Inocencia robada
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—Lo logramos hace ya doce años —dijo Sævar Kreutz, sentado frente al cristal de aquella pequeña habitación mientras veía al hombre asiático examinar al niño—. En aquel entonces, la gente no conocía la palabra «clonación», salvo, en todo caso, los lectores de ciencia ficción. En sí, la clonación es una operación extremadamente sencilla, pero teníamos problemas para aislar el material genético y cometimos muchos errores. Aggi, como lo llamáis vosotros, es el primero que ha salido casi perfecto.
—¿El primero? —preguntó Pálmi—. ¿Casi perfecto? ¿Es que hay más como él?
Con la cara pegada al cristal, Kiddi Cuervo miraba fijamente al niño albino mientras el anciano lo palpaba y lo estudiaba desde todos los ángulos posibles. De su frente caía un sudor frío. Sentía náuseas.
—¿Se puede saber qué demonios has hecho? —le preguntó a Sævar.
—Ese hombre que veis con él —respondió sin inmutarse ante la escena que estaban viendo— es un multimillonario coreano, cliente del grupo Kreutz, mi antigua empresa familiar. Está pensando en clonarse. Así de sencillo. Quiere seguir viviendo y seguir dirigiendo su compañía. No tiene ni hijos ni familiares. Al clonarse se preservarían tanto él como su estirpe. Le estamos ofreciendo un servicio exclusivo que le costará miles de millones de coronas, pero tiene el dinero para pagárselo. Es nuestro primer cliente, por así decirlo. No le gustaba la idea de venir a Islandia, pero yo no voy de tour por ahí con mis clones, así que ha tenido que resignarse. Es la primera vez en quince años que sale de su finca de Corea. Y ahora, en pleno invierno, ha venido a los confines del Ártico con la esperanza de que su vida continúe después de la muerte. Porque eso es, básicamente, lo que vendemos aquí. La vida después de la muerte. Lo tiene todo preparado. Ha dado instrucciones precisas sobre la educación de su clon, el momento en que tomará el relevo de la empresa, cómo serán sus padres, dónde estudiará, etcétera. También ha hecho algunas exigencias respecto a lo que él llama la pureza del material genético. Quiere borrar todos los defectos. Ser más perfecto. La posibilidad existe y al anciano le quedan pocos meses de vida. ¿Qué hay de malo en ayudarlo?
—Habéis instalado un laboratorio en Islandia porque es un lugar remoto donde no vive nadie y la clonación no está legislada —señaló Pálmi.
—Eso que tú llamas laboratorio no se encuentra en absoluto en Islandia, sino en el continente —puntualizó Sævar Kreutz—. Pero no voy a decir dónde. Lleva en funcionamiento desde comienzos de los años ochenta y me atrevo a decir que nadie ha cosechado más éxitos en materia de clonación que el grupo Kreutz. Ahora está preparado para comenzar a clonar humanos, y lo ve como cualquier otro servicio que se ofrecerá en el futuro. No se ha legislado prácticamente en ningún país, incluida Islandia. Los miembros de mi empresa saben que la isla suele elegirse como escenario para distintos esfuerzos de colaboración internacional. A pesar de ser un sitio remoto, es un lugar de paso muy frecuentado. No es casualidad que el ejército estadounidense fuera tan activo aquí durante la Segunda Guerra Mundial. En términos geográficos, Islandia tiene una posición privilegiada como puente entre el este y el oeste. Antes, desde el punto de vista militar, y ahora, desde el comercial. Los extranjeros invaden el país con sus fundiciones de aluminio y sus plantas de ferrosilicio y exportan sus productos por todo el mundo. El pescado viaja hasta los mercados de Asia. La multinacional millonaria de CODE Genetics también tiene su sede aquí. Si Islandia es un país tranquilo, es porque sus poquísimos habitantes no tienen tiempo de hacer otra cosa que no sea trabajar para pagar sus deudas. Estamos planteándonos la posibilidad de venir. Pero primero debe reconocerse la clonación como un paso lógico en el progreso de la humanidad. La gente le tiene miedo, pero no hay nada que temer. Nada.
—Watson y Crick —dijo Pálmi—. En una entrevista que te hicieron hace tiempo hablabas de Watson y Crick. Me informé sobre ellos. Fueron los descubridores de la estructura del ADN. La clonación ya se te pasaba por la cabeza en 1970.
—El descubrimiento científico más importante del siglo XX —señaló Sævar Kreutz—. Yo mismo tardé en comprender las verdaderas implicaciones de su descubrimiento. Las posibilidades que ofrecía. Habían abierto la vía hacia la vida eterna. Perdí todo mi interés por la fabricación de medicamentos. La farmacia me parecía una ciencia obsoleta. El futuro está en la genética. Y no solo por la clonación. Eso es solo una parte. Ahora podemos controlar los genes humanos, erradicar enfermedades hereditarias, eliminar defectos genéticos…
—¡Eres un puto charlatán! —interrumpió Kiddi Cuervo—. ¿Cómo has conseguido fabricar a Aggi?
—Empleé las muestras de sangre que extraía mi hermana Rannveig. La pregunta ya no es cómo lo conseguimos. Todo el mundo sabe en qué consiste la clonación. Ahora la pregunta es: ¿por qué no? El grupo Kreutz no es el único que investiga la clonación, pero es el que más lejos ha llegado. Todas las grandes farmacéuticas llevan décadas compitiendo, pero ninguna ha progresado tanto como nosotros —aseguró Sævar Kreutz sin poder disimular su satisfacción—. Ha sido una carrera contrarreloj. Lo más probable es que la comunidad internacional prohíba la clonación descontrolada. Prohibirá que este coreano nos pueda comprar una réplica de sí mismo. Pero eso no impide la posibilidad de realizar la clonación. Se hará de forma clandestina, igual que el narcotráfico opera en la sombra. Nadie está autorizado a fabricar drogas, pero todo el mundo las consume.
Sævar Kreutz interrumpió su discurso y miró por el cristal.
—Aggi tiene ahora doce años —continuó—, ¿no os parece increíble? Es verdad que todavía no es perfecto. Los pigmentos no son los correctos. Pero, desde que lo clonamos, hemos ido limando la técnica.
—¡Qué asco! —espetó Kiddi Cuervo—. ¡Pero qué puto asco! Ese niño ha sido creado genéticamente por un nuevo doctor Frankenstein. Un megalómano que juega a ser Dios. Este chico no es más natural que las anfetaminas que nos dabas. Ese de ahí no es Aggi, sino una aberración monstruosa. ¿Dónde están sus padres? ¿Y su familia? ¿Quién es su madre? ¿Dónde creció? ¿Qué sabe de la vida? ¿Dónde están sus amigos? ¿Cómo se lo tomará cuando se entere de que lo cultivaron como una flor en una maceta? Aggi está muerto y nunca podrá sustituirlo ninguna rata blanca de laboratorio. No debería extrañarme que un hombre que experimenta con niños termine clonándolos. Eres un enfermo mental. Eres un monstruo.
Kiddi Cuervo se había levantado, enfurecido.
—Nosotros le podemos dar todo eso —replicó Sævar Kreutz sin inmutarse—. Podemos crearle un entorno y criarlo como queramos. Le podemos dar la educación que queramos. Podemos controlar el tipo de persona que será. Podemos decidir la composición de su material genético. ¿No lo entiendes? Podemos crearlo a nuestra imagen y semejanza. Dónde y cuándo nacemos, de quiénes descendemos y en qué nos convertimos ya no son cuestiones de azar. Podemos controlarlo todo. Hablas como el hatajo de analfabetos que nos criticó cuando hicimos realidad la fecundación in vitro. ¿Quién la ve mal ahora? Fue una hazaña científica que ha aportado alegría y felicidad a la gente de este planeta. Lo mismo ocurre con la clonación. Imagínate que eres el padre de Aggi y tu hijo se muere a los trece años. Gracias a la clonación lo puedes recuperar e incluso recibirlo mejorado. ¿Tenía hiperactividad? La eliminamos. ¿No era lo bastante listo? Lo remediamos. ¿Dónde está el crimen?
—No sería ni la milésima parte del verdadero Aggi —respondió Kiddi Cuervo—. Sería siempre una sombra del que había sido. Cada uno de nosotros es un individuo único. ¿Quiénes seremos si andamos por ahí duplicados o triplicados? ¿Cuál de todos seremos? ¿Y de quiénes seremos hijos? Dices que podréis controlarlo todo, pero ¿quién os controlará a vosotros? Sois unas hienas. No estáis pensando en la ciencia sino en el dinero. En obtener el mayor beneficio posible. ¿Se va a quedar el grupo Kreutz con alguno de tus órganos si no puedes pagar tu cuota mensual? ¿Pondrá a la venta tu corazón?
—Todavía no lo habéis entendido —respondió Sævar Kreutz, cada vez más deseoso de convencer a Kiddi y a Pálmi de su genialidad, de ponerlos de su lado, de hacerles ver y sentir que lo que había hecho era la continuación lógica del progreso científico—. Es lo que se llama reproducción asexual —explicó—, que es un proceso muy natural. De hecho, pocos fenómenos se dan con más frecuencia en la naturaleza. También os podría citar la Biblia. Soy un hombre creyente y no tengo reparos en sostener que Dios se clonó a sí mismo al crear a Jesucristo. Es el primer ejemplo de clonación. En las dos últimas décadas hemos tenido que superar innumerables barreras técnicas, pero después de que la fecundación in vitro se convirtiera en realidad, se abrieron nuevas puertas. Al fin y al cabo, no es más que una versión light de la clonación. Y no me aburráis con moralinas. Hoy hay abuelas que gestan a sus propios nietos para sus hijas. ¿Qué pensáis hacer al respecto? Los argumentos emocionales no tienen ningún valor para mí.
—Si tenéis un laboratorio de clonación en algún lugar de Europa, ¿qué hacen Aggi y el coreano en Islandia? —preguntó Kiddi Cuervo.
—Aggi ha pasado buena parte de su vida en Islandia. Lo veo como a un hijo y quiero que esté conmigo cuando vengo. Creo que su hogar está aquí. Nunca he tenido hijos, pero Aggi me ha dado mucho. El coreano quería ver el primer clon del grupo Kreutz para comprobar lo que podemos hacer por él. Prefería venir a Islandia antes que a Alemania.
—¿Dónde está la madre de esta criatura? —preguntó Pálmi mirando a través del cristal al niño albino que Sævar Kreutz llamaba hijo suyo.
—Que yo sepa, vive en una residencia de ancianos —respondió Sævar Kreutz—. Tiene la misma madre que Aggi, vuestro amigo. Lo mejor de la clonación es que nada cambia, a no ser que uno lo desee.
—Sí, pero ¿quién lo ha parido?
—El grupo ha tenido a su disposición una serie de prostitutas. Todo el mundo usa prostitutas para hacer experimentos de clonación. Es lo más barato. Las cuidamos bien. La mujer solo aloja al niño durante nueve meses. No tiene nada que ver con él.
Kiddi y Pálmi intercambiaron una mirada de desconcierto.
—Si has estado usando la sangre de los chicos de clase, ¿has clonado a más, además de a Aggi? —preguntó Pálmi.
Por primera vez, Sævar Kreutz no contestó de inmediato.
—¿Hay más? —insistió Kiddi Cuervo.
—Está Aggi y luego, Daníel, tu hermano, Pálmi. ¿Quieres ver a Daníel cuando era pequeño?
Pálmi tardó un momento en comprender lo que Sævar Kreutz acababa de decir.
—¡Dios santo! —exclamó, levantándose de un salto antes de salir corriendo de la habitación, seguido de Kiddi. Recorrieron el pasillo hasta llegar a una puerta. Pálmi la abrió de un golpe y entraron en la habitación blanca donde el coreano estaba sentado con Aggi. El anciano se asustó ante aquella escandalosa interrupción. Se levantó tan rápido como le permitieron su edad y sus facultades físicas. No conocía a esos dos hombres. Se acercaron al niño y Pálmi le posó con cuidado las manos sobre los hombros.
—¿Dónde está Daníel? —le preguntó al niño con toda la dulzura que le permitían las circunstancias.
Kiddi se quedó a un lado y estuvo a punto de preguntarle al niño si se acordaba de él: «¿Te acuerdas de Kiddi Cuervo? Jugábamos juntos de pequeños». Pero abandonó la idea al entender que no tendría sentido. Nada tenía sentido en su cabeza. Nada.
—¿Sabes dónde está Daníel? —volvió a preguntar Pálmi. Inmóvil, el niño albino alternaba la mirada entre Pálmi y Kiddi. El coreano había retrocedido unos pasos. Sævar Kreutz apareció en la puerta.
—No sirve de nada —reparó—. Aggi no tiene lengua y no puede hablar. Tampoco tiene sentido del oído. Pero le hemos enseñado el lenguaje de signos.
Kiddi Cuervo dio un grito, se abalanzó contra Kreutz y lo tiró al suelo de un golpe. Pálmi soltó al niño y corrió hacia ellos para separarlos. El coreano observaba la escena en silencio.
—¿Dónde está Daníel? —le gritó Pálmi a Sævar Kreutz, que no se atrevía a moverse.
En ese momento apareció el guardia de seguridad. Su jefe debía de haberlo llamado al escaparse de la sala de observación. El vigilante estaba a punto de lanzarse sobre Pálmi, que seguía gritándole a Kreutz, cuando Kiddi lo agarró y lo empujó contra los muebles. Pálmi salió disparado de la habitación, seguido de Kiddi, que cerró de un portazo y mantuvo sujeto el pomo. En el pasillo vieron un ascensor. Pálmi se dirigió hacia él como un rayo, aporreó los botones y las puertas se abrieron despacio. Kiddi Cuervo soltó el pomo y se echó a correr. La puerta se vino abajo y el guardia, seguido de Kreutz, lo persiguió a toda velocidad. Kiddi entró de un salto en el ascensor y las puertas se cerraron en las narices del vigilante. Pálmi apretó el único botón que había. El ascensor bajó lentamente.
—Pero ¿qué ida de olla es esta? —murmuró Kiddi Cuervo.
El ascensor se abrió ante una enorme sala llena de pantallas y extravagantes aparatos de investigación. Atascaron la puerta del ascensor para que el vigilante no lo pudiera llamar. Incapaces de entender para qué servía nada de lo que estaban viendo, atravesaron la estancia buscando con la mirada algún rastro de Daníel.
En el pasillo, Sævar esperaba impaciente la llegada del ascensor. Al ver que no subía, maldijo en voz baja con sus finos labios.
—Vamos —dijo levantando la mirada hacia el indicador luminoso. Dio media vuelta y volvió a recorrer el pasillo, acompañado del guardia—. Son unos catetos. No entienden nada —farfullaba mientras regresaba rápidamente a la sala blanca—. No entienden el alcance de nuestros resultados. Pueden tener de nuevo a sus amigos con la salud recuperada, pero no los quieren.
Entró en la sala, le hizo una rápida reverencia al anciano coreano, cogió al niño albino en sus brazos y se lo llevó. El guardia de seguridad los seguía de cerca. El coreano salió de la habitación y los observó mientras desaparecían por el pasillo.
Kiddi Cuervo y Pálmi se separaron y exploraron el sótano. Kiddi llegó a la pared del fondo y se encontró con tres puertas. Trató de abrir la primera, pero estaba cerrada con llave. Retrocedió unos pasos, se lanzó con todas sus fuerzas y la tiró abajo. La puerta daba acceso a una habitación oscura. Encontró a tientas un interruptor y lo apretó. En el techo parpadearon unos fluorescentes durante unos segundos hasta que se encendieron. Kiddi había entrado en una habitación embaldosada en la que había una especie de enormes botellas o columnas de cristal apoyadas sobre unos soportes de madera. Contenían un líquido amarillento. «Formol», pensó. Le pareció ver un movimiento en el interior de una de ellas. Se acercó, pero había sido una ilusión óptica. No se movía nada. Eran cuatro columnas de un metro de altura y medio metro de circunferencia. Kiddi Cuervo se acercó y miró el líquido turbio con atención hasta que le pareció ver la silueta de un rostro en la columna que tenía más cerca. Lo sacudió un escalofrío. Era otra imagen del pasado.
Se acercó y examinó su interior hasta que distinguió unos rasgos conocidos. Era la cara de otro de sus viejos amigos. Lo único que veía de él era su cabeza deformada, que estaba unida a un torso partido por el medio y sin extremidades. Kiddi tardó en entender lo que estaba sumergido en aquel líquido amarillo. La revelación lo fulminó y sintió que lo sacudía una descarga eléctrica. Era su amigo Skari. Era Óskar.
En la siguiente columna solo vio un brazo y una pierna. En la tercera reconoció enseguida a Gísli, con ocho o nueve años. Su rostro estaba pegado al cristal. Se habían conocido cuando tenían seis años. Pero eso había sido en otra vida.
Al principio no vio nada en la cuarta y última columna. Tuvo que acercarse hasta el cristal y usar la mano como visera para examinar bien el líquido. Al final emergió un rostro y lo observó fijamente hasta que pudo ver la expresión de su cara. Era la que mejor conocía de todas: la suya propia. Atenazado por el terror y la repulsión, contempló sus ojos inertes, los ojos que había tenido de pequeño. El horror dio paso a una tristeza insondable y Kiddi se deshizo en un mar de lágrimas.
«Tengo los dos ojos», era su único pensamiento.
«Tengo los dos ojos».