Inocencia robada
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—No veo ninguna razón para negarlo. Hicimos experimentos con un medicamento que se estaba desarrollando en aquel entonces —explicó Sævar Kreutz. Había acompañado a Kiddi Cuervo y a Pálmi a su despacho. Todavía quedaba media hora para su reunión con los coreanos. Kiddi y Pálmi no tenían ningún plan establecido. Había sido sorprendentemente fácil reunirse con Sævar Kreutz. Sentado al otro lado de su escritorio, con la espalda erguida, no mostraba ningún remordimiento de conciencia por lo que le había hecho a los amigos de Kiddi. Ardía en deseos de hablarles de sus experimentos, pero, al mismo tiempo, daba la impresión de que quería terminar cuanto antes. No se apreciaba en él ni el más mínimo signo de arrepentimiento. Por el contrario, parecía orgulloso de su proeza. Daba la impresión de que tenía algo preparado y se moría de ganas de enseñárselo a sus invitados para que fueran testigos de sus aptitudes y su inteligencia. Pálmi tenía la sensación de que llevaba un tiempo con la ilusión de compartir su descubrimiento y que, en ese momento, se le había brindado la oportunidad de oro. Se dirigía a ellos como si fuera su amigo íntimo y no como el hombre que le había arruinado la vida a tanta gente. Kiddi y Pálmi querían explicaciones antes de desvelar su secreto. Todo lo demás les daba igual.
—Llamé al experimento «Aurora» —continuó Sævar Kreutz—. Como el poema del gran poeta Einar Benedíktsson. «¿Acaso el hijo del polvo conoce visión más gloriosa que el alto salón de los dioses envuelto en vacilantes llamas?». Evidentemente partíamos del desconocimiento, que es el motor principal de cualquier labor científica. Nadie conocía con exactitud los efectos de esa sustancia, no como hoy. Supongo que sabéis lo que son las anfetaminas. Llevan más de un siglo sintetizándose en laboratorios químicos. Como suele suceder con los medicamentos, su utilidad se descubrió durante la guerra. Los soldados son los mejores conejillos de Indias, y los científicos lo saben desde hace tiempo. Las anfetaminas se usaban en la Guerra Civil española y en la Segunda Guerra Mundial para mantener despiertos a los soldados y prolongar su capacidad de lucha durante días. No voy a aburriros con los detalles, quedaos con que la sustancia afecta al sistema nervioso central. Combate el cansancio y la necesidad de dormir. Después se convirtió en un estimulante cotidiano. Hasta los Rolling Stones le dedicaron una canción: Mother’s Little Helper. Obviamente, hoy sabemos más cosas, como que es una droga que se consigue en el mercado negro. ¿Cómo la llaman? Espid, o algo así. Su venta está sujeta a estrictas restricciones. Cuando comencé mis experimentos, no sabía exactamente qué tipo de sustancia era.
—Tenía la sospecha de que nos habías dado anfetaminas —afirmó Kiddi Cuervo—. La droga de moda. No me extraña que nos arruinara la vida.
—No te engañes. Vuestra vida estaba abocada a la ruina —respondió Sævar Kreutz inmediatamente, como si, después de tanto tiempo, hubiera encontrado por fin la oportunidad de justificar sus actos.
—¿Por qué escogisteis esa clase, ese colegio y ese profesor? —preguntó Pálmi—. ¿Fueron elegidos al azar o había alguna razón?
—Nos hacían falta dos cosas: por un lado, un grupo de torpes, y, por otro, un profesor al que poder obligar a trabajar con nosotros. Buscamos en todos los colegios de Reikiavik. Analizábamos cada clase, su comportamiento, sus notas, sus profesores… Queríamos el grupo que peor se portara y que peores resultados obtuviera. Y necesitábamos un profesor al que pudiéramos manipular sin correr el riesgo de que se fuera de la lengua. Estudiamos la trayectoria de una serie de profesores hasta que dimos con Halldór. Nos bastó una sola llamada al exdirector del colegio de Hvolsvöllur para averiguar lo que había hecho allí y que lo habían echado del pueblo. Tan solo me limité a llamarlo y él me lo contó todo de buena gana. Se debió de pensar que pertenecía a alguna institución y parecía querer aliviar su mala conciencia. Nos interesamos por la clase de Halldór y vimos que cumplía con todos los requisitos. Erik Faxen, a quien ya conocéis, le hizo una visita a Halldór y este no opuso ninguna resistencia. No era más que un pobre hombre. Durante un año les dimos a sus alumnos unas cápsulas de aceite de hígado de bacalao ligeramente diferentes, con un principio estimulante que provocó una mejora enorme de su rendimiento. La base era de anfetamina, pero contenían otras sustancias que potenciaban su efecto. Las niñas no nos servían debido a que los cambios hormonales que experimentan a esa edad podían falsear nuestros resultados.
—Así que convertiste a mis amigos en drogadictos —concluyó Kiddi Cuervo.
—Eso es discutible. En aquella época, y hoy todavía en algunos casos, la anfetamina se utilizaba para tratar la narcolepsia, un trastorno neurológico del sueño y ciertas alteraciones del comportamiento infantil. Estas últimas son las que queríamos estudiar en profundidad. En realidad, se trataba de un experimento indoloro y sencillo. Por aquel entonces estábamos desarrollando un tratamiento para niños que sufrían graves trastornos del comportamiento. Elaboramos un psicofármaco que en la actualidad es uno de nuestros productos más vendidos. Se puede adquirir con receta en cualquier farmacia del mundo. Lamentablemente, el tratamiento infantil no dio buenos resultados. —Sævar Kreutz suspiró, encogiéndose de hombros, como si lo lamentara más por el tratamiento que por los niños que habían pagado las consecuencias—. Os lo creáis o no, lo hacíamos por el bien de la humanidad. Yo os llamaba los «hijos del polvo». El polvo os tenía que salvar, haceros mejores personas. Queríamos ayudaros, no destruiros. Cualquier avance científico exige sacrificios.
—¡Sacrificios! —exclamó Kiddi Cuervo—. Lo que hiciste fue un acto infame, ilegal y letal. Nunca te habrían permitido hacer esa investigación de forma oficial.
—Esa fue una de nuestras limitaciones —respondió Sævar Kreutz, y se encogió de hombros.
—¡Mis amigos acabaron enganchados a esas cápsulas! —gritó Kiddi Cuervo, montado en cólera—. Le robaron a Halldór los tarros que guardaba y Aggi murió de un infarto poco después. Igual que Gísli. Danni perdió la cordura con el tiempo. Otros se volvieron alcohólicos o toxicómanos. Les arruinaste la vida. Se la arrebataste antes de que ni siquiera hubieran empezado a vivirla. ¡Eran unos niños pequeños, monstruo de mierda! Los usaste para un experimento que no valió para nada. Fue el divertimento de un enfermo mental que solo buscaba hacerse con una fortuna que no se podría gastar en toda su vida. Porque ese es el tipo de chusma que eres. Estás pirado. Eres un desecho del imperio farmacéutico.
—No exageres, Kristján —repuso Sævar Kreutz, ajeno a la furia que Kiddi era incapaz de controlar.
—Daníel, mi hermano, era un chico cualquiera. Un niño sano y alegre —interrumpió Pálmi con expresión calmada—. Fue una de tus cobayas. Enseguida tuvo problemas de adicción. Ya de adolescente tomaba brennivín y consumía drogas, pero su mayor refugio eran las anfetaminas, que, como tú dices, eran muy fáciles de conseguir. Estoy seguro de que, si no se las hubieras administrado tú, nunca se habría interesado por ellas. Su drogodependencia era incurable, y tomó tantas que se volvió loco. Con el tiempo desarrolló una psicopatía. Intentó prenderme fuego. No tengo palabras para explicarte todo el daño que le hizo a mi madre. Cometía continuos intentos de suicidio. Lo único que ansiaba era poder tener un día normal. Vivió en un infierno durante toda su vida solo porque tú querías crear un nuevo fármaco y comercializarlo. ¿Eres consciente de la clase de monstruo que eres? ¿Te haces una idea de lo que eres, bestia inmunda? ¿Cómo puedes estar ahí sentado, con tu pañuelo de seda al cuello, en un palacio que has levantado gracias a la enfermedad de mi hermano y la muerte de sus amigos y decir que lo hiciste todo por el progreso de la ciencia y el bien de la humanidad?
—¿Cómo sabes que Daníel no llevaba ya la enfermedad dentro? Nunca se sabe qué le puede ocurrir a esos chicos cuando llegan a la pubertad.
—Ni se te ocurra —le advirtió Pálmi—. Eres culpable de asesinato. De más de uno y de más de dos.
—Llevo más de una década trabajando en un hospital psiquiátrico —explicó Kiddi Cuervo—. Yo cuidé de Daníel. Sé bien cómo lo dejó tu jueguecito. Y conozco las anfetaminas mejor que tú. ¿Por casualidad te has atrevido a informarte sobre sus efectos secundarios? ¿Te los recuerdo, hijo de puta? Temblor de manos. Escalofríos. Náuseas. Pérdida de apetito. Mareos. Insomnio. El enfermo las necesita cada vez más. De la noche a la mañana te vuelves dependiente. Es muy habitual el desarrollo de enfermedades como la esquizofrenia. Y en casos de intoxicación: calambres, aumento de la temperatura corporal, aumento de la presión sanguínea con riesgo de hemorragia cerebral. La mayoría de los casos de muerte por anfetaminas se deben a infartos. Eso fue lo que les diste a mis amigos, inútil. Destruiste sus vidas.
—Sandeces —opinó Sævar.
Pálmi alternó la mirada entre Kiddi y Kreutz. Pensó que su amigo se iba a abalanzar sobre el empresario de un momento a otro.
—Conoces bien el contexto de tus amigos —continuó Sævar Kreutz—. Residían en viviendas sociales. Eran de padres alcohólicos y divorciados. Tu madre se prostituía, Kristján, ¿o te habías olvidado ya? Se vendía. ¿Qué futuro tenían esos chicos?, te pregunto. Se habrían echado a perder sin necesidad de que yo los ayudara. Puedes estar seguro. Una panda de niños criados en viviendas sociales no va a ninguna parte. La mitad habría acabado delinquiendo, lo que le habría costado a la sociedad decenas o incluso cientos de millones de coronas. La otra mitad se habría dado a la bebida o a la prostitución.
Kiddi Cuervo se dirigió a Sævar Kreutz con la intención de pegarle.
—Pero, como os acabo de decir, os puedo compensar la pérdida —se apresuró a decir Sævar Kreutz con una sonrisa. Sus labios desaparecieron y dejaron asomar unos dientes pequeños y blancos—. Venid conmigo.
Kiddi y Pálmi intercambiaron una mirada sin entender adónde quería ir a parar Kreutz. ¿Compensar? ¿Cómo podía compensar lo que les había hecho? Suspicaces, salieron del despacho por una puerta distinta y bajaron por un largo pasillo en pendiente hasta llegar a otra sala. Entraron. Estaban en una habitación minúscula, de unos doce metros cuadrados, en la que había cuatro sillas. Se sentaron. Sævar Kreutz apretó un botón de la pared y se abrió una especie de telón.
—No os preocupéis —señaló Sævar Kreutz—. No os pueden ver desde el otro lado del cristal.
Ante ellos apareció una habitación de unos cien metros cuadrados donde todos los muebles eran blancos: unos sillones de cuero, un sofá y dos sillas acompañadas de una mesilla. El suelo, el techo y las paredes también eran blancos, salvo unas líneas negras que dibujaban el marco de una puerta blanca. Unos potentes fluorescentes iluminaban la habitación. En una de las sillas, un hombre asiático de edad avanzada, vestido con un llamativo traje tradicional, paseaba la mirada a su alrededor. Parecía estar esperando a alguien. El hombre se volvió hacia donde estaban Sævar, Kiddi y Pálmi, pero no los vio. Al otro lado, el cristal era un espejo. El anciano aguardaba con paciencia.
—Observad con atención —anunció Sævar Kreutz, sentado frente al cristal—. Esto os va a parecer muy interesante.
La puerta de la habitación blanca se abrió y apareció un niño desnudo que se echó a caminar hacia el anciano. Era casi tan blanco como las paredes y aparentaba unos doce o trece años. No tenía pigmentación. Era albino.
—Pero ¿esto qué es? —preguntó Pálmi.
—¿Qué clase de atrocidad nos vas a enseñar? —preguntó Kiddi, que quería volverse hacia Sævar Kreutz, pero era incapaz de desviar su mirada del niño.
—Fíjate bien —dijo Sævar Kreutz mientras miraba a Kiddi Cuervo. Por primera vez, su rostro mostraba algún tipo de emoción y se iluminaba con una sonrisa triunfal—. Fíjate bien en el niño —repitió.
«¿Por qué sonreirá este degenerado?», se preguntó Pálmi. Entonces vio la cara pálida de su amigo.
—¿Estás bien? —inquirió. Daba la impresión de que Kiddi estuviera a punto de caerse del asiento. Tenía su único ojo clavado en el niño, que ya había llegado hasta la silla del asiático. El hombre le tocó la cabeza, los brazos, los dedos y las piernas. Le dio la vuelta y le examinó la espalda, las nalgas y los pies. A Pálmi le parecía estar presenciando una revisión médica. Desvió la mirada de la habitación blanca y se volvió hacia Kiddi, que movía la cabeza de un lado a otro, como si estuviera hipnotizado.
—¿Se puede saber qué es este mercado de carne? —preguntó Pálmi, asqueado.
—No puede ser verdad —murmuró Kiddi—. No puede ser. No puede ser. No puedes tener el valor. No puedes hacernos esto —repetía Kiddi Cuervo sin dejar de mirar al niño. A Pálmi le pareció ver que su ojo estaba empañado de lágrimas.
—Kiddi, ¿qué te pasa? —le preguntó con calma.
—¿Sabes quién es, Pálmi? ¿Sabes quién es ese niño?
—No lo he visto nunca —respondió Pálmi con la mirada clavada en el niño albino, que seguía en manos del asiático.
—Sí que lo has visto, pero no te acuerdas —reparó Kiddi Cuervo con voz temblorosa—. Era uno de los amigos de tu hermano. Es Aggi. Es Aggi tal y como era cuando murió.
—Ya no va a morir nadie más —susurró Sævar Kreutz.