Invisible
LA VISITA » Lunes
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Lunes
Y llega el lunes sobre un chico que no tiene ganas de ir a clase. Mira a la ventana deseando que nieve tanto que no pueda salir a la calle, que llueva de tal forma que parezca que el mar está ahí mismo, que haga tanto frío que se le congelen hasta los miedos… pero no, hace sol.
Podría simular que continúa enfermo, que le duele la tripa tanto que no va a poder levantarse, pero eso crearía un caos en su casa. Su padre se tiene que ir a trabajar, su madre también, hay que dejar a Luna en la escuela matinera… y no está ahora la cosa como para hacer tonterías en el trabajo, escuchó que el otro día le decía su madre a su padre. Y además, ¿cuánto tiempo puede durar un dolor de tripa? «Hasta que se olvide de mí», piensa él.
Baja sin ganas a desayunar, pero intenta disimularlo para que sus padres no noten nada distinto, para no tener que dar ninguna explicación.
Su padre ya se ha marchado, su madre lo hará en unos minutos y entonces él se quedará en casa.
Se preparará el bocadillo, la mochila… pero el móvil lo dejará en su habitación, apagado.
Y saldrá en dirección al instituto. Sabe que sacará la mejor nota del examen, lo que no sabe si eso será bueno o malo.
Llega el lunes sobre un chico con nueve dedos y medio que tiene más ganas que nunca de ir al instituto. Mira a la ventana deseando que haga sol, que no haya ninguna excusa para no asistir a clase. De todas formas sabe que hoy iría aunque hubiera mil tormentas, aunque cayera tanta nieve que bloqueara las carreteras, aunque el frío no le dejara caminar por la calle… de hecho, hoy ni siquiera estando enfermo dejaría de ir.
Se ha levantado pronto, se ha vestido y se ha ido directo a la cocina. Allí está su madre preparándole el desayuno, y el almuerzo, y todo lo que le haga falta… piensa que así, dándole todo quizá pueda compensar lo que ocurrió hace unos años.
A su padre, en cambio, apenas le ve, trabaja todo el día y cuando está en casa no hay conversación entre ambos. Por parte del adulto porque lleva dentro un sentimiento de culpa que le oprime el cuerpo; por parte del chico porque ya se ha acostumbrado a esa situación —a la ausencia de palabras, y cariño— entre ambos.
Coge la mochila con una ilusión que intenta disimular ante sus padres para que no noten nada distinto, para no tener que dar explicaciones.
Lleva en la mano un móvil desde el que no ha parado de enviar mensajes durante todo el fin de semana, unos mensajes que no han tenido respuesta. «Cobarde», piensa.
Sonríe mientras camina hacia el instituto, sabe que suspenderá el examen, pero también sabe que tiene una ilusión nueva.
Aquella mañana fue la primera de muchas en las que salí con miedo de casa. Crucé el parque mirando a todos lados, buscando a Zaro desde lejos. En cuanto llegué a él lo primero que hizo fue preguntarme por el móvil.
—¿Lo has tenido apagado todo el finde?
—Sí, es que he estado malo, con un dolor de tripa… y se acabó la batería y ya no lo enchufé —le mentí.
—Sí que tienes un poco de mala cara, sí —me dijo, y eso hizo que me sintiera aún peor.
También me preguntó si había pasado algo en el examen con MM, pero yo le dije que no.
—Bueno, pero ándate con cuidado con ese. Es de los que les importa un pimiento estar aquí.
A los pocos minutos nos encontramos con Kiri. Sonrió nada más verme y eso me alegró el día. Solo eso, una sonrisa, aunque viniera sin emoticonos, sin besos, sin corazones violetas…
Llegamos al instituto y empecé de nuevo a mirar a todos lados, intentando localizarle. No lo veía por ningún sitio y eso me puso aún más nervioso.
Aquella mañana fue la primera de muchas en las que un chico con nueve dedos y medio sale hacia el instituto con una ilusión nueva.
A los pocos minutos se encuentra con sus amigos en una pequeña plaza.
—¿Te ha contestado a los mensajes?
—Ni uno, nada, creo que ni siquiera los ha leído.
—Cobarde.
—Sí, es un cobarde.
Llegan al instituto pronto, mucho antes de lo habitual, y se esconden en una esquina, alejados, desde donde es fácil ver y complicado ser visto.
Y lo ven, sí, justamente al niño que más tarde conseguirá ser invisible, ahora es al primero que ven.
MM lo nota nervioso, se da cuenta de que no para de mirar a todos lados, se da cuenta también de que no se separa de sus amigos… miedo.
Miedo, la gasolina que hace funcionar a personas como MM.
Quizá, si nuestro futuro chico invisible hubiera tenido otra actitud, más desafiante, más despreocupada; si lo hubiera visto mucho más seguro de sí mismo, más tranquilo… no se habría alegrado tanto. Pero MM lo único que vio allí fue miedo.
Entré en clase con miedo, miré a su mesa y aún no estaba allí. Me senté en mi silla, en la segunda fila, a tres de él, y prometí no girarme para nada en toda la clase.
Entró el profesor.
El problema era que justamente el lunes a primera hora teníamos clase de matemáticas. Yo recé para que aún no hubiera corregido los exámenes, para que no dijera las notas.
—Bueno, chicos, hoy traigo las notas del examen —fue lo primero que dijo—, he estado todo el fin de semana corrigiendo para quitármelo de encima. Y como casi siempre, mal, muy mal.
Comenzaron las risas.
—Aunque hay alguna excepción —continuó mientras sacaba unos folios de su maletín.
Ahí estaba yo, la excepción, la maldita excepción.
Comenzó a dar las notas del examen en voz alta, algo que yo detestaba, algo de lo que él disfrutaba. Porque si había algo que le gustaba a aquel profesor más que otra cosa en el mundo era ridiculizar a los alumnos.
—Un dos, un tres y medio, un cuatro con cinco, un seis, un cinco, un uno… —y así fueron cayendo todas las notas… Y llegó a MM.
—Un uno y medio, el uno por saber poner tu nombre y el medio de regalo. —Y ahí se produjo una situación incómoda en clase. Pues en esos momentos muchos de mis compañeros no sabían qué hacer: si reír al matón de turno para hacerle la gracia o no hacerlo por si acaso pensaba que te estabas riendo de él.
Y más notas, y más suspensos… hasta que llegó mi examen.
—Un diez, como siempre, genial. Aprended de él, este chico llegará lejos —dijo.
Se escucharon silbidos, algún abucheo… No fui capaz de girarme para verle la cara a MM, pero me la imaginaba. En ese momento ya me hubiera gustado ser invisible, no estar ahí cuando todos se giraron hacia mí.
Y de pronto, mientras el profesor continuaba diciendo las notas que quedaban, una bola de papel me pegó en la espalda. Fue la primera de muchas, de miles. No me giré porque ya sabía quién la había lanzado.
He pensado muchas veces en aquel momento, ¿qué hubiera pasado si me hubiera levantado, si hubiera ido a la mesa de MM y le hubiese dado un puñetazo? Seguramente se habría acabado todo, no me habría tirado más bolas.
Pero no lo hice porque para hacer algo así se necesita ser de una forma que yo no soy, porque se necesita tener un valor que yo no tengo.
Sonó el timbre del recreo y empecé a ponerme nervioso. Busqué rápidamente a Kiri y a Zaro para colocarme entre ellos.
Y salimos.
Y ese uno y medio cae como un golpe sobre MM aunque por fuera lo disimule, aunque se ría de ello ante el público. Sabe que suspendiendo los exámenes será más popular, más respetado, más temido… pero en su interior crece una realidad distinta. La que le hace entristecer en la intimidad de su habitación cuando piensa que no es capaz de ser más listo, que siempre será el tonto de la clase; el malo, sí, el popular, el guapo, el fuerte… y también el torpe, el que no da para más.
Por eso, para compensar esa debilidad que jamás confesará a nadie, utiliza la violencia, pues de momento le funciona. Es la rabia la que compensa la impotencia, la rabia contra un chico que representa todo lo que él no tiene, un chico que saca sobresalientes con la misma facilidad con la que él da puñetazos.
Por eso, para liberar toda esa ira que inunda sus huesos, en cuanto salga al patio buscará al culpable de todo, buscará a ese chico que no le dejó copiar el examen.
Y mientras llega la hora, su cuerpo va acumulando rabia.
Salí al patio con Zaro, Kiri y otras dos chicas de clase. Nos pusimos en el mismo lugar de siempre, en una de las esquinas que hay junto a la fuente.
Aquel día, yo intenté colocarme en el centro de todos, como si ellos formaran el escudo con el que iba a poder protegerme.
Pero hay veces que uno no puede evitar lo inevitable y lo inevitable llegó.
Aún no habíamos abierto los bocadillos cuando MM y dos chicos más se acercaron hasta nosotros. Se dirigió directamente a mí.
—Así que no, ¿eh? —dijo con rabia.
—¿Qué? —simplemente me atreví a decir.
—Ya sabes de lo que estoy hablando, del examen que no me pasaste… idiota. —Y ese idiota salió de su boca con más rabia aún.
—Es que nos iban a pillar… —intenté excusarme.
—No, no nos iban a pillar, no quisiste dármelo, imbécil.
—Que no, que no, que nos iban a pillar…
—El que te voy a pillar soy yo. —Y en ese momento de frustración, MM me empujó.
No fue un empujón fuerte, solo me movió un poco, pero eso fue suficiente para los dos.
Para mí porque había empezado algo que no sabía cómo parar y para él porque al no defenderme, al no devolverle el empujón se dio cuenta de que podía continuar.
—¡Oye, oye! Pero ¿qué te has creído? —gritó Kiri.
—Así que tienes defensora —dijo dirigiéndose a mí.
Y sin que me diera cuenta alargó el brazo y me quitó el bocadillo.
—¿A ver, a ver qué tienes aquí dentro? —dijo riendo mientras se alejaba unos metros.
Todos nos quedamos a la espera.
—Buaj, atún, no me gusta —dijo mientras tiraba el bocadillo al suelo.
Me miró a los ojos, creo que para ver si reaccionaba, pero al darse cuenta de que yo no hacía nada levantó su pie y lo pisó con todas sus fuerzas.
Él se quedó allí, frente a mí, riendo. Y yo me quedé mirando cómo había quedado el bocadillo en el suelo.
Y a los pocos segundos ocurrió algo en mi cuerpo que no pude controlar.