Inocencia robada

Inocencia robada


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Erik Faxen estaba al teléfono cuando oyó un alboroto en la entrada seguido de los gritos lastimeros de su secretario. La puerta de su despacho se abrió violentamente y Kiddi Cuervo entró acompañado de Pálmi.

—¿Se puede saber qué es esto? —gruñó Erik con el auricular en la mano—. ¿Quiénes sois y a qué viene este escándalo? —añadió antes de cambiar radicalmente de tono y decir con suavidad al teléfono que volvería a llamar al cabo de unos minutos.

—Vuestro castillo de naipes se os está empezando a desmoronar —respondió Kiddi regodeándose mientras paseaba la mirada por el elegante despacho.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que a Sævar Kreutz y a ti se os va a ir todo al carajo.

—¡Estos hombres se me han tirado encima! —gritó el secretario desde la puerta.

—Vete a casa —le indicó Erik haciéndole una señal con la mano—. Y cierra cuando salgas.

—Eso, o llama a la policía. Mejor todavía —añadió Kiddi.

—¡Fuera! —ordenó Erik a su secretario, que se fue cerrando la puerta con cuidado—. ¿Qué historias son esas sobre Sævar Kreutz?

—Nos gustaría pedirte que nos acompañaras para hablar con él —respondió Kiddi.

—¡Qué honor! ¿Qué tienen que decirle a un hombre como Sævar dos tipos como vosotros? ¿Y qué tengo que ver yo con él?

—Claro, claro, claro, tú eres un angelito caído del cielo y cagas flores —le espetó Kiddi Cuervo, acercándose a él—. Sabemos que eres el brazo derecho de Sævar Kreutz y su colaborador más cercano. Sabemos que, hace unos treinta años, tu jefe le hizo chantaje a un profesor del colegio de Víðigerði para que drogara a los chicos de su clase porque quería estudiar los efectos de una mierda de medicamento. Me la juego a que fuiste tú quien lo obligó a que trabajara para vosotros. Tienes que ser el grosero del que hablaba, aunque, ahora que te tengo aquí delante, mucha cara de cabrón no es que tengas, más bien pareces un mierdecilla. Además, sabemos que no todos vuestros conejillos de Indias están muertos porque yo iba a esa clase y sigo con vida. Kristján Einarsson. ¿Te suena ese nombre?

Kiddi Cuervo se acercó hasta Erik Faxen y le dio un inesperado codazo en las costillas. Erik se quedó sin respiración y cayó al suelo de rodillas. No consiguió recuperar el aliento hasta pasado un rato.

—Nos hemos hecho con esas cintas que tanto buscabas —continuó Kiddi, impasible—. Hemos escuchado a Halldór contarlo todo. La policía retuvo a un hombre cuyas declaraciones coinciden con su versión. Seguro que te acuerdas de Sigmar. También iba a esa clase. Ahora he reaparecido, y algo me dice que soy un testigo bastante valioso. Así que esto se os va a ir todo a la mierda, a ti y a tu amigo Sævar Kreutz.

—¿Habéis escuchado las cintas? —preguntó Erik, recuperado del codazo.

—Debes de estar sordo —respondió Kiddi.

—¿Y?

—Halldór habla y habla. Según él, lo forzasteis a darnos un tipo distinto de cápsulas de aceite de hígado de bacalao. Nos drogaba a cambio de que vosotros no pregonarais a los cuatro vientos que era un pervertido al que le gustaban los niños.

—¿Y menciona a Sævar Kreutz?

—Con todas sus letras, diría yo —respondió Kiddi.

—¿Y la policía tiene ahora las cintas?

—Sí.

—¿Qué queréis de mí? —preguntó Erik Faxen, rindiéndose—. ¿Y tú quién eres? —le preguntó a Pálmi.

—Mi hermano iba a esa clase.

—Así que eres el tal Kristján. ¿Y vienes a terminar lo que empezaste hace tantos años? Por lo visto, no te metimos suficiente miedo.

Erik había entendido por fin la situación. Si la policía tenía en sus manos el testimonio de Halldór, era inevitable que se interrogase a Sævar. Una cosa era escaparse de los policías y huir del país, pero otra cosa eran esos dos tipos. No eran un par de agentes condescendientes, sino dos fantasmas del pasado con sed de venganza, dos hombres que querían ver a los culpables cumplir su condena. Erik trató de ganar tiempo para poder alertar a Sævar Kreutz de alguna manera. Por si fuera poco, se añadía el problema de los coreanos, que llegaban al país esa noche para reunirse con Sævar. ¿Qué debía hacer? No podía hacer nada contra aquellos hombres. Decidió no oponer ninguna resistencia. De todas maneras, siempre habían sabido que todo saldría a la luz tarde o temprano. Nadie puede mantener un secreto así durante tanto tiempo, y menos en Islandia. La pregunta era cuánto podían saber y cuánta información podía seguir ocultándoles. Solo parecían indignados por la administración de las cápsulas, lo cual era bueno.

—Halldór llevaba años amenazándonos con contar lo del experimento —comentó para ganar tiempo—. Nunca le hicimos caso. Tenía miedo de hacernos enfadar porque conocíamos su pasado. Todos hemos cometido algún pecado.

Kiddi Cuervo y Pálmi se intercambiaron una mirada.

—¿Qué puedo hacer por vosotros? No es necesario recurrir a la violencia —dijo poniéndose de pie, con la mano apoyada en el torso.

—Queremos que nos lleves hasta Sævar Kreutz.

—Sævar no se encuentra en el país, así que me temo que eso no es posible —respondió, pensando que quizá se tragaban esa mentira.

Kiddi Cuervo volvió a abalanzarse sobre él. Erik retrocedió hacia la elegante vitrina de las estatuillas de porcelana y el cristal se rompió con un estruendo.

—No cuela —le advirtió Kiddi—. Llevo dos semanas vigilando su casa. Te he visto entrar y salir por la verja con tu cuatro latas yanqui. Ayer, sin ir más lejos, lo vi recibirte y acompañarte de nuevo al coche. Nuestro plan es muy sencillo. Vas a decirle que quieres reunirte con él urgentemente. Invéntate que se os han torcido las cosas. Te acompañaremos al coche, nos llevarás hasta su casa y nosotros nos encargaremos del resto.

—¿Ahora?

—Ahora.

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