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INVISIBLE » La niña de las cien pulseras

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La niña de las cien pulseras

Las pulseras no paran de moverse en su brazo.

Está sentada en el sofá, mirando —sin ver— la hora en el móvil, haciendo como que observa la tele, pero en realidad su mente está en otro sitio.

No sabe aún qué va a decirle, lo único que sabe es que hoy quiere ir a verle, aunque se muera de miedo, aunque le tiemble todo el cuerpo cuando entre en la habitación, aunque las palabras no salgan por su boca, aunque su corazón le explote…, pero tiene que verle, no puede estar más tiempo así, encerrada en su casa y menos aún, encerrada en su mente.

Ahora él ya es visible, y ha estado a punto de no serlo para siempre. Es esa la razón por la que le han entrado de nuevo las prisas, ¿y si vuelve a desaparecer y no puede decirle todo lo que lleva dentro?

Mira otra vez el móvil.

Ya quedan menos horas, será esta tarde.

Vuelve a mirar todas esas fotos en las que están juntos sin saber que lo estaban, y es ahora, cuando ha estado a punto de perderlo, cuando se da cuenta, al observar mejor las imágenes, que sus miradas —y también sus sonrisas— se cruzaban en todas las fotografías.

Se toca el bolsillo del pantalón para asegurarse de que ha cogido la carta que lleva varios días escribiendo. Lo que no sabe es si será capaz de dársela.

Está nerviosa.

Mucho.

Y no está preparada, pero claro, eso ella no lo sabe.

Tampoco le he hablado de mi capacidad para ser invisible. Aunque eso igual ya lo sabe porque como he salido en las noticias ya todo el mundo me conoce, bueno, conocen la historia ya que por el tema ese de la protección de menores no pueden ver mi cara.

Y ya está, no hemos hablado nada más, me ha dicho que hoy solo era para conocernos, que mañana seguiremos, que tenemos muchos días para hablar y que incluso después, cuando deje el hospital tendremos que seguir hablando.

No sé si me apetece hablar tanto y menos con alguien que no conozco, y menos con una chica, y menos con una chica que es tan guapa. Sobre todo porque es una psicóloga, y yo no estoy loco.

Se ha levantado, me ha dicho hasta mañana y me ha dado un beso en la mejilla.

Y en cuanto ha salido por la puerta me han entrado muchas ganas de llorar.

He oído a mis padres hablando con la psicóloga fuera, aunque no he entendido muy bien lo que decían. Creo que hablaban en voz baja para que no me enterase de nada. Aun así sé que han dicho muchas veces la palabra tiempo. Tiempo, tiempo, tiempo…

Se han despedido y se ha abierto la puerta.

Mi madre se ha acercado a mí y, al ver mis ojos, me ha abrazado. No me ha preguntado nada, solo me ha abrazado.

Ellos no entienden muy bien lo que ha pasado. Desde el primer momento lo han tratado todo como un accidente y yo les he seguido el juego. He aprovechado las pérdidas de memoria que tuve al principio para simular que no me acuerdo de muchas cosas. Pero sí que me acuerdo, me acuerdo perfectamente de todo lo que pasó antes del accidente.

Ellos no se atreven a preguntar y por eso han llamado a la psicóloga. Soy pequeño pero no soy tonto.

El problema es que tengo dentro de mí una sensación que no me gusta, como si me hubiese tragado un erizo que cada vez crece más y más, que me recorre el cuerpo entero, desde los pies a la cabeza. Un erizo que me hace daño en el estómago cada vez que me digo una mentira o cada vez que escondo alguna verdad.

Y ya no puedo más, ya no puedo seguir así.

Pienso tanto en aquel día… y aún no entiendo muy bien por qué justamente en ese momento dejé de ser invisible. ¿La lluvia?, podría ser, pero…

Hace ya varios días que un padre y una madre se hacen la misma pregunta: ¿Qué ocurrió en realidad? Saben una versión, la oficial, la que dicen a todo aquel que pregunta, la que han contado a los familiares, a los amigos, a los periodistas… una versión de la que ellos mismos dudan pero que se obligan a creer: fue un accidente, pero afortunadamente todo ha salido bien.

Pero ¿y esas marcas en la espalda? No tienen sentido, no coinciden con el accidente, son demasiadas y, lo más importante, no son recientes.

No se atreven a preguntarle nada aún, no saben muy bien cómo sacar el tema, quizá porque no están preparados para la respuesta. Por eso les han aconsejado que lo dejen en manos de la psicóloga para que sea ella la que intente averiguar la verdad.

Hoy he comido lo de siempre, comida que no sabe a nada, comida de hospital.

Y después de comer ha llegado ese momento en el que todo se queda en silencio. Es el momento del descanso, sobre todo para mi madre, que apenas duerme por las noches. Ella dice que es porque la butaca es muy incómoda, pero yo creo que es por otras cosas, pues no para de hablar en sueños, de moverse, incluso el otro día vi cómo lloraba durmiendo. Creo que también se le han metido monstruos en el pecho, como a mí, y tampoco sabe cómo sacarlos.

Mientras ella ha estado durmiendo yo he cogido los cómics que me regaló mi amigo el otro día y, aunque ya los tengo casi todos, he vuelto a leerlos. Me encantan las historias de superhéroes, siempre he soñado con ser uno de ellos, siempre he querido tener algún superpoder… y mira por dónde al final he conseguido tener unos cuantos.

Y así, mi madre durmiendo a mi lado y yo leyendo, ha ido pasando la tarde hasta que, de pronto, alguien ha llamado a la puerta. Nos ha despertado a los dos, a ella de su sueño y a mí de mis aventuras en el cielo.

Se ha abierto la puerta, lentamente, y ha entrado ella: la persona que me ha salvado la vida.

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