Inocencia robada

Inocencia robada


12

Página 14 de 51

12

Las reuniones matutinas propuestas por el nuevo director de la Policía Judicial suscitaban un silencioso desagrado entre los trabajadores. Se convocaba tanto a agentes como a superiores de todos los departamentos para analizar el progreso de las principales investigaciones, con la esperanza de que varias cabezas pensaran más que una. Lo que el nuevo director no había entendido todavía, después de haber trabajado casi toda su vida en el Ministerio de Educación, era que la mayoría de los casos guardaban relación con pequeños delitos. Muchos se reducían a robos en tiendas de barrio u oficinas. Los robos de ordenadores estaban bastante de moda. También era frecuente la apropiación indebida en empresas. En definitiva, se trataba de casos sin el menor interés. Por lo general, los delincuentes islandeses no tenían ninguna relevancia.

Sin embargo, el homicidio de Halldór Svavarsson era una excepción por dos motivos. Por un lado, se trataba de un auténtico asesinato, sin duda deliberado, que se había perpetrado con desmedida brutalidad. En segundo lugar, no se había hallado al culpable. Los asesinos no abundaban en Islandia y, por lo general, se los localizaba con facilidad porque no solían actuar con premeditación, sino de forma accidental o en un estado pasajero de enajenación mental. De vez en cuando se producía algún apuñalamiento en estado de embriaguez a la salida de un bar. O un disparo en algún domicilio. Se abría una investigación sencilla, detenían al asesino y lo metían en prisión. La abundancia de testigos incluso podía suponer un problema. La Judicial no contaba con un departamento especializado en homicidios. No se consideraba necesario. Y los dispositivos de la Científica destinados a su investigación eran antediluvianos. Los casos de desaparición parecían estar en aumento, quizá debido a un incremento de la violencia en el mundo del narcotráfico.

Aquella mañana la reunión estuvo inusualmente concurrida. Daba la impresión de que habían asistido todos los trabajadores del edificio, incluso los que no desempeñaban directamente una labor policial. A Erlendur no le parecía normal, pero se abstuvo de hacer comentarios. El personal se apelotonaba en la exigua sala de reuniones y escuchaba con atención. Comoquiera que, hasta entonces, los casos más importantes siempre habían guardado alguna relación con las drogas, también estaban presentes los responsables de la brigada de estupefacientes. Habían pasado tres días desde el hallazgo del cuerpo de Halldór Svavarsson entre los escombros de su casa incendiada en el barrio de Þingholt y todo apuntaba a que lo habían quemado vivo. Erlendur explicó que apenas se contaba con más información, ya que la investigación se encontraba en su fase inicial. Él dirigía el caso y debía contar con la ayuda de todos los agentes necesarios. Las demás investigaciones se habían dejado a un lado. Erlendur se hallaba en un extremo de la habitación y a su espalda colgaba un plano de la casa de Halldór, un esquema que mostraba la posición del cuerpo y algunas fotos de las ruinas. Acababa de leer el informe preliminar que la Científica le había entregado por la mañana.

—De momento sabemos lo siguiente: la tarde del 16 de enero, al profesor de primaria Halldór Svavarsson lo ataron a una silla en su domicilio, en la calle Urðarstígur, 89, rociaron su cuerpo y la vivienda con gasolina y le prendieron fuego. En el bidón que hallaron en el jardín no se ha detectado ninguna huella. La casa era de madera y ardió al instante. Los únicos restos de Halldór son sus huesos calcinados, pero hemos podido identificarlo gracias a los informes bucodentales.

—Iba al mismo dentista que el director del colegio donde trabajaba, por eso pudimos acceder a los informes con rapidez y confirmar que el cuerpo correspondía al dueño de la casa —precisó Sigurður Óli. A los presentes les pareció un apunte irrelevante y continuaron con la mirada clavada en Erlendur.

—¿Podría continuar? —preguntó Erlendur fulminándolo con la mirada.

—Sí, perdona —respondió Sigurður Óli.

—Halldór vivía solo. No tenía hijos, que sepamos. Tiene una hermanastra a quien ya hemos interrogado, pero tenemos que volver a hablar con ella. Llevaba décadas viviendo en la misma casa, a la que se mudó cuando comenzó a dar clases en Reikiavik. Por lo visto, no tenía muchos amigos. Había trabajado como profesor en el colegio de Víðigerði durante treinta y cinco años. Tenemos pendiente hablar con el director y con el personal, pero parece ser que tenía sus más y sus menos con los alumnos. Nos queda examinar con detalle esa cuestión. De acuerdo con el informe de la autopsia, aunque no es muy rotundo, parece probable que muriera durante el incendio y no antes. El cráneo está intacto. Según nuestros compañeros de la Científica, el cordel que han encontrado en los pies y los antebrazos está hecho de un material termorresistente y puede adquirirse en cualquier tienda de bricolaje. Puede que el asesino comprara ese tipo de cordel por accidente. No es que estemos hablando de un profesional. No olvidemos que dejó el bidón de gasolina en el jardín. No han quedado huellas de pisadas porque el suelo estaba cubierto de hielo. De momento no tenemos sospechosos ni ninguna idea de lo que ha ocurrido. Por otro lado, no deja de sorprender que el incendiario no tuviera miedo de dejar indicios. O bien está muy seguro de sí mismo, o bien es un inútil.

—Si fuera porque está seguro de sí mismo —interrumpió Einar, un agente de mediana edad que dirigía la investigación de la muerte de Daníel—, ¿lo habría hecho porque considera que nunca podremos relacionarlo directamente con el asesinado? Eso implicaría, en mi opinión, que debemos estudiar la posibilidad de que el asesino hubiera escogido a Halldór de forma aleatoria. Lo seleccionó, se preparó y lo asesinó deliberadamente sin conocerlo de nada. No deberíamos descartar la posibilidad de que repita su acción. Tal vez nos encontremos ante nuestro primer incendiario en serie.

—¿Incendiario en serie? —preguntó Erlendur—. ¿Te has sacado eso de alguna película?

—Si fuera un inútil —comentó Þórarinn, miembro de la Científica—, ¿no podría tratarse también de algún alumno de su colegio?

—Hay que considerar esa posibilidad —respondió Erlendur.

—Esa es la imagen estereotipada de los jóvenes. Unos inútiles. Me cuesta mucho imaginar a unos chavales haciendo algo así —opinó otro miembro de la Científica que tenía dos hijos terminando la primaria.

—Pues no sé —intervino Sigurður Óli—, pero nos han llegado casos bastante extraños dentro de ese intervalo de edad. Sabemos que el consumo de alcohol y de drogas es cada vez más frecuente entre los alumnos de primaria. Si quieres mi opinión, estoy convencido de que les influye toda la violencia que ven en la televisión y en las películas. Creo que no distinguen entre lo que ven como forma de entretenimiento y lo que luego hacen en la vida real. Sus mentes están contaminadas desde la infancia. Al terminar la primaria han visto más violencia que cualquier adulto de hace dos o tres décadas en toda su vida. Y no me refiero tan solo a series y películas. Los telediarios se han convertido en un espectáculo en el que a la gente la mutilan y la asesinan a tiros entre anuncios publicitarios.

—Me parece una solemne tontería decir que los niños se vuelven violentos porque ven violencia —opinó Þórólfur, que acababa de llegar a la Policía Judicial y era uno de los asistentes más jóvenes a la reunión—. No hay nada que demuestre que los niños imiten la violencia de las películas. Se han dado algunos casos aislados de los que se ha hablado hasta la exageración porque es material sensacionalista. Pero esas imágenes también pueden ejercer el efecto contrario. La violencia existirá siempre y el bajo porcentaje de individuos que recurre a ella es siempre el mismo. Si se culpa a la televisión y a las películas es por pura impotencia y porque no hay objetivos más fáciles.

—Pero ¿por qué no lo ha matado dándole una paliza, pegándole un tiro o apuñalándolo? ¿A qué viene toda esta parafernalia? —apuntó Elínborg, una de las pocas mujeres que trabajaba en la Judicial—. ¿Por qué lo han tenido que quemar vivo? Debe de tener alguna relevancia. Quemar vivo a alguien puede ser indicativo de un estado de enajenación o de la celebración de algún tipo de ceremonia. Antiguamente se condenaba a la gente a la hoguera por herejía o brujería. Y también puede que el asesino lo torturara de algún modo antes de prenderle fuego. Podría tratarse de un sádico, aunque también podría haber sido un acto de venganza. Creo que el hecho de que el incendio fuera provocado tiene algún significado.

—El asesino causó el incendio para borrar sus huellas —opinó una voz.

—Claro, y por eso se deja allí el bidón de gasolina —replicó Elínborg—. Y compra cordeles resistentes al calor.

—El bidón no nos aporta mucha información —apuntó Erlendur mientras repasaba el informe de la Científica—. Era nuevo, de diez litros. De esos que se usan casi para cualquier cosa. Hasta la cerveza de Navidad se vende en recipientes de ese tipo. En todo caso, creo que no podemos descartar que se trate de un acto de venganza. La verdad es que no.

Continuaron debatiendo distintas posibilidades hasta que la reunión llegó a su fin hacia el mediodía, cuando comenzaba a hacerse de día. Si es que se podía hablar de hacerse de día en aquella época del año. El sopor de la eterna noche invernal se posaba como un manto gris sobre la ciudad. Al otro lado de la ventana, los copos caían lentamente. Erlendur perdía la paciencia cuando las reuniones se prolongaban demasiado, así que asignó las tareas a sus compañeros en cuanto tuvo oportunidad: Sigurður Óli y él irían al colegio de Halldór para hablar con el director y con sus compañeros de trabajo; un grupo de agentes preguntaría a los vecinos de Þingholt si habían advertido la presencia de alguien sospechoso; otro equipo recorrería las gasolineras de la ciudad y los alrededores para preguntar si habían visto a un hombre con un bidón de diez litros, y otro se ocuparía de localizar el mismo tipo de cordel empleado en la escena del crimen. Solo Erlendur se encargaría de hablar con los medios. No debía filtrarse ninguna información. El caso era especialmente delicado porque los únicos sospechosos en aquel momento eran unos alumnos de primaria. «¡¿Cómo creéis que quedaría en los periódicos?!», había gruñido Erlendur al justificar su decisión. Todavía se buscaban pistas entre las ruinas de la casa y se había instalado una tienda enorme en la que un calentador de aire funcionaba día y noche.

Ir a la siguiente página

Report Page