Inocencia robada

Inocencia robada


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Se escuchó el sonido amortiguado de uno de los ocho teléfonos de la casa, un móvil cuyo número no estaba registrado oficialmente. Sonaba en el interior del bolsillo de un albornoz que colgaba en uno de los cuatro cuartos de baño. El dueño del aparato, un hombre de unos setenta años, en buena forma, bronceado y musculado, se estaba duchando y tardó en oír la llamada. Cerró el grifo y buscó a tientas el albornoz. El teléfono sonaba incesantemente. El hombre logró alcanzarlo y respondió con un seco «dígame».

La casa se encontraba no muy lejos de Reikiavik, en el cabo de Kjalarnes, donde aquellos que querían huir del ajetreo de la ciudad y la creciente contaminación se habían hecho una vivienda unifamiliar. Una de las primeras en construirse, la más grande de todas, estaba bastante apartada y no se veía ni desde la propia urbanización. De una sola planta, se situaba en un pequeño saliente que se adentraba en el mar y estaba dividida en dos grandes alas de hormigón. Sin apenas ventanas, estaba rodeada por un grueso muro de cemento y se accedía a ella por una verja automática. El garaje se orientaba hacia el océano y disponía de espacio para cuatro vehículos. En su interior había dos Mercedes-Benz y un todoterreno Mitsubishi. Los vecinos nunca habían visto al propietario. Pensaban que era un excéntrico o un bicho raro. Nunca había interaccionado con ellos ni ellos con él. De vez en cuando entraban vehículos en la casa y los vecinos sabían que había guardias de seguridad. Hasta los niños de la urbanización no se atrevían a acercarse.

Si bien el edificio parecía desde fuera una antigua fortaleza, su interior recordaba a un palacio. En una de las alas, los grandes maestros de la pintura islandesa engalanaban las paredes de la sala ceremonial junto con el único cuadro de Cézanne en propiedad de un ciudadano islandés. Un sinfín de estatuas decoraba la estancia. La casa contaba con tres chimeneas y el suelo estaba tapizado por pieles de animales, entre ellas la de un oso polar que descansaba frente a la chimenea más imponente de todas. El animal parecía admirar la grandeza de la sala ceremonial. Una impresionante biblioteca ocupaba la mitad de la otra ala.

—Halldór está muerto —anunció al teléfono una voz meditabunda.

El hombre salió desnudo de la ducha y se puso el albornoz.

—Lo he oído en las noticias.

—Ha tenido una muerte espantosa.

—¿Había hablado con alguien?

—Por lo visto, había ido varias veces al hospital durante las últimas semanas para ver a Daníel y pasaba mucho tiempo hablando con él. Halldór me amenazó diciendo que tenía pruebas de todo y que no tardaría en hacerlas públicas. Según él, había grabado todas sus conversaciones con Daníel. El hombre había perdido la cabeza.

—¿Qué quieres decir con grabar? ¿En cintas?

—Sí, en casetes, supongo.

—¿Y de qué habían hablado?

—Puede que de su relación con nosotros. O de los buenos tiempos que pasamos en el colegio. No sé. Pero, como te digo, no creo que haga falta tomárselo muy en serio. Halldór se estaba poniendo bastante pesado con sus amenazas, pero nunca hacía nada porque no se atrevía.

—¿Con qué te amenazaba?

—Con contarlo todo. No soportaba el sentimiento de culpabilidad. Nunca llegó a entender bien toda esta historia.

—Ya era hora de que desapareciera del mapa.

—Y Daníel se ha suicidado.

—Sí, ya me he enterado.

—Es el séptimo. Se tiró por la ventana del hospital. Tal vez no pudiera soportar lo que Halldór le había contado.

—Bueno, uno menos de quien preocuparse.

—Entonces ya solo queda Sigmar, ¿no?

—Sí, el pobre de Sigmar. Y, después, todo habrá terminado.

—Va llegando el momento de zanjar este asunto.

—Sí, pero las cosas se nos podrían complicar de verdad en caso de que Halldór hubiera grabado sus conversaciones con Daníel y nos hubiera nombrado en sus desvaríos.

—Nos perjudicaría, pero no dejarán de ser los delirios de un anciano y un esquizofrénico. ¿Quién se tomará en serio semejante diálogo? Dudo que nadie nos pueda poner en un aprieto con un testimonio de ese tipo. Y, además, ahora están los dos muertos.

—Aun así, ¿no deberíamos tomar medidas para localizar esas cintas o, en todo caso, saber si existen en realidad? Pagaríamos un precio muy alto si saliera a la luz todo lo que sabía Halldór. Un precio muy alto.

—Será lo mejor. No obstante, me cuesta creer que Halldór se anduviera con maquinaciones. Era un pobre infeliz. Un pervertido que no tenía ninguna prueba contra nosotros.

—¿Sabes algo más de los coreanos?

—Quieren que vayas tú a verlos. No quieren venir ellos aquí. El hombre se ha hecho muy mayor y se niega en redondo. Tienes que ir tú.

—Ni hablar. Terminará por venir. No puede dejar escapar esta oportunidad. Solo nosotros le podemos ofrecer lo que quiere. Estoy convencido.

—De acuerdo. ¿Se han ido ya los alemanes?

—Se fueron anoche.

—¿Qué tal están los chicos?

—Bien. Siempre están bien en Islandia.

—Entonces, ¿todo está listo?

—Todo está listo —repitió el hombre del albornoz antes de arrancarse un pelo de la nariz con unas pinzas. Se hizo tanto daño que se le saltaron las lágrimas.

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