Jane Eyre (ed. Alba)

Jane Eyre (ed. Alba)


Tercera parte » Capítulo VII

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Capítulo VII

Cuando se fue el señor Rivers, estaba empezando a nevar, y la tormenta se espesó durante toda la noche. Al día siguiente un viento incisivo trajo heladas e intempestivas rachas de nevisca, de tal manera que al atardecer el valle quedó tupido y casi intransitable. Cerré las contraventanas, puse una alfombra pegada a la puerta para evitar que la nieve se colara por la rendija inferior, aticé la lumbre y me senté junto a la chimenea durante cerca de una hora, escuchando la furia amortiguada de la tormenta. Luego encendí una vela, cogí el Marmion y empecé a leer aquellos versos cuya música borraba los rigores del vendaval:

Se puso el sol tras el escarpado castillo de Norham

sobre el caudaloso y profundo río Tweed

y las solitarias montañas de Cheviot.

La fortaleza con sus sólidas torres

y el cerco de murallas que la abrazan

despedía un amarillo fulgor.

De repente oí un ruido. «Será el viento —pensé— que sacude la puerta». Pero no. Lo que se presentó ante mis ojos, surgiendo de la ululante oscuridad y del huracán helado, fue la alta figura del señor Rivers, envuelto en su capa, blanca como un glaciar. Había bajado el pestillo y estaba allí en el hueco de la puerta. Nada más lejos de mi imaginación que esperar una visita aquella noche, con el valle bloqueado por la nieve.

—¿Alguna mala noticia? —pregunté sobresaltada—. ¿Qué ha pasado?

—Nada. Veo que es usted muy fácil de asustar —contestó.

Se quitó la capa y la colgó detrás de la puerta, tras haber cerrado esta y vuelto a colocar la alfombra que su entrada había desplazado. Luego se puso a patalear para quitarse la nieve de las botas.

—Siento ensuciar su suelo inmaculado, pero por una vez tiene que perdonarme —dijo, mientras se acercaba a la chimenea—. Me ha costado trabajo llegar, puede creerlo. En uno de los tramos del camino, me hundí hasta la cintura, menos mal que la nieve está todavía bastante blanda.

Ahora estaba extendiendo las manos, para calentárselas, hacia las llamas de la chimenea.

—Pero ¿por qué ha venido? —no pude por menos de preguntarle.

—Es una pregunta poco acogedora para un visitante —contestó—, pero ya que la ha formulado, le diré que tenía ganas de charlar un rato con usted, eso es todo. Me he aburrido de tanto libro mudo y tanta estancia vacía. Además desde ayer ando intrigado, como cuando ha oído uno la mitad de un cuento y arde en ansias por conocer la otra mitad.

Mientras el señor Rivers tomaba asiento, se me vino al recuerdo su extraña conducta de la tarde anterior, y empecé a tener miedo de que hubiera perdido el juicio. Pero de todas maneras, caso de estar loco, se trataba de una locura fría y bajo control. Su hermoso rostro pálido nunca se me había parecido tanto a una talla de mármol como en aquel momento, a la luz del fuego que iluminaba su ceño y sus mejillas mientras él apartaba de la frente un mechón de pelo con rastros de nieve. Me conturbó descubrir huellas de pesadumbre claramente grabadas en aquellos rasgos, y me mantuve a la expectativa de alguna frase que pudiera resultarme comprensible. Pero no decía nada, se mantenía pensativo, con la barbilla entre las manos y un dedo sobre los labios. Aquellas manos, igual que el rostro, me llamaron la atención porque parecían cansadas, y un amago de compasión, tal vez inoportuno pero que brotaba del fondo del alma, me impulsó a decir:

—¡Cómo me gustaría que Diana y Mary se vinieran a vivir con usted! Está demasiado solo y no se cuida, juega temerariamente con su salud.

—No es verdad —dijo—. Me cuido cuando hace falta, y ahora me encuentro muy bien. ¿Qué ve de malo en mi aspecto?

Lo dijo con aire abstraído e indiferente, como dando a entender que mi preocupación no tenía, según él, consistencia alguna. Yo guardé silencio.

Siguió frotándose ligeramente con el dedo su labio superior y dejando resbalar sus ojos soñadores por las llamas resplandecientes. Movida por la urgencia de decir algo, le pregunté que si notaba un poco de frío colándose por la ranura de la puerta, que tenía a sus espaldas.

—No, no —contestó algo cortante y malhumorado.

«Pues bueno —pensé—, si no quieres hablar no hables. Yo me pongo a leer de nuevo, y ahí te quedas».

Así que encendí la vela y reanudé mi lectura del Marmion. Poco después dio alguna señal de agitación y me fijé en sus movimientos. Había sacado un billetero de tafilete y extrajo de él una carta que se puso a leer en silencio. Después la dobló y volvió a guardarla, tras lo cual cayó de nuevo en su ensimismamiento. Era inútil tratar de concentrarse en la lectura, teniendo cerca aquella figura indescifrable y, por otra parte, la impaciencia no me dejaba seguir callada; así que, aun a riesgo de que le sentara mal, decidí romper el silencio.

—¿Ha tenido noticias recientes de sus hermanas? —le pregunté.

—No, ninguna desde la carta que le enseñé hace una semana.

—¿Y sus planes no han sufrido ningún cambio? ¿No tendrá que dejar Inglaterra antes de lo previsto?

—Me temo que no. Ojalá tuviera esa suerte. Pero es mucho pedir.

Me sentía bastante desconcertada. Pensé que sería mejor cambiar de tema y hablarle de la escuela y de mis alumnas.

—La madre de Mary Garrett está mejor —dije—, y Mary ya vino a clase esta mañana. La semana próxima tendré además otras cuatro chicas nuevas, de Foundry Close. Iban a haber venido hoy, pero como ha nevado tanto…

—Sí, realmente.

—El señor Oliver corre con los gastos de dos de ellas.

—¿Ah, sí?

—Sí. Piensa dar una fiesta en Navidades para toda la escuela.

—Ya lo sé.

—¿Ha partido de usted la sugerencia?

—De mí no.

—¿Pues de quién?

—De su hija, creo.

—Muy característico de ella, es tan buena persona.

—Sí.

Y se produjo el vacío de otra pausa. El sonido de las ocho en el reloj pareció espabilarlo. Descruzó las piernas, se irguió en su asiento y volvió la cabeza hacía mí.

—Deje el libro un momento, ¿quiere?, y acérquese un poco al fuego —dijo.

Le obedecí perpleja, mientras mi desconcierto iba en aumento.

—Hace media hora —prosiguió— le hablé a usted de mi impaciencia por conocer el final de cierto relato. Pero, después de pensarlo bien, me parece que la cosa saldrá mejor si adopto yo mismo el papel de narrador y usted el de oyente. Antes de empezar, considero correcto advertirle que la historia le va a sonar a algo de sobra conocido; pero los detalles muy trillados a veces ganan frescura cuando son emitidos por labios nuevos. Por lo demás, consabido o inédito, mi cuento va a ser corto.

»Hace veinte años, un pobre párroco, cuyo nombre no viene al caso, se enamoró de la hija de un hombre rico, ella también se enamoró de él y contrajeron matrimonio, en contra de la voluntad de la familia, que la desheredó inmediatamente. No habían pasado ni dos años, cuando la díscola pareja murió y yacen cubiertos por la misma lápida. Yo he visto su tumba, forma parte del pavimento de un amplio cementerio que rodea la sombría catedral, sucia de hollín, en una populosa ciudad industrial del condado de… Dejaron una hija, la cual, casi recién nacida, fue recibida por la Beneficencia en su regazo, un regazo tan gélido como los montículos de nieve que han estado a punto de atraparme esta noche. La Beneficencia transfirió luego su amorosa carga a casa de unos parientes ricos de la madre, que la adoptaron. Y allí fue educada por una tía política que se llamaba (pues ya hemos llegado a los nombres) señora Reed de Gateshead. Veo que se sobresalta. ¿Ha oído algún ruido? No se preocupe, debe de ser alguna rata que corretea por las vigas de la escuela, porque antes de que yo mandara reformarla era un granero, ¿sabe?, y los graneros suelen ser buen albergue para las ratas. En fin, sigamos. La señora Reed dio asilo a la huérfana durante diez años; si consiguió hacerla feliz o no, de eso no sé nada. Pero el caso es que, al cabo de estos diez años, la mandó a un lugar que usted conoce bien por haber residido en él largo tiempo, me refiero a la escuela de Lowood. Según tengo entendido, su paso por la institución fue irreprochable y de alumna se convirtió (como usted) en profesora. Llama la atención la serie de concomitancias que existen entre la vida de esa chica y la suya, pues también ella salió de Lowood para trabajar de institutriz. A ella le tocó en suerte educar a la pupila de un tal señor Rochester.

—¡Señor Rivers! —interrumpí.

—Adivino su estado de ánimo —dijo—, pero contrólese y aguante un poco más. Estoy casi terminando, escuche el final. Del carácter del señor Rochester no sé nada, excepto que pidió en matrimonio a la joven huérfana, y que a punto de celebrarse la honrada ceremonia ella se enteró ante las mismas gradas del altar de que el señor Rochester se había casado anteriormente con otra mujer que aún vivía, aunque estaba loca. La conducta posterior de Rochester o las proposiciones que pudiera hacer pertenecen al reino de la conjetura. Lo único cierto es que, cuando tuvo lugar un acontecimiento que hacía preciso localizar a aquella institutriz, se descubrió que había desaparecido y nadie pudo dar razón de cuándo ni adónde se había ido. Salió de Thornfield de noche, y todas las tentativas que se han emprendido para encontrarla han resultado en vano. Se ha rastreado toda la región sin hallar vestigios ni informes acerca de su paradero. Y sin embargo, es urgente encontrarla; han aparecido anuncios en todos los periódicos, y yo mismo he recibido una carta de cierto abogado apellidado Briggs donde me da cuenta de todos estos detalles que acabo de exponerle. ¿No le parece una historia curiosa?

—No le voy a preguntar más que una cosa —dije—. Y en vista de lo mucho que sabe, estoy segura de que me podrá responder. ¿Qué ha sido del señor Rochester? ¿Cómo y dónde se encuentra? ¿A qué se dedica? ¿Está bien de salud?

—Del señor Rochester no sé absolutamente nada. La carta simplemente lo menciona al aludir a ese episodio ilegal de la boda. Pero sería más lógico que me preguntara usted por el nombre de la institutriz y la índole de los motivos que han provocado su búsqueda.

—Entonces, ¿no ha ido nadie a Thornfield? ¿Nadie ha visto al señor Rochester?

—No, que yo sepa.

—Pero le escribirían.

—Por supuesto.

—¿Y qué contestó él? ¿Quién ha recibido su carta?

—El señor Briggs da a entender que quien contestó a su solicitud no fue el señor Rochester sino una señora que firma Alice Fairfax.

Me quedé helada y el desánimo hizo presa en mí. Mis peores sospechas quedaban casi confirmadas, seguramente había abandonado Inglaterra para precipitarse, temerario y desesperado, en algún antiguo cobijo del continente. ¿Y qué clase de opio buscaría allí para atenuar los crueles sufrimientos derivados de su pasión? No me atrevía a imaginar la respuesta. ¡Ay, mi infeliz amo, a quien tantas veces llamé querido Edward y que estuvo a punto de convertirse en mi esposo!

—Debe de ser un hombre muy malo —comentó el señor Rivers.

—No tiene usted derecho a juzgarlo —dije—, porque no lo conoce.

—Está bien —contestó tranquilamente—, y además tengo preocupaciones de sobra como para pensar en él. Déjeme acabar mi cuento. Ya que no parece interesada en preguntarme por la identidad de esa institutriz, yo mismo se lo diré. Espere, tengo su nombre aquí apuntado. Siempre conviene que los detalles queden por escrito, claramente grabados en negro sobre blanco.

Y volvió a sacar del bolsillo el billetero y a abrirlo con deliberada lentitud. De uno de sus compartimentos extrajo un trozo sucio de papel, arrancado de algún sitio. Reconocí por su textura y sus manchas azul marino, bermellón y carmesí la esquina que cortó del papel que cubría el retrato de la señorita Oliver. Se levantó, me lo puso ante los ojos y allí pude leer escritas con tinta china de mi puño y letra las palabras «Jane Eyre», indudable consecuencia de algún momento mío de distracción.

—Cuando me escribió Briggs, me hablaba de una tal Jane Eyre —continuó el señor Rivers—: era la persona sobre la que pedía informes el anuncio de los periódicos. Yo a quien había conocido era a Jane Elliot. Debo confesarle que abrigaba mis sospechas, pero hasta ayer por la tarde no se vieron confirmadas. ¿Está dispuesta a reconocer su nombre y renunciar al pseudónimo?

—Sí, sí. ¿Pero dónde está el señor Briggs? Tal vez él sepa más cosas sobre el señor Rochester que las que le ha dicho a usted.

—Briggs vive en Londres, y no creo que sepa nada más sobre el señor Rochester, porque no es él quien le interesa. Pero a todo esto, con tanto indagar sobre nimiedades, se está olvidando usted de lo principal. ¿No se le ocurre preguntarme por qué la está buscando el señor Briggs o qué tiene que comunicarle?

—Está bien. ¿Qué tiene que comunicarme?

—Pues sencillamente que su tío, el señor Eyre, ha muerto en Madeira, que la ha nombrado única heredera de sus bienes y que ahora es usted rica, ni más ni menos.

—¿Que soy rica yo?

—Sí, usted. Rica, una rica heredera.

Se produjo un silencio.

—Naturalmente, tiene usted que identificarse —siguió el señor Rivers—, pero es un trámite que no entraña la menor dificultad. E inmediatamente podrá hacerse cargo de su herencia. La fortuna de su tío está invertida en acciones inglesas. El testamento obra en poder del señor Briggs, así como todos los documentos pertinentes.

¡El destino había echado un naipe inesperado sobre la mesa! Pasar en unos instantes de la más absoluta pobreza a la opulencia es maravilloso, lector, pero también algo a lo que tarda uno en acostumbrarse y cuyo disfrute no se aprecia de buenas a primeras. Y además hay otros lances en la vida mucho más apasionantes y conmovedores; la riqueza es un asunto concreto, perteneciente al mundo real, pero carece de ingredientes ideales tanto en su forma de imponerse como en las evocaciones que despierta. Ni saltamos de júbilo ni gritamos «¡hurra!» al enterarnos de que nos ha caído una herencia; más bien empezamos a considerar las responsabilidades del negocio y a hacer números. Sobre una base de sólida satisfacción crecen también preocupaciones graves que la frenan y nos inducen a reflexionar con ceño solemne sobre nuestro privilegio.

Hay que tener en cuenta, por añadidura, que las palabras legado y herencia van asociadas con las palabras muerte y entierro. Acababa de enterarme de que mi tío, el único pariente que me quedaba en el mundo, había fallecido. Desde que tuve noticia de su existencia, nunca había dejado de acariciar la esperanza de llegar a conocerlo algún día, probabilidad que ahora quedaba descartada. Y además aquel dinero era solo para mí, no para compartir su disfrute con alguien de la familia, pues no tenía más parientes que mi propio ser desarraigado. Claro que era una bendición, y me daba perfecta cuenta, por otra parte, de que la independencia económica sería algo glorioso, sí, me daba cuenta, y aquella idea me ensanchaba el corazón.

—Menos mal que desarruga el ceño —comentó el señor Rivers—. Creí que la había mirado Medusa y estaba a punto de convertirse en piedra. Tal vez ahora se digne preguntarme a cuánto asciende la cantidad que ha heredado.

—¿A cuánto?

—Una bagatela, nada del otro mundo. Creo que ha hablado de veinte mil libras. Poca cosa, ¿verdad?

—¿Veinte mil libras?

Aumentó mi aturdimiento, porque mis cálculos no sobrepasaban las cuatro o cinco mil. Aquella noticia me dejaba sin aliento. El señor Rivers se echó a reír. Era la primera vez que le oía reírse.

—Vaya, mujer —dijo—, si hubiera cometido un crimen y viniera yo a notificarle que la habían descubierto, no creo que se pintase en su rostro un espanto mayor.

—Es que es mucho. ¿Seguro que no hay algún error?

—En absoluto, ningún error.

—Puede haberse equivocado al leer la cifra, ¿no serán dos en vez de veinte?

—Viene consignado en letras, no en números, y dice veinte, veinte mil.

Volví a sentirme como un individuo de poco comer sentado solo ante una mesa donde se ha preparado un festín para cien comensales. El señor Rivers se levantó y se puso la capa.

—Si no hiciera una noche tan inclemente —dijo—, le mandaría a Hannah para que viniera a hacerle compañía, la veo demasiado alterada para que se quede sola. Pero Hannah, la pobre mujer, no tiene las piernas tan largas como yo y no sería capaz de atravesar los montículos de nieve que me he encontrado al venir. Así que, sintiéndolo mucho, tengo que dejarla a solas con su pesadumbre. En fin, buenas noches.

Ya estaba llegando a la puerta, cuando me asaltó un pensamiento súbito.

—¡Espere un momento! —exclamé.

—Diga.

—Me intriga que el señor Briggs le escribiera hablándole de mí y quisiera saber por qué lo hizo. ¿De qué lo conocía a usted y cómo se le ocurrió imaginar que, viviendo como vive en este lugar tan apartado, iba a poder ayudarle en su pesquisa?

—Bueno, soy un clérigo —dijo—, y la gente acude muchas veces a los clérigos con las encomiendas más extrañas.

Había agarrado el pestillo de la puerta con intención de abrirla.

—No. ¡Lo siento, pero no me convence usted! —exclamé.

Y es que había percibido en su apresurada y ambigua réplica algo que en vez de aplacar mi curiosidad la redoblaba.

—Es un caso demasiado embrollado —dije—. Y quiero conocer todos los detalles.

—Otro día.

—¡No, esta noche! ¡Tiene que ser esta noche!

Me había interpuesto entre la puerta y él y lo noté algo violento.

—¡No pienso dejarle marchar hasta que me lo aclare todo! —dije.

—Preferiría no hacerlo ahora.

—Pues tiene que ser ahora, y será ahora.

—Preferiría que fueran Mary o Diana quienes la pusieran al tanto.

Aquellos reparos colmaron mi nerviosismo, tenía que enterarme enseguida de lo que fuera, y así se lo dije.

—Ya le advertí —objetó— que soy un hombre duro, nada fácil de persuadir.

—Y yo una mujer igual de dura, muy difícil de disuadir.

—Y además frío —añadió—, la vehemencia no me inmuta.

—Pues yo, en cambio, soy vehemente, y el fuego derrite el hielo. La nieve que cubría su capa se fundió al calor de las llamas y el agua ha encharcado tanto el suelo de mi cocina que parece una calle por la que no ha parado de pasar gente. Si quiere usted, señor Rivers, que le perdone el grave delito de inundarme la cocina, contésteme a lo que le he preguntado.

—Está bien —dijo—, me rindo. Pero no ante su vehemencia. Me rindo por cansancio, porque su porfía es gota de agua que cae insistente hasta horadar la roca. De todas maneras da igual, al fin y al cabo tendría usted que enterarse más tarde o más temprano. ¿Se llama Jane Eyre, verdad?

—Por supuesto, creí que eso ya había quedado claro.

—¿A que no sabe una cosa? Somos tocayos. A mí me bautizaron como St. John Eyre Rivers[95].

—Por supuesto que no lo sabía. Recuerdo, ahora que lo dice, haber visto la letra E. intercalada entre sus iniciales en alguno de los libros que me ha prestado a veces, pero nunca me pregunté a qué nombre correspondería. Pero ¿qué me quiere decir con eso…? No será que…

Me detuve en seco. No lograba dar crédito a la sospecha que acababa de surgir en mi mente y mucho menos expresarla, a medida que tomaba cuerpo y llegaba a convertirse en sólida certeza. Las circunstancias se anudaban unas con otras, iban encajando y armonizándose, hasta que los eslabones de la cadena que yacían sin orden ni concierto quebraron aquel caos para enlazarse y ocupar cada cual su sitio, en una perfecta conexión. Antes de que St. John reanudase su discurso, ya me había yo hecho cargo intuitivamente de todo lo ocurrido. Pero por si acaso el lector no tiene el mismo olfato, transcribiré la explicación que me dio el señor Rivers:

—Mi madre se apellidaba Eyre y tuvo dos hermanos: el primero, que era clérigo, contrajo matrimonio con la señorita Jane Reed, de Gateshead; el segundo, de nombre John, se dedicó a los negocios y vivía en Funchal, Madeira, donde acaba de morir el pasado mes de agosto. El señor Briggs, su abogado, nos escribió para comunicarnos la noticia y para decirnos que el tío John había legado toda su fortuna a la huérfana de su difunto hermano, el clérigo, y que a nosotros (a consecuencia de una querella nunca dirimida entre él y mi padre) no nos dejaba absolutamente nada. Volvió a escribirme hace unas semanas para decirme que la heredera se hallaba en paradero desconocido y para preguntar si yo tenía alguna noticia acerca de ella. Un nombre escrito al azar en la esquina de un papel ha venido en mi ayuda para localizarla a usted. Eso es todo. El resto ya lo conoce.

Volvió a hacer ademán de marcharse, pero apoyé mi espalda contra la puerta para cerrarle el paso.

—Eso no es todo, déjeme hablar —dije—. Necesito un momento para recuperar el aliento y volver en mí.

Hice una pausa. Él seguía ante mí, con el sombrero en la mano. Ofrecía un aspecto sereno.

—O sea —resumí— que su madre era hermana de mi padre.

—Sí.

—Y mi tía, por consiguiente.

Asintió sin palabras.

—Y si usted, Diana y Mary son Eyre por parte de madre, como yo lo soy por parte de padre, quiere decir que ese tío John era el mismo tío John para los cuatro.

—No hay duda alguna.

—Pero bueno, ¡entonces es que somos primos, que la mitad de nuestra sangre viene de la misma fuente!

—Sí, somos primos.

No podía apartar los ojos de él. Había encontrado —parecía evidente— una especie de hermano, alguien a quien amar y de quien podía enorgullecerme. Y además a dos hermanas, de tan excelentes prendas que incluso cuando las creí unas desconocidas despertaron en mí espontáneo afecto e inmediata admiración. ¿Quién me iba a decir a mí que aquellas dos jóvenes a quienes cierta noche vislumbré a través de una ventana, con una amarga mezcla de curiosidad y desesperación, de rodillas sobre un suelo mojado, eran primas carnales mías, como el joven y apuesto caballero que luego me recogió medio muerta en el umbral? Para un alma solitaria aquello sí que era un hallazgo glorioso, una riqueza auténtica. Una mina preciosa para el corazón, una bendición jubilosa y estimulante, incomparable con el oro, cuyo peso agobia aunque se acepte de buen grado. Me bullía la sangre, el pulso se me había acelerado y me puse a batir palmas.

—¡Estoy tan contenta! —exclamé—. ¡Tan contenta!

St. John esbozó una sonrisa.

—Ya le dije que tiende usted a desdeñar lo fundamental y a parar mientes en lo superfluo —comentó—. Se puso seria cuando le notifiqué que había heredado una fortuna, y ahora se alborota por un asunto baladí.

—¿Qué dice? Puede que el asunto sea baladí para usted, que ya tiene dos hermanas y no necesita para nada una prima. Pero es que yo nunca he tenido parientes y de pronto me aparecen tres, ya adultos, irrumpen tres primos en vida, o bueno, dos, si usted rechaza formar parte del lote. ¿Cómo no voy a expresar mi alegría? ¡Qué contenta estoy, sí, vuelvo a decirlo!

Me había puesto a pasear aprisa de un lado a otro de la habitación, pero me detuve sofocada por mis propios pensamientos. Surgían en tan rápida sucesión que no alcanzaba a ponerlos en orden, a entenderlos ni siquiera a seguirlos; versaban sobre lo que iba a pasar de aquel momento en adelante, lo que podría y debería pasar. Miré a la pared blanca y me pareció un cielo cuajado de estrellas que se elevaban. Cada una de ellas me sugería un propósito o una satisfacción. Ya podía ayudar a los que me habían salvado la vida, beneficio solamente correspondido hasta ahora con un cariño infructuoso. Estaban bajo un yugo del que yo podía liberarlos, vivían separados y yo los podía reunir, aquella independencia y bienestar que da el dinero los compartiría con ellos. ¿No éramos cuatro? Si repartía entre cuatro las veinte mil libras, tocábamos a cinco mil cada uno, y había de sobra. Era de justicia asegurar la felicidad mutua. Y de repente la riqueza había dejado de ser un peso y una mera transmisión de dinero para convertirse en legado de vida, gozo y esperanza.

No sé qué cara tendría cuando estaba rumiando a solas el torbellino de estas ideas, pero caí en la cuenta de que el señor Rivers me había puesto una silla detrás y me estaba instando amablemente a que tomara asiento. También me aconsejó que me serenase, sugiriendo que me encontraba desorientada y como ausente. Desdeñé su insinuación, esquivé su mano y seguí paseando por el cuarto.

—Escriba usted mañana mismo a Diana y a Mary —le dije—, pidiéndoles que vengan enseguida. A Diana le oí decir una vez que con mil libras se considerarían ricas, así que fíjese con cinco mil.

—Tiene que hacer un esfuerzo por apaciguarse —replicó St. John—. Dígame dónde puedo encontrar un vaso para traerle agua.

—Déjese de tonterías. Y hablemos de usted, a quien tampoco vendrá mal el reparto. ¿Influirá para que se quede aquí, se case con la señorita Oliver y eche raíces como cualquier persona normal?

—Delira usted, se extravían las ideas en su cabeza. Le he dado la noticia de forma demasiado repentina, sin pensar que iba a alterarla tanto…

—¡No agote mi paciencia, señor Rivers! —exclamé—. Estoy absolutamente en mis cabales. Es usted quien no me entiende, o tal vez finge no entenderme.

—Si se explica usted algo mejor, puede que la entienda.

—¿Explicarme? ¿Y qué hay que explicar? Está bien claro que veinte mil libras, la suma en cuestión, divididas a partes iguales entre el sobrino y las tres sobrinas del difunto arrojan un saldo de cinco mil por cabeza. Lo que le estoy pidiendo es que escriba usted a sus hermanas para ponerlas al corriente de la parte de herencia que a cada una le corresponde.

—Querrá decir que le corresponde a usted.

—Mire, yo ya le he participado mi opinión sobre este asunto y no pienso apearme de ella. Mi egoísmo nunca ha llegado a la crueldad, nada me nubla el sentido de la justicia ni se me puede tachar de ingrata. Y por si fuera poco, me va mucho en el empeño de tener un hogar y una familia. Me encanta la idea de quedarme en Moor House con Diana y Mary, sentirme ligada a ella de por vida. Tener cinco mil libras me viene muy bien, pero tener veinte mil sería un agobio y un tormento. Además, ese dinero, aunque legalmente sea mío, no lo es en justicia. Por consiguiente, les cedo a ustedes lo que para mí es absolutamente superfluo. Por favor, no se oponga ni me lo discuta. Vamos a ponernos de acuerdo y que este asunto quede solventado de una vez.

—Se trata de un impulso irreflexivo —dijo él—. Necesita algunos días de plazo antes de tomar una decisión de esa categoría, así tendrá más peso su palabra.

—Si todo el problema reside en que duda usted de mi palabra, no hay problema. Pero dígame, ¿no le parece de justicia lo que digo?

—Hay cierta justicia en ello, sí. Pero es una decisión insólita. Además legalmente le corresponde a usted toda la herencia; es una fortuna que mi tío amasó con el sudor de su frente, estaba en su derecho de dejársela a quien le diera la gana y su voluntad ha sido dejársela a usted. Es enteramente suya y puede disfrutar de ella con la conciencia tranquila.

—Para mí no se trata de una cuestión de conciencia —dije—, sino de sentimientos. Y yo voy a ceder a los míos, ya que se me presentan tan pocas oportunidades de hacerlo. Aunque se pasara usted un año argumentando lo contrario y poniendo objeciones a mi decisión, no conseguiría hacerme renunciar a las dulzuras de la doble satisfacción que proyecto: por una parte cancelar una importante deuda y por otra ganarme una amistad para toda la vida.

—Ahora le parece así —replicó St. John—, pero es porque no conoce el disfrute de la posesión, porque no tiene ni idea del prestigio que adquiriría con las rentas de veinte mil libras, ni de la posición y las oportunidades que le brindarían en sociedad, no puede imaginarse…

—Y usted —le interrumpí— no puede imaginarse tampoco lo que he añorado a lo largo de toda mi vida un cariño fraternal. Nunca tuve un hogar, ni hermanos, ni hermanas. Ahora puedo y quiero tenerlos, ¿o es que se niega a admitirme como miembro de su familia?

—Yo seré su hermano, Jane, y mis hermanas lo mismo, pero no hace falta que se vea obligada a sacrificar sus derechos.

—¿Un hermano a mil leguas de distancia y unas hermanas esclavas en casa ajena? ¿Yo rica, nadando en una abundancia que ni gané ni me merezco, y ustedes sin un penique? ¡Pues vaya una igualdad y una fraternidad! ¡Vaya lazos de unión tan familiares!

—Pero Jane, sus ansias de crear una familia y de gozar de la felicidad de un hogar pueden encontrar otra salida que no sea esa. Puede usted casarse.

—¿Casarme? No siga diciendo tonterías. No me quiero casar, no pienso hacerlo.

—Eso es mucho decir. Una afirmación tan arriesgada como la que acaba de hacer da pruebas de la agitación a que está sometida su alma.

—No se trata de una afirmación a humo de pajas. Sé muy bien lo que digo y conozco mi escasa inclinación al matrimonio. Nadie se casará conmigo por amor, y me niego a ser considerada como un negocio. No quiero verme unida a un extraño de mentalidad y gustos ajenos a los míos, sino a mis familiares, con los que experimento total afinidad. Me sentí feliz cuando dijo que sería mi hermano, vuelva a decirlo, si puede, si le sale del alma.

—Sí, creo poder decirlo. A mis hermanas las he querido siempre y conozco los fundamentos sobre los que se asienta ese cariño: el respeto y la admiración que me merecen sus virtudes. Usted también las tiene, es inteligente y sus gustos y costumbres se parecen a los de Diana y Mary, su presencia siempre me agrada y desde hace algún tiempo conversar con usted me sirve de lenitivo y solaz. No creo que me sea difícil encontrar para usted, la tercera y menor de mis hermanas, un hueco en mi corazón.

—Gracias. Con eso me basta por esta noche. Ahora, mejor que se vaya. Porque si se queda más, igual sale con otro inconveniente y me tengo que volver a enfadar.

—¿Y la escuela, señorita Eyre? Ahora la tendremos que cerrar, ¿no?

—No. Seguiré de maestra hasta que encuentre usted una sustituta.

Sonrió complacido, nos estrechamos la mano y se marchó.

No viene a cuento entrar en detalles sobre las luchas que hube de sostener y las argucias de que eché mano para dejar arreglado aquel asunto de la herencia conforme a mis deseos. Fue una tarea difícil, pero, como estaba irrevocablemente decidida, y mis primos se dieron cuenta de la firmeza de mi propósito y de las justas razones que me asistían, tal vez pensaron en su fuero interno que ellos en mi lugar habrían hecho ese mismo reparto. Total, que al cabo de algún tiempo accedieron a que el asunto se sometiera a arbitraje. Los jueces elegidos, que fueron el señor Oliver y un abogado ducho en la materia, coincidieron en dar el visto bueno a mi propósito, y de esa manera conseguí que saliera adelante. Se expidieron los pertinentes documentos de transferencia, y los hermanos Rivers y yo entramos en posesión de nuestras respectivas fortunas.

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