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EL CHICO AVISPA » Vuelta a clase
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Vuelta a clase
Después de casi una semana en casa llegó el día en que tuve que volver. Intenté retrasarlo todo lo que pude a base de mentiras: me quejaba mucho más de lo que me dolía, fingía marearme cuando me levantaba de la cama… pero al final aquello solo consiguió que me empezaran a hacer preguntas incómodas, al final volví a clase.
Eso sí, lo hice por sorpresa, no se lo dije ni a Zaro, ni a Kiri, fui yo solo hasta el instituto. Aquel primer día salí antes de lo normal de casa y fui por unas calles distintas a las de siempre, no pasé por el parque y tampoco pasé por el descampado. Cuando ya estaba a unos cincuenta metros del instituto me quedé escondido en la puerta de un garaje. Desde allí podía ver a todos sin ser visto.
Escuché el timbre y esperé a que los alumnos entraran. Cuando ya casi no quedaba nadie, comencé a correr y entré justo antes de que cerraran las verjas. Creo que nunca había corrido tan rápido en mi vida, seguro que aquello era por las picaduras de las avispas.
Una vez dentro corrí también por el pasillo y me quedé en una esquina, entre dos taquillas, esperando a que el profesor entrara en clase. En cuanto lo hizo salí corriendo de nuevo y justo antes de que cerrara la puerta entré yo también.
Al vernos entrar casi juntos, la clase se quedó en silencio, parecía que habían visto un fantasma.
Me senté y miré a Kiri. Ella me sonrió.
Durante aquel primer día no ocurrió nada especial: no me lanzaron nada a la espalda, no me quitaron el bocadillo, nadie me empujó… Cada vez que me ocurría algo fuerte, durante los tres o cuatro días siguientes todos me dejaban en paz.
Un chico de nueve dedos y medio se ha asustado al ver entrar al profesor junto al chico avispa. Por un momento ha pensado lo peor, que lo ha contado todo, que vienen a por él, pero no, no ha ocurrido nada. Se ha aliviado al ver que la avispa se sentaba en su sitio y que el profesor comenzaba la clase.
Aun así ha decidido no hacer nada, no sabe si le ha contado algo a sus padres, a algún profesor o a la directora… no sabe tampoco si en el hospital le han preguntado lo ocurrido, si el vídeo ha llegado a ojos de alguien que no debía…
Esa es su táctica: atacar y esperar a ver las consecuencias, y si no las hay, pues seguir atacando más fuerte. Y así, ¿hasta cuándo? Ni siquiera él mismo lo sabe.
De hecho, a veces ni siquiera sabe por qué lo hace: para que los demás se fijen en él, para mantener el estatus de ser el más fuerte, para compensar lo mal que se siente por dentro cuando piensa que ha repetido curso, para ocultar la envidia que siente del chico avispa…
A veces, en la soledad de su habitación, se imagina sacando las mejores notas, descubriendo algo importante, inventando algo que le haga famoso… y cuanto más alto llega su imaginación más le duele la caída a la realidad, cuando al aterrizar en su cama sabe que tiene dos años más que todos sus compañeros.
Y es ahí, en ese punto, cuando varios sentimientos se le agolpan sobre un cerebro que no puede controlar: la ira, el odio, la envidia, la rabia…
Es entre ese huracán de sensaciones cuando se hace las preguntas que nunca desearía hacerse: ¿por qué nadie le da un beso en casa? ¿Por qué su madre hace todo lo que él le dice sin rechistar? ¿Por qué nadie le pregunta cómo se siente al tener solo nueve dedos y medio? ¿Por qué sus padres siempre que en verano va sin camisa por la casa son incapaces de mirar hacia esa cicatriz que lleva en el pecho, sobre el corazón?… y, sobre todo, ¿por qué su padre nunca nunca habla con él de lo que ocurrió hace unos años?
Eso es lo que más le duele, lo que más daño hace a un cuerpo que, en realidad, por dentro sigue siendo un niño. A veces odia a su padre por lo que ocurrió, pero otras veces no, otras veces solo lo odia por cómo han seguido las cosas después. Por qué se distanció tanto de él, por qué nunca se sientan a hablar, por qué no se lo lleva de viaje, o van al cine, o a un concierto, o se van a comer juntos… los dos solos, y hablan, y sacan lo que los dos llevan dentro…
Lo que nuestro chico de nueve dedos y medio no sabe es que si su padre trabaja tantas y tantas horas al día no solo es para ganar dinero, sino para no tener que enfrentarse a la realidad. Si nunca habla con él, si no se van juntos a ningún sitio… es porque tampoco sabe cómo afrontar lo que ocurrió. La única salida que ha visto es trabajar todo lo posible para traer a casa todo el dinero posible para que su hijo tenga todas las cosas posibles… excepto aquellas que no se pueden comprar con dinero, claro… los momentos.
El problema es que son justamente esos momentos que no tiene los que hacen que el chico golpee la cama, y la almohada y todo lo que encuentra a su paso… a veces hasta a él mismo.
Pasó otro día sin que me hicieran nada, y otro más… pero a partir del tercero ya empezó todo otra vez. Una zancadilla nada más entrar en clase que me hizo caer al suelo ante la risa o el silencio de los demás —las dos cosas me dolían igual—. Otro día un empujón en los pasillos, un golpe justo al volver del recreo, la cartera vacía con todo lo que llevaba dentro en el suelo…
Mi esperanza era que el veneno de aquellas avispas hiciera su efecto y me diera algún poder con el que conseguir vencer a mis enemigos. Superfuerza, supervelocidad, supervisión, superoído, superalgo… pero de momento lo único que pasaba es que no pasaba nada y cada vez MM y sus amigos eran más violentos conmigo.
Por ejemplo, en clase, al principio solo me lanzaban trozos de tiza, gomas o papeles a la espalda, pero poco a poco iban tirándome cosas más grandes, su objetivo era conseguir que gritase. Yo intentaba evitarlo, intentaba aguantar el dolor como podía, pero había veces en que me era imposible. Como aquella vez que me tiraron un sacapuntas de esos de metal, lo lanzaron con tanta fuerza que parecía que me habían clavado una navaja, o como otro día que me tiraron una piedra tan fuerte que la costra de la herida me duró muchos días. Pero hasta entonces nunca se había enterado el profesor, hasta que ocurrió, fue en clase de inglés.
Acabábamos de empezar y de pronto noté el impacto de una pelota de papel en la espalda.
Y risas de todos los otros monstruos, y silencios.
Después otra. Y más risas, y también silencios.
Después algo más duro, un trozo de tiza, casi a la altura del cuello, eso ya dolió un poco más.
Y risas. Y varios trozos más de tiza, muchos.
Y a los pocos minutos…
—¡Ayyy! —grité, y grité mucho.
Me acababan de tirar algo tan fuerte que por un momento pensé que había sido un dardo, me hizo tanto daño que me imaginaba que aún lo llevaba clavado.
—¿Qué pasa por ahí? —preguntó el profesor.
Pero nadie dijo nada. Silencio.
Y siguió escribiendo en la pizarra.
Vi que a mi lado, en el suelo, había un boli metálico; supuse que era lo que me había golpeado la espalda.
Y creo que ahí, justo en ese momento, fue la primera vez que sentí el veneno de las avispas, pues ocurrió algo que yo no controlé.
Me agaché lentamente, cogí el boli, me di la vuelta y lo lancé con toda la fuerza que pude contra MM.
Algo había cambiado en mí, me había atrevido a plantarle cara y eso no lo había hecho yo, eso lo habían hecho las avispas.
El problema es que MM esquivó el boli y este le pegó a la chica que está sentada detrás de él, a Betty, su novia.
—Ay, ay, ay —comenzó a gritar de una forma exagerada.
El profesor paró la clase y se acercó a nosotros.
Betty no dudó en decirle que yo le había tirado un boli.
En realidad le había dado en el hombro y no le había hecho daño, aunque tampoco había sido mi intención.
El profesor hizo lo que siempre hacía.
—Bueno, ya vale —dijo mientras volvía a escribir en la pizarra.
Me senté de nuevo en la silla con rabia en todo mi cuerpo, apreté mis puños e intenté calmarme. Y supe que en ese momento me estaba poniendo rojo otra vez.
—¡Tomate, tomate! —se escuchó desde el fondo, y risas de todos los monstruos que había en la clase.
—¡Supertomate! —Otra vez, y más risas.
La clase continuó así hasta que a los pocos minutos Kiri levantó la mano.
—Dime Kiri, ¿qué ocurre? —preguntó el profesor.
—Tiene sangre en la espalda.
—¿Quién, quién tiene sangre en la espalda? —dijo el profesor alterado mientras se acercaba a Kiri.
—Él —dijo.
Y ese él era yo.
El profesor me dijo que fuera a la enfermería, pero no fui, no quería que nadie me viera la espalda. En el hospital, cuando me atacaron las avispas, estuvieron a punto de descubrirlo, menos mal que tenía todo el cuerpo hinchado y se centraron mucho en la mano y el brazo.
Por eso, en cuanto salí de clase me fui al baño e intenté curarme yo solo.
Abrí la puerta, entré, me quité la camisa, me di la vuelta e hice algo que intentaba evitar desde hacía ya muchos días: verme la espalda en el espejo.
Empecé a llorar.
Un chico de nueve dedos y medio se ha quedado mudo cuando al chico avispa lo han mandado a la enfermería. No sabe lo que le van a preguntar y no sabe lo que él va a decir. Está asustado, como cada vez que piensa que pueden delatarle.
Solo busca una excusa para atacarle más, cuando sabe que en el fondo no tiene nada contra él, no le ha hecho nada, pero necesita la debilidad de alguien para demostrar su fuerza, al igual que el fuego necesita continuar quemando bosque para no desaparecer.
Eso y ver que los demás le ríen las gracias, que algunos incluso lo animan; ver que tiene el respaldo del resto de la clase, destacar delante de los demás.
Sabe también que, de alguna forma, está protegido en el instituto. Los profesores no dicen nada, la directora nunca le ha llamado y en las salidas y entradas al instituto ningún padre ve nada, cada uno va a la suya, con sus hijos.
Aun así dejará pasar unos días antes de volver a atacar, pues nunca se sabe si ese idiota ha dicho algo.
Eso sí, tarde o temprano tendrá que vengar lo que le ha hecho. Se ha atrevido a tirarle un boli, a él, delante de todos los demás, y eso es algo que no puede permitir. Además, le ha dado a Betty, y eso tampoco puede aguantarlo, el único que puede pegar a su novia es él.
Ahora solo tiene que encontrar un momento en el que no haya nadie para darle su merecido, va a vigilarlo en todo momento y en cuanto lo atrape a solas…
Es el espejo el único testigo de lo que está ocurriendo; el único que no miente, que no disimula, que le muestra la realidad aunque le duela: una constelación de pequeños puntos negros sobre una espalda que hace de cielo blanco. Puntos que brillan ahora aunque se formaron hace tiempo. Algunos de ellos con el pasar de los días desaparecerán, pero otros le dejaran pequeñas marcas para siempre, y no solo en el cuerpo.
Y ahora, al mirar las estrellas que hay en el cosmos de su espalda, descubre un nuevo planeta, de un color rojo sangre, que destaca en la inmensidad de la impotencia.
No sabe aún qué hará cuando llegue el verano, cuando todas esas marcas sean visibles, cuando alguien le pregunte cómo han crecido tantos agujeros negros en una constelación tan joven…
Acabaron las clases y volvimos a casa Kiri, Zaro y yo.
Durante los primeros minutos solo hubo silencio, pero al rato fue Kiri la que habló.
—¿Pero por qué no dices nada? ¿Por qué no has dicho nada hoy?
—Déjalo —le contesté.
—¡No, no quiero dejarlo! —me gritó—. ¿Por qué eres así?
—¿Así cómo?
—Así tan… —Y noté que no era capaz de decir la palabra.
—¿Tan cobarde? —le contesté.
—¡Sí! —me gritó.
—¡Déjame en paz! —le grité yo a ella—. ¡Dejadme en paz los dos! Iros a la mierda.
Y allí saqué la violencia que no era capaz de sacar contra MM. Me separé de ellos y me fui por otra dirección a mi casa.
Aquello me dolió, me dolió mucho más que la herida de la espalda, que los golpes que me daban en los pasillos, que las zancadillas de clase, que los escupitajos que me tiraban en la espalda en clase… Me dolió tanto que Kiri pensara eso de mí… aunque fuera verdad.
Llegué a casa y aproveche que mis padres aún no estaban para curarme yo mismo. Busque el alcohol y una gasa para desinfectar la herida. Escondí mi camiseta entre la ropa sucia para que nadie sospechara nada y miré la hora. Aún era pronto.
Salí de casa en dirección a mi rincón preferido, al único lugar donde nadie me molestaba. Tenía que sacar toda la tristeza que llevaba dentro de alguna forma.
En cuanto llegué miré el reloj: quedaban quince minutos aún. Cogí la tiza que tenía escondida y comencé a escribir nombres sobre la lista hasta que pasaron unos cuantos minutos.
Al rato caminé unos pasos, me coloqué en el lugar de siempre y me preparé. 10, 9, 8, 7… Y comencé a gritar, a gritar, a gritar todo lo que pude. Y cuando acabé me sentí tan bien, me había quedado vacío de odio, de rencor, de rabia.
Aquel día volví a casa tarde, mis padres ya estaban allí y les dije que me había quedado en la biblioteca mirando unos libros. Lo que no comenté es lo que me había pasado en la espalda.
Tampoco lo comenté cuando mi hermana se subió a caballito encima de mí. Tampoco dije nada cuando cenamos ni cuando me preguntaron qué tal me había ido el día.
Aquella noche, cuando Luna vino a mi cama, le conté el cuento de «El niño que tenía un universo en la espalda».
Al día siguiente, cuando desperté tenía diez nuevos mensajes en el móvil, los diez eran iguales:
Intentaste darme con el boli y ademas le iciste daño a mi novia. Esto te ba a costar caro.
MM cumplió su promesa, siempre lo hacía. No fue al día siguiente, ni al otro. Pero yo sabía que llegaría, solo esperaba que mis poderes llegaran antes que su venganza.
Pero no, llegó antes él.
Y lo peor de todo es que fue culpa mía porque cometí un error: fui solo al baño.
Desde que empecé a ir con miedo al instituto, desde que empezaron a insultarme, a pegarme, a tirarme la cartera al suelo, a escupirme… decidí seguir una serie de reglas para que no me hicieran más daño del necesario.
Una de ellas era intentar ser menos listo, sacar menos nota en los exámenes, no levantar la mano en clase cuando el profesor preguntaba algo que yo sabía; otra era no llevar nunca nada de valor al colegio; y la más importante de todas: no ir solo nunca a ningún sitio, y mucho menos al baño. Para cumplir esta última era muy importante mear justo antes de salir de casa y no beber nada, absolutamente nada, durante todo el día, aunque me muriera de sed, aunque tuviera la boca tan seca que se me pegara la lengua, lo importante era no quedarme nunca solo en el baño.
Aun así, había veces en las que no podía controlar mi cuerpo. Si me pasaba eso, lo que hacía era esperar a que alguien entrara en el baño y yo me metía también.
Pero aquel día hacía calor, mucho más de lo normal, y había bebido. También es verdad que MM llevaba unos días sin hacerme nada y yo ya me había confiado. Además, para complicarlo todo, ese día me había puesto fruta para el almuerzo, vamos, que se juntó todo. Esperé y esperé hasta que sonó el timbre del recreo y vi cómo MM y sus amigos iban hacia clase. Aproveché ese momento y fui corriendo al baño, me estaba meando encima.
Abrí la puerta de los baños, abrí la puerta de un habitáculo y me bajé los pantalones lo más rápido que pude. Y comencé a mear.
Pero cuando ya estaba acabando oí que se abría la puerta, y silencio. Y unos pasos que se quedaron dentro.
Aquel día descubrí dos cosas, que los monstruos existen y que los superpoderes también.
Comencé a temblar, me subí los pantalones lo más rápido que pude y me quedé en silencio. Sabía que el tiempo iba a mi favor, cuanto más rato estuviera allí más posibilidades de que el profesor nos echara de menos y viniera a buscarnos, no pensaba abrir.
Pero de pronto golpearon la puerta.
—¡Vamos, sal, que sabemos que estás ahí!
Me quedé en silencio.
—¡Venga, tomate, sal, que tenemos pendiente aún lo del boli! ¡Venga, sal!
Yo seguía temblando, no salí, no quería salir.
—Parece que te gusta mucho estar en el váter, pero al final vas a tener que salir, por las buenas o por las malas.
Silencio.
Ya no hablaban, solo se oían susurros, y de pronto un golpe seco contra una puerta que tembló, un sonido que también me hizo temblar a mí. Aquello iba en serio: la patada había sido tan fuerte que había movido el pestillo de sitio.
Desde dentro yo sabía que aquella puerta no aguantaría más de dos o tres golpes así. Después vino otra patada, y otra más y otra aún más fuerte, tanto que el pestillo saltó y la puerta se abrió hacia dentro pegándome en las piernas.
—¿Ya has acabado? —me preguntó MM mientras miraba hacia la taza—. Sí, sí que ha acabado, pero mirad, no ha tirado la cadena y eso no se puede hacer, habrá que darle una lección para que aprenda.
Lo que vino después prefiero no contarlo, solo os diré que allí descubrí uno de los superpoderes que me habían dado las avispas.
Y mientras tres niños juegan contra otro en el baño, la clase —con cuatro sillas vacías— ya ha comenzado.
—¿Y los que faltan? —pregunta el profesor.
Nadie contesta, aunque en realidad todos imaginan lo que puede estar ocurriendo.
—Bueno, así que faltan cuatro alumnos y nadie sabe nada, pues vale… vamos a empezar.
Es Zaro el que en ese momento está a punto de pedir permiso para ir al baño. Pero al instante se pone a pensar en qué va a hacer si llega a los baños y ve a MM pegando a su amigo. Nada, eso es lo que hará, nada, porque él también tiene miedo, mucho miedo de que todo lo que le está ocurriendo a su amigo le pueda ocurrir después a él. Y entre la amistad y el miedo, en esta ocasión puede lo segundo.
El profesor olvida las cuatro ausencias y sigue su explicación. En su asignatura, historia, no han cambiado demasiado las cosas, así que continúa con los mismos apuntes con los que empezó hace veinte años. Los coge, los lee y escribe alguna cosa en la pizarra.
Piensa también en los alumnos que faltan, los conoce y sabe que tres de ellos son amigos, pero el otro… En fin, continúa escribiendo, ya le queda muy poco para jubilarse y no es momento para andarse con líos.
Y así pasan los minutos hasta que de pronto llaman a la puerta y entran tres alumnos.
—¿Dónde estabais? —les pregunta el profesor.
—En el baño —contestan.
—¿Todos a la vez?
—Sí, claro.
—¿Y el que falta?
—Creo que se ha atascado en el váter —dice MM sin ocultar la sonrisa—, igual hay algo que le ha sentado mal.
Y en cuanto el profesor se da la vuelta para escribir algo en la pizarra, MM mira al resto de la clase y ve que alguno le devuelve la sonrisa. Esa es la verdadera gasolina de su vida, lo único que le hace funcionar en el día a día.
Y quizá todo lo que está ocurriendo en aquella clase no se diferencie demasiado de lo que pasa en el resto del mundo. Porque allí, al igual que en el exterior, entre todos los compañeros del chico avispa, hay tantos monstruos como víctimas.
Hay, por ejemplo, un chico rubio, sentado en la tercera fila, que prefiere reírse y ser monstruo, a protestar y convertirse en víctima. Hay otro al que le ocurre lo mismo, no le sigue el juego pero hace lo posible por mantenerse al margen. Y así, uno a uno, todos ellos tienen sus razones para ser monstruos, la principal es no transformarse en víctimas.
Todos saben distinguir entre el bien y el mal, entre las bromas y el maltrato, entre el juego y el acoso… pero ninguno sabe cómo pararlo sin hacerse daño.
Y es ahí, en ese ambiente de miedo, donde crecen personas como MM. Ahí es donde él puede ejercer todo su poder, sabe que mientras haya más monstruos todo irá bien, el verdadero problema vendrá el día en el que la masa no le siga la corriente, pero eso no pasará.
Y mientras todo eso ocurre, una chica con cien pulseras está a punto de pedir permiso para ir al baño. Su corazón quiere levantar la mano pero su mente no le deja, es una lucha interna entre lo sensato y lo que siente.
Lo que dirán los demás, algo tan importante en esas edades en las que todo se exagera tanto, en esa edad en la que la cosa más tonta es analizada por el grupo, por la masa. Esa es una de las razones por las que nunca ha dado un paso adelante para estar con el chico tomate.
Y es que, cada día, en cada clase, siempre que él no se da cuenta, le mira, le observa desde la distancia, suspira en cada movimiento, sufre con él cada ataque, siente cada vergüenza como si fuera suya. Y es que estando a su lado, tan cerca, le echa tanto de menos.
«Es de idiotas que mis acciones dependan tanto de la opinión de los demás…», piensa mientras acaba un dibujo en el que hay una pistola apuntando a dos iniciales, MM, así es como día a día libera su odio.
Y de pronto, mientras su mano está ocupada dibujando una bala que va directa a la primera M, su cuerpo se levanta. No ha sido su mente, de eso está segura, ha sido su corazón que, en un despiste de la primera, ha actuado por su cuenta.
Y allí se queda, en medio de la clase, como el mono que no ha obedecido la fila, como la oveja negra que ha decidido salirse del rebaño, como la sirena que se quedó varada cuando bajo la marea… Visible, más visible que nunca.
—¿Sí, Kiri? —pregunta el profesor.
—¿Puedo ir al baño?
—¿Ahora?
—Sí, ahora, cosas de chicas… —le dice mientras consigue sacar la sonrisa de varios de sus compañeros.
—Venga, rápido.
Y Kiri sale de la clase.
Aquel día, mientras me lavaba la cara e intentaba secarme el pelo con el aparato de las manos del cuarto de baño descubrí uno de mis grandes poderes: el de respirar bajo el agua durante mucho tiempo. Sabía que era uno de los efectos de las picaduras de las avispas. Yo nunca habría aguantado todo aquello de no haber tenido un superpoder por dentro. Sabía que lo ocurrido me había hecho más fuerte, que ya no era el mismo, que algo en mí había cambiado.
Estuve más de media hora secándome el pelo y la camiseta, aunque no fui capaz de eliminar del todo ese olor a meado.
Mientras mantenía la ropa bajo el secador me di cuenta de que nadie había venido a buscarme, ni siquiera el profesor, nadie.
Si en ese momento hubiera tenido un superpoder lo habría utilizado contra todos, si hubiera tenido un rayo de fuego lo habría disparado contra MM pero también contra todos los que les reían sus gracias, contra todos mis compañeros, contra los profesores, contra todos los monstruos que miraban y no hacían nada.
Y allí estaba, intentando secarme toda la vergüenza de encima, cuando entró ella.
Y en el interior de ese baño se tropieza el amor con la vergüenza, las ganas de abrazar contra las de salir corriendo, la tristeza de quien mira y la humillación de quien es protagonista.
Porque hay momentos en la vida capaces de detener el entorno de un solo golpe. Instantes que, por mucho tiempo que pase, nos dará la impresión de que ocurrieron ahí, justo al doblar la esquina de los recuerdos.
Y es ahora cuando un servidor prefiere dejar el resto de la hoja en blanco, pues temo ser incapaz de encontrar las palabras para definir lo que ambos sintieron en el instante en que sus miradas se encontraron.
Esa misma mañana, mientras un chico ha huido del baño para esconderse en algún lugar del instituto, una profesora se acerca a la sala de la directora.
—¿Puedo pasar? —pregunta mientras abre lentamente la puerta.
—Sí, sí, claro, adelante —le contesta la directora.
—Verás… es que quería comentarte un tema, un tema un poco delicado…
—Dime, dime…
—Creo que hay un alumno que puede estar sufriendo acoso… —le dice.
La directora deja el boli que sostiene en la mano, se recuesta sobre su butaca y la mira con cara extrañada.
—¿Aquí? No, no creo.
—Sí, sí, aquí… —le contesta de forma tímida—. He estado observando el comportamiento de un alumno y algo raro le está ocurriendo. Creo que hay otros tres que le están haciendo la vida imposible.
—¿Y desde cuándo ocurre eso?
—No sé desde cuándo, quizá hace unas semanas, quizá desde hace más.
—¿Pero qué pruebas tienes? —le pregunta la directora mientras se mueve nerviosa en su asiento.
—Bueno, en realidad muchas, hace ya un tiempo que se meten con él en el patio, que le quitan el almuerzo, que le tiran cosas en clase… además, ha bajado mucho su rendimiento escolar.
—Bueno —contesta aliviada la directora—, quizá no hay que darle más importancia, quizá solo son cosas de críos…
Y son justamente esas tres palabras «cosas de críos» las que hacen que el dragón se mueva. Un dragón que no es capaz de olvidar lo que ocurrió hace ya muchos años sobre la espalda de quien ahora mismo vive. También entonces eran cosas de críos, hasta que esas cosas de críos se van de las manos y todo acaba mal.
—No, no son cosas de niños —contesta la profesora mientras intenta aguantar el dolor que le produce el dragón al moverse.
—Seguro que sí, seguro que solo son tonterías. De todas formas, no te preocupes, ya me encargo yo del tema.
—Pero… ¿ya está, nada más?
—¿Qué más quieres? Ya te he dicho que lo miraré, aunque seguro que solo son tonterías, los chicos siempre discuten y al final se arreglan ellos solos.
Un dolor recorre la espalda de la profesora: es el dragón que quiere salir, que quiere volar y tragarse la cabeza de la directora.
«Respira hondo, contrólalo, contrólalo», se dice a sí misma… Sabe que ahora no tiene más pruebas, que no puede hacer nada más ante una directora a la que lo único que le importa es el prestigio del centro. Un caso de acoso sería una mancha en el instituto, lo suficiente para que algunos padres comenzaran a hacer preguntas, y el dinero es el dinero. Por eso hay cosas que es mejor taparlas.
Profesora y dragón salen del despacho en dirección al baño, la primera con la espalda totalmente rígida, el segundo inquieto, sin parar de moverse.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunta el dragón.
—Algo, aún no sé qué, pero algo…
—Eso espero.
—Sí… —contesta de nuevo ella mientras recuerda todo lo que ocurrió hace muchos años, en su instituto, cuando una broma salió mal, muy mal. Cosas de niños que siguen ahí, dibujadas en su espalda.
Después de ver a Kiri allí, mirándome con esos ojos que le temblaban tanto como a mí, salí corriendo al pasillo. Busqué un lugar donde esconderme. No quería volver a entrar en el aula. Me esperaría hasta que acabaran las clases, y después, cuando ya casi todos se hubiesen ido, entraría por la mochila y me iría de aquel maldito sitio.
Sonó el timbre y desde mi escondite vi como todos se marchaban a casa, sonriendo, jugando entre ellos, haciéndose bromas… todos menos yo.
Esperé a que se despejara todo, fui a mi clase y allí solo estaba mi mochila, con un tirante roto, en el suelo, abierta. Seguro que me habían vuelto a meter algo en ella. La cerré, la cogí con una mano y salí lentamente, ya no quedaba nadie por allí.
Al salir por el pasillo comencé a fijarme en todo lo que había en las paredes: murales repletos de símbolos de paz, de concordia, de amor en el mundo. Pósteres llamando a la solidaridad entre las personas, a la colaboración para construir un mundo mejor… Había hasta un árbol de los deseos en el que cada alumno había colgado un mensaje cuando se inició el curso: que se acaben las guerras, que no haya más violencia, que todos los seres humanos seamos iguales…
Aquel día, en cuanto llegué a casa me duche, vacié la mochila en la cama, y sí, allí había algo para mí.
Cogí las llaves y me fui a mi rincón preferido, a ese lugar donde nunca me molestaba nadie.
Una vez allí escribí varias líneas más en mi lista. Aproveché también para pegar varios papeles en el muro, para eso utilizaba una cola especial, de esa de paredes, de la que no se despega.
Aquel día tenía muchas ganas de gritar, muchas más que el resto de los días.
Miré el reloj, ¡dos minutos!
Me coloqué en el sitio y desde allí esperé el momento.
Grité y grité y grité hasta que mi cuerpo ya no pudo gritar más.
Después de lo del baño pasaron dos o tres días sin que ocurriera nada. Después de cada ataque siempre había una calma que duraba un tiempo, el suficiente para que MM averiguara si había o no consecuencias.
Y así ocurrió una vez más.
A la semana siguiente el miedo ya se les había pasado. Se dieron cuenta de que no le había contado a nadie lo de la herida en la espalda, ni lo del váter, y comenzaron otra vez los empujones, los insultos, las zancadillas… y a mí cada vez me importaba menos, por eso, cada vez tenían que hacerlo más fuerte.
Hace ya muchas semanas que la vida de un chico ha cambiado demasiado: ya no recuerda la última vez que se levantó de la cama sin miedo, que caminó por la calle sin mirar continuamente a todos lados, la última vez que tuvo una conversación con algún compañero…
Ahora, en cuanto suena el timbre que indica el final de las clases, coge la mochila e intenta salir lo antes posible de allí. Atraviesa corriendo el patio sin que nadie observe nada extraño en ese comportamiento: ni los profesores, ni la directora, ni los demás compañeros, ni siquiera los familiares de otros alumnos con los que, en ocasiones, tropieza en cuanto se abre la puerta exterior del instituto.
Y cada día corre, y corre, y corre… con la esperanza de llegar cuanto antes a casa, cerrar la puerta y dejar los miedos fuera durante unas horas.
No tiene tanta prisa, en cambio, al despertar por las mañanas. En ese momento siempre busca alguna excusa para no tener que ir a clase, pero ninguna le funciona. Busca también, entre sus cómics, algún poder que le sirva para detener el tiempo, para que no amanezca o para que el domingo nunca pase.
Piensa también, muchas veces, en la opción de quedarse en casa y no ir al instituto, pero eso no arreglaría nada, al día siguiente llamarían a sus padres y tendría que contestar demasiadas preguntas.
Y cada día sabe que, al llegar al instituto, comenzarán los insultos, los empujones, las risas… actos que casi siempre ocurrirán con gente delante.
Sabe también que, en cuanto se siente en clase, empezarán a tirarle objetos a la espalda. Hace tiempo que ya ni siquiera intenta esquivarlos, pues tiene la espalda tan llena de costras que apenas siente nada. Se imagina que, como las tortugas ninja, le ha crecido un caparazón capaz de repeler cualquier golpe.
Piensa muchas veces, mientras está abstraído en clase, en los superhéroes que aparecen en las aventuras de sus cómics. Se da cuenta de que cuando alguno está a punto de morir siempre viene alguien a ayudarle. Los cuatro fantásticos forman un equipo; los X-men se apoyan entre ellos; hay una liga de la justicia a quien llamar cuando uno de sus integrantes está en peligro; incluso Batman tiene a Robin, pero y él, ¿a quién tiene él?
Lo que el futuro chico invisible aún no sabe es que su Robin está a punto de llegar, lo hará justo al día siguiente.
Ya solo quedaba una clase aquel día, cuarenta y cinco minutos más y podría irme a casa.
Entró la profesora de literatura y, como siempre, nos dijo que abriéramos el libro que estábamos trabajando. Empezó a escribir unas frases en la pizarra cuando me tiraron el primer trozo de tiza: me dio arriba de la espalda, casi en la nuca y cayó al suelo.
La profesora se dio la vuelta y creo que le dio tiempo a ver cómo la tiza rodaba por el suelo. Se quedó mirándola, se dio la vuelta otra vez y siguió escribiendo.
Y otra vez me tiraron otra tiza. Esta la esquivé y dio en el respaldo del compañero de delante. La profesora se giró otra vez y se quedó mirando fijamente al suelo. Fue muy raro porque estuvo mucho tiempo así, quieta, sin decir nada, sin hacer nada.
Y otra vez se giró, y se puso a escribir.
La clase siguió sin que pasara nada durante un rato hasta que MM volvió a tirarme tres tizas más: una me dio en el centro de la espalda, la otra en un lado y la última pude esquivarla. Y al momento escuché que se estaba preparando para escupirme. Me puse nervioso, no sabía qué hacer para esquivarlo, no sabía cuándo me lo tiraría. Tardó un rato, supongo que lo mantenía en la boca hasta ver el momento perfecto para hacerlo.
Y llegó, y me pegó en la espalda, al lado del hombro, no me dio tiempo a apartarme.
En ese momento la profesora dejó de escribir, se acurrucó un poco sobre sí misma y se llevó las manos a la nuca, como si de pronto se estuviera muriendo de dolor.
Y allí, delante de todos, pasó algo que ninguno de nosotros había visto nunca en el instituto.
Hoy, desde que ha comenzado la clase, el dragón ha permanecido despierto, observando todo lo que ocurría detrás de la profesora. Ha visto la primera tiza, y la segunda…, y las otras tizas… pero es justo en el momento en que la saliva ha tocado al chico avispa cuando se ha movido.
Y eso duele en la espalda de una profesora que lleva ya muchos días —desde que cambió la nota del examen— observando lo que ocurre en los pasillos, en el recreo, en el aula…
Hasta ahora, en cada una de esas ocasiones ha podido mantener controlado al dragón, ha sido capaz de calmarlo; ha ganado la parte lógica, la suya, la que le ha llevado a comentar el tema con sus compañeros…
Lo malo es que nadie ha hecho nada: la directora prefiere ir dejando pasar el tiempo a ver si así el problema desaparece solo; el profesor de inglés no ha visto nada; el de historia se va a jubilar pronto… al final lo más importante es mantener la buena fama del centro.
Además, tampoco tiene demasiadas pruebas: un examen suspendido que al final no suspendió, unos empujones que nadie ha notado, unos insultos que nadie ha oído, unos objetos que golpean sobre su espalda que nadie en clase ha visto…
Por eso, porque está fallando la parte lógica —la pacífica—, cada vez le está resultando más difícil controlar a un dragón que últimamente siempre está inquieto.
Y es ahora, cuando imagina cómo se debe sentir un chico al que le acaban de escupir en la espalda, cuando por fin se rinde y deja que el animal actúe.
Por eso endereza su cuerpo, deja la tiza lentamente en la pizarra y se baja de la tarima atravesando una clase que se ha sumergido en silencio, en dirección al chico avispa.
Le mira la espalda: una camisa negra con varios puntos blancos, uno por cada impacto de tiza que hay en la misma. Y en un lado, una mancha amarilla, aún con espuma, una señal de la humillación de un ser humano a otro, una señal que consigue que el dragón domine totalmente la situación.
Es el dragón el que coge a MM del cuello con las dos manos y lo levanta en el aire. Y así, casi volando, lo saca de clase. Cierra la puerta de un solo golpe, violento.
Es ahora, en la soledad de un pasillo sin testigos, cuando se va a librar una batalla. No entre la profesora y MM, sino entre el dragón y ella misma. Ambos saben que su futuro en el instituto depende de quién gane en ese momento.
El dragón le dice que lo arrincone contra la pared y allí le apriete el cuello hasta que no pueda respirar, que le escupa fuego en la cara, que le arañe hasta que no le quede piel en el cuerpo…
Ella sabe que ahora mismo podría hacerlo, incluso le duele pensar que querría hacerlo… y aun así intenta calmar la venganza que lleva tatuada en la espalda.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunta el dragón.
—¡No lo sé, no lo sé! —grita.
—Bueno, voy a cambiar la pregunta entonces —le dice un dragón que ahora mismo se mueve libre, subiendo y bajando por las cicatrices que decoran su espalda—. ¿Qué quieres hacer?
—Ya lo sabes, ya sabes lo que quiero hacer —le dice ella aguantando las lágrimas.
—Pues hazlo, ahógalo, acaba con él aquí mismo.
—No puedo, me gustaría hacerlo, pero no puedo… —le contesta una profesora que se revuelve del dolor, que le quema la espalda como hace años no le quemaba.
—Ahógalo —le escupe con furia el dragón.
—¡No, no puedo!
—¡¿Por qué? ¿Por qué no puedes?! Tú no tuviste esta oportunidad hace años. ¿Cuántas veces te has preguntado por qué nadie hizo nada, por qué nadie lo paró a tiempo? Si alguien hubiera intervenido hoy no tendrías esas cicatrices en la espalda. ¿Quieres que le pase lo mismo a ese chico?
—¡No! ¡Claro que no quiero! —dice ella con rabia mientras aprieta con más fuerza el cuello de un chico que está contra la pared, paralizado de miedo.
—Pues entonces hazlo, acaba con el problema.
—Lo siento… no puedo —dice mientras suelta el cuello de MM.
—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué no puedes?! —le grita un dragón que se revuelve en su espalda, que pega latigazos con la cola en sus cicatrices.
—¡Porque yo no estoy hecha de odio, no soy como tú! —le grita mientras se lleva las manos a la cara y comienza a llorar.
—De momento… —le susurra un dragón que se vuelve a colocar en su lugar, que cierra la boca y los ojos.
La profesora no sabe qué hacer ahora mismo con un crío que está temblando en la pared.
MM acaba de recibir el ataque más extraño de su vida. Durante unos instantes ha sentido el peor miedo, no el que acompaña a la violencia, sino el que nace de la locura.
Sabe que podría haberla atacado, que podría haberse defendido, pero había algo en sus ojos que lo ha dejado paralizado. Al verlos de cerca, al tenerlos a unos milímetros de los suyos, se ha dado cuenta de que se parecían más a los de un gato que a los de una persona.
Se ha quedado paralizado observando cómo la profesora hablaba con ella misma, cómo discutía qué hacer con él hasta que al final lo ha soltado.
Durante unos instantes, cuando se ha calmado todo, se ha quedado allí, contra la pared, temblando, sin saber qué hacer.
—Vamos, acompáñame a dirección —le ha dicho ella.
Y ambos se han dirigido hacia el despacho.
Sabe que su padre lo arreglará todo, porque tiene dinero y al final todo se arregla con dinero, al menos eso le han enseñado en casa.
En una casa en la que apenas hay cariño, ni abrazos, ni besos, ni elogios, ni palabras de ánimo… pero en la que sí que hay dinero y todas las comodidades que eso conlleva.
¿Quién quiere un abrazo cuando puedo llevar la ropa más cara? ¿Quién quiere un beso cuando puede comprarse todo lo que quiera? ¿Quién necesita esas tonterías?, se pregunta un chico que recuerda que no siempre fue así, que antes de que ocurriera lo del dedo todo era distinto, mejor, mucho mejor.
Nunca habíamos visto algo así en el instituto. En cuanto la profesora se llevó a MM y cerró la puerta toda la clase se quedó en silencio. Durante unos minutos estuvimos mirándonos unos a otros sin decir nada.
MM y la profesora ya no volvieron a clase esa mañana.
Y a partir de aquel día, jamás nadie volvió a tirarme nada en la clase de literatura. Nunca.
Al final parece que va a ser cierto lo que dice mi padre, que hay veces que la violencia solo puede pararse con violencia, que los seres humanos somos así.
Los siguientes días hubo muchos rumores sobre lo que pasó en el pasillo entre MM y la profesora, pero claro, nadie sabía nada. Y aunque todos habíamos visto lo que pasó en clase nadie dijo nada, sabíamos que podían echar a la profesora, y la verdad es que a todos nos gustaban sus clases.
Después de aquello nadie se metió conmigo por lo menos durante una semana. Pensé que por fin se habían cansado, pero no, en cuanto a MM se le pasó el miedo volvió otra vez, pero ya no lo hacía tan directamente.
Empezó a amenazarme por el móvil, por el e-mail, por las redes sociales… consiguió también que me quitaran de todos los grupos de WhatsApp, había cambiado un poco su forma de atacarme: ya no me pegaba tanto —aunque sí algunas veces—, ya no me quitaba todos los días el almuerzo —solo algunos—, ni tampoco me tiraba tantas cosas en clase —aunque también, menos en literatura, claro—; lo que sí consiguió fue aislarme cada vez más de mis compañeros.
Ya nadie se acercaba a mí en el patio, ya nadie hacía trabajos conmigo, prácticamente en todo el día nadie me hablaba.
También estaba el tema de unos superpoderes que no llegaban, pensaba que el ataque de las avispas iba a cambiarlo todo, pero de momento no cambiaba nada.
De momento… porque a los pocos días por fin me pasó lo que había estado esperando tanto tiempo. ¡Por fin!
Uno de los días en los que volvía solo del instituto —bueno, la verdad es que ya todos los días volvía solo—, mientras iba caminando por el parque, escuché detrás de mí unas voces que enseguida reconocí: eran ellos.
Me di la vuelta y los vi, estaban a unos cien metros. Y como siempre que los veía, me puse a temblar, les tenía miedo. Y aunque lo normal hubiera sido salir corriendo, la verdad es que estaba ya tan cansado de huir que decidí quedarme sentado en un banco, me quedé allí esperándoles.
Me fijé en sus caras desde lejos y me di cuenta de que les había sorprendido, eso no se lo esperaban, supongo que ellos pensaban que les estaba plantando cara, cuando la verdad no era esa, la verdad es que no tenía ganas ni de escapar. Vi que poco a poco se iban acercando.
Cincuenta, cuarenta, treinta metros… —al menos eso calculaba yo— y en ese momento, cuando ya estaban tan cerca de mí que pude distinguir hasta la cara de rabia que ponían, cerré los ojos.
Apreté los párpados lo más fuerte que pude y deseé con todas mis fuerzas poder desaparecer de allí. Me agaché sobre mí mismo, puse la cabeza entre las piernas y me quedé esperando un golpe que nunca llegó.
Nada.
Silencio.
Tras unos segundos abrí los ojos y pasó algo increíble.
Ellos estaban pasando en ese mismo momento delante de mí, a unos diez metros de distancia, y miraban a todos lados menos hacia donde yo estaba. En aquel momento no entendí nada.
Pasaron de largo, como si no estuviera allí, era como si… ¡como si no pudieran verme!
Me miré las manos, los brazos, me miré los pies… yo sí me veía, claro, pero eso no significaba que los demás pudieran verme. Quizá el veneno había funcionado, quizá por fin había conseguido ser invisible.
Mientras se alejaban, de vez en cuando giraban la cabeza y miraban hacia donde yo estaba, pero no hacían nada, no venían, no me sacaban el dedo, no me gritaban… seguían sin verme.
En cuanto desaparecieron por una de las avenidas del parque me levanté de un salto y comencé a correr hacia mi casa.
¡No me habían visto! Por fin había encontrado mi superpoder, por fin todo lo mal que lo había pasado había servido para algo: ¡podía ser invisible! Ahora solo tenía que entrenar y entrenar para conseguir desaparecer siempre que quisiera, para poder controlar mi poder.
Llegué a casa, subí corriendo a la habitación y me tumbé en la cama. Aquel fue uno de los momentos más felices de mi vida.
Empecé a soñar en todo lo que podía hacer con aquel nuevo poder, en cómo iba a mejorar todo… Y mientras pensaba en todo eso me di cuenta de algo que iba a cambiar mi vida a partir de ese momento.
¿Y si esa no era la primera vez que me hacía invisible? ¿Y si durante los últimos días, las últimas semanas, sin yo saberlo, me había hecho invisible muchas otras veces?
—¡Claro! —grité. Eso lo explicaba todo, eso explicaba que la gente nunca me ayudara, que nadie viera nunca nada, que nadie hiciera nada por mí… claro, ¡es que era invisible!
Por eso, cada vez que yo salía corriendo y MM y sus amigos me perseguían por la calle, la gente solo les veía a ellos, seguramente solo verían a unos chicos que iban corriendo sin más por la calle, nada más, por eso nunca nadie me ayudaba.
Por eso, cuando después de las clases yo salía corriendo y me chocaba con los familiares, nadie decía nada, solo notaban el golpe de algo, se quedaban extrañados pero no hacían nada.
Por eso cuando me pegaban en los pasillos, cuando me quitaban el bocadillo en el recreo o cuando me tiraban al suelo ningún compañero me ayudaba, ningún profesor les castigaba… ¡claro! ¡Seguramente no podían verme!