Invisible

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INVISIBLE

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INVISIBLE

Ya me ha vuelto a pasar lo mismo.

Me acabo de despertar temblando, con el corazón golpeándome las costillas, como si quisiera escapar del cuerpo, y con la sensación de que un elefante está sentado en mi pecho.

Hay veces que me cuesta tanto respirar que pienso que si no abro mucho la boca me voy a quedar sin aire.

La buena noticia es que ahora ya sé qué hacer. Me lo explicaron el primer día que llegué aquí, bueno, el tercero, porque de los dos primeros días no recuerdo nada.

Tengo que empezar a contar del uno al diez mientras inspiro y espiro lentamente, intentando que, poco a poco, mi cuerpo se calme, el corazón vuelva a su sitio y ese elefante se marche.

Uno, dos, tres… inspiro y espiro.

Cuatro, cinco, seis… inspiro y espiro.

Siete, ocho, nueve y diez, inspiro y espiro…

Y vuelvo a empezar.

También es importante que, al despertar, no me asuste. Me han dicho que intente recordar que estoy en un lugar seguro, que no me ponga nervioso… para evitar que me ocurra como la primera noche que, en cuanto abrí los ojos, me asusté tanto que comencé a gritar.

Y eso hago ahora: intento no asustarme, espero a que en mis ojos vaya entrando la poca luz que hay alrededor, una luz que poco a poco me ayuda a distinguir todo lo que hay alrededor.

Uno, dos, tres, inspiro y espiro…

Cuatro, cinco… inspiro y espiro…

Seis, siete…

Parece que funciona, parece que ya no tiemblo, que mi corazón va más despacio y que ese elefante sentado en mi pecho ya se ha levantado.

Me quedo quieto.

Ahora que ya estoy más tranquilo empiezo a distinguir varios sonidos: pasos que se oyen lejos, muy lentos… como de cuerpos que van arrastrando los pies; voces, susurros, palabras que no entiendo; sonidos extraños, como de gente llorando en voz baja, como si se quejaran con la boca tapada; y de vez en cuando el silencio, y de vez en cuando algún grito… y mil sonidos más.

Ah, y entre todos esos sonidos hay uno mío, digo mío porque está dentro de mi cabeza. Es como un pitido fuerte, tan fuerte que a veces parece como si una aguja me atravesara de lado a lado los oídos. Viene y va durante todo el día, pero cuando más me molesta es por las noches, cuando todo está en silencio.

Uno, dos, tres… inspiro y…

Y dejo de contar, creo que ya lo he conseguido.

Por eso, ahora que ya estoy más tranquilo, que ya sé dónde estoy, comienzo a moverme, y ahí es cuando llega el dolor.

Muevo los dedos, abro y cierro lentamente las manos, primero la izquierda, después la derecha, después las dos a la vez. Intento mover el cuello y eso duele, duele mucho, pero lo sigo intentando, giro poco a poco la cabeza a los dos lados.

Continúo.

Empiezo a mover también las piernas, primero la izquierda y después la derecha…

Y es ahí, al intentar doblar mi pierna derecha, cuando me doy cuenta de que una mano me está apretando el muslo.

Me asusto de nuevo.

Me pongo a temblar.

Vuelve otra vez el elefante.

Uno, dos, tres… inspiro y espiro,

Cuatro, cinco, seis… inspiro y espiro.

Siete, ocho, nueve…

Vuelvo a poner mi pierna recta, pero la mano no me suelta.

Intento recordar lo que está pasando, por qué esa mano está ahí, por qué escucho ese pitido tan fuerte, por qué estoy en esta cama, por qué a veces me da la sensación de que estoy bajo el agua, ahogándome…

Busco con la mirada el pequeño reloj que está en la pared de enfrente, de esos que tienen números que pueden verse en la oscuridad: las 02:14, más o menos como las últimas noches. Parece que, a pesar de las pastillas, no soy capaz de dormir más de tres o cuatro horas seguidas.

Pero bueno, las cosas han ido mejorando: ya no grito al despertarme, ya no lloro de dolor al moverme y cada vez tardo menos en acordarme de dónde estoy. Ah, y lo más importante de todo, la gente ya puede verme.

Creo que desde que pasó el accidente ya no puedo ser invisible, quizá el golpe me ha cambiado por dentro o es que los poderes igual que vienen se van. Llevo cinco días aquí y aún no he podido conseguirlo.

Voy a intentar dormir un poco, aunque sea una hora, porque una hora también vale.

Cierro los ojos.

Cuento del uno al diez.

Respiro lentamente.

La mano sigue ahí, agarrándome la pierna.

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