Inocencia robada
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En el mismo momento en que Sigurður Óli arrancaba, Helena se desplomaba en el suelo.
El nuevo guardia de seguridad la había golpeado con fuerza. Era la primera vez que la anciana veía a un vigilante en el inmueble. Se había alegrado tanto al recibir su visita que se olvidó de tomar las precauciones de siempre. Vestido con un uniforme azul, el individuo había llamado a la puerta y había murmurado algo. Helena no lo entendió y retiró la cadenilla de seguridad aunque no le había podido ver bien la cara. Lo había dejado pasar regañándolo por lo poco que se preocupaba de las necesidades y los problemas de los inquilinos. Tanto ella como sus vecinos habían tratado de localizarlo en numerosas ocasiones y le habían dejado mensajes. En cuanto la mujer le dio la espalda, el hombre cerró la puerta, se abalanzó sobre ella y la dejó inconsciente en el suelo, golpeándola en la cabeza con un palo.
Erlendur recibió el aviso a la hora de cenar. Según las órdenes establecidas, se le debían comunicar todas las agresiones cometidas en la ciudad o en las zonas rurales. Þórólfur, al cargo de robos y asaltos, le había transmitido la noticia nada más enterarse. Erlendur relacionó el suceso de inmediato con Halldór e hizo una llamada de emergencia a todas las fuerzas disponibles. Una chica que estaba vendiendo pescado seco sin licencia en el inmueble había encontrado la puerta del apartamento entreabierta y había llamado. Al ver que nadie respondía, la había abierto del todo y había asomado la cabeza. No se había fijado en Helena hasta que se había adentrado en el pasillo, donde la había hallado tirada en el suelo. Le sangraba la cabeza y se había formado un charco en el suelo. El apartamento estaba destrozado. Como en estado catatónico, la chica había llamado a los vecinos para avisar a la policía, que había solicitado la presencia de todos los equipos disponibles en el lugar de los hechos.
Cuando llegaron los dispositivos policiales, la joven se encontraba en el pasillo, sorprendentemente en calma, y Helena estaba todavía inconsciente. La llevaron en ambulancia al hospital de Reikiavik con un pronóstico incierto en cuanto a su supervivencia. Los agentes apenas podían abrirse paso por el apartamento. Miembros de la policía, especialistas de la Científica y fotógrafos entraban y salían continuamente. Los agentes de la Judicial trabajaban por toda la casa ante la mirada reflexiva de Erlendur.
—¿Y tú quién demonios eres? —preguntó mirando hacia la puerta.
En el umbral había un joven bajito y delgado, prácticamente calvo. Vestido con un anorak verde y unos vaqueros, miraba a Erlendur con gesto triste y cansado. Quizás, sus grandes ojeras le hacían parecer más mayor de lo que era. Aun así, tenía cierto aire decidido, cierto aspecto de ser el tipo de persona que nunca se rinde. Erlendur no recordaba haber recibido la visita de nadie en la escena del crimen.
—Me han dicho que te podía encontrar aquí —respondió el hombre mientras entraba en el apartamento—. Me llamo Pálmi.