Jane Eyre (ed. Alba)
Tercera parte » Capítulo VI
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Capítulo VI
Seguí desempeñando mi tarea de maestra rural con toda la energía y tesón de que era capaz. Al principio, la verdad, el trabajo se me hizo muy arduo. Tuvo que transcurrir algún tiempo, a pesar de mi empeño, para ponerme al nivel de mis alumnas y entender un poco su manera de ser. Como no habían recibido educación alguna, tenían las facultades entumecidas y no parecía tener remedio su cerrazón. Al principio creí que todas eran igual de obtusas, pero pronto descubrí que me equivocaba. Había tantas diferencias entre unas y otras como en un grupo de chicas instruidas y, a medida que iba conociéndolas mejor, y ellas a mí, tal diferenciación crecía de forma rápida y natural. Una vez que superaron el desconcierto provocado por mi persona, mi forma de hablar, mis normas y mis hábitos, me di cuenta de que algunas de aquellas aldeanas de aspecto tosco se iban convirtiendo en chicas despiertas y con bastante agudeza mental. Muchas se revelaron como personas serviciales y afectuosas, y no pocas dieron muestras tanto de cortesía innata y de amor propio como de una excelente predisposición, con lo que se granjearon mi admiración y mi querencia. No tardaron en sacarle gusto a hacer sus deberes esmeradamente, en presentarse aseadas, en aplicarse con constancia al estudio y en ir adquiriendo otros modales más serenos y normales. En algunos casos, la rapidez de este progreso llegaba a asombrarme, y me producía una especie de orgullo gozoso y modesto. Además empecé a encariñarme con algunas de las mejores y ellas también se sentían apegadas a mí. Entre mis alumnas había varias hijas de granjeros, casi mujeres ya. Estas ya sabían leer, escribir y coser, y fue a las que enseñé rudimentos de gramática, geografía e historia, así como labores más finas de aguja. Encontré ejemplos notables de personalidad, caracteres ansiosos de aprender cosas nuevas y de perfeccionarse, y pasé con ellas muy buenos ratos cuando fui a visitarlas a sus casas. Sus padres, el granjero y su mujer, me colmaban de sencillas atenciones; y era para mí un gozo aceptarlas y corresponder con escrupulosa consideración a sus sentimientos. No estaban, sin duda, acostumbrados a este respeto, que les encantaba y servía de provecho, porque al tiempo que los engrandecía ante sus propios ojos, estimulaba su deseo de estar a la altura del trato deferente que recibían.
Me convertí, creo, en un personaje bastante popular. Siempre que iba al pueblo, me recibían cordialmente por doquier y todo el mundo me saludaba dedicándome sonrisas amistosas. Vivir rodeada de general consideración, aunque esta provenga de la clase obrera, es como sentarse serena y gozosamente al sol y dejar que bajo sus rayos broten y den flor las más íntimas y apacibles sensaciones. Durante este periodo de mi vida, la tendencia de mi corazón a sentirse transido de gratitud era mucho más frecuente que la de hundirse en el desánimo. Pero a pesar de todo, lector, faltaría a la verdad si no te dijese que en el seno de esta calma y de esta existencia provechosa, tras un día dedicado al honrado ejercicio de enseñar, hacer dibujos o sumirme en la lectura solitaria, muchas noches me precipitaba en sueños inquietantes, extraños y multicolores, plagados de aspiraciones, conmociones y borrascas, sueños que tenían lugar en escenarios absurdos, atiborrados de aventuras y riesgos novelescos. Y a lo largo de ellos me encontraba una vez y otra con el señor Rochester, siempre en trance crítico. Entonces reverdecía en mí con toda la pujanza y el fuego iniciales la sensación de hallarme entre sus brazos, de escuchar su voz, de fundir mi mirada con la suya, de acariciar sus manos y su rostro, en una palabra, el deseo de amarle y ser amada por él, de pasar a su lado el resto de mi vida. Y de pronto me despertaba, me acordaba de dónde vivía y cuál era mi situación, me incorporaba en aquella cama sin dosel alguno, y me entregaba, temblando, a los estremecimientos de la pasión y la desesperanza, sin tener por testigo más que a la noche oscura. A la mañana siguiente, a eso de las nueve, ya estaba de pie y acudía puntualmente a abrir la escuela, dispuesta a llevar a cabo mis tareas cotidianas de manera firme y apaciguada.
Rosamond Oliver mantuvo su promesa de venir a verme. Solía visitarme haciendo un alto en su paseo a caballo por las mañanas. Llegaba galopando hasta la puerta, escoltada por un criado de librea, que montaba a caballo también. Nada más delicioso que su aparición, vestida de amazona en tonos morados, con su gorra de terciopelo negro graciosamente ladeada sobre los largos tirabuzones que enmarcaban sus mejillas y le caían por los hombros. De esta guisa entraba en el rústico edificio y se deslizaba entre los pupitres de las aldeanas fascinadas. Casi siempre venía a la hora en que el señor Rivers estaba dando su clase de catecismo; pero mucho me temo que los ojos de la visitante eran dardos que atravesaban el corazón del joven pastor. Una especie de instinto parecía anunciarle su llegada, aunque no alcanzase a verla, y hasta cuando estaba de espaldas a la puerta por donde ella aparecía, se encendían sus mejillas y, aun en contra de su voluntad, el mármol de sus facciones sufría una mudanza inexpresable, delatando en su misma inmovilidad un fervor contenido, más intenso y revelador de lo que podrían serlo la contracción de un músculo o una mirada de reojo.
Resultaba evidente que la señorita Oliver era consciente de ejercer un poder, cuyas huellas sobre sí mismo él no sabía ocultar. A despecho de su estoicismo cristiano, cuando ella se le acercaba y le dirigía la palabra sonriendo alegre, animada e incluso mimosa, mirándole a la cara, le temblaban las manos y se le encendían los ojos. Aunque sus labios callasen, la mirada triste y convencida hablaba en su nombre, como diciendo: «Te quiero y sé que te gusto. No guardo silencio por miedo al fracaso. Si te ofreciera mi amor, creo que lo aceptarías. Pero mi corazón ya está consagrado a un altar secreto y el fuego está dispuesto a arder en torno a él. El sacrificio no tardará en consumarse».
Y ella entonces ponía un gesto de niña contrariada, y una nube de pesadumbre atenuaba su deslumbrante vivacidad habitual; retiraba rápidamente la mano que le había tendido y se alejaba de él con cara de mártir o de heroína. Seguramente St. John habría dado cualquier cosa por seguirla, por llamarla, por retenerla, cuando se apartaba de él de aquella manera. Pero no iba a desbaratar la oportunidad ofrecida por el cielo, ni a permutar por los caminos elíseos de su amor, la esperanza de alcanzar el auténtico y eterno Paraíso. A mayor abundamiento, no podía ni quería encerrar todas las facetas de su naturaleza —las de trotamundos, aspirante, poeta y sacerdote— dentro de los límites de una simple pasión. No estaba dispuesto a cambiar el ancho campo de su peligrosa misión por los salones y la quietud de Vale Hall. Supe luego más cosas acerca de él, a través de una incursión que, a pesar de su reserva, me atreví a emprender un día, para sonsacarle confidencias.
Cuando la señorita Oliver empezó a dignarse visitar también mi casita, su carácter ya no tenía misterios para mí, carecía de doblez y retorcimientos. Era coqueta, pero no cruel, exigente pero no redomadamente egoísta. La habían mimado desde su primera infancia, pero no echado a perder sin remedio. Era impaciente, pero tenía buen carácter y en cuanto a su vanidad —bastante justificada si cada ojeada al espejo le devolvía una belleza como aquella— se veía compensada por su falta de afectación. Generosa, no contaminada por el orgullo de los ricos, a su ingenuidad y alegría irreflexiva se oponía una inteligencia bastante notable. Total, que resultaba encantadora incluso para alguien de su mismo sexo, como yo. Y, sin embargo, no dejaba una impresión indeleble porque carecía de ese interés profundo que despierta lo extraordinario. Su inteligencia era de índole totalmente opuesta, por ejemplo, a la de las hermanas Rivers. Yo la comparaba más bien con Adèle, mi antigua alumna, y me gustaba por eso. Pero, como es natural, el cariño que despierta una criatura a quien hemos cuidado y dado clase es mucho más vinculante que el apego a un adulto, aunque sea igual de atractivo.
Había tomado un verdadero capricho conmigo. Decía que le recordaba al señor Rivers, aunque no dejaba de puntualizar que él era diez veces más guapo, un verdadero ángel. A mí me encontraba agradable, bondadosa, serena y segura de mí misma, en eso sí me parecía a él. Aseguraba que era un lujo para aquella aldea tenerme como profesora, y estaba convencida de que mi vida anterior, si la contara, compondría una novela interesantísima.
Una tarde en que, a impulsos del desasosiego infantil y la curiosidad desconsiderada habituales en ella, se había puesto a revolver mi armario y a fisgar en los cajones de la cocina, encontró dos libros en francés, un tomo de obras de Schiller, una gramática alemana y un diccionario. Siguió hurgando y aparecieron luego mis útiles de dibujo y algunos esbozos, por ejemplo la cabeza de una alumna mía que parecía un querubín y varios paisajes de Morton y de los páramos que lo cercaban. Primero quedó muda de asombro, y luego transportada de entusiasmo. ¿Pero era yo quien había dibujado aquello? ¿Sabía francés y alemán? ¡Qué maravilla, qué milagro! Dibujaba mucho mejor que su profesor en el colegio más importante de S. ¿Podría hacerle a ella un boceto de retrato para enseñárselo a su padre?
—Con mucho gusto —le contesté.
Y el artista que se esconde dentro de mí se estremeció de placer ante la idea de tener como modelo a un ser tan deslumbrante y de rasgos tan perfectos. Llevaba puesto aquel día un vestido de seda azul oscuro que dejaba al descubierto los brazos y el cuello. Su único adorno eran los tirabuzones de color castaño que caían ondulantes sobre sus hombros con el salvaje encanto del rizo natural. Cogí un pliego de cartulina y dibujé con esmero una silueta. Me las prometía muy felices ante la idea de colorearla y, como ya se estaba haciendo tarde, le pedí que volviera otro día y posara de nuevo para mí.
Debió de alabarme tanto ante su padre, que el señor Oliver en persona la acompañó a la tarde siguiente. Era un hombre alto, de mediana edad, facciones muy acusadas y pelo gris, a cuyo lado la encantadora joven semejaba una flor de vivos colores junto a un torreón venerable. Me pareció un personaje taciturno y tal vez altivo, aunque conmigo estuvo muy simpático. El boceto que había hecho para el retrato de Rosamond le entusiasmó y dijo que tenía que convertirlo en un retrato con todas las de la ley. También insistía en que la tarde siguiente fuera a pasarla con ellos en Vale Hall.
Y fui. Me encontré con una residencia grande y lujosa que hablaba con elocuencia de la riqueza de su amo. Rosamond se mostró expresiva y alegre durante todo el rato que duró mi visita. Su padre estuvo amable, y cuando entablamos conversación después de tomar el té manifestó con encomio su aprobación por mi trabajo como maestra en Morton. Añadió que por todo lo que había visto y oído solamente abrigaba un temor: el de que me considerara demasiado buena para un puesto como aquel y abandonara la aldea en busca de un destino más adecuado.
—Desde luego —intervino Rosamond—, tiene talla más que suficiente, papá, para entrar de institutriz en una familia de gran categoría.
Y en ese momento me di cuenta de que prefería estar donde estaba que al servicio de una de las mejores familias del condado. El señor Oliver se puso a hablar del señor Rivers y de su familia en términos de gran respeto. Dijo que era uno de los apellidos más ilustres de la zona, que antaño los Rivers fueron gente muy acaudalada y llegaron a ser dueños de todo Morton. Incluso el actual heredero de la estirpe, añadió, podía aliarse, si quisiera, con la mejor familia. Comentó que le parecía una lástima la decisión de hacerse misionero por parte de un joven tan educado e inteligente, lo veía como un desperdicio de esas dotes y de todo un porvenir. Entendí que el padre de Rosamond no iba a ser quien pusiera impedimentos al posible matrimonio de su hija con el señor Rivers. Saltaba a la vista que los orígenes, el apellido y profesión del joven clérigo compensaban con creces, a sus ojos, la ausencia de fortuna.
El cinco de noviembre cayó en fiesta. Mi joven asistenta, después de ayudarme a adecentar la casa, se había ido tan contenta con el penique que recibía por su tarea. Todo había quedado fregado, el suelo, la chimenea, las sillas, y relucía de puro limpio. Yo también me había lavado y arreglado, y tenía la tarde por delante para dedicarme a lo que me apeteciera.
Dediqué una hora a traducir algunas páginas de alemán, y luego cogí mis lápices y mi paleta para entregarme a un cometido mucho más fácil y reconfortante: el de rematar la miniatura de Rosamond Oliver. Ya estaba concluida la cabeza y solo me faltaba colorear el fondo, difuminar los tejidos, dar un toque de carmín a los labios en sazón, añadir algún ricito escapado de los tirabuzones y oscurecer un poco la sombra dejada por las pestañas en las azuladas ojeras. Estaba embebida en la ejecución de tan lindos detalles cuando, tras una llamada rápida, se abrió la puerta de casa y entró en ella el señor Rivers.
—He venido para saber cómo está pasando su día libre —dijo—, y espero que no lo consuma en rumiar pensamientos. ¿No, verdad? Menos mal. Mientras se entregue al dibujo, no sentirá la soledad. Ya ve que sigo sin fiarme de usted, a pesar de que por ahora sale adelante a las mil maravillas. Le he traído un libro para que se entretenga por la noche.
Y puso sobre la mesa la reedición de cierto poema, una de aquellas creaciones genuinas que con frecuencia se ofrecían al público afortunado de antes, la edad de oro de la literatura moderna. Los lectores de hoy, por desventura, tienen menos suerte. En fin, que no decaigan los ánimos. No pienso perder el tiempo en críticas ni lamentaciones. Sé que la poesía no ha muerto ni el genio puede darse por perdido y que tampoco Mammon[93] es capaz de matarlos, esclavizarlos o doblegar su cerviz. Sé que ellos algún día reivindicarán su ser y su presencia e impondrán de nuevo el imperio de la libertad. ¡Salve a los ángeles poderosos y seguros! Ellos sonríen en lo alto, y los débiles lloran en su exterminio, mientras triunfan las almas mezquinas. ¿Exterminados la poesía y el genio? ¡Nunca! No dejéis que la envidia fomente esa idea, ¡abajo la mediocridad! No solo viven, sino que os redimen al reinar y, si no fuera por su divino influjo desperdigado por doquier, estaríais hundidos en el infierno de vuestra propia sordidez.
Mientras hojeaba ávidamente las brillantes páginas de Marmion[94][a], porque no era otro que Marmion el poema, el señor Rivers se detuvo para mirar mi dibujo. Su alta figura se irguió inmediatamente, presa de sobresalto, aunque no dijo nada. Alcé mi mirada hacia él, pero la rehuyó. Fui capaz de penetrar sus pensamientos y de leer en su corazón como en un libro abierto. En aquel momento me sentía más tranquila que él, enfocaba más fríamente la situación, y en eso le sacaba una ventaja que decidí aprovechar para brindarle ayuda, si me lo permitía.
«La tarea de mantener firmemente el control de sí mismo —pensé— excede sus propias fuerzas. Guarda con llave su pena y su pasión en lo más hondo, no se desahoga ni comparte nada con nadie. Estoy segura de que hablar un poco de la dulce Rosamond, con quien se empeña en no casarse, le vendría muy bien. Voy a ver si le hago hablar».
—Tome asiento, señor Rivers —empecé diciendo.
Pero él me contestó, como siempre, que no, que tenía prisa.
«Está bien —le contesté mentalmente—, pues quédate de pie, si quieres. Pero no pienso dejarte ir, porque la soledad te está haciendo tanto daño como a mí. Voy a intentar buscar el resorte escondido de tu confianza, y a descubrir en tu pecho de mármol alguna grieta por donde consiga verter una gota balsámica de simpatía».
—¿Encuentra parecido el retrato? —le pregunté a bocajarro.
—¿Parecido? ¿Parecido a quién? No me he fijado mucho.
—Sí, señor Rivers, sí se ha fijado.
Le cogió de sorpresa mi abrupta y repentina afirmación, y me miró atónito.
«Pues espérate, que estamos empezando —murmuré para mis adentros—. No voy a dejarme vencer por un amago de rigidez. Quiero llegar bastante más allá».
—Lo ha estado observando detenidamente —proseguí—, pero no me importa que siga mirándolo.
Y diciendo estas palabras, me acerqué a coger el retrato y lo puse en sus manos.
—Está muy bien acabado —dijo—, los colores son tenues y transparentes y el dibujo está delineado con gracia y acierto.
—Ya, pero yo hablaba del parecido. ¿A quién se parece?
Dudó unos instantes antes de contestar.
—A la señorita Oliver, supongo.
—Exactamente. Y ahora, señor, como premio por haberlo adivinado, le prometo hacerle una copia exacta de esta miniatura, siempre y cuando admita que le gustaría recibir tal obsequio. No estoy dispuesta a malgastar mi tiempo y mi trabajo regalándole algo que le pueda resultar indiferente.
Seguía mirando el dibujo. Cuanto más lo miraba y más lo apretaba entre sus dedos, más codicioso de poseerlo parecía.
—Es igual a ella —murmuró—. ¡Qué bien delineados están los ojos! Y luego el color, la luz, la expresión. ¡Está sonriendo!
—¿Le serviría de consuelo o de tormento tener una copia del retrato? Es lo que le pregunto. Cuando se encuentre usted en Madagascar, en la República de Sudáfrica o en la India, ¿le confortaría llevar consigo este recuerdo? ¿O su visión le evocaría imágenes tristes que le provocarían flaqueza de ánimo?
Levantó furtivamente los ojos, que se fijaron en mí turbados y dubitativos. Luego los volvió nuevamente hacia el retrato.
—La verdad es que me gustaría tenerlo. Que me conviniera o fuera sensato, esa ya es otra cuestión.
Desde que me había dado cuenta de que el señor Rivers era para Rosamond el pretendiente ideal y de que su padre no pondría obstáculos a aquel matrimonio, yo —de ideas menos exaltadas que St. John— había decidido firmemente abogar por tales amores. Pensaba que, si él pudiera contar con una fortuna como la de los Oliver, la causa del bien saldría ganando en eficacia tanto o más que mediante un viaje a lejanas tierras donde vigor y talento pudieran acaso malgastarse bajo un sol tropical.
—Por lo que a mí se me alcanza —repliqué en tono seguro—, lo que le convendría y sería más sensato es apropiarse cuanto antes del original de esa pintura.
Él ya se había sentado ante la mesa donde había puesto el retrato y, con la cabeza apoyada entre las manos, se dedicaba a examinarlo apasionadamente. No se le notaba ofendido ni enfadado por mi atrevimiento; es más, me dio la impresión de que empezaba a suponer un alivio inesperado y placentero para él ver abierta la puerta para hablar con franqueza de un tema que tenía por inabordable, para discutirlo sin trabas. La gente reservada suele necesitar más que la expansiva dar rienda suelta a sus penas y sentimientos. El estoico más redomado es un ser humano, a fin de cuentas, y muchas veces se le hace un gran favor irrumpiendo con audacia y buena voluntad en el mar silencioso de su alma.
—Estoy segura de que usted a ella le gusta —dije, apoyándome en el respaldo de su silla—, y también de que el señor Oliver le respeta. Ella es una joven encantadora, aunque algo inconsciente. Pero usted tiene sensatez de sobra para los dos. Lo mejor que puede hacer es casarse con ella.
—¿De verdad que yo le gusto? —preguntó.
—Y tan de verdad. Le prefiere a cualquier otro pretendiente. Habla sin parar de usted, no hay tema de conversación que saque más a relucir ni que tanto le guste.
—Es muy agradable oír eso —dijo—, muy agradable. Siga hablándome de eso durante otro cuarto de hora.
Sacó el reloj, en efecto, y lo puso encima de la mesa, como dispuesto a medir aquel lapso de tiempo.
—¿Y de qué me sirve seguir —pregunté— cuando es probable que esté preparando una defensa férrea o inventando una nueva condena para aherrojar su corazón?
—No me atribuya un comportamiento tan duro, imagíneme cediendo y ablandándome, como empiezo a hacerlo; el amor humano brota como un manantial fresco en mi mente y empieza a inundar dulcemente el campo que con tanto esmero y trabajo preparé, sembrándolo a diario con semillas de buena intención y proyectos contradictorios. Y de pronto todo queda anegado por el néctar de esta riada, los jóvenes brotes se encharcan y se dejan contaminar por un delicioso veneno. Me estoy viendo a mí mismo tumbado en una otomana en el salón de Vale Hall, a los pies de mi esposa Rosamond Oliver; ella me está hablando con su voz meliflua, y me mira con esos ojos que la mano de usted ha sabido plasmar con tanto acierto; sus labios de coral me sonríen. Nos pertenecemos uno a otro y tanto la vida que llevamos como el mundo que gira en torno al nuestro me resultan suficientes. Silencio, por favor, no diga nada; mi corazón está en pleno embeleso y tengo los sentidos arrobados. Déjeme pensar en paz el tiempo que me he marcado.
Le obedecí, mientras en el reloj transcurrían los minutos y él respiraba agitadamente. Yo guardaba silencio. Cuando hubo concluido el cuarto de hora sin que se produjera ruido alguno, el señor Rivers guardó el reloj, dejó el retrato, se levantó y se acercó.
—Ya está —dijo—; se consumió este lapso de tiempo dedicado al delirio y a la ilusión. He dejado descansar las sienes en el pecho de la tentación y he puesto deliberadamente mi cuello bajo su yugo de flores. He apurado esa copa. La almohada estaba incandescente, había un áspid entre las guirnaldas y el vino sabía amargo. Sus promesas son tan vanas como falso es aquello que brinda. Todo esto lo veo y lo sé.
Le miré con pasmo.
—Es curioso —continuó— que por una parte ame a Rosamond tan locamente, con toda la intensidad de las pasiones primeras, cuyo objeto se nos antoja exquisito, gracioso y fascinante, y que al mismo tiempo experimente el convencimiento sereno e insobornable de que no sería una buena esposa para mí, que la unión con ella no me conviene, que me daría cuenta de ello al año de casarnos y que tras doce meses de éxtasis sobrevendría una vida entera de remordimiento. Lo sé.
—¡Qué cosa más rara! —no pude por menos de exclamar.
—Mientras algo dentro de mí —prosiguió— es profundamente sensible a sus encantos, otra parte de mi ser penetra y calibra sus defectos, y estos son tantos que jamás podría simpatizar con mis aspiraciones ni servirme de colaboradora en ninguna tarea que emprendiese. ¿Se imagina a Rosamond sacrificándose, trabajando duramente, convertida en apóstol femenino? ¿Rosamond casada con un misionero? ¡No!
—Pero no es imprescindible que se haga usted misionero. Puede renunciar a ese proyecto.
—¿Renunciar? ¡Qué dice! ¿Renunciar a mi vocación, a mi gran obra, a poner los cimientos sobre la tierra para conquistar una mansión en el cielo? ¿A mis esperanzas de poderme contar entre los que han descartado toda ambición menos aquella más gloriosa de mejorar la raza, de introducir el saber en el reino de la ignorancia, de sustituir la guerra por la paz y el miedo al infierno por la esperanza del cielo? ¿Quiere que renuncie a eso? Me importa más que la sangre que corre por mis venas, es a lo que aspiro y por lo que vivo.
Después de una larga pausa, dije:
—¿Y la señorita Oliver? ¿No ha pensado en su desazón y en su disgusto?
—La señorita Oliver está siempre rodeada de pretendientes y aduladores; en menos de un mes mi imagen se habrá borrado de su corazón. Me olvidará y seguramente contraerá matrimonio con alguien que pueda hacerla más feliz que yo.
—Habla usted con mucha frialdad, pero es un conflicto que le hace sufrir. Se está usted consumiendo.
—No lo crea. He adelgazado un poco, pero es a causa de la ansiedad que me produce pensar en mi futuro, aún incierto, en mi viaje continuamente aplazado.
Esta misma mañana me he enterado de que mi sucesor, cuya llegada espero desde hace tanto tiempo, todavía tardará tres meses en venir a sustituirme, y quién sabe si esos tres meses no se convertirán en seis.
—Usted se estremece y el rubor sube a sus mejillas cada vez que la señorita Oliver viene por la escuela.
De nuevo una expresión de asombro se pintó en su rostro. No contaba con que una mujer pudiera atreverse a hablar a un hombre en aquellos términos. Yo en cambio me encontraba a mis anchas en una polémica de ese tipo. En mi trato con la gente de inteligencia enérgica, discreta y refinada, ya fueran hombres o mujeres, nunca me había contentado con una comunicación que no traspasase las barreras de la reserva convencional, y luchaba por cruzar el umbral de la confianza hasta ganarme un puesto en lo más intrincado de sus corazones.
—Es usted muy peculiar —dijo él—, y nada tímida. Hay bravura en su espíritu y perspicacia en su mirada. Pero permítame asegurarle que tergiversa en parte mis emociones, juzgándolas más profundas y fuertes de lo que son en realidad. Me concede mayor compasión de la que mi situación reclama. Cuando me ruborizo o tiemblo ante la señorita Oliver, no siento piedad por mí mismo sino desprecio por mi debilidad. Porque soy víctima de algo indigno, de una simple fiebre de la carne, no de una conmoción del alma. El alma permanece sólida como una roca firmemente asentada en las profundidades de un mar inquieto. Conózcame por lo que realmente soy: un hombre duro y frío.
Sonreí incrédula.
—Ha tomado usted por asalto mi intimidad —prosiguió—, y ahora la tiene más a su merced. Despojado del cándido ropaje con que la cristiandad cubre las deformidades humanas, mi condición original es simplemente la de un hombre frío, inflexible y ambicioso. De todos los sentimientos el único que tiene una influencia permanente y poderosa sobre mí es el mero afecto. Mi guía es más la Razón que el Sentimiento; mi ambición no tiene límites, como tampoco el deseo insaciable de llegar más arriba que los demás y aventajarlos. Siento veneración por la perseverancia, la capacidad de resistir, el trabajo y el talento, porque no hay medios mejores para que un hombre lleve a cabo grandes propósitos y ascienda a cumbres eminentes. Si me intereso por su porvenir, es porque la considero un espécimen de mujer enérgica, diligente y metódica, no porque me despierte profunda compasión lo que haya sufrido o aún le quede por sufrir.
—Se describe usted a sí mismo como si fuera un mero filósofo pagano —dije.
—No, entre los filósofos deístas y yo hay una diferencia. Yo creo, y creo en el evangelio. Se ha equivocado usted en el adjetivo: no soy un pagano sino un filósofo cristiano, y no sigo más secta que la de Jesús. Como discípulo suyo he adoptado sus clementes y piadosas doctrinas y abogo por su pureza, que he jurado propagar. La religión me cautivó desde la primera juventud y ha fomentado mis cualidades más genuinas. De un minúsculo germen, mi tendencia al afecto, la religión ha hecho crecer el árbol preponderante a cuya sombra reposa la filantropía. De la raíz salvaje y correosa de la verticalidad humana ha creado una noción recta de la justicia divina. De la ambición por acumular poder y renombre para mi miserable ser ha extraído la de extender el reino de mi Señor y lograr victorias llevando la cruz por estandarte. Aunque ha hecho tanto por mí la religión, y ha sacado tan excelente partido de mi materia prima amaestrando y podando mi naturaleza, no ha conseguido erradicarla por completo, ni lo conseguirá hasta que llegue la hora de la inmortalidad a este pobre mortal.
Una vez dichas estas palabras, cogió su sombrero, que reposaba junto a mi paleta, y volvió a mirar el retrato.
—Es una preciosidad —murmuró—. Le va bien el nombre de Rosa del Mundo, desde luego.
—¿Y quiere que le pinte otro retrato igual?
—¿De qué serviría? No.
Tapó el retrato con el pliego de papel de seda donde solía apoyar la mano para no manchar la cartulina. No pude saber lo que había visto de pronto en aquella hoja en blanco, pero hubo algo que llamó su atención. La cogió en un arrebato y examinó el borde. Luego me dirigió una mirada tan rara como indescriptible, que no pude entender, una mirada que parecía detallar todas las minucias de mi cuerpo, de mi cara y mi vestido, porque me traspasaba por entero, afilada y veloz como un rayo. Sus labios se separaron como a punto de decir algo, pero frenó la frase, que no sé cuál sería.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Absolutamente nada —replicó.
Y al volver a colocar el papel en su sitio, me di cuenta de que arrancaba una tira estrecha del margen, que escondió dentro de su guante. Acto seguido desapareció tras una breve inclinación de cabeza, acompañada por un «Buenas tardes».
—Bueno —exclamé, usando a continuación una expresión popular—. ¡Esto pasa de castaño oscuro, se mire por donde se mire!
Yo, a mi vez, examiné el papel, pero no vi nada más que unas manchas pardas de pintura, donde había estado haciendo pruebas de color. Me quedé extrañada durante unos minutos rumiando aquel enigma. Pero luego pensé que no tendría la menor importancia, aparté la idea de mi cabeza y no tardé en olvidarla.