Invisible
INVISIBLE » Luna
Página 13 de 31
Luna
Luna ha entrado de la única forma que sabe hacerlo: corriendo.
Ha frenado justo antes de chocar con la cama. Ha estado a punto de tirar el gotero y de arrancarme la aguja que tengo clavada en el brazo.
Mi madre la ha cogido en brazos y la ha puesto junto a mí en la cama. Se ha quedado mirándome de forma extraña, como si no me reconociera, aunque con este pijama, la cabeza sin pelo, la cara así… pues lo entiendo.
Luna es mi hermana pequeña, acaba de cumplir seis años y es la persona que mejor me conoce, aunque ella no lo sepa. Es también la única persona que siempre, siempre, ha podido verme.
Es curioso porque durante los últimos meses he sido capaz de volverme invisible delante de todo el mundo, pero nunca delante de ella. Muchas veces practicaba en casa mi poder y era capaz de volverme invisible en el sofá, o en la cocina, o bajando las escaleras… y todo iba bien hasta que aparecía ella. En ese momento mi poder desaparecía, siempre era capaz de encontrarme. Me miraba directamente, me sonreía y venía corriendo hacia mí.
Ella es, además, la única persona que sabe todo lo que ha ocurrido desde el primer día. Quizá por eso, el día del accidente fue la única que vino a ayudarme, fue la única que consiguió salvarme. Aunque claro, con seis años, eso ella tampoco lo sabe.
—¿Estás malito? —me ha preguntado abriendo un montón los ojos.
—Sí, pero ya ha pasado —le he contestado mientras le cogía su pequeña mano.
Y sin abrir la boca, hablando por dentro, le he dicho: gracias. En ese momento me han entrado muchas ganas de llorar, de contarlo todo, de contarle a mamá nuestro secreto.
Es la primera vez que Luna ha venido a verme desde que estoy aquí y eso para mí es muy importante. Mi madre me ha explicado que no es bueno que los niños pequeños vayan a los hospitales, pues pueden coger cualquier virus y que por eso Luna no va a venir tanto como yo quisiera.
Luna y yo hemos estado jugando durante un rato: le he enseñado a subir y bajar la cama con el mando, le he dibujado un corazón de boli en su mano, ha estado mirando las ilustraciones de mis cómics… pero la visita ha durado muy poco, después de una hora más o menos mi padre ha dicho que ya tenían que irse. Y justo en ese momento me ha dicho algo de lo que ya no me acordaba.
—He perdido mi ovejita…
—¿La de las manchas negras en las patas?
—Sí, esa.
—No te preocupes, yo sé dónde está —le he contestado en voz baja.
—¡¿Sí?! —ha gritado.
—Sí, en cuanto salga de aquí iremos a buscarla —y en ese momento he mirado a mi madre, y ella me ha mirado a mí. Y me he dado cuenta de que estaba a punto de llorar.
—Bueno, ya es tarde, nos tenemos que ir —ha interrumpido mi padre.
Y Luna me ha dado un beso, mi padre me ha dado un beso y mi madre se ha comido a besos a Luna. Y de pronto, mi padre le ha dado también un beso a mi madre y eso es raro porque en casa nunca lo hacen, creo que desde que estoy en el hospital se están queriendo más que en toda la vida.
Mi padre y mi hermana se han ido. Me ha dicho mi madre que durante estos días está durmiendo en casa de mis abuelos.
No hace falta que me lo expliquen, pero sé que la vida de mis padres es ahora un poco más complicada por mi culpa. Uno de los dos siempre está aquí: mi madre. Y mi padre no hace más que ir y venir: del trabajo al hospital, del hospital a casa, de casa a casa de mis abuelos, de casa de mis abuelos al hospital, del hospital al trabajo…
En cuanto mi padre y Luna se han ido, mi madre se ha ido al baño.
Ha salido al rato, me ha dado un beso y se ha vuelto a sentar en la butaca. Ha encendido el televisor y se ha puesto a ver la tele, uno de esos programas que solo hacen que gritarse; y yo me he puesto a leer cómics, de esos en los que los protagonistas no paran de pegarse.
La verdad es que los días se pasan muy lentos, cada día es lo mismo. Pruebas, resultados y a esperar al día siguiente para más pruebas.
La tarde estaba muy tranquila, de vez en cuando se abría la puerta y entraba alguna enfermera para ver si necesitaba algo, para ver cómo iba el gotero o simplemente para saludarme, pues ahora soy famoso.
Pero de pronto todo ha cambiado.
He oído que llegaba un mensaje al móvil de mi madre. Un mensaje más, he pensado, de algún familiar, amigo o algún periodista. Pero al ver su cara me he dado cuenta de que algo raro ocurría.
—¿Qué pasa, mamá? —le he preguntado.
—Nada, nada —me ha contestado sin mirarme mientras respondía el mensaje.
He notado que le temblaban los dedos mientras tecleaba en la pantalla del móvil.
—Mamá, ¿qué pasa?
Pero, en lugar de contestarme, mi madre se ha metido el móvil en el bolsillo, se ha puesto frente a mí y me ha dicho que me sentara en la cama. Me ha abrochado el pijama de hospital, me ha subido la almohada y ha colocado como ha podido las sábanas.
—¿Qué pasa? —he vuelto a insistir.
—Espera un momento, espera un momento aquí, ahora vuelvo. —Y se ha levantado corriendo, nerviosa.
Y se ha ido.
Y yo me he quedado asustado. ¿Qué podía pasar? ¿De quién podía ser ese mensaje? ¿Quizá otra vez de la policía?
He dejado el cómic sobre la cama y he mirado hacia la puerta.
Y de pronto he oído pasos.
Se ha abierto la puerta.
Y me he quedado mudo.