Inocencia robada

Inocencia robada


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Durante el periodo de prosperidad que sucedió a la guerra, en los años cuarenta y cincuenta, Reikiavik vivió una expansión acelerada. Se produjo un éxodo rural sin precedentes y la población se trasladó en masa a nuevos barrios residenciales como Lágaleiti, Reynisgerði, Brúarleiti y Víðigerði, así como a los aledaños de la calle Grenivegur. Los edificios brotaban como setas y los nuevos pobladores pertenecían a todos los estratos sociales. La clase obrera se mudó a bloques de pisos que se erigían en lo alto de dos grandes colinas. Los mayoristas y los médicos vivían a los pies de esas mismas colinas, en casas adosadas de distintos tamaños o en viviendas de dos o tres plantas diseminadas entre conjuntos de inmuebles. La clase pudiente se acomodó en mansiones unifamiliares en Stakkagerði y Fáfnisgerði, mientras que los más pobres se mudaron a los apartamentos sociales de la calle Grenivegur, una zona que pronto comenzó a conocerse como «las chabolas». El colegio de Víðigerði se construyó en el centro del barrio a comienzos de los años sesenta y los niños de la zona iban juntos a clase. El edificio más antiguo estaba compuesto por dos largos pasillos con las aulas a la derecha. En el extremo de la planta inferior se encontraban la sala de profesores y los aseos para los alumnos. Al cabo de poco tiempo, el número de matriculados superó la capacidad del colegio y decidieron ampliarlo. Se añadieron dos alas similares a la original y se conectaron las tres mediante unos pasillos. Más tarde se construyeron una cuarta ala, un gimnasio y una piscina. Su diseño sirvió de modelo para las posteriores escuelas rurales y más adelante pudieron verse por todo el país réplicas del colegio de Víðigerði, con una, dos o tres alas.

Cuando llegaron Erlendur y Sigurður Óli, se acababan de hacer reformas por valor de varios millones de coronas en todos los edificios menos en el más antiguo. Según el ministerio, no quedaban fondos para financiar más obras en los siguientes dos años. El viejo edificio alojaba, sobre todo, al equipo de dirección y a los empleados. Tan solo conservaba tres aulas. La antigua sala de profesores, donde solía reunirse toda la plantilla, era ahora el despacho del director y de su secretaria.

El director, un hombre de mediana edad, acababa de obtener el puesto después de una larga espera. Antes había ocupado el cargo de jefe de estudios en otro colegio. Era el primero en la lista de candidatos a director y le vino de perillas que precisamente quedara libre la plaza de Víðigerði ya que vivía en una casa adosada del barrio.

Acompañado de Sigurður Óli, Erlendur abordó la cuestión sin rodeos después de las presentaciones y de tomar asiento en dos sillas tremendamente incómodas. El director había supuesto que la policía no tardaría en aparecer. Erlendur se sentía como si lo hubiera llamado a su despacho para leerle la cartilla, como en los viejos tiempos.

—Lo que le ha ocurrido a Halldór es una verdadera tragedia —comentó el director, un hombre entrado en carnes llamado Kristinn que llevaba un peluquín rizado que todo el mundo sabía que usaba para disimular su calva. Seguro que, si alguien le confesara que era peor el remedio que la enfermedad, tiraría a la basura toda su colección de pelucas. Las tenía de muy distinta longitud. Sin embargo, nadie se atrevía a decirle nada. Su mujer lo prefería con peluquín porque, según ella, le daba un aspecto más juvenil. Pero cuando caminaba por los pasillos del colegio, no le ayudaban precisamente a imponer respeto. Los alumnos lo llamaban Kristinn Peluquín. «Kristinn Peluquín, pelos de mandril, unga unga».

—Según le explicaste a mi compañero Sigurður Óli por teléfono, su relación con los alumnos no era muy buena y, como, de momento, no tenemos ningún sospechoso, nuestro interés se centra en el alumnado de este colegio —explicó Erlendur sin poder evitar rascarse la espesa cabellera rizada.

—Un segundo, ¿qué quieres decir?

—Espero que entiendas que esta conversación debe quedar entre nosotros. Es fundamental. Estamos hablando de un homicidio.

—¿Halldór ha sido asesinado?

—Todo apunta a que así ha sido.

—¿Cómo? No lo entiendo. ¿Quién querría matar al pobre Halldór?

—¿Tal vez algún alumno suyo?

—¿De este colegio? No entiendo adónde quieres ir a parar. ¿Quieres decir que mis alumnos son sospechosos de asesinato?

—Todo es posible.

—Eso es ridículo y espero que no transmitáis esa información a los medios. Se armaría un buen revuelo, sobre todo entre los alumnos. ¿Qué pensáis que dirían los padres?

—Puedes confiar en mí —le aseguró Erlendur—. Ni siquiera vamos a considerar que esta conversación haya tenido lugar alguna vez. He insistido en ello y todos mis compañeros entienden que este asunto no debe salir a la luz. Con todo, debemos excluir la posibilidad de que los alumnos de este colegio hayan jugado con fuego.

—¿Qué queréis saber? —preguntó el director—. Aquí tengo el dosier de Halldór. Fue uno de los primeros profesores de este centro. Venía del sur, donde había dado clases en Hvolsvöllur. Trabajó aquí durante casi treinta y cinco años. Le quedaba uno para jubilarse. Un profesor ejemplar en muchos sentidos, sobre todo en su juventud, por lo que tengo entendido. Solía sentarse solo en la sala de profesores, no tenía muchos amigos. Seguramente quien mejor lo conocía era Jóakim, el profesor de matemáticas, pero falleció el año pasado. Aquí tenéis, os dejo el informe si prometéis devolvérmelo —añadió mientras le tendía a Erlendur una carpeta más bien delgada.

—Me hablaste de algunos momentos especialmente duros. Algo de unos escupitajos —comentó Sigurður Óli, pensativo. Kristinn dirigió la mirada hacia el agente.

—No creo que tuviera que ver personalmente con Halldór. Esas cosas ocurren en cualquier colegio. Hemos pasado por épocas mucho más difíciles. Los profesores se van haciendo viejos. Cuando juntábamos a los alumnos más torpes en una clase aparte, y no hace mucho tiempo de eso, ese grupo se asignaba a los profesores más veteranos, que podían pasarlo realmente mal si dejaban en evidencia sus puntos flacos. De esa forma, los colegios se quitaban de en medio a los malos estudiantes y a los profesores más mayores. Nadie los quería. Los alumnos sabían que los profesores eran más débiles después de toda una vida trabajando y a menudo se cebaban con ellos. Cuando se decidió mezclar a alumnos de distintos niveles en la misma clase, la situación comenzó a mejorar. Los grupos de torpes desaparecieron, pero muchos profesores veteranos lo siguieron pasando mal. Algunos sufrieron verdaderos martirios. No se adaptaban bien a los nuevos métodos pedagógicos y continuaban aplicando los que usaban a comienzo de su carrera. Llevaban tiempo sin conseguir captar la atención de los chavales y estos detectaban enseguida sus debilidades.

—Y Halldór fue uno de ellos —interrumpió Erlendur.

—Fue uno de los peores casos. El pobre hombre ya no valía como profesor. Traté de que se jubilara hace tres años y lo volví a intentar hace dos, pero se negaba. Insisto en que Halldór no era mal profesor. Tan solo perdió su autoridad con los años. Le gustaban los niños. De eso no cabe ninguna duda. Se le notaba al hablar.

—Sin embargo, lo acosaban.

—Así es. El punto culminante fue lo de los escupitajos. Ocurrió aquí fuera, en el patio, hará cosa de un año. Apenas se habla del acoso que pueden padecer los profesores. Los chavales que sufren acoso viven una experiencia espantosa. Pero, a veces, los docentes también pueden ser víctimas. En Islandia no se ha investigado, pero en Noruega se habla de que el diez por ciento de los profesores sufre acoso. Dudo que en nuestro país la cifra sea mucho menor.

—Una pregunta, ¿qué edad tienen los niños?

—Halldór daba clase en octavo, así que tienen doce o trece años.

—¿Qué ocurrió?

—No penséis que son malos chicos. En absoluto. Se formó una multitud en el patio. Halldór estaba haciendo una sustitución. Los alumnos habían tenido clase de dibujo por la mañana con otra sustituta que había terminado llorando en mi despacho. Cuando entré en el aula, los alumnos estaban fuera de sí. Logré calmarlos, pero todavía duraba el descontrol que había comenzado a primera hora, con Halldór. Los niños pueden llegar a ser unos verdaderos monstruos. Se había dado cuenta de que algunos se le acercaban para hablar con él durante el recreo. Cuando me lo contó, me dijo que le gustaba, porque, por lo general, no solían dirigirle nunca la palabra. Pero un día, mientras uno hablaba con él para despistarlo, otros dos se dedicaron a escupirle en la espalda. Luego se unieron los demás. Para cuando fue consciente de lo que estaba pasando, ya era demasiado tarde. Todos los niños del patio, fueran del curso que fueran, comenzaron a agredirlo y, cuando llegó aquí, al despacho, daba pena verlo.

—¿Qué te dijo Halldór?

—Parecía llevarlo sorprendentemente bien, aunque supongo que el shock llegaría después. Lo más asombroso de todo era que, según él, se lo tenía merecido. Eso me dijo, literalmente: que se lo tenía merecido. Tal cual.

—Su hermana nos ha contado que hace muchos años ocurrió algún tipo de suceso relacionado con el colegio —comentó Erlendur—. ¿Sabes a qué podría referirse?

—Ni idea. Tendríais que preguntárselo al exdirector. Puede que él sepa algo. Los profesores procuran no hablar de su vida privada. Lo cual es más que comprensible. Los niños pueden ser muy descarados, y no digo ya los padres. Casi parece que los profesores sean de su propiedad.

—También ha dado a entender que habían abusado sexualmente de él en su infancia —añadió Erlendur, muy a su pesar. No le gustaba cotillear sobre la vida privada de la gente, sobre todo cuando no confiaba en su interlocutor. Pero tenía que hacer la pregunta—. Sabemos que quienes han pasado por algo así pueden manifestar ciertos síntomas más adelante —añadió tratando de cuidar su lenguaje, pero fue en vano porque Sigurður Óli lo interrumpió antes de que pudiera acabar.

—¿Sabes si Halldór abusaba sexualmente de sus alumnos?

—¡Por el amor de Dios! —exclamó el director, escandalizado—. ¿Qué estás insinuando?

Apenas hubo asistentes en el entierro de Daníel. El funeral se celebró el lunes siguiente, en la pequeña capilla de la iglesia de Fossvogur. Además de Pálmi, estuvieron presentes Dagný, Jóhann, dos celadores más del hospital y un hombre que a Pálmi le sonaba de algo, aunque no recordaba de qué. El hombre había llegado con la ceremonia empezada y se había sentado discretamente al fondo de la capilla tratando de llamar la atención lo menos posible. El cura, un conocido de Pálmi de la universidad, leyó un pasaje de la Epístola a los Hebreos: «No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles. Acordaos de los presos, como si estuvierais presos justamente con ellos; y de los maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo».

El cura había sugerido unificar en una sola ceremonia el entierro y el rito de despedida del difunto. El ataúd, forrado por dentro con seda blanca, permaneció abierto delante de ellos. La cabeza de Daníel, levantada por un pequeño cojín, estaba levemente inclinada hacia un lado. Un pañuelo blanco le ocultaba el rostro. Cuando el cura terminó su tarea, los asistentes se levantaron y se acercaron uno a uno al ataúd e hicieron la señal de la cruz por encima del pañuelo. Cuando llegó el turno del desconocido, se inclinó sobre Daníel, le retiró despacio la tela de la cara y lo miró fijamente antes de darle un beso en los labios y hacer la señal de la cruz. Pálmi miró a Dagný. A ambos les pareció un gesto bonito. Pálmi se preguntó por qué no habría hecho él lo mismo, y en parte se avergonzó.

Enterraron a Daníel al lado de su madre, en la parte nueva del cementerio. Pálmi ya tenía una parcela reservada. Jóhann y él portaron el ataúd con ayuda de los empleados de las pompas fúnebres. El desconocido los siguió hasta la tumba y dejó caer un puñado de tierra sobre el féretro, como el resto de los asistentes. Nadie se dirigió a él y él no se dirigió a nadie. De regreso a la capilla, el hombre se alejó del grupo a toda prisa, pero Pálmi corrió hasta alcanzarlo y se presentó como el hermano de Daníel. El aire estaba en calma, pero caía una nevada tan espesa que apenas se veía nada a pocos metros de distancia.

—Sí, lo sé, hola —respondió el hombre con calma, desviando la mirada. Habían llegado al aparcamiento situado delante de la iglesia. Alto y delgado, llevaba la barba larga y una melena que le caía por la espalda. Su atuendo, consistente apenas en una fina chaqueta corta, unos pantalones vaqueros y unas zapatillas, le daba aspecto de pobre. No iba bien vestido para aquella estación del año y era evidente que tenía frío. Pálmi reparó en que la enorme hebilla de cuero de su cinturón tenía forma de cabeza de antiguo jefe indio.

—Daníel no tenía muchos amigos y me pica la curiosidad por saber quién eres —confesó Pálmi—. Me da la impresión de haberte visto en alguna parte.

—Yo me acuerdo perfectamente de ti, de cuando eras pequeño —dijo el hombre evitando mirarlo a los ojos.

—¿De cuando era pequeño? ¿Conociste a Daníel en la infancia?

—Te llamas Pálmi, ¿verdad?

—Sí.

—Siempre venías con nosotros en el carrito. Me acuerdo bien. He leído lo de Danni en los periódicos. De hecho, sabía que ocurriría tarde o temprano. Siempre supe que esta historia terminaría así. Danni era el mejor de nuestra pandilla.

—¿Estudiaba contigo?

—Sí, íbamos a la misma clase.

—Un momento, ¿cómo te llamas?

El hombre hizo ademán de desaparecer entre la copiosa nevada, pero Pálmi lo agarró del brazo.

—¿Qué quieres decir con que sabías que ocurriría tarde o temprano? ¿A qué te refieres?

—¿No te lo contó? —preguntó el hombre zafándose y alejándose unos pasos de Pálmi.

—¿Si no me contó el qué? —gritó Pálmi preparándose para seguirlo. Dagný y Jóhann se habían acercado y el hombre seguía retrocediendo entre los copos de nieve—. ¿Qué se supone que me debería haber contado? ¿Quién eres?

Pálmi comenzó a perseguirlo, pero el hombre voceó algo y se echó a correr hasta desaparecer de su vista. Al oír sus palabras, Pálmi se detuvo en seco, estupefacto. Lo que el hombre acababa de decir lo había dejado petrificado.

—¿Quién era? —le preguntó Dagný corriendo hacia él—. ¿Qué ha dicho? ¿Qué te pasa, Pálmi? Estás blanco.

—Las cápsulas de aceite de hígado de bacalao —dijo Pálmi.

—¿Qué? —preguntó Jóhann, uniéndose a ellos. Miró hacia Dagný y luego hacia Pálmi. Permanecieron allí unos instantes, los tres vestidos de negro, envueltos en una nube de enormes copos que volaban a su alrededor. El difuso resplandor de la ciudad se extendía hasta donde alcanzaba la vista, como un arrecife de coral en las profundidades de un abismo.

—Ha dicho que las cápsulas no contenían aceite —contestó Pálmi.

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