Invisible
INVISIBLE » El niño de los nueve dedos y medio
Página 11 de 31
El niño de los nueve dedos y medio
Mientras un niño exinvisible recibe la visita de una psicóloga, en una habitación de un piso situado en las afueras de la ciudad, un niño con nueve dedos y medio se mantiene tumbado en su cama.
Piensa ahora en todo lo que no ha pensado durante los últimos meses, piensa en las consecuencias, comienza a sospechar que los actos también tienen parte trasera.
Está asustado como nunca lo ha estado en su vida, pero no lo admitirá, su fortaleza será fingir todo lo contrario: que a él no le importa nada, pero sí le importa.
Lleva horas mirando el techo, como si ahí, entre la pintura blanca pudiera encontrar la solución a todo lo que ha ocurrido.
Se sienta sobre la cama, abre sus manos y se mira todos los dedos. Es una manía que tiene desde hace muchos años, algo que solo hace en la intimidad. Jamás se le ocurriría abrir las manos de esa manera en el instituto, delante de los demás. Los nueve completos y uno al que le falta la mitad.
Sí suele presumir, en cambio, de la cicatriz que tiene en el pecho, justo sobre el corazón. Es grande pero no le importa, piensa que le da un aspecto más duro. Quizá, en unos años, la decore con un tatuaje.
—No, nada, nada. Pues eso, que soy normal —he continuado—, como los demás normales. No soy ni tan alto como el Jirafa, ni tan bajo como Raúl el Hobbit, ni tan gordo como Nacho Hormigón, ni tan flaco como Pedro el Fideo… vamos, pues normal.
Y creo que he estado por lo menos veinte minutos intentando explicarle lo normal que soy comparado con mis compañeros de instituto.
Pero es cierto, hasta hace unos meses, siempre me había considerado normal. De hecho, cualquiera que me observe durante un buen rato no será capaz de detectar ningún rasgo en mí que llame la atención.
Por ejemplo, no llevo gafas, tengo una vista casi perfecta, soy capaz de ver hasta las letras más pequeñas en la pizarra desde cualquier punto de la clase. De hecho, desde que ocurrió lo del avispero, me he dado cuenta de que tengo mejor vista que el resto de las personas, puedo ver desde lejos cosas que nadie más ve, incluso puedo ver en la oscuridad, tengo también ese poder… pero esto no se lo he dicho.
Tampoco llevo ninguno de esos aparatos de hierro en los dientes, ni de los pequeños ni de esos tan grandes como el de Willy Wonka cuando era niño. Es cierto que tengo las dos palas delanteras un poco grandes, y un poco torcidas también, la izquierda se va hacia la derecha y la derecha se va un poco hacia la izquierda, pero casi no se nota, y con la boca cerrada, menos. Bueno, con la boca cerrada solo lo noto yo cuando se me queda un trozo de comida entre palas y me paso minutos moviéndolo con la lengua hasta que consigo sacarlo.
Soy normal, muy normal, por eso nunca pensé que a mí me ocurriría lo que me ha ocurrido, que de pronto alguien tan normal como yo se convirtiera en alguien tan… especial. Soy bastante normal en casi todo, y digo en casi todo porque sí que tengo un defecto, pero eso no se lo he dicho a ella, claro.
Es un defecto extraño porque yo no sabía que lo tenía… Bueno, sí que sabía que lo tenía, pero no sabía que era un defecto. Pero parece ser que sí, que es un defecto y depende de en qué lugares, un gran defecto.
No se ve a simple vista, podrías pasar un rato conmigo y no te darías cuenta de nada, o incluso una tarde entera, bueno, ahí a lo mejor sí que lo notabas o no, no sé. Aunque me he dado cuenta de que es un defecto que afecta a muchos aspectos de mi vida: a mi forma de hablar, a mi forma de escribir, a mi forma de comunicarme con los demás… Un defecto que me ha llevado hasta la cama de este hospital.