Inocencia robada
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Las anguilas del Rin.
Sævar Kreutz solía pensar en las anguilas del Rin.
Había ocurrido unos años atrás. Acababa de regresar a Alemania después de haber invitado a los dirigentes del grupo empresarial Kreutz a pescar salmón en Islandia. Tal y como esperaba, les había encantado el país, sobre todo su herencia histórica. Los alemanes solían interesarse mucho por Islandia, no solo por su cultura y su literatura sino también por la raza aria nórdica, que, según ellos, se había preservado intacta en el Atlántico Norte. Les había mostrado algunos lugares remotos en el oeste del país donde se podía plantear la construcción de un edificio para el grupo empresarial. Al final abandonaron la idea de construir en Islandia. Al menos, por el momento.
Poco después de su regreso a Alemania, comenzaron a difundirse las noticias sobre las anguilas del Rin. «¡A los pies del mismísimo Lorelei!», había pensado Sævar Kreutz. La contaminación del río en las zonas industriales era tal que las anguilas salían a tierra en busca de oxígeno. Su organismo no soportaba los vertidos tóxicos ni los desechos procedentes de las fábricas. Todas las formas de vida desaparecían gradualmente en aquel imponente río de importancia histórica. Los peces quedaban varados en la ribera, muertos o maltrechos. Las anguilas luchaban por mantenerse con vida saliendo del agua para respirar oxígeno atmosférico.
«Abnormal», pensaba Sævar Kreutz mientras acariciaba la cabeza del niño. Le fascinaba el comportamiento anormal de los animales supuestamente ligado a la intervención del hombre en la naturaleza. Había leído con sumo interés las noticias sobre las tortugas de las islas Galápagos, que, después de poner los huevos en la orilla, no regresaban al océano, sino que se adentraban en la tierra, donde quedaban a merced de las aves. También había leído casos de hienas que atacaban a pueblos africanos y de cisnes que agredían, e incluso mataban, a las ovejas islandesas. Coleccionaba artículos semejantes.
Sævar Kreutz estaba sentado en su estudio, con el mayor de los niños a su lado. El más pequeño jugaba en el suelo delante de él. Le gustaba estar con ellos en Islandia y se los llevaba cada vez que tenía ocasión. Hacerlo era arriesgado, sobre todo en el caso del mayor, pero le daba igual. Su hogar estaba en Islandia. Un día se lo explicaría todo. Pero todavía no era el momento. Todavía no. No tardarían mucho en enterarse de todo. No le preocupaba. No le daba miedo su reacción. No le daba miedo el futuro. No le daba miedo el juicio al que lo sometería la historia. Tenía ganas de dar a conocer su hazaña.
Sævar Kreutz detestaba usar a los niños como animales de feria y le irritaba la llegada de los coreanos. Pero la intención había sido siempre la de hacer negocios en el extranjero junto con los alemanes y ahora no se echaría atrás. No había razón para hacerlo. Era el principal portavoz del grupo empresarial en cuestión de desarrollo de producto y, lo más importante, en la venta de servicios especializados. Al mundo le llevaría un tiempo entender su aportación a la ciencia, pero, estaba convencido de que, con el tiempo, las generaciones venideras lo verían como una absoluta revolución.
Iba a tener que tomar medidas para marcharse del país con los niños. La investigación policial había comenzado a dirigirse hacia él y solo era cuestión de tiempo que se presentaran en su casa de Kjalarnes. Para entonces debería haber desaparecido. Tal vez no volviera nunca más a Islandia. No quedaba más remedio. Al fin y al cabo, ya casi no se consideraba islandés, si es que alguna vez lo había sido. Le parecía un país espectacular, con una historia interesante, pero no le gustaba la gente.
—No lo entienden —dijo en voz alta—. No son más que unos pueblerinos que se las dan de cosmopolitas.
Sævar Kreutz no se arrepentía de la metodología que había empleado en sus experimentos. Nunca supo qué fue de los chicos de aquella clase. Había actuado por el bien de la humanidad, lo cual exigía sacrificios, pero había que aceptarlo. ¿Qué no se había sacrificado ya por el progreso de la ciencia?
Su padre nunca lo habría entendido. El farmacéutico de la tercera generación, que había heredado una próspera empresa y unos valiosos contactos con el grupo alemán, podría haberse convertido en una superpotencia dentro de Islandia, pero todo se había echado a perder por culpa de unos rumores falsos. Era un hombre pequeño y corto de miras, como el país. Había roto las relaciones con la empresa porque corrían rumores de que habían realizado experimentos en campos de concentración nazis. Vergüenza en la prensa alemana. Le había prohibido a su hijo mantener cualquier contacto con los Kreutz, aun si lo había enviado de joven junto con su hermana a Alemania para que ambos tuvieran una educación en la empresa familiar. Sævar había tenido una acalorada discusión con su padre. No quería romper los lazos de ninguna manera. Al contrario, los pretendía reforzar. Rannveig había tratado de apaciguar las cosas. Pobre Rannveig. Le habría gustado estar a su lado cuando murió. Le habría gustado asistir a su entierro. Nunca había visitado su tumba. Ella tampoco lo había entendido. Él había tratado de hacerle comprender su proyecto, por qué pensaba que era correcto. No era sino la consecuencia natural de los grandes descubrimientos del siglo XX. El grupo empresarial Kreutz entraba de lleno en el porvenir. Él, en persona, estaba contribuyendo a crear el futuro.
Esas eran las reflexiones que hacía Sævar Kreutz sobre su pasado y su presente. Apenas pensaba en su vida privada y en su familia. No tenían una especial relevancia para él. Lo único que le importaba eran los avances científicos. Sentado junto al niño, le daba vueltas a la cuestión, pero siempre llegaba a la misma conclusión inamovible. Tenía una gran misión que cumplir. Una misión histórica cuyo objeto de trabajo era la naturaleza misma. Dios era su testigo y su guía. Sævar Kreutz recordó las palabras de su hermana. Le había dicho que era abnormal. Esa palabra había utilizado.
Abnormal.
Sævar Kreutz abrazó al niño. Un niño al que amaba como a nada en el mundo.
«Du bist nicht abnormal», pensó en la lengua de sus antepasados.