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El niño de la cicatriz en la ceja

Y mientras un chico exinvisible se ha quedado dormido gracias a la medicación, otro está pensando en cómo habrá ido la visita de Kiri. ¿Habrá dicho algo?

Se acribilla a preguntas que no le conducen a nada, preguntas que ni siquiera le sirven para intentar evadir su verdad, su sentimiento de culpa.

Piensa en todos los momentos que el chico invisible y él han pasado juntos. Se toca la pequeña cicatriz de la ceja y recuerda aquella carrera.

Había pasado sin piedad el invierno sobre dos bicis antiguas —las del abuelo— que descansaban en un viejo trastero, a la espera de que llegara algún verano que les diera vida de nuevo. Tras limpiar el óxido y polvo acumulado durante años, tras inflarles las ruedas y recolocar los sillines…

—¿Has cogido alguna vez una de estas? —le preguntó.

—No, nunca, ¡qué grandes son!

—Sí, gigantes, y no tienen marchas, ¿eh?

—Nada, parecen dos hierros.

—¿Una carrera?

—¿Con estas?

—Claro, venga.

Y los dos amigos se fueron a una gran explanada cercana, en el pueblo. Se colocaron y a la de tres comenzó una carrera cuyo inicio era la casa y cuya meta una valla.

—¡Una, dos y tres!

Los dos niños pedalearon todo lo fuerte que pudieron sobre dos bicicletas antiguas. No había vencedor claro, ambos iban a llegar prácticamente igual a la meta. El único problema es que a ninguno de los dos se les había ocurrido revisar los frenos: en una bici aún funcionaban; en la otra, no.

Por eso, cuando Zaro apretó el freno se dio cuenta de que aquello estaba muerto, la palanca estaba flácida, sin fuerza.

La valla estaba cada vez más cerca. Nervioso, puso bruscamente los pies en el suelo y ese contraste de velocidades hizo que la bicicleta se descontrolara y ambos —bici y niño— cayeran al suelo.

Resultado: arañazos en manos, codos, rodillas y un gran golpe sobre su ojo derecho, en la ceja.

Hospital, puntos, un recuerdo en forma de cicatriz y una anécdota de la que se iban a reír durante años.

Ahora, en cambio, no es él quien se ha caído, sino su amigo, y el problema es que sus heridas son más complicadas de ver, porque son de las que van por dentro, de las que nunca se sabe si se van a curar con el tiempo.

Y no es esa la única diferencia entre el ahora y el entonces. Porque en ese entonces, en cuanto él se cayó de la bici, su amigo fue corriendo a ayudarle: lo levantó, lo apoyó sobre su hombro para llevarlo a casa, avisó a sus padres… justamente nada de lo que él ha hecho en el ahora.

Ahora se ha quedado al margen, dejando que su amigo siga en el suelo, día tras día.

Llega la noche sobre un chico que sigue durmiendo en el interior de un hospital donde ya solo hay silencio.

Llega también la noche sobre un padre que ha salido corriendo del trabajo en cuanto le han dicho que su hijo ha tenido otro ataque de pánico. Un padre que se da cuenta de que lo está viendo más esta semana que en toda su vida: trabajo. Un padre que se está dando cuenta de que para educar a un hijo es necesario estar con él.

Y es ese mismo padre el que, por esta noche, ha relevado a su mujer, el que se intenta acomodar ahora en la butaca de la habitación del hospital, el que recuerda con dolor una conversación que tuvo con su hijo en esa misma cama, justo hace dos días:

—¿Hoy tampoco trabajas, papá?

—No, hoy no, me han dado permiso para poder estar contigo aquí, cuidándote.

—¿Y no pueden darte esos permisos cuando estoy bien, cuando no estoy enfermo, para que podamos pasar más tiempo juntos?

Y fue ahí cuando comenzó a dolerle el corazón. Esa noche intentó recordar las veces que él había estado en casa entre semana: cuando cogió aquella gripe tan fuerte, cuando tuvo un accidente en la mano, cuando se murió el abuelo, el día libre que pidió para acudir al entierro de su suegra… pero nunca le habían dado permiso para celebrar la caída de un primer diente, para enseñar a un hijo a ir en bici, para pasar juntos el día de su cumpleaños, para bañarse en la playa… en definitiva, para las únicas cosas importantes de la vida jamás le habían dado permiso en el trabajo.

Y es esa misma noche la que llega sobre mil habitaciones más de la ciudad…

Sobre la habitación de una chica que ignora a cuántos besos de distancia está el odio; que se ha dado cuenta de que no estaba preparada para verlo; que está descubriendo que no existe el amor sin miedo.

Una chica que debe tener cuidado al juntar los restos de una desilusión porque ahora sabe que se puede cortar con ellos.

Sobre la habitación de un chico que no para de pensar en cómo habrá sido el encuentro entre Kiri y su amigo, en lo que se habrán dicho, en qué habrán sentido el uno por el otro al verse de nuevo. Porque en el fondo, a él también le gusta esa chica, aunque tampoco se atreva a decírselo.

Sobre la habitación de un chico con nueve dedos y medio que continúa pensando que no va a pasar nada, y aun así, cada vez que suena el teléfono de casa tiembla su cuerpo.

Me he despertado, otra vez este maldito pitido que me atraviesa la cabeza.

Miro el reloj, las 05.14.

Hoy es mi padre el que duerme acurrucado sobre la butaca que tengo aquí al lado. He estado un rato mirándole y me han entrado muchas ganas de abrazarle, de contárselo todo y acabar así con el erizo de una vez.

Al rato ha entrado Kiri en mis pensamientos. Nos conocemos desde pequeños, nacimos en el mismo año, en el mismo mes y casi en el mismo día, ella el 20 y yo el 19, de hecho, siempre hemos celebrado los años juntos, hasta compartíamos las velas de cumpleaños.

Kiri es igual de alta que yo, delgada, con el pelo tan largo que la mayoría de las veces lo lleva atado con trenzas. Suele vestir de una forma especial y lleva más de cien pulseras en una de sus muñecas.

Kiri fue una de las últimas personas que dejó de verme. Al principio desaparecía delante de ella como un juego, como una pequeña broma, sin darle importancia, pero poco a poco fui necesitando estar menos tiempo visible y así llegó el momento en el que ya no dejaba que me viera casi nunca.

¿Por qué lo hice? Pues porque ella me gusta, me gusta mucho. Hasta hace un tiempo no me había fijado en ella como me estoy fijando ahora, no había sentido esas hormigas corriendo por encima de mis brazos cada vez que me mira, cada vez que me sonríe…

Y claro, después de todo lo que me estaba pasando, preferí ser invisible a que viera en lo que me había convertido.

Desde el accidente no había sabido nada de ella, han venido muchas personas que apenas me importan, otras que ni siquiera sabía que existían, y en cambio ella aún no había pasado por aquí. Pensaba que no iba a venir nunca y en cambio, hoy… hoy ha estado aquí.

Hoy por fin ha podido verme, aunque no lo haya querido hacer.

Y un chico que no puede dejar de pensar en todo lo ocurrido sabe que al final va a tener que contárselo a alguien, de lo contrario ese pitido acabará rompiéndole la cabeza.

Quizá se lo cuente a ella, a la psicóloga, para que así pase todo ya. Porque él solo quiere que se le cure el brazo, que le crezca de nuevo el pelo, que le cicatricen las heridas, que se le vaya ese maldito pitido de la cabeza, que se marche el erizo, que no vengan más elefantes, que Kiri vuelva a hablarle, que todo sea como antes. Bueno, como antes no, como antes del antes.

Y así, pensando en tantas cosas se ha hecho de nuevo de día en el hospital.

Hoy la psicóloga vendrá pronto, a primera hora, justo después del desayuno, y entonces él lo contará todo, absolutamente todo… aunque en un principio no sirva para nada.

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