Inocencia robada

Inocencia robada


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Al cabo de media hora, el coche de Erik Faxen cruzaba la verja automática. Tenía órdenes de no asistir a la reunión con los coreanos. Solo se había limitado a organizarla, pero no pintaba nada en ella. Había conseguido que Sævar Kreutz aceptara un encuentro de media hora en aquella lúgubre tarde de enero. «Es imprescindible que hables con ellos», le había dicho al teléfono. Guardaba relación con lo que habían hablado en los últimos días. El guardia de seguridad, que conocía a Erik a la perfección, le hizo algunos comentarios sobre sus dos acompañantes, a quienes no habían visto nunca antes. Vestidos con unos trajes elegantes que Erik les había prestado, iban sentados en el asiento trasero sin decir una palabra mientras le explicaba al guardia que su visita no estaba registrada porque se habían producido unos cambios de última hora como consecuencia de la llegada de los coreanos. Erik siempre se había llevado bien con los vigilantes de la casa y el guardia dejó pasar a los tres hombres sin mayor complicación. Sævar Kreutz pensaba a veces en reforzar el sistema de vigilancia, incluso armar a los guardias, pero nunca se había atrevido a hacerlo porque temía que un desmesurado despliegue de medios pudiera llamar la atención. Apenas se veían armas de fuego en el país. Le bastaba con comportarse de forma discreta para pasar desapercibido.

Por un instante, Erik se había planteado la posibilidad de explicarle al guardia quiénes eran Kiddi Cuervo y Pálmi para tratar de avisar con tiempo a Sævar Kreutz de la llegada de aquellos dos visitantes no deseados. Pero prefirió no hacerlo. Había tenido tiempo para sopesar todos los escenarios posibles. Tenía la impresión de que a Kiddi no le costaría mucho esfuerzo aplastar al guardia. Ni él ni su amigo Pálmi le habían quitado la vista de encima desde que habían irrumpido en su despacho. Habían escuchado toda su conversación con Sævar Kreutz cuando lo llamó para organizar aquella reunión urgente. Erik no había conseguido avisar a su jefe de que se había destapado su pasado ni de que seguramente la policía estaba obteniendo en esos momentos una autorización para registrar su casa en busca de indicios de actividades farmacéuticas ilegales. Pensaba sobre todo en salvar su propio pellejo. Sævar Kreutz debía enfrentarse a esos hombres. Erik Faxen debía escaparse. Era así de sencillo.

Entraron en la mansión. Kiddi había pasado un tiempo vigilándola desde fuera, pero, ahora que estaba dentro, le parecía aún más grande de lo que había imaginado. Recorrieron el amplio vestíbulo antes de pasar a la exuberante sala ceremonial, en cuyo extremo se veía una enorme chimenea. Pálmi contempló boquiabierto los cuadros de las paredes. Había obras maestras de la pintura islandesa, tanto clásicas como contemporáneas, e incluso le pareció ver un lienzo de Cézanne. «No puede ser cierto», pensó. Los suelos estaban engalanados con alfombras persas y pieles de animales. Un sinfín de muebles y objetos antiguos se distribuía en la inmensidad de la sala. La decoración parecía estar especialmente diseñada por interioristas. Jamás había visto semejante opulencia, y ni siquiera se había imaginado que algo así pudiera existir. Por un instante se olvidó de las razones que lo habían llevado hasta allí, se olvidó de su hermano, de su madre, de la clase de Daníel, de Halldór y de todo. Recorrió la estancia poco a poco, maravillado ante su grandeza.

—¿Quiénes son estos dos hombres, Erik?

Pálmi se sobresaltó al escuchar la pregunta, que resonó unos segundos en la sala. Habían llegado hasta la colosal chimenea, una obra de arte minuciosamente tallada. El calor de las llamas bastaba para calentar la estancia. Un hombre de unos setenta años se había acercado hasta ellos desde el otro lado de la sala. Alto, delgado y de pelo tupido, tenía la nariz afilada, los ojos pequeños y unos labios tan finos que parecían una simple raya dibujada en el rostro. Vestido con un impecable traje cruzado y un pañuelo de seda azul oscuro alrededor del cuello, sostenía un cigarrillo entre sus esbeltos dedos.

—Han exigido verte y me ha sido imposible detenerlos. A uno lo dábamos por muerto. Se llama Kristján Einarsson y era uno de los antiguos alumnos. El otro se llama Pálmi y su hermano también iba a esa clase: Daníel, el que se tiró por la ventana. Me han obligado a venir y no he tenido la menor oportunidad de avisarte.

El hombre de los labios finos y el pañuelo azul no mostró ninguna reacción. Erik Faxen continuó:

—La policía nos sigue la pista. Tiene en sus manos las cintas de las que hablaba Halldór. Así que cabe esperar que lleguen esta noche o mañana por la mañana.

Sævar Kreutz seguía con el rostro inmutable. Los tres hombres que tenía delante guardaban silencio. La noticia de que su viejo secreto estuviera a punto de desvelarse no parecía afectarle lo más mínimo. Caminó despacio hacia Kiddi Cuervo, lanzó el cigarrillo a la chimenea y sacó otro de una lujosa tabaquera de oro.

—Así que tú ibas a esa clase —dijo deteniéndose frente a él—. Uno de los hijos del polvo. Tú eres el que estuvo ingresado unos días en el hospital y por eso no recibiste la misma dosis que los demás. No conseguimos igualarla a pesar de las instrucciones que le dimos a Halldór.

—Fue mucho más sencillo —replicó Kiddi Cuervo mirando a los ojos a Sævar Kreutz—. No me gustaban nada esas cápsulas. Las aborrecía. No se te había ocurrido esa posibilidad.

—No. Eran puras golosinas.

—Estaban rellenas de una bazofia asquerosa.

—¿Es eso un ojo de cristal?

—Una vieja herida de guerra que me hice en nuestro barrio.

—Tengo ganas de ver tu reacción. Y la tuya también, Pálmi. Venid conmigo y trataré de responder a vuestras preguntas. Está claro que me odiáis, pero a lo mejor puedo compensar los daños que os causé. Tened presente que debéis abrir la mente para hacer frente a lo que os voy a enseñar.

Pálmi miró a Kiddi Cuervo y ambos se volvieron hacia Sævar Kreutz, que había dado media vuelta y salía de la sala por el mismo camino por el que había entrado. No habían entendido nada de lo que acababa de decir. Erik Faxen no los acompañó. Atravesó la enorme sala, pasó por delante del guardia de seguridad sin decir una palabra, se subió al coche y cruzó la verja eléctrica. El grosero se había dado a la fuga.

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