Inocencia robada

Inocencia robada


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A la mañana siguiente, el enorme titular del principal periódico del país acaparaba toda la portada. A Erlendur se le revolvió el estómago cuando se sentó en la cocina para leer el diario. «Alumnos de primaria sospechosos del homicidio de su profesor». La esencia de la noticia era fiel a la realidad. Según las fuentes del periódico, el incendio de la casa de madera de Halldór Svavarsson, en el barrio de Þingholt, se consideraba un homicidio, y la investigación iniciada por la Policía Judicial apuntaba hacia los alumnos de primaria del colegio de Víðigerði. Erlendur sabía que era imposible guardar en secreto una información así durante mucho tiempo, pero había esperado disponer de algunos días más. Había que encontrar una solución drástica para silenciar el asunto. No pensaba hablar con ningún periodista en los próximos días. El artículo no mencionaba ninguna fuente de información, se limitaba a usar fórmulas como «fuentes fiables» o «según las fuentes de nuestro periódico».

La noticia incluía una entrevista con la presidenta de la Asociación de Padres de Alumnos, que no tenía palabras para expresar su indignación ante el trabajo y los métodos de la policía. Nadie había hablado con la Judicial. «¿Para qué hacerlo?», pensó Erlendur. También habían entrevistado al director, quien, haciendo gala de un sentido común del que Erlendur pensaba que carecía, prefería no hacer declaraciones mientras la investigación siguiera en marcha. Aun así, confirmó que la Judicial lo había interrogado, puesto que la víctima había ejercido como profesor en el colegio. Es más, prácticamente mintió al declarar que no recordaba que Halldór se hubiera quejado alguna vez de que los niños del centro le hubieran causado algún daño. Según él, nunca había protestado por nada.

El teléfono sonó. Era el director de la Policía Judicial.

—¿Has visto el periódico? Acabo de hablar con el ministro. Me ha preguntado si hemos perdido el juicio. ¿Hemos perdido el juicio? Te lo pregunto yo a ti. Dice que los niños islandeses no hacen cosas así. Y menos en ese barrio.

—Vamos a ver, ¿y él qué sabe? —respondió Erlendur—. Espero que le hayas dejado claro que estamos haciendo una investigación rutinaria, que hemos hablado con el director del colegio porque la víctima había dado clases en su centro, que nada indica que hayan sido esos niños y que el periodismo cutre solo hace que nuestra investigación se vaya al carajo. Esa es la línea a la que vamos a atenernos cuando convoques una rueda de prensa esta tarde. Lo negaremos todo. Es fundamental que lo hagamos si queremos preservar nuestros intereses. No debe revelarse ningún detalle relacionado con el caso. La investigación se encuentra en su fase inicial. Lamentaremos que se haya filtrado en la prensa información confidencial y aclararemos que el responsable pagará las consecuencias cuando lo cacemos. Y que lo expulsaremos. Eso, y nada más que eso, es lo que vamos a decir hoy y en los próximos días cuando comiencen a llamarnos.

—¿Y la Asociación de Padres? Esa mujer es la cuñada del ministro.

—La Asociación de Padres —farfulló Erlendur—. ¡Que le den por el culo! —exclamó recurriendo a una de las injurias que le había escuchado a aquel traficante de drogas unos años atrás.

—¿Cuándo te vendría bien asistir a una rueda de prensa?

—Convócala sobre las tres. Así las cadenas de televisión tendrán tiempo para preparar el telediario de la tarde y dar las noticias como nosotros queremos. Y también vamos a exigir que mañana se publique en portada un artículo que exponga nuestra postura.

Erlendur colgó el teléfono. No tragaba a los periodistas y evitaba el trato con ellos en la medida de lo posible. Apenas pasados unos segundos, el aparato volvió a sonar, pero se negó a responder. El teléfono sonó insistente hasta que Erlendur se cansó, salió dando un portazo y se metió en el coche.

Todas las líneas telefónicas de la Policía Judicial estaban colapsadas cuando Erlendur llegó a comisaría. Sus compañeros lo esperaban en la sala de reuniones para que pudiera comenzar la reunión matutina. El ruido de las conversaciones dio paso a un silencio mortal cuando Erlendur entró en la habitación y paseó la mirada entre los asistentes.

—Voy a gestionar esa filtración de la única manera posible —informó sosegado y con aire reflexivo—. Se dan por terminadas las reuniones matutinas. Es esencial que, en casos como este, y más cuando hay niños implicados, podamos trabajar en paz. Y esa paz se ha visto alterada porque alguien aquí presente se ha ido de la lengua. Es indispensable que este asunto no salga de aquí. Esposas, amigos, parientes, amantes, hijos, ancianos, mascotas. Nadie de vuestro entorno puede saber nada. Debéis respetar vuestro compromiso de confidencialidad. Destituiremos a la «fuente» en cuanto la localicemos. Y la localizaremos. Estoy convencido de que esa persona es consciente de ello y le deseo lo mejor en el futuro. Después hablaré, uno por uno, con los equipos de investigación. Esta reunión ha terminado.

—¿Por qué nos acusas a nosotros de la filtración? —preguntó Einar antes de que los asistentes se dispersaran—. Podría ser cualquier empleado de este edificio.

—Léete el artículo y verás que parece como si el periodista hubiera estado presente en la reunión de ayer. No le habría resultado difícil ocultarse entre tanta gente. Somos una sociedad pequeña y nos encanta el chismorreo. No es sencillo tener que restringir la información que se da a los medios, pero es todavía peor tener que hacerlo aquí dentro.

La sala se vació hasta que solo quedaron Erlendur, Sigurður Óli y el director de la Judicial.

—La rueda de prensa será a las tres —anunció el director—. ¿Te parece realmente necesario suspender las reuniones matutinas? A mí me parecen útiles.

—Forma parte del mensaje que quiero transmitir. Deben saber que nos tomamos muy en serio cualquier ruptura de la confidencialidad. Por otro lado, me parece que esas reuniones multitudinarias no son efectivas. No sirven más que para levantar rumores.

—No estoy de acuerdo. Cuando trabajaba en el Ministerio de Educación, las reuniones periódicas eran muy provechosas.

—Precisamente. Mira cómo ha terminado la educación en este país. ¡Con los alumnos quemando vivos a sus profesores!

—Eso es tergiversar la realidad.

—¿Podríamos centrarnos? Sigurður Óli, averigua qué han obtenido los que han hablado con los vecinos, las gasolineras y las tiendas de bricolaje. No sé cómo lo vamos a hacer, visto lo que ha pasado, pero debemos interrogar a los alumnos de Halldór. También hay que hablar otra vez con Helena. Tiene que entender que no puede obstaculizar así la investigación.

—Os dejo al cargo —dijo el director antes de desaparecer, como si estuviera tremendamente ocupado—. Acordaos de la rueda de prensa a las tres.

El teléfono sonó en la sala de reuniones. Sigurður Óli respondió. Era una llamada a cobro revertido desde Hvolsvöllur. Le preguntaron si la aceptaba y el agente respondió afirmativamente. Tras un breve silencio, solicitaron hablar con la persona que dirigía el caso de Halldór Svavarsson. Sigurður Óli le pasó el teléfono a Erlendur.

—¿Hablo con el encargado de la investigación del homicidio de Halldór Svavarsson? —preguntó una voz ronca y anciana.

—Sí, soy yo. ¿Con quién hablo?

—Llamo por algo relacionado con Halldór —respondió la voz antes de carraspear—. Me llamo Guðni y soy exdirector del centro de enseñanza primaria y secundaria de Hvolsvöllur. Me gustaría hablaros de un suceso que tuvo lugar mientras trabajaba aquí, en nuestro colegio. Al leer esta mañana en el periódico que se sospechaba de sus alumnos, me he preguntado si todavía seguía haciéndolo.

—¿Si seguía haciéndolo? —preguntó Erlendur—. ¿Quieres decir su trabajo?

—No, lo de los niños.

—¿A qué te refieres?

—Sería mejor que no habláramos de esto por teléfono.

—Te enviaré un hombre ahora mismo para que registre tus declaraciones.

—Será un placer —dijo el hombre antes de dar su dirección.

Erlendur se despidió y le pidió a Sigurður Óli que se dirigiera a Hvolsvöllur para interrogar a Guðni. Él tenía que asistir a aquella maldita rueda de prensa. Sigurður Óli apuntó la dirección y se marchó. Erlendur tenía miedo de que la policía recibiera un aluvión de llamadas como esa; en tal caso haría falta contratar a un centenar de agentes para dar abasto. Hizo una ronda de preguntas a sus compañeros para saber si habían averiguado algo después de las indagaciones del día anterior, pero lo único que habían sacado en claro era que el cordel termorresistente se solía emplear en hornos de ahumado de carne y salmón en la industria alimentaria.

—¿Me estás diciendo que estamos tras la pista de un manipulador de alimentos? —gruñó Erlendur, malhumorado, al agente que le había dado la información.

Sigurður Óli salió de Reikiavik y cruzó el puerto de Hellisheiði, que podía llegar a ser casi intransitable durante esa época del año. Consciente de ello, Sigurður Óli había cogido sin permiso el todoterreno del que disponía la Policía Judicial. Debido a la presencia de nieve y hielo negro, se rogaba a los conductores que extremaran las precauciones. Pasó por delante de un equipo de salvamento de Reikiavik que asistía a un coche que se había quedado atascado fuera de la carretera. El arcén estaba salpicado de vehículos abandonados, unos con las luces de emergencia encendidas y otros no. Mientras los adelantaba a toda velocidad, Sigurður Óli pensó que quizá se habían quedado sin batería. El todoterreno respondía sin problemas y ni por un segundo se le ocurrió detenerse para ofrecerles su ayuda. A la altura de Hveragerði la circulación se hizo mucho más fácil. Enseguida llegó a Selfoss y, al cabo de una hora, había alcanzado su destino, Hvolsvöllur. No había tardado ni dos horas, a pesar de las malas condiciones.

Localizó la casa de Guðni, el exdirector del colegio. Se encontraba en una pequeña urbanización de viviendas unifamiliares. A Sigurður Óli le parecían todas cortadas por el mismo patrón, y no solo las de Hvolsvöllur, sino las del país entero: todas se reducían a una simple caja de hormigón con un garaje acoplado. Caminó hasta la puerta y llamó al timbre. Lo recibió el propio Guðni, que se presentó y le dijo que estaba esperando su llegada. Después de intercambiar unas palabras sobre el tiempo y la difícil circulación, se acomodaron en el salón. La esposa del director, Ólína, les llevó una taza de café y Sigurður Óli le dio las gracias con amabilidad antes de abordar la cuestión.

—En aquella época yo llevaba ya unos años siendo el director del colegio —explicó Guðni enderezando el cuello.

Sigurður Óli se fijó en que su mujer se había metido en otra habitación después de haber servido el café y se preguntó si esa decisión ya estaba tomada de antemano. El hombre parecía amable y sonriente, pero Sigurður Óli tenía la sensación de que su expresión era algo forzada. No tardó en percibir las ínfulas del exdirector. Guðni había sido durante mucho tiempo una persona influyente en una comunidad pequeña. Hablaba con tono autoritario y erguía la espalda con aire arrogante. Su prominente barriga deformaba su figura. Tenía la cara arrugada y fumaba un Camel tras otro mientras hablaban. Se había enterado de la muerte de Halldór por la prensa, y había visto la noticia del incendio en el telediario de la tarde, pero, al leer por la mañana que se trataba de un homicidio y que a sus alumnos los consideraban sospechosos, había visto necesario ponerse en contacto con la Judicial. Sigurður Óli pensó en la avalancha de informaciones que recibía la policía en ese momento a raíz de la noticia. Después de contrastarlas, tras una ardua labor, se llegaría a la conclusión de que la inmensa mayoría eran pistas inservibles.

—Halldór se trasladó a Hvolsvöllur después de terminar Magisterio en Reikiavik —continuó el director antes de dejar escapar una espesa bocanada de humo con la mirada perdida por encima de Sigurður Óli—. Era joven, tenía interés y parecía un buen hombre. A veces lo invitábamos a comer a casa. Le gustaba dar clase y los niños estaban encantados con él. Se preocupaba mucho por ellos y se esforzaba por ganarse su confianza. Como persona que venía de fuera, al principio le costó un poco adaptarse al lugar. Hvolsvöllur es como cualquier otro pueblo pequeño de Islandia, una comunidad cerrada donde los forasteros tienen problemas para integrarse, por muchos años que lleven viviendo en ella.

—Sé lo que quieres decir —interrumpió Sigurður Óli—. Viví un tiempo en Akureyri.

—Pues eso —convino Guðni—. Puede que no seamos tan malos, pero sí somos cerrados y a menudo tenemos poca paciencia con los de fuera, que, para colmo, tienen que enfrentarse a los rumores. En Akureyri, el carácter de pequeña ciudad se manifiesta en un inaguantable complejo de inferioridad que, como bien sabes, termina saliendo a relucir en forma de megalomanía. En muchos sentidos se puede decir lo mismo de nosotros. Halldór era de Hella, donde todos hablaban bien de él, pero, cuando empezó en mi colegio, me dijo que tenía ganas de cambiar de aires. Yo me alegré porque Halldór era buen profesor. En aquellos tiempos, y ahora también, era difícil encontrar personal para las zonas rurales. Todo el mundo quiere ir a Reikiavik, y la situación era mucho peor en aquella época, después de la guerra. Durante un tiempo yo también pensé en mudarme a la capital. En todo caso, había que aprovechar a personas como Halldór. Todos esperábamos que quisiera quedarse aquí, y yo creo que, de alguna manera, ese era también su deseo.

—Pero no ocurrió —concluyó Sigurður Óli.

Guðni negó con la cabeza.

—Llevo décadas sin hablar de este asunto y no me resulta sencillo hacerlo. Como siempre faltaba personal, los profesores se encargaban de distintas tareas y, durante unos semestres, Halldór impartió gimnasia además de sus asignaturas. Todo funcionaba de fábula. Los niños adoraban a Halldór. Pero un día comenzaron a circular unos rumores que yo siempre atribuí a las mujeres del pueblo, ya que ejercen bastante influencia en nuestra comunidad. Da igual. La cosa es que a Halldór no le interesaban las mujeres. No era para nada feo, tenía atractivo y algunas le hacían ojitos, pero él no estaba por la labor. Lo invitaban a sus casas, y en los bailes siempre estaba rodeado de mujeres. A los hombres de aquí no les hacía mucha gracia, tú ya me entiendes.

Sigurður Óli asintió.

—Y, bueno, no solo eran las solteras las que le tiraban los tejos. Al ver que, al cabo de dos o tres años, seguía sin reaccionar y actuando con evasivas, la conclusión fue que a Halldór no le iban las mujeres. Y si no le iban, solo podía ser por una razón: que fuera lo que en mi pueblo llamaban un sodomita. Lo hablé con él en varias ocasiones, lo de las mujeres. Le pregunté si no quería casarse e instalarse definitivamente en el pueblo. Me parecía que, como amigo, podía hablar con él de esas cosas. Pero él siempre cambiaba de conversación. Decía que no estaba preparado para tener un hogar y fundar una familia. Me pedía que no me preocupara por él. Al final lo dejé estar y le advertí que se convertiría en un blanco fácil para los chismorreos. Le aconsejé que, cuando surgieran, no les hiciera mucho caso, que desaparecerían. Me dijo que entendía lo que le quería decir. No volvimos a tocar el tema. El muy maldito siempre se mostraba comprensivo y amable.

Guðni se encendió otro cigarrillo con el anterior y apagó la colilla en el cenicero. Inspiró el humo azulado y lo retuvo unos segundos antes de expulsarlo.

—Pero luego ocurrió algo —dijo Sigurður Óli.

—Hiciera lo que hiciera, ya estaba condenado: se había convertido en un sodomita a ojos del pueblo. Todos hablaban de Halldór sin que él tuviera la menor sospecha. Poco a poco, la sociedad le fue cerrando las puertas, ya me entiendes. Es algo de lo que no te das cuenta a no ser que quieras abrir esas puertas, cosa que Halldór no hacía. En cualquier caso, la actitud de la gente hacia él había cambiado. Me resulta difícil explicarlo, pero el que ha vivido en un lugar pequeño toda su vida percibe ese tipo de cosas, e incluso las alimenta. No es que yo le cerrara mi puerta, pero fui partícipe no contándole lo que ocurría. Es evidente que habría sido lo correcto, pero es difícil comprender ese tipo de cosas y creo que no habría cambiado nada.

Guðni guardó un breve silencio antes de continuar.

—Fue en ese momento cuando los niños comenzaron a quejarse de él. Me acuerdo en especial de un caso que no se me va a olvidar en lo que me queda de vida. Un día, un alumno que vivía en mi calle, un poco más abajo, estaba en su casa y había quitado el polvo de los muebles después de haber limpiado con jabón los cristales y los espejos. Cuando llegaron sus padres, estaba fregando la cocina. Ese chico no había levantado nunca un dedo en su casa y de pronto le había entrado obsesión por la limpieza. También le había prendido fuego a su ropa en el jardín. Toda su ropa, incluso la que llevaba puesta. Sus padres se lo encontraron desnudo. Nadie entendió nada hasta que expulsaron a Halldór del pueblo y le preguntaron al niño; el chico se derrumbó y contó su relación con el profesor. Y no era nada bonito de escuchar, te lo puedo asegurar.

—¿Se dieron más casos? —preguntó Sigurður Óli.

—Como te decía, Halldór se ocupaba de distintas tareas, daba clase de gimnasia y era el vigilante de las duchas. Una vez, un alumno de último curso les dijo a sus padres que Halldór le daba asco. Se inclinaba sobre los chicos mientras se duchaban y los miraba de forma extraña. A veces los enjabonaba, e incluso se duchaba con ellos y les daba un masaje con una erección. El rumor corrió como la pólvora por todo el pueblo. Al día siguiente, no había nadie que no se hubiera enterado. Esa misma tarde, dos niños contaron que Halldór les había ofrecido dinero a cambio de ciertos favores. Ellos se habían negado y la cosa no había ido a más, pero luego se descubrió que otros niños sí habían aceptado el dinero; algunos de ellos, con frecuencia. La ira se desató en el pueblo.

—¿Y qué dijo Halldór?

—Lo agarraron y, literalmente, lo echaron del pueblo. No lo volvimos a ver jamás. Se llegó al acuerdo tácito de que silenciaríamos el caso y trataríamos de olvidarlo lo antes posible. Sin embargo, había que castigar a Halldór de alguna manera. Unos hombres le dieron una paliza y le dijeron que se largara de inmediato si no quería perder la vida. La gente montó en cólera. Lo habíamos acogido bien, ¿entiendes? Nos habíamos preocupado por él y lo habíamos tratado lo mejor posible. Mientras tanto, él se había pasado el tiempo ultrajando a nuestros hijos. ¡El muy malnacido! Causaba tan buena impresión… Admitió que tenía problemas, pero apenas nos dio ninguna explicación. Hay que estar realmente enfermo para poder hacer algo así.

Guðni se encendió otro cigarrillo e inhaló el humo profundamente.

—¿Lo confesó voluntariamente o fue víctima de la histeria colectiva? Quiero decir, si los niños habían oído que era un invertido, era muy fácil inventarse historias sobre él.

—No, lo confesó todo.

—¿Por qué no lo denunciaron?

—Creo que por vergüenza. Nadie quería que se corriera la voz de que habían abusado de nuestros hijos. Nos sentíamos culpables. Eran otros tiempos, hoy todos esos problemas salen en la televisión y los tratan con efectismo para entretenimiento del público. Tendríamos que haber estado más atentos, nos reprochábamos lo ocurrido. No te haces a la idea de lo que tuve que soportar en el momento de mayor revuelo. Pensé que yo también tendría que mudarme a otro sitio.

—Ese tipo de casos hay que hacerlos públicos —señaló Sigurður Óli, tratando en vano de no sonar excesivamente paternalista—. Se habría podido alertar a otras personas. Halldór siguió dando clases en otros colegios después de que lo expulsarais. Se tienen responsabilidades y obligaciones cuando ocurre algo así.

—Como digo, en aquel entonces no existía todo eso de la sensibilización y la protección del menor. Dicho rápido y bien: nos importaba un comino lo que pudiera ser de Halldór, lo único que queríamos era librarnos de él. Era una persona aberrante. Nos costó mucho recuperarnos. Puede que no mejorara las cosas, pero nos volvimos más suspicaces a la hora de acoger a nuevos forasteros. Y no estoy diciendo que aquí sean todos unos angelitos, pero nos conocemos bastante bien, creo, y sabemos a qué atenernos.

—¿Crees que Halldór mantuvo su comportamiento hasta la vejez sin que lo descubrieran?

—Me he asustado al leer la noticia esta mañana. Cuando lo descubrieron aquí, mucha gente del pueblo estaba dispuesta a matarlo. Puede que sospechéis de sus alumnos, pero también deberíais investigar a los padres. He sido testigo de su rabia y no son precisamente unos corderitos.

—¿Insinúas que la gente de Hvolsvöllur lo torturó?

—No, no. Ni mucho menos. Lo golpearon, pero les daba miedo porque se limitaba a mirarlos con una extraña sonrisa repugnante.

Continuaron conversando un largo rato. La mujer de Guðni no salió en ningún momento de la habitación donde se había metido, ni siquiera para despedirse de su invitado. Sigurður Óli se subió al todoterreno en medio de una ventisca que apenas permitía ver a pocos metros de distancia. Las calles estaban vacías y le daban al pueblo un aspecto lúgubre. En la ventana del salón vio aparecer la silueta de Guðni, que lo seguía con la mirada y con las manos metidas en los bolsillos. El exdirector le había pedido que no contaran a los medios los actos cometidos por Halldór en Hvolsvöllur. Después le había contado que, de joven, le habría gustado mudarse a Reikiavik, pero nunca lo había hecho. Se había casado, había tenido hijos y se había asentado en el pueblo. Su principal preocupación había sido la familia. Sigurður Óli lo entendía, pero no sabía qué podía importarle a él.

—Ah, una cosa más —había añadido—. Casi se me olvida, aunque tampoco sé si es relevante.

Sigurður Óli había abierto ya la puerta y se dirigía hacia su coche.

—¿De qué se trata?

—Unos años después me llamó un hombre y me hizo preguntas sobre Halldór.

—¿Qué tipo de preguntas?

—Me preguntó si había dado clases en mi colegio y por qué había dejado el trabajo. Recuerdo que era un hombre bastante grosero y que era muy directo al hablar, casi maleducado. Quería saber todo tipo de cosas. Pensé que sería alguien de las autoridades y le conté por encima lo que había pasado en el pueblo, pero luego me arrepentí.

—¿Por qué?

—Nunca supe quién fue. En cuanto obtuvo la información que buscaba, colgó. No me dio tiempo de preguntarle quién era, ni de parte de quién llamaba. Creo que no quería revelar su identidad.

Sigurður Óli se puso al volante del todoterreno y llamó a Erlendur sin ser consciente de qué hora era.

En el cuartel general de la Policía Judicial, en Kópavogur, la rueda de prensa acababa de comenzar cuando a Erlendur le sonó el móvil en el bolsillo de la chaqueta. Había olvidado desconectarlo. El director de la policía estaba haciendo una breve introducción antes de presentar a Erlendur, quien iba a responder a las preguntas. De pronto, interrumpió su discurso a media frase. Los periodistas, cámaras y fotógrafos que llenaban la sala miraron a Erlendur con expectación, preguntándose si contestaría. Solo se escuchaba el leve zumbido de las cámaras y los chasquidos de los fotógrafos. El policía cogió el móvil y se lo acercó a la oreja. «¿Sí?», dijo mirando hacia la mesa, tratando de no inmutar el rostro. Se arrepentía de haber respondido, sabía que tenía que haberlo apagado en cuanto había sonado.

Sigurður Óli reconoció la voz de su compañero.

—Halldór era un pervertido —anunció mientras ponía en marcha el motor.

Erlendur asintió y colgó. En el telediario de la tarde se le podía ver dejando el móvil sobre la mesa y mirando hacia la sala como si no hubiera pasado nada.

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