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INVISIBLE » La chica de las cien pulseras

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La chica de las cien pulseras

Una chica con demasiadas pulseras en su mano se ha levantado de la cama, ha recogido el móvil del suelo y se ha limpiado las lágrimas con la manga del pijama.

Arrastrando los pies se dirige a la habitación de sus padres para decirles que ya está preparada, aunque en realidad no lo está.

Va descalza por un pasillo frío, abre lentamente la puerta y observa dos cuerpos que duermen mirando hacia lugares contrarios. Se acerca a la parte de la cama donde está su madre, la más cercana a la puerta, y se queda mirando su respiración: el bajar y subir de su pecho, el pequeño sonido que hace el aire al salir de su boca entreabierta…

Justo en ese instante suena el despertador y ella da un pequeño salto. Por un momento se pone nerviosa y no sabe qué hacer: si salir corriendo, si despertarla…

—Cariño, ¿qué haces aquí? ¿Ha pasado algo? —la sorprende su madre que se incorpora rápidamente.

—Hoy —le contesta ella.

Silencio.

—¿Estás segura? —le pregunta mientras saca los brazos fuera de las sábanas invitándola a meterse en la cama.

—Sí, ya estoy preparada.

—Pues entonces será hoy.

Su madre se echa hacia un lado y deja un hueco para que chica y pulseras se acuesten junto a ella. Sabe que su hija no está preparada, en realidad ninguna de las dos lo está, aun así, será hoy.

Hoy.

Y de pronto su mano deja de agarrarme la pierna.

La miro y observo cómo intenta disimular un bostezo; cómo abre los ojos, me mira y sonríe.

—¡Hola, cariño! —me dice mientras me da un beso en la frente que parece no acabar nunca—. ¿Cómo has dormido hoy?

—Mejor, creo que no me he despertado en toda la noche —le miento.

Y veo que esa mentira la hace sonreír, y me abraza.

—Bueno, pues nada, un día menos —me dice mientras se levanta con esfuerzo.

Se oyen ya los carritos que traerán el desayuno, se oyen risas, también alguien que llora, conversaciones en la habitación de al lado… Todo vuelve a empezar. Pronto, muy pronto, porque aquí todo se hace pronto. Se desayuna pronto, se come pronto, se cena pronto… pero la noche se hace larga, muy larga.

Mi madre, como todas las mañanas, me acompaña al baño y eso es algo que me da mucha vergüenza. Ella se espera fuera, claro, y yo dentro, pero la puerta se queda medio abierta para que la sonda que conecta mi brazo al aparato no se rompa.

Y si solo fuera mear, bueno, pero cuando me toca hacer lo otro… entonces sí que me da vergüenza que se quede la puerta medio abierta. Sobre todo cuando tengo gases, que es casi siempre por la medicación que estoy tomando.

—¡Lávate bien la cara! ¡Ponte guapo que hoy va a venir la visita! —me grita desde fuera.

La visita, es verdad, no me acordaba.

Una visita tan incómoda que mi madre ni siquiera se atreve a decir el nombre real de quien me visita.

Una visita que no necesito ni he pedido ni quiero.

La maldita visita.

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