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El rostro con una cicatriz en la ceja
Son también las 06:46 en la habitación de un piso situado en el centro de la ciudad. Allí, sobre la cama, hay otro cuerpo al que le cuesta dormir casi tanto como le cuesta estar despierto. Remordimientos.
Se levanta, se acerca al baño en silencio y se mira el rostro en el espejo. Mira su ceja derecha, esa que tiene una pequeña cicatriz, se la toca con los dedos y recuerda cómo se la hizo: hace ya muchos años, en un parque, dos bicis, una carrera.
Y mientras recuerda aquel momento sus ojos comienzan a humedecerse porque desde hace ya varios meses esa pequeña marca en su rostro es lo único que les une.
Sale del baño y vuelve de nuevo a la cama.
Lleva ya cinco días dudando entre si decir algo o callar como lo ha hecho hasta ahora, sin saber si ha sido un cobarde o solo un superviviente.
Él sí fue a verlo al hospital, pero apenas hablaron. Fue una situación muy incómoda, como reencontrarse con alguien del que no sabes si te has despedido, muy raro.
Después de tantos años siendo amigos, de pronto, al verse frente a frente no supieron cómo mirarse, los cuerpos eran los mismos pero las palabras ya no se encontraban.
—Hola —le dijo nada más verlo, intentando disimular el impacto que le produjo aquella cabeza sin pelo, las heridas en la cara y la sonda en su brazo.
—Hola —le contestó.
—¿Cómo estás? —le preguntó de nuevo, como quien comenta que el cielo está lejos, que la nieve es blanca o que hace frío en invierno.
—Bueno, un poco mejor…
—Toma, te he traído esto. —Y el cuerpo de la cicatriz en la ceja le dio un paquete.
—Gracias —le respondió mientras lo abría…
Y creció tanto el silencio que durante unos minutos solo se escuchaba el papel de regalo al arrugarse entre las manos. Un silencio incómodo, de esos que todo el mundo desea que acaben pero que nadie sabe cómo romper.
—¿Creo que esos no los tenías? —dijo por fin el cuerpo de la cicatriz en la ceja.
—No, no los tengo, muchas gracias —le mintió mientras observaba el contenido del paquete.
Miro de nuevo esa mano, una mano que no ha dejado de agarrarme durante las cinco noches que llevo aquí.
Creo que lo hace porque aún tiene miedo de que, de un momento a otro, me vuelva otra vez invisible y no sepa encontrarme. Creo que así, manteniendo su mano agarrada a mi pierna, al menos me tiene localizado.
Una mano que yo también necesito, por eso, cada noche, cuando la noto, al principio me asusto, pero después comprendo que me hace falta. Necesito saber que si vuelvo a desaparecer al menos alguien sabrá dónde estoy.
Saco mi mano y la pongo sobre la suya, y noto su piel caliente, y la aprieto, y siento los latidos de su corazón en sus dedos… Y le digo en voz baja algo que jamás me atrevería a decirle si ella estuviera despierta: «Mamá, te quiero».