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El bocadillo
Y justo en ese instante, el chico asustado que observa su bocadillo en el suelo, acaba de descubrir que existe la violencia real. No la violencia que está acostumbrado a ver todos los días en la televisión, esa tan lejana que ocurre a otras personas, en otros lugares… sino la que ahora mismo acaba de rozar su alrededor.
Ha descubierto además la otra cara de la violencia, la que nunca se menciona: la de quien mira y no hace nada. La de todos esos compañeros que se han acercado a ver el espectáculo pero han decidido no intervenir; la de los que, ante una pelea, solo saben sacar la cámara de su móvil para poder presumir después del momento; la de esos que ante un accidente prefieren hacer de todo menos ayudar; la de aquellos que ante una injusticia giran la cabeza hacia el otro lado, hacia donde no hay nada que ver.
Y tras descubrir esas dos caras de la violencia observa de nuevo el suelo para darse cuenta de que ahí no solo hay un bocadillo destrozado, hay muchas cosas más. En ese bocadillo está el mundo —su mundo— entero: está el llegar tan tarde de su padre cada noche cansado de trabajar; está también el madrugar de una madre que tiene que limpiar casas ajenas para que al final de mes el sueldo llegue; en ese bocadillo están algunas de las excursiones que no ha podido hacer, las zapatillas de moda que no ha podido comprarse, el viaje al parque de atracciones al que no ha podido ir, todas las películas que no ha visto en el cine… Ahí, en el suelo, está parte de su vida, está el esfuerzo de toda una familia para salir adelante.
Ahí, en ese trozo de pan con atún.
Y es quizá eso lo que hace que alguien que nunca ha utilizado la violencia quiera convertirse ahora en Hulk. Que se llene de rabia y odio. Que tenga ganas de atacar, de golpear, de destrozar a su enemigo. Que note que la sangre comienza a arañarle por dentro, como si un torrente de cristales le atravesara todo el cuerpo.
El problema es que no sabe cómo expulsar esa violencia al exterior, cómo sacar el fuego que le está quemando por dentro… Y eso, el no saber purgar la venganza, tiene consecuencias sobre su propio cuerpo.
Como una infección que no encuentra salida, su piel comienza a enrojecerse, varias venas de su cara se hinchan, sus manos —de tanto apretarlas— cada vez están más moradas…
Él, aunque no se ve, sí es capaz de sentir todos esos cambios en su interior, y por eso cree que, de alguna forma se está convirtiendo en Hulk.
El problema es que desde fuera… desde fuera la realidad es otra.
La cara de un niño al que le acaban de tirar un trozo de vida al suelo comienza a ponerse roja: las orejas, las mejillas, incluso la nariz… todo su rostro se enrojece. Comienzan también a picarle las manos, y los dedos, y la parte superior de las piernas… y a sentir un calor que parece querer incendiarle el cuerpo. Él no lo sabe pero eso es lo que ocurre cuando la rabia quiere salir del cuerpo pero la mente no le deja.
Y ese espectáculo, el de un chico que almacena violencia pero no sabe cómo liberarla, genera las risas de su enemigo y de todo el público que le observa.
—Mirad, mirad, se está poniendo como un tomate, comienza a reírse. ¡Mirad, mirad, un supertomate! —grita MM en medio del patio.
Y esos gritos consiguen que cada vez más alumnos se arremolinen alrededor de un chico que comienza a sudar, a temblar de miedo y rabia, que podría en ese mismo momento tirarse en contra de MM y pegarle en la cara, en los ojos, y empujarlo contra el suelo, y ahí darle patadas hasta hacerle sangrar… pero que al darse cuenta de que no es capaz de hacer nada, sale corriendo de allí, hacia los baños, dejando atrás una estela de risas.
Entra, se mira en el espejo y no se reconoce.
Sabe que cuando se pone nervioso, cuando tiene miedo, su cuerpo reacciona así: poniéndose rojo, pero nunca le había afectado tanto como ahora.
Se lava la cara varias veces, se mete en un váter, se sienta e intenta tranquilizarse.
Le gustaría quedarse allí un tiempo, unas horas, unos días… pero sabe que tendrá que salir, no al patio, sino al mundo.
A partir de aquel día comenzaron a llegarme al móvil imágenes con mi cara en forma de tomate, convertido en un Hulk rojo, o con el cuerpo tan hinchado que parecía un monstruo. El problema es que no podía controlarlo, las imágenes iban de móvil a móvil sin que yo pudiera hacer nada.
Durante los siguientes días también empecé a encontrarme cosas en la cartera: un día un dibujo con mi cara en forma de globo, otro día una foto de Hulk, otro un tomate podrido que me manchó la mochila y todos los libros.
Aquel fue el primer día en el que comencé a mentirles a mis padres, les dije que me había hecho un bocadillo con tomate y se me había salido en la cartera y lo había manchado todo…
A veces entraba en clase por la mañana y me daba cuenta de que muchos compañeros me miraban y se reían. Al principio no sabía por qué pero poco a poco averigüé que eso significaba que había circulado por ahí alguna broma sobre mí, algún vídeo, alguna foto…
Lo que menos entendía es que la mayoría de los que se reían de mí ni me conocían, no habían estado allí el día en que me puse rojo. Se reían porque sí, por seguirle la corriente al grupo.
Y en el recreo… lo de quitarme el bocadillo se convirtió en una costumbre, era el espectáculo del día, siempre había gente esperando el momento en que MM se acercara a mí para humillarme.
Él lo hacía para ver si me volvía a poner tan rojo como el primer día. Por eso cada vez me atacaba con más fuerza, me insultaba durante más tiempo, intentaba que hubiera mucha gente alrededor para que pudieran ver cómo se burlaba de mí… e insistía e insistía hasta que llegaba el momento en el que yo ya no podía más y otra vez volvía a ponerme rojo. Y otra vez las risas, y los vídeos, y las cosas en mi mochila…
A veces me quitaba el almuerzo y lo tiraba al suelo, pero otras veces, si le gustaba, se lo comía…
Cada vez que lo hacía pensaba también en mis padres, en todo lo que trabajaban. Cómo se quedarían si se enteraban de que su hijo era tan cobarde: que no era capaz de defenderse, que dejaba que otro chico le quitara cada día el bocadillo, me avergonzaba, me avergonzaba tanto.
Así que empecé a hacerme cada día los bocadillos más pequeños, con menos cosas dentro.
—¿Pero por qué dejas que te lo quite? —me preguntaba Kiri, me preguntaba otra amiga suya, me preguntaban algunos de mis compañeros.
«¿Y por qué no me ayudáis?», pensaba yo.
—Mejor no hacer nada, igual así se le pasa —decía Zaro, que intentaba no meterse demasiado.
—Bueno, da igual, mientras se conforme con eso… —les contestaba.
—Pero cada día querrá más, y más, mientras no le plantes cara seguirá así, y cuando se canse de quitarte el almuerzo querrá otra cosa —me decía Kiri.
Al final llegó un momento en que ya no me importaba que me empujara, que me insultara, que me quitara el bocadillo… en realidad lo que más me dolía es que Kiri siempre estaba allí cuando todo eso ocurría.
Por eso, por ella, por mis padres, por mí, por la rabia que no sabía cómo sacar pensé en un plan para acabar con aquello. Un plan quizá desproporcionado, sí, porque las consecuencias podían ser fatales, pero no me importaba, creo que cuando el odio se mete tanto en tu cuerpo la mente ya no es capaz de pensar de una forma lógica.
No lo hará más, me decía a mí mismo cada vez que él me quitaba el almuerzo. No lo harás más, le decía con mi mirada mientras intentaba recordar dónde guardaba mi madre el veneno para ratas.
La mañana en que decidí hacerlo esperé a quedarme solo en casa. En cuanto se fueron mis padres busqué en la despensa, abajo, donde mi madre tiene todo lo de fregar, los desinfectantes, el amoniaco… y al final lo encontré: veneno para ratas.
Abrí el pan, cogí Nocilla, la mezclé con el veneno y restregué la mezcla en el pan. Lo envolví y lo metí en la mochila.
Aquel día salí más feliz de casa. Me encontré con Zaro y sonreí, me encontré con Kiri y sonreí como hacía tiempo que no sonreía, y mientras iba hacia el instituto no pensé en las consecuencias que podía tener aquello.
Puede que se lo comiera y no pasara nada, o que le diera una indigestión, o a saber qué… También pensé en que había otras opciones: que se diera cuenta de que no sabía bien y que la tomara conmigo por haber intentado engañarle. Y en ese caso que me obligara a comérmelo yo. Aunque también estaba la opción de que simplemente no lo quisiera y lo tirara al suelo.
Pensé en muchas opciones pero no en la que ocurrió, esa nunca se me habría pasado por la cabeza.
Y entre pelotas de papel en la espalda, risas, miradas y mensajes al móvil que ya apenas leía, sonó el timbre del recreo.
Salí con mi bocadillo en la mano, nervioso, con ganas de que viniera. Me esperé, comencé a abrirlo lentamente.
—¿Qué tiene el Señor Tomate para desayunar hoy? —Así es como me llamaba desde que pasó aquello el primer día—. A ver si me gusta…
Y como siempre, me quitó el bocadillo de las manos.
—Ummm, Nocilla, hoy sí que me gusta, dile a tu mamá que muchas gracias —me dijo mientras se reía, mientras se reían todos los que le rodeaban, que cada vez eran más.
Comenzó a abrirlo para darle el primer bocado. Y en ese momento, cuando ya tenía parte del bocadillo en su boca, ocurrió algo que no estaba entre todas mis opciones, algo que yo no controlé.
No fui yo, lo juro, no fui yo quien lo hizo, fue mi mente la que movió todo mi cuerpo sin que yo se lo ordenara. Conciencia creo que se llama.
Quizá una de las características más increíbles de un superhéroe es que, en plena lucha contra el mal, incluso habiendo vencido ya a su enemigo, hará lo imposible por salvarlo.
Por eso el chico que ha puesto el veneno en el bocadillo, ante la sorpresa de todos, se abalanza sobre MM y de un empujón lo tira, y ambos caen junto a un bocadillo que se abre al tocar el suelo.
Durante unos instantes se hace el silencio, ese que viene tras la sorpresa, tras una reacción que nadie espera, tras el despertar de un héroe…
Y dentro de una situación extraña en la que se acaban de intercambiar los papeles de los protagonistas, quizá lo más curioso es que todo el valor que nuestro héroe nunca ha tenido para defenderse a sí mismo de su villano lo ha tenido ahora para salvarle la vida justamente a él.
Pero la sorpresa inicial pasa.
Y MM se levanta.
Y unos cuantos móviles quedan a la espera.
¿Qué pasará con ese Superman que de pronto ha vuelto a ser Clark Kent? ¿Con ese héroe momentáneo que, al darse cuenta de lo que ha hecho, vuelve a ser el chico anónimo de siempre? ¿Qué pasará con ese villano que tras un momento de incertidumbre vuelve a estar al mando?
MM mira alrededor: un público que, móvil en mano, clama venganza. Se dirige con la furia dibujada en su rostro hacia él. Le coge el cuello con una mano, con la intención de darle un puñetazo en la cara con la otra, porque no puede dejar un ataque así sin respuesta, porque no puede defraudar a la audiencia.
Ya tiene el puño preparado para atacar cuando una profesora grita mientras llega corriendo.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta separando a los dos chicos.
—Nada —responde uno.
—Nada —responde el otro.
Y así, con la batalla aplazada, finaliza una venganza que podría haber acabado muy mal, pues lo que ambos no saben es que había demasiado veneno en aquel bocadillo.
MM vuelve a clase rabioso, pensando en cómo vengarse de lo ocurrido.
El chico tomate vuelve a clase temblando. Recuerda una frase de una de sus películas preferidas de Batman: «O mueres como un héroe, o vives lo suficiente para verte convertido en el villano». Sabe que es un héroe porque ha salvado una vida, pero sabe también que es un villano porque ha estado a punto de acabar con esa misma vida.
A partir de aquel día en el que le salvé la vida las cosas fueron a peor: cada vez más empujones por los pasillos, más zancadillas al entrar o salir de clase, más cosas que me metían en la cartera… pero todo lo hacían de una forma tan disimulada que nadie parecía ver nada.
En clase ya me había acostumbrado a que me tiraran de todo en la espalda: al principio solo eran papeles, gomas de borrar, trozos de tiza, escupitajos… pero después fueron tirándome cosas que ya hacían más daño: lápices, bolis, sacapuntas de esos de metal, algún día alguna pequeña piedra… el problema es que yo nunca hacía nada, nunca me rebelaba.
Lo que más le gustaba a MM era hacerme daño delante de gente, para que todos se rieran de mí, para sentirse importante, con poder.
A veces pensaba que me merecía todo lo que me estaba pasando, por ser tan cobarde, por no hacerle frente.
Yo pensaba que si no hacía nada, que si no le plantaba cara, al final se cansaría de mí y me dejaría en paz. Pero eso no sirvió de nada, sino todo lo contrario.
Recuerdo que al principio todo pasaba dentro del instituto: en clase, en los pasillos, en el recreo… nunca me habían hecho nada fuera, en la calle, por eso el día que ocurrió me pilló por sorpresa.
Aquel día aún volvía de clase con Zaro y Kiri. Me despedí primero de ella con un adiós, sin casi mirarnos. Me despedí a los pocos minutos también de Zaro.
La vuelta a casa la hacíamos casi siempre en silencio, nunca hablábamos de lo que me estaba pasando, creo que ellos no se atrevían a sacar el tema por si me hacían daño, por si me sentía mal, y yo prefería no decir nada, como si al no hablar de algo ese algo no existiera. Ya me dolía bastante tener que sufrirlo para después tener que hablar de ello.
Aquel día, en la esquina del supermercado, Zaro se fue hacia su casa y yo hacia la mía, por el parque. Allí fue donde me sorprendieron.
Salieron de detrás de un árbol y me rodearon. No me dio tiempo a reaccionar, me quedé quieto. De pronto me tenían allí, indefenso. Creo que ellos mismos se sorprendieron de lo fácil que había sido cazarme.
MM se colocó delante de mí y comenzó a reírse, a insultarme, a empujarme mientras otro grababa con el móvil. Un empujón, dos, tres, cuatro… hasta que caí al suelo. Me quitaron la mochila y la vaciaron, y risas, y más risas, y nada más. Demasiada gente alrededor.
—Aún tenemos que ajustar cuentas por lo del bocadillo —me dijo MM mientras se marchaban riendo.
En medio de un parque un chico se arrodilla para recoger todo lo que le han tirado al suelo: los libros, el estuche, la carpeta, la autoestima…
Vuelve a colocarse la mochila y mira alrededor deseando que nadie le haya visto, pues le duele más la vergüenza que los golpes. Pero sí que hay testigos, muchos han pasado cerca cuando todo ocurría pero ninguno se ha acercado a ayudarle, nadie le ha preguntado cómo está, todos han mirado hacia un chico al que le estaban robando la autoestima pero nadie ha hecho nada.
«Y mañana otra vez», piensa.
Camina arrastrándose hasta que llega a la altura de su casa, pero en lugar de entrar, gira a la izquierda, continúa dos calles más arriba, pasa una pequeña plaza y atraviesa un callejón que acaba en un pequeño muro.
Mira alrededor para ver si hay alguien: nadie.
Salta y se dirige a su refugio, a su rincón secreto, un lugar que conoce desde hace años pero que últimamente visita más que nunca.
Deja la cartera en el suelo y se sienta, a solas, intentando adaptar la vista en esa zona más oscura.
Lleva ya varias tardes yendo allí, desde que ocurrió lo del examen. Es el único lugar en el que puede encontrar un poco de paz. Y sobre todo, el único lugar donde puede desahogarse. Allí puede llorar y gritar todo lo que quiera, allí puede sacar toda la rabia que lleva dentro. Eso sí, tiene que hacerlo en el momento justo. Mira el reloj y aún quedan diez minutos. Coge una tiza y comienza a escribir una lista muy especial en la pared. Una lista que cada vez será más grande o más pequeña, y de eso dependerá todo, incluso su vida.
Espera a que llegue la hora adecuada.
Mira el reloj: quedan ya solo dos minutos.
Deja la tiza en el suelo, se da la vuelta y camina unos metros.
Y durante diez interminables segundos grita todo lo fuerte que puede, hasta que la garganta le quema. Grita hasta que ya no puede más, hasta que se queda sin aire.
Respira hondo, vuelve lentamente a su pared y se sienta junto a su cartera, ya se encuentra mejor. Sabe que necesita desahogarse de alguna manera para que el cuerpo no explote, para que todo lo invisible que lleva dentro salga de alguna forma.
Coge la mochila, se la pone, salta de nuevo el muro e inicia el regreso a casa. Si llega antes que sus padres no dirá dónde ha estado, si llega después tendrá que inventarse alguna mentira: la biblioteca, con Zaro estudiando, en el parque…
Y ese día, al volver a casa, ese chico cenará con su familia y disimulará todo lo que le está ocurriendo.
Antes de irse a dormir le dará un beso a su madre, otro a su padre y un abrazo a su hermana. Una hermana que, como casi siempre, se acostará junto a él, a la espera de un cuento, de alguna historia, o simplemente para dormir acompañada.
Será allí, en la cama, cuando él le contará a su hermana las aventuras de un chico que sueña con tener superpoderes pero que aún no los ha encontrado; será allí, en la intimidad de la noche, cuando le cuente su día a día disfrazado de aventuras y emociones.
Y después, cuando ella ya duerma, será él mismo quien la lleve a su pequeña cama para quedarse de nuevo a solas en una habitación que cada vez huele más a tristeza.
Se acostará y pensará en todo lo ocurrido durante el día. Sabe que los gritos solo son un alivio momentáneo, que lo peor siempre viene por la noche, cuando, con la casa en silencio, comienza a salir todo el ruido de su cuerpo. Será cuando meta la cabeza bajo la almohada —que hace de silenciador del sufrimiento— y comience a llorar todo lo que lleva dentro.
Después vendrá, como cada día, la rabia, los puñetazos al colchón, el clavarse las uñas en sus propios brazos, el atragantarse con su propia saliva al llorar… Hasta que, abatido, comenzará a pensar en que mañana tiene un examen de literatura, un examen para el que no ha estudiado nada.
Mira los libros desde la cama, están en el escritorio, a tres metros, pero no tiene la fuerza suficiente para levantarse a cogerlos.
Al día siguiente me desperté asustado: las 7.03, tenía poco más de una hora para coger el libro y estudiar algo. Lo abrí y comencé a leer todo lo rápido que pude los temas que entraban.
Estuve estudiando hasta que se fueron mis padres, entonces me vestí rápido y salí de casa sin desayunar.
Llegué al instituto y no ocurrió nada, nadie se metió conmigo.
Y llegó también el examen, y entre que no había podido estudiar y que no tenía ganas de contestar nada, lo dejé casi sin hacer.
Aquel viernes llegué a casa y nada más cerrar la puerta me sentí un poco feliz: me quedaban dos días en los que no iba a ir al instituto, dos días para hacer lo mismo que había estado haciendo durante las últimas semanas: decir que tenía mucho que estudiar y no estudiar absolutamente nada.
Últimamente solo me dedicaba a leer cómics, uno tras otro, día tras día, horas y horas leyendo cómics. Mi gran deseo era convertirme en un superhéroe, conseguir algún poder para acabar con MM.
Pensé que todo superhéroe tiene su villano y a mí me había tocado luchar contra él. El gran problema es que pelear era algo que no se me daba nada bien y aún no había encontrado un poder con el que poder vencerle.
Lo que en ese momento no sabía es que quedaba muy poco para conseguir que el miedo lo tuvieran ellos, eso ocurrió la semana siguiente.
Bueno, de momento era viernes, me quedaba todo el fin de semana para ser feliz. Eso sí, si desconectaba el móvil, si no entraba en las redes sociales, si no miraba el e-mail, si no hablaba con nadie, si me aislaba de todos…
En un pequeño piso en las afueras de la ciudad una profesora se ha puesto a corregir ya los exámenes que acaba de hacer esa misma mañana. Tiene un compromiso el domingo y quiere adelantar todo lo posible para llevar las notas el lunes.
Son las once de la noche de un viernes y ya lleva veinte exámenes, y más de cinco cafés. Se levanta de la silla, da una vuelta por la casa, mira el móvil y vuelve a sentarse. Toma un trago de café y coge el siguiente examen.
Pero cuando apenas lleva dos minutos leyéndolo se da cuenta de que ocurre algo extraño, hay algo que no encaja. Reconoce la letra pero no el contenido, reconoce los trazos, las formas tan características de las s, la escritura tan apretada pero a la vez tan legible… pero no reconoce nada de lo que pone, porque pone muy poco y eso no es normal.
Después de corregir el primer ejercicio gira de nuevo el folio para mirar el nombre: «¿Qué está pasando?», se pregunta.
Continúa corrigiendo pero todo va a peor.
Finalmente le pone la nota: un cuatro, suspenso.
Y esa palabra: suspenso, cae como una losa sobre su cabeza y, lo peor de todo, sobre sus recuerdos. Porque ese suspenso comienza a despertar el dragón que hasta ese momento permanecía dormido en su espalda. Nota un escalofrío que le atraviesa el cuerpo desde las nalgas hasta el cuello. Se estremece.
Se quita las gafas y se levanta asustada: sabe que el dragón se despierta muy pocas veces, pero si lo hace, después tarda mucho en dormirse, demasiado.
Se dirige hacia el baño, se quita la camisa, se quita también el sujetador y se da la vuelta.
Ahí está: con los ojos abiertos, mirándola, escupiendo cicatrices de fuego que ahora mismo comienzan a quemarle la nuca.
Cierra los ojos.
Silencio.
Se da la vuelta y sale así, medio desnuda, al comedor. Coge el examen.
—¿Lo hago? —le pregunta al dragón.
—Sí —le contesta.
—¿Y si lo descubren?
—No lo descubrirán.
—¿Y si lo hacen?
—Entonces, asume las consecuencias —le responde el dragón.
Y lo hace.
Y parece que el dragón se tranquiliza.
Va de nuevo al baño y allí se pone el pijama asumiendo que, ahora que se ha despertado, el dragón va a intentar hacer lo de siempre: asumir el control.
Y eso le da miedo.