Invisible

Invisible


INVISIBLE » ¿Y yo?

Página 15 de 31

¿Y yo?

Y por fin la chica de las cien pulseras ha hecho la pregunta que llevaba tantos días escondida en su cabeza. Han sido solo dos palabras, pero suficientes para remover todo un mundo, al menos el suyo.

¿Y yo?

Una pregunta que nace desde esa parte del amor que a veces se mancha de odio. Una pregunta que llega cuando alguna de esas mariposas que revolotean en el estómago deja de hacerlo.

¿Y yo?

Se pregunta una chica que lleva demasiado tiempo en el otro lado del espejo, en ese desde el que puedes ver sin ser visto, desde el que puedes sentir dolor sin que nadie te ponga un dedo encima, desde el que puedes odiar tanto a alguien que te gustaría matarlo a besos.

¿Y yo?

Una pregunta que, inevitablemente, siempre implica un nosotros.

—¡Gilipollas! ¡Maldito gilipollas! —ha empezado a gritar apretando aún más los puños.

Me ha agarrado de los hombros y ha comenzado a moverme mientras me miraba de una forma tan fuerte que he tenido que cerrar los ojos.

—¡¿Por qué? ¿Estás loco? ¿Es eso? ¿Estás loco?! —ha continuado gritando, cada vez más fuerte—. ¿Eres un puto pirado?

Yo me he quedado inmóvil, sin saber qué hacer, sin saber qué decir, sin saber nada.

—¡Gilipollas, gilipollas de mierda! —ha continuado gritando sin soltarme, apretándome con tanta fuerza que notaba cómo sus uñas se me clavaban a través del pijama.

»¡Idiota, maldito idiota, gilipollas, puto pirado de mierda! —Y de pronto, como si toda la fuerza que tenía se le hubiera acabado de golpe, me ha soltado.

Le ha dado un puñetazo a la cama, se ha limpiado las lágrimas con las manos y se ha ido corriendo de la habitación con un portazo.

He oído gritos fuera, no sé muy bien lo que estaba pasando pero en ese momento me hubiera gustado hacerme invisible de nuevo. Y lo he intentado, he hecho lo mismo que hacía cada vez que quería desaparecer: me he concentrado, he cerrado los ojos con tanta fuerza como he podido, he encogido mi cuerpo… pero nada, desde el accidente ya no soy capaz de hacerlo. Quizá es la maldita medicación… no lo sé, pero ya no puedo.

Al momento ha entrado mi madre.

—¿Qué ha pasado? —me ha preguntado nerviosa.

—No lo sé, no lo sé —le he mentido.

—¡Va, cuéntame! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué se ha puesto así?

—De verdad que no lo sé, mamá —le he vuelto a mentir.

—Escucha, no me vengas con tonterías —me ha insistido.

—¡Déjame! —le he gritado.

Me ha mirado con rabia y ha salido de nuevo de la habitación.

Y me he sentido fatal.

Nunca suelo gritar a nadie, y menos a mi madre. Y menos a la persona que se pasa las horas sentada en esta mierda de butaca, a la persona que me agarra la pierna por las noches, a la que me ha cambiado cada vez que, por culpa de la medicación, me he meado encima… a ella, le he gritado a ella.

Y yo ya no puedo más, solo tengo ganas de llorar, solo quiero contarlo todo, decir que soy tan cobarde… Y ha empezado de nuevo ese pitido, fuerte, muy fuerte, y esta vez me ha pillado solo en la habitación. He intentado aguantar en silencio pero ha sido imposible, he comenzado a gritar, a gritar mucho, a llorar de dolor… era tan fuerte que me dolían hasta los ojos.

Y ha entrado mi madre de nuevo, corriendo. Y al verme así ha salido al pasillo para llamar a la enfermera.

Y ha vuelto para sentarse junto a mí.

Y me ha abrazado.

Y yo he continuado gritando.

Y he oído que entraba gente en la habitación.

Y unas pastillas en mi boca.

Y un pinchazo en el brazo.

Y el abrazo de mi madre.

Y un elefante, y otro, y otro, y otro… y mil elefantes golpeando mi pecho con sus patas.

Y tal como han venido, se han ido.

Y ha comenzado a desaparecer la habitación.

Y el ruido.

Y el dolor.

Todo.

Ir a la siguiente página

Report Page