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El día
Ha sido un día extraño, al final todo me ha salido al revés. Ni se ha ido el erizo, ni el elefante, ni tampoco el pitido. Hoy había decidido contárselo todo, he estado toda la noche ensayando mentalmente cómo hacerlo: cómo empezar, qué contarle primero, cómo explicarle lo de mis poderes… Pero todo ha salido mal.
—¿Cómo estás? —me ha preguntado nada más entrar.
—Bueno, bien, pero… —Y me he quedado en silencio.
—¿Qué pasa? —me ha vuelto a preguntar mientras se acercaba a mí.
—Es que… —Y ahí me he derrumbado.
Me ha cogido la mano y me ha abrazado durante muchos minutos. He sentido su aliento en mi cabeza sin pelo, he notado cómo me abrazaba de verdad. Poco a poco se ha separado de mí…
—¿Quieres contarme algo? —me ha preguntado mientras me sujetaba la mano.
—Todo… —le he contestado.
—Para eso estoy.
Y he empezado a hablar.
—Todo empezó con los monstruos, bueno con el monstruo, con el primero… —le he dicho.
—¿Monstruos? —me ha preguntado abriendo mucho los ojos.
—Sí, monstruos, muchos, muchísimos, miles. Muchos de ellos siguen aquí, son los que me visitan por la noche y se me meten en el pecho, pues aunque ahora no los pueda ver los sigo sintiendo. No hace falta tenerlos delante para que te hagan daño, de hecho creo que siempre me han hecho más daño cuando no los he tenido delante que cuando sí estaban ahí.
—Pero…, tú sabes que los monstruos no existen, ¿verdad? —me ha dicho mientras me miraba.
—Claro que existen —le he contestado—. Vosotros, los adultos, nos decís que no existen para que no tengamos miedo, pero sabéis que existen, que están en todos lados. Lo que pasa es que no están debajo de la cama, ni en los armarios, ni detrás de la cortina.
—¿Ah, no? Y entonces, ¿dónde están? —me ha preguntado.
—Pues en muchos sitios: encima de los árboles, detrás de las puertas, caminando por la calle, dentro de los coches esperando que los niños salgan del colegio, sentados en las cafeterías frente al instituto… —Y he empezado a decirle los sitios donde yo los he visto. En realidad, los he visto por todas partes y lo peor de todo es que ellos también me han visto a mí, aunque después no hayan querido mirarme.
—¿Aquí también hay? —me ha preguntado.
—Sí, ha venido alguno a verme, bueno, han venido muchos, porque cualquiera puede ser hoy normal y mañana un monstruo, incluso tú misma —le he dicho—. Han venido por el día y han entrado por esa puerta, y otros vienen por las noches y se meten en mi cuerpo, esos son los peores porque no los puedo ver… Otras veces me cogen con sus manos invisibles y consiguen que mis brazos y mis piernas comiencen a temblar…
Ella ha lanzado un suspiro y ha anotado algo en una pequeña libreta.
—Sigue, sigue —me ha dicho.
—Hubo un primer día. Y a partir de aquel primer día, el primer día que vi al primer monstruo, fue cuando comenzó todo. Me obsesioné con buscar algún superpoder que me hiciera más fuerte, o más rápido, o más alto, o más grande, o incluso más pequeño, cualquier cosa me servía.
—¿Superpoderes? —ha vuelto a preguntarme mientras se quitaba las gafas y se frotaba los ojos.
—Sí, poderes que en realidad todos tenemos —le he dicho—, siempre hay personas que tienen alguno de los sentidos más desarrollados: por ejemplo, pueden tener una muy buena vista, un oído muy entrenado, un olfato como el de un perro… aunque eso son poderes pequeños comparados a los que yo he conseguido.
—¿Cómo los que tú has conseguido?
—Sí, muchos, pero todo empezó el día del avispero, aquello lo cambió todo.
Ahí nos hemos quedado los dos en silencio. Ella ha dejado la libreta sobre la mesa, se ha quitado las gafas y me ha mirado.
—¿Qué pasó ese día? —me ha preguntado.
—Me convertí en una avispa.
Mientras un chico exinvisible comienza a contar todo lo que se ha estado guardando hasta ese momento, en una habitación de un piso situado en las afueras de la ciudad, un niño con nueve dedos y medio se mantiene tumbado en su cama, nervioso.
No tiene ni idea de lo que estará pasando en el hospital, no sabe si estará diciendo la verdad o aprovechando lo ocurrido estará contando también alguna mentira.
¿La verdad?, se pregunta. ¿Qué verdad? ¿La que ocurrió? ¿La que pudo ocurrir cuando el último día él se acercó? ¿La que pensó en su cabeza? ¿La que sintió en su corazón? Qué fácil sería el mundo si solo hubiera una verdad.
¿Cómo arreglar el castillo de arena ajeno que tú mismo has destrozado? ¿Cómo regalar una flor sin arrancarla del suelo? ¿Cómo disfrutar de un bosque cuando primero pasó el fuego? ¿Cómo recuperar la piedra que has tirado al lago? De momento continúa su vida normal, nadie le ha dicho nada, pero sospecha que un día u otro recibirá una llamada. Y entonces tendrá que hablar.
—Pensé que si a Spiderman le había picado una araña y había tenido superpoderes, yo también podría tenerlos si me picaba otro insecto, por ejemplo una avispa.
—¿Y qué ocurrió?
—Fui capaz de convertirme en una, y además conseguí alejar a los monstruos, conseguí que me tuvieran miedo ellos a mí. A partir de aquel día comencé a tener poderes.
—¿Como cuáles?
—Por ejemplo, soy capaz de respirar debajo del agua todo el tiempo que quiera, de hecho creo que sería capaz de vivir bajo el agua si me apeteciera.
—Vaya… —y continuó apuntando algo en su cuaderno.
Nos quedamos los dos en silencio.
—Continúa, continúa… —me dijo.
—Bueno, también tengo otros poderes, puedo oír cualquier conversación desde muy lejos, puedo ver perfectamente en la oscuridad; soy capaz de ir mucho más rápido que el resto de las personas. Pero a pesar de todos esos poderes los monstruos seguían allí, se iban pero volvían de nuevo, así que decidí buscar un nuevo poder, uno tan grande que no pudieran hacerme nada. Y finalmente lo encontré.
—¿Cuál fue ese poder?
—Soy capaz de hacerme invisible.
—¿Invisible?…
—Sí, claro, ¿no lo has leído en las noticias? Todos hablan de ello.
—No, no lo he leído, pero sigue, cuéntame qué ocurrió, ¿cómo te hiciste invisible?
—Bueno, fue por casualidad, un día en el que había monstruos por todas partes, comencé a desear poder desaparecer de allí, me concentré, me acurruqué… y de pronto, cuando abrí los ojos me di cuenta de que los monstruos habían dejado de verme. Miraban a todos lados menos a donde yo estaba. Los tenía delante de mí, pero no me veían… Y se fueron sin saber que yo seguía allí. A partir de aquel día me he dedicado a mejorar mi técnica para poder desaparecer siempre que quiera.
En ese momento la psicóloga ha cerrado su libreta y la ha guardado en su bolso.
—¿Podrías hacerlo ahora? —me ha preguntado.
—¿El qué?
—Podrías hacerte invisible ahora mismo.
—Bueno, ahora mismo no, desde el accidente creo que he perdido la capacidad de hacerlo.
—Vaya… —me ha dicho mientras comenzaba a levantarse—. Bueno, creo que por hoy hemos terminado.
—¿Ya?
—Sí, ya.
—Pero… aún faltan muchas cosas, aún no te he contado nada de cuando volé con un dragón.
—¿Con un dragón?… Verás… —me ha dicho mientras se colocaba el bolso— prefiero que sigamos mañana, ahora mismo no sé qué pensar.
—¡Pero, es verdad, es verdad todo lo que te he dicho, todo es cierto! ¡De verdad! —le he gritado.
—Verás —me ha dicho mientras me cogía la mano—, sé que no estás loco, bueno, al menos eso creo. Todo lo que me has contado podría deberse al golpe que te diste en el accidente, podría ser también por todos esos cómics que me han dicho tus padres que lees, incluso podría ser porque… No lo sé, no sé por qué me has contado todo eso, pero hoy vamos a dejarlo aquí. Mañana volveré y seguimos hablando, ¿vale?
Me ha dado un beso, ha sujetado con fuerza su bolso y con un hasta mañana se ha ido.
No entiendo qué ha pasado, ¿por qué se ha ido así? No he podido hacerme invisible delante de ella porque desde que estoy aquí he perdido ese poder, pero eso no significa que todo lo que he vivido sea mentira.
Comprendo que algo así es difícil de creer, de hecho, al principio, cuando me pasó la primera vez yo también alucinaba.
Al principio el efecto solo duraba unos minutos, unos minutos en los que de pronto desaparecía, me volvía invisible. Pero poco a poco conseguí que el tiempo fuera aumentando, un día media hora, otro día cuarenta minutos, una hora… ¡A veces era capaz de que nadie me viera en horas!
También es verdad que nunca conseguí desaparecer durante un día entero, siempre había un momento en el que, de pronto, me volvía visible y alguien me veía.
El problema es que nunca he llegado a controlar bien ese poder: a veces, cuando más ganas tenía de ser invisible era cuando más gente me veía, y en cambio, cuando quería que todos me vieran era cuando a mi cuerpo le daba por desaparecer.
Los primeros días me sentía como un superhéroe, pensaba que era la única persona en el mundo que había conseguido ser invisible. Pero justo unos días antes de que ocurriera el accidente me encontré en el parque con alguien que, hace años, también había conseguido ser invisible.
—No eres el único que alguna vez ha sido invisible, hay mucha gente a la que le ocurre lo mismo que a ti, lo que pasa es que todos lo mantienen en secreto, nadie dice nada —me dijo.
—¿Por qué? —le pregunté.
—¿A quién se lo has contado tú?
—A nadie…
—Mira —me dijo mientras se daba la vuelta y se levantaba el pelo de su nuca—. ¿Sabes lo que es?
—¿Parece la cabeza de un dragón?
—Sí, es un dragón, pero este es un dragón muy especial.
—¿Por qué?
—Porque este dragón apareció cuando yo quería desaparecer…
En un pequeño piso, una psicóloga intenta dormir pero no puede. Convertirse en avispa, respirar bajo el agua, ver monstruos, hacerse invisible, volar con un dragón… se pregunta por qué un chico necesita inventarse cosas así. Sabe que no está loco, por eso no entiende lo que está ocurriendo. Tras mil vueltas en la cama y otros tantos pensamientos finalmente consigue dormirse.
Es al día siguiente, al volver de nuevo al hospital, cuando ese chico le cuenta la misma verdad pero de una forma distinta.
Es entonces cuando a ella se le encoge tanto el corazón que por un momento piensa que ya no va a volver a encontrarlo; cuando comienza a creer también en los monstruos, en los poderes y en los dragones; cuando comprende de dónde viene esa sensación de ahogo al despertarse, esos elefantes en el pecho y, sobre todo, por qué escucha un pitido tan fuerte en su cabeza.
Es entonces cuando se da cuenta de que para ser un monstruo no es necesario hacer algo especial, a veces basta con no hacer absolutamente nada.