libres, sin más huellas que el dolor de una rozadura, que solo el tiempo logrará atenuar. Mi padre se opuso a mi determinación, es cierto, pero desde que murió no existe ningún obstáculo importante a superar. En cuanto resuelva unos cuantos asuntos, encuentre un sucesor para la parroquia de Morton y corte los nudos de una atadura sentimental (el último conflicto de humana debilidad, que superaré, porque he jurado superarlo) saldré de Europa camino de Oriente.
Dijo todo esto con aquel tono tan peculiar suyo, contenido pero enfático, y cuando acabó de hablar, no me miró a mí sino al sol poniente, al cual yo también tenía vueltos mis ojos. Los dos estábamos de espaldas al sendero, que iba del jardín a la valla. No habíamos oído pasos en el camino de fuera cubierto de hierba; el único sonido apaciguante a aquellas horas y en aquel escenario era el susurro del agua en el valle. Por eso nos sobresaltamos cuando una voz alegre que resonó dulcemente como una campana de plata saludó:
—Buenas tardes, señor Rivers, y a ti también, viejo Carlo. Su perro reconoce a los amigos más pronto que usted, señor. Cuando estaba todavía en aquel extremo, ya se puso a mover la cola y a aguzar las orejas; y usted sigue dándome la espalda.
Era verdad. Aunque el señor Rivers se sobresaltó al principio ante aquel acento musical, como si un trueno hubiera rajado una nube sobre su cabeza, cuando acabó de oír la frase seguía en la misma postura en que el hablante le sorprendió, con un brazo descansando en la valla y el rostro dirigido hacia el oeste. Por fin se volvió con deliberada mesura.
Había surgido a unos tres pies de él lo que tomé por una aparición: una figura vestida de blanco inmaculado, joven, graciosa y esbelta. Cuando se incorporó, después de haber acariciado a Carlo, y sacudió su cabeza echando hacia atrás su largo velo, quedó al descubierto un rostro de belleza perfecta. Parece exagerado decir esto pero no me retracto ni corrijo el término, justificado en este caso por unas facciones tan dulces como pocas veces han florecido bajo el templado clima de Albión y por un tono de tez entre lirio y rosa que no suele darse bajo sus brumosos cielos y tormentosas lluvias. Poseía todos los encantos y no se encontraba ningún defecto en aquellos rasgos delicados y regulares. Los ojos, por su forma y color, podrían compararse a los del cuadro más hermoso, profundos y oscuros, sombreados por largas pestañas que le daban una expresión fascinante. Tenía las cejas bien dibujadas, contrastando con la claridad de la frente blanca y lisa, irradiando serenidad entre tantos delicados colores, las mejillas frescas y ovaladas. Los labios rojos y suavemente moldeados, los dientes brillantes y sin mácula, la barbilla con un hoyuelo en el centro, las trenzas abundantes y espesas. En resumen, una combinación de elementos que, reunidos en ella, se acercaban al canon ideal de belleza. Yo la miraba sorprendida, transida de profunda admiración. La Naturaleza debía de estar de un humor especial cuando la creó, puesto que, olvidando su habitual tacañería de madrastra, la había dotado con la generosidad de una abuela.
¿Qué pensaría el señor Rivers de este ángel terrenal? De forma espontánea me formulé esta pregunta cuando vi cómo se volvía hacia ella, y también espontáneamente busqué la respuesta en su semblante. Pero él ya había apartado sus ojos de la aparición y estaba observando unas sencillas margaritas que crecían junto a la valla.
—Hace una tarde hermosa, pero ya no son horas para que ande usted paseando sola por ahí —dijo, mientras aplastaba las blancas cabezas de las flores con el pie.
—Es que acabo de llegar de S. —y mencionó el nombre de una gran ciudad que estaba a unas veinte millas—; he llegado esta misma tarde. Me dijo papá que había abierto usted la escuela y que ya estaba aquí la maestra nueva, así que en cuanto terminé de tomar el té me puse el sombrero y vine a toda prisa para conocerla. ¿Es ella, verdad? —preguntó, señalándome.
—Sí, es ella —dijo St. John.
—¿Cree que le gustará Morton? —me preguntó en un tono ingenuo y directo, que me gustó por su espontaneidad infantil.
—Creo que me gustará, cuenta con muchos alicientes para conseguirlo.
—¿Ha encontrado a sus alumnas tan aplicadas como cabía esperar?
—Bastante.
—¿Le gusta su casa?
—Mucho.
—¿Se la he amueblado a su gusto?
—Sí, sí, está todo muy bien.
—¿Y le parece que acerté al elegir a Alice Wood como ayudante?
—Totalmente. Está deseando aprender y es muy servicial.
Y mientras hablaba, la seguía mirando. Así que esta debe ser la señorita Oliver —pensaba—, la rica heredera tan favorecida por la fortuna como por la Naturaleza. Y no dejaba de preguntarme qué planeta reinaría el día en que nació.
—Vendré a veces para ayudarla a dar clases —añadió—. Visitarla de vez en cuando supondrá un cambio en mis rutinas, y a mí me encantan los cambios. No sabe usted, señor Rivers, lo bien que lo he pasado en S. Anoche, o mejor dicho esta mañana, estuve bailando hasta las dos. El regimiento está acampado allí desde los últimos disturbios, y los oficiales son los hombres más agradables que he visto; ya podrían aprender nuestros jóvenes afiladores y vendedores de cuchillos.
Me pareció que los labios del señor Rivers se contrajeron en una mueca. Apretó la boca y adoptó una expresión más severa que de costumbre al escuchar aquellas noticias por boca de la sonriente joven. Apartó su mirada de las margaritas y la miró a ella con ojos serios e inquisitivos, que hablaban por sí mismos. Ella contestó con una nueva risa que realzaba su juventud, su tez rosada, sus ojos brillantes y sus hoyuelos.
Al ver que él seguía callado y serio, se puso a acariciar otra vez al perro.
—Carlo me quiere, el pobrecito —dijo—. Él no es tan antipático ni distante con sus amigos; y si pudiera hablar, me diría algo.
Cuando se agachó para acariciar la cabeza del perro, inclinada con su innata elegancia ante la mirada austera del joven amo, vi cómo a este se le subía el rubor al rostro y sus ojos serios se iluminaban con fuego intempestivo, agitado por una emoción irreprimible. Encendido y arrebolado de aquella manera ostentaba una belleza varonil casi comparable a los encantos femeninos de ella. El pecho se le ensanchó como si el corazón, ansioso por alcanzar la libertad y harto de represiones despóticas, se le hubiera dilatado a su pesar. Acabó controlándolo, sin embargo, como dominaría un jinete experto a un caballo encabritado. Ni se movió ni pronunció una sola palabra para contestar a las mimosas insinuaciones de ella.
—Dice papá que ahora no viene usted nunca a vernos —prosiguió la señorita Oliver sin dejar de mirarle—. Es usted casi un extraño en Vale Hall. Esta noche está solo y no se encuentra muy bien. ¿Por qué no vuelve conmigo y le visita un rato?
—No son horas para molestar al señor Oliver —contestó St. John.
—¿Que no son horas? Pues le aseguro que se equivoca. Precisamente es la hora en que papá necesita más una compañía, cuando cierra la fábrica y ya no tiene que atender a ningún asunto. Así que venga conmigo, se lo ruego, señor Rivers. ¿Por qué está siempre tan taciturno y se muestra tan tímido?
Como quiera que recibiese la callada por respuesta, fue ella misma quien llenó aquel vacío con sus palabras. Sacudió su preciosa cabeza llena de rizos y exclamó, como reprendiéndose a sí misma:
—¡Qué inconsciente soy y qué atolondrada! Me tiene que perdonar. Se me olvidaba que tiene usted muchos motivos para no seguirle la corriente a una charlatana como yo. Se me había borrado de la memoria que Diana y Mary le acaban de abandonar, que se ha cerrado Moor House y que debe usted sentirse muy solo. Créame que lo siento. Venga conmigo a ver a papá.
—Esta noche no, señorita Rosamond, esta noche no.
El señor Rivers hablaba casi como un autómata. Posiblemente solo él mismo sabía el esfuerzo que le estaba costando rehusar.
—En fin, si es usted tan terco, no tendré más remedio que dejarle. No me atrevo a demorarme más, porque ya ha empezado a caer el rocío vespertino. ¡Buenas tardes!
Le tendió la mano que él apenas rozó.
—¡Buenas tardes! —repitió en voz baja, que resonó hueca como si se tratase de un eco.
Ella, que había hecho ademán de marcharse, volvió sobre sus pasos.
—¿Se encuentra bien? —preguntó.
Y no era ociosa la pregunta porque el rostro del señor Rivers estaba tan blanco como el vestido de la señorita Oliver.
—Muy bien —dijo.
Se inclinó levemente y se alejó de la valla. Ella, mientras echaba a andar cuesta abajo por la pradera, se volvió a mirarlo un par de veces. Él, en cambio, caminaba firme y no volvió la cabeza.
Aquel espectáculo de dolores y sacrificios ajenos había distraído mi pensamiento de la rumia de mis propias penas. Diana Rivers había calificado a su hermano de «inexorable como la muerte». No exageraba.