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El chico de la cicatriz en la ceja
—¿Creo que esos no los tenías? —dijo por fin el chico de la cicatriz en la ceja.
—No, no los tengo, muchas gracias —le mintió su amigo mientras observaba el contenido del paquete: unos seis o siete cómics.
Y esa fue toda la conversación de dos amigos que apenas unos meses antes podían pasarse horas y horas hablando.
A partir de ahí se instaló un silencio que los padres de ambos se encargaron de llenar con frases de ascensor: «Bueno, pues parece que ya está mucho mejor», «Sí, ya está mejor», «Seguro que te recuperas muy pronto», «Tú eres muy fuerte»…
Fueron más de diez minutos de conversación incómoda, de silencios que se hacían eternos y de ojos que no encontraban a quién mirar.
—Bueno, nos vamos ya… que te pongas bueno muy pronto —dijo la madre del niño con la cicatriz en la ceja, una madre que tiene muchas ganas de irse de allí temiendo que en cualquier momento pueda comenzar una conversación sobre un tema del que no quiere hablar.
—Gracias, gracias por venir —contestó la madre del niño exinvisible.
Nadie preguntó qué había ocurrido, nadie habló del accidente, como si de un día para otro aquel chico hubiera pasado de la cama de su casa a la del hospital de un simple salto, como si todo hubiera sucedido de la forma más natural.
Nadie habló de eso.
Unos padres porque, sospechándolo, pudieron haber hecho más de lo que hicieron; los otros porque no hicieron nada para saberlo.
Un niño porque hizo lo posible para no ver lo que ocurría, el otro porque sabe que cuando uno quiere ser invisible después no puede culpar a nadie por no verle.