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LA VISITA » El primer monstruo

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El primer monstruo

Todo empezó un viernes.

Iba a ser un viernes como cualquier otro, la única diferencia es que teníamos un examen de matemáticas a última hora. Sí, un viernes a última hora.

Había estado preparándome para ese examen durante varias semanas porque era muy importante para la nota media. Pero también porque me gustan las matemáticas, me gusta jugar con los números, hacer cálculos de memoria… eso forma parte de mi defecto.

Recuerdo que aquel día, como la mayoría en los que tenía examen, me desperté muy pronto, incluso antes que mis padres.

Recuerdo también que mi hermana, como casi todas las mañanas, vino corriendo a mi cama para acurrucarse junto a mí. Y eso, aunque ella aún no lo sepa, es algo importante en esta historia, tan importante que al final consiguió salvarme la vida.

Supongo que, como cada día, mi madre me daría prisa para que me vistiera y desde la cocina me llamaría a gritos para que bajara a desayunar.

En mi casa el desayuno siempre ha sido un poco caótico: mi padre se toma un café y se va corriendo al trabajo, mi madre no toma nada y en cuanto ha vestido a mi hermana se la lleva a la escuela matinera ya que ella entra a trabajar muy pronto. Y yo me quedo solo en casa desde las 7:45 hasta las 8:10 más o menos que es cuando me voy hacia el instituto.

Desde mi casa hasta el instituto tardo unos quince minutos andando, pero eso era antes de tener superpoderes, después fui capaz de llegar en menos de cinco minutos. ¡En tan solo cinco minutos! Y algún día incluso en menos tiempo.

Durante el rato en el que estoy a solas siempre aprovecho para hacerme el bocadillo. Mi padre dice que no está el mundo para criar más inútiles, así que si quiero almorzar algo tengo que hacérmelo yo. Y eso, en esta historia, es muy peligroso, pues estuvo a punto de acabar mal, muy mal. Casi mato a un monstruo.

Aquel viernes, como tantos y tantos días, salí a la calle a las 8.10, sabía que tardaría unos diez minutos en atravesar el parque que me separa de la casa de Zaro. Él y yo siempre quedábamos en un supermercado que hay en la esquina de su calle. Después continuábamos los dos juntos hasta un descampado donde nos esperaba Kiri. Eso es lo que ocurría casi todos los días. Y desde ahí, llegábamos los tres juntos al instituto, pero bueno, eso era antes de volverme invisible, claro. Aquel viernes, como todos los demás días, cogí la mochila, cerré la puerta y bajé por las escaleras.

Aquel viernes, en el mismo instante en que un chico que aún no sabe lo que es ser invisible ha salido de su casa, otro chico lo hace desde un piso situado a bastantes manzanas de distancia, en dirección al mismo instituto.

Tiene también el mismo examen: matemáticas a última hora, pero no ha estudiado nada. En realidad le da igual aprobar que suspender, ya que este año ha repetido y sabe que pasará de curso haga lo que haga, ventajas del sistema, piensa.

Sale con una mochila que igual podría tener en su interior libros que piedras, pues les daría el mismo uso, quizá más a las piedras. Y es que él tiene otros objetivos en mente, como por ejemplo Betty, una preciosa chica con un piercing en la nariz y otro en el ombligo.

Se da cuenta de que ha salido de casa sin el almuerzo, pero eso también le da igual, ya conseguirá uno en el recreo.

Crucé el parque deprisa, supongo que pensando en las preguntas del examen, y casi sin darme cuenta llegué hasta la esquina del supermercado donde ya me esperaba Zaro. Él es mi mejor amigo, nos conocemos desde la infancia, y hemos pasado muchos veranos juntos, en casa de mis abuelos, en su pueblo, en algún campamento de verano… En cuanto llegué nos chocamos las dos manos, es un ritual que llevamos haciendo años, desde el día que una carrera en bici acabó un poco mal.

Supongo que aquel viernes hablaríamos de mil cosas: del examen, de Kiri, de lo que haríamos el fin de semana, de lo bien preparado que llevaba yo el examen y de que él lo llevaba como siempre. Ese como siempre era un aprobado justo, pero aprobado. Zaro nunca sacaba más de un 6, pero nunca menos de un 5. Siempre lo justo para no suspender pero a la vez lo justo para no destacar.

Hablamos también de la locura que era poner un examen a última hora, y además un viernes. Todo el mundo sabe que poner un examen a última hora es lo peor. Es mucho mejor ponerlo a primera hora, así tienes más reciente lo que has estudiado y, sobre todo, no estás nervioso durante todo el día, te lo quitas pronto de encima.

Seguimos andando calle abajo, hasta el descampado, y allí, justo en la esquina contraria, vimos a Kiri. Aquel día se la veía desde lejos. Ella es tan distinta a mí, siempre está visible, muy muy visible, y aquel día mucho más…

Kiri iba de amarillo, toda entera. Un jersey amarillo, un pantalón amarillo, unas zapatillas amarillas. Un limón con pulseras.

Nos reímos un buen rato, pero a ella le daba igual, y eso es lo que más me gusta de Kiri, que va a su bola, le importa un pimiento lo que piensen los demás.

En apenas dos minutos llegamos al instituto.

Recuerdo que aquel día, como casi todos en los que había examen, en el recreo muchos llevaban el libro o los apuntes en la mano, apurando hasta el último momento. Yo no, nunca he querido repasar nada antes de un examen.

Kiri y Zaro sí que salieron a almorzar con sus libros.

Tocó el timbre del fin del recreo y todos entramos corriendo, pues las siguientes dos clases, las dos últimas, las habían juntado para hacer el examen que iba a ser más largo de lo normal.

Estuvimos esperando en el pasillo, fuera del aula grande, a que llegara el profesor. Tardaba. Siempre hay un momento en los exámenes en el que aún existe la esperanza de que haya ocurrido algo a última hora: que el profesor se haya puesto enfermo, que se hayan perdido los exámenes… pero no ocurrió nada de eso. Entró corriendo, sudando, con un montón de papeles entre las manos.

—¡Vamos, vamos! —gritó mientras caminaba nervioso por el aula.

Le acompañaba otra profesora que se puso en la puerta y comenzó a pasar lista. Y así, en ese orden, nos fuimos sentando en los bancos del aula.

Es curioso cómo un pequeño detalle puede cambiarlo todo. Si aquel día las mesas hubieran estado distribuidas de otra forma, si hubiera faltado alguien, si se hubieran equivocado al leer la lista… si hubiera pasado cualquiera de esas cosas ahora mismo no estaría aquí en este hospital. Solo eso, un detalle que puede cambiar una vida.

Entramos y vi que a Zaro le había tocado sentarse justo en la otra punta de la sala, en cambio Kiri estaba casi a mi lado, solo nos separaba un alumno. Asomé la cabeza y la saludé. Nos reímos, y vi mil pecas moviéndose por toda su cara.

—¡Silencio! —se oyó de pronto, pero nadie calló—. ¡¡Silencio!! —De nuevo, más fuerte. Pero hicieron falta por lo menos cuatro silencios más para conseguir el silencio.

»Vamos a repartir el examen boca abajo —dijo el profesor mientras se colocaba las gafas—, que nadie lo levante hasta que yo lo diga.

Y conforme él y la profesora de apoyo repartían los exámenes lo primero que hacíamos todos era levantarlo para ver las preguntas.

—En cuanto lo acabéis podéis dármelo e iros a casa, que es viernes —dijo medio sonriendo.

—¡Si quiere yo puedo dárselo ya! —se oyó desde el fondo de la sala. Y todos empezamos a reír.

—Va, dejaos de tonterías, el tiempo comienza ya.

Teníamos una hora y media para hacerlo.

Pero yo lo acabé mucho antes.

Y se notó.

Y ese detalle también pudo haberlo cambiado todo.

El examen era fácil, yo diría que bastante fácil. Dice mi tío, que también es profesor, que cada vez las asignaturas son más fáciles, pues tienen que ir bajando el nivel para igualar hacia abajo, hacia el más tonto, para que el más vago de la clase no se sienta mal. «Algún día como uno no sepa escribir os dejan a todos ahí, haciendo caligrafía todo el año», me dijo una vez.

Miré el reloj, aún no había pasado una hora, pero yo ya había acabado. Miré de reojo a los demás y cada uno estaba en su mundo: unos movían el boli lentamente sin apenas escribir nada, otros hacían como que leían mil veces la pregunta, otros miraban de vez en cuando hacia el techo en busca de inspiración… y yo, yo ya había acabado.

Pero me daba vergüenza entregarlo tan pronto, así que me puse a hacer como que repasaba las preguntas.

Es importante no ser demasiado listo en el colegio, así uno pasa más desapercibido, es mejor ser de los mediocres, no destacar ni por arriba ni por abajo. De hecho creo que al vago se le valora mucho más que al que se esfuerza, bueno, al menos eso dice mi padre.

Y justamente en eso estaba, repasando sin repasar las respuestas, cuando lo escuché.

—Sheee, sheee…

—Sheee, sheee…

Fue como un susurro.

Me quedé quieto, intentando saber si aquel sonido era de verdad o me lo había imaginado.

—Sheee, sheee… —otra vez.

No, no era mi imaginación. Además, esta vez el susurro sonaba más fuerte. Alguien detrás de mí me estaba llamando. Pero no me giré. No me giré porque sabía quién se había sentado ahí.

—Sheee… Eh, gilipollas… Te hablo a ti —me dijo en voz baja.

Me asusté.

No me giré del todo, lo suficiente para saber lo que ya sospechaba: allí, justo detrás de mí estaba sentado él.

—Pásame tu examen —me dijo en voz baja.

—Es… es que no he acabado… —le mentí.

—Me da igual… —susurraba de nuevo, dámelo y toma el mío. Y en ese momento noté que algo me tocaba la espalda, su examen, supuse. Sentí un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo.

Busqué al profesor con la mirada, pero estaba en la otra punta de la sala comentando algo con un alumno.

—¡Que me lo des ya, imbécil! —me dijo con más fuerza.

Y ahí, en mi respuesta también podría haber cambiado todo. Podría no haber despertado al primer monstruo, el primero de una larga lista, de una lista de más de diez, de más de cien, de más de mil monstruos…

Una palabra que cambió mi vida a partir de ese momento.

NO

—¡¿Qué?! —gritó furioso.

Y yo me callé, me encogí hacia adelante por si acaso venía un golpe desde atrás.

—¿Qué pasa por ahí? —dijo el profesor mientras se acercaba a nosotros.

—Nada, nada —contestó él.

—Nada —contesté yo.

—¿Ya has acabado? —me preguntó.

—Sí, ya, ya he acabado —le dije mientras le daba el examen, tenía muchas ganas de salir de allí.

—Bien, los que hayan acabado pueden entregarme el examen y largarse a casa.

En ese momento se escucharon un montón de sillas.

Aquel día no esperé a Kiri ni a Zaro, cogí mi mochila, salí a la calle y comencé a andar hasta mi casa todo lo rápido que pude.

Miraba atrás una y otra vez. No había nadie, pero yo seguía temblando, sabía que aquel NO me traería problemas.

Y en el mismo instante en que un chico sale demasiado deprisa hacia su casa, otro se ha quedado inmóvil ante un examen en blanco, tan rabioso como sorprendido.

«No. Me ha dicho que no», continúa pensando, sin hacerle caso a nada más, ni al examen, ni a sus amigos, ni al profesor… nada, es como si esa simple palabra de dos letras le hubiese colapsado la mente.

Una mente —y sobre todo un cuerpo—, acostumbrada a conseguir siempre lo que quiere, quizá por eso no acaba de asimilar lo que ha ocurrido. Hace ya mucho tiempo que no escucha un no por respuesta, ni en su casa, ni en el colegio, ni en la calle… porque un NO significa convertirse en su enemigo.

Es alto, fuerte y guapo, y piensa que en la sociedad en la que vive no le hace falta nada más. Tiene, además, dos años más que sus compañeros. Su único defecto es que le falta un trozo del dedo meñique, aunque él lo ha convertido en ventaja al decir que lo perdió en una pelea, en la misma en la que le hicieron la cicatriz que tiene en el pecho, justo encima del corazón. Al menos eso es lo que él dice. Nadie sabe si es verdad, pero tampoco habrá nadie que lo ponga en duda.

«NO.».

«Me ha dicho que no», piensa.

«Pero ¿quién se ha creído que es ese imbécil?

»Me ha dicho que no, y además delante de todo el mundo, todos lo han oído, me ha hecho quedar en ridículo.

»Y lo peor de todo, otra vez he suspendido. Mis viejos ya me han dicho que un suspenso más y me quitan el móvil y la paga y la moto, y la hostia, todo.

»Por culpa de ese imbécil no he podido aprobar el examen, pero me las pagará, ya lo creo que me las pagará.

»Me ha dicho que no».

En realidad lo que más le preocupa no es el suspenso, pues sabe que, al final, sus padres le darán el móvil, y la paga, y la moto, y todo lo que haga falta; lo que más le molesta es ese no. Un no que le persigue en cada paso, en cada pensamiento. No, no, no, no, no… dos letras que, como una metralleta, golpean una mente que no tiene herramientas para tolerar la frustración.

Le gustaría vengarse ya, ahora, odia esperar. Le pega varias patadas a una puerta para liberar su rabia. Escupe, aprieta los puños, se muerde los dientes con tanta fuerza que parece que se van a partir en ese mismo momento.

No puede esperar, no puede esperar, porque no sabe, porque nadie se lo ha enseñado. Por eso tiene que hacer algo, de lo contrario, va a volverse loco. Y es entonces cuando se le viene una idea a la cabeza.

«Perfecto», piensa mientras llama por teléfono a uno de sus amigos.

Aquel viernes llegué a casa muy nervioso.

No acerté a meter las llaves a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera… mis dedos temblaban. Entré en casa y cerré lo más rápido que pude, como si al otro lado de la puerta hubiera un fantasma.

Mis padres todavía no habían llegado y estuve un buen rato andando de un lado a otro del comedor sin saber qué hacer. Intenté convencerme de que no había pasado nada; de que el lunes, cuando volviera a clase, todo se habría olvidado.

Abrí la nevera, cogí algo para merendar y me subí a la habitación para refugiarme en mis cómics. Siempre que he tenido algún problema esa ha sido mi terapia.

Estuve leyendo durante un buen rato, y mientras observaba aquellos cómics pensaba en qué harían Spiderman, Superman o Batman en mi lugar.

Al final me di cuenta de que estaba mirando los dibujos pero no era capaz de concentrarme en nada. Los dejé a un lado y me tumbé boca arriba en la cama.

Comencé a mirar todos los pósteres que tenía en la habitación hasta que llegué a uno en el que ponía una frase que me llamó la atención: «Tienes que convertirte en más que un hombre en la mente de tu oponente».

La leí varias veces, era como si alguien la hubiera puesto ahí para mí: «más que un hombre»…

Estuve un buen rato mirando hacia el techo, sin hacer nada, dejando pasar el tiempo hasta que me llegó un mensaje al móvil.

Me levanté de la cama de un salto, asustado.

Hola, Q ha pasado? Te has ido muy rápido del examen

Era Zaro.

Nada, bueno, q tenía prisa

Va, K pasa?

Na

Y lo de MM

Nada, quería que le pasara el examen

Ten cuidado con ese

Sí, no pasa nada

Pero el examen bien entonces?

Bien, sí, muy bien, ok

Genial, a mí también, no era difícil

Y a Kiri?

Kiri ya sabes que siempre dice lo mismo, que regular, pero muy bien seguro

Q haces mañana?

Con mis padres de compras, supongo

Vaya, nosotros nos vamos al pueblo

Genial

Nos vemos el lunes

Vale

Que lo pases bien.

:)

:))

:)))

:))))))

Y dejó de escribir.

Y volví a coger el cómic, pero cuando apenas llevaba dos páginas leídas, otro mensaje.

«¡Qué pesado es!», pensé, pero al ver la pantalla del móvil me di cuenta de que no era él.

Se me aceleró el corazón.

Hola!!!

Le escriben desde el otro lado de la pantalla.

Hola!!!!!!

Contesta él, y a ella también se le acelera el corazón; también le tiemblan los dedos, las pecas y hasta la sonrisa.

Lleva ya mucho tiempo buscando el momento para confesarle lo que siente, para pedirle un beso, una tarde de cine, un abrazo de esos que te dejan sin aliento… pero no se atreve. Llevan tanto tiempo siendo amigos que ahora no sabe cómo cambiar esa situación, no sabe cómo se pasa de la amistad al amor sin estropear lo primero ni cerrar las puertas a lo segundo.

Por eso, de momento, va a seguir así, ensayando a través del móvil lo que no se atreve a hacer en persona. Añadiendo cada día más iconos en cada mensaje: hoy un corazón o una cara guiñándole un ojo, mañana una sonrisa con un beso… haciendo que esas imágenes expresen lo que ella no se atreve a decir.

Era Kiri. Mis dedos temblaban.

Dice mi padre que en esta vida hay dos razones por las que se te puede salir el corazón del sitio, la primera es por amor, la segunda por miedo.

Hola!!!

Le contesté yo.

Hola!!!!!!

Q tal el examen??

Bien, muy bien.

Te has ido pronto?? Pq?

Bueno, tenía prisa tenía que ayudar en casa.

K haces este finde…

Y estuvimos así, intercambiando mensajes, más de media hora. Cada vez que en alguna de sus respuestas me llegaba un corazón yo comenzaba a flotar. Suponía que solo eran eso, dibujos, nada más, iconos que le mandaría a todo el mundo, pero en mi mundo yo me imaginaba que los besos que salían en mi pantalla eran solo para mí.

Kiri siempre me ha gustado, pero ha sido durante el último año cuando me he dado cuenta de que me gusta de verdad, creo que me he enamorado de ella. Por eso, en mi último cumpleaños, como iba a ser un deseo tan grande, soplé las velas con tanta fuerza. El problema es que llevamos tanto tiempo siendo amigos que supongo que si yo le gustase a ella quizá ya me lo habría dicho, quizá lo hubiera notado. Por eso durante todo este tiempo nunca he querido decirle nada, no quería estropear nuestra amistad. Prefería tenerla todos los días como amiga a no tenerla.

Después de un montón de mensajes nos despedimos: ella con un corazón violeta y dos caritas con beso que dejaron una sonrisa en la mía.

Al poco rato llegaron mis padres.

Dejé el móvil en la habitación y bajé con ellos.

Habían traído pizza, era viernes. Cenamos los cuatro juntos en la mesa del comedor.

Después de cenar estuvimos mirando un rato la tele pero yo me fui a la habitación con la excusa de que estaba cansado, de que no había dormido mucho preparándome el examen. Pero en realidad de lo que tenía ganas era de volver a leer cada uno de los mensajes de Kiri, repasar toda nuestra conversación. Era una forma de saborear otra vez sus palabras, de ver si alguno de sus besos o de sus corazones podían significar algo más.

Pero al coger el móvil me encontré con un nuevo mensaje que no me esperaba. Me encontré con la segunda razón por la que se te puede salir del sitio el corazón.

Asi q no, eh Ya ablaremos tu y yo el lunes

Aquella fue la primera amenaza de todas las que me llegaron durante el fin de semana.

El sábado, después de un montón de mensajes llenos de insultos, decidí quitarle el sonido al móvil. Y aun así, cada vez que vibraba, a mí me temblaba todo el cuerpo.

El domingo decidí apagarlo.

Hasta aquel momento solo conocía a MM de oídas. Yo acababa de llegar nuevo al instituto este año. En mi clase había coincidido con cuatro chicos y dos chicas de mi anterior colegio, pero de mis amigos amigos, solo con dos, con Zaro y Kiri.

Los primeros días de instituto todo fue mucho mejor de lo que me esperaba. Todos éramos nuevos y llegamos nerviosos, todos menos MM que ya había repetido curso.

Y llegaron los primeros exámenes, y como siempre, por mi defecto, saqué las mejores notas. Y aparte de algunas burlas, algún grito de empollón que otro, no pasó nada más hasta que llegó el maldito viernes en el que la suerte quiso que MM se sentará detrás de mí en el examen de matemáticas.

Aquel domingo lo pasé casi todo el día en mi habitación, a mis padres les dije que me dolía la tripa, que igual me había sentado algo mal y aproveché esa mentira para estar en la cama durante horas y horas leyendo cómics.

De vez en cuando Luna venía a mi habitación y hacía de doctora que me cuidaba, me ponía su termómetro de mentira, me daba sus medicinas de mentira y me ponía también tiritas, por todo el cuerpo, pero estas eran de verdad.

Y así pasó el domingo, muy lento, imaginando todo lo que podría pasar el lunes, por eso cuanto más se acercaba la noche más nervioso me ponía. No quería que llegara el día siguiente, no tenía ganas de ir al colegio y encontrarme con MM.

Cené sin hambre, lo de la tripa me seguía sirviendo, así que me fui pronto a la cama.

Cogí el móvil para encenderlo. Quería saber si Kiri me había escrito algo, si me había puesto otra cara sonriente, o unos labios con beso… cualquier pequeño detalle de esos que me hicieran feliz. Pero por otra parte no quería saber si MM me había vuelto a escribir, no quería encontrarme con más amenazas, con más insultos…

Al final me di cuenta de que podía más el miedo que el amor, así que decidí mantenerlo apagado.

Y cerré los ojos, pero no pude dormir…

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