Invisible
EL CHICO AVISPA
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EL CHICO AVISPA
El lunes pasó algo muy raro.
La profesora trajo ya los exámenes corregidos y comenzó a decir las notas. Yo no tenía ganas de saberla porque iba a ser la primera vez que suspendiera un examen. Pero también pensé que eso podría ayudarme, igual si suspendía el examen los monstruos me dejarían en paz.
La profesora fue diciendo las notas y casi al final llegó la mía.
—Un nueve y medio —dijo la profesora.
«¡Un nueve y medio!», imposible, pensé. Pero si solo había contestado bien cuatro o cinco preguntas de diez. No podía haber sacado un nueve y medio…
Estuve toda la mañana pensando en eso, en lo extraño de esa nota. Algo había pasado.
Cuando acabamos las clases me fui hacia casa a solas con Kiri, pues los lunes Zaro tenía fútbol y venía su padre a recogerlo.
Los lunes eran los días en que Kiri y yo teníamos tiempo para hablar a solas. Tenía claro que si algún día quería pedirle salir, sería un lunes.
Kiri y yo siempre aprovechábamos los lunes para hablar de mil cosas, para reír, para tocarnos de alguna forma que no comprometiera a nada más: un roce en la mano, en el hombro, una sonrisa más larga de lo normal… pero últimamente ya casi no hablábamos, casi siempre volvíamos a casa en silencio. Ella mirando su móvil y yo mirando el suelo.
Aquel lunes llegamos a la esquina del descampado y sin levantar la vista del móvil me dijo adiós y se fue hacia su portal. Y aquello me dolió tanto. No me importaban las patadas que me dieran, los empujones, los escupitajos en mi espalda… hasta ese momento nada me dolía tanto como cuando nos despedíamos como si fuéramos desconocidos.
Me quedé allí. Quieto. Mirando cómo se marchaba, con la esperanza de que antes de entrar en su casa se diera la vuelta para mirarme.
No lo hizo.
Y una chica que hace como que mira algo en un móvil apagado se acerca al portal de su casa sabiendo que él la está observando. En ese momento le gustaría tener el valor suficiente para girarse y correr hacia él.
Y le abrazaría tan fuerte… y le besaría tan fuerte…
Y le diría todo lo que su corazón siente…
Pero no sabe cómo hacerlo. Se queda durante unos instantes observando la cerradura de la puerta, suspira, introduce las llaves lentamente… si él supiera la de veces que lo mira a escondidas.
Está a punto de girar la cabeza, sabe que solo necesita eso, un pequeño impulso y que después todo su cuerpo seguiría al corazón: sus piernas comenzarían a andar, a correr… hasta que sus brazos se abrieran para atrapar un cuerpo que se encuentra náufrago fuera del mar.
Pero no se atreve. Su cabeza no se gira, y su corazón se esconde, y la niña al completo se avergüenza.
Abre la puerta, y entra en casa despacio, casi sin entrar, guardándose en el bolsillo todas las palabras que no ha dicho. No sospecha lo que va a pasar a continuación.
Después de quedarme allí, mirando cómo desaparecía en el portal de su casa… me giré para cruzar la calle y fue en ese momento cuando los vi. Allí estaban ellos, dos en una esquina y MM en la esquina contraria, esperando a que ella se fuera para que no hubiera testigos.
Miré a ambos lados: no había forma de escapar, me cogerían saliera hacia el lado que saliera. Pensé en el descampado que estaba detrás de mí. Era grande, muy grande. Kiri, Zaro y yo habíamos jugado tantas veces allí de pequeños… hasta que un día lo vallaron. Pero después, con los años, habían ido apareciendo varios agujeros, tanto en la valla que yo tenía ahora mismo a mi espalda, como en la otra, en la que daba a la calle opuesta. Podía entrar por aquí, correr a través del descampado y salir por la otra parte.
Apenas lo pensé un segundo: me di la vuelta y busqué uno de tantos agujeros de la valla y me metí dentro del descampado.
Y corrí, corrí todo lo que pude entre la chatarra abandonada y la maleza que crecía por todos lados. Corrí hacia la otra parte del descampado, pero allí me encontré algo que no me esperaba.
¡Habían quitado la valla y habían puesto un muro!
¿Cuánto tiempo hacía que no entrábamos allí? Por lo menos dos años. ¡Habían puesto un muro!
Me escondí tras unos matojos altos que había junto al muro, en una esquina. Sabía que me acababa de meter en mi propia trampa. Si me encontraban allí, nadie podría verme, podrían hacerme lo que quisieran y nadie vería nada.
Mi única opción era quedarme quieto y esperar que no me encontraran.
Asomé la cabeza y vi que ya estaban fuera, justo frente al agujero por el que yo había entrado.
Y entraron.
Desde donde yo estaba podía verlos, ya habían entrado en el descampado para buscarme.
Mientras estaba allí escondido no sé por qué me imaginé a MM de mayor, ¿cómo sería, qué haría? Me lo imaginé pegando a más gente: quizá a su novia, quizá a su mujer cuando se casara, o a sus hijos, pegándoles desde pequeños cada vez que hicieran algo que a él no le gustase.
Quizá en el futuro sería de esas personas que aparecen en las noticias por haber matado a su mujer y a sus hijos. Pensé en ese momento en Betty, la que ahora era su novia, pensé también en todas las chicas de clase que se morían por él, solo porque era guapo, y alto, y fuerte… aun sabiendo que le gustaba tanto golpear, empujar, mandar.
Estaba pensando en todo eso cuando un ruido me hizo volver a la realidad: se acercaban a mí. Sabía que al final iban a descubrirme, pues el descampado no era tan grande y ya se habían dado cuenta de que en esta parte había un muro.
Comencé a buscar a mi alrededor algo con lo que defenderme: una piedra, un palo, cualquier cosa me hubiera servido, pero no había nada, absolutamente nada… hasta que escuché un ruido que lo cambió todo.
Un zumbido a mi alrededor, y otro, y otro… miré justo encima de mí y allí estaba: un avispero. Mi imaginación, el miedo y los cómics tuvieron la culpa de lo que pasó a partir de ese momento.
El agujero desde el que entraban y salían avispas era lo suficientemente grande para poder meter la mano. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea: si Spiderman había conseguido tener superpoderes porque le picó una araña, quizá podría ocurrirme lo mismo a mí si me picaba una avispa. Quizá yo también podría tener poderes… y podría volar, moverme tan rápido como un insecto, inyectar mi veneno en otros… Me imaginé también con un aguijón gigante en el culo, con una fuerza sobrehumana que me permitiera aplastar a esos monstruos que venían a por mí.
Nunca me había picado una avispa pero pensé que sería como la picadura de un mosquito, quizá un poco más fuerte pero nada más.
Sabía que enseguida me encontrarían, que tenía que darme prisa… y, sin pensármelo más, me levanté y metí la mano en el avispero.
La primera picadura llega nada más introducir la mano, es como si le hubieran clavado una aguja ardiendo. Al instante viene la segunda, y la tercera, y a partir de ahí ya pierde la cuenta.
Saca la mano lo más rápido que puede pero las avispas salen tras él y comienzan a ocupar su mano, su brazo, rodean su cabeza…
Él solo siente dolor, un dolor que se ha repartido al instante por todo el cuerpo pero que mantiene su intensidad en la mano derecha, una mano que ha dejado ya de sentir.
Corre de un lado para otro, gritando, sin saber qué hacer para que todo acabe.
Todos esos gritos le descubren ante sus monstruos. Unos monstruos que están paralizados observando el espectáculo. No intervienen, no hacen nada, solo miran.
Un espectáculo que de pronto se les viene encima, porque un chico que ya no sabe qué hacer para eliminar el dolor, abre los ojos y los ve allí, frente a él. Y es en ese momento cuando, por pura rabia, sale corriendo hacia ellos con la intención de golpearles con su mano derecha todo lo fuerte que pueda, a ver si eso al menos puede aliviar su propio dolor.
Es entonces cuando ellos salen huyendo de allí por el mismo agujero de la valla por el que entraron. Y el chico avispa les sigue, se agacha, atraviesa la valla y cae en la acera. Y ya no se levanta, pero antes de perder el conocimiento aún le da tiempo a ver algo, algo que formará parte de su lista, de esa que esconde en su rincón secreto.
Estuve un día en el hospital, en observación, mientras mi cuerpo comenzaba a deshincharse. Era una sensación rara, mi piel parecía cartón, movía los dedos de una mano que parecía estar llena de pegamento. El ataque había sido tan fuerte que llegué a escuchar cómo el doctor le decía a mi madre que por poco no lo cuento. Prácticamente todo mi cuerpo se había hinchado.
Cuando me miré por primera vez al espejo me di cuenta de que sin quererlo me había convertido en una especie de Hulk.
Los médicos me explicaron que en realidad no habían sido tantas picaduras, al final solo encontraron cinco, el problema es que yo soy alérgico a las avispas y que por eso me había puesto así.
Bueno, eso es lo que me dijo el médico, pero yo sabía que no había sido la alergia lo que me había convertido en una especie de superniño. Lo que había pasado es que de alguna forma ese veneno había modificado mi ADN y, seguramente, a partir de aquel momento mi cuerpo comenzaría a sufrir transformaciones, a tener superpoderes, y así fue, lo que pasa es que tardaron bastante en aparecer.
Cuando mis padres me preguntaron cómo me lo había hecho, me inventé una historia que ni siquiera yo me creía, me había acercado al descampado a buscar algo, metí la mano donde no debía y… Les he mentido tanto a mis padres últimamente…
Iba a estar unos cuantos días sin ver a los monstruos, y eso me hizo feliz. Lo que en ese momento no sospeché es que iban a ser los monstruos los que vendrían a visitarme a mí, que se iban a meter en mi casa, en mi habitación, en mi cama.
Lo que el niño avispa no supo en aquel momento es que mientras él iba de aquí para allá gritando de dolor, uno de los monstruos se dedicaba a grabarlo todo con su móvil.
Lo que el niño avispa no supo en aquel momento es que mientras él iba en una ambulancia hacia el hospital ese vídeo ya volaba como un virus de móvil a móvil: WhatsApp, Facebook, Instagram, YouTube…
Miles de personas estaban viendo a un chico cubierto de avispas que corría de aquí para allá, intentando quitárselas de encima. Un vídeo que no se puede censurar, pues nadie ha hecho nada, no se ha cometido ningún delito, solo se ve el sufrimiento cómico del momento.
Un vídeo que no solo hace reír a los compañeros del futuro chico invisible sino a muchos padres que también lo ven en casa —con sus hijos— y no pueden dejar escapar una sonrisa al ver a ese niño corriendo sin control…
Es curioso que nadie se pregunte —ni niños ni adultos— por qué durante el minuto que dura el vídeo nadie sale en su ayuda; que nadie vea extraño el hecho de que hay al menos una persona que podría ayudarle, la misma que sostiene la cámara… es curioso y triste que haya tantos monstruos en esta sociedad, los que hacen y los que miran, los que ríen y los que graban el vídeo…
Un vídeo que segundo a segundo va recorriendo toda una red de móviles… hasta que llega a un móvil muy especial.
Un móvil que tiembla sobre una mano repleta de pulseras de alguien que no ríe, sino todo lo contrario. Que llora de rabia, de impotencia, que se sumerge en ese tipo de dolor que se te queda dentro cuando han hecho daño a quien quieres.
Ella sí sabe qué ha ocurrido, ella sí sabe dónde está grabado ese vídeo y sobre todo, ella sí sabe cuándo pasó todo…
¿Por qué no se dio la vuelta?
¿Por qué no volvió junto a él?
Son tantos los porqués que se analizan cuando algo ya ha ocurrido. Cómo duele hacerse preguntas cuando las respuestas llegan tarde.
No sabe qué hacer para ayudarle, no sabe qué hacer para decirle lo que realmente siente… se pasa la tarde pensando en ello hasta que se le ocurre una idea.