Inocencia robada
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En su apartamento de Hafnarfjörður, Helena recordaba eventos del pasado. En realidad, no quería hacerlo, pero el hombre sentado frente a ella la había convencido con razones de peso para que lo hiciera. Al principio, le había cerrado la puerta en las narices diciéndole que la dejara en paz, pero él no se había dado por vencido y la anciana lo dejó pasar al final. Se llamaba Pálmi y decía que su hermano se había suicidado después de haber pasado toda su vida en un manicomio. Halldór, el hermano de Helena, le había dado clases y lo había visitado hacía no mucho en el hospital. Pálmi había visto por casualidad el anuncio del fallecimiento de Halldór en la prensa y la había localizado con la intención de hacerle algunas preguntas. El chico, un joven muy amable, había mostrado un gran interés por el retrato de Kjarval y había felicitado a la mujer por lo bonita y limpia que tenía la casa. Se notaba que sabía tratar a mujeres mayores que vivían solas en un apartamento para la tercera edad. La había ido a ver después del entierro de Daníel.
—La cosa es —le explicó Pálmi— que Daníel y yo nunca fuimos grandes amigos y creo que fue por mi culpa. Lo evitaba todo el tiempo. Nunca me esforcé por conocerlo mejor. Aun así, yo era la única persona que tenía. Cuando falleció nuestra madre, me distancié de él todavía más. Uno pensaría que su muerte nos habría unido más, pero no fue así. Y fue culpa mía. Daníel estaba enfermo y me necesitaba, pero yo lo rehuía. Lo iba a ver una vez por semana, pero con reticencias, y cuando salía del hospital me sentía aliviado. Todo es también consecuencia de un suceso ocurrido en nuestra niñez. Siempre lo vi como un monstruo. Ahora tengo cada vez más claro que debería haberlo perdonado hace tiempo. Me gustaría saber qué tipo de persona era, qué cosas hacía antes de que enfermara, por qué enfermó, cómo era su vida. Tengo ganas de entender a Daníel.
Helena había escuchado sus confesiones con la impresión de que le estaba diciendo la verdad. Percibía su dolor, pese a no comprenderlo del todo, y estaba dispuesta a ayudarlo, aunque no sabía cómo. No sabía exactamente qué quería ese joven de ella, pero tomó la determinación de contarle todo lo que quisiera saber. No le guardaría ningún secreto, como sí había hecho con los dos agentes. Le explicó que la policía había ido a su casa para comunicarle que habían asesinado a Halldór.
—¿Asesinado? ¿Halldór? —preguntó Pálmi.
—Lo quemaron vivo. ¿Te lo puedes creer?
—Ha salido en las noticias.
—Investigan el caso como un homicidio. Que es lo que es, evidentemente. Se presentaron aquí dos agentes que no escucharon ni una sola de mis quejas. Uno era muy majo, pero al otro se le veía nervioso y estresado. Creo que el simpático se llamaba Erlendur. Eran de la Judicial.
—¿Saben por qué lo asesinaron y quién cometió el crimen?
—No tenían ni idea. Les hablé de los niñatos que iban al colegio de Halldór. Supongo que culminaron su acoso matándolo. Los últimos años fueron un infierno para el pobre. Los niños lo odiaban y le amargaban la vida.
—¿Tienes idea de por qué?
—Halldór me decía que, a su edad, los profesores lo pasaban mal y que tendría que haberse retirado hace tiempo. Pero era incapaz de jubilarse. Era como si tuviera que dar clase hasta el último día de su vida. Figúrate. Halldór era buen profesor, a pesar de todo.
—¿Por qué ese empeño en seguir dando clases?
—Creo que Halldór vivía con un terrible sentimiento de culpabilidad que se fue acentuando con la edad. Pensaba que, enseñando a los niños y cuidando de ellos, podía compensar lo que les había hecho hace muchos años. Eso no se lo expliqué a los policías, ya les conté demasiado. Les dije que Halldór había sufrido abusos sexuales de joven. Intentaron tirarme de la lengua para que siguiera hablando, pero yo no solté prenda.
Sentado frente a ella, Pálmi escuchaba en silencio.
—Es verdad que no me mostré muy afectada cuando me comunicaron que lo habían asesinado. Me educaron para llamar las cosas por su nombre y no protestar mucho. Halldór no era mala persona y seguramente no me habría confesado nunca todo lo que le habían hecho en su infancia si luego él no se hubiera convertido en un pervertido. Llevó la procesión por dentro toda su vida y nunca le contó nada a nadie. Me dijo que había vivido siempre atormentado. Algo ocurrió en su interior cuando comenzó a dar clases en Víðigerði. Se mudó a Reikiavik después de sus primeros años de trabajo en Hvolsvöllur. Algo me dice que allí también debió de suceder algo.
—Tengo un vago recuerdo de Halldór —comentó Pálmi—. Tanto Daníel como yo fuimos al colegio de Víðigerði, yo mucho más tarde que él. Halldór nunca me dio clase, pero me acuerdo de haberlo visto entre los profesores.
—Le encantaba dar clase. Adoraba trabajar con niños y creo que era buen profesor. Evidentemente, los hombres como él no merecen ningún perdón, pero Halldór no era malo por naturaleza. La vida lo había tratado mal.
—¿Qué ocurrió en Hvolsvöllur?
—Se acercaba a los niños.
—¿Quieres decir que acosaba a las niñas? —preguntó Pálmi con cautela.
—¿A las niñas? —respondió Helena un tanto asombrada—. No, a los niños.
Acto seguido, le resumió la vida de Halldór.
—Nació en 1929. Su madre se llamaba Friðgerður y afirmaba que su padre era Svavar Héðinsson, un conocido cuidador de caballos y alpinista. Svavar nunca confirmó ni desmintió nada. Nunca quiso saber nada del niño, pero su nombre quedó registrado como padre en los libros parroquiales. Siempre he dudado de que realmente seamos hermanos. Halldór estaba convencido de que sí lo éramos y me veía como su amiga íntima. Friðgerður era originaria de los fiordos del noroeste, pero de joven se mudó al sur y estuvo deambulando de granja en granja, trabajando como sirvienta. A ojos de muchos era una simplona. Por lo visto, era una persona rara y de difícil convivencia. Trataba mal a la gente, era maliciosa y no tenía modales. Además, no tenía muy buena reputación. Decían que era ligera de faldas. Se quedaba poco tiempo en cada granja y cada estancia solía ir acompañada de quejas e injurias. Fue el ama de llaves en algunas fincas, pero siempre se marchaba pronto. Acusó de violación a dos granjeros, en Landsveit y en Mýrdalur, pero los casos se silenciaron. La gente del campo decía que Gerði estaba endiablada, que siempre parecía estar buscando problemas.
»Halldór era su único hijo —continuó—. Creció con ella y la acompañó de un lugar a otro. Pero no se podría decir que hubiera sabido alguna vez lo que era el amor de madre. Más bien al contrario. Y no vio casi nunca a su padre, si es que era su padre. A los siete años, su madre comenzó a trabajar como ama de llaves en una granja de los fiordos del este regentada por dos hermanos. Solteros y sin hijos, vivían apartados y no tenían muy buena fama. Friðgerður pasó tres años en su granja y los dos hombres abusaron de Halldór durante todo ese tiempo. Los abusos comenzaron pocas semanas después de que la madre y el hijo se instalaran en su casa. Halldór se encargaba de las tareas más sencillas. Iba a buscar a las vacas, les daba de comer a los terneros y, una tarde, estando en la vaqueriza con los hermanos, lo acorralaron y lo obligaron a… Virgen santa, no puedo hablar de esto. ¡Qué atrocidad! Imagínate, ¡tres años enteros!
—¿Y Friðgerður? —preguntó Pálmi tras un largo silencio—. ¿No hizo nada por detenerlo? ¿No se marchó de la granja con su hijo?
Helena lloraba en silencio.
—Tenía que estar realmente mal de la cabeza —respondió por fin—. Según Halldór, nunca hizo nada por pararles los pies, ¡maldita ramera del demonio!
Permanecieron un largo rato en silencio. Solo se oía el tictac del viejo reloj de pared. Finalmente, Pálmi se levantó y se ofreció a hacer café. Helena asintió desde el sofá.
—Si eres tan amable…
Pálmi encontró todo lo necesario en la diminuta cocina, puso un filtro con café en la máquina que había sobre la mesa, buscó las tazas y el azúcar y llenó una jarrita de leche. Luego lo dispuso todo en una bandeja y esperó a que destilara el café. Cuando volvió al salón, la anciana y él ya se habían repuesto de sus emociones. Pálmi sirvió las dos tazas y Helena le preguntó si quería unas rosquillas. Tenía una bolsa en un armario, junto a la cocinilla.
—Gracias —respondió mientras iba a buscarlas. Luego él se sentó y tomaron café con rosquillas mientras escuchaban el reloj de pared.
—¿Qué fue de aquellos hermanos? —preguntó Pálmi finalmente.
—Hace mucho que murieron.
—¿Y Friðgerður?
—Por suerte se marchó de aquella granja. Puede que acabara hartándose. Quizá todavía le quedaba un mínimo de decencia. Al final terminó en Reikiavik, en la época en que los soldados británicos ocuparon el país durante la Segunda Guerra Mundial. Se lio con algunos y le fue bien vendiendo sus favores a los militares. Vivía con Halldór en un semisótano del barrio oeste, se ganaba bien la vida, y más todavía cuando llegaron los estadounidenses. Pero su historia acabó mal. El invierno en que terminó la guerra, la encontraron muerta de frío delante de un barracón militar de Kamp Knox. Nadie supo nunca lo que ocurrió. Llevaba poca ropa y la habían visto por última vez en un baile organizado para los militares, pero nadie sabía cómo había llegado hasta allí ni quién la había llevado. Las tropas estaban a punto de marcharse del país y el caso no se investigó nunca. Creo que a nadie le importaba que una mujer como ella hubiera muerto congelada delante de un barracón.
—En aquel entonces, Halldór tenía dieciséis o diecisiete años —reparó Pálmi.
—Sí. Se las arregló bien él solo. Encontró trabajo en la tienda Tómasarbúð como repartidor y dependiente. Quería localizar a su padre y a sus hermanos. El viejo Svavar no se preocupaba de él en absoluto. Halldór fue una vez a su casa, pero creo que lo recibieron con una sarta de improperios. Entonces papá tenía setenta y pico años. Otros de nuestros hermanastros no quisieron saber nada de él, pero yo lo quería mucho. Era educado, aunque se le veía inseguro y tímido, casi neurótico, y decía que tenía ganas de estudiar. Se matriculó en Magisterio y se graduó con buenas notas. No encontró trabajo en Reikiavik, pero se trasladó al sur y comenzó a dar clases en Hella, y luego en Hvolsvöllur. Al terminar la guerra, la ciudad se expandió con la llegada masiva de la gente del campo, construyeron nuevos centros escolares y, al aumentar la demanda de profesores, Halldór consiguió un puesto en el colegio de Víðigerði. Cobraba un buen salario y le gustaba el trabajo. Ahora los sueldos son penosos y todo el mundo se queja de las deficiencias del sistema educativo. ¿De qué se extraña la gente?
—¿Nunca se casó?
—Halldór era un hombre roto por dentro, aunque no se le notara.
—¿Te confesó los actos que había cometido en Hvolsvöllur?
—Se negaba a hablar de ello. Pero eran graves. Por lo visto, alguien se aprovechó de él. Lo chantajearon para que hiciera algo a cambio. Alguna vez me dijo que lo habían utilizado mientras trabajaba en Víðigerði.
—¿Sabes qué quería decir exactamente?
—No tengo ni idea.
—Cuando yo iba al colegio, a todos los niños nos daban cada día una cápsula de aceite de hígado de bacalao. Hace mucho se tomaba con cuchara o directamente del frasco, pero a muchos niños les daba náuseas y costaba conseguir que se lo bebieran. Algunos lo vomitaban. Además, no era muy higiénico, porque todos los niños compartían la cuchara o el frasco. Más tarde comenzó a administrarse en unas cápsulas con una cubierta azucarada que les daba buen sabor. El profesor siempre tenía un tarro lleno en su mesa. Era una medida de protección sanitaria que ahora ya no existe. Las cápsulas formaban parte de la rutina diaria, junto con el parte y la vara del profesor. El maestro nos las daba a la hora del recreo y se aseguraba de que nos las tomábamos. Nos encantaban, y a veces robábamos algunas de la mesa del profesor. ¿Te las mencionó Halldór alguna vez?
—Nunca —respondió Helena—. Ni una sola vez.