Invisible

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La visita

No, no se me había olvidado, cómo se me iba a olvidar esa visita.

Ayer por la noche, después de cenar, mis padres comenzaron una de esas conversaciones incómodas, complicadas… Estaban nerviosos, sobre todo mi padre que es quien empezó a hablar.

—Verás —me decía sin mirarme directamente a los ojos—, mañana vendrá a verte un médico… especial.

—¿Otro? —contesté yo.

—Sí, otro, pero ya no será por lo de las heridas en la cara, ni por lo del golpe en la cabeza, ni por lo de la pérdida de memoria, eso parece que ya está más o menos controlado.

—¿Y entonces? —pregunté confundido.

—Bueno, es alguien que cura otro tipo de heridas.

—¿Qué heridas?

—Las heridas de la mente.

—¿Un psicólogo? —pregunté.

—Sí, un psicólogo —confesó.

—Pero, papá, mamá… —y les miré confundido—, yo no estoy loco —les dije nervioso.

—No, cariño, tú no estás loco —me contestó mi madre mientras mantenía su mano aferrada a la mía—. Los psicólogos ayudan a la gente que lo ha pasado mal. Lo más importante es que le cuentes todo lo que quieras, no tengas miedo, puedes contarle cualquier cosa.

—¿Cualquier cosa?

—Todo lo que quieras contarle —volvió a decirme.

—¿Y si no quiero contarle nada?

—Va… no seas así, es por tu bien.

—¿Lo de mis poderes?

—Tú cuéntale lo que quieras.

Y su última respuesta no me gustó: cuéntale lo que quieras… y le faltó añadir: aunque no se crea ni una palabra de lo que le dices, aunque piense que estás loco.

Y así acabó una conversación incómoda, ya no hablamos más del tema. Y ahora, en menos de una hora, ese «médico especial» vendrá a verme.

Estoy nervioso, bastante. No sé qué querrá saber, no sé qué preguntas va a hacerme y no sé si voy a contestarle.

Porque a veces decir la verdad no es la mejor opción. Sobre todo si esa verdad es tan increíble que puede parecer mentira.

Así que voy a mentir, bueno, no voy a mentir, pero no voy a contarle nada de lo que me ha pasado. No voy a decirle que todos mis poderes comenzaron el día que me convertí en avispa. No voy a contarle que puedo respirar bajo el agua tanto tiempo como quiera, ni que soy capaz de correr tan rápido que en algunos momentos la gente solo es capaz de notar viento cuando paso por su lado; tampoco voy a contarle que tengo una especie de caparazón en la espalda —como las tortugas ninja— que me protege de los golpes, ni que puedo anticiparme a los movimientos de la gente o ver perfectamente en la oscuridad… porque seguro que no me cree, y además piensa que estoy loco.

Creo que lo mejor que puedo hacer es simular que soy alguien normal, muy normal.

Tampoco voy a hablarle de mi capacidad para detectar monstruos, de que puedo sentirlos aunque se escondan detrás de las puertas, o bajo las mesas, o dentro de los coches…

Y por supuesto, no voy a contarle mi gran poder, el que me ha traído hasta aquí, no voy a contarle que tras mucho entrenamiento un día conseguí hacerme invisible, aunque quizá eso ya lo sabe por las noticias.

Llaman a la puerta.

Seguro que es él.

No tengo ni idea de qué contarle.

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