Inocencia robada
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Erlendur y Sigurður Óli estaban atrapados en el atasco que se habían formado al salir de Kópavogur, antes de tomar la avenida Miklabraut. Se dirigían al domicilio de Sævar Kreutz, en Kjalarnes, con la intención de interrogarlo sobre los experimentos que había llevado a cabo en el colegio de Víðigerði tres décadas atrás. También tenían pensado preguntarle qué actividades realizaba en su propia casa. Habían esperado todo el día, junto con sus compañeros, hasta que la policía de Hamburgo, donde se hallaba la sede de la constructora que había diseñado la mansión, les había enviado por fax los planos escaneados del edificio, tras alguna que otra dificultad. La empresa se había olvidado de destruirlos en su momento, tal y como se lo había exigido su cliente. La policía alemana había gestionado la solicitud de la policía islandesa con la mayor rapidez posible.
Según los planos, la vivienda de Sævar Kreutz tenía un sótano al que se accedía por dos ascensores. En los informes de importación de Fentíaz constaba que, en los últimos años, se habían enviado a Islandia numerosos aparatos y sustancias químicas que no se habían puesto a la venta. Durante los interrogatorios, el gerente había reconocido la existencia de esas importaciones y había declarado que el dueño de la empresa, Sævar Kreutz, lo había trasladado todo a su casa. Le preguntaron por la finalidad de aquel material, pero la desconocía. Todo se había enviado al país desde la farmacéutica Kreutz, en Alemania. El gerente solo había visto una parte de la mercancía importada y tenía prohibido hablar de ello.
Erlendur y Sigurður Óli habían recibido órdenes de que su visita a Sævar Kreutz no llamara mucho la atención, cosa que difícilmente iba a ocurrir si su vehículo seguía avanzando a paso de tortuga, atascados en el denso tráfico. Era la hora punta y caía una espesa nevada. La caravana de coches se movía con parsimonia bajo los copos de nieve, como una oruga gigante. Observaban el atasco, sumidos en un silencio sepulcral. Erlendur quiso aprovechar para poner fin a un asunto al que llevaba tiempo dando vueltas. Le costaba hablar de ello. Siempre lo dejaba para más tarde, como le ocurría a menudo cuando algo lo contrariaba. Quizá no fuera el momento ideal, después de una dura jornada de trabajo y pocas horas de sueño, atrapados en un atasco, bajo la nieve y en la penumbra, de camino a la casa de un hombre a quien debían tratar con guantes de seda. Por otro lado, Erlendur pensaba que no había mejor momento para discutir que cuando se está a punto de estallar. El sistema de ventilación del coche no conseguía desempañar los cristales y comenzaba a rendirse.
—¿Vas a contarle a tu amigo, el del periódico, nuestra visita de cortesía a Sævar Kreutz? —le preguntó a Sigurður Óli antes de dejar escapar un profundo suspiro.
—¿Qué amigo? ¿De qué hablas? —respondió Sigurður Óli, sorprendido. No se esperaba semejante pulla, en ese lugar y en ese momento.
—Me refiero a tu amigo periodista. El que dio la primicia sobre Halldór y los alumnos del colegio. Ya anuncié que despediría a quien le diera un chivatazo a la prensa, así que vas a tener que ir buscándote otro trabajo.
Sigurður Óli se dio por vencido. Aquello ya era agua pasada para él. Pero Erlendur era como era y no había podido evitar sacar el tema otra vez. No descansaba hasta que descubría la verdad o resolvía un caso. Sigurður Óli había pensado que, si filtraba ciertos datos al periódico, la policía podría recibir información que, de otro modo, tardaría semanas en obtener. De hecho, los artículos publicados, aunque engañosos y sensacionalistas, como siempre, los habían puesto sobre la pista de Halldór y…
—El caso es —continuó Erlendur— que ahora has generado una desconfianza que no me gustaría que hubiera entre nosotros. ¿Entiendes lo que quiero decir?
—Vale, ¿me estás diciendo que no hace falta que venga mañana a trabajar?
—Puedes terminar este caso, si quieres.
—¡Por mí puedes acabar tú solito este puñetero caso! —replicó Sigurður Óli, fuera de sí—. El chivatazo nos ha servido de ayuda, pero tú eso no lo admitirás nunca. ¿Y cómo narices te enteraste de quién había filtrado la noticia? ¡Putos periodistas! —gritó, alterado.
—Tengo un contacto en el periódico desde hace mucho tiempo. A diferencia del tuyo, sabe manejar la información confidencial. Tengo entendido que tu amigo se pavoneó en una reunión del periódico y te mencionó como si fueras un amigo de toda la vida. Tal vez deberías tener una charla con él.
—Me debes un favor —repuso Sigurður Óli tras un breve silencio.
—¿Qué favor te podría deber yo a ti? —replicó Erlendur—. Sabes que soy honesto, y debo confesar que nunca me has caído bien, con tus trajecitos bien planchados y tu pisito de soltero. Y no digamos nada de tu forma de dirigirte con desprecio a la gente que nos ayuda, haciendo gala de tu arrogancia y tu falta de paciencia. ¿Crees que vamos a resolver los casos gracias a tu curso en Estados Unidos? ¿Y por qué no intentas fundar una familia?
—¡Oh, Dios nos libre de la formación académica y de los conocimientos! —respondió Sigurður Óli—. Pues ya que nos estamos sincerando, Erlendur, te voy a decir que hay muchas actitudes tuyas que no soporto. Como decirme que funde una familia cuando tú estás divorciado, tus hijos son unos drogadictos y vives en una ratonera, en el barrio de Breiðholt. Descargas tu rabia y tu frustración en los yonquis que pegan a tu hija. ¡Y encima me metes en medio! Sí, eres un jefe ejemplar, digno de poder dar lecciones a sus compañeros. Estás lleno de prejuicios, seguro que además eres racista y odias a todo el que se ha sacado algo más que el bachillerato. Yo no fui ningún torpe, pero aquí delante tengo uno en posición de darle una patada en el culo al que se molestó en continuar estudiando. ¡Enhorabuena, don torpe!
El vaho de los cristales impedía por completo la visibilidad. La ventilación zumbaba al máximo, pero no conseguía disolverlo. Al final bajaron las ventanillas y permanecieron en silencio. Paralizada, la interminable fila de coches continuaba esperando bajo la nevada.